14
A la mañana siguiente, tras un desayuno seco y duro, dio unos golpecitos en la manta que cubría los huesos y dijo: «No te preocupes, Lotus-Lilah, atraparé a ese hijo de perra». Sentía tal desprecio por su enemigo que le disparó a un ciervo en el mismo corazón de su territorio y asó los lomos y ambos jamones. Tres días después se cruzó con Río Wind Bill cerca del Yellowstone. Bill le dijo que había ido a ver cómo estaba la mujer. Suponía que estaba bien. To’l invierno había estao mu preocupao por ella, porque había pensao qu’estaría destripá antes de la primavera; pero, rayos y truenos, allí estaba, subiendo agua por la colina pa las plantas y sentá al lao de las tumbas después d’anochecer. ¿Seguían los cuatro cráneos en las estacas? Caray que sí. Sólo con mirar alrededor Bill s’abía sentido como los indios cuando el viejo Belzy Dodd s’arrancó su propia cabellera. ¿Se sabía esa Sam? La había contao Dick Wooton. Belzy s’abía quedao calvo como una piedra después de treinta inviernos en las tormentas. Se tapaba con una peluca. Un día en Bent’s Fort, un montón de Arapahoes traicioneros andaban merodeando y Belzy salió corriendo hacia los indios dando grandes chillidos espeluznantes y moviendo sus armas en todas direcciones. En el momento álgido de su furia guerrera se quitó la peluca y la sacudió en dirección a los indios. Hasta el último de los pieles rojas huyó aterrorizado porque creía que Belzy se había arrancado la cabellera de un golpe.
Cuando Bill le preguntó a Sam qué andaba haciendo, rayos y truenos, con cuatro cabelleras nuevas, Sam le contó la historia. Después de quedarse mirando a Sam como unos días antes se había quedado mirando a Kate, Bill cogió su pipa y su tabaco. Metiendo el tabaco en la pipa, dijo:
—¿Vas a exterminar a toda la maldita nación?
Sam dijo fríamente:
—Sólo a todos los que me dé tiempo.
—Maldita sea, Sam, de verdad que tendrías que pensártelo. Deben d’aber dos mil d’esos Crows y tos van a querer tu cabellera.
—Eso es lo que había pensado —dijo Sam.
—¡Dios bendito! —dijo Bill. Ahora estaba mirando cuatro orejas que colgaban de una cuerda de cuero—. ¿Les cortas las orejas, Sam? Joer, maldita sea, con las mismas haberles cortao las pelotas. ¿Alguna vez has visto un avispero abierto?
—Muchas veces —dijo Sam.
—Pos así va a estar toda la nación Crow, seguro que sí. ¿A cuántos has matao?
—Sólo a cuatro, pero no he terminado.
Bill chupó la pipa y miró a Sam durante medio minuto.
—¿Pa qué les has cortao las orejas?
—Quiero que sepan que no lo hiciste tú. Esa es mi marca.
—Güeno, mu amable de tu parte, Sam. Yo sí que no quiero a dos mil diablos buscándome. Dime, ¿cuánto crees que vas a vivir?
—Unos cincuenta años.
Bill lo pensó durante unos momentos con mirada incrédula.
—¿Por qué no le dijiste al jefe que te mandase a los asesinos?
—Le dije a Charley que lo hiciera, pero no lo va a hacer.
—No, no lo haría. Así es él —el viejo Veinte Coups, dijo Bill, llamaría a tos sus bravos en un gran powwow y les diría: «Valientes guerreros, los más valientes de toda la tierra, un sueño, dos sueños, es malo; dormir no duerme y odiar, odia y matar, mata; como un fantasma es; un cuchillo afilado es y su pistola es firme como su puntería. Tenéis que haceros con su pelo; no dejéis que se ponga el sol ni salga la luna antes de que esa alimaña esté muerta y descabellada y cortada en pedacitos». Le iban a hacer cachos, seguro que sí. El jefe pediría voluntarios y tos los de sangre caliente se presentarían, deseosos de matar a Sam Minard pa poder llevar una pluma de águila tan grande como un cuerpo de uapití. Había otra cosa que se l’acababa d’ocurrir a Bill y que lo pinchaba como astillas en la picha. Los Pies Negros, que ya odiaban a Sam, querrían capturarlo vivo para que las squaws se le pusieran en cuclillas sobre él, lanzándole su orina y sus excrementos; y vendérselo a los Crows por diez veces el rescate d’un rey. Santo Dios, ya podía ver a mil guerreros Pies Negros tras Sam, seguro que sí. ¿Sam estaba teniendo en cuenta que los Crows eran los mejores tiradores del territorio con arco y flechas? ¿Que de hecho algunos podían disparar con ellas con más puntería que la mayoría de los blancos con un rifle? Y había otra cosa: ¿Sam había visto cómo los Dakotas y los Assiniboins se colgaban de los techos de sus tiendas? Se atravesaban los músculos de la espalda y el pecho y hacían pasar cuerdas de cuero por los agujeros; y con esas cuerdas los levantaban del suelo y por Dios que se quedaban allí durante días y noches y se podían oír los gritos a kilómetros de distancia.
Sí, Sam había oído hablar de ello. Sabía que Bill trataba de sugerirle los peligros y los horrores, pero Sam no quería su preocupación fraternal ni la de ningún otro hombre. Cambió de tema.
—¿Crees que la mujer del Musselshell está bien?
—Seguro que sí, Sam —llevaba, le dijo Bill, la misma ropa que llevaba el otoño anterior; parecía encorvada y estar volviéndose pálida; pero l’abía visto toa la tarde subir agua por la colina. Suponía que estaba como un cencerro pero que se las apañaría. Suponía que iba a vivir mucho más que Sam Minard.
—¿Alguien ha sabido algo de su hombre?
—Ná de ná. L’a palmao hace tiempo.
—¿Los diablos rojos la han molestado?
—Yo no he visto ná.
Sam dijo:
—Supongo que será mejor que suba y vea qué puedo hacer. Tengo algunas cosas para ella.
Cuando los dos hombres se separaron, uno para cruzar el Yellowstone y cabalgar hacia el norte y el otro hacia el valle del Bighorn, Bill le presentó la mano, como había hecho Jim Bridger. Le apretó la mano a Sam y dijo:
—Cuidao con tu cabellera.
—Cuidado tú con la tuya, Bill.
Antes de que Sam llegase al río, sorprendió a dos Crows persiguiendo a un bisonte y derribó a uno de su caballo de un disparo. El otro huyó. Sam se llevó la cabellera y la oreja derecha. Bueno, sabía tan bien como Bill o cualquier otro que el jefe convocaría a sus bravos a un consejo de guerra. Les diría que un terror andaba suelto por la nación Sparrowhawk. Sam pensó que posiblemente el viejo jefe en persona, tan valiente como cualquier otro indio, se pondría en pie de guerra, aunque era más probable que escogiese a diez o quince de sus más valientes y les hiciese jurar que no descansarían hasta que el enemigo estuviese muerto.
Quizá Sam Minard tenía los días contados.
Tal como los tramperos recordaron la historia contada por Charley y otros, el jefe pidió consejo a sus hombres medicina y acordaron quiénes eran los guerreros mejor capacitados para ese honor. Porque, como la mayoría de los pueblos primitivos, el jefe contaba con los dedos, el número escogido fue el de diez. Tras un segundo powwow se elevó a veinte, pero sólo para vergüenza y disgusto de todos los bravos Crows: ¡Qué absurdo creer que hacían falta veinte grandes guerreros para acabar con ese torpe y cobarde enemigo! El jefe les dijo que cualquiera de ellos podría hacerlo con facilidad, que viejo y lleno de inviernos como era, él mismo podría hacerlo; pero que quería darles a cuantos fuese posible la posibilidad de alcanzar la gloria y conseguir dos plumas de águila… Porque serían dos. Cientos de guerreros habían pedido a gritos ser elegidos.
Los veinte escogidos para la gloria eran valientes, pero no por igual; cautelosos, pero no por igual; y hábiles en la caza y la guerra, pero no por igual. El astuto Veinte Coups sabía que no había dos guerreros que fuesen iguales. Su plan, por lo tanto, era utilizar todos los talentos de su pueblo. Búho Nocturno imitaba tan diligentemente a su tótem que era conocido como el más capaz de los cazadores nocturnos; se creía que en total oscuridad podía ver con tanta claridad como el búho. El jefe sabía que no era así, pero era bueno para su pueblo pensar que sí. Pluma Roja era posiblemente el mejor estratega entre los jóvenes; tenía la astucia de una serpiente, la picardía de un zorro, los recursos de un lobo. Vencedor era, en opinión del jefe, el mejor rastreador de la nación; tenía un sentido del olfato tan desarrollado que a cuatro patas podía seguir el olor de un hombre o un animal a través de una pedrera o un cantizal. Lobo Loco era imprudente y podría ser el primero en morir, si es que moría alguno. Desde su iniciación hacia la madurez había querido ir solo para hacerse con cabelleras de Pies Negros. Ave de Medicina era tan experto como cualquiera con el arco y las flechas y tenía uno de los caballos más veloces. Carrera de Coyote era el guerrero más veloz de toda la nación; en una carrera de un kilómetro o dos, con cuestas, no había otro bravo que pudiese alcanzarlo. Pico de Águila era de esos hombres nacidos y dedicados a la profesión de matar; había contado un coup a los diecisiete y a la edad de veintidós años había descabellado a dos Pies Negros y tres Cheyennes. El jefe creía que no había otro guerrero capaz de atacar al enemigo más directamente. Dientes de Lobo era uno de los jinetes de más talento en una nación cuyos jinetes eran los mejores de la tierra; mostrándole al enemigo sólo un pie y una mano podía, mientras su caballo estaba en carrera, alcanzar un objeto del tamaño de un hombre a una distancia de cien metros. Primer Coup era un bravo hosco y seriamente tenaz que de niño, con increíble descaro, había arriesgado repetidas veces la vida para tocar a un enemigo antes de matarlo con el tomahawk y el cuchillo.
Aquellos eran nueve de los veinte guerreros escogidos. Había once más, todos con habilidades especiales.
Los tramperos supieron que Veinte Coups llamó a reunión a su pueblo y, una vez que los poderes malignos fueron propiciados y se invocaron las bendiciones, le dijo a la multitud que un temible asesino, un rostro pálido y un perro loco, había jurado matar a todos los bravos Sparrowhawk que encontrase. Para justificar su amarga maldad contaba una mentira escandalosamente absurda, que una partida de bravos había ido, hacía una luna, donde el río Little Snake fluía hacia el norte y habían matado a la esposa y al hijo nonato del perro loco. Sus hombres medicina le habían dicho que era obra de los Cheyennes, instados por los Arapahoes, que vivían de comer huesos de coyote e insectos. Los Sparrowhawks siempre habían sido amigos de los rostros pálidos, habían luchado hombro con hombro contra sus enemigos comunes. Esa cosa, ese terror, estaba loco; era el perro cuando tenía espumarajos, babeaba y chasqueaba los dientes; era como los cientos que se habían arrojado por precipicios porque sus mujeres e hijos morían por docenas a causa de enfermedades de los rostros pálidos. Dejaba su marca como provocación y desafío cortando la oreja derecha.
Los pocos elegidos no irían como una partida de guerra, sino solos. Cada uno de ellos tendría una oportunidad igual de matar al perro loco. El que llevase la cabellera y la oreja derecha ganaría dos plumas de águila; el que lo llevase vivo sería hecho jefe. Si ese loco huía presa del cobarde terror, si se arrastraba a una cueva oscura para quedarse allí temblando como un conejo o si por cualquier otra razón resultaba difícil encontrarlo y matarlo, el propio jefe se adelantaría y lo encontraría. El honor, el heroísmo de todo un pueblo estaban en juego. Todos los rostros pálidos desde la gran agua salada hasta el gran azul, desde las montañas en el lejano norte hasta los ríos del remoto sur estaban esperando y observando a ver cuánto tardaba un guerrero Sparrowhawk en conseguir un coup con ese malvado loco y hacerse con su cabellera.
Mientras el anciano arengaba a su pueblo, llegó un mensajero con la terrible noticia de que El Terror había matado a otro bravo justo al sur del Yellowstone; y dos días después había matado a una partida de guerra de tres mientras estaban junto a su hoguera. Los cuerpos, como los de los otros cuatro, habían sido colocados en paralelo con los ensangrentados cráneos mirando hacia el oeste; y de todas las cabezas había cortado la oreja derecha. El jefe estaba tan furioso que la cara se le volvió del color de las arcillas rojas que hay junto al Yellowstone y su anciano cuerpo tembló. Si no fuese por la artritis de sus articulaciones y la ceguera de sus ojos (provocada por el sol y la nieve), tendría que ponerse sus pinturas de guerra y salir. Sus bravos no eran lo que habían sido antes de que llegasen los rostros pálidos con sus enfermedades y su agua de fuego. Debía de sentirse como se sienten todos los líderes cuando, mirando fijamente a su pueblo, notan en ellos una degeneración moral que profetiza el fin de una nación.
Continuó con los ritos que protegerían a los veinte guerreros. Se encargó personalmente de que todos tuviesen su bolsa de medicina, sus mejores armas y que escogiesen su caballo de entre las grandes manadas. En el campamento del río Tongue se despidió de cada uno de ellos y después cabalgó solo hacia el suroeste. Los bravos llevaban puestas sus ropas más coloridas y un largo tocado que ondeaba como una bandera al viento. Eran veinte hermosos jóvenes, veinte de los mejores guerreros de una de las más asombrosas naciones indias, todos dedicados a una única e irrevocable misión. Rara vez en la historia de la humanidad se han juntado veinte luchadores tan soberbios para matar a un solo hombre, cada uno de ellos con un talento especial, cada uno de ellos con la esperanza de ser el afortunado y célebre. En unas semanas la noticia de la venganza les llegaría a los tramperos y vendedores en lugares tan lejanos como Rio y el Athabasca.
Jim Bridger se lo contó al viejo Bill Williams. La cara larga y hundida de Bill, que parecía haber sido cubierta con cuero mal encurtido que estuviera a punto de cuartearse por las costuras resecas, se volvió desacostumbradamente grave. Sus pequeños ojos azul pálido de pupilas anormalmente pequeñas miraron hacia el norte, donde en ese momento, sin duda alguna, Sam Minard estaba acechando a un Crow cuchillo en ristre. Los arrugados y pálidos labios chupaban de la caña de una pipa de maíz. Se apartó la caña de los dientes rotos y dijo:
—¿Has dicho veinte?
—Eso dice Charley. Los mejores de toda la maldita nación.
—¿A cuántos s’a cargao ya Sam?
—Unos pocos. Ayer mismo m’enteré de que s’abía cargao a uno llamado Lobo Loco.
Bill le dio unas chupadas a su pipa durante unos instantes.
—Me pregunto si querrá ayuda.
—Yo creo que no. Piensa hacerlo él solo.
—Pos podría ser —dijo Bill, y siguió fumando.
Jim Bridger, en su posta en Black’s Fork, le había ido contando a todo el mundo que se acercaba lo que Sam se había propuesto hacer. Conocía a la mayoría de los hombres en el Oeste, pues había sido socio de la Compañía de Pieles de las Montañas Rocosas y después de aquello había estado con la Compañía de Pieles Americana hasta que montó su propia posta. Posiblemente no había un hombre en todo el Oeste con su conocimiento de montañas, ríos, valles, pasos y caminos. Pensando en Sam y en la loca e imposible tarea que había emprendido, Jim recordaba aquella hora en 1832 cuando un piel roja le disparó una flecha por la espalda. La cabeza de la flecha se le había quedado alojada en el cuerpo durante más de dos años; Marcus Whitman, un misionero que estaba con los pieles rojas, se la sacó con un cuchillo. Jim tembló un poco al pensar en todas las cabezas de flecha de piedra que irían volando hacia el cuerpo de Sam Minard.
Cuando Tres Dedos McNees llegó a la posta y oyó la historia, fijó un ojo en Jim mientras el otro parecía estar mirando las Bighorn.
—¿Dices c’a matao a Lobo Loco?
—Eso m’an dicho.
En una pelea cuerpo a cuerpo, Sam estaba a la altura de cinco pieles rojas o de dos blancos, con pocas malditas excepciones. Era un auténtico rompe narices. Sabía cuidarse solo a menos que lo emboscasen o lo atacasen mientras dormía. ¿El viejo jefe s’abía puesto sus pinturas de guerra?
«Dicen que s’a subío al caballo por última vez. Son los jóvenes los que quieren cargarse a Sam». Quizá lo harían, quizá no, dijo Jim, que como todos los tramperos era realista. Hoy estabas aquí roncando como un toro con la cola tiesa y mañana l’abías palmao. Si McNees veía a Sam podía decirle que ahora había un rifle mejor q’el que él tenía; y c’abían mejorao el revólver Colt. Y en cuanto a lo demás, la mort, la llamada que se toca al cuerno cuando se cobra una pieza, iba a resonar por todo el maldito territorio.
¿Alguno sabía dónde había montao Sam su campamento? Justo en las Bighorn, había oído decir Jim.
Después de dispararle a Lobo Loco cuando el imprudente idiota trataba de sorprenderlo, aparentemente decidido a hacerse con un coup, Sam había cruzado el Yellowstone y había ido al norte para ver a la mujer del Musselshell. Cabalgó hasta su puerta, dijo «¿Cómo está?», y en ese momento vio que el pelo se le había vuelto blanco. Junto a la cabaña dejó comida, pieles de ciervo, un saquito de semillas de flores y, tras atar sus caballos junto al río, recogió piedras de los alrededores y las amontonó a unos metros de las tumbas. Dijo que no sabía si ella le entendía cuando hablaba, o si siquiera le escuchaba. Ella había visto a su esposa el otoño anterior. Bueno, los Crows la habían matado a ella y al bebé que llevaba dentro y lo único que le quedaba ahora eran sus huesos. Iba a hacer un túmulo y dejarlos allí. Después de contarle esto, esperó, creyendo que diría algo, pero estaba tan callada como sus seres queridos. Estaba sentada entre las tumbas con la Biblia en el regazo.
A la orilla del río aquella noche Sam fumó y caviló, tratando de verse a sí mismo con más claridad. De vez en cuando se preguntaba si no estaba haciendo el ridículo. Pero cuando pensaba en la pizpireta muchacha india que había sido su mujer y en lo profundo de su anhelo por un hijo, y cuando volvía a contemplar la amarga y negra cobardía de los asesinos, la vieja ira hervía dentro de él y deseaba continuar por el sendero de la guerra. Al día siguiente colocó las piedras, uniéndolas con barro del río. Le resultó más difícil de lo que había creído enterrar los huesos; decirles adiós, tocarlos por última vez. Supuso que era un tipo bastante sentimental. Se preguntaba si los tramperos se hubiesen reído al verle besar el cráneo de su esposa, sostener el de su hijo con las dos manos y acercárselo a la mejilla, y estirar el brazo para tocar los huesos por última vez antes de poner la última piedra. Miró a la mujer y a su Biblia, deseando que los huesos que dejaba allí fuesen bendecidos y entregados al cuidado del Gran Hacedor que había creado el arco iris como recompensa por la inocencia; deseando que el coro final del Himno a la Alegría de Beethoven pudiese sonar suave, eternamente, junto a ese túmulo para esta mujer y sus hijos.
¡Dios del cielo, qué criatura tan delgada, sucia, desarrapada, abandonada y miserable era, con sólo su Biblia y dos tumbas! La vida era un acertijo, maldita sea si no lo era: hacía menos de un año estaba abrazando a su amada y soñando… Y ahora la amada y los sueños estaban enterrados bajo una pila de rocas. Hacía menos de un año él estaba cantando madrigales con los pájaros y ahora estaba en pie de guerra. Hacía un año esa mujer, con su marido y sus hijos, estaba haciendo el largo camino hacia lo que creían una tierra fabulosa, un Edén, un paraíso, y sus corazones y sus almas estaban llenos de esperanzas y visiones; y ahora cuatro de ellos yacían asesinados y ella estaba perdida junto a dos tumbas entre cuatro cráneos blanquecinos. No era culpa del Padre que Sus hijos fuesen condenados necios que no sabían hacer un uso decente de la riqueza y la belleza que Él les había dado o fueran incapaces de llevarse bien con sus vecinos. Quizá el Todopoderoso había lamentado ya hacía tiempo la hora en que puso a Adán y Eva en un planeta con alondras, zorzales y sinsontes, con mirlos acuáticos, gansos, ardillas y arrendajos azules y todo el diapasón de la música; porque todas esas criaturas parecían mucho más sintonizadas con la tierra, el agua y el cielo. Sam esperaba que llegase un día en que volviese a reír, a cantar y a tocar su música. Algún día, quizá. Mientras, tenía su propia guerra y una lección que enseñar como sólo se les puede enseñar a los asesinos.
—Me voy —dijo, poniéndose en pie junto a ella y mirando su pelo encanecido—, volveré pronto.
Se inclinó para posar sus labios y sus dedos sobre el pelo y se fue. Kate no miró hacia arriba. No se volvió ni una sola vez para mirarlo mientras cabalgaba por el río y desaparecía.