19
—¡Anda y que me zurzan! —gritó Bill cuando Sam se acercó a la puerta de su cabaña—. Si no es el mata-Crows en persona, que me cuelguen y me marquen como a un gorrino. Sam, ¿ánde demonios has estao?
—Por ahí —dijo Sam.
—Anda la osa —dijo Bill, mirándolo fijamente—, nos creíamos que la habías palmao. Tábamos mu preocupaos. ¿T’as enterao de que te llaman el Terror?
—Eso no lo había oído —dijo Sam, desmontando. Estaba mirando a su alrededor cuando vio a Zeke Campbell medio oculto mirándole con los ojos entrecerrados. Sam no tenía duda de que Zeke era el hombre más taciturno del mundo; le había visto una docena de veces y no le había oído pronunciar una docena de palabras. Su afirmación habitual era un gruñido casi inaudible; su negación era una mirada fría a través del humo de su pipa. En tamaño, fuerza y agilidad era corriente. Lo más extraño de su aspecto, al menos para Sam, era su pelo; la barba le cubría tan completamente el rostro que sólo eran visibles la frente y los pequeños ojos verdes. Zeke tenía pelo hasta en el puente de la nariz. Era de color bronce, y cuando le daba la luz del sol su cara parecía oculta tras un matorral de cables dorados.
—¿Cómo estás, Zeke? —dijo Sam.
Zeke gruñó.
Bill dijo:
—Güelo azufre —se acercó a Sam y aspiró—. Me malicio c’as estao en las cuencas —dijo.
—¿Qué tal las trampas? —dijo Sam.
Enseguida Bill bajó la mirada. Pronto uno iba a morirse de hambre, se había dejado las uñas excavando y aun así se cazaba cada vez menos. Entre él y Zeke habían sacao sólo como cinco cargas, aunque habían trabajao como chinos.
¿Les sobraba tabaco?
Güeno, de eso tenían pa hartarse. Bill se dirigió a un escondite y regresó con varias hebras.
—Llénate la pipa, Sam, y posa el culo. Cuéntanos c’as estao haciendo en las cuencas.
Aquella noche Bill hizo una cena que consistía en asado de magro de uapití, cola de castor, caldo de rata almizclera y café; y, después de que los hombres hubiesen comido y llenado sus pipas, se sentaron junto a una gran fogata de abeto y cedro y hablaron de esto y aquello.
—Me pregunto —dijo Bill— ande andará el viejo George —se refería a Garras de Oso Meek. George había ido solo a las Montañas Bear Paw, en mitad del territorio Pies Negros. ¿S’abía cansao de vivir?
George era un tipo listo, dijo Sam.
—Hay muchos tipos listos c’an acabao en la olla —dijo Bill—. Con las mismas podría haber montao su campamento en Three Forks y soplar el cuerno. M’imagino que George l’a palmao, seguro.
Sam dijo que lo dudaba. George ya había ido por ahí dos veces y había vuelto.
Bill se rascó la sucia melena. Él y Zeke, dijo, habían estao cerca el otoño anterior. De hecho, les había pasao dos veces. Una fueron los Cheyennes. Zeke estaba en el arroyo Bull Elk con sus trampas y Bill acababa de cazar un buen ciervo y lo estaba despellejando y de repente cuatro diablos rojos aparecieron de la nada, con tanta grasa y polvo de carbón en las caras cal principio Bill s’abía creído que eran negros; pero con la segunda mirada vio los tocaos de la cabeza y con la tercera, las cabelleras. Güeno, condenación, si había una cosa que el hombre blanco sabía que no debía d’acer en una situación así era tratar de coger su arma. Bill dijo que estaba inclinao, con el cuchillo de despellejar y que así siguió y dejó caer el cuchillo, mientras discurría cómo podía advertir a Zeke. Y como que hay Dios que Zeke iba a volver y toparse con su propio funeral. Bill detuvo la historia, se llenó los pulmones con el fuerte humo del tabaco y lo lanzó a través de sus velludas fosas nasales. Su mente, dijo, galopaba como un caballo pero no se le ocurría ná. Nunca en toa su vida había tenido la cabeza tan vacía. Sabía, por supuesto, que los asesinos pieles rojas s’estaban preguntando si estaba solo o había dos o tres hombres escondíos mirándolos, «Os digo que tenía más miedo que vergüenza».
Pensó, dijo Bill, que ya podía despedirse de su pellejo. Tenía el rifle a dos metros; los revólveres estaban colgando de una rama no lejos de su rifle y su cuchillo estaba a sus pies. Estaba intentando acordarse de alguna oración cuando de repente se oyó una explosión que sonó como los disparos de veinte rifles. El piel roja q’estaba más cerca de Bill casi se le cayó encima, pero Bill no se quedó a ver si la alimaña la había palmao de seguro. En el momento en que oyó el disparo supo que Zeke le había apagao las luces a uno; al instante siguiente él le clavó el cuchillo en las tripas a otro y después los otros dos se largaron por piernas como alma que lleva el diablo. Les parecía que los’abía atacao toda una partida de guerra. Zeke había tenido tiempo de recargar y mató a un tercero. Entonces al cuarto le salieron alas y la última vez que lo vieron estaba a diez kilómetros sobrevolando las Teton.
Su otro encuentro con la muerte había sido con dos Crows. Bill suponía que aquellos dos se maliciaban que él era el Terror, porque cuando lo vieron estaba sobre un tronco en una presa de castores y parecía treinta centímetros más alto de lo que era. Suponía que los dos o al menos uno d’ellos eran de los veinte que el viejo jefe había escogido pa que le llevaran la cabellera y las orejas de Sam. Lo tenían pillao hasta las cachas, porque como el necio que era desde c’abía dejao las faldas de su madre, había apoyao su rifle en un árbol y había ido saltando de tronco en tronco en busca de un palo flotador que le señalara ande había dejao una trampa en el fondo de l’agua. Fue Zeke otra vez quien le salvó la vida.
Sam miró a Zeke a través de una nube de humo. Aunque estaban más seguros por parejas, los tramperos solían cazar solos. Un trampero solo ni por un momento dejaba el rifle más que a unos pocos centímetros de su alcance. Pero no importaba lo cautos que fuesen, sufrían muertes violentas uno a uno, año tras año; no había rendezvous en Pierre’s Piole, en Brown’s Hole, en Laramie, en Union o en Bent que no mirasen a su alrededor para ver qué rostros faltaban. Bill estaba mirando a Sam. S’imaginaba que Sam sabía c’abía matao a cinco, quizá seis, o a los veinte c’abían mandao a buscarlo y que los otros estaban esperando a que saliera de las cuencas de Colter. Charley l’abía dicho que aquellos bravos s’abían reunido en un powwow secreto y habían lanzao dados pa ver cuál d’ellos tenía la primera oportunidad de hacerse con la cabellera del Terror. La suerte había caído en Pico de Águila.
—No me suena ese nombre —dijo Sam.
Güeno, si cogías unas cuantas serpientes de cascabel, un glotón, una loba, un halcón y un avispero, los metías en una olla y lo mezclabas bien mezclao y sacabas un indio, sería como el c’abía jurao cortarle a Sam las orejas y la cabellera y arrancarle el hígado antes de que madurasen las primeras ciruelas. Charley l’abía dicho que Pico de Águila había matao a dos Pies Negros antes de ser lo bastante mayor como pa saber pa qué servían las mujeres.
—Las primeras ciruelas maduran más o menos en julio —dijo Sam.
Hubo un largo silencio. Zeke chupó su vieja pipa maloliente y miró a Sam bajo dos cejas que parecían tan foscas como la paja. Bill también estudiaba el semblante de Minard.
¿Ande se dirigía? Preguntó al fin Bill.
Al Musselshell, dijo Sam.
En la cabeza de Bill había un mapa con la ruta que probablemente seguiría Sam: el sendero por el Arroyo Dog y luego cruzando Buffalo Fork; de allí al Du Noir y remontar el South Fork y bajar todo el camino hasta el Bighorn. Allí estaría al sur del Musselshell en el gran meandro. Aun así, reflexionó Bill, metiéndose en los pulmones una mezcla asesina de viejo tabaco fuerte y kinnikinic[3], Sam bien podría no tomar el camino más conocido sabiendo que había asesinos tras él. Igual de probable era que fuese por las Badlands y atravesara el Valle del río Wind.
—Me pregunto si ella habrá sobrevivido al invierno —dijo Sam.
Bill dijo que él había cogido una cabeza nueva y l’abía puesto en una de las estacas, porque se le discurrió c’una señal nueva del hacha del hombre blanco era buena medicina. Ella s’abía asustao, pero le había dejao hacerlo. Cuando él llegó una mañana ella estaba recogiendo semillas de flores silvestres. L’abía hablao pero ella no l’abía hecho caso y no l’abía apuntao con el rifle ni ná. ¿Sam creía c’alguna vez la iba a entender?
—No creo que vaya a entender nunca a ninguna mujer.
Cómo la mujer, hecha de la costilla del hombre, podía ser tan distinta, era un misterio; el viejo Bill Williams había dicho que el pecho de una mujer era como la roca más dura donde no quedaba rastro que él fuese capaz de seguir. El pecho de aquella loca parecía ser de mantequilla. Lo era el de cualquier mujer, dijo Sam, por sus hijos.
—Y pa nada más, me creo. Y las mujeres blancas se parecen mucho a los cuadros.
—Eso creo —dijo Sam, fumando en silencio.
—¿Has sabio algo de su marido?
—Había oído que estaba vivo, pero lo dudo.
Había sido Abner Back, dijo Bill. Abner había dicho que el marido s’abía escapao y estaba en pie de guerra; el Loco, así lo llamaban, un terror tan lampiño como Cabellera Perdida, que se escondía en algún lao cerca de las Grandes Cataratas.
Sam había sacado de un saquito de cuero un cuaderno de notas y un lápiz; decía que quería que Bill le escribiese una carta en su nombre a los Crows.
—Maldita sea, Sam, no sé escribir. Ya lo sabes. ¿Pero qué es lo que tiés pensao?
Sam dijo que quería que el resto de los bravos lo atacasen para así poder acabar con aquello. Les enviaría unos cuantos insultos jugosos. Sam esperaba con el cuaderno y el lápiz preparados.
Güeno, dijo Bill, se le podían ocurrir uno o dos de los c’abía aprendido. Bill le dijo las sílabas y Sam las escribió. La primera decía: Ba warapee-x-ee buy-em. Por lo que’l sabía, Bill dijo c’aquello significaba «Pronto te cortaré las pelotas».
Si aquello era lo que significaba, dijo Sam, casi bastaba; la mayoría de los hombres parecían terriblemente sensibles a un ataque en aquella parte de sus cuerpos. ¿Tenía otro igual de bueno?
Bill rebuscó en una mente que desde que había llegado al Oeste había palidecido bajo las nieves de muchos inviernos. ¿Por qué no decía Sam simplemente que tenía la intención de matarlos uno a uno, o en carnadas, y enviar sus cabelleras a los Pies Negros? Aquello estaba bien, dijo Sam; ¿cómo se escribía?
Después de que Bill hubiese pronunciado las palabras una y otra vez, Sam tenía esto en su cuaderno: Dee wapppa weema sicky hay keeokoh. Dijo que le parecía que había demasiados pa y ma en la frase y le dio el papel a Bill para que se lo diese a Charley cuando lo viera y se la leyera a toda la nación Crow.
Bill dijo que todo aquello le recordaba a un mormón. Aquel bobo d’una caravana de pisaverdes había cogido su libro sagrado y a un hombre de intérprete y s’abía ido con los Cheyennes pa convertirlos en mormones. Parece que los mormones creían que los pieles rojas eran una de las tribus perdidas de los judíos, o algo así, y aquel predicador fue a darles la buena nueva. Necio de marca mayor y de cara infantil y rosada, se subió a un tocón delante de trescientos guerreros que llevaban el pelo brillante por la grasa de bisonte; y les dijo a aquellos diablos rojos que eran judíos extraviaos cuyos ancestros habían llegao d’algún modo a Sudamérica hacía millones de lunas. Les dijo q’irían tos al infierno y se freirían en sebo por toda la eternidad si no se lavaban las pinturas de guerra y acudían tos los domingos pa escuchar a Brigham Young predicar el Evangelio. Lo que le pasó después a aquel pobre desgraciao bastaba pa hacer que las mujeres blancas quisieran dejar de tener hijos. Lo ataron, lo clavaron y lo asaron como a un ganso, y las hojas de su libro sagrado eran algunas de las llamas más brillantes de la hoguera.
Los indios no se parecían a los judíos, dijo Sam.
—Pos claro que no —dijo Bill.
—Pensaba que su creencia principal era tener un montón de esposas.
Güeno, Jim Bridger había hablao con Brigham; l’abía dicho que los mormones eran un pueblo especial, como habían sido los judíos. Sam dijo que todos los pueblos se creían que eran pueblos especiales.
Después de cazar con Bill y Zeke durante dos semanas, Sam dijo que pensaba que debía irse y ver si Pico de Águila quería pelea. Les dejaría sus mulas de carga y sus pieles y, si le arrancaban la cabellera, Zeke y Bill podían quedarse con todo. Cuando Sam se dio la vuelta para marcharse, Bill estaba muy emocionado. Al fin se las arregló para decir:
—M’imagino que tienes c’acabar con esto.
—Por ellos —dijo Sam seriamente.
Se montó en el bayo y se giró un instante para despedirse. Zeke y Bill estaban uno junto al otro, mirándolo.
—Cuidad vuestras cabelleras —dijo Sam, y levantó la mano para despedirse.
—Y tú la tuya —dijo Bill. Sentía que quería llorar un poco.
Zeke estaba callado.