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Todos los tramperos habían sabido qué clase de invierno iba a ser; fue el segundo invierno más crudo que recordaban los indios más viejos del territorio del norte. Llegó pronto y se recrudeció rápidamente. A mediados de diciembre el Missouri estaba helado en el Gran Meandro y el Yellowstone en la boca del Bighorn. Agosto estaba sintiendo los fríos de septiembre cuando Kate vio el primer deterioro en sus flores. No sabía que era hielo; creyó que sus plantas necesitaban agua y durante una semana se pasó el día subiendo por la colina. Para octubre hasta las que florecían tardíamente estaban afectadas, las onagras, las áster y las estrellas doradas. Las noches eran frías y despejadas, y cuando salía la luna Kate se sentaba con sus hijos hasta que se ponía.
Durante sus años en el Musselshell no había sido consciente de haber perdido un marido. Ya no veía a Sam caminar por la cresta de las altas montañas ni le oía llenar los cielos de profunda música de órgano. Su vida se había ido reduciendo a su núcleo hasta que sólo comprendió a sus hijos y sus flores. Excepto en momentos irregulares de sueño o mientras masticaba comida pasada, rancia y dura le dedicaba todo su tiempo a sus hijos y a su jardín, regando y limpiando el día entero, incluso cuando no había malas hierbas, y leyendo nobles versos o cantando viejos himnos la mitad de la noche.
Tenía treinta y cinco años cuando su familia fue asesinada; ahora no era una anciana, pero parecía tan vieja como las colinas que la rodeaban. Bill había llegado tras la matanza de indios y se había sobresaltado al ver su pelo completamente blanco. No era gris, sino blanco, como si fuese algodón. Su cara estaba profundamente surcada y la piel parecía cuero. Su cuerpo se había encogido hasta que apenas levantaba el metro y medio; y estaba inclinado y deformado, como los chopos en las estribaciones del norte tras las copiosas nieves del invierno. No era el trabajo lo que la había envejecido prematuramente, sino la falta de comida y sueño: había estado tan completamente dedicada a sus hijos que no comía en días y sólo dormía cuando estaba demasiado exhausta como para leer o cantar.
Durante esos años nunca se había tumbado a dormir, sino que se había quedado sentada junto a la puerta. Tenía tan poco sentido de la realidad y estaba tan lejos en el cielo que no comprendía que la luna no era caprichosa en sus apariciones sino que salía a determinadas horas. Adquirió el hábito de sentarse junto a la puerta porque creía que la luna podría aparecer en cualquier momento, día o noche. Había tenido el mismo sueño tantas veces que sólo tenía que adormilarse y volvía a soñarlo. Estaba en el cielo con sus hijos y todo allí era inefablemente tierno y hermoso. El río de la vida corría limpio, sagrado y enriquecedor, y alejándose de él por todas partes había suaves colinas, rebosantes de flores y colmadas de huertos; y cubriéndolo todo había un cielo azul tan inmaculado como Dios. Todos los que la rodeaban eran madres con sus hijos, sonrientes y juguetones, que recogían flores, comían bayas, bebían del río y cantaban alegres canciones de amor y agradecimiento. Kate era tan feliz que soltaba pequeñas risitas y gritos mientras dormía; y al despertarse estaba tan henchida de la gloria de todo aquello que le parecía que toda su vida se había alimentado de la luz y el amor de aquel otro mundo. De su mundo, de las solitarias colinas que la rodeaban, vacías excepto por su jardín, sólo era vagamente consciente, si acaso lo era; pues se había estado acercando al paraíso onírico mediante la oración y estaba al fin en el umbral, y estaba preparada para entrar y quedarse con sus ángeles.
Como su humor era tan poco terrenal, comer se había convertido en algo mecánico; acudía al montón de cosas que había junto a la pared y sin mirarlo toqueteaba a su alrededor; y si sentía algo que creía poder comer comenzaba a roerlo, si era carne vieja o panecillos duros, o se lo metía en la boca si eran frutas secas. Los ratones se habían metido entre la comida y habían derramado y comido la mayor parte del azúcar y la harina. Si su mano tocaba azúcar derramada, se comía un poco, o la harina cruda; o masticaba un grano de café si lo encontraba. Su hambre estaba a la altura de su necesidad de evacuar y para ella no tenía un mayor significado. En mitad del invierno, cuando el frío era más crudo y toda su comida estaba congelada y no podía roerla, porque su dentadura estaba en mal estado, la chupaba. Sentada junto a la puerta cubierta con todas las mantas, se llevaba a la boca un pedazo de carne dura de ciervo o uapití, la chupaba y esperaba a la luna.
En aquel terrible invierno, en diciembre, bajó al río a por un cubo de agua. El río estaba congelado de una orilla a la otra. Hacía una semana había hecho un agujero en el suelo pero lo había olvidado; ahora subió la colina por el sendero para coger el hacha. Cortó hasta que se agotó y no encontró agua. Aquello la inquietó considerablemente, porque creía que las plantas de sus hijos necesitaban ser regadas. A la mañana siguiente volvió a bajar y a cortar el hielo. Al fin consiguió hacer un agujero de cuarenta y cinco centímetros de profundidad, pero al asomarse vio que no había agua en él. Temblando por la debilidad y la ansiedad, lo agrandó. Como los trozos de hielo caían dentro según cortaba, de vez en cuando tenía que tumbarse y sacarlos. Luego se ponía de rodillas y volvía a cortar. Con la misma clase de intrépida perseverancia que había permitido a Sam atravesar las frías y blancas praderas siguió trabajando hasta que pudo ver el agua negra, a sesenta centímetros. El agujero tenía setenta y cinco centímetros de ancho; alrededor y hasta abajo sobresalía de modo irregular, como un talud, y tumbada mirando hacia abajo, trató de alisar las paredes con el hacha. Estirándose demasiado, resbaló y se cayó de cabeza al agujero. El fondo era demasiado pequeño como para que pasara, y se quedó boca abajo, como el tapón de una enorme jarra de hielo envuelto en algodón. Pero enseguida empezó a moverse y con prácticamente sus últimas fuerzas salió del agujero. El hacha había desaparecido.
Si en ese momento los tramperos la hubiesen estado observando habrían elaborado otra leyenda con su nombre. Se puso en pie. Casi helada, se frotó las manos mientras sus extraviados ojos miraban al agujero. Se echó hacia atrás para ver si había estado pisando el hacha y cuando estuvo convencida de que había caído al río no dudó, sino que se tumbó junto al agujero y metió dentro el brazo derecho, dejando resbalar su cabeza y sus hombros poco a poco por el agujero hasta que la mano estuvo en el agua. No sabía que estaba sobre un remolino cuyas negras aguas tenían dos o tres metros de profundidad. Si hubiese cabido por el agujero se habría metido en el agua para buscar el hacha.
Después de salir con esfuerzo del agujero estaba casi rígida y tenía la mano y el brazo entumecidos e insensibles. Nunca se recuperaron del frío. La pérdida del hacha fue para ella una amarga privación. Día y noche sufría por ello y volvía una y otra vez al río para buscarla, y desesperada trató de encender una hoguera para fundir nieve. Al fracasar y convencida de que sus plantas morirían, se sentó, temblando y medio llorando, abrigada ante el frío, con la atención dividida entre el cielo y el jardín.
No sabía, y durante aquellos años, nunca supo, el mes en que estaba, mucho menos la semana o el día. Cosas como el Día de Acción de Gracias o Navidad las había olvidado. Fue dos días antes de Navidad en aquel terrible año cuando empezó a caer la segunda nevada más intensa de la estación. Los primeros días fue una tormenta silenciosa como las que le gustaban a Sam, y día y noche Kate estuvo sentada junto a la puerta, mirando a través de una neblina de copos que se arremolinaban. Su camino hacia el río se había cubierto, como todos los senderos. Una hora o dos cada día apartaba la nieve de la puerta y de las mantas con las manos desnudas, y de las salvias donde se arrodillaban sus hijos; pero estaba tan hambrienta, fría y debilitada que había olvidado sus flores. Su consciencia se iba cerrando como una persiana pero antes de morir nunca olvidó a sus hijos ni tampoco la luna en cuya luz aparecían. Al final del tercer día la nieve, a tres lados de la cabaña y también en el tejado, tenía metro y medio de altura. Una y otra vez intentó seguir su viejo camino hacia el río pero siempre volvía, agotada y llorando. Una y otra vez buscó el hacha por todas partes de la cabaña. Luego el recuerdo del hacha también desapareció, como el del cubo, el del camino, el del río. Excepto por los pinchazos del hambre, había perdido todo recuerdo de la comida.
Después de tres días de fuertes nevadas la temperatura bajó y durante una semana el frío se acentuó de forma constante. Los vientos del norte hicieron su aparición. Sam hubiese dicho al principio que llegaron con las primeras notas de una obertura o un pródigo torrente de una docena de oberturas salido de las grandes cuevas de hielo del norte. Aquellos vientos se tomarían su tiempo, porque tenían la paciencia de Beethoven y su talento a la hora de diseñar variaciones sobre temas principales y acumular crescendo sobre crescendo. Si Sam hubiese estado en el territorio del río Wind o allí con Kate, donde los vientos lanzaban su música salvaje, habría pensado que el Creador estaba a punto de utilizar todos Sus instrumentos en una grandiosa sinfonía. Kate apenas notaba aquello. Después de que la nieve llegase a su tejado, el camino estuviese completamente cubierto y todo a su alrededor fuese blanco invernal, casi no era consciente de los vientos que esculpían magníficas dunas de nieve. Al principio sólo le molestaban un poco. A diario apartaba con las manos la nieve de las salvias para que sus hijos pudiesen arrodillarse allí si aparecía la luna; y los primeros y débiles vientos soplaron alrededor del claro que había hecho y lo rociaban de gemas heladas pero no lo cubrían. Tras las notas iniciales del primer movimiento llegaron los fríos y luminosos anuncios de los metales, en el lejano norte, y a la mañana del tercer día de vientos el primer movimiento estaba en pleno apogeo. Para el mediodía el claro que rodeaba las plantas había sido barrido por completo, pero ni en volumen ni en intensidad el viento era más que una pizca de lo que iba a ser. Era una especie de molto adagio. El segundo movimiento fue de tal violencia percusiva, con crescendo sobre crescendo, que su cabaña tembló y zumbó con la furiosa música invernal y sus esfuerzos por apartar la nieve de las plantas eran sólo patéticas ráfagas en los ciclones blancos que la envolvían.
Pero perseveraba y esperaba a la luna. Se alzó, redonda, helada e invernalmente lánguida, y aparecía y desaparecía según los vientos empujaban cortinas de nieve delante de su rostro. A la mañana siguiente la temperatura había caído a veintitrés bajo cero y en los siguientes días descendió rápidamente según entraba el segundo movimiento. El primero había sido una vasta y juguetona declaración de temas, mientras los vientos reordenaban la cara nevada del terreno; y, si Kate hubiese tenido algún interés en las maravillas del viento del norte, habría mirado en cualquier dirección y habría visto el lujurioso contorneado de la escultura de los ventisqueros, los grandes macizos y los oteros invernalmente blancos mientras Canadá arrojaba su loco genio contra el paisaje. Era un mundo de pureza y maravilla superlativas, pero Kate sólo podía quedarse sentada muda, temblando, medio muerta; o luchar desesperadamente con las inmensas corrientes que habían sido lanzadas contra la pared norte y alrededor de las esquinas; o arrodillarse y excavar para intentar encontrar su antiguo camino en la nieve. Cuando el frío se volvió más intenso, la superficie de la nieve se había congelado formando joyas y el diamantino hielo que chocaba contra su rostro escocía como el fuego. El viento, carente ahora de la alegría de la escultura, parecía dejar a un lado los instrumentos más dulces como el cello, la viola y la flauta y traer consigo los metales, las trompetas y los timbales. El segundo movimiento era un allegro que aumentó rápidamente a un presto; aunque para Kate sólo era un viento salvaje que aullaba, un oído agudo habría oído deliciosas variaciones en varios temas cuando los instrumentos invernales derramaban sus maravillosas armonías por debajo de los valles, a lo largo de las praderas y por encima de las altas montañas blancas. Los vientos lo tocaban todo a su paso; y cuando encontraban un objeto tal como la cabaña de Kate o un risco de piedra desnuda, o un puñado de altos álamos, las voces cambiaban en intensidad y tono, y a veces subían o bajaban una octava o dos, según modelaban los temas para que encajasen con las curvas y contornos del mundo. A veces, salvajes e intensas, crecían con estridente y turbadora energía hasta alcanzar las notas más agudas y chocar contra los hoyuelos de hondonadas y barrancos; y los cellos y las violas, las arpas y las flautas tomaban el mando y en los remolinos de viento que soplaban sobre las plantas cubiertas de nieve y en las ciegas paredes rocosas de los cañones se oían pequeñas, dulces melodías. A Sam le hubiese encantado aquello; tras gritar con toda su alma para hacerse oír, habría interpretado uno de los temas una y otra vez en diferentes tonos, como en la tercera obertura de Leonore y hubiese imaginado que sus melodías eran pequeñas bolsas vocales que cabalgaban en el viento. Habría ido cantando y bailando por la tierra y habría regresado, cuando se hubiese cansado, para comerse cuatro filetes de uapití y sentarse junto al fuego con su pipa para alabar al Señor.
Las armonías más feroces y los movimientos más salvajes, incluso los temas principales, no eran para la hembra, cuyos instintos hogareños la compelían a buscar la tranquilidad. Para el final del segundo movimiento, cuando la temperatura había bajado a más de treinta bajo cero, Kate estaba tan entumecida y sin vida que apenas podía moverse. Los dolores del hambre la obligaban, quizá una vez pero nunca dos veces en veinticuatro horas, a arrastrarse fuera de la pila de mantas y acercarse a la pared norte donde, en la oscuridad, sus frías manos toqueteaban por las cosas que había allí.
No había nada que pudiese masticar, excepto azúcar o harina, y los ratones y los insectos habían destruido la mayoría. Había carne de ciervo y uapití curada. Había pasas en bolsas de cuero, congeladas y duras como piedras. Se llevó a la cama un poco de fruta y un pedazo de carne; los puso sobre el duro suelo helado y después de arrastrarse hacia el montón de mantas trató de envolverse con ellas uniformemente; entonces tocó el suelo hasta que su mano llegó a la comida. Se metió tres o cuatro pasas en la boca y las chupó durante diez o quince minutos; la carne no pudo ni morderla ni romperla, así que tuvo que colocar los labios y los dientes sobre un extremo, tratar de calentarlo y chupar el alimento. No había prisa; tenía todo el día y toda la noche para esa sola tarea.
Cuando cayó la oscuridad y apareció la luna, una pálida luz entre el viento, volvió a arrastrarse fuera de su cama y buscó en la pila de mantas la Biblia. No podía caminar ni por encima ni a través de la nieve, porque el viento la habría derribado de un solo empujón; y así, se arrastró a cuatro patas hasta que estuvo más o menos donde solía sentarse; y allí se quedó, casi llevada por el viento, y miró esperanzadamente buscando ver a sus hijos. Pero ya no volvieron; la nieve era más alta que las salvias y no había sitio para ellos. Cuando su cuerpo congelado y su mente entumecida comprendieron que no estaban allí, se dio la vuelta a cuatro patas y se arrastró de vuelta a las mantas, y allí se sentó, con las orejas y la nariz heladas, los ojos mirando a la luna o al jardín, aquí y allá durante la larga noche, o mientras la luna estuvo en el cielo.
Antes de que la orquesta divina iniciase su tercer movimiento, la mano derecha y los dos pies de Kate estaban tan congelados que la sangre ya no corría a través de ellos; y, antes de que aquel movimiento diese paso al cuarto, tenía las piernas congeladas hasta las rodillas. Parecía no saberlo. Era el séptimo día de los vientos y ya no se arrastraba hasta la pared norte. La temperatura había caído a más de cuarenta bajo cero y los instrumentos eran ahora todos de percusión y tocaban notas agudas. No había nada que los vientos pudiesen hacer con la tierra; los ríos estaban congelados casi hasta sus fondos, los árboles hasta sus raíces; y en los blancos paisajes esculpidos no había cambio, por fuerte que fuese el viento. Ahora soplaba con agudos tonos penetrantes, enrarecido y salvaje, y parecía estar preparándose para la coda; y entonces, una negra noche, todos los instrumentos fueron ascendiendo gradualmente hasta el primer fortissimo y en una ensordecedora apoteosis llegaron rugiendo hasta la puerta de Kate en tales ciclones de sonido que el cielo literalmente se llenó; y sobre todo aquello, en frenéticas explicaciones, llegó el primer crescendo, y sobre él el segundo, en tal atronadora magnificencia helada que Kate se perdió dentro del alma de la música.
A la mañana siguiente había un silencio total. Kate Bowden estaba muerta. Estaba allí sentada con sus mantas junto a la puerta, congelada casi por completo, su rostro hacia el jardín, su helada mano izquierda sobre la Biblia, sus ojos helados buscando la luna a una temperatura de cuarenta y seis bajo cero. Dos semanas después volvería a nevar, y durante los siguientes dos meses sería suave y dulcemente enterrada. La nieve cayó sobre ella y medio llenó la cabaña hasta que no quedó rastro de ella y ningún vestigio de jardín o tumbas. Por todo el paisaje se extendía el más puro blanco invernal.