5

Los tramperos libres eran los individualistas más duros e inflexibles de la tierra. Sólo de vez en cuando uno de ellos podría pensar en una compañera india como esposa, incluso después de haberla aceptado en la ceremonia matrimonial de los pieles rojas; pero Sam Minard tenía un apego sentimental por su madre y una hermana mayor, y bajo su áspera y sarcástica superficie había canales emocionales en los que el sentimiento era profundo y cálido. Sus mejores amigos nunca lo supieron. Hank Cady, Windy Bill, Jim Bridger, George Meek, Mick Boone y otros que lo conocían y llegaron a conocerlo bien creían que una piel roja era para Sam lo mismo que para ellos, un miembro de una especie subhumana que un hombre podría desear llevarse a la cama un día y al siguiente matarla con un tomahawk. Así pierda mis provisiones, dijo uno de ellos, no había más criaturas humanas que las blancas. Las criaturas rojas y las negras eran las que l’abián sobrao al Todopoderoso después de crear a las doce tribus. A la mayoría de los tramperos blancos no les importaba el hábito del piel roja de mandar a sus esposas-squaws viejas a las montañas para que muriesen de enfermedades, hambre, edad o cayeran presa de los lobos.

Sam tenía un punto de vista distinto, pero se lo guardaba para sí.

La primavera anterior había visto a una muchachita india que le había gustado. Desde entonces había soñado con ella y, usando melodías del zorzal y el turpial, había tratado de componer una letra para ella. La parte lógica de su mente veía objeciones a tomar una esposa. Se preguntaba, por ejemplo, si el emparejamiento físico de una chica que pesaba cincuenta kilos con un hombre de su tamaño era algo que el Padre omnisciente vería con buenos ojos. Sam era sensible al respecto de su tamaño. Su madre le había contado que al nacer era tan grande que su padre, tras mirarlo espantado, había dicho que suponía que tenía que ponerle de nombre Samson. No era divertido ser tan grande, y resultaba bastante molesto. Una segunda objeción era la edad; ella sólo tenía unos catorce o quince años (suponía), y aunque él sólo tenía veintisiete le parecía ser de mediana edad comparado con ella. Una tercera objeción, había decidido tras pensarlo mucho, no era en realidad tal objeción: sospechaba que no era completamente india; los hombres de Lewis y Clark habían dejado sangre blanca en todas las naciones indias desde San Luis hasta el océano.

Sam se había sorprendido al conocer el origen del nombre Flathead. Antiguamente (ahora habían abandonado esa costumbre) ahuecaban un pedazo de madera de cedro o de chopo y se pasaban horas trabajando con él, grabándolo y adornándolo con piel de ciervo. Esa cuna, o abrevadero, o canoa, o canim, la forraban con pelusa de espadaña, sedosa corteza interior de viejos cedros, lana de muflón, y cuando estaba bien forrada y tenía aspecto cómodo se la ponían sobre el cráneo de un pobre bebé al instante en que nacía y le envolvían la cabeza con pieles de ciervo curtidas tan suaves como el pelo del vientre de una cría de berrendo. De espaldas, con sus ojos negros fijos en los sabios de la tribu, al bebé le ponían un chal de pluma o lana alrededor de la frente. Finalmente se fijaba sobre el chal y la frente una tabla larga y plana sujeta a un extremo de la cuna que se ataba con cuerdas de cuero, poniendo de ese modo una presión considerable en el blando hueso frontal del cráneo. El desafortunado bebé estaba tan envuelto y asegurado que era incapaz de mover una mano o un pie y ya era suficiente que fuese capaz de menear un dedo o parpadear. Permanecía un año o más en tan horrible confinamiento excepto en aquellos momentos en que lo desataban, le lavaban la suciedad y lo subían y bajaban a modo de ejercicio. La presión constante en el cráneo hacía que la cabeza creciese y se aplanase como un gran sapo bajo la garra de un grizzly, de modo que el aspecto de la parte superior de su rostro se volvía anormalmente ancho y el cráneo plano.

La chica que le gustaba a Sam no tenía el cráneo aplanado; era, pensaba él, la hembra humana más adorable que había visto nunca; era más adorable incluso que los preciosos lirios de montaña o la colombina con sus cinco pétalos blancos en una copa enmarcados por cinco sépalos de color azul. Todo su cuerpo era de un color tostado dorado excepto el pelo, los ojos y los labios. El pelo y los ojos eran negros como un cuervo y los labios eran de un lujurioso rosa que él deseaba morder. Si estaba totalmente desarrollada o no, no podía saberlo, pero ya tenía, a su temprana edad, las formas femeninas, con la clase de pechos llenos, firmes y altos que rara vez veía un hombre en las muchachas indias. La cualidad que más le hipnotizaba era lo que habría llamado, de haber encontrado palabras para ello, una vivacidad aparente en sus emociones, como ver espuma de agua titilar como joyas ante la luz del sol; y tenía un modo de mirar a los hombres como si deseara burlarse, excitarlos y embrujarlos. Había sido fantástico de ver y ahora se encontraba de camino a comprarla.

Aquella sería la parte más desagradable. Un jefe indio, fuese Flathead, Crow o Sioux, o incluso de los humildes Diggers, empezaba a sentir el comezón de la avaricia en cuanto sabía que un rostro pálido deseaba a una de sus hembras. De no ser por el increíble amor de los pieles rojas por las bagatelas y baratijas que el hombre blanco podía comprar por apenas dinero, el precio de una esposa piel roja hubiese sido demasiado elevado para el bolsillo del trampero. Sam se había dado cuenta de que aquellos que decían que el piel roja no era un buen negociador simplemente no lo conocían. El padre de la chica, el Jefe Montaña Alta, la había puesto a la venta fuera de su tribu; esto le decía a todas las personas que conociesen a los indios que ese codicioso granuja creía que valía cien veces lo que una potranca piel roja ordinaria. El jefe esperaría preciosos regalos para él. Luego estarían la madre, las madrastras, tías y tíos, hermanos y hermanas, hermanos y hermanas de las madrastras y tantos primos que uno diría que estaba emparentada con todos los miembros de la tribu y todos esperaban al menos un caballo veloz, un rifle Hawken con cien balas, un par de Colts, un Bowie, un barril de ron, una barrica de azúcar y otra de harina, una caja de cuentas y una pequeña montaña de tabaco. El regateo podía durar semanas si lo tolerabas. Tenías que dejar que se alargase durante varios días por el motivo de que parte de la alegría en la vida del piel roja venía de prolongar la emoción de lo que sabía que no tendría nunca.

Estaría bien si uno pudiese mirar la etiqueta con el precio, pagarlo y echarse al hombro a su muñeca dorada y marcharse. Pero el piel roja, cuya vida era aburrida excepto cuando se encontraba en pie de guerra y por algunas fiestas aisladas, le exprimía hasta la última emoción a todo lo que se le ponía por delante. Sam sabía bien que, después de entregar regalos y renovar el juramento de hermandad, quizá tendría que satisfacer al viejo fraude con horas de misterioso silencio mientras el jefe conversaba con las almas más avaras de sus ancestros; o Sam quizá tendría que sentarse durante horas fumando esa pipa de la amistad saturada de babas que le revolvía el estómago o quizá tendría que esperar durante días mientras el miserable de expresión solemne fingía que iban a acudir desde las montañas lejanas unos cuantos miles de tías y primos.

Sería el mismo mal trago, no importaba a qué tribu acudiese.

Estando junto a las fogatas con otros tramperos, Sam había prestado mucha atención a las conversaciones de aquellos sobre las mujeres indias. Algunas de las historias le parecieron increíbles, como la de Baptiste Brown, un canadiense que dio casi dos litros de su sangre como parte del precio de su prometida; o la de Moose Creek Harry, al que su esposa mató con un tomahawk en la noche de bodas. Los misóginos de entre los tramperos, como Cabellera Perdida Dan, creían que todas las mujeres eran la maldición de la tierra y no querían ni oír hablar de ellas; pero los pretendientes asombraron a Sam por la vehemencia, y a veces por las amenazas y la violencia con la que defendían su gusto por la mujer piel roja. Solomon Silver juraba por las Osages, Bill Williams por las Utes, Rose y Beckwourth por las Crows, Jim Bridger por las Snakes, William Bent por las Cheyennes y Loretto por las Pies Negros. Sam había encontrado distintas virtudes que admirar en las distintas tribus. Las Utes hacían el mejor cuero de piel de ciervo y, al contrario que las Crows, Arapahoes y Pies Negros, no robaban. Por otra parte, porfiaban hasta que uno llegaba a detestarlas. Un jefe podía presentar a todos los niños de la tribu y estos lloraban desconsoladamente y se tambaleaban como si estuviesen muertos de hambre aunque hubiese suficiente comida almacenada como para durarles todo el invierno.

Los Arapahoes valoraban la hospitalidad tanto como el valor. Le ofrecían a un invitado lo mejor que tenían y protegían la vida de este con la suya. Entre este pueblo uno podía tomar tantas esposas como pudiese pagar, pero Sam había decidido que una esposa le bastaba. Tras conocer a William Bent en Bent’s Fort y haberle oído hablar maravillas de los Cheyennes, Sam se había dirigido hacia territorio Cheyenne. Le habían dicho que la primera cabaña en la que entrase sería su hogar mientras deseara quedarse, y aquella cabaña resultó pertenecer a Vipponah, o Jefe Delgado, que le había dado la mano derecha a Sam con gesto grave y había gritado «Hook-ah-hay! Num-whit?» (¡Bienvenido! ¿Cómo estás?) A Sam le habían ofrecido comida y bebida y, tras una noche en aquella cabaña, había quedado favorablemente impresionado por los modales de aquel pueblo. La cabaña, con palos de cinco metros de altura dispuestos en forma cónica y atados en un extremo de manera suelta para que el humo pudiese pasar a través de ellos, y cubierta con pieles de bisonte, tenía una hoguera en el centro. Ningún indio pasaba nunca entre el fuego y las personas que estaban sentadas a su alrededor. A Sam le pareció extraño que hubiese tantos niños que tenían mechones blancos en sus negras cabelleras y que los niños de hasta seis o siete años fuesen completamente desnudos, mientras que las niñas iban vestidas desde pequeñas. Jefe Delgado, observando la valoración que Sam estaba haciendo de las muchachas casaderas que lo rodeaban, le explicó cómo sería el proceso si Sam quisiera una de ellas. Debería atar a su caballo favorito a la cabaña del padre de la chica. Si el padre y la chica lo aceptaban, a la mañana siguiente encontraría su caballo entre los caballos de su suegro. Si no, encontraría su caballo allí donde lo había dejado, con todos los chicos de la tribu alrededor del animal, riéndose y mofándose.

Sam había pensado en echarse una esposa de los Crows antes de saber que eran los mayores mentirosos del mundo y los más avezados ladrones de caballos. En cualquier caso, eran un pueblo tan hermoso y vivaz que tuvo que volver dos veces para observar a las chicas. Le divertía cómo miraba a las mujeres en las distintas tribus y se preguntaba si algún hombre blanco que buscase una esposa miraría entre las francesas, alemanas, inglesas, judías y otras.

En conclusión, había encontrado que los indios eran de estatura media, de cuerpos rectos y delgados y miembros delgados. Sus cabelleras negras caían sueltas sobre sus hombros y sus agudos ojos negros brillaban con la alegría de vivir. Algunos tenían el pelo tan largo que les llegaba hasta el suelo. Excepto por aquellos que vivían principalmente de pescado, tenían hermosos dientes blancos. Prácticamente todas las tribus adornaban sus ropas con espinas de puercoespín, cuentas, piedras de colores, plumas, flecos de cuero y pelo humano de las cabezas de sus enemigos teñido de varios colores. Se pintaban la cara con bermellón, ocre, polvo de carbón, cenizas, grasa y coloridos jugos de frutas. En sus melenas negras llevaban cuentas, botones, plumas, conchas, piedras y prácticamente cualquier cosa que brillase o reluciese. No era extraño ver a una squaw con cuatro o cinco kilos de cuentas de cristal cosidas a la falda, pantalones y mocasines. A todos los indios les gustaba cantar, pero para los hombres blancos los sonidos que hacían no eran melódicos: su canto de guerra empezaba con la nota más alta que pudiesen alcanzar y caía nota a nota hasta convertirse en un gruñido gutural; pero repentinamente volvía a ser agudo y chillón, y de nuevo caía, se elevaba y caía, hasta que los blancos que lo oían sentían cómo se les embotaban los sentidos y un escalofrío les recorría la espalda.

En opinión de Sam no había indias más guapas que las Crows. Eran un pueblo colorido y gallardo con una inteligencia por encima de la media; algunos hombres blancos como Rose y Beckwourth habían llegado a ser jefes de la nación Crow y habían vivido con ellos durante largo tiempo. Aunque los bravos tenían sillas de montar, siempre cabalgaban sin ellas cuando cazaban animales salvajes y ningún otro hombre en el mundo entero se les podía igualar con un caballo. Como decía Windy Bill, aquello hacía que uno se percatase del impresionante talento con el que podían cabalgar en plena carrera, con el talón izquierdo sobre uno de los lomos, la muñeca izquierda sujeta por un mechón de crin y disparando flechas o armas bajo el cuello del caballo; o recogían en plena carrera las flechas caídas. Pero eran un pueblo notoriamente adúltero. Bill, que había vivido entre ellos, decía que los hombres nunca parecían estar celosos; si encontraban a una esposa con un amante se la daban a un bruto que probablemente le iba a dar palizas. La mayor ambición en la vida de un guerrero Crow era hacerse con veinte cabelleras y mostrar tal talento y valor que le permitieran llevar en el pelo las plumas del águila dorada como insignia de valor y categoría. Uno que llevase incluso una sola pluma tenía derecho a ser respetado, y lo era; uno que tuviese media docena de plumas era contemplado con admiración.

En la primera visita de Sam a los Crows estaba fumando una pipa y por algún motivo había dejado el Bowie a su lado. Se había percatado de la presencia de un Crow a su lado y de lo que aquel bravo estaba haciendo. El astuto ladrón estaba pisando el cuchillo y lo tenía agarrado entre dos de los dedos del pie, y la túnica que llevaba sobre los hombros casi lo tapaba por completo. Se quedó inmóvil durante quizá un minuto; luego, agarrando el cuchillo con el pie, lo llevó lentamente hacia arriba entre los pliegues de su túnica y bajó una mano silenciosa. En ese momento Sam se puso en pie rápidamente y, agarrando al indio del cuello y del trasero, le dio literalmente la vuelta y el cuchillo cayó de entre la túnica mientras el indio volaba por los aires. Tres años después, cuando los Crows cambiaron el curso de su vida, Sam se preguntaría si todo había empezado en aquel momento.

Tras dejar a Kate cabalgó Musselshell arriba hasta la gran curva y luego hacia el oeste casi cien kilómetros antes de girar al sur hacia el Yellowstone. Subió por el Yellowstone hasta que en la brumosa distancia pudo ver la marca de sus profundos barrancos y lo dejó para seguir un afluente, porque Windy Bill había dicho que pasaría el verano allí, escondido de sus enemigos. Sam todavía estaba a diez kilómetros del campamento de Bill cuando notó que se le acercaba un jinete. Sam se detuvo, con el rifle atravesado sobre el brazo izquierdo y esperó. No se sorprendió nada cuando oyó el silbido de una bala pasar cerca de su oído. Era un saludo que los tramperos se hacían unos a otros.

En unos momentos, vio a Bill, que a grandes voces se disculpaba burlonamente y le daba la bienvenida.

—¡Vaya, vaya, compadre! —dijo—. M’abían dicho que l’abías palmao, ya te digo. M’abían dicho q’un pagano Pies Negros t’abía quitao tus cosas y t’abía dejao tieso —aquello era sólo la clase de chanzas que la mayoría de los tramperos libres se lanzaban unos a otros. Todos pensaban que sufrirían muertes violentas, de modo que fingían sorprenderse al encontrar a un amigo todavía con vida. Sam sonrió tras su barba dorada.

Pero Bill no sonrió cuando, junto a la hoguera de la cena, oyó el relato de Sam sobre la mujer del río. Estaba muerta, dijo; Dios bendito, los lobos se llevarían los cráneos y el primer Pies Negros que pasara le arrancaría la cabellera. «Lo siento mucho por esa mujer. ¿Por qué no te l’as traído?»

Sam le dijo que ella no habría querido ir; le rompería el corazón apartarla de las tumbas. Además, se le había ocurrido animarse un poco y hacerse con una chiquilla para su bolsa de medicina.

Con fingida gravedad, Bill miró a su alrededor como si viese esta y aquella tribus indias intentando averiguar en cuál iba Sam a buscar a su pareja.

—No veo Muslos-Quemados —dijo—, ni Flechas-Rotas, ni Yankataus, ni Pian-Kashas ni Corta-Cuellos —todos aquellos eran nombres para las tribus de la nación Sioux—. No será una Digger, espero que no. Ni una Snake. Entonces, ¿ande vas a ir ahora?

—Los Flatheads —dijo Sam, volviendo a servirse en el plato uapití asado.

—Vaya —dijo Bill—, me parece mu inteligente, ya te digo. Los Flatheads, no hay paganos mejores. Son los únicos coloraos que no han matao toavía a un blanco. Pero una cosa, Sam, me pienso yo que cuanto más lejos esté un hombre de su familia política, más va a durar su matrimonio. Toa la puñetera tribu va a querer que los des de comer como vivas a menos de quinientos kilómetros.

—Ya se me había ocurrido —dijo Sam.

Los Flatheads eran buena gente, dijo Bill mientras se llenaba la pipa. Les tenían muchísimo miedo a los Pies Negros, así que nunca irían a visitarlo porque nunca se atreverían a salir de casa. ¿Ya había escogido a su cariñín?

—La vi la primavera pasada.

—Ahora ya podría ser la yegüita de otro.

—Podría —dijo Sam.

—¿La hija del jefe?

—Montaña Alta.

—¡Caray! ¡Una princesa! —dijo Bill. Fijó sus grandes y bastante saltones ojos azules en el rostro de Sam. Le parecía haber visto al bichillo hacía un año o dos cuando estaba curtiendo pieles pa Pares Hole. Vació la pipa, la llenó, escuchó los ruidos nocturnos, olió la brisa que soplaba del riachuelo, colocó una brasa en la cazoleta de la pipa, dio unas cuantas chupadas mientras sus pilosas mejillas se ahuecaban con cada soplido y dijo—: Bueno, te deseo suerte, pos claro. En cuanto a mí, veintiséis inviernos m’an nevao encima en estas mismas montañas y hasta un negro o un mexicano habrían aprendido unas cuantas cosas tos estos años. Debería distinguir a un toro de una vaca. Sé qu’el ciervo es ciervo y que la garra de un grizzly no es el suave vientre d’una mujer y que un cactus no son sus labios pero nunca he sabio los caminos al corazón d’una mujer.

Estaba teniendo problemas con su pipa. Puso otra brasa en la cazoleta y aspiró profundamente; y al final dijo:

—Sam, deja que te diga. Durante diez años tuve una squaw, Cheyenne era, y era la sujeta más mezquina que jamás llevó cuentas de colores. La monté un tipi en el arroyo Dead Wolf y la cambié por un rifle Hawken. Mi siguiente mujer era Crow y, lloviera o tronara, no había cuentas ni pintura roja suficientes en todo Sublette pa que esa squaw dejase de llorar. Cambié a esa perra por un caballo de carga. No m’entiendas mal, me gustan las mujeres, pero hace casi tres años que lidié con ese bicho y m’arañó hasta que sangré por cien agujeros. Luego me hice con un terruño, pero… déjame ver… me parece que la siguiente fue Pájaro Cantor, una Pawnee. Y ella no era mejor.

»Te lo digo, Sam, si es mujer, no importa que sea piel roja, negra o blanca, t’atormentará pa toa la vida. To’l día y toa la noche. Conozco a tramperos que las han probao toas, las Diggers, las Snakes, hasta las negras; y m’han dicho que la negra es tan dulce como la miel de Hank Cady. Pero te juro por el jamelgo que me llevó cincuenta kilómetros y me salvó de cincuenta Pies Negros que se deslomaban a correr pa quitarme la cabellera que el lobo es el lobo y la mujer es la mujer, y este viejo ya no aguanta más. Pero un joven como tú necesita una docena o así. El pecho de una mujer es la roca más dura que el Todopoderoso creó en toda esta vieja tierra y yo no veo ningún rastro en ellos. Soy capaz de rastrear hasta una pelusa, pero nunca he podido ver ningún camino hacia el corazón de una mujer. ¿Piensas volver por aquí?

Sam dijo que eso creía. Quería ver a la mujer antes de dirigirse hacia el sur hacia las Uintahs para poner trampas. Bill dijo que él podría subir por el río para ver si la mujer estaba bien; le hacía sentirse muy mal pensar en una mujer blanca a la que sólo separaba de territorio Pies Negros un río y no tenía un amigo en quinientos kilómetros. ¿Cómo se llamaba?

—No lo sé —dijo Sam—, no hablaba.

—Entonces no es una mujer. ¿Qué debería llevarle?

Bisonte o uapití curado; una gran manta caliente, si le sobraba alguna; azúcar, sal, harina y semillas de flores silvestres, si encontraba alguna por el camino. Bill dijo que le llevaría un montón de cosas.

—¿Cómo se llama tu cariñín?

Sam se quedó mirando su pipa. Había decidido que no podía usar el impronunciable nombre Flathead de aquella mujer, pero no se había decidido por un nombre nuevo. Alguna flor silvestre, quizá: Lily, Daisy, Rose… No había muchas mujeres con nombres de flores. Quizá la llamaría Lotus.

Bill no se esforzó por ocultar su escepticismo. Después de mirar a Sam un largo rato, dijo:

—A mí no me gustaban los nombres de mis squaws, así que las llamaba a todas por el mismo nombre, Lucy era. Cuando era crío había una chica que me gustaba que se llamaba Lucy. Sam y Lotus. Bueno, ¿vamos a tener algunos pequeños Sams y Lotus?

—Claro —dijo Sam con una sonrisa amistosa—, quizá dos, uno de cada.

—Mu bien —dijo Bill—, que me corten las bolas. ¿Sabes, Sam?, debo de tener tantos hijos como un obispo mormón. ¿Y sabías que los mormones vienen p’acá?

Sam se volvió para mirarle.

—Eso es lo que he oído, Sam. Todo el condenao tinglado políngamo, Brigham Young y todos. Dentro d’unos años nos van a echar de nuestras casas. Los indios lo han sabio siempre. Veinte años, treinta, y no quedará ni un bisonte… Ná en ninguna parte más que condenaos idiotas arando la tierra y plantando repollos. Soy trampero y hombre de montaña pero no hay futuro pa los míos. Nos echarán a Canadá y luego al mar —Bill vació su pipa. Miró a su alrededor—. Diez, veinte mil, toda la jarana políngama se viene pa esta zona y si no fuerese cristiano querría que se murieran de hambre. Me pongo del hígado sólo de pensarlo.

—Y yo —dijo Sam, mirando a su alrededor preguntándose dónde podría dormir. La mayoría de los tramperos que conocía dormían boca arriba con los brazos estirados como un bebé y roncaban con una violencia que sacaba de quicio a quien durmiese a su lado. Bill empezó con graves gruñidos, silbidos y resuellos que fueron aumentando de forma constante en un crescendo de resoplidos y rugidos hasta alcanzar un devastador fortissimo. Tras unas cuantas notas que se podían oír a un kilómetro de distancia, el salvaje clamor de música para ranas de la garganta de Bill pareció venirse abajo entre sus amígdalas y sus vegetaciones y resolló y carraspeó hasta que parecía que iba a morirse. Pero como un sapo con un mal catarro tocando variaciones de una sonata sobre el mismo tema, lanzó unos cuantos resoplidos tremendos, se quedó sin aire hasta que todo su cuerpo se estremeció por el tormento y volvió a comenzar con los gruñidos y silbidos en un tono distinto.

Sabiendo que no podría dormir ni a cincuenta metros de Bill, Sam dijo:

—Me parece que me voy a dar un paseo.

Bill se giró para mirarlo con la sonrisa cómplice del que había tenido unas cuantas mujeres.

—Paeces inquieto —dijo—, tu Lotus te va a quitar eso.

—Supongo —dijo Sam. Se internó en el bosque con el rifle. Cuando Bill estuvo dormido volvió a por su saco y bajó hasta el riachuelo, a cien metros. Miró a las estrellas. Las constelaciones le decían que era más o menos medianoche.