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Haber matado al joven Crow le había hecho ser un poco más cauto con sus ataques; pero dos días después mató a Dientes de Lobo sin saber quién era el hombre; y una semana después de aquello mató a Coyote Que Corre. Notaba que tenía una ventaja inesperada por el hecho de que los impetuosos enviados para atraparlo estaban compitiendo entre ellos y se arriesgaban innecesariamente.
Un día, mientras pensaba en el patético cuerpo que había quedado colgando grotescamente del árbol, Sam recordó una experiencia que lo había acosado en sueños. Había ocurrido dos años antes. Él y dos compañeros, buscando estanques de castores, habían sorprendido a seis guerreros Pies Negros cabalgando por una cresta. Como algunos miembros de esa tribu habían matado recientemente a uno de sus amigos, lanzaron el temible grito de guerra de los tramperos y cargaron. Sus primeros tres disparos derribaron de sus caballos a tres pieles rojas. Recargando mientras corrían hacia los supervivientes, volvieron a disparar, apuntando a los caballos debido a la distancia; y los tres animales se tambalearon y cayeron. Dos bravos se levantaron y huyeron. El tercero tenía una pierna rota y se estaba arrastrando como un tejón herido cuando los hombres blancos lo alcanzaron. El indio se esforzó por ponerse en pie con su pierna buena y sacó un cuchillo. Experto con el Bowie, Sam lanzó su cuchillo y derribó al indio. Saltando de su caballo, corrió hasta el hombre caído, cogió el cuchillo y se lo clavó en la zona del corazón. De las heridas brotaron gotas de sangre, así como de la boca y la nariz.
Sam echó entonces a correr tras sus compañeros, que estaban persiguiendo a los dos indios. Los perdieron y regresaron a los caballos muertos. Pasaron quince minutos antes de que uno de ellos mirase al guerrero de la pierna rota. Su grito de asombro hizo que Sam se pusiera en pie. El hombre al que Sam le había clavado dos veces su Bowie había conseguido incorporarse y hasta se las había arreglado para encontrar su cuchillo y allí se quedó sentado, una figura espantosa, con el pecho entero rojo por la sangre que brotaba de su boca. Lo que le había llamado la atención a Sam eran los ojos del indio, que lo miraban fijamente a través de una niebla roja; estaban llenos del odio más mortal que Sam había visto nunca. Pero aún más terribles de ver que los ojos eran las manos, bañadas de sangre caliente y tratando débilmente de cerrar unos dedos insensibles alrededor de la empuñadora del cuchillo. Tras unos momentos el indio hizo un ruido estremecedor, como de agonía, mezclada con el borboteo asfixiante de la sangre en la garganta; y cuando la sangre brotó en un vómito rojo de la nariz y la boca, hundió la cabeza y el cuerpo hacia delante y el guerrero se quedó quieto.
No había nada en un hombre que Sam admirase más que el valor. Más de una vez desde aquel día Sam se había despertado tras soñar con aquel hombre y se había quedado demasiado agitado como para volver a dormirse; más de una vez se había sentido incómodo, como ahora, al contemplar la impotencia del hombre o del animal ante un enemigo. Nada en la vida lo afectaba tan profundamente o con tanto dolor y conmoción; ninguna otra cosa le arrancaba un grito de piedad hacia el Creador como aquella. Hombre con hombre o bestia con bestia, cuando ambos estaban en buena forma para luchar, era una cosa; estar indefenso ante un enemigo implacable era otra. Sabía, no lo había olvidado ni por un momento, que los Pies Negros torturaban a sus cautivos con una diabólica fiereza que pocos hombres blancos habrían imaginado. Era cierto que nadie se podía creer, sin haberlo visto, lo salvajes que podían ser las squaws. ¿Eran madres? ¿Sentían ternura cuando sostenían a sus bebés? ¿Cómo podía un hombre reconciliar esa crueldad infernal con un coraje, una valentía, que provocaba gritos de admiración entre sus enemigos?
Durante los largos inviernos se contaban historias alrededor de las hogueras sobre la naturaleza y costumbres de los pieles rojas, como la apuesta entre un Sioux y un Cheyenne, ambos pueblos amantes de la guerra. Un día se habían encontrado inesperadamente, en un momento en que sus naciones no se encontraban en guerra, y el Sioux había desafiado al Cheyenne a un juego de manos. En ese sencillo juego uno de los dos jugadores tomaba una piedrecita y, poniendo ambos brazos tras la espalda, la guardaba en una de las manos. Llevando las manos adelante para que las viese el oponente, con los nudillos hacia arriba, le pedía que escogiese en qué mano estaba la piedra. Aquel era un juego favorito entre los indios; eran tan empedernidos jugadores que se apostaban todo lo que tuvieran, incluyendo sus caballos, sus armas, sus mujeres y a veces sus vidas.
El Cheyenne ganó todo lo que tenía el Sioux y aquel bravo, sentado completamente desnudo y preguntándose qué más podría apostarse, ofreció su deseada cabellera. La apostó a cambio de todo lo que había perdido. Era el turno del astuto Cheyenne con la piedra y se tomó tanto tiempo con las manos detrás de la espalda cambiando de idea y moviendo la piedra de una mano a otra que su oponente dio un grito de impaciencia. Sospechando un truco, exigió ver la piedra, pues a veces la medicina de un bravo era poderosa. El Sioux cogió la piedra y la examinó. No podía ver erosión alguna provocada por la magia, pero de todos modos pidió que se usara una bala de su bolsa de medicina. Entonces fue el Cheyenne el que sospechó que hubiese truco; miró fijamente el pedazo de plomo mientras lo giraba una y otra vez entre las manos. Aunque parecía una bala, la probó con los dientes y la olió. Su astuta mente le estaba diciendo que el Sioux era aburrido y nada imaginativo y que podría engañarlo; y así mantuvo el pedazo de plomo en su mano derecha mientras lo examinaba y en su mano derecha seguía cuando puso ambas manos tras la espalda. Aún seguía allí cuando tras cinco minutos de angustioso examen de su talento y su magia, el Sioux dijo que estaba en la mano izquierda. El Cheyenne había supuesto que el muy estúpido se quedaría fijado en la idea de que habría pasado la bala a la mano izquierda.
Sin la más mínima señal de miedo, el Sioux cruzó los brazos por encima del pecho desnudo e inclinó la cabeza. Sin el más mínimo rastro de compasión o piedad el Cheyenne había sacado su cuchillo y permaneció de pie sobre él. Con la mano izquierda cogió el pelo largo y dejó tirante el cuero cabelludo mientras con la derecha cortaba pelo y piel hasta el hueso, alrededor del cráneo. Si el Sioux se estremeció, el Cheyenne ni lo vio ni lo notó. La manera habitual de arrancar cabelleras, entre pieles rojas y blancos, era colocar un pie en el cuello del enemigo caído y con un potente tirón arrancar el cuero cabelludo. El Cheyenne, sin poder ayudarse del pie en el cuello, tuvo que tirar hacia delante y hacia atrás y al final arrancarlo con un rápido impulso. El Sioux se puso en pie, con la sangre cubriéndole por entero. Había visto a hombres a los que habían arrancado la cabellera y habían sobrevivido; sabía que su cráneo se curaría, pero que sería para siempre calvo y deshonrado. Quería venganza.
Así que exigió que volviesen a reunirse para otro juego de manos dos lunas después. Sintiéndose inconmensurablemente superior, el Cheyenne accedió en el acto. Preveía otro triunfo. Estipuló que deberían llevar al encuentro sus mejores caballos y sus mejores armas. Se reunirían en el Arroyo Owl, en la cabecera, dos lunas después. Todo el tiempo que estuvieron llegando a tal acuerdo al Sioux le seguía cayendo sangre por delante y por detrás y el Cheyenne admiraba abiertamente su ensangrentado trofeo, que sostenía por la larga melena.
Se volvieron a encontrar tras dos lunas; el cráneo del Sioux estaba tan brillante y suave como un hueso secado al sol, el Cheyenne era incapaz de quitarse el regodeo de la cara. Pero aquella vez o la suerte o la astucia estaban en su contra; comenzó a sentir tras varias derrotas que la medicina de su oponente era más poderosa; y con toda la magia que le habían enseñado los hombres sabios rezó y se esforzó por invocar, en unos momentos de intensa concentración, un poder que pudiese derrotar al ansioso calvo que había acertado cuatro veces de cinco. Pero perdió su caballo, sus armas y todo el cuero que llevaba encima; y se sentó como su oponente había hecho dos meses antes, completamente desnudo, sin nada más que apostar que su cabellera o su vida. Si se hubiese apostado la cabellera y la hubiese perdido, el Sioux se habría dado por satisfecho, pero el Cheyenne, como su pueblo, era orgulloso y arrogante. Además, ahora creía que su magia estaba funcionando, y por lo tanto decidió apostar su vida a cambio de todo lo que había perdido y todo lo que el Sioux había llevado con él. El impasible Sioux aceptó la propuesta. El Cheyenne perdió. Ese momento, había pensado Sam muchas veces, debía de haber sido tan intenso y eléctrico como podía serlo un encuentro entre dos enemigos. ¿Cuántos hombres blancos habrían huido para salvar la vida? El Cheyenne simplemente se puso en pie delante del Sioux. ¿Había empezado a entonar el canto indio de la muerte? La historia sólo decía que el Sioux calvo se puso delante del Cheyenne y le atravesó el corazón con su cuchillo.
Aquel era un territorio para hombres, no para muchachos altos llamados hombres. Sam nunca había conocido a un indio, ni le habían hablado de uno, que hubiese pedido clemencia. La clemencia no era una palabra que existiese en su idioma. Un cautivo blanco que rogaba clemencia, y la mayoría de ellos lo hacían, despertaba tal desprecio entre sus captores que no podían discurrir torturas lo suficientemente diabólicas para denigrarlo. Todos los tramperos sabían que si eran tan desafortunados como para ser capturados la única manera de enfrentarse a los pieles rojas era juntar flemas en la garganta y escupirles a la cara. Quizá entonces te torturarían y ciertamente te matarían, pero te admirarían y conservarían con aprecio tu cabellera.
Sam pensó sin ambages en el hecho de que un día podría ser capturado. Pocos hombres blancos en territorio indio habían vivido para llegar a la edad de Caleb Greenwood y Bill Williams. Capturado dos veces por los Pies Negros y dos veces fugado, Jeremiah Flagg había dicho: «Creo que va siendo hora de que este viejo se vuelva pa su árbol». Dijo que había habido un tiempo en que podía oler a un condenado piel roja a diez kilómetros en cualquier sentido, pero ahora no podía olerlo a menos que lo viese.
Era un territorio terriblemente hermoso cubierto por una vida violenta. El castor era un bicho tranquilo que vivía de la corteza, los que daban leche comían hojas y hierbas; pero los devoradores de carne eran todos asesinos, y el hombre era un devorador de carne. Sam había observado que la mayoría de los devoradores de carne eran salvajes en sus costumbres sexuales. Una de las favoritas entre algunos de los pieles rojas era la danza de la sopa, en la que hombres y mujeres se colocaban en dos líneas, una enfrente de otra, a una distancia de diez o quince metros. Una de las chicas avanzaba tímidamente con una cuchara (de cuerno de bisonte o de muflón) llena de sopa. Se la ofrecía al hombre que había escogido y la retiraba rápidamente, y el hombre la perseguía hasta que ella llegaba a su línea. Entonces él se retiraba, bailando al son de la música, y ella volvía de nuevo; y una vez más; y entre los que miraban se alzaban risas o aullidos de burla. Cuando participaban hombres blancos sustituían la cuchara de sopa por un beso; pero los Arapahoes, entre quienes se decía que se había originado la danza, se frotaban las narices, aunque de vez en cuando una pareja trataba de besarse y a algunos parecía gustarle. A veces, aunque no siempre, las chicas llevaban una cuerda como cinturón de castidad con los extremos atados alrededor de la cintura.
Se contaba una historia de Kit Carson en uno de aquellos bailes. Un enorme fanfarrón francés se había autonombrado el favorito y guardián de todas las chicas más atractivas. Medio borracho e hirviendo de deseo, había perseguido a una chica hasta un bosque cercano y, tras atraparla, había estado tan desatado que había cortado con su cuchillo el cinturón de castidad, abriendo heridas profundas en los muslos y el vientre de la muchacha. Ella entonces sacó un cuchillo que tenía escondido, lo apuñaló y huyó. Según el relato que Sam había oído, Kit desafió al fanfarrón a un duelo, lo mató y tomó a la chica, Hierba Cantarína, como compañera, cambiándole el nombre por el de Alice.
Sam había aprendido que la mayoría de los machos devoradores de carne eran brutales con las hembras. Posiblemente los felinos, grandes y pequeños, eran los más feroces de todos, aunque no más crueles que algunos de los hombres, pieles rojas o blancos, cuando los poseía la pasión y el ron. El modo en que su Lotus temblaba cuando él la tocaba durante los primeros días le había dicho cosas que nunca había leído en los libros. El amante piel roja era a veces peor que el lince macho: en una de las postas durante un intercambio Sam había visto a bravos ebrios apareándose con sus mujeres; había visto a un Cheyenne cubrir a una de sus mujeres y luego, en una furia sin sentido, la había apuñalado repetidamente con un cuchillo largo. Luego la abrazó por segunda vez, después de que estuviese muerta.
Estar cansado de matar había dirigido los pensamientos de Sam hacia el amor y al infierno de John Colter. ¿Por qué no pasar un invierno allí? Podía adentrarse en aquella zona humeante y explosiva y ningún indio se atrevería a seguirlo, pues creían que los espíritus malignos hacían su magia allí. Creían que un géiser que escupía su hirviente aliento a veinte o cuarenta metros hacia el cielo era un diablo especialmente grande que mostraba sus poderes. Todas las burbujas de las diminutas bocas calientes eran, supuso Sam, los labios fruncidos de pequeños bebés diablo. Era un territorio temible recogido en cuencas entre montañas densamente pobladas de árboles. Allí no había bisontes, pero sí ciervos y uapitíes, conejos y urogallos, y patos y gansos en el lago. Podía hacer una fogata sin tener que sentirse nervioso; bañarse en charcas calientes; comer comida caliente, tocar o cantar y pensar en su esposa. Podía estudiar la belleza de los brillos, destellos y guiños de luz en un bosquecillo cuando soplaba la brisa en él; y los sublimes fuegos elementales de las puestas de sol; y las fugas como coros de pájaros que cantaban a su alrededor. Si se aventuraba allí un recaudador de impuestos, o un policía, o un político los metería de cabeza en un gran pozo de lodo hirviente.
Sí, iría allí, a recuperar su aplomo y alimentar sus poderes; pero antes iría hacia la mujer a ver si estaba bien. Deseaba poder persuadirla de que se fuese con él, porque le helaba los huesos pensar en ella sola otro invierno, bajo la aullante megalomanía de los vientos canadienses y las salvajes ventiscas bajo cero. Los tramperos podían incluso llevar las tumbas allí, donde siempre tendría calor, agua caliente y refugio, y protección ante sus enemigos para toda la vida.