34
A casi mil quinientos kilómetros al sur, donde Sam tenía una diminuta choza bajo un saliente de piedra, la temperatura nunca caía por debajo de veinticinco bajo cero, pero sabía que al norte hacía mucho más frío. Estaba preocupado por Kate, pero se dijo que estaba habituada al frío de los inviernos del norte y que estaría bien. No sospechaba que en el Musselshell el tiempo era tan ártico que los árboles se partían longitudinalmente por la mitad, que los ciervos, uapitíes y berrendos viejos congelados como piedras moteaban las blancas estribaciones, que los bisontes viejos habían caído y habían sido cubiertos por la nieve y que los coyotes y los lobos más débiles habían sucumbido a los vientos del norte. Para Sam había sido un buen invierno; el frío extremo había producido pieles más gruesas y cuando llegó la primavera tenía tres cargas de castor, nutria, zorro y armiño. Al llegar al sitio escogido se había dado prisa en reunir una pila de leña junto a un saliente y varios cientos de kilos de carne de uapití; y cada noche tras cenar había estado afilando sus cuchillos de desollar, había llenado su pipa, calentado un lugar donde dormir y había dormido tan cómodamente como un grizzly en su abrigo de grasa y piel.
Era mayo antes de que pudiese abrirse camino para salir de las montañas. Era el veinte de mayo para cuando llegó a la posta de Laramie. Charley había llegado desde el Powder, Cy de Lighthing Creek, Bill de las Teton, George del Hoback, Hank de las Bighorn y McNees del Sweetwater superior. No traían noticias excepto el rumor de que Abe Jackson había muerto a causa de sus heridas y que el país se dirigía hacia una guerra a causa de la esclavitud. En cuanto al pasado invierno, había sido el peor, dijo Bill, desde que a Adán le dieron la patá en el Paraíso y había salido solo al relente. Querría haber tenido una squaw, porque toavía le gustaban las mujeres, pos claro que sí. Creía que se estaba haciendo viejo, porque a veces se sentía raro y tenía más dolores que mentiras un político. Mirándose en el espejo de un lago, s’abía visto las canas en el pelo y la barba; y un día l’abía disparao a un uapití atravesao a doscientos metros y ni siquiera había asustao al animal. «No le levanté ni un pelo, pero ni uno». George dijo que igual tenían que comprarse tos una granja y aposentarse. El buen clima de California y un puñao de críos en la puerta.
George no podría tener un hijo sin ayuda, dijo Bill. «Debe ser tan viejo como yo». Bill tenía treinta y siete y George cuarenta y dos.
Qué más da, dijo George, un invierno como el último te crujía las junturas. Pos anda, si el viento en las montañas quería barrerlas de la tierra.
—¿Te piensas que la mujer del Mussel está bien? —preguntó Bill.
—Eso espero —dijo Sam. Tenía idea de irse para allá pronto.
Sam compró generosamente para Kate. Había mucho más que comprar que lo que había la primera vez que fue al Oeste: además de pasas ahora había manzanas secas, y melocotones, además de cacahuetes y caramelos duros, mucha panceta ahumada, pescado en salazón, arroz, alubias, ciruelas, miel. Compró unos kilos de cada, además de hilo, agujas y tela, mocasines, mantas, semillas de flores, una pala corta, y luego miró a su alrededor para ver qué más podía llevarle.
Al salir de la posta, por primera vez en sus años en el Oeste no se dirigió hacia el oeste, sino hacia el norte, a través de territorio Crow. No huía de los problemas pero tampoco los buscaba. No quería matar a más jóvenes necios decididos a arrancarle la cabellera. Después de doscientos cincuenta kilómetros no tenía duda de que los Crows lo habían visto pero ninguno lo había seguido. ¿Estaban acobardados por la destrucción de Cuernos de Uapití y su banda, o el terrible invierno los había calmado? Fuese cual fuese la razón, ni un solo guerrero trató de emboscarlo ni de sorprenderlo durante el largo camino a través de la parte occidental de sus tierras. Cerca de donde el Little Bighorn desemboca en el Bighorn, no lejos del lugar donde un general llamado Custer haría su última defensa, vio las hogueras de una partida de guerra que había pasado; pero cuando llegó a la orilla del Yellowstone, a sólo ochenta kilómetros del Musselshell, podía decir que no había visto a un piel roja en ochocientos kilómetros.
Sabía que aquello tenía un significado y sentía que no auguraba nada bueno. ¿Habrían hecho un pacto los Crows con los Pies Negros para que volviesen a capturarlo? Aquella idea lo enfureció de tal modo que, sentado sobre una colina, llenó su pipa y miró hacia el sur y el este a territorio Crow, y al norte y al noroeste hacia donde los Pies Negros. Supuso que Cuernos de Uapití, con la cabeza curada y tan calva y blanca como la de Dan, andaría buscándolo. Como gesto de desprecio, tanto para con él como para con el jefe, Sam decidió seguir hacia el norte a través del Musselshell directamente hacia territorio Pies Negros. Se acercaría entonces hacia Kate desde el oeste, por el camino de muerte por el que, medio muerto, sordo y ciego, había ido tambaleándose. Fue en las estribaciones donde vio algo que lo detuvo: un teepee de piel en una alameda. Retirándose, escondió sus caballos y entonces se acercó cautelosamente con el rifle cargado. Al llegar a la tienda vio que la puerta había sido cosida con hilo de cuero y que el borde del cuero había sido clavado a la tierra por todos lados. Tras unos momentos intentando mirar adentro, fue consciente de la situación con un violento sobresalto y mirando rápidamente a su alrededor, dijo en voz alta: «¡Sam Minard, así es justo como estabas cuando Cuernos de Uapití te capturó!» Saliendo de la alameda, exploró la zona en todas direcciones pero no encontró huellas humanas, ni recientes ni antiguas.
Aunque le parecía que estaba profanando algo sagrado, tiró de tres estacas y tumbado se arrastró bajo el cuero suelto, rifle en mano. Incapaz de ver nada dentro, levantó el borde de la tienda para dejar que pasara la luz del día y luego se puso en pie y miró fijamente durante un minuto entero. Sobre un lecho de troncos a medio metro del suelo yacía un guerrero muerto con toda la parafernalia, su escudo de piel de bisonte sobre los muslos; su pipa de tabaco, adornada con plumas de águila, cruzada sobre el brazo derecho y su bolsa de medicina en el pecho encima del corazón. A la cabecera del lecho, arrodillada, había una mujer en lo que parecía actitud de rezar. Sam supo que era la esposa de aquel hombre. Tras estudiar cuidadosamente su posición, supuso que se había arrodillado allí y había muerto por congelación. Entendió que el hombre era Cuernos de Uapití y supuso que se había suicidado porque su pueblo lo había desterrado. Sam se sintió profundamente conmovido por la escena. No quería tocar nada de lo que había allí, pero dado que tenía que saber si aquel hombre era el jefe apartó su pesada cabellera negra hasta que pudo ver parte del cráneo. ¡Qué hermosa devoción en una esposa! ¡Qué poema, qué sinfonía componía aquella imagen que tenía ante él! El jefe había sido su mortal enemigo pero debía de haber tenido destacadas virtudes para haberse ganado un amor como aquel de una mujer. Delicadamente volvió a poner el pelo sobre el cráneo y la cara. El olor a descomposición humana le había dado náuseas; poniéndose a cuatro patas y sosteniendo su rifle, se arrastró bajo la tienda y miró a su alrededor antes de ponerse en pie.
Pensó que sería mejor que se pusiera en marcha. Mientras cabalgaba se le ocurrió que él y los tramperos habían vengado no sólo su propia humillación sino también la masacre de la familia de Kate, si es que podía decirse, en la tierra o en el cielo, que una afrenta tan monstruosa podía vengarse. Si Lotus hubiese vivido, ¿lo habría amado con tal santidad que hubiese cubierto la deshonra de Sam con su propio pelo, se habría arrodillado junto a él y habría muerto por el espantoso frío? Todos los tramperos estaban impresionados por la lealtad de las mujeres piel roja a sus maridos. Eran gatas salvajes en sus arranques celosos y a menudo mataban, cuando podían, al esposo adúltero; pero aceptaban latigazos y brutalidades que empujarían a la puerta a una mujer blanca. Cubriendo la indescriptible vergüenza de una cabeza sin cabellera, morirían congeladas por el hombre al que amaban.
Tras cruzar el Musselshell, Sam vio que el invierno no había tenido prisa en marcharse. Era junio, pero en el lado norte de cada colina había un banco de nieve moldeado según el contorno de la colina y veteado por el polvo del viento. Todavía no había florecido ninguna flor del río; se preguntó si las de Kate lo habrían hecho. Llevaba con él veinte clases distintas de semillas de flores silvestres; suficientes, esperaba, para sembrar media hectárea de pradera. Puede que Kate no las usara pero se alegraría de tenerlas: cuando una mujer construye su nido, igual que un ave, es más feliz cuando tiene materiales de sobra. Excepto por los sauces y los arbustos, la vida vegetal todavía no se había puesto su traje primaveral; y las hierbas de río apenas estaban saliendo de la tierra. Por todas partes había señales de que los vientos canadienses habían estado allí. Los chopos destrozados por el hielo aparecían con sus vientres abiertos; y los álamos habían sido partidos por los vientos o arrancados de la tierra.
Cuando llegó a la colina donde siempre se había detenido para mirar la cabaña y el jardín gritó: «¡Dios mío!», y parte de él murió. Lo vio al instante y lo supo todo. Vio el segundo túmulo de piedras, cerca del que él había construido, y supo que Kate estaba muerta. El dolor que lo ahogaba y lo cegaba no podría haber sido más intenso si hubiese estado ante la tumba de su madre. El cielo se había oscurecido, la tierra había adquirido un silencio más profundo. Ahora era todo desolación; no había flores, sólo una vieja cabaña con parte de su tejado caído, y dos pilas de piedras.
Desmontando, soltó las riendas y, con el rifle en la mano, se acercó a pie.
Las salvias seguían vivas y las miró durante unos instantes. Luego miró al segundo túmulo, observando cómo habían colocado las piedras, porque su primer pensamiento fue que un trampero había pasado por allí y se había encontrado a Kate congelada. Pero sabía que no era eso. Algo le había llamado la atención y rodeó ambos túmulos mirando las salvias, la mayoría de las cuales habían sido pisoteadas y estaban rotas, y se dirigió hacia la cabaña para mirar dentro. El montón de ropa de cama sucia seguía junto a la puerta. Junto a la pared norte, con tierra caída del tejado encima, estaban los utensilios y la comida. Pasando por encima de las mantas, se acercó y se arrodilló para examinar. Encontró un viejo cuchillo pero no el hacha. Bajo las mantas estaba el rifle.
Sam salió y miró hacia el sur. Allí había pasado algo que no comprendía. Tras dar dos vueltas alrededor de la cabaña se arrodilló para examinar las huellas de hombres y caballos. Avanzó cincuenta metros hacia el este. Giró al norte y regresó por el sur, y en la cima de una colina encontró la increíble prueba que había pensado que quizá encontraría. Supo entonces que una partida de indios había estado allí y que eran Crows. Aquello le parecía tan completamente fuera de lo probable y lo posible que examinó todas las señales una y otra vez; miró fijamente el túmulo, medio esperando que no estuviese allí; y miró en ambos sentidos en el río y a su alrededor. Sabía que era cierto pero no podía creérselo, no de repente; una partida de Crows había llegado allí y había encontrado a Kate entre sus mantas, muerta, con parte del tejado caído sobre ella; y habían juntado piedras y habían construido una casa para protegerla; ¡y no se habían llevado ninguna de sus herramientas, sus mantas, su comida, ni siquiera su rifle! ¿Cómo podía alguien creerse eso?
Para estar completamente seguro, buscó por la zona donde habían atado sus caballos; examinó las huellas de hombres y animales; estudió de arriba abajo cómo estaban colocadas las piedras del túmulo; encontró su campamento e inspeccionó las cenizas de su hoguera; y luego siguió durante tres kilómetros el rastro que habían tomado hacia el este, por encima de las colinas. Las conclusiones lo abrumaron de tal modo que tras dos horas de buscar y estudiar sólo pudo sentarse, mirar y maravillarse. Así había sido: habían llegado desde el sureste, quizá en busca de Pies Negros; y en la primera colina desde la que podían ver la cabaña se habían quedado allí, mirando y escuchando. Habían atado tres de siete u ocho caballos a un cedro y en fila se habían acercado a la choza. Cuando estaban a cien metros pudieron ver que la mayoría del tejado se había derrumbado y que no había ni flores ni mujer ni vida. Entonces habían avanzado y dos de ellos se habían acercado a la puerta siguiendo la pared norte. La habían encontrado en la cama. Hombre de anciana sus hijos sus fantasmas allí, en las noches más negras están, en la salvia están llorando…
Sentado junto a las mantas, con la palma izquierda descansando sobre ellas, Sam se fumó tres pipas. Intentaba creer que más allá de la pálida bruma había una pequeña tienda llena del olor a muerte donde una esposa se inclinaba ante su hombre, con su melena cubriendo su deshonra; y que aquí otra esposa había vivido durante años, sola, junto a las tumbas de sus hijos. Ningún hombre había recibido un amor tan extraordinario, pero la madre sentía un amor aún más extraordinario. ¿Dónde estaba su Biblia? Un día sabría que los indios la habían metido en el túmulo con ella. ¿Dónde estaba su hacha? Nunca lo sabría. ¿Por qué habían hecho aquello los Crows? Se trataba de un acto de tan misericordiosa compasión y piedad; o, si no era aquello, de expiación, que provocó en él un sentimiento de humildad.
¡Así que aquel era el motivo de que no hubiese visto a ningún Crow desde la posta!
Tras la tercera pipa Sam dio palmadas en las mantas como si fuesen Kate y cerró los ojos sintiéndose solo y apenado. Luego se dirigió a los túmulos. Sobre un saliente de piedra a la altura del hombro, descansó la cabeza sobre las manos y trató de decir una oración por Kate, o un adiós, o algo. Las oraciones nunca habían sido parte de él y no sabía cómo despedirse. El comienzo de luz del último movimiento de la Quinta, aquello quizá fuese una plegaria, de las suyas. No importaba, hacía tiempo que los Crows habían dicho la única oración para ella que merecía la pena decirse:
Hombre de anciana sus hijos sus fantasmas allí, en las noches más negras están, en la salvia están llorando…
Pero ya no lloraban. Nunca más.
De vez en cuando, se dijo, con la cabeza inclinada y cayéndosele las lágrimas, pasaría por allí, para llevar flores y tocar una piedra. Su esposa y su hijo estarían allí, y también Kate y sus hijos. Ya no habría salvias de color verde oliva, ni caléndulas ni campanillas ni gilias; no habría una mujercita gris harapienta subiendo cubos de agua por una colina el día entero. Ahora sólo quedaría su recuerdo y su historia; y tras una generación o dos no quedaría ni siquiera aquello. Pero mientras cualquier trampero siguiese viviendo allí, se oirían las pisadas de amigos pasando por el camino y unos ojos mirarían el lugar donde había vivido la loca…
Mientras, él tenía un trabajo que hacer. Dejando todo allí tal como lo había encontrado, para que el tiempo y Dios hiciesen según su infinita paciencia, montó en su caballo, tiró con fuerza de las riendas y se puso en marcha hacia el sureste, directo hacia el Belle Fourche y al anciano jefe de los Crows.