8
Cuando, un día a finales de septiembre, llegaron a la choza de la mujer, no vieron humo ni rastro de alguien vivo. Después de mirar fijamente durante todo un minuto, Sam dijo:
—No veo ni rastro de ella, pero noto que está ahí.
Bajó por el camino hacia el río y llegó hasta el cobertizo. Hacía tiempo que allí no había estado nadie. En el camino que llevaba al río vio las huellas de la mujer y se dirigió hacia la colina. Estaba sentada dentro de la choza, en la cama. Nunca olvidaría su aspecto nada más verla, allí dentro de la cabaña con el rifle en la mano, el cuerpo inclinado hacia delante, la mirada fija y aguzando el oído.
—Soy yo —dijo en voz alta, porque estaba a unos cincuenta metros de ella—. Soy Sam Minard, su amigo —durante dos o tres minutos se miraron el uno al otro y no dijeron más palabras. A él le pareció que lo miraba de un modo muy extraño. Poniendo la mano detrás de su cuerpo, movió los dedos para señalarle a Lotus que se echase atrás porque sospechaba que la mujer la había visto y la había reconocido como india. Entonces avanzó lentamente hasta que estuvo delante de ella mirando su pelo cano. Le pareció que se había vuelto gris desde la última vez que la había visto. Padre del Cielo, ¡cómo ha sufrido!—. Soy su amigo —dijo, mirando las plantas de salvia y las flores silvestres que había junto a las tumbas. La tierra húmeda a su alrededor le decía que las había regado en las últimas dos o tres horas. Por ninguna parte había muestras de que hubiese hecho un fuego.
Todavía moviéndose lentamente, no fuese a ser que se asustara y gritase, apoyó su rifle contra la pared y le quitó el arma de las manos.
—Supongo que la ha disparado desde que me fui —dijo—, porque ahora no está cargada.
Ella aún no lo había mirado. Pensar en ella sentada con un arma descargada delante de sus enemigos le inundó de tal compasión y dolor que posó suavemente la mano en su cabeza cana y le besó la melena.
—Soy su amigo —le dijo amablemente en voz baja.
Luego cogió su rifle y volvió a bajar por la colina. No podía soportarlo más; tenía miedo de venirse abajo y llorar como un niño. Para ocultarle a Lotus su emoción, dijo que irían a cazar un par de ciervos, pero incluso después de haber vuelto con ellos y estar cortando el hígado sentía un profundo malestar. El problema con los ciervos y los berrendos, dijo por hacer conversación, era que su carne no tenía el cuerpo de la carne de vaca. Le pareció que sería seguro hacer un fuego; los cráneos seguían en las estacas, los Pies Negros habrían reconocido la zona quizá una docena de veces. Habían visto la advertencia. Nunca atacarían allí, ahora menos. La mujer de arriba tenía aspecto de no haber comido nada desde que él la había dejado allí; estaba tan flaca y desmejorada y tan llena de dolor que hacía que un hombre quisiera echarse a llorar sólo de verla.
Con el rifle cerca, se arrodilló para cortar la carne de venado y Lotus llevó leña para la parrilla. Cortó los intestinos en pedazos de unos cuarenta y cinco centímetros de largo y, volviéndolos del revés, los llevó al río y los lavó cuidadosamente. Con un hacha partió la columna y los huesos de la paleta y la cadera para extraer el tuétano, porque tenía la intención de hacer salchichas aquella noche. Lotus se acercó para ver qué hacía. No se había acostumbrado a que a él le gustase cocinar y tuviese un interés de gourmet por la comida; invariablemente ella parecía asombrada cuando él daba un gemido de placer ante alguna exquisitez. Ella prefería una loncha de hígado crudo a sus panecillos dorados mojados en grasa de tuétano caliente, y los guillomos antes que cualquier otra baya. Pero, cuando él comía y exclamaba, había aprendido a sonreír y exclamar con él y decir «Es gratis», después de oírle a él decir esas palabras cien veces. No tenía ni la más remota idea de que lo que un hombre blanco quería decir con la palabra «gratis». Las salchichas sí le gustaban, y le observaba con fascinado interés mientras las preparaba.
Cuando oyó a un turpial, se puso en pie y escuchó. Su canción era mucho más elegante que la del turpial del Este; lo tomó como una señal de que aquellas montañas eran un hogar mejor para el hombre que las colinas de Nueva Inglaterra. El pinzón púrpura tenía un trino constante; la calandria le daba la bienvenida a la primavera con un canto casi tan elegante como el del azulejo; el zorzal ermitaño allá en los altos y fríos cañones cantaba como imaginaba que debían de cantar los ángeles; pero aquel vocalista solitario de los prados y los campos, con su chaleco amarillo y su corbata negra era su favorito de entre todas las aves cantoras. Lo escuchó hasta que se alejó volando.
—Me pregunto —dijo— si ella lo oye alguna vez.
Puso el tuétano y la parte más tierna del sebo del riñón en una sartén y los fundió. Picó la carne más sabrosa de los solomillos usando el hacha y el cuchillo junto a un pedazo de hígado, dos riñones, algo de sesos y casi un kilo de lomo cortado de cerca del hueso; toda esta carne picada la mezcló con la rica grasa del tuétano y con el sebo, aderezó el compuesto con sal, le puso el jugo de una cebolla silvestre y lo metió todo en los intestinos, atando uno de los extremos. Cuando las salchichas estuvieron preparadas para cocinar, cada una tenía unos veinticinco centímetros de largo y estaban atadas por ambos extremos. Había tardado una hora en prepararlas para asarlas a la parrilla; ahora se dedicó a los panecillos y los filetes, pero se detenía cada uno o dos minutos para echar un vistazo a su alrededor y escuchar. Mientras, Lotus colocaba las lonchas de carne en la parrilla y alimentaba el fuego.
Un hombre y una mujer enamorados, preparando la cena, era lo más hermoso en la vida. ¿No se lo parecía a ella? Nada de impuestos, le dijo por vigésima vez; nada de policías ni de leyes; la fértil y fragante tierra girando en su jardín de cosas buenas, dando vueltas y vueltas y su rostro mirando al sol como un hijo a su madre. Estaba mezclando la masa de los panecillos. Las costillas y el redondo estaban preparados para la hoguera. No le había dejado demasiada carne para secar, ¿verdad?, preguntó mirando los cortes que había hecho de los dos animales. Mañana quizá encontrarían un uapití, aunque estaban muy lejos de su territorio.
Cuando la cena estuvo casi preparada, el redondo y los filetes dorados y jugosos, las salchichas haciéndose lentamente en sus jugos calientes dentro de los intestinos, los panecillos listos para hornear y el café para hacerse, dijo que quizá deberían subir a la colina y decirle a la mujer que comiese con ellos. Suponía que no lo haría, pero deberían preguntárselo de todos modos. Con el rifle sobre el brazo izquierdo y el derecho alrededor de los hombros de su esposa, subió por la colina; y en cuanto Kate oyó sus pisadas cogió el arma. Con Lotus ahora detrás de él, Sam siguió adelante sabiendo que el arma no estaba cargada; y Lotus le siguió, mirando por detrás de él porque su marido le había contado la historia de la mujer y sentía curiosidad. Sam le había señalado las tumbas y las flores y sus ojos negros pasaban de las tumbas a la mujer. Sabía que la madre que permanecía allí, de aspecto tan frágil, solitario y asustado tenía a tres hijos asesinados enterrados bajo las marchitas flores.
Tomando la mano de su esposa, Sam le dijo a Kate:
—Somos sus amigos —le miró a la cara con la esperanza de poder saber si le estaba entendiendo—. Hemos preparado una buena cena junto al río. Nos preguntábamos si querría venir a comer con nosotros —antes de haber terminado de hablar sabía que no iría; el modo en que estaba sentada y toda su expresión le decía que quería que se fueran, que deseaba estar sola. Parecía terriblemente delgada debajo de su montón de ropa y muy blanca, cansada y vieja.
La siguiente respuesta de Kate le sorprendió. Aparentemente sólo se había dado cuenta de la presencia de Lotus de pasada, si es que se había dado cuenta, y ahora la veía como india, porque empezó a gritar y ni los gritos del colimbo, el avetoro, el halcón, el somormujo juntos son tan sobrecogedores como el grito de aquella mujer. En el momento de gritar, corrió frenéticamente hasta la cama junto a la puerta de la cabaña y comenzó a buscar el hacha. Su grito había sido tan espeluznante, tan inhumano en su odio, miedo y desesperación que Sam se quedó desconcertado, casi destrozado; su rostro bronceado empalideció, tomó a su esposa del brazo y se echó rápidamente hacia atrás. La mujer había encontrado el hacha, pero esta se había enredado en algo y estaba forcejeando por ponerse en pie; y como estaba tan débil, tan desesperada por el miedo, volvió a gritar. En toda su vida Sam había oído un sonido igual. Volvió a echarse atrás, cada vez más, hasta que Lotus y él estuvieron a casi cien metros; y allí se quedó, temblando e incrédulo, la mirada fija en la criatura (en aquel momento apenas se la podía llamar mujer) que estaba en cuclillas junto a la puerta y los miraba con el hacha en la mano. «¡Dios Todopoderoso!», dijo. Sintió cómo le invadía la náusea. Sintió que iba a echarse a llorar como un niño. Y estaba temblando de la cabeza a los pies.
Entendiendo al fin la tragedia, la espantosa aflicción, el corazón roto de una madre, tomó a su esposa del brazo y bajó por la colina. Le habían arruinado la cena. Toda la belleza y la dulzura del mundo se había vuelto amargura en aquel momento, cuando comprendió totalmente la situación de una madre cuyos hijos habían muerto: solitaria, angustiosa, absolutamente insana. Se comió una salchicha, un filete, un pedazo de redondo y media docena de panecillos, y se bebió un litro de fuerte café solo; pero apenas era consciente de que estaba comiendo. Dobló entonces una de las pieles de ciervo con la parte de la carne hacia dentro formando un cuenco, y dentro del cuenco puso unas salchichas, un pedazo de redondo, un filete y algunos panecillos. Le dijo a Lotus que se quedase allí, alerta, con el arma, mientras volvía con la mujer. Si la mujer de alguna manera conseguía escapársele y abalanzarse hacia Lotus con el hacha, debía dispararle, si era necesario, o trepar a un árbol, si podía. Subió a la colina con el rifle y la comida caliente y se dirigió hacia la mujer, que ahora estaba sentada entre las tumbas. Dejó la piel con la comida delante de ella, desdoblándola para que viese lo que había allí. No le habló y no se entretuvo. Supuso que reconocería la comida y que la ignoraría o la tiraría. ¿Qué podía hacer él o cualquier otro hombre que le sirviese de algo a ella? ¿Había en el mundo entero algo que pudiese atravesar un dolor como aquel? Quizá el Todopoderoso podría hacer algo por ella; quizá lo estaba haciendo de la única manera en que podía hacerse. Sam suponía que acabaría hundiéndose más profundamente en el dolor y, del dolor, en la muerte.
Pero no la entendía. Bien podría haberse preguntado, ¿quién podría ayudarla? Nunca supo lo de sus frenéticos ataques a los asesinos que invadían su pequeño mundo, o que había olvidado completamente a los suyos. De haber sabido lo de sus visiones en el jardín de salvias y sus lecturas y que hablaba con sus muertos, habría pensado sólo que Bill diría que estaba como un cencerro. Kate por su parte habría encontrado difícil entender a los pieles rojas y a los tramperos que mes tras mes mataban miles de sanos y hermosos animales y sólo tomaban algunos kilos de carne dejando el resto para los lobos y los buitres; que encontraban placer en librar una guerra salvaje de unos contra otros; que cazaban y mataban criaturas adorables como el castor y la nutria tan sólo por sus pieles. Apenas habría podido entender a Sam Minard, que en la cima de una montaña se golpeaba el pecho durante una tormenta y le decía al Todopoderoso que mirase el mundo que había creado.
Al día siguiente Sam y Lotus llevaron tres ciervos de las montañas, hicieron fuegos y curaron casi toda la carne; Sam la metió en bolsas de cuero y las puso junto a la puerta de Kate. Quería tocarle el pelo un instante, con la mano o los labios, antes de irse tan lejos de ella, pero su actitud le dijo que quería que desapareciese de su vista. Y sin volver a decirle otra palabra, tomó a su esposa y subió por el río. Los chopos y los álamos estaban vistiéndose con sus ropajes amarillos, el cerezo de Virginia con los suyos escarlata; el río, desaparecidas las nubes de mosquitos primaverales, era un ancho flujo de aguas cristalinas que bajaba desde las más altas cumbres.
Era un día hermoso. Un turpial cantaba exquisitamente en dos octavas; las palomas torcaces y los búhos advertían de la llegada de las lluvias. Cuando, tras pasar el gran meandro, Sam vio las lejanas brumas azules al sur del Yellowstone, le dijo a su mujer que más allá se encontraban las cumbres Wolf y Rosebud y los picos más septentrionales de las Bighorn.
La pasión de sus emociones, derramándose durante todo el día en entusiastas declaraciones espontáneas, o en canciones, era nueva para ella. Su pueblo era emotivo, pero no exclamaban con felicidad ante cosas como las flores, la repentina zambullida de un zampullín, los extraños sonidos que hace la becada con las plumas de la cola al anochecer, el dulce sabor de una ciruela, las marcas en las alas de lo que decía que era una mariposa de cola de golondrina, las huellas de un tejón. Después de cruzar el Yellowstone habían salido de territorio Pies Negros y Lotus pensó que su hombre parecía sentir que no tenían enemigos. Empezó a cantar de repente. Le gritaba para llamar su atención hacia las cosas que los rodeaban. «¡Mira!», dijo, señalando el cinturón azul y morado de picos en el este y el norte de las Bighorn. Ella miró y sólo veía montañas y niebla a lo lejos. En su mente, Sam tenía un mapa completo de todo aquello: el Yellowstone, el Bighorn, el Wind, el Powder, el Creen, el Snake y otra docena de ríos y todos sus valles; y el Little Snake, el Yampah, los Uintah y cien más. Había decidido detenerse el tiempo suficiente para saludar a Bill Williams, si es que podía encontrar al astuto y delgado viejo escondido en algún matorral entre las montañas Medicine y Bald. Desde el río Bighorn, que había estado siguiendo corriente arriba desde su unión con el Little Bighorn, giró hacia el este y, señalando los dos picos, le dijo a Lotus:
—En algún lugar entre esos, si no está muerto ya.
Bill no estaba muerto y tampoco dormido. Dos días más tarde, temprano en la mañana, Sam iba andando y tirando de sus animales atravesando matorrales y malezas, cuando de repente una voz aguda y chillona gritó:
—¿Qué te paece? Iba a darte lo tuyo, ya lo creo. Te juro por lo más sagrao que creía q’eras un Pies Negros que quería mi cabellera.
Apareció un momento después, alto, cadavérico, desgarbado, con un rifle cruzado sobre los brazos y la mano derecha en la guarda del gatillo. Sus brillantes y casi centelleantes ojos grises lo miraban debajo de unas pobladas cejas. La cara que vio Lotus tenía una nariz larga y fina, mejillas delgadas cubiertas de barba y una frente estrecha con venas que destacaban sobre las sienes. Tenía una voz aguda, casi quejumbrosa, que a algunos hombres les hacía creer que estaba llorando. Alrededor de la cintura llevaba colgados muchos cacharros, incluyendo un molde de balas de extraño aspecto, un punzón con mango de cuerno de ciervo en una funda de madera de cerezo tallada por él mismo y un frasquito hecho con la punta del cuerno de un berrendo en el que, durante la temporada, llevaba el cebo para castores. Bill había comenzado su vida como predicador metodista en Missouri, pero (según su relato) cada vez que aparecía en la puerta de la iglesia los gallos gritaban: «¡Aquí llega el predicador Williams! Uno de nosotros va hoy a la cazuela». Un día, cuando estaba predicando fervientemente a una niña en un banco de la iglesia, se confundió tanto que se imaginó que no había nacido para predicar. Cogió su arma y se fue al Oeste.
—¡Vaya, que me zurzan! —dijo, acercándose sin prisa—. Pero si es Sam Minard. ¿Y quién es esta yegüita piel roja?
—Mi esposa, Bill. La señora de Samson John Minard, la mujer más hermosa del mundo.
—Vaya, vaya —dijo Bill entrecerrando sus pequeños y agudos ojos mirando a la chica—. Si servidor conserva la vista, no está nada mal. ¿Ande vas?
—Los Uintah. Necesito cuatro o cinco cargas, porque ahora tengo una mujer a la que mantener.
—Sí, m’an dicho que son caras. Creo que será mejor que paséis una noche conmigo. Tengo algunas conservas de arándanos de las de Hank Cady y el mejor lomo de bisonte c’ayas probao.
Pasaron la noche con Bill. Después de cenar los hombres y la chica se sentaron junto a una pequeña fogata y Lotus miraba a Bill casi todo el rato, porque estaba contando aventuras disparatadas y sus expresiones faciales la fascinaban. Si Sam hacía una pregunta que afectaba a las emociones de Bill, la cara hundida se volvía grave, entrecerraba los ojos hasta que se quedaban como dos rendijas luminosas y vaciaba la pipa, la volvía a llenar y la encendía antes de decir otra palabra.
—¿Ivar Carlsson, dices? Esa es una historia triste, Sam. Tábamos cazando la primavera pasá, aquello fue en el río Shields. Vaya, yo no lo sabía, pero que me zurzan si no debía d’aberlo sabido. En esa época del año los Pies Negros andan por toas partes. Te digo, Sam, que Ivar estaba tan lleno de flechas que parecía un puercoespín, una le atravesaba los dos carrillos, otra la barriga y seis o siete las costillas. Se las quité pero casi era peor el remedio que la enfermedad; pero era un trampero, ¡demonios!, y nunca dio más que un gemido, y que me aspen si no fue cuando le corté la flecha de las tripas. Esa estaba tan profunda que noté la punta contra su columna. Por supuesto que a la que tenía en los carrillos le quité la punta y tiré de ella, pero la de la barriga estaba bien enterrada ahí, y esa condenada de sus tripas. Tuve c’abrirlo pa poder meter la mano…
Mientras escuchaba la aguda voz de Bill, la mente de Sam vagó a una ventisca tres años antes, cuando tuvo que pasar una noche con Bill en la cabecera del río Bear, cerca de la Montaña Sublette. A una docena de metros estaba la vieja mula entrecana de Bill. Tenía la tripa llena de hierba y corteza de chopo, y allí estaba, medio muerta por el frío y los años y completamente dormida sobre la estaca, con las patas algo dobladas bajo el cuerpo, el trasero expuesto a la ventisca, el desnudo hueso de la espalda arqueado ante la violenta aguanieve, todo su baqueteado y delgado cuerpo temblando un poco de lado cuando, interrumpida en su sueño, abrió los ojos mínimamente para observar la tormenta. De vez en cuando Bill miraba con punzante fijación a su alrededor los fuertes vientos nevados, pero al final su mirada siempre volvía a su fiel mula; y al fin se había levantado, crujiéndole las rodillas y había dicho: «Que me zurzan si no creo que sería mejor que le ponga una manta a Balaam. Aquí no hace tanto calor como en Moab y parece que está temblando de lo lindo».
—¿Ivar está vivo? —preguntó al fin Sam.
—Que me zurzan si no lo está. ¿Pos no vivió el viejo Hugh Glass? Hace falta mucho, hijo, pa matar a un trampero.
Para desayunar Bill les dio lo que los tramperos llaman buñuelos franceses. Después de picar solomillo y giba de bisonte con grasa de tuétano y de la giba y hacer bolas cubriéndolas de masa de harina, hirvió a fuego lento y frió los buñuelos en metano. Sam juró que nunca había probado un desayuno mejor. Sobre los panecillos calientes extendió la mermelada de arándanos de Hank y, con estos llenándole un carrillo y los buñuelos el otro, escuchó los cuentos de Bill y bebió un litro de café solo. Se fumó dos pipas antes de ir a por sus caballos.
—Bill —dijo, cayendo en el habla de los tramperos—, pasa por donde nosotros este otoño y te voy a preparar un condenado banquete para que te pienses dejar de cocinar.
—Bueno, pos me parece mu bien. ¿Qué tal la cena de Navidad?
Sam no lo esperaba ni en Navidad ni en ningún otro momento. Sabía que el viejo Bill Williams era un solitario que nunca visitaba a nadie, sino que iba de escondite en escondite a su solitaria manera.
—Cuidado con la cabellera —dijo Sam cuando ya estaba preparado para marcharse.
—Y tú con la tuya —dijo Bill.
Tres años y medio después, cuando las nieves de las montañas empezaban a derretirse, encontraron a Bill sentado contra un árbol, totalmente congelado, con el corazón atravesado por una bala. Su rifle había desaparecido, pero sobre el regazo tenía una vieja arma rota que su asesino había dejado en su lugar.