28

Algunos de los tramperos creían que Hank Cady había sido bautizado en la pila equivocada. Sam Minard era un hombre reservado, pero comparado con él, Hank era mudo. Bill había calculado que en un año Hank no pronunciaba más de cien palabras, de las cuales noventa eran alguna forma de sí o no. Nadie le había oído hablar de su pasado o de su familia, pero corría el rumor de que odiaba a su madre, que siendo el hijo mayor lo había convertido en niñera y lo había obligado a cuidar de una docena de hermanos y hermanas. Bill decía que lo único que algunos críos recordaban de su infancia eran los pañales. Al contrario que la mayoría de los tramperos, Hank nunca había tomado una squaw y parecía que no le interesaban las mujeres. Tenía un feroz y melancólico amor por la libertad, y libertad era lo que había tenido desde que había ido al Oeste.

Después de haberle pedido a Hank una de sus viejas pipas, haberla llenado con unas hebras y meterse una nube de humo en los pulmones, Sam dijo:

—¿Qué tal van las trampas por aquí?

Hank lo miró con expresión extrañada; todavía no era temporada de poner trampas, ¿qué podía querer decir?

—Tolable —dijo Hank, queriendo decir «tolerable». Miró el rifle de Sam—. Nos’el tuyo —añadió.

—El mío lo perdí —dijo Sam. El fuerte tabaco estaba empezando a sentarle mal.

Hank esperó todo un minuto. Entonces dijo:

—¿Crows?

Pies Negros, dijo Sam.

Hank volvió a mirar el rifle.

—¿De quién?

—De Kate, la mujer del Musselshell.

—¿Tamién las pistolas?

—Absolutamente todo menos mi vida.

—¿El bayo de Mick?

—Sí.

—¿Aónde?

—No lejos de Three Forks.

Hank ponderó el asunto un rato. Debía d’aber sido Cuernos de Uapití, dijo. Había andao merodeando por ahí. ¿Pá cuándo la reunión?

—Cuando quieran ellos —dijo Sam. ¿Podría Hank prestarle un poco de tabaco y una pipa hasta que llegase donde Jim?

Hank rodó hasta un montón de cosas que había junto a una pared y hurgó. Sacó un puñado de hebras y se las dio ceremoniosamente a Sam.

—¿Y una pipa? —dijo Sam.

Hank volvió a rebuscar y sacó una pipa de maíz con la caña rota. Él prefería mascar tabaco y se fumaba sólo los trozos después de haber mascado el jugo. Ahora, haciendo un torpe esfuerzo por ser sociable, escupió por la puerta de la cabaña y llenó otra pipa que también tenía la caña rota. Con las pipas encendidas ambos hombres se sentaron a la luz del fuego con los rifles sobre el regazo.

—¿Cómostá ella? —inquirió Hank.

Sam se había estado preguntando si Hank podía dejarle una manta y si tenía trampas de sobra. Hank había estado pensando en venganza. Se había dado cuenta de que Sam estaba mucho más delgado y sospechaba que había soportado muchas vejaciones y dificultades. Sus hermosos ojos grises, maravillosamente brillantes y agudos, habían estado estudiando a Sam de arriba abajo.

—Sigue viva —dijo Sam al fin.

—¿Qué hizo Cuernos de Uapití?

Sam se apartó la caña de la boca y pareció estar tratando de recordar. Bueno, le habían dado unos guantazos, con las dos manos y con el tomahawk; le habían empapado la cara con lo que expectoraban por la garganta; y le habían matado de hambre, congelado y le habían contado lo que los Crows iban a hacer con él.

—¿Pensaban venderte?

Sam asintió. Al terminar la pipa, dijo:

—Si tienes filetes, yo los puedo cocinar.

Na más c’asao, dijo Hank. Después de todo un minuto de silencio, añadió:

—Y’abía cenao antes.

Sam lo miró. Henry Cady era alguien a quien tener a tu lado durante una pelea pero no se pasaba mucho tiempo pensando qué podía hacer por ti. Un pedazo frío de lo que fuese valdría, dijo Sam; por la mañana encontraría algo. ¿Todavía había caza por ahí? Si iba lo bastante lejos, dijo Hank. Apartó la pipa y se llenó la boca de tabaco. Parte del jugo marrón lo escupió al fuego que tenía delante y otra se la tragó. Era de la opinión de quel jugo del tabaco era güeno pal estómago y la digestión. Bill decía quel tabaco le revolvía las tripas y le daba regüeldos, y Río Powder Charley que le daba cagaleras; Hank no encontraba palabras para expresar su desprecio por semejantes idioteces. Movió un poco las pilosas mejillas para mover el tabaco dentro de la boca mientras sus ojos grises miraban el fuego sin cambiar de expresión. Era su manera de suponer que si un hombre quería comida y había alguna cerca, la encontraría. A Sam no le importó. La pipa le había calmado el hambre y estaba preparado para irse a la cama.

—¿Cómo apañas las mantas de bisonte? —preguntó, mirando alrededor de la cabaña.

Hank lanzó un ruidoso escupitajo en las llamas y se limpió la boca manchada de tabaco con el dorso, manchado de tabaco, de la mano.

—M’imagino c’abrá que dormir juntos.

Tras calentar un sitio en el suelo y asegurar la puerta por dentro con una resistente tira de cuero, se tumbaron uno al lado del otro, cada uno de los rifles a un lado justo debajo de la manta. Se colocaron mirando a la puerta de modo que al incorporarse estuviesen preparados para disparar. Ambos roncaban, pero aquello no les molestaba; durmieron profundamente, sin preocupaciones ni pesadillas. Hank dijo que no había visto a un indio desde octubre, ni tampoco huellas de indios hasta dond’abía llegao; y volviéndose casi parlanchín, dijo que el invierno sería frío y las pieles buenas.

Se levantaron al amanecer y Sam, con torpe delicadeza, había sugerido unos panecillos para acompañar el asado y el café. Hank se había limitado a inclinar la cabeza en dirección hacia la pila de cosas que había junto a la pared. Salió de la cabaña y, antes de que el desayuno estuviese preparado, trajo un castor, con cuya cola Sam preparó una taza de sebo caliente que usar como mantequilla. Comieron panecillos empapados en grasa de castor, asado de uapití y café, y entonces se acomodaron con sus pipas. Hank no había dicho nada desde que se había levantado; nadie hubiera podido decir por su expresión o ademanes si estaba contento con la presencia de Sam o quería que se fuese. El hecho, que nadie excepto él conocía, era que Henry Cady era un hombre muy solitario que se alegraba por dentro cuando otro trampero le hacía una visita; pero nunca mostraba cambios en su ceñuda actitud. Tenía la afinidad de Sam por toda la naturaleza; como él, amaba los valles y las montañas, el espinazo del horizonte, los vastos bosques de coníferas, el agua limpia, el aire puro y los espacios abiertos. Con rifle y cuchillo desaparecía en un bosque y se pasaba allí días o semanas, viviendo de urogallos, ciervos y frutas silvestres. Sam podía detenerse para observar a un mirlo acuático sumergirse para explorar el fondo de un río, o ver cómo asomaban las emplumadas cabezas de las crías alrededor de la madre ánade, o cómo colgaba el cantarín vireo su inteligente nido de la rama de un árbol y proclamaba su presencia con una explosión de alegría vital mientras que Hank no haría ningún sonido, y era capaz de sentarse durante horas junto a un río para observar los peces en las frías y oscuras aguas o para ver a un uapití alimentándose en un claro sin apenas apartar la mirada.

Hank hubiese estado encantado de que Sam se quedase con él todo el invierno, pero este no tenía manera de saberlo. Después de llevar un par de ciervos miró al sur y dijo que había un largo camino hasta la posta de Bridger, pero que supuso que lo mejor sería marcharse ya. Había, calculó, unos ciento cincuenta kilómetros o más hasta Bill en el Hoback, otros ciento cincuenta hasta Cabellera Perdida Dan en la parte superior del río Green y todavía le quedaría un largo camino hasta donde Bridger. Necesitaba caballos, trampas, mantas, armas, tabaco y aperos.

Hank no dijo nada. Pensaba que Sam sabía lo que tenía que hacer. Pero cuando Sam recogió sólo el viejo rifle de Kate y la única manta, Hank le dijo: «Toma». Sam iba a necesitar más mantas, algo de tabaco y una pipa, un poco de café y un pote, algo de sal y harina. Sam sabía que Hank sólo tenía un pote. ¿Tenía Sam acero y yesca, o cerillas? Sam dijo que tenía cerillas que le había cogido a Kate. Hank rebuscó a su pausada manera y le dio a Sam una buena manta, una pipa y tabaco, medio kilo de café y el pote y algo de harina. Le puso a Sam la manta sobre los hombros y dijo: «Toavía v’acer más frío».

Sam miró las mantas que había en la cabaña para ver si Hank tendría suficiente. Pensó que no. Así que dejó la manta sobre las otras, diciendo: «A lo mejor va a ser mucho peso si me meto en nieve alta». Hank sabía que aquella no era la razón, pero no dijo nada. Sam también dejó el pote dentro de la cabaña. Ya encontraría algo, dijo; quizá a Bill le sobrase uno.

—Cuidao con la cabellera —dijo Hank.

—Y tú con la tuya —dijo Sam, y con un ademán de la mano se fue.

Hank entró en la cabaña y se quedó unos momentos en la oscuridad, sintiendo la presencia de alguien que acababa de estar allí. Luego se volvió hacia la puerta para mirar afuera. Miró hacia el río, por el camino que Sam había seguido, pero no había rastro de él ni de nada vivo.