15

Estaba cabalgando por una larga falda de montaña cubierta de álamos cuando lo notó. Se detuvo enseguida para orientarse. No reconocía la zona, pero nadie podía conocer todas las miles de colinas cubiertas de álamos. Había montañas al sur y cruzando el suroeste; las conocía de vista, pero iba por un sendero desconocido. Todos los pieles rojas excepto los Diggers comegrillos y las tribus que comían pescado en las tierras bajas del Columbia eran expertos en el arte de la emboscada. Así era como una pequeña caravana tras otra de inmigrantes perecía.

Girándose, recorrió al galope el camino andado. Tras cuatrocientos metros se volvió bruscamente y, saliendo de la pista de bisontes, se dirigió hacia la cumbre, esperando poder ver desde allí una zona más amplia. En eso se llevó un chasco; allí se quedó, incapaz de ver más allá de unos pocos metros, olfateando y escuchando. El bayo levantó las orejas en la dirección por la que habían venido. Sam se preguntaba qué le había alertado; había tantas cosas en la naturaleza que daban señales: el martín pescador, el tordo sargento, la ratona, el avetoro, la tamia, el perrillo de las praderas, la urraca, el cuervo… El mundo salvaje estaba lleno de ellos y uno sólo tenía que aprender sus costumbres. Algo le había dicho que estaba en presencia de un enemigo. Dado que había escondido los mulos de carga y llevaba un caballo muy veloz, escogió una de sus estratagemas favoritas. Correría hasta encontrar un lugar que le gustase; así, cabalgando a toda velocidad, bajó de la cumbre y tomó otro sendero con la mirada buscando una montaña con voladizos. Era el truco del puma, que había observado tres veces distintas.

El puma o león o pantera de montaña solía acechar a sus presas en los lugares donde habitualmente bebían. Si resultaba ser una corriente de agua que fluía cerca de un voladizo de piedra, el animal se agazapaba y esperaba; y cuando los animales estaban bebiendo, saltaba al lomo del ciervo, el berrendo, el uapití, el bisonte o el caballo salvaje. Trepando hasta los hombros, clavaba las garras profundamente en la carne y al mismo momento lanzaba sus largos y poderosos colmillos al cuello; y si era un animal pequeño podía, con un rápido movimiento, agarrarle la cabeza y echarla hacia atrás, rompiéndole el cuello.

Sam buscaba una posición estratégica donde pudiera dejar el sendero, saltar del caballo y avanzar rápidamente para encontrarse con su enemigo. Después de tres kilómetros de forzar al bayo a toda velocidad, lo encontró. El sendero daba la vuelta a una colina. Apenas pasado ese punto había un bosque. Saliendo del sendero y tras internarse cien metros en el bosque, Sam se bajó y, dejando que la sudada bestia recuperase el aliento, corrió hacia delante y se ocultó tras un árbol. No se sorprendió cuando no apareció indio alguno. Corrió entre los árboles subiendo la colina. A cuatro patas, arrastrándose rápidamente, avanzó hasta un risco que había encima del sendero y miró hacia abajo. Allá atrás en el sendero, a doscientos metros, había un guerrero Crow con la pintura del rostro brillando como oro al sol del mediodía. Cabalgaba sobre un poni alto castaño claro, mirando y escuchando. Sin dudar que fuese uno de los veinte, Sam lo observó a través de las hojas. A esa distancia podía haberle derribado del caballo de un disparo, pero, pensándoselo mejor, decidió salir a plena vista y darle una oportunidad.

En el momento en que estuvo visible dio el grito de guerra Crow y levantó la pistola. Pero no disparó. Observaba con su aguda vista los movimientos del enemigo; a Sam le pareció que el piel roja estaba sordo o paralizado. Hubiera jurado que durante al menos diez segundos el muy necio se había quedado ahí mirando fijamente con sus ojos negros al gigante que estaba a veinte metros por encima de él y a doscientos metros de distancia. Sam podía imaginarse el brillo de los ojos, una joya de luz justo en el centro; la tensión al agarrar el arma y la de los muslos que lo sostenían en el caballo. De repente el indio volvió a la vida y levantó su rifle; en ese instante Sam disparó y el caballo cayó. Casi enseguida el piel roja estaba en pie. De nuevo levantó su largo rifle con eléctrica urgencia, pero Sam se había agachado para recargar. Cuando estuvo preparado volvió a mostrarse a plena vista y el arma del indio restalló en ese momento. Sam disparó y vio al hombre tambalearse. Sam se arrodilló para recargar, sabiendo que aquel joven guerrero había perdido momentáneamente los nervios y disparaba sin apuntar. Sam dudó de que fuese uno de los veinte; más probablemente sería un joven novato que se había hecho con un arma y había escapado para encontrar la gloria.

Corriendo hacia su caballo, Sam montó y cabalgó por el bosque que se encontraba encima del risco. El poni estaba muerto y el guerrero había desaparecido. No había más que hacer que observar y esperar. Si, como Sam se imaginaba, era un joven deseoso de cubrirse de honores y conseguir una pluma de águila, estaba solo; pero si era el explorador de una partida de guerra los tres disparos habrían atraído al resto. Mientras esperaba, Sam se preguntó si no se cansaría pronto de este acoso noche y día; si debería haber acudido al viejo jefe y exigirle el derecho a enfrentarse a los asesinos; o si debería haber vuelto a visitar a su gente. Había considerado todas aquellas alternativas y las había desechado; se las había replanteado y había vuelto a rechazarlas, por el motivo de que todos los pieles rojas eran impresionantes mentirosos y tramposos. En cualquier caso, el jefe hubiese jurado por todos sus ancestros muertos que ninguno de sus bravos era culpable.

Aún había otro asunto, se dijo Sam mientras estaba sentado sobre la hierba, mirando hacia abajo. Los Crows reclamaban ahora más tierras de las que nunca habían ocupado, todo el territorio que bordeaba el Musselshell al sur y al este. Por lo que Sam sabía, incluía tierras que reclamaban los Pies Negros. Si esos enemigos implacables, con sus rencores ancestrales, iban a la guerra, cuando se les calentase mucho la sangre podrían asesinar a la mujer; si lo hacían la mitad de los tramperos del territorio marcharían contra ellos y correría suficiente sangre como para teñir de rojo un río. Si hubiese buenos lugares para poner trampas cerca de la mujer, él podría vivir allí, cuidarla y algún día llevarla con su gente. Pero no había buenas presas de castores a trescientos kilómetros de ella.

Mientras miraba al caballo muerto y esperaba, también se planteó el hecho de que guerreros de otras tribus tratarían ahora de capturarlo sabiendo que los Crows pagarían un precio fabuloso por él. Windy Bill había insistido en ello hacía dos semanas mientras se fumaban sus pipas tras el desayuno y bebían café solo.

Sam, dijo, estaría peor que un niño nonato en un bosque putrificado después de c’ubieran acabao con él. El sobrino del viejo Jake Moser cabía trampeao en el Heely, güeno, los Comanches lo querían y los Rapahoes lo prendieron, y cuando las squaws habían acabao con él no se podía saber si era un tipo o un coyote. Algunas gentes eran buenas pa una cosa, como navegar por el mar; y otras pa otras, como ser un político embustero; pero los indios eran los mejores de t’ol mundo torturando. Bill ya se podía imaginar a las squaws en faena mientras miraban a Sam, seguro que sí. Si Sam fuera tan necio como para dejar que los Pies Negros lo atraparan vivo, tendrían que abrirle la cabeza pa ver si había algo dentro.

—No creo que me vayan a atrapar —dijo Sam.

¿Y algún hombre de los cabían atrapao lo había creído? «Sam, ojalá te lo pensaras, de verdad».

Bill había propuesto que veinte tramperos cabalgasen hasta la aldea crow en el Tongue y le exigiese la entrega de los asesinos al viejo jefe; le dirían que si los asesinos de la esposa de Sam no les eran entregados, los tramperos llevarían a los Pies Negros y a los Cheyennes contra ellos, y a los Sioux también p’asegurarse. Sam se había negado a considerar la propuesta; aquello, creía él, era un asunto privado. Creía que no debían arriesgarse más vidas que la suya propia. Maldita sea, había dicho Bill, los Pies Negros estarían siguiendo a Sam día y noche. En cuanto a él, prefería enfrentarse a un grizzly o a diez lobas que a una squaw Pies Negros con un cuchillo en la mano.

Sam esperaba que los Pies Negros no fuesen contra él, porque había soñado con pasar un invierno en su hermoso territorio: en hibernar durante los meses de diciembre y enero como el oso; en comer, dormir y estar en comunión con el infinito del Creador mientras tocaba algunas tonadas de Corelli, Bach y Mozart; en disfrutar del puro paraíso de estar solo, lejos de policías, recaudadores de impuestos y todos los parásitos que conforman cualquier gobierno. Bill Williams había dicho una vez que quienes pasaban gran parte de su tiempo en licenciosos encuentros con mujeres eran unos condenaos necios; que los que creían que el placer supremo era acodarse en barras trasegando ginebra y ron eran otros condenaos necios; y los que creían que la buena vida exigía un vecino a diez metros a cada lado también lo eran. Casi todos los tramperos estaban de acuerdo con Bill. Todos eran rebeldes.

Después de dos horas, convencido de que no había más Crows en la zona, Sam bajó hasta el caballo. Parecía un poni ordinario, pero uno nunca sabe con los caballos indios. Un rastro de sangre se alejaba hasta un arbusto. Cautelosamente, Sam lo siguió y pronto encontró a un hombre tendido sobre su rostro, muerto. O un joven, vio Sam, tras darle la vuelta al cuerpo: no tenía dieciocho años, quizá ni siquiera tuviese más de dieciséis, un chico bien parecido que se había escapado con la intención de hacerse con la cabellera de Sam. ¡Pobre joven muerto! Tenía un rifle tan viejo que parecía uno de los que los primeros viajeros habían traído desde Canadá; y un hacha de piedra con el mango roto.

Durante cinco minutos Sam contempló al joven bravo pensando que su hijo se habría parecido mucho a él. No le arrancó la cabellera ni le cortó la oreja. Si hubiese tenido una pala habría enterrado a aquel valiente muchacho; si hubiese habido piedras en la zona habría construido un túmulo. Lo más que pudo hacer fue subir el cuerpo hasta las ramas de un árbol, a dos metros de altura; allí quedó el cuerpo sobre el vientre, con la cabeza y los pies colgando, pero estaría a salvo de los lobos. Sam ató el viejo mosquete junto al árbol debajo del joven. Si los Crows encontraban a este hijo muerto sabrían que Sam lo había colgado en un árbol y sabrían por qué.

Pero había algo que nunca verían y nunca sabrían. Estaba en la cara y en los ojos de Sam después de que hubiese andado cincuenta metros y se hubiese girado para mirar atrás.