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Se había detenido a escuchar el exquisito madrigal de un turpial gorjeador y se había ofrecido a cantar con él, escogiendo Dame los dulces deleites del amor, pero no había encontrado ningún pájaro que quisiera cantar con él aunque de vez en cuando alguno, como la tarabilla, trataba de seducirlo imitándolo. En un pedazo de suave piel de cabritilla llevaba una armónica y un kilómetro y medio y diez minutos después la sacó y miró a su alrededor en busca de enemigos. Había descubierto que tocar arias de Bach o Mozart estando en territorio enemigo era bueno para su soledad y además la música llenaba de asombro a los indios ocultos. A esa hora, en casa, lejos, su padre quizá estuviese tocando el pianoforte.

Una hora después lo que le cautivó la mirada, mientras estaba montado sobre su garañón negro con dos pesadas pistolas colgándole de la cintura y un rifle atravesado sobre el arzón, fue un enorme monstruo marrón amarillento al que algunos hombres llamaban grizzly. La bestia excavaba en la húmeda marga con impaciente frenesí usando sus poderosas garras curvadas como si fuesen escoplos. De vez en cuando se detenía para acercar la cara al agujero y olfatear, volviendo a excavar con lo que parecía el doble de energía que antes. El hombre a caballo creyó que el oso trataba de sacar a un perrillo de la pradera, aunque por qué el muy idiota iba a dedicarse a hacer eso escapaba al entendimiento de cualquiera; en el último momento el perrillo aparecería de repente y se largaría, y el monstruo se quedaría allí sentado, con lúgubre frustración, sobre su enorme y gordo trasero, como si estuviese hundido hasta la cintura en pelaje. Sus pequeños ojos se quedarían observando el mundo a su alrededor.

De repente el hombre del caballo sintió una sacudida de asombro. Lo que la bestia estaba invadiendo no era la madriguera de un perrillo, sino la guarida de un tejón, y el hombre no conocía a un luchador más letal. Creyó saber lo que había ocurrido; el tejón, al que le brillaban los negros ojos de ira e indignación, se había retirado al fondo de su madriguera subterránea y allí, gruñendo en la oscuridad, había esperado. Al fin, hirviéndole la sangre de furia, se había abalanzado por el túnel y con unos dientes tan puntiagudos como agujas había mordido el hocico del oso.

Con la emoción de la majestuosidad llenándolo por completo, el hombre observó el extraordinario drama que se desarrollaba ante él. El hocico de un oso es tan blando y sensible que un ataque contra él era una afrenta que llenaba a la gran criatura de una furia colosal. Aquella bestia, que calculó que debía de pesar alrededor de quinientos kilos, dejó escapar desde su pecho una serie de salvajes rugidos guturales y se levantó sobre sus cuartos traseros con quince kilos de enfurecido tejón colgando de su hocico. Las garras del tejón se clavaban como bisturíes en la cara y los ojos del oso. En pie, el monstruo giraba y giraba como un hombre gordo que llevase un abrigo de piel al tiempo que sacudía la cabeza de lado a lado tratando con débiles gestos de quitarse de encima a su enemigo. Pero el tejón había clavado casi todos sus dientes en el hocico del oso y era quince kilos de salvaje furia luchadora.

El hombre soltó un resoplido de incrédulo deleite y siguió observando.

Desde que había llegado al Oeste siete años atrás, había sido testigo de unas cuantas peleas extraordinarias, pero ninguna había hecho que se le salieran los ojos de las órbitas como le estaba ocurriendo ahora. El oso seguía girando, sacudiéndose y aullando, o lloriqueando como un niño asustado o herido mientras las cuatro patas del tejón le arañaban los ojos, la cara y la garganta. Las patas delanteras del grizzly parecían tan inútiles como si las hubiese tenido rotas o le hubiesen arrancado las garras. El hombre que los observaba no comprendía del todo que con esos cinceles de tejón enterrados en su sensible hocico el grandullón estuviese tan pasmado, tan lleno de asombrada indignación, confusión y dolor como para que su voluntad hubiese quedado paralizada. Lo único que podía hacer era seguir girando y girando, cayendo sobre sus cuatro patas y volviendo a levantarse mientras todo el tiempo seguía emitiendo el lúgubre lamento quejumbroso propio de algo a quien se le estuviese rompiendo el corazón.

—¡Que me zurzan! —dijo el hombre en voz alta. Miró a su alrededor y olfateó el aire en busca de enemigos. Oyó cantar a una alondra y durante un instante pensó en lo extraño que resultaba que el canto de un pájaro fuese pura música y en la misma escena dos bestias estuvieran enzarzadas en una furia asesina.

Tan repentinamente como había empezado, acabó. Dentro del diminuto y limitado cerebro del monstruo se iluminó la comprensión de que tenía dos poderosas zarpas; con ambas agarró al tejón y literalmente lo despedazó. Como un digno príncipe abrumado por la cólera, lanzó los ensangrentados pedazos al suelo y, todavía llorando como un niño con el corazón roto, cayó sin hacer ruido sobre sus patas delanteras y se alejó trotando entre unos juncos.

El hombre pasó una pierna por encima del caballo y desmontó. Vio lo que había esperado ver: la parte carnosa del hocico del oso seguía aferrada entre los dientes del tejón.

Era una mañana de sábado a principios de agosto del año 1846. El hombre alto que permanecía de pie junto al Musselshell, mirando con admiración y asombro la cabeza de un tejón, era un trampero libre, cazador y hombre de montaña que remontaba el río en dirección al Valle Bitterroot, donde esperaba tomar una esposa. Era un gigante, incluso entre los hombres de la montaña del Oeste americano. Sin los mocasines alcanzaba el uno noventa y tres de altura y sin ropa pesaba alrededor de ciento veinticinco kilos. Tenía veintisiete años. Su oficio era el de trampero y las Montañas Rocosas y sus valles eran su hogar; y matar indios sólo significaba apartar cosas que se interponían en su camino. Admiraba el valor por encima de todas las demás virtudes; inmediatamente después venía el temple y el tercero de los pocos valores por los que vivía era la compasión por los débiles o indefensos. Sus pasiones eran el amor a la vida, un combate mortal con un enemigo digno, la buena música, la buena comida y esa cualidad de la naturaleza que empujaría a un poeta a decir, cien años después, que su belleza continuaría rompiendo corazones cuando ya no quedasen corazones que romper. Además del rifle y sus pistolas llevaba al cinto un cuchillo Bowie con una afilada hoja de veinticinco centímetros. Era un Bowie auténtico, no un Green River ni un Laos ni cualquier otra imitación barata.

Miró un minuto entero al tejón presentando, a su silenciosa manera, sus respetos a un luchador sin igual. Aguzó el oído, pero no oyó al grizzly. Oteó el horizonte y olfateó el aire en busca del olor de los indios Pies Negros. Luego, montando en su garañón negro, tomó el camino del río mientras sus ojos azul grisáceo observaban el paisaje que le rodeaba. Sus amigos y parientes del Este habrían calificado ese terreno como una tierra desolada dejada de la mano de Dios, con sus riscos erosionados y calientes, sus pinos y enebros amarillentos a causa de la cal, pero este hombre lo amaba, todo entero, amaba incluso los salares donde no crecían plantas. Amaba toda aquella vasta grandeza, las montañas coronadas de nieve, las vaguadas cubiertas de bayas, los campos que parecían parques que nunca hubiesen visto un cortacésped, las praderas con sus inmensas manadas de berrendos y bisontes. Era agradable estar vivo, con el vientre lleno de carne, frutos y agua de la montaña, un veloz caballo entre las piernas, un rifle que nunca fallaba, la pipa encendida, la armónica en el morral, una alondra emitiendo dulce música desde su diminuta alma de pájaro y un gorrión revoloteando como si lo guiase. ¡Dios, cómo amaba todo aquello!

Al norte y el oeste de su posición se extendía el territorio de los Pies Negros. Desde aquel día, hacía cuarenta años, en que Meriwether Lewis y Reuben Field mataron a dos de ellos en defensa propia cerca del río Marias, habían dedicado sus salvajes voluntades al exterminio de todos los blancos. Este hombre, por ahora, no había tenido problema alguno con ellos, pero sabía que eran los más vengativos, crueles y peligrosos de todos sus enemigos de piel roja, y cuando estaba cerca de sus tierras, como era el caso, no cerraba los ojos ni dejaba por un momento de aguzar el oído.

Ya se decía de él, por boca de otros hombres de montaña (e igual podrían haberlo dicho las águilas y los lobos si pudiesen hablar), que su sentido de la vista era como el del halcón y su olfato como el del lobo. Su oído no era tan agudo. Creía que el olfato le había salvado la vida dos veces, pero podría haber dicho, si algún hombre le hubiese sacado alguna palabra sobre el tema, que al igual que las palomas torcaces, los avetoros o los indios, él tenía un sexto sentido. Lo que él creía su sexto sentido era en realidad que sus cinco sentidos convergían y se comunicaban con su mente actuando juntos como una red de espionaje para discernir, aceptar o rechazar y evaluar las impresiones que les llegaban.

Cuando a unos cuantos kilómetros río arriba de la escena de la pelea tiró suavemente de las riendas y se detuvo, no estiró el cuello mirando estúpidamente a su alrededor como habría hecho un novato, sino que se quedó sentado inmóvil mientras sus sentidos buscaban por tierra y aire y le informaban. Había visto el rojizo pecho de un azulejo en lo alto de un chopo, había oído el suave silbido de advertencia del zorzal y había olido la presencia de enemigos. Durante cinco minutos permaneció inmóvil mientras todos sus sentidos analizaban las pruebas. Y entonces estuvo seguro de que una partida de guerreros Pies Negros le había pasado no hacía más de diez minutos y que se encontraba a no más de tres kilómetros. Tocó suavemente con el tacón el flanco del caballo y siguió adelante.

Tras ochocientos metros se volvió a detener, profundamente inquieto por algo cercano pero que no veía. Dos pájaros habían dado voces de alarma; un tordo que saltaba entre los sauces del río actuaba con la misma agitación que le hace temblar y dar la voz de alarma cuando los enemigos se acercan a su nido. Pero no era época de anidada. Una paloma que no veía se lamentaba en alguna parte por delante de él. Pero la certeza más definitiva de que había algo extraño y peligroso le llegó a través del olfato. Estaba seguro de haber olido sangre fresca. De nuevo siguió adelante, subiendo la suave cuesta de una colina y miró hacia el río; se detuvo, miró, escuchó y olfateó y volvió a avanzar, llegando enseguida y de repente a la escena más espeluznante que había visto nunca.