22

En el gran meandro del Musselshell tomó de un escondite un barril de ron, la tetera y algunas otras cosas y se quedó sentado sobre el bayo mirando al oeste y al sur, preguntándose si debería tomar el camino más seguro por el Paso de las Teton o el más peligroso por Three Forks. La tormenta lo decidió. Aquella mañana estaba nevando y todo decía que sería un invierno temprano, largo y duro. Si seguía por el paso tardaría el doble y podría llegar a encontrarse atrapado por la nieve en las Teton o en la cara sur de las Bitterroot. La ruta más fácil era con mucho la de Three Forks, donde John Colter había hecho su increíble carrera hacia la libertad, donde la muchacha india que fue al oeste con Lewis y Clark había sido capturada de niña y donde había más castores en todo el territorio del Oeste. Era también donde más de un trampero había caído bajo las flechas o las balas de los Pies Negros.

Era una decisión temeraria, pero los tramperos eran hombres temerarios.

Durante doscientos cincuenta kilómetros, con la nieve cayendo sobre él casi todo el camino, subió por el río y siguió un arroyo a través de un paso de montaña. Estaba dejando un rastro que podría seguir un indio ciego. Justo delante tenía el Missouri; llegando hasta él subió hacia Three Forks, la unión de los ríos Gallatin, Madison y Jefferson. Aquella zona la conocía bastante bien. Lewis y Clark habían subido por el Jefferson, que bajaba desde el oeste, pero Sam pensaba dirigirse hacia el suroeste y atravesar hacia un grupo de manantiales termales que se encontraban en un bosque frondoso. Ya casi había treinta centímetros de nieve y seguía cayendo, pero no había visto huellas de pieles rojas, sólo de animales salvajes, y no tenía sensación alguna de peligro. De todos modos se apresuró a salir de la zona de Three Forks, deseoso de hacer perder su rastro en las montañas arboladas. Lo habría conseguido de no ser porque la compasión superó a la prudencia. Había subido por el Beaverhead, pasando una montaña a su izquierda y las fuentes termales que serían conocidas como las Potosí y se había dirigido al oeste hacia un grupo de fuentes termales que se encontraban en el interior de un magnífico bosque, cuando de repente vio una tragedia de la montaña que lo detuvo.

Dos grandes machos uapitíes que habían estado luchando tenían los cuernos entrelazados y una manada de lobos los rodeaba mientras unos buitres cabecirrojos posados en las copas de los árboles miraban hacia abajo. Sam vio enseguida que se había tratado de una pelea terrible; la tierra estaba levantada y los matorrales pisoteados en una zona de dos metros cuadrados. Los dos machos parecían empatados, cada uno de ellos con una hermosa cornamenta y los hombros y el cuello fantásticamente musculados. Sam a veces se había preguntado por qué el Creador había puesto aquella tremenda mole de hueso en las cabezas de uapitíes y alces; los cuernos eran un peso que apenas soportaban sus cuellos, sobre todo a la hora de correr a través de densos bosques o en una pelea con otro macho. No era infrecuente encontrarse machos muertos con los cuernos enredados en frondosos matorrales o enganchados como ahora. Aquellos dos tenían los cuartos traseros totalmente levantados, patas incluidas, pero estaban arrodillados y eran incapaces de mover las cabezas. En cualquier momento los lobos los atacarían para morderles los tendones, derribarlos y alimentarse de sus vientres mientras aún respiraban. Si Sam hubiese visto a un macho muerto y al otro bramando sobre él, le hubiese parecido bien, pero ver a dos magníficos guerreros incapaces de continuar su pelea teniendo tremendas ganas de hacerlo era un fallo tan irónico en el plan divino que se sentía escandalizado. Si era capaz los liberaría para que pudiesen continuar con su pelea.

Sam miró a su alrededor y escuchó. Pensando que estaba muy lejos del peligro, ató los caballos a un árbol, colgó el rifle del cuerno de la silla y caminó unos treinta metros hasta los animales. Se acercó a ellos para estudiar el enredo de los cuernos. Lo asombroso había sido que los uapitíes hubiesen sido capaces de enredarse así; Sam había oído a tramperos decir que se habían pasado horas tratando de enmarañar tan inextricablemente los cuernos de dos cráneos. Aquellas dos cornamentas estaban tan inexorable y firmemente presas entre ellas que a Sam le pareció que iba a tener que cortar dos o tres huesos para liberarlos. No tenía sierra pero tenía un hacha. Mientras consideraba el problema, caminó alrededor de las dos bestias, estudiándolas con el ojo experto de alguien que conocía los puntos fuertes de un luchador. Ciertamente, estaban muy igualados; calculó que no habría más de quince kilos de diferencia en el peso; la cornamenta tenía el mismo número de puntas y las habían afilado en bancos de arcilla hasta alcanzar la misma agudeza. Sin duda había sido una gran batalla; tenían los ojos inyectados en sangre, los pelos de la barbilla estaban punteados de manchas rojas que la furia había hecho brotar de sus ollares y ambos habían arañado salvajemente las costillas y el flanco del otro. ¡Qué bello par de animales! Sam les dio golpecitos en los temblorosos lomos y dijo:

—Viejos amigos, me parece que voy a tener que cortaros parte de los cuernos. Dolerá un poco pero hará que luchéis mejor.

Volvió a estudiar las cornamentas. Tan absorbido estaba por el drama, pensando sólo en los dos guerreros, que al mirar hacia los caballos donde tenía el hacha se quedó rígido y abrió los ojos de par en par asombrado.

Siete bravos Pies Negros habían salido silenciosamente del bosque y siete rifles apuntaban al pecho de Sam. Siete pieles rojas espantosamente pintados sostenían sus armas mientras los ojos negros les brillaban y relampagueaban por la sensación de triunfo y la emoción, pues estaban pensado en el ron, la recompensa y la aclamación de toda la nación Pies Negros. En nombre de Dios, se preguntaba Sam, ¿por qué no los había olido? Era debido a que los olores de los uapitíes y de la pelea habían ocupado su olfato. En el instante en que vio las siete armas apuntándole al corazón a una distancia de veinticinco metros, Sam vio también una horda de diablos rojos alrededor de sus caballos. Supo que si acercaba las manos a los revólveres que llevaba en el cinturón, siete rifles detonarían.

Lentamente levantó las manos.

Había palidecido por la furia y el disgusto. Aquella era la primera vez en su vida adulta en que había sido tomado completamente por sorpresa. Un guerrero Pies Negros de más de dos metros, ancho y musculoso y que llevaba el tocado de un subjefe, bajó su arma y se adelantó. Se acercó a Sam y sus ojos negros miraron con regodeo los enfurecidos ojos azul grisáceo mientras las manos rojas sacaron el cuchillo de la funda y desabrochaban el cinturón con los revólveres. Tiró las pistolas y el cuchillo por detrás de él. El jefe entonces carraspeó formando flemas en su garganta y, mirando a Sam directamente a los ojos y colocando el rostro a no más de treinta centímetros del de Sam, le lanzó el gargajo a la cara. Un temblor recorrió al hombre blanco de la cabeza a los pies. En aquel momento podría haber matado al jefe, pero al instante siguiente habría caído bajo los disparos de los rifles. Otros guerreros se acercaron entonces desde donde estaban los caballos, todos pintados para la guerra. Comenzaron a bailar alrededor de su cautivo con los sinuosos movimientos de la serpiente que los pieles rojas dominaban. Sam pensó que debían de ser unos sesenta. Permaneció inmóvil mientras la saliva y el moco goteaba de sus cejas y su barba, y su mirada tenía el frío del odio; estaba fijando en su mente la altura y la cara del jefe, porque ya estaba deseando cumplir su venganza.

Tras unos momentos el jefe dejó atrás su dignidad y se unió al baile. Parecía que todos aquellos guerreros tenían rifles, cuchillos largos y tomahawks. Dieron vueltas y más vueltas alrededor de Sam en sus victoriosas contorsiones de serpiente mientras sus ojos negros le mostraban su desprecio hacia él; Sam los miraba y pensaba en su situación. De vez en cuando uno daba chillidos de complacencia y redoblaba sus movimientos frenéticos; o uno, y luego un segundo y un tercero se detenían y apuntaban a Sam con sus armas, o levantaban el cuchillo o el tomahawk como si fuesen a lanzárselo. Sam permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho. Trató de expresar desprecio con la mirada, pero aquellos asesinos aulladores y contorsionistas eran niños para quienes el único desprecio era el suyo propio. Ninguno de ellos había prestado la más mínima atención a los machos de los cuernos enredados ni les importaba en qué agonía o humillación podían morir.

Cuando al fin los indios se prepararon para tomar a su prisionero y marcharse, seguían sin prestar atención a los animales. Con fuertes maldiciones furiosas y después mediante signos, Sam llamó su atención sobre las dos bestias; y ellos escupieron despreciativamente y dijeron, mediante signos, que ya tenían suficiente carne y que le dejaban aquella a los lobos. Su insolencia llenó a Sam de una nueva ira. Ahora le preocupaba menos su estado que el de dos luchadores indefensos que tenían el derecho a otra oportunidad y que en cualquier caso eran demasiado valientes y nobles como para morir con lobos mordisqueando sus vientres y buitres posados sobre sus cornamentas. Hablando en tonos que rezumaban ira y con furiosos signos, Sam le dijo al jefe que debería disparar a los dos animales o cortar parte de los cuernos, o si no debería arrastrarse como una anciana enferma y morir como los conejos. Tras aparentar que se planteaba el asunto, el jefe se dirigió a las bestias y miró sus cuernos. Les dio una voz a sus guerreros y varios de ellos corrieron hacia él; volvió a decir algo y los indios pusieron los cañones en la base de los cráneos de los animales y dispararon. Ambos machos cayeron al suelo, inseparables en la muerte.

Sam había estado esperando que los indios abriesen el barril de ron y se lo bebieran allí, pero el astuto jefe tenía otros planes. Uno era humillar y degradar al hombre blanco hasta que lo entregasen a la venganza de los Crows. No se lo entregarían con toda la celeridad posible; se lo llevarían al norte a la aldea principal de los Pies Negros, donde las squaws chillarían a su alrededor y le lanzarían excrementos y orina y graznarían, cacarearían y chillarían como cuervos y urracas; y donde los niños, emulando a sus mayores en ferocidades y obscenidades, lo embadurnarían con toda la porquería que pudiesen encontrar y le lanzarían flechas al pelo mientras estuviese atado de pies y manos a un árbol. Tales pensamientos pasaban por la mente de Sam. Esperaba encontrarse con toda la astucia y el ingenio que los pieles rojas pudiesen imaginar, aunque creía que no iban a herirlo muy gravemente ni le harían desfallecer de hambre hasta que no pudiese andar si tenían la intención de conseguir una gran recompensa. Le harían sufrir desprecios e indignidades infantiles día y noche.

Esas ya habían empezado cuando el jefe le escupió en la cara. En cuanto le ataron las manos con resistentes cuerdas de cuero, los otros guerreros rivalizaron entre ellos para poder insultarlo y menospreciarlo. Le ataron las manos con tiras de cuero mojadas en el agua caliente de un manantial termal y alrededor del cuero, entre las muñecas, ataron el extremo de una cuerda de cuero de diez metros. Un gigantesco bravo tomó el otro extremo de la cuerda y lo ató a su silla. Tras montar en su caballo tensó la cuerda y por pura maldad siguió tirando de ella después de tomar su posición en la fila. Aproximadamente la mitad de los guerreros iban delante de Sam y la otra mirad detrás, con el jefe atrás del todo, montando el bayo de Sam y tirando de su mulo de carga. En un momento dado uno de los pieles rojas, deseoso de atormentar al cautivo, dejó su posición en la fila y, cogiendo una rama verde de cerezo, lanzó aguijoneantes azotes en el indefenso rostro de Sam. Mientras la sangre le manaba por la frente y la mejilla, Sam lo miró fijamente tratando de retener en la memoria la cara pintada y se decía que aquellos eran los demonios que habían asesinado a la indefensa familia de la madre del Musselshell. Ya se había grabado la cara del jefe; aquella alimaña roja tenía una cicatriz de unos siete centímetros de larga por encima de la ceja izquierda y otra justo debajo de la parte izquierda de la barbilla. Si con la ayuda de Dios conseguía liberarse en algún momento, perseguiría aquella cara. De un modo parecido a aquel, suponía, habían conducido a Jesús al monte; pero Jesús llevaba una gran carga bajo la que había caído una y otra vez; y cuando caía lo escupían, lo pateaban y lo maldecían. El que le había cortado la cara se había llevado una regañina del jefe, pero su osadía le había dado ideas a los otros bravos; y hora tras hora, mientras Sam avanzaba a través de la copiosa nevada, uno tras otro se salía de la fila para escupirle, tirarle nieve a la cara o dirigirle gestos asesinos. Tras un rato los bravos entendieron que podían mostrar su desprecio siempre que no le hiriesen; y así, por turnos, le escupían y le chillaban, o le lanzaban nieve, barro y piñas a la cara. En sus ojos negros había una imagen muy clara de lo que querían hacer con él, porque sabían que no sólo era el asesino de Crows, sino que era el que les había arrancado la cabellera a los cuatro guerreros Pies Negros y había empalado sus cráneos alrededor de la cabaña.

Era la nevada lo que le preocupaba a Sam más que los insultos.

Aquella tormenta parecía algo serio. Si el invierno ya estaba llegando y había un metro o metro y medio de nieve en las montañas en una semana o dos, como a veces ocurría tan al norte, ¿de qué le serviría escapar con la nieve demasiado alta como para cruzarla? El futuro se le presentaba oscuro si seguía nevando y mientras tanto ellos lo debilitaban haciéndole pasar hambre y frío.

Por qué a los pieles rojas les gustaba tanto torturar a sus indefensos cautivos era todo un misterio para los tramperos. Sam creía que era porque eran niños. Muchos niños blancos torturan bichos. Windy Bill decía que podía contar historias de su infancia que le helarían la sangre a un lobo. Sam nunca había oído de un hombre blanco que torturase a un cautivo. Una vez que un piel roja herido estaba entonando su cántico de la muerte, Sam había visto a Tomahawk Jack coger una piedra y golpear al indefenso indio en la cabeza, y había oído que Mick Boone había soltado un aullido de ira como si el golpeado por la mano de Jack hubiese sido él. «¡Pégale un tiro como una persona decente, si es lo que quieres!», había rugido Mick: «No es un coyote». Sam había visto una vez a un hombre blanco darle patadas a un indio herido en el vientre y en la cabeza; había visto a otro arrancarle la cabellera a un piel roja mientras estaba vivo y consciente; pero torturar deliberadamente por el gusto de torturar no creía haberlo visto nunca. Para los pieles rojas la tortura era tan habitual como golpear a sus mujeres. El lobo se comía viva a su víctima pero no era consciente de ello. El moscardón deposita sus huevos en las heridas abiertas de animales indefensos y los gusanos se arracimaban atravesando las entrañas del animal antes de que sus ojos atormentados por el dolor se cerrasen al llegar la muerte. El alcaudón empalaba en espinas a las crías vivas de alondras y tordos. La comadreja y el armiño son asesinos implacables. Una horda de mosquitos tan densa como una nube era capaz de extraer tanta sangre de un ciervo o un uapití que el animal muriese por debilitamiento; y las garrapatas, hinchadas de sangre hasta alcanzar el tamaño del pulgar de un niño, cubrían a veces tan completamente a un animal viejo que este parecía ser sólo un saco peludo cubierto de enormes verrugas grises. Pero los pieles rojas torturaban por la pura satisfacción infernal de ver a un ser indefenso sufrir indescriptibles agonías. Era principalmente por esa razón por lo que los tramperos los detestaban y los mataban sintiendo tan poca emoción como si matasen mosquitos.

Si pudiese haberlo hecho, Sam habría matado a todos aquellos guerreros y se habría marchado en su caballo sin volver a pensar en ello. En su estado, su mente estaba dedicada a la huida y la venganza. Aquellos pieles rojas sabían lo que todos sabían, que si alguna vez, estando indefenso, algún trampero recibía ofensas y era tratado con escarnio, desprecio y burla, los tramperos se reunirían para vengar la afrenta y que la venganza sería rápida, implacable y devastadora. Sam no tenía duda alguna de que aquel jefe lo sabía. Sólo podía haber un pensamiento en su cabeza, que aquel cautivo nunca escapase de los Pies Negros o de los Crows y los tramperos nunca supieran qué había sido de él. El jefe llevaría a ese cautivo con su gente para que pudieran regodearse y ver con sus propios ojos que después de todo no era invencible, que había sido capturado por los Bloods, los más poderosos de los guerreros, los más osados, intrépidos y los más temidos, así como los más envidiados de todos los combatientes de la tierra. Sam pensó que podrían abofetearlo, escupirlo, patearlo, arrastrarlo, pero no lo herirían de gravedad; que algunas de las squaws defecarían sobre él; que los niños le pasarían sus dedos sucios por el pelo y la barba, que le tirarían de los párpados y amenazarían sus partes pudendas; y que los perros de la aldea acabarían por aullarle a los cielos en sus ganas por atacarlo. Le darían, una vez al día, un cuenco de sopa asquerosa, con hormigas, escarabajos y grillos dentro, pues los pieles rojas sabían que algunas de sus comidas les provocaban arcadas a los blancos y aquellas eran las que con gusto le daban a los prisioneros blancos. Luego cuatrocientos guerreros con toda su pintura y sus galas marcharían en dirección a la nación Crow. Al llegar a la frontera entre ambas naciones, acamparían y matarían a cien bisontes; y se darían un banquete, cantarían y bailarían, mientras enviaban exploradores para decirle al viejo jefe que su enemigo estaba atado e indefenso. Durante días los ancianos más astutos y hábiles de las dos naciones regatearían y discutirían sobre la calidad del rescate. Los Bloods exigirían muchos barriles de ron, muchos rifles, una tonelada de municiones, al menos cuatrocientos de sus mejores caballos y montañas de sus ropas bordadas. Los Crows no darían más que una décima parte de lo que se les pedía. Los Bloods lo sabían. Pedirían cien esperando cincuenta, preparados para acordar veinte, incluso diez, más el privilegio de observar la tortura de Sam Minard.

Bueno, si seguía nevando de aquel modo, no iban a poder llevarle con los Crows hasta finales de la primavera. Si no conseguía escapar le esperaba un largo invierno de hambre, frío e insultos. Ni por un momento Sam tenía intención de dejar que lo entregasen a los Crows. No creía que el Creador permitiese que un hombre fuese capturado, torturado y asesinado sin más motivo que el de haber buscado venganza por el asesinato de su esposa e hijo. El Santo Libro decía que Dios reclamaba la venganza como propia. En el libro de la vida de Sam había una ley que decía que el hombre que mejor servía al plan divino era aquel que hacía un esfuerzo supremo para ayudarse a sí mismo.

Sam tenía la intención de que su esfuerzo fuese supremo. De vez en cuando, caminando penosamente, miraba la cuerda de cuero que le ataba las muñecas. Si tuviese una buena ocasión la mordería hasta romperla, pero sabía que cuando no estuviese marchando le atarían las manos a la espalda. Cortar unas cuerdas de cuero tan duras con las manos a la espalda sería imposible a menos que pudiese rozarla contra algo duro y afilado, como una piedra, una astilla de hueso, o una madera. Durante las noches tendría un guardia o quizá dos. Tendría que comer lo que le diesen ellos, sin importar lo que fuese, y conservar fuerzas lo mejor que pudiera. Se esforzaría por dormir una buena parte de cada noche. Actuaría como si estuviese resignado a su destino. ¡Ojalá acampasen y abriesen el ron!

El día de su captura avanzaron sin pausa hasta casi la medianoche. Durante todo el día cayó una copiosa nevada. Mientras caminaba por el ancho y profundo rastro hecho por los que iban por delante, Sam trató de ver entre la nevada las montañas que los rodeaban. Por las ramas de los árboles sabía que se dirigían hacia el norte. Supuso que aquella partida de guerra atravesaría montañas, valles y pasos al oeste del Missouri hasta que llegasen al gran meandro donde, había oído, tenían una aldea grande en el río Sun y otra junto al Marías. Quizá lo llevasen hasta Canadá, pero lo dudaba porque si lo hacían tendrían un largo viaje hasta los Crows. Calculaba que para cuando anocheciese llevaría unas cinco horas caminando. Tenía hambre. Cuando bajaba las manos para coger nieve y saciar su sed, el salvaje que llevaba el caballo que tiraba de él le daba un tirón a la cuerda para tratar de tirarle la nieve. Aquel era una criatura mezquina. Sam apretaba la nieve en las palmas para sostenerla, pero en el momento que movía las manos hacia la boca el observador piel roja tiraba de la cuerda con todas sus fuerzas. Sam le dijo en voz alta: «Será mejor que me grabe tu cara en la mente por si algún día, en alguna parte, tenemos un encontronazo». Cuando el indio tiró de la cuerda por tercera o cuarta vez, Sam, con furia repentina, movió los brazos hacia la derecha y atrás esperando hacer soltar al indio el otro extremo de la cuerda. Pero la cuerda estaba atada en el cuerno de la silla. El indio, para castigar a Sam, siguió tirando de la cuerda y la furia creció en violencia de tal modo en Sam que necesitó de toda su voluntad para contenerse y no salir corriendo para agarrar y estrangular a su enemigo. Será mejor que me calme, pensó, pues si se debilitaba y se caía lo arrastrarían como a un coyote muerto. Llegaría su momento: se negaba a pensar en la alternativa; llegaría su momento, en alguna parte, y oiría cómo se rompían los huesos del cuello de aquel indio y vería cómo los ojos negros se salían de sus órbitas como si los empujasen desde dentro.

Cuando al fin a medianoche la partida acampó, ataron a Sam a un árbol y le pusieron vigilancia. Seguía nevando. La nieve donde iba a quedarse de pie, sentarse o tumbarse durante el resto de la noche tenía como medio metro de altura, una tercera parte de ella reciente. Si la tormenta arreciaba sería una noche amarga. No esperaba que le diesen una manta o una túnica; le sorprendería que le diesen de comer. Querrían debilitarlo un poco. Se quedaría toda la noche sentado o tumbado junto al árbol, con la nevada cubriéndolo y de día volvería a marchar. El hombre asignado a vigilarlo llevaba una túnica larga que a Sam le parecía una de las suyas y se sentó sobre parte de ella, con el resto cubriéndole los hombros y la cabeza como una gran capa peluda. Tenía un rifle en el regazo y un cuchillo largo en el cinto. Estaba sentado inmóvil, cubierto y caliente bajo su tienda de piel, y sus ojos negros nunca abandonaban el rostro de Sam, excepto de vez en cuando para mirarle las manos. Sam se preguntaba si aquel sería su único guardián. Si era así y el hombre dormitaba, Sam podría morder las ataduras. Sabía que sus fuertes dientes tardarían una hora o dos en cortar el duro cuero mojado y sabía que dos o tres minutos sería probablemente todo el tiempo que tendría. A unos quince metros de él y del guardián, la partida había montado el campamento y encendido unas hogueras, pero Sam no veía señales de que se estuviesen bebiendo el ron. Posiblemente no se lo beberían hasta que llegasen al poblado.

Alrededor de una hora después de que hubiesen encendido la primera fogata, vio a un guerrero que se acercaba a él con algo en las manos. Según se acercaba el piel roja, Sam vio que se trataba de uno de sus propios potes de latón o uno muy parecido y que de la taza salía humo. El indio le ofreció la taza y Sam la tomó, sabiendo que se trataba de su cena; y después de que el indio se hubo marchado, miró dentro de la taza y olió el vapor. No sabía qué había dentro, pero su macabro humor imaginó que se trataba de un cocido de insectos coprófagos. Había casi medio litro. Por toda la sopa veía lo que parecían pelos y pequeños insectos, pero se llevó el pote a la boca con ambas manos y se tragó el contenido. Masticó dos o tres pedazos pequeños de carne medio hecha. A tres metros de él cenaba su guardián, con la vista fija en Sam casi todo el rato. Sam apartó la taza. Se lavó con nieve la barba alrededor de la boca.

Bajo él notaba la humedad de la nieve derritiéndose; el trasero y los muslos le picaban por el cuero mojado. Si tenía que marchar día tras día por caminos nevados y comer sólo aquel aguachirle necesitaría dormir, pero ¿cómo podía un hombre dormir con nieve fundiéndose por debajo y por encima de él? Antes de que llegase la mañana estaría helado. Ahora tenía una cosa clara: cuando un hombre se enfrentaba a la tortura y la muerte, se veía empujado a pensar. Mirando a través de los encantadores copos que giraban, se dijo que si el Creador era todopoderoso habría justicia en el mundo; y si era así, habría justicia allí para él. Sospechaba que aquel era un pensamiento infantil, pero le consoló. Le consolaba conectar emocionalmente, a través del páramo invernal, con la cabaña donde estaba Kate hablando con sus hijos mientras la nieve caía blanca sobre su pelo gris. Pensando en ella, sola y medio congelada y enfrentada a un amargo invierno, tuvo un relámpago de comprensión que le detuvo el aliento: en aquella partida de guerra había algunos de los bravos que habían matado a su familia. El bárbaro que había tirado de la cuerda era uno de ellos. Sabían que tenían en su poder al hombre que había puesto las cuatro cabezas de los Pies Negros en las estacas. ¡Qué conflicto debía de estar convulsionando sus salvajes almas, vacilando entre la codicia y la sed de sangre! ¡Cómo les hubiese encantado beber el agua de fuego del hombre blanco mientras con enloquecidos aullidos le cortaban pedacitos de carne y llenaban sus heridas con grandes hormigas rojas!

Ahora que, según le parecía, veía su situación en términos más claros, Sam se enfrentaba a la pregunta de si vencería la codicia o la sed de sangre. Ahora veía más motivo aún para que su fuga, si es que iba a llevarla a cabo, debiera ser lo antes posible. Sería fatal para él que lo llevasen a uno de los poblados más grandes, porque allí las squaws organizarían un escándalo considerable y vencería la sed de sangre. Estudió al guardia que tenía delante, rezando para que el miserable se durmiese. Aquella esperanza quedó aplastada cuando dos guardianes nuevos aparecieron para relevarlo. El astuto jefe no pensaba arriesgarse.

Uno de los dos salvajes se sentó delante de él. Sam sólo podía haber dicho que tenían los ojos y el pelo negro. Ambos tenían el rifle en el regazo y un cuchillo al cinto. Sam sabía que aquella noche no podría huir. Dos horas después otros dos guardias relevarían a aquellos y a la primera luz del día volvería a marchar. Probablemente tendría que andar hasta la noche, con no más que una taza o dos de sopa apestosa con que nutrirse. Lo único que podía hacer era intentar dormir.

Estiró las piernas y se tumbó, con el rostro vuelto hacia la dorada corteza de un pino amarillo. Cerró los ojos. Incluso aunque no pudiese dormir con la nieve fundiéndose por debajo y por encima de él, podría relajarse y dormitar, y eso bastaría. Calculó que había pasado una hora cuando sintió una presencia cerca de él. La olió. Olió a un indio Pies Negros, pero no abrió los ojos ni lo miró como habría hecho un pisaverde. Si se le había acercado un salvaje deseoso de clavarle un cuchillo, su negro corazón sólo iba a necesitar la más mínima de las excusas. Le podía decir a su jefe que el rostro pálido había abierto los ojos y había saltado hacia él y había respondido en defensa propia. Diciéndose como advertencia que el piel roja era emocional, susceptible, impulsivo, Sam no permitió que cambiase ninguna expresión de su rostro ni su postura, mientras el guardia, con el cuchillo desenfundado en la mano, se inclinaba sobre él y estudiaba su rostro. Sam tenía la imagen en su mente. Podría haber saltado con increíble velocidad e incluso con las manos atadas podría haberle roto el cuello a aquel hombre, pero eso sólo le habría proporcionado una tortura y muerte lentas. No podía hacer nada más que fingir dormir y confiar en un Ser cuya primera ley fuese la justicia…

Sam calculó que el piel roja estuvo inclinado sobre él al menos cinco minutos. Luego el rancio olor se desvaneció. Pero ni siquiera entonces abrió Sam los ojos ni se movió. La nieve se había fundido en sus párpados y en su cara, y tenía los ojos y el rostro húmedos. A eso de las cuatro se quedó dormido de verdad, y durmió hasta que oyó los primeros movimientos, ya de día. Completamente aterido y medio congelado, consiguió ponerse en pie y trató de sacudirse la humedad de la nieve de su ropa de cuero. Ahora tenía claro que si iba a hacer un esfuerzo por escapar, tendría que ser en las siguientes veinticuatro horas.

Se sentó en la nieve que había junto al árbol y esperó.