25
No tenía comida, ni siquiera una semilla o una raíz, cuando llegó a la Divisoria Continental y vio un mundo blanco y helado que llegaba hasta la delgada línea de árboles de un río, a veinticinco o treinta kilómetros. Más allá del río estaba el páramo invernal que llevaba hasta la cabaña de Kate. El Missouri bajaba de la zona de Three Forks y, pasando a través de las Puertas de las Montañas, giraba hacia el noreste. Aquello de más allá era territorio de bisontes. También era territorio Pies Negros. Sería territorio Pies Negros hasta el Musselshell. No se le ocurría nada de comer a lo que un hombre pudiese echarle la mano encima; incluso el tuétano rancio de los huesos de animales muertos se habría perdido bajo la nieve.
Cogió ramas de arbustos de coníferas, dejó una pila en la helada nieve y se sentó encima. Quitándose el mocasín izquierdo, levantó el pie y lo puso sobre el muslo. El problema con las heridas en los pies era que nunca tenían la posibilidad de curarse; en ese pie tenía una docena de heridas; durante sus horas de descanso o de sueño intentaban cicatrizar, pero cuando volvía a caminar las costras se ablandaban y se caían. Tenía heridas en ambos pies, pero no servía de nada quejarse. Un trampero no se preocupaba por las heridas pequeñas y no mucho por las grandes. Podía seguir adelante durante años con flechas clavadas o durante meses con heridas abiertas en el muslo o el vientre.
El problema de Sam era la comida. Sería una amarga ironía escapar a la tortura y la muerte sólo para caer agotado en la pradera y ser devorado por los lobos. Allí abajo había muchos lobos y coyotes y todos estaban hambrientos. Estaban por todas partes en aquellos grandes espacios helados hasta donde alcanzaba la vista y mil kilómetros más allá; lo seguirían, esperando poder comerse su ropa de cuero y devorarlo vivo cuando al fin cayese y no volviese a levantarse. Los pisaverdes allá en el Este contaban historias sobre feroces lobos devoradores de hombres que seguían a indefensos viajeros y los atacaban en solitarios páramos invernales durante las noches septentrionales; pero Sam no conocía ningún ataque de lobos a hombres, y los tramperos tampoco. Los lobos lo seguirían y trotarían a su alrededor día y noche; y cuando durmiese se acercarían para ver si tenía algo que un lobo pudiese comer. El hambre, si era lo bastante aguda, podría obligarlos a atacar a un hombre. El hambre engendraba más héroes que el valor.
Sam no estaba preocupado por los lobos ni por ningún otro animal de la zona que tenía ante él. Le preocupaba la comida y la mujer que estaba más allá, en el frío glacial. Hombre y mujer Él los creó, decía el libro; y allí estaba la mujer, una criatura delgaducha y gris cuya alma y ser estaban fijos en sus hijos muertos; y allí estaba el hombre, muriendo de hambre. Los dolores del hambre eran como los que se imaginaba si dos rudas manos estuviesen estirando de sus tripas y haciéndoles nudos desde dentro. Mientras examinaba sus pies comía nieve o exploraba el distante río en busca de humo. Al sureste vio lo que tomó por las Montañas Big Belt. No creía que ningún trampero estuviese cazando por allí ese invierno. Las Montañas Bear Paw estaban en alguna parte delante de él pero no creía que tampoco hubiese nadie cazando allí.
Le parecía extraño que en una tierra donde el Creador había dejado tal cantidad de cosas para comer no encontrase nada a lo que poder echarle mano. Aunque hubiese tenido un arma no había visto nada a lo que dispararle, excepto a aquel oso. Pensó que habría bisontes junto al río, y posiblemente ciervos y uapitíes; podría encontrar uno enfermo o herido al que pudiese alcanzar o quizá encontrar huesos de espinazo junto a las orillas. Había oído hablar de hombres que hacían trampas para conejos y aves, pero no tenía nada con lo que hacer una. Pelando la corteza de una pícea se frotó la savia contra las heridas y se puso los mocasines. El par exterior de los tres que llevaba estaba roto en partes y en otras gastado y el segundo par estaba roto. Si sobrevivía suponía que aparecería en alguna parte cubierto por harapos de cuero, veinte kilos más flaco y diez años más sabio.
Estaba a punto de levantarse cuando decidió lavarse la barba. Mirando hacia abajo había visto manchas y, aunque no era un hombre meticuloso, trataba de estar limpio. Metió ambas manos en la nieve bajo la costra de la superficie y se frotó la nieve por el pelo, las cejas, la frente, por encima de la cabeza y alrededor del cuello. Tras un rato se tiró de la barba, echó un vistazo hacia abajo y no vio manchas de sangre del indio muerto. Supuso que la sangre debía de haber salido de la nariz del guardián, pero no había sido consciente de ello en el momento. Con el cuchillo se cortó la barba en dos hasta la barbilla. El pelo que había cortado lo dejó en un montoncito para que lo encontrasen los Pies Negros.
Se levantó y empezó a descender la montaña hacia el Missouri. Le dolían los pies y las manos de dentro de su vientre seguían haciéndole nudos, pero aparte de eso se sentía bastante bien. Calculó que podría llegar al río antes de la medianoche. Subido en la manta a modo de trineo, bajó por empinados barrancos donde había poca vegetación usando el cuchillo y el hacha para darse impulso o para frenar su velocidad. Creía que la nieve era una de las mejores obras del genio del Creador y compadecía a la gente de climas cálidos que nunca la habían visto. Había oído decir a Windy Bill que si hubiese mucha nieve en África no habría negros de labios gruesos y narices achatadas. Bill decía muchas cosas de esas. A Sam le encantaba la nieve tanto como la lluvia, los vientos, el trueno, las tempestades; a la gente que decía: «No sé cómo te puede gustar la nieve», o «No sé cómo te puede gustar el viento», la consideraba indigna de estar viva. Más allá, muy al sur de donde estaba, se encontraba el río Wind y las Montañas del Río Wind, e interminables kilómetros de erosionadas formaciones coloridas modeladas por los vientos. Kit Carson decía que en alguna parte bajando el Colorado había una zona inmensa de puentes, monumentos y formaciones de piedra naturales que parecían viejos castillos. Durante siglos, durante eras, desde el principio, los vientos habían soplado allí y desde luego eran mejores escultores que Fidias. Allí donde fuese un hombre, desde las maravillas de las Colinas Negras a las caras graníticas de las Teton, desde el cañón de Yellowstone al del Snake, el Green y el Colorado, se veían los maravillosos partenones que los vientos y el agua habían construido. «¿No te gustan?», le había dicho Garras de Oso Meek a un pisaverde que se burlaba de las Teton. «Güeno, tampoco me creo yo c’al Todopoderoso le gustes tú tampoco, así que, ¿por qué no te güelves con tu mamaíta?»
Tras descender la montaña, Sam se detuvo en las blancas llanuras mirando a través de la fría neblina invernal hacia el río. Luego comenzó a andar dando grandes zancadas en la nieve que le llegaba por encima de las rodillas con todos los sentidos alerta, pues sabía que moviéndose contra el fondo blanco era tan llamativo como una verruga negra en la nariz de una mujer hermosa. Si había indios en el río podían verle llegar, pero no había visto rastro de humo. El anochecer comenzaba a filtrarse en el cielo invernal cuando el río, calculó, estaba aún a quince kilómetros; ya hacía dos horas que había anochecido cuando llegó. Había huellas en la nieve, pero no vio ser vivo alguno y no oyó ningún ruido.
Aquí y allá junto al borde del agua encontró huesos y escogiendo un par de fémures y algunos de un cuello, se sentó oculto cerca de un matorral mientras con un palo verde afilado sacaba el tuétano de los huesos. Con la lengua y los labios chupó el tuétano del palo. Estaba peor que rancio; sabía a extremadamente viejo, a descomposición y muerte. Pero en cierto modo era comida y le ayudaría a seguir adelante. Tras comer tuétano hasta que le asqueó, buscó entre los matorrales del río rosales silvestres, groselleros o guillomos. Encontró escaramujos y unas cuantas bayas todavía en los arbustos y con un puñado de ellas regresó a los huesos. Los rosados y carnosos frutos siempre le habían sabido a madera vieja. Los mezcló con algunas grosellas y guillomos marchitos con pasta de tuétano y devoró la nauseabunda combinación, animándose con relatos de hombres que habían vivido durante días con comidas semejantes a aquella. También masticó y se tragó algunas de las astillas de los huesos, después de haber machacado un fémur para conseguir el tuétano. Los huesos eran duros de roer y no sabían a nada.
Se pasó unas dos horas haciéndose la cena. No eran filetes de solomillo y panecillos calientes con sebo, ni urogallo asado bañado en grasa de riñón, pero bastaría hasta la mañana. Después de comer ató varias piezas de madera con resistentes ramas de los arbustos. Con las armas envueltas en la manta y una larga pértiga en la mano, empujó la balsa a la corriente y al llegar a la mitad se tumbó, apoyando la barbilla sobre los antebrazos para observar la conmovedora escena que tenía delante. Aunque sabía que podía morir de frío o de hambre o volver a ser capturado, no podía ignorar su insaciable deleite ante el asombroso mundo, desde las majestuosas cordilleras al más diminuto charco de barro borboteante. Debajo de él se encontraba un maravilloso panorama de color y luz. Por todo el río el agua del fondo había estado congelándose y las formaciones de hielo en las profundidades estaban reflejando la luz de la luna llena y proyectando figuras como algunas de las que había visto en las cavernas de las Colinas Negras. Debido a que la corriente lo llevaba hacia el norte a una velocidad de unos ochocientos metros por hora, las escenas que veía debajo de él, aunque similares, nunca eran las mismas. Cuando movía la balsa con la pértiga hacia la orilla este y llegaba a un profundo y tranquilo remolino, veía a medio metro o un metro de él una multitud de lo que los tramperos llaman chupones, una especie de pez blanco, con absurdas boquitas redondas que fruncían y movían mientras respiraban. ¡Si tuviese una docena de ellos y su acero y yesca para hacer un fuego, qué banquete se daría!
Una hora después estaba en la orilla este mirando hacia el este. El río Judith y las montañas estaban en alguna parte delante de él, pero no veía rastro de ellas en la noche de la pradera. Durante doscientos kilómetros no habría nada excepto los lobos que lo seguían. Un hombre bien armado, bien aprovisionado y con un par de mantas calientes no habría dudado en emprender un viaje así, incluso a temperaturas bajo cero, pero uno apenas abrigado, con una manta y sin comida ni modo de conseguirla, sin duda moriría en el camino. Los tramperos habrían dicho que, aunque pudiese caminar cincuenta kilómetros al día, sin comida tardaría al menos cinco días en llegar al Musselshell.
Aquellos eran los pensamientos de Sam mientras se arrastraba bajo un refugio de sauces tapado por la nieve a esperar la mañana. No se atrevía a dormirse. Cuando al fin llegó el amanecer, pálido y helado, miró arriba y abajo por la orilla del río. No había nada que comer excepto el repugnante tuétano rancio, unos pocos escaramujos, grosellas blancas marchitadas en la rama. Se bebió medio litro de agua del río y miró hacia el sureste. «Sam» dijo, hablando en voz alta, «ahora es cuando sabremos si eres un hombre o un niño». Sabía que las palabras eran puras bravuconadas. No tenía motivo alguno para creer que podía cruzar aquella vasta llanura blanca, pero no tenía elección, excepto flotar por el río y volver a ser capturado. Después de haber caminado kilómetro y medio, se detuvo sobre una colina en el blanco páramo, un gigante velludo vestido de cuero marrón con una manta sobre el hombro izquierdo, un cuchillo inútil en una mano y un hacha inútil en la otra. Haciendo gestos hacia el cielo, con el cuchillo resplandeciendo en la pálida y fría luz del sol, gritó: «¡Padre Todopoderoso, me has ayudado hasta ahora, ayuda a Tu hijo un poco más!» Es todo cuanto dijo; pero estaba pensando en las palabras en el idioma Crow: Hombre anciana sus hijos sus fantasmas, allí, en las noches más negras están, en la artemisa están llorando. Más allá estaba ella, sin un fuego, acurrucada en sus mantas a veintitrés bajo cero, hablándole a sus hijos en la artemisa llorando. Si una mujer podía soportar tales inviernos por amor, ¿podía un hombre soportar menos por una mujer e hijo muertos?
Tom Fitzpatrick le había dicho a Jim Bridger: «Nunca he conocido a un tipo que ame la vida como Sam. Para él cada hora es una pepita de oro». Aquellas eran palabras elaboradas para un trampero, pero Tom había leído mucho y se le daba bien expresarse. Parte de la fuerza que empujaba a Sam a recorrer penosamente las blancas praderas era el amor a la vida, la alegría por la salud y la juventud que lo llenaba como lo llenaba la música más alegre de Mozart; y parte era su creencia de que la tierra sobre la que caminaba había sido diseñada por el mejor de todos los artistas, y que si un hombre tenía el coraje y la fortaleza mental para no fallarle, la tierra no le fallaría. En la tosca filosofía de trampero de Sam aquellas personas que se convertían en siervos de la tristeza y la melancolía nunca habían reunido ni puesto a prueba más que una parte de lo que había en ellos y así se habían fallado a sí mismos y a su Creador. Si era parte del plan inescrutable que sobreviviese a aquella terrible experiencia y volver a cubrir de lirios los huesos de su esposa e hijo, la fuerza estaba dentro de él, esperando, y él sólo tenía que invocarla, toda, y utilizarla sin pestañear ni lloriquear. Si demostraba ser una pieza digna en el edificio del Gran Arquitecto, viviría; en la filosofía de Sam aquello era prácticamente todo lo que importaba.
Tenía la intención de invocarla toda, hasta el último y desesperado átomo. Caminaría y descansaría, caminaría y descansaría; y si no había nada que comer, descansaría y volvería a caminar. La aureola del sol le decía que la temperatura estaba bajando. El frío podría ser mejor para él que la nevada, pues si tenía que atravesar nieve más alta que aquella pronto fracasaría. Nada agotaba tanto a hombre o animal como andar entre nieve blanda a la altura de la ingle. Mientras andaba, Sam veía su rumbo como una línea un poco al norte de lo que creía que eran las Montañas Little Belt. Sería a unos cien o ciento veinte kilómetros del río Judith donde podría encontrar bayas y huesos, o un conejo al que pudiese lanzarle su cuchillo, o el reseco pellejo de un viejo animal muerto. Para mitigar un poco el constante dolor de su estómago de vez en cuando cortaba un pedacito del borde de sus pantalones. Un hombre podía masticar un pedazo de cuero curtido durante una hora sin resultado alguno excepto que se convertiría en una pulpa blanda e impermeable que le llenaría la boca. Lo que Sam hacía era chupar el humo y los tintes y tragárselos. Cuando estuvo lo bastante lejos del río como para sentirse seguro, comenzó a cantar; ¡y qué estampa formaba, una criatura alta de color pardo en un mapa blanco, cantando a voz en grito un aria de Mozart para Lotus! Estaba recordando las veces que le cantaba y tocaba y las pocas veces que ella cantó con él. Pensar en ella le recordó los banquetes compartidos, de modo que después cantó el aria del Champán. Luego cantó todo lo que se le ocurrió que expresara el milagro de estar vivo y poder cantar. Había pájaros que cantaban la mitad del tiempo y había gente que se quejaba la mitad del tiempo. Los pájaros eran dignos de su belleza y sus alas. Había criaturas como el glotón que nunca cantaban, pero andaban gruñendo y chasqueando los dientes entre las sombras día y noche. El uapití macho cantaba, también el alce macho y el bisonte macho estaban a menudo tan llenos de vida y alegría que pateaban, bramaban y daban vueltas y vueltas, abriendo los ojos ante las maravillosas praderas y la hierba de oso con sus largos tallos y sus cúpulas de flores blancas. Un turpial se posaba en una rama y entonaba exquisitas canciones la tarde entera, un zorzal podía cantar las variaciones de su pequeña sonata hasta que lo venciese el sueño, y un azulejo subido a la copa de un árbol era capaz de vaciarle su alma a la primavera en una larga y dorada mañana. El chipe de cola larga hablaba toda la mañana, la tarde y la noche y desesperaba en sus esfuerzos por expresar las maravillas de todo aquello; y el increíble sinsonte avergonzaba y dejaba en evidencia a todos los músicos…
De ese humor estaba Sam mientras pasaba por quebradas y subía colinas. La nieve vieja de debajo estaba helada pero encima había alrededor de treinta centímetros de nieve reciente, blanda y agradable bajo sus mocasines. De vez en cuando miraba atrás hacia el profundo rastro que iba dejando. Con el sol de la mañana un indio, desde la altura, podría verlo, pero creería que era un rastro de lobo. Sam había decidido caminar sin detenerse, si podía, todo el camino hasta el río Judith, pero, cuando se encontraba a veinticinco kilómetros del Missouri, vio los primeros lobos y poco después encontró huesos de liebre. Escogió algunos de ellos, pero estaban mondos. Se habían comido hasta la piel. Tomando consigo los huesos más grandes hasta que llegó a una roca, los aplastó con el hacha y chupó un poco de grasa de tuétano y blanda pulpa de hueso.
Cinco lobos decidieron seguirlo. No le importó. Dado que no parecía renqueante ni viejo, sabía que no pensaban poder comérselo. Tenían curiosidad y estaban esperanzados. Sam suponía que se preguntaban qué hacía allí en territorio de lobos solo y qué pretendía hacer. Un lobo sabía cuándo un hombre llevaba un rifle; entonces era más cauto. Algunos tramperos creían que lo reconocían como un arma; otros, que olían la pólvora. Hasta la urraca era más osada cuando un hombre no llevaba rifle.
Los cinco lobos lo seguían a una distancia de unos treinta metros, pero de vez en cuando el más osado de ellos, un lobo grande que pesaría, calculó Sam, unos sesenta y cinco kilos, se adelantaba a los otros trotando; y si Sam se detenía y se volvía el lobo se paraba, con las orejas hacia delante, la boca abierta y mirándolo. La lengua descansaba sobre sus caninos inferiores, largos y curvados, pero dado que era demasiado ancha para el espacio que había entre los dientes se apoyaba entre las puntas de los colmillos. En los ojos tenía grandes agujeros negros como pupilas y un iris que a la luz de la nieve parecía verde pálido. La cara no parecía feroz sino sólo curiosa, casi amistosa; pero Sam sabía que el largo cuerpo delgado estaba hambriento y que a su modo animal el lobo lo contemplaba como algo a lo que comerse. «Supongo», dijo Sam, «que tendrías mejor sabor que el tuétano viejo y los escaramujos, pero no lo sabré nunca si no te acercas más». Creía que a diez metros podía acertarle al animal en el corazón con su cuchillo.
El lobo se volvió tan osado que se acercó hasta quince metros, pero cuando Sam movió el cuchillo para arrojárselo el lobo de repente se volvió hacia atrás. Una vez el lobo apuntó con el hocico al cielo y, casi cerrando los ojos, abrió sus pulmones a toda potencia emitiendo la gélida señal invernal. Era aquella llamada de apareamiento la que hacía que los pisaverdes temblasen durante toda la noche. Por qué el Creador había decidido que ese animal se aparease durante las nieves del invierno era otro acertijo; la mente mortal no era capaz de ver la sensatez de muchas de las disposiciones del plan divino. Si, pensó Sam, hubiese tenido orina de un lobo cuando estaba a ciento cincuenta kilómetros de allí, lo hubiese lanzado contra el primer árbol que encontrase y ese torpón se volvería loco después de olerlo. El perro de ciudad y el perro de campo actuaban de modo muy parecido al encontrarse. Si tuviese una trampa y un conejo de cebo… Pero si tuviese un conejo no estaría pensando en cenar carne de lobo.
A una media de ocho kilómetros a la hora excepto en las quebradas donde la corteza cedía bajo sus pies, Sam caminó el día entero; y cuando cayó la oscuridad calculó que sólo estaba a unos treinta kilómetros del río Judith. Las estribaciones septentrionales de una cordillera llevaban ya un tiempo a su derecha, pero no había visto rastro de ciervos ni de nada vivo. A lo largo del Judith, como a lo largo de la mayoría de los ríos, habría bisontes alimentándose de las hierbas del fondo del río y de arbustos. Esperaba encontrar a uno que estuviese viejo o enfermo. Entumecido por la fatiga y el hambre, siguió caminando. Dos horas tras el anochecer, tres, cuatro, siguió caminando con los cinco lobos trotando tras él.
Entonces llegó al río y lo primero que hizo fue encontrar un espacio abierto, tumbarse y beber. Con la noche el frío había aumentado y el hielo le quemaba las orejas. Buscó por toda la orilla arriba y abajo hasta que encontró un refugio bajo el que se pudo arrastrar y con el hacha excavó en la tierra más profundamente de lo que llegaba la helada, excavando una zona lo bastante grande como para que cupiese. Estaba protegido por un denso matorral cubierto de nieve por todas partes menos por el lado del río. Había esperado poder dormir, pero tras acurrucarse en la manta la tierra le pareció tan fría y el aire que había sobre él tan gélido que se incorporó y estudió su problema. Sin comida podría caminar otros dos o tres días, pero dudaba de que pudiese conseguirlo sin comida y sin dormir. El pensamiento le pareció tan cobarde y vergonzoso que trató de alejarlo; y mientras se esforzaba por hacerlo se le ocurrió que debería reírse. Preguntándose de qué podría reírse, pensó en los cincuenta y siete bravos correteando por todas partes como enormes hormigas rojas, o avispas, cuya casa hubiesen destruido. Así que lanzó un grito que se podía haber oído a un kilómetro en los dos sentidos del río y entonces comenzó a cantar: «¡Eh, ven, ven, Sammy! ¡Eh, venid, Sam y Joe!» ¿Se había reído alguna vez Hugh Glass mientras se arrastró los ciento cincuenta kilómetros? ¿O Colter, mientras se deslizaba en la noche desnudo, hambriento, con los pies llenos de púas de cactus?
Ahora se alzaba ante él, mientras temblaba, una vívida imagen de los indios. Un bravo se había acercado con una segunda bebida para el guardián y lo había visto allí tirado, muerto, con los ojos desorbitados y la lengua fuera. Chillando, había corrido hasta el jefe; y medio borrachos y ahítos de carne de uapití medio cruda, los pieles rojas habían corrido hasta la tienda para ver con asombro a uno de sus más valientes. Entonces se desató el infierno. El campamento indio debía de ser como un hormiguero alrededor del que unas squaws hubiesen prendido fuego. ¡Qué olores! A apestosa pintura de guerra, a humo, a ron, a perros que aullaban y a ira; ¡y qué rugidos de furia y frustración! Qué salvajes ladridos de los perros, qué aterrados resoplidos y relinchos de los caballos; ¡y entonces qué locura desatada cuando cincuenta y siete hombres, agarrando sus pistolas y tomahawks, corrían por aquí y por allá, al este, el oeste, el norte, sus sentidos nublados por el ron y sus negros ojos tornándose amarillos!
La idea que Sam se había hecho de la escena le dio algo de calor. «Cuando esta anciana ella hacia él va él se fue». Sam podía imaginarse los ojos del jefe llegándole casi hasta las mejillas cuando, inclinado a la tenue luz del teepee, no pudiera dudar que el Terror había matado a un poderoso guerrero con las manos desnudas. Sam resopló, se rio y tiritó. Estaba calentándose el cuerpo y el alma. «El jefe y yo», dijo quitándose una lágrima, «tendremos un encontronazo el próximo verano».
Se levantó y por tercera o cuarta vez se envolvió en la manta, tirando de ella como si tirando pudiese alargarla, pero sólo le llegaba desde la barbilla a las rodillas. Haciendo lo que pudo con ella, volvió a tumbarse en el agujero, con el cuchillo y el hacha al alcance, ambas manos agarrando los bordes de la manta para sostenerla. Donde más frío sentía era en la parte baja de las piernas y en los pies. Intentándolo de nuevo, se tumbó sobre la tierra del lado izquierdo, levantó las rodillas y se tapó con la manta, sujetando la parte trasera con la espalda y el trasero y la delantera con las rodillas y las manos. Y aunque la temperatura era de veintiséis bajo cero, Sam se quedó dormido con cinco lobos acercándose para olerle.
Los lobos estaban fuera esperando cuando Sam se despertó cuatro horas después, helado hasta la médula y tan tieso que lo único que podía mover era la cabeza. No sentía nada en las manos ni en las piernas y sólo con un supremo esfuerzo pudo al menos incorporarse. Los pinchazos del hambre eran tan agudos como puntas de cuchillo cuando salió arrastrándose del refugio y se puso en pie como un gran cadáver animado. Mientras sacudía brazos y piernas para hacer correr la sangre, sintió que mientras estaba dormido había estado cerca de morir congelado. Mirando al este hacia la gris mañana, se preguntó cómo le iba a Kate.
Durante unos minutos trató de detener su violenta tiritona y pensar en cosas que le diesen fuerza. Estaban las flores de la montaña; las mariposas, las caléndulas y los lirios de montaña, las anémonas de bosque, las violetas y las amapolas, las columbinas y las castillejas y laderas enteras cubiertas de lilas. En el pasado le había parecido que las flores más preciosas y los temas musicales más dulces no eran sino dos aspectos de la misma gracia; pero ahora la relación le parecía un poco forzada. Trató de tararear una canción de Schubert mientras se decía que cuando llegase la primavera subiría a los neveros y recogería un gran ramo de lirios para dejarlos junto a los huesos de su esposa e hijo. Los espasmos musculares eran tan fuertes que empezó a pellizcarse y golpearse, a mover los brazos con energía y saltar arriba y abajo; y a sesenta metros de él cinco lobos estaban sentados sobre sus patas traseras mirándolo.