30
El caballo no le falló cuando una semana después tuvo que salvarse por los pelos. Había llegado al nacimiento del río Powder y se encontraba en el corazón del territorio Crow cuando sus sentidos le dijeron que lo seguían. No había visto huellas frescas de indios ni cenizas de hogueras recientes. De subida se había revolcado en salvia y había frotado sus armas, la silla y al caballo con varias esencias vegetales. No había encendido hogueras desde que había penetrado en territorio Crow.
Miró a su alrededor y estudió la situación. El río Powder corría hacia el norte a través de un precioso valle con las Bighorn al oeste y las Colinas Negras al este. Era un gran terreno para el bisonte. Excepto por las plantas que crecían a lo largo del río no había buenos parapetos entre él y las estribaciones, a cincuenta o sesenta kilómetros. Pensó en esconderse, esperar y derribar de su caballo de un disparo al primero, pero su sexto sentido le dijo que aquello no bastaría para detenerlos. Estaban desesperados y eran más osados de lo que lo habían sido antes. Si disparaba a uno de una partida de cuatro o cinco, tendría que cabalgar a toda velocidad mientras recargaba; y mientras tanto ellos estarían disparándole a su caballo.
En la posta le habían dicho que su mulo de carga era un animal bien entrenado al que podía soltar y lo seguiría. Supuso que tendría que hacerlo, pues corriendo por su vida no podría sostener la rienda de un mulo. Mientras pensaba en ese problema y se preguntaba por qué estaba allí, mantenía su aguda vista en el paisaje y estudiaba el río. Pensó que su mejor opción sería lanzarse al río, cruzarlo y huir a las montañas. Unos pocos segundos después ya no pudo quedarse a pensar; se vio obligado repentinamente a tomar una decisión.
A un kilómetro al suroeste de él apareció un jinete indio en la cresta de una colina. Enseguida fueron dos, luego tres y cuatro; y al final había siete. Supo que se trataba de una partida de guerra con todas sus pinturas, con buenos caballos y bien armados. Supuso que eran todos guerreros escogidos. Fingiendo no verlos, siguió el curso del río a paso lento y estudió las orillas. El río hacía un corte profundo en la tierra y estaba a cinco o seis metros bajo la orilla. ¿Su caballo saltaría desde aquella altura? ¿Le seguiría el mulo? La mayoría de sus aperos estaban en el mulo, igual que el rifle de Kate y la comida para ella. Los siete indios habían desaparecido. Sam se habría subido a un alto y los hubiese esperado, pero no había ninguno cerca.
Tomó un sendero que se dirigía hacia el río, que estaba a cincuenta metros de él; y dejando sus caballos, volvió al camino principal. Mirando desde el límite de los árboles, tuvo una buena visión del terreno, excepto de las orillas del río. La pista de bisontes principal recorría los límites del bosque, con muchas veredas que serpenteaban entre los árboles. Sabía que siete indios no intentarían acercársele a caballo; algunos se desviarían y aparecerían por el norte, otros por el sur; y en alguna parte tendrían a un vigía observando el río. Todavía tenía tiempo de lanzarse y cruzarlo mientras ellos vigilaban su posición, pero nunca había huido de una pelea y no quería huir de aquella. Sólo eran siete, se dijo, y Cabellera Perdida Dan diría que sólo supondrían una hora de trabajo para un muchacho. Aquello eran fanfarronadas y lo sabía. Se preguntó por un instante si la experiencia del cautiverio y la fuga había embotado su raciocinio, porque no parecía ser el de costumbre. Convencido de que estaba siendo un idiota, corrió hacia los caballos, guió al mulo hasta el borde y con un golpe lo empujó. Montó, se colocó ante el río, clavó los tacones y sin dudarlo el animal hizo el salto hasta las arremolinadas aguas. El caballo se hundió y Sam con él, excepto su mano derecha, que sostenía el rifle en alto. En el momento en que sus ojos salieron a la superficie y se sacudió el agua de las pestañas vio algo que lo dejó tan asombrado que sólo pudo quedarse mirando fijamente. En la orilla se encontraba un indio desnudo, sin nada que lo cubriese excepto una especie de tocado y nada en las manos más que un objeto que parecía ser un cuchillo. Si Sam se admiró ante la visión del joven piel roja, se quedó completamente pasmado al ver lo que el muchacho hizo a continuación. Sólo permaneció un instante en la orilla, alto, rojizo, desnudo y, con el grito de guerra de su pueblo, se colocó el cuchillo entre los dientes y se lanzó al agua, y al segundo estaba nadando como una nutria, mientras su absurdo tocado y el cuchillo relampagueaban sobre el agua. El caballo de Sam nadaba hacia la orilla lejana, casi a la altura del mulo. Sam colgó el rifle del cuerno de la silla, pasó su pierna derecha por encima del cuello del animal y se giró en la silla para enfrentarse al nadador. El caballo era fuerte pero el indio ganaba terreno. Mientras Sam veía acercarse el tocado no pudo seguir dudando del increíble hecho que suponía que aquel bravo, un jovencito, estuviese decidido a contar un coup en la persona de Sam Minard.
Como no era propio de Sam dispararle a un enemigo casi indefenso, aflojó el cuchillo que llevaba al cinto. Luego esperó, con la mirada fija y su mente comprendiendo lentamente que aquel era el acto de valor más espectacular que había visto nunca. Según se acercaba el indio, los ojos negros nunca abandonaron la cara de Sam. Sam vio algo más. Notó que aquel joven se había sentido tan ofendido en su orgullo tribal y personal que estaba decidido a demostrar que un guerrero Crow podía ser más valiente que el Terror. Si podía tocar a Sam, al instante siguiente podría clavarle el cuchillo, y si moría justo después, ¿qué importaría? Sería recordado por su pueblo como el guerrero más valeroso de todos, vivos o muertos.
¡Bueno!, pensó Sam. Habiendo decidido lo que pasaba por la mente del joven, se movió deprisa. Si aquel joven bravo quería una pelea con cuchillos la tendría; y así Sam se deslizó por los cuartos traseros del caballo y cayó al agua. En aquel momento su enemigo no estaba a más de tres metros de él. Al instante, el pecho del indio subió a la superficie, como una nutria, y en un segundo se lanzó contra Sam. En ese mismo momento las poderosas manos de Sam agarraron el brazo derecho del piel roja y le hizo soltar el cuchillo. El siguiente movimiento pilló desprevenido a Sam. Con una velocidad extraordinaria el indio sacó el cuerpo prácticamente por completo del agua y ambas manos desesperadas se agarraron al cuello de Sam. El movimiento había sido como el de una trucha, en arco, y con tal coordinación que por unos momentos, mientras las manos se cerraban en su garganta, Sam sólo pudo abrir los ojos y preguntarse qué había pasado. Más tarde se daría cuenta de que el indio podría haber cogido el cuchillo del cinto de Sam y clavárselo.
Como un horror de pesadilla en el recuerdo, Sam vio al grizzly con los dientes del tejón clavados en el hocico. Con todas las fuerzas que pudo reunir desde la posición en la que se encontraba dentro del agua, agarró las muñecas del indio y trató de soltarse de su presa. En aquel momento fue consciente de que el indio le escupía en la cara. En aquel momento captó la espantosa visión de unos ojos tan llenos de odio que eran como acero negro fundido, de unos dientes al descubierto. Sam sintió después que la oscuridad estaba a punto de engullirlo y con sus últimos restos de cordura hizo lo único que podía hacer: cogió el terrible cuchillo que llevaba en el cinturón y se lo clavó profundamente al indio bajo el esternón. Como las manos no se soltaron inmediatamente, retiró el cuchillo y se lo volvió a clavar. Mientras luchaba para permanecer consciente, vio el cambio en los ojos negros, y aquello lo recordaría hasta el día de su muerte. Pensaría en ello como en la clase de cambio que un padre nunca quiere ver en los ojos de un hijo.
Sam pensó que debía de haberse quedado inconsciente unos instantes, porque tenía agua en los pulmones. Tosiendo, miró a su alrededor y vio charcos rojos. Las manos habían desaparecido de su cuello y el indio muerto iba flotando en la corriente. Tras colocar el cuchillo en el cinturón y mirar a la orilla donde estaban sus caballos, Sam comenzó a nadar, manteniendo la cabeza bajo el agua excepto cuando sacaba la boca para respirar. Una vez, a través del velo del agua que colgaba de sus cejas y pestañas, vio a sus dos animales dirigirse hacia una zona arbolada, a unos ochocientos metros del río. Mientras nadaba se le ocurrió la idea de que aquel intrépido joven no era uno de los siete que había visto, sino un guerrero solitario que había dejado a su gente para conseguir un coup o morir. Era un hombre tan valiente, pensó Sam, como cualquiera que hubiese conocido; y tras llegar a la orilla, agotado, debilitado y sintiendo una extraña vergüenza, la admiración lo obligó a mirar al río, esperando ver por última vez al valeroso joven. Pero no había rastro de él en las aguas grisáceas; estaba muerto y había desaparecido. Sam sacó el cuchillo. El río lo había limpiado excepto por un punto diminuto que quedaba entre el cinturón y la funda. Sam limpió la mancha de sangre con el índice y se tocó la piel por encima del corazón. Era la única manera que se le ocurrió de honrar el valor de un enemigo que había sido más que digno de él.
Tras correr hacia los árboles se giró para mirar atrás. Seguía sin haber ni rastro de los siete. Tras montar en el caballo, galopó hacia el noroeste a las estribaciones y entró en un bosque denso. Sentía náuseas y una tristeza que no era nada natural en él. Mientras cabalgaba de noche y se ocultaba de día, comenzó a preguntarse por un asunto que sólo ahora se le había ocurrido. Allí estaba, un varón humano, perseguido por mil guerreros de dos naciones; y más allá estaba Kate, una hembra, querida por todos y a quien nadie deseaba matar. Si el viejo jefe Crow se dirigiese a él y le dijera que su pueblo lamentaba los asesinatos de su esposa e hijo y que los bravos que los habían matado serían castigados, enfundaría su cuchillo y fumaría la pipa de la paz…
Era cierto (se dijo) que Kate había matado en un frenesí de odio y pasión que ningún hombre podía superar y pocos podrían igualar, pero desde entonces había dedicado todo su ser a sus hijos y sus flores. Sam dudaba de que hubiese matado a nada, ni siquiera un insecto, desde aquella terrible mañana. Regaba sus plantas, hablaba con sus ángeles y esperaba a que el Señor la llamase a su hogar; mientras que él, que acababa de matar a un valiente muchacho, pronto se uniría a una partida de guerra que intentaría exterminar hasta el último hombre y perro de toda una banda.
Sospechaba que no pensaba con claridad. Sin duda había aspectos del asunto ante los que estaba ciego. Si los Crows lo tuviesen en sus manos, no encontraría en sus corazones ni compasión ni piedad; y si el guerrero del río hubiese podido matarlo se habría convertido en un héroe nacional, posiblemente el más grande de la historia Crow. Era ojo por ojo, decía el libro sagrado. No era la devoción de Kate a la ternura lo que la había protegido; eran los tramperos que habían puesto los cráneos en las cuatro estacas de las cuatro esquinas de su diminuto mundo. Si las leyes de la vida, de la debilidad y la fuerza, de la cobardía y el valor, hubiesen seguido su curso inexorable, sin que los fuertes protegiesen a los débiles, le habrían arrancado la cabellera hacía tiempo y sus huesos ya estarían mondos en alguna parte a lo largo del Musselshell.
De todos modos, se preguntaba Sam, tumbado con su manta, ¿cómo quería el Todopoderoso que fuese? Por todo el mundo del Creador rara vez, si alguna, los fuertes protegían a los débiles, excepto de vez en cuando los humanos o los perros. Cuando Sam tenía diecisiete años vio a tres abusones atormentar a un joven indefenso más o menos de su edad y tamaño, mientras una docena de hombres y chicos observaban la tortura sin levantar un dedo. Sam se había acercado y había hecho chocar las cabezas de los tres entre ellos con tanta fuerza que fracturó dos cráneos e hizo que todo el grupo se volviera en su contra. Cuando caminaba por la calle le chillaban madres que no habían mostrado ningún interés, ninguno, en el muchacho que había estado siendo torturado, y que sólo lo mostraban por sus brutales matones. Sam se había alegrado de salir de allí y de alejarse del odio en los ojos de las madres. De los tramperos que conocía, pensó que no había ninguno que fuese capaz de aprovecharse de los débiles o indefensos, y mucho menos de torturar por puro placer diabólico. Sam había observado que en la naturaleza inferior a los humanos nada mataba excepto para comer, o por sus compañeros, o en defensa de sí mismo o de los suyos. Los seres humanos, en lo que llamaban las zonas civilizadas, habían llevado el matar hasta un nivel tan repugnante que algunos hombres realmente mataban por un puñado de monedas o por el simple y morboso placer de hacerlo. Los pieles rojas convertían la guerra en una filosofía y un modo de vida, como hace el torero con el toreo. Para su país, que recientemente había asaltado a un débil vecino y le había arrebatado la mitad de sus tierras como los pumas más fuertes les arrebatan los conejos a los más débiles, no era una filosofía ni un modo de vida. Jim Bridger decía que en Washington lo estaban llamando Destino Manifiesto. Los indios, guerreando unos con otros, parecían estar bien igualados, hombre a hombre y nación a nación; o al menos aquello era cierto entre los más belicosos. Que hubiese tribus que amasen y buscaran la guerra e hicieran una filosofía de ello; que matasen a plena luz y pasión del heroísmo, cuando las emociones estaban más inflamadas, cuando un hombre apenas sentía la bala, la flecha o el cuchillo y cuando, si era mortalmente herido, entonaba su canción fúnebre y moría de un modo limpio, alzando las alas… A Sam todo aquello le parecía bien. Quizá la verdad (creía verla ahora) era que el joven que se había lanzado al río había tenido una muerte maravillosa: en los últimos momentos había tenido al enemigo por el cuello y le estaba asfixiando; y la sangre le hervía y su hambre de gloria estaba justo a las puertas del cielo. ¿Cuántos hombres en un siglo llegaban a la muerte con un triunfo así? ¿Cuántos alcanzaban la consumación de todo su valor y fuerza en un último instante supremo y cegador? Todos salvo unos pocos morían chirriando, irritados y quejándose, costrosos y marcados, medio ciegos y medio sordos, enfermos de soledad y autocompasión, y tan lejos del triunfo y la gloria como un viejo petirrojo escondiéndose por la oscuridad del bosque arrastrando las alas.
Después de pensarlo, Sam se sintió un poco mejor. Eran unas disquisiciones muy elaboradas para un trampero y después de llegar a una conclusión se sintió cansado. No percibía que su amor por la vida era tan exorbitante y voraz que matar por placer le resultaba tan extraño como el ascetismo, su inseparable gemelo. Prefería con mucho cantar a disparar; yacer sobre un campo de lirios de montaña o en un huerto de ciruelos y lilas, inhalando los maravillosos aromas que llenaban el aire y la tierra que cabalgar para matar a un hombre que avanzaba con la esperanza de matarlo a él. Prefería estar sobre la cumbre de una montaña y gritarles a los cielos las últimas notas de la Sinfonía en do menor de Beethoven que seguir las cornetas y a Zachary Taylor a Resaca de la Palma y Buena Vista.
En su disquisición Sam notaba el boceto de una sinfonía. Un día o dos después llegó al meollo: había perdido a un hijo y supuso que ahora ya nunca tendría uno. Había perdido a uno en el Little Snake y a otro en el río: Sam era incapaz de ignorar la cara convulsa por la pasión y los ojos negros ardiendo de coraje y odio; o las palabras, entre tantas, que su padre había dicho en voz alta con inquietud: «Y donde yacen los muertos allí está ella, la madre águila». No podía dejar de pensar en Kate, pues allí donde estaban los muertos, estaba ella, en otro mundo y en otro camino. Supuso que no había mucha diferencia entre la madre águila y la humana, el padre humano y el lobo. Pero sobre las pasiones de Kate se proyectaba una luz celestial que era como los ojos del alba, la luz de los vivos. Aquello era lo que lo dejaba perplejo y lo inquietaba. Dios había dicho, aunque él ya no recordaba de qué ni de quién, que una luz brillaba y que los ojos eran como los ojos del alba; y Job había dicho: «Yo te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos».
Tras una semana ocultándose de día y abriéndose camino hacia el norte, Sam creyó ver al fin a Kate mientras estaba sentado sobre su caballo en la cima de una colina y miraba a sus flores. Ese año tenía todo un jardín; vio que había plantado algunas de las semillas que él le había llevado. Eso indicaba, con certeza, que ella sabía lo que hacía, o que Dios guiaba su mano. Al acercarse, las flores le parecieron encantadoras, aunque prefería las silvestres, las columbinas, los lirios y las gilias y cien más. Creyó que había plantado algunas columbinas; si lo había hecho, la gloria de sus pétalos abiertos parecería tan fuera de lugar en aquella región árida y solitaria como los rizos rubios y los risueños ojos azules de una niña.
Kate salió de entre los árboles del río, cubo en mano. Mientras subía por la colina, Sam estudió su jardín. Sin duda estaba creando una maravilla de colores y fragancias sobre sus hijos, las flores más altas hacia el norte y las otras cayendo hacia el sur. En la parte norte había un espacio abierto; allí era, supuso, donde se sentaba cuando hablaba con sus hijos o les leía el Libro. Cuando subió con el cubo, él la llamó señora Bowden y le preguntó cómo estaba, pero ella no le miró. Era como si, teniendo sólo una pequeña parte de consciencia, la dedicase por completo a sus flores y a sus hijos. Diciéndole que había limpiado, aceitado y bruñido su rifle, se sentó junto a la puerta de la cabaña. Entonces, rápidamente, tomó su rostro con las dos manos y le besó en la frente, diciendo: «Yo le subiré este cubo»; pero cuando trató de quitarle el cubo de la mano, ella hizo un movimiento feroz y Sam dio un paso atrás. La observó mientras bajaba la colina; cada año parecía más pequeña, más frágil, más gris. Cuando desapareció entre los árboles del río, Sam miró hacia el túmulo; luego a las plantas de salvia y las flores; y al final al largo cuchillo y el pesado revólver que colgaban de su cinturón.
Aquella noche, mientras se fumaba una pipa, vio salir la luna; pronto estaría ella en el jardín, hablando con sus ángeles. Era una lástima que no tuviese árboles allí arriba. Se preguntó si debería trasplantar un sauce del río, un guillomo o un chopo. Si tuviese una alameda podría escuchar la maravillosa música de las hojas cuando los vientos suaves susurran entre ellas y descubrir la alegría de sus dorados y amarillos en el otoño.
Supuso que al menos debería subir y sentarse con ella. Estaba junto a las flores del extremo norte, delante de las plantas de salvia, con el Libro en el regazo. Sam se habría sorprendido de saber en qué estaba pensando, porque se estaba diciendo que hasta ese momento no se había dado cuenta de lo hermosos que eran sus hijos o lo adorable que era su hija. No habían envejecido desde aquella noche en que bajaron del cielo para arrodillarse ante ella. Pero ella no lo había pensado. Habría dicho que los ángeles no envejecen, sino que eran siempre iguales. Dado que la luna era llena y amarilla como un melón, la belleza de su hija era exquisita cuando le sonreía y asentía ante su madre entre el follaje de la salvia. Llevaba una celestial tela vaporosa tan delicada como la seda de una araña que nadie había visto en la tierra, porque allí no se encontraba. Kate no veía los hombros de sus hijos pero sabía que estaban vestidos de un brillo sedoso que no era de esta tierra.
Les leyó primero las palabras de Isaías: «… levantarán las alas como águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán». Todo el día, mientras subía agua a la colina, había murmurado esas palabras una y otra vez, pues esperaba en el Señor tan bien como sabía y no estaba cansada. En su alma, junto a aquellas palabras, había otras: «El desierto y el lugar desolado se alegrarán por ellos; el yermo se regocijará y florecerá como la rosa». Sam se puso de pie tras ella, fumando su pipa y escuchando las palabras: la lengua de los mudos cantará porque aguas brotarán en el desierto y torrentes en el lugar desolado. Habrá allí una calzada donde no habrá bestias feroces; y se alejarán la tristeza y el gemido.
Los hijos le sonrieron y todas las flores asentían suavemente; y tras unos minutos la madre comenzó a entonar una vieja canción que las madres del mundo entero les cantan a sus pequeños; y tras ella una armónica sonaba suave y queda. Sam se había retrasado y se apoyaba ahora en la cabaña con el rifle a su lado. Se preguntó si ella creía que la música venía del cielo. ¿Quién podría decir que no era así? Tras unos minutos tomó la iniciativa y tocó las sencillas canciones que su madre les había cantado a sus hijos; y en voz baja y cansada Kate le dio palabras a su música. Durante casi dos horas él tocó y ella cantó y ni una sola vez ella se giró para mirarlo ni pareció saber que estaba allí. Entonces él se apartó silenciosamente de su vista.
Al día siguiente pensó en quedarse y volver a tocar para ella pero reflexionando se dijo que sería una crueldad. Si ella de verdad creía que la música venía del cielo sería mejor no usarla en exceso, no fuera a ser que descubriese que no era así. Porque el artista que tenía dentro le decía que el cielo tenía que ser algo que uno sólo pudiese alcanzar en raras ocasiones y anhelar alcanzarlo una vez más. Sería mejor marcharse, porque ahora ella tenía abundancia de frutos y nueces, azúcar y harina. Quizá volvería el siguiente otoño, después de la reunión en Three Forks, para llevarle carne para el invierno y volver a abrir una ventana celestial a la música de modo que las melodías de antaño alcanzasen su alma en recuerdo de sus seres queridos muertos, y de los de él.