12

Para cuando llegó a la segunda bifurcación del río Powder, Sam se había vuelto tan cauto como un indio. Justo delante tenía las estribaciones sur de las Bighorn. No se decidía en dirigirse al oeste y bajar por el Valle Bighorn o seguir directo hacia el norte entre las Bighorn y el río Powder hasta el río Tongue, que tenía su nacimiento en las Montañas Bighorn. Tras ocultar a sus animales en unas ramas bajas y montar un campamento sin hoguera, ponderó el asunto. Lo que quería saber era dónde estaban en aquella época del año la mayoría de los Crow. Demasiado vagos, o quizá demasiado inquietos para cultivar la tierra, eran un pueblo nómada, siempre en movimiento. Mientras comía carne curada pasada y pensaba, Sam oyó el trino de un pinzón. Dios, oír aquel canto insufló un dolor ardiente en sus huesos y su sangre. ¿Cuántas veces en el largo viaje al sur habían estado juntos, con los brazos sobre los hombros de su esposa mientras escuchaban a aquel cantante, o al petirrojo, al vireo, al gorrión zacatero, a la alondra?

Apartando de su mente la canción y dedicándola a la venganza, deseó que su primer triunfo fuese la muerte de un jefe. Aquel sería un golpe que le pondría los pelos de punta a la nación. Había oído que uno de sus jefes jóvenes más osados era Río de Vientos, cuya bolsa de medicina consistía en la comadreja, el feroz asesino de los simpáticos perrillos de la pradera. Tuvo una imagen del pueblo Crow, todos los cinco o seis mil, estremeciéndose en una convulsión generalizada mientras lanzaban al aire su horrible aullido de luto. Las que más chillaban eran las mujeres; su ruido infernal era tan salvaje y desatado que le helaba la sangre a un hombre blanco. Cuando trataban de aterrar a los espíritus malvados con sus espantosos cantos hacían callar incluso al lobo. Sam había visto una vez una aldea grande en la que había un guerrero mortalmente herido: en lugar de permitir que el pobre diablo agonizante se tumbase sobre el lado peludo de una manta y muriese con tanta paz como fuese posible, las mujeres lo habían arrastrado por toda la aldea mientras la sangre le manaba de una docena de heridas y los perros la lamían; los golpes de los tambores, los ruidos de las cacerolas, la música de las cañas y los gritos y chillidos ensordecedores que lanzaban al cielo hicieron de sus últimas horas en la tierra una perfecta pesadilla. Estaban asustando a los espíritus malignos. Sam no tenía dudas de que lo hubiesen conseguido; si las squaws fuesen a entrar en el infierno todas las criaturas que hubiese allí huirían de ellas.

Aquella noche, como todas las noches desde que saliese de la posta de Laramie, examinó sus armas. Había afilado los cuchillos sobre piedras y piel suave hasta que podían cortarle el vello de los brazos. Los revólveres y el rifle estaban engrasados, cargados y en perfecto estado. La baqueta, que usaba para meter la bala por el cañón del rifle, era de duro nogal y la mejor que había visto. No tenía intención de usar el rifle en distancias cortas, ni tampoco las pistolas. En una pelea a corta distancia no se podía disparar ni lo suficientemente rápido ni con la suficiente precisión. Jim Bowie les había enseñado a todos que con un cuchillo podías destripar a tres asesinos antes de poder dispararle a uno. Los tacones, las rodillas, los puños y los codos de un hombre eran más rápidos y mortales a corta distancia que una pistola. Con un golpe del tacón propulsado por sus fuertes músculos de la pierna, Sam podía romperle el espinazo a un hombre. Con sus dos grandes manos podía en un instante destrozar tan completamente el cuello que la cabeza se le caería hacia atrás. Se sentía capaz de cuidar de sí mismo en una pelea cuerpo a cuerpo contra al menos cuatro o cinco pieles rojas si tenía el factor sorpresa de su lado; pero pensó que sería buena idea ir a ver a Río Powder Charley. Charley no le caía tan bien como los otros tramperos; creía que aquel hombre de la montaña alto, taimado y de extraños movimientos había nacido con el robo y el asesinato en el corazón. Charley siempre parecía estar deseando pelearse, como si hubiesen injuriado su honor o insultado a su madre. Tres o cuatro de los tramperos tenían ojos azul claro que resaltaban, pero ninguno tenía unos ojos saltones tan feroces como los de Charley. En el momento en que cruzabas la mirada con él se producía un cambio en sus ojos; parecían hincharse y salírsele un poco de las cuencas y rebosarle los relámpagos del desafío. Pero Charley podría saber qué guerreros Crow habían ido al sur hacia el Little Snake.

Tenía su propio escondite privado allí en las Bighorn, con un prado cubierto en las estribaciones que daba alimento a sus animales; había excelentes ríos para cazar a todo su alrededor. Estaba en territorio Crow, justo en medio, pero era su amigo; había tenido dos o tres esposas Crow aunque todavía era algo joven. Charley había conocido a jefes Crow blancos como Rose y Beckwourth y era amigo de John Smith, uno de los tramperos más excéntricos. Se decía que Charley y John solían reunirse algún domingo para cantar himnos religiosos y hacer gestos reverentes al Padre, aunque Windy Bill decía que eran el par de mojigatos más hipócritas, las alimañas más mezquinas y la mezcla más inexplicable de precaución y temeridad, de buena voluntad y venenosa hostilidad que se podía encontrar en las montañas. Se decía que Smith había vivido un tiempo con los Pies Negros, luego con los Sioux y después con los Cheyennes, tomando esposas en las tres tribus. También se decía que podía hacer sonrojarse a una piedra maldiciendo en inglés, español y cuatro lenguas indias. Sam no lo conocía.

Mientras pensaba en Charley, Sam recordó una historia de las muchas que se contaban sobre él y que más le gustaba. Cabalgando hacia su campamento una noche tirando de una mula, Charley quería descargar a la bestia cerca de la hoguera; pero, cuando tiró de la cuerda de cuero para atraer a la mula, esta, la más tozuda de todas las criaturas, echó las orejas hacia atrás y hundió en la tierra los cuartos traseros. Entonces Charley se enrolló dos veces alrededor de la cintura el otro extremo de la cuerda y como un caballo enjaezado trató de tirar hacia delante de la mula, pero el animal, si acaso se movía, era hacia atrás, con el trasero cada vez más cerca del suelo. A esas alturas dentro de Charley estaba creciendo esa furia insana por la que era conocido. Dirigiéndose veloz a la tozuda mula, que para entonces tenía los ojos amarillos por el odio y las orejas completamente gachas, Charley le agarró una oreja y le clavó los dientes; y entonces, con salvajes alaridos de ira en inglés y en crow, le agarró de los agujeros del hocico con el pulgar y los demás dedos y trató de arrancárselo. Con un pie le propinó una patada a la bestia en las costillas y se destrozó de tal modo el dedo gordo que gritaba por el dolor y la furia; y entonces volvió a golpear las costillas de la mula con ambos puños. En ese momento el animal había hundido el trasero y estaba allí sentado como si hubiese decidido quedarse allí para siempre. Charley tomó diez pasos de carrerilla, se volvió, corrió hacia la mula y con todas sus fuerzas se lanzó contra ella con la intención de derribarla. Ya había varios hombres dando gritos de ánimo a Charley que, con un dedo del pie hecho polvo, las manos amoratadas, babeando y con los ojos fuera de las órbitas e inyectados en sangre, estaba buscando desesperada y ciegamente a su alrededor como si esperase encontrar una grúa o una polea. Luego empezó a buscar el modo de mover al animal de la manera que fuese; corriendo hacia delante con la cuerda, tiraba de la cabeza de la mula tratando de derribarla; corría luego en la otra dirección para que cayese de aquel lado. Pero la mula ya tenía el culo fijo en el suelo y las patas delanteras extendidas. Si Charley la hubiese dejado en paz probablemente se habría quedado sentada allí durante horas.

Tras todos sus furiosos e inútiles esfuerzos, Charley estaba tan poseído por la furia asesina que volvió la vista, con los ojos inyectados en sangre y sudoroso, a su rifle. Cogiéndolo, corrió maldiciendo hacia el animal, colocó el cañón contra su cabeza y apretó el gatillo. Las patas delanteras se vinieron abajo; la mula cayó sobre su vientre, con su gran cabeza flaca en el suelo.

A eso del mediodía Sam llegó al escondite de Charley. Este, como todos los tramperos que se pasaban parte del tiempo escondidos vigilantes en busca de enemigos, había oído llegar a Sam y lo esperaba, oculto, con el codo izquierdo apoyado sobre la rodilla izquierda, el rifle cargado y apuntando hacia el ruido. Luego, con su extraño modo de andar, con las piernas desgarbadas y arrastrando los pies, se adelantó, con los ojos desorbitados por la sospecha y la bienvenida mientras su boca decía: «Ahi vá, pero si eres tú. Creía q’eras uno d’esos Whigs y que me cuelguen si soporto a los Whigs. M’abían dicho que t’abían matao en Santa Fe».

Las palabras le revelaron a Sam parte de lo que quería saber. Él nunca había estado en Santa Fe y Charley no tenía motivos para pensar que lo hubiese hecho. Según razonó Sam, las palabras decían que Charley sabía que Sam había viajado hacia el sur y que era probable que el invierno anterior lo hubiesen matado. ¿Quién podría haberle dicho eso, excepto los Crows?

—¿Quién te ha dicho que estaba en Santa Fe?

—Pos no me recuerdo —dijo Charley—. Güeno, condenada sea tu estampa, siéntate, siéntate y fuma la pipa la paz.

Una mujer había aparecido de su escondite entre los árboles, una Crow de frente estrecha, pómulos altos, ojos demasiado juntos, labios y barbilla colgantes. Parecía joven, pero era obesa, sucia y estúpida.

—¿Ande vas? —preguntó Charley mirando a Sam, que seguía sentado sobre su caballo—. Y maldita sea mi lengua partía, ¿nos’ese el bayo de Mick Boone?

—Podría ser —dijo Sam.

—M’an dicho que Mick quiere más a ese caballo c’a sí mismo.

—Se lo he pedido prestado —dijo Sam. Pensó que sería mejor forzar a Charley a que fuese él quien hablase más. Desmontando, colocó su rifle en el arnés de piel de ciervo, acercó al bayo y las mulas a los árboles, los ató y se dio la vuelta con la pipa y el tabaco en las manos—. Muy bien, fumemos la pipa de la paz.

Charley no era tonto. Su intuición era rápida y aguda. Notando el doble sentido en las palabras de Sam, debió de decidir poner las cartas sobre la mesa, porque dijo:

—M’abían dicho que tenías una mujer. ¿Ande está?

Sam estaba apretando el tabaco de su pipa. Se encontró con la mirada azul pálida de Charley y ambos hombres se sostuvieron la mirada un largo rato.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Tampoco me recuerdo. Habrá sío Bill, habrá sío Hank.

Sam miró a la squaw, que tenía preparada una ascua encendida. Ambos hombres encendieron sus pipas e inhalaron el humo hasta los pulmones; columnas azules de humo salieron de sus narices y bocas; se volvieron a mirar a los ojos; y apretaron el tabaco encendido en la cazoleta. Decidiendo que era inútil andarse con rodeos con aquel hombre taimado y traicionero y sin que le importase demasiado si sabía mucho o poco, Sam dijo:

—Muerta. La mataron los Crows —en ese momento Sam miró a los ojos de Charley, pero este andaba repentinamente ocupado con su pipa.

Luego, por un instante, le devolvió la mirada a Sam y dijo:

—¿Crows? ¿Los Sparrowhawks? Me paece irracionable, Sam —después de medio minuto en el que ambos hombres fumaron, Charley dijo—: ¿Quién t’a dicho eso?

—Los mocasines.

Durante los cinco minutos que habían estado sentados junto a la hoguera, fumando y hablando, Sam había observado la posición de las armas de Charley y de su squaw. A la cintura Charley tenía un revólver y un cuchillo; su rifle estaba a unos dos metros detrás de él, apoyado contra unas trampas; y un hacha para madera yacía al alcance de su mano derecha. Al sentarse, Sam no había soltado la correa de la funda de su cuchillo. Había sido consciente desde el principio de que quizá tuviese que pelear, pues era bien sabido por todo el territorio Crow que Charley era amigo de los Crows y un hombre impredecible. Podía ser amable y convertirse en un instante en un asesino.

La squaw estaba de pie a la derecha de Charley un poco por detrás. Su pie derecho estaba a sólo cuarenta centímetros del hacha.

—No mataron sólo a mi esposa —dijo Sam—, también a mi hijo nonato.

Charley volvió a toquetear su pipa. Era todo lo que su sentido de la decencia podía hacer al oír a un hombre blanco llamar a una india piel roja su esposa. ¡Pero el hijo! Para él, los niños mestizos eran una especie de animal sólo ligeramente por encima de un mexicano. Con una leve sonrisa en su barba que estaba cerca de ser una sonrisa de suficiencia Charley dijo:

—¿Y cómo sabes q’era un hijo?

—Los huesos pélvicos —dijo Sam. Había estado mirando a la squaw. Sabía que ella no había apartado su negros ojos de él y se preguntaba si tendría un cuchillo oculto entre su ropa de cuero. Charley estaba chupando de su pipa y mirando a Sam. Sam decidió que le diría lo que había ido a preguntar.

—Pensé que tú podrías saber quién había sido —dijo.

—Güeno, oye —dijo Charley, quitándose la pipa de entre los dientes amarillentos—, maldita sea, Sam, ¿cómo lo voy a saber? A mí me paece c’an sío los Rapahoes.

—Fueron los Sparrowhawks —dijo Sam, usando ese término en lugar de Crows para que Charley no se enfureciese—. Tengo intención de vengarme y pensé que bien podían saberlo. Pensé que quizá tú querrías decírselo. Puedes decirles, si quieres, que si los que lo hicieron dan un paso al frente y se enfrentan a mí, de tres en tres, todos sin armas, dejaré a los demás en paz. Si el jefe no manda a los asesinos tengo la intención de declararle la guerra a toda la nación.

Charley se quitó la pipa de la boca y se quedó con ella abierta.

—A toa la nación. ¿Tú solo?

—Yo solo —dijo Sam.

—Y por eso llevas el bayo de Mick.

—Quizá —Sam se puso en pie—. Supongo que cuanto antes se lo hagas saber al jefe, mejor será. No tengo intención de darle mucho tiempo para medicinas y powwows.

Charley se levantó.

—Güeno, Sam, ¿no eres un poco irracionable? Los Sparrowhawks son güenos guerreros. Ya lo sabes. Creo que la habrás palmao antes de llegar al Yellowstone.

—Puede que la haya palmado antes de que el próximo ganso de Canadá venga por aquí, pero habrá algunos huesos para los lobos. Y no te olvides de decirle al jefe que dejaré mi marca. No quiero que culpen a nadie de lo que yo haga.

—Una marca —dijo Charley, mirando a Sam. Parecía fascinado—. ¿Y cuál —dijo en voz baja— será esa marca?

—Me llevaré la oreja derecha.

—La oreja derecha —dijo Charley, mirándolo fijamente.

—Además de la cabellera —dijo Sam.

—Güeno, que me cuelguen —dijo Charley.