2
John Bowden era un hombre testarudo. A su testarudez él la llamaba fuerza de voluntad. En su ciudad un abogado le había dicho a la cara: «Eres el cabezota más inflexible, recalcitrante y obcecado desde la época de Adán». La caravana que se dirigía a Oregón, de la que John y su familia formaban parte, había acampado en Big Blue cuando Bowden, furioso e impaciente, le dijo al capataz que el viejo mapa que llevaba consigo tenía razón y que, de hecho, como ya le había dicho antes, señalaba una ruta mejor y más corta que la del Paso del Sur y el interminable desierto. ¿Por qué ir por el río Platte y el Sweetwater, simplemente porque unos condenados necios habían ido por ahí antes? El capataz, como había hecho en encuentros anteriores, se había negado a escucharle y le había dicho bruscamente que se fuera, momento en el que Bowden había desenganchado su carreta de la caravana y con su mujer y tres hijos emprendió uno de los viajes más fantásticos y peligrosos de la historia de la humanidad.
Con él iban su esposa Kate, su hija Lou, de dieciséis años, su hijo John, de catorce y su hijo Robert, de doce. Mientras los otros componentes de la caravana observaban a Bowden y a su familia desaparecer lentamente hacia el noroeste pensaban que se había vuelto loco. Creyeron que no volverían a verlos nunca. El porfiado e imprudente tipo se jugaba su vida y la de su familia basándose en un mapa que nunca había servido para nada y en su conocimiento de las tierras del Oeste, aunque nunca se había alejado más de cuarenta kilómetros de la puerta de su casa en Pensilvania. Con su familia se internó en territorio Cheyenne, luego en territorio Crow y finalmente en territorio Pies Negros, o lo hubiese hecho de haber encontrado por dónde vadear el Musselshell. Durante casi mil trescientos kilómetros recorriendo tierras salvajes de indios hostiles, atravesando docenas de ríos y cientos de riachuelos, rodeando grandes cadenas montañosas, aquel hombre tenaz y obstinado continuó avanzando sin dudar nunca de sí mismo, sin mirar atrás jamás. Tuvo la suerte de mil estúpidos: ni una carreta entre mil podría haber atravesado aquella vasta distancia donde ninguna otra había llegado. Que a él y a su familia no les hubiesen acechado los indios, los hubiesen matado y arrancado la cabellera mucho antes de que alcanzasen el Musselshell o incluso el río Cheyenne o el Powder se convertiría en una historia increíble que contarían los tramperos alrededor de mil fogatas. ¿Cómo rayos consiguió atravesar el Yellowstone? «M’imagino», dijo Windy Bill, «que miró p’al cielo y caminó sobre las aguas». ¿No los vio ningún indio durante aquel viaje de ochenta días y mil trescientos kilómetros? Ciertamente no, ningún indio los vio; y los océanos de bisontes, incluso los lobos, hasta los grizzlies, huían ante ellos. Ni una sola vez en ochenta días vio el humo de una fogata, excepto el suyo propio. Bowden sabía tan poco sobre los indios que ataba a sus dos bestias por la noche como si estuviese en el patio de su casa y, con la inocencia de los ángeles, él, su esposa y sus hijos dormían un sueño profundo. Kate llegó a creer que le guiaba un poder del cielo que le había comunicado un camino más corto y seguro hacia la costa del Pacífico. Antes de ponerse en marcha había oído historias sobre las dificultades del camino y sobre todas las tumbas que había en la ruta del Paso del Sur. En la ruta que John había tomado había habido dificultades, pero no tumbas.
La cuestión es que, enfurruñado y contrariado, sólo tenía la más mínima noción de lo que estaba haciendo y de dónde estaba. Llegó tan al norte que al final de los ochenta días se encontró en el Musselshell, a sólo unos pocos kilómetros al sur de su desembocadura en el Missouri. Por lo que él sabía, bien podría haberse tratado del Columbia o del Saskatchewan. Nunca había oído que el lunes 20 de mayo de 1805 William Clark, en ruta hacia el océano, había escrito sobre aquel río llamándolo el Shell y el Muscle Shell, anotando en su diario que desaguaba en el Missouri «a 3.650 kilómetros al norte» desde la boca del río. Clark había escrito que tenía 100 metros de ancho y que era de un color verde amarillento. John sólo sabía que era demasiado profundo para vadearlo. Vio fruta madura en la orilla del río y, dado que su desvencijada y chirriante carreta necesitaba alguna reparación, decidió detenerse en la orilla este durante unos días. Es difícil de decir qué habría pensado de haber sabido que un explorador Pies Negros se encontraba tumbado tras un cedro enano y le observaba. Se dijo que haría los arreglos mientras su familia reunía y secaba fruta. El hecho de que decidiese acampar durante una semana al mismo lado del territorio Pies Negros indica el insondable alcance de su ignorancia.
En la mañana en que Samson John Minard subía por el río, Bowden dejó su campamento y tomó un sendero a través de una hondonada en busca de sus dos caballos. Cuando media hora después no había regresado aún, su esposa primero lo llamó y luego envió a sus tres hijos a buscarlo. Apenas se habían perdido de vista cuando algo, nunca fue capaz de decir el qué, la alarmó tanto que se quedó rígida, escuchando. Pudiera ser que hubiese oído un grito, o posiblemente olió sangre. Agarrando un hacha, corrió por el sendero que habían tomado su marido y sus hijos, y a menos de trescientos metros se topó con una escena que habría dejado de piedra a una mujer más débil. En el primer instante de asombro y sorpresa vio una imagen relampagueante de varias cosas: a su marido atado a un árbol e inclinado hacia delante con toda la parte superior de la cabeza roja de sangre; a sus dos hijos tirados en el suelo con unos espantosos pieles rojas inclinados sobre ellos; y a su hija, también caída, pero gritando desesperadamente mientras un indio le agarraba del pelo y alzaba el tomahawk.
Kate se convirtió no en piedra, sino en una tigresa. Su furia era tal que su fuerza se multiplicó por diez al abalanzarse hacia delante levantando el hacha. Se movió con tal devastadora velocidad y sus golpes eran tan certeros que cuatro guerreros cayeron antes de darse cuenta de que una vengadora los atacaba. En el momento en que el tomahawk cayó sobre la hija, ella enterró siete centímetros su hacha en una columna vertebral en la base del cráneo. Los dos golpes fueron simultáneos. Sin prácticamente pausa alguna, voló hacia un guerrero que estaba inclinado sobre su hijo y le abrió el cráneo con tal violencia que las dos mitades se hundieron entre los hombros. Al tercero y al cuarto también los derribó de un solo trompazo. Todo había terminado en cuestión de unos pocos segundos. En el momento en que se volvía hacia su hija, dos indios cortaron las ataduras de Bowden, lo cargaron sobre un caballo y huyeron por el río antes de que Kate pudiese entender lo que habían hecho. Media docena de indios y un hombre sin cabellera y muerto, o moribundo, habían desaparecido y Kate Bowden se quedó en pie, temblando de furia y locura con sus hijos y cuatro indios muertos a su alrededor. Con la furia maternal convertida en náusea, con todo el cuerpo sacudiéndose tan terriblemente que se movía como un juguete mecánico, se mantuvo en pie con sangre india sobre el pelo, la cara y las ropas, sintiendo tan inmensa y completamente el horror que su mente consciente estaba eclipsada.
Lo único que hizo durante media hora fue arrastrar al indio caído quitándolo de encima de su hija.
Allí seguía temblando, enferma, entumecida y loca cuando apareció un hombre sentado sobre su caballo a cuarenta metros de ella, mirándola. Al instante supo que una partida de guerreros había pasado cerca de él de camino al río.
Veía claramente a las siete personas tendidas, todas las cuales parecían muertas, y a la mujer cubierta de sangre que tenía un hacha ensangrentada en las manos. Había visto a hombres matar a otros hombres. Él mismo había matado y arrancado la cabellera a ocho indios desde que había salido de St. Louis en dirección al oeste. Que el fuerte matase al débil era la primera ley de vida en el mundo en el que ahora vivía, desde los más diminutos mosquitos y arañas al lobo, al alce y al grizzly. No pasaba un día sin que viese a algunas criaturas matar a otras. No pasaba un día en que los enemigos no le mirasen y desearan su carne. Aquella no era una tierra para personas dedicadas a evitar la crueldad de los seres vivos para con otros.
Sam no era un hombre al que pudiese conmover la muerte y la pérdida, pero sí le conmovió la escena que tenía ante él. No los guerreros muertos; esos no le importaban nada. Posiblemente tampoco se conmoviera por los hijos y la hija. Debía de haber sido el modo en que la madre estaba en pie, mirando a su alrededor, hacia atrás y adelante; el modo en que se inclinó ligeramente hacia delante y miró a un hijo y se volvió lentamente para mirar a su hija; el modo en que se arrodilló y observó los rostros muertos y los brillantes cráneos ensangrentados de sus hijos, quienes hacía sólo un momento tenían espesas cabelleras de pelo castaño; o el modo en que se arrodilló y miró a su hija, con el profundo corte del tomahawk sobre la parte superior de la cara y la frente. Tan absorbida se encontraba por los espantosos sucesos que habían desolado su vida y su alma, tan ausente y eclipsada se encontraba su mente consciente, tan lentos eran su pulso y su respiración que casi no se había dado cuenta de haberse quedado abandonada en el mundo sólo Dios sabía dónde.
Sam tenía al menos una ligera idea de lo que había ocurrido. Supuso que aquella mujer, que ahora se encontraba completamente indefensa ante sus enemigos, había matado a cuatro bravos Pies Negros con sólo un hacha. ¿Se quedaría arrodillada ahí todo el día y toda la noche ante sus hijos muertos? ¿Estaba rezando? Había soltado el hacha y se arrastraba hacia atrás y adelante, atrás y adelante entre los niños. Veinte minutos después de que apareciese Sam estaba arrodillada junto a la niña y parecía tratar de vestirla; rasgó un pequeño chal que llevaba sobre los hombros y lo colocó sobre los costados de la niña. Poco después miró hacia el chopo en el que su marido había estado inclinado. En ese momento comprendió lo que le habían hecho, pero lo entendería tan sólo en efímeros momentos de lucidez y sólo durante una semana o dos. Habría algunos breves destellos en la oscuridad en los que sabría que no le quedaba nada más que los muertos, una vieja carreta, ropa de cama, algunos utensilios, un hacha, un rifle…
Al apartarse de su hija vio al hombre grande sobre el caballo. Se puso en pie de un salto, recogió el hacha y echó a correr. Como este se encontraba en el sendero por el que ella había bajado, trazó un amplio desvío a través de la hondonada, corriendo con lo que al hombre le pareció una velocidad asombrosa. Unos momentos después ella apareció caminando en su dirección por el sendero con un rifle en la mano y el hombre sintió una vívida sensación de horror y el vello se le erizó como carne de gallina. Le cambió la expresión de la cara. Santo Dios, ¿tenía intención de dispararle? «¡Mujer, más vale que se detenga!», le gritó, pero ella no se hubiese detenido ni ante una manada de tigres ni ante ríos de fuego. Siguió avanzando, pero a veinte pasos de él se detuvo abruptamente y con ambas manos trató de alzar el rifle y apuntarle. El hombre pensó que estaba temblando demasiado como para poder afinar la puntería, pero colgó su rifle del arzón, pasó una pierna por encima del caballo y se deslizó al suelo con ambas manos por encima de su cabeza. Avanzó hacia ella y todo el rato esta trataba de apuntarle con el arma. Al fracasar en sus intentos, le amenazó con el fusil.
—Mujer —dijo severamente—, soy su amigo. Parece que le hace falta uno —cuando ella no mostró gesto amistoso alguno, volvió a avanzar lentamente tratando de mirarla a los ojos; y cuando estaba a diez metros de ella se desabrochó los revólveres y los dejó caer. Extendió los brazos con los dedos separados.
—Soy Sam Minard, del Estado de Nueva York. Como le he dicho, necesita un amigo. Tenemos unas tumbas por excavar. ¿Tiene una pala?
Sujetando el rifle con ambas manos, apuntando al hombre con el cañón, la mujer no dijo ni una palabra. Tenía tanta sangre de piel roja en el rostro que él no podía distinguir qué clase de cara tenía, excepto que parecía fuerte, como la de su madre. Tenía sangre sobre un párpado y cuando pestañeaba el punto rojo relucía al sol. Sam la miraba con asombro y admiración; nunca hubiera creído que una mujer con un hacha como única arma pudiese matar a cuatro guerreros sin que estos la tocasen siquiera.
Durante dos o tres minutos la miró y esperó. Sabiendo que le flaqueaba la voluntad y que ya no estaba en peligro, volvió a abrocharse las pistolas alrededor de la cintura y se dirigió hacia su caballo. Guiando con el garañón y el caballo de carga siguiéndolo, subió por el sendero hacia el campamento de la mujer observando a su alrededor los lugares donde el marido o los hijos habían recogido la madera para la hoguera. Quería preguntarle qué demonios estaban haciendo tan al norte en territorio Crow y Pies Negros y dónde creían que se dirigían, pero dudaba de poder sacarle alguna palabra. Estaba alerta, como un animal salvaje; estaba perdida en la sangre y el horror. ¿Qué haría cuando sus muertos estuviesen enterrados? ¿Le dejaría llevarla al norte hacia el Missouri a esperar una barcaza o más al sur hacia el camino?
Encontró una pala en el campamento y, pensando que cualquier lugar podría valer, estaba a punto de ponerse a cavar cuando ella llegó corriendo hacia él haciendo gestos como si fuese muda. La siguió y la mujer subió hasta una elevación del terreno lo suficientemente alta para que se viese el río y la orilla, tanto hacia el norte como hacia el sur. Entonces le quitó la pala y marcó tres puntos. Luego, convulsa, según le pareció a Sam, por la frustración o la angustia, cayó de rodillas y con un palo marcó un pequeño rectángulo y cerca de él otro el doble de ancho. El hombre entendió que quería que sus dos hijos estuviesen enterrados en una sola tumba. No había visto lágrimas en sus ojos, ninguna señal del dolor histérico que asociaba a las mujeres. Ahora que se había acostumbrado a su rostro ensangrentado, vio que tenía las facciones duras, mandíbulas fuertes y una barbilla y frente no muy grandes. Creía que tenía los ojos grises, pero no podía estar seguro, pues se avivaban con escalofriantes destellos de luz. Tenía manos fuertes.
Este, pensó, no es sitio para tumbas, donde el suelo era pobre y los vientos salvajes del invierno lo azotarían a cuarenta bajo cero. Aun así, el suelo estaba más seco y tenía mucha cal. Así que empezó a cavar y tras unos minutos tenía la cara cubierta de sudor. La mujer llevó mantas desde el campamento. Cuando las tumbas estuvieron excavadas, el hombre tomó una manta y con el rifle atravesado sobre el brazo izquierdo se dirigió a la escena de la masacre seguido por la mujer, que había dejado su rifle en alguna parte. Sam extendió la manta junto a la muchacha muerta y delicadamente la colocó sobre ella mientras la madre la miraba atentamente. Dobló la manta sobre su desnudez y al mismo tiempo le retiró el chal. Luego le dio el rifle a la mujer y con la niña acunada sobre ambos brazos la llevó hasta su tumba. Como había brotado tanta sangre de la terrible herida que le había cubierto la cara, no pudo saber qué aspecto tenía, aunque se dio cuenta de que estaba totalmente formada y quiso pensar que había sido excepcionalmente adorable. Se arrodilló y muy delicadamente la depositó a un metro de profundidad, hasta el fondo de la tumba. Al instante siguiente la madre estaba al otro lado de la tumba, arrodillada, y aunque no oía palabras y no veía movimientos en sus labios pensó que estaría rezando; e, inclinando la cabeza, rezó con ella. Sin duda ahora el Todopoderoso estaba escuchando. Siguió arrodillada mientras él lanzaba paladas de tierra sobre la manta hasta que la tumba estuvo cubierta. A los dos muchachos los enterró con la misma delicadeza, colocándolos uno al lado del otro en una manta y cubriéndolos con pieles de alce que tomó de su macuto. De nuevo, como antes, se arrodilló enfrente de ella y rezó.
Luego la dejó junto a las tumbas y se dirigió hacia los indios muertos. Con una habilidad aprendida de otros tramperos mayores, les arrancó la cabellera a los cuatro y, mientras las ataba juntas, se preguntó si la mujer se iría con él para volver con su gente o si aquel lugar se convertiría en su hogar. En cualquier caso él tenía la intención de consagrar las tumbas tan bien como pudiese con cuatro marcas, de modo que empezó a cortar las cuatro cabezas sin más emoción que la que sentiría cortando las cabezas de cuatro ciervos y se las llevó, junto con cuatro estacas fuertes de cerezo y con el hacha, y subió la colina. Era casi al atardecer cuando hubo colocado los cuatro palos y con ambas manos empujaba las cabezas hacia abajo con una fuerza terrible, de modo que las estacas se clavaron por las gargantas y chocaron con los cráneos. Esas cuatro cabezas servirían de advertencia para los Pies Negros, esos hijos de perra, y para los Crows, si algún día aparecían merodeando por ahí. Les dirían que dejasen en paz a la mujer. Los cuervos llegarían y dejarían las cabezas mondas… Los alcaudones, las urracas y las águilas ratoneras, los escarabajos y todos los insectos; y en no mucho tiempo habría cuatro calaveras blancas sonrientes mirando a las cuatro esquinas del mundo.
John Bowden había montado un rudimentario cobertizo de ramas en su campamento. Asomándose al interior, Sam había visto ropa de cama, utensilios, unas cuantas herramientas y algo de comida. Cerca estaba la destartalada carreta. ¿Querría ella que llevase esas cosas a las tumbas esa noche? Se quedó en pie en el crepúsculo, mirando hacia la colina y a la mujer; supuso que querría estar sola con su dolor y su pérdida. ¡Pobre, pobrecilla! Estaba sentada entre las dos tumbas con el rifle en el regazo, la mano derecha en el montículo que cubría a sus hijos y la izquierda en el montículo bajo el que estaba su hija. Él nunca había visto un pesar tan profundo como aquel ni había conocido a hombre o mujer alguno que de un solo golpe, procedente del cielo o del infierno, hubiese sufrido una pérdida tan abrumadora.
Preguntándose si se quedaría ahí sentada toda la noche, llevó a sus caballos a abrevar al río. En alguna parte al norte de donde se encontraba, la partida de guerra de los Pies Negros todavía se dirigía hacia una aldea de cabañas en la que, siempre era así, toda la repugnante manada de squaws, niños y perros torturarían y mutilarían al esposo de esta mujer, matándolo muy lenta y horriblemente con la diabólica habilidad para producir dolor en la que los Pies Negros eran maestros. Sam Minard odiaba a los Pies Negros. No había trampero desde el Rio al Athabasca, del Ohio hasta el Océano Pacífico, que no detestase a esos pieles rojas. El odio en alguno de aquellos hombres era una pasión tan feroz y salvaje que hervía en sus emociones y ardía en sus conversaciones y los mantenía ocupados afilando sus hachas y cuchillos. Los Bloods y los Piegans de la Nación Pies Negros eran las tribus más salvajes del Oeste; pero la mayoría de los tramperos odiaban a todos los indios y por encima de todas sus leyes de tramperos se encontraba el axioma de que el único indio bueno era el indio muerto… Y no sólo muerto, sino con los huesos mondos por cuervos y lobos.
Tras atar a los caballos para pasar la noche, Sam se dirigió al campamento de la mujer para ver cómo estaba. La noche era oscura. Su oído detectó un sonido por encima del de las ranas arborícolas. Escuchó. Sí, había un sonido que helaba la sangre, un penetrante lamento salvaje proveniente de las tumbas. Estando allí de pie, mirando en dirección a la mujer, volvió a sentir la carne de gallina, escuchando; se la imaginó allí, mes tras mes, año tras año, alejando a las águilas y a los lobos y lanzándole sus inconsolables jeremiadas a Dios hasta que se marchitase, se encogiese y muriera por el frío, la pérdida y la soledad. Tenía miedo de que olvidase su campamento, su ropa de cama y su comida y se hundiese en el estupor del dolor, doblada sobre su regazo, y muriese.
Iba a descubrir que no la conocía.
Tras recorrer medio camino por la colina para escuchar y volver a bajar, pensó en la cena. Normalmente, cuando atravesaba tierras enemigas no encendía hogueras, ni siquiera en invierno; comía un pedazo de carne seca de bisonte y se abrigaba con las pieles del animal. Pero aquel día había trabajado mucho y estaba tan hambriento como un lobo en invierno. Decidió hacer una hoguera, pero antes esperaría a que saliera la luna, dado que confiaba en poder deslizarse por las colinas y cazar un ciervo. Dos horas después regresó con un buen ciervo sobre el hombro. Tras abrirlo desde el cuello hasta la grupa, cortó las partes más sabrosas, incluyendo el hígado, el lomo, la grasa del riñón y las partes superiores de las patas. Hizo una hoguera y cogió agua del río. Todo el rato estuvo pensando que sería propio de un hijo llevarle filetes calientes o un buen asado a la madre.
Tras comerse dos kilos de venado, medio kilo de bayas secas y beberse un litro de café solo, llenó su pipa de maíz y la encendió. Era una noche agradable. Podía oír el aleteo de las aves nocturnas y el agua que corría en el río. Por encima de su cabeza veía mil estrellas. A su alrededor podía oler el humo del tabaco, la fértil marga del fondo del río, los nidos de urracas y los cuervos en los álamos, las galerías de los topos, el esponjoso musgo, las colinas calizas enfriándose en la noche y las ascuas de álamo temblón y sauce en el fuego. Se preguntó si debía usar dos de sus pieles como mortajas. No era un hombre muy sentimental; sabía que enseguida la persona muerta o el animal muerto serían sólo un puñado de huesos, pero también sabía que a la gente le gustaba enterrar a sus seres queridos lo mejor que se pudiesen permitir. Tenía dos pieles grandes y varias pequeñas. Pensó que le daría una de ellas a la mujer. Al día siguiente, si se negaba a ir hacia el norte con él y esperar una gabarra, o hacia el sur por el camino, le daría más pólvora y balas y cualquier cosa que necesitase y le fuese a ser útil. Si estaba decidida a quedarse allí, dudaba de que pudiese sobrevivir el tiempo suficiente en un territorio en el que los más fuertes caían uno tras otro. Estaría sola con cuatro cráneos y dos tumbas. Nunca volvería a ver a un ser humano, nunca en este mundo de Dios, excepto a un piel roja en una colina distante o a un trampero subiendo o bajando por el río.
A sólo treinta kilómetros al norte de donde estaba, se encontraba el ancho Missouri. Los barcos de vapor resoplaban por sus aguas hasta las Grandes Cataratas, pero ella nunca las vería ni las oiría. Al sur, más allá de lo que le alcanzaba la vista, aunque pudiese elevarse a trescientos metros sobre las tumbas, era tierra de colinas onduladas cubiertas por pinos y cedros. Al este se encontraban las mismas tierras baldías y solitarias alejadas de la confluencia del Missouri y el Yellowstone, y al oeste las Montañas Judith, el arroyo Wolf, el arroyo Arrow y el arroyo Dog. A menos que escalase una colina alta nunca vería el Big Belt o las Montañas Crazy, y mucho menos las masas de escultura divina de las Teton, las Bitterroot, las Bighorn y las Montañas Azules. A su alrededor habría toda clase de caza salvaje: unos cuantos bisontes, muchos ciervos y berrendos; cincuenta o más clases de patos y gansos; ardillas y gallos de la pradera; y en el río, peces; frutas y raíces de distintas variedades, pero no los exuberantes huertos naturales que vería si se dirigiese hacia los valles Madison o Gallatin…
Sam le daba vueltas a aquellas cosas mientras chupaba de la pipa y ponderaba los problemas de la mujer. Deseaba poder dejar de pensar en ella; después de todo, la maravillosa tierra creada por el Todopoderoso estaba llena de moribundos y gentes a punto de morir. Trató de dirigir sus pensamientos hacia su plan de tomar una esposa, de cazar en las Uintah el siguiente invierno, de encargar una trompeta… Trató de pensar en esas cosas o de hacer conjeturas sobre qué estarían haciendo en aquel momento otros tramperos: en qué impenetrable chaparral se escondía el alto y flacucho Bill Williams de los guerreros rojos, su voz aguda y chillona silenciada por esa noche; junto a qué fogata con su aroma a cedro y café Río Wind Bill estaría contando sus historias y diciendo: «M’encantan las mujeres, ya lo creo que sí»; en qué aldea española el bajito y rubio Kit Carson estaría contoneándose con señoritas de ojos negros; qué aventuras fantásticas les estaría contando Jim Bridger a pimpollos de ojos como platos en la caravana que se había detenido en su posta para cambiarles las herraduras a los caballos y arreglar las ruedas… Jim, escupiendo el tabaco y diciendo: «¡Argh! Este bicho tiene los cascos en carne viva… Me pa’ece que vo a tener que ponerle mocasines», y en qué tranquilo refugio Cabellera Perdida Dan se pasaba la encallecida mano por el hueso sin piel de su cráneo como si esperase descubrir que le había crecido pelo. Luego la mente de Sam pensó en Dick Wooton, quien, en el lenguaje de los tramperos, era todo un personaje: uno noventa y ocho y tan tieso como el largo cañón de su rifle, y que había estado hombro con hombro con Rube Herring y «No había ni un pelo de diferencia ni en altura ni en anchura entre ellos». Incluso Marcelline, aunque mexicano, podía tranquilamente mirar desde arriba a cualquier hombre que midiese uno ochenta; Marcelline, que tenía un carácter que iba de la furia a la ferocidad, que despreciaba a los suyos y renegaba de su sangre y que vivía entre los tramperos blancos. Marcelline era toda una visión, con su pelo negro como el carbón mojado que le llegaba a la mitad del brazo y salía por debajo de su gorro inclinado de castor y le cubría la chaqueta de piel de ciervo como una melena salvaje…
Pero una y otra vez los pensamientos de Sam volvían a la mujer de la colina. Se sacó la pipa de la boca, cogió un grueso trozo de carne asada del trípode colocado sobre las brillantes ascuas, lo atravesó con una rama verde, recogió su rifle y una de las pieles pequeñas y enfiló el sendero. Calzado con mocasines y tan silencioso como el lobo o el ratón, se acercó a la mujer hasta que estuvo sólo a unos pocos metros de ella y miró desde arriba su cabeza inclinada. Llevaba en silencio dos horas o más. A su manera había llorado hasta que ya no pudo llorar más. Todavía estaba sentada allí donde la había dejado, con el mentón hundido sobre el pecho. Una mano tocaba la tumba de la hija, la otra la de los hijos. Lo que llamó la atención del trampero fue el descorazonado quejido tembloroso que emitía cuando la recorría el largo y profundo estremecimiento provocado por el dolor y el horror. Él no era hombre que albergase una gran piedad, pero en aquel momento la compasión lo inundaba. Durante quizá diez minutos estuvo observándola y escuchando, hasta que la completa amargura de todo aquello, el estremecimiento de su carne y de su alma por la pérdida fue más de lo que quiso soportar. Dejando el rifle en el suelo y sujetando la carne con la mano izquierda, con la derecha le puso la piel sobre los hombros y el regazo. Entonces clavó la rama verde con el pedazo de carne en el suelo a su lado. Ella no dio indicación alguna de ser consciente de su presencia. Tras mirarla durante todo un minuto, él estaba convencido de que no lo era. ¡Padre de los Cielos, el dolor no puede ser más profundo!
Afectado, se giró y bajó la colina. Junto a la hoguera se puso por encima una piel como si fuese una tienda caída y sacó una armónica de su bolsa de medicina. Su padre tocaba el clavicordio con brío y claridad aunque sus manos, casi tan grandes como las de su hijo, cubrían fácilmente una octava y media y a veces golpeaba en la tecla equivocada. Sam había aprendido a tocar varios instrumentos, incluyendo el cuerno y la flauta. Cuando se dirigió hacia el Oeste se había llevado consigo sólo dos armónicas y las había tocado durante siete largos y solitarios inviernos. Aquella noche, cubierto con la piel, tocó suavemente, de modo que no inquietase a las aves nocturnas, las ranas arborícolas y los lobos. Beethoven había imitado el canto del ruiseñor con la flauta, el de la codorniz con el oboe y el del cuco con el clarinete. Sam había estado intentando imitar cantos de aves; la quejumbrosa vocecilla del papa-moscas, como la de una diminuta cría perdida en un matorral repitiendo su nombre una y otra vez; el canto del herrerillo, el escribano o la alondra cornuda. Esa noche tocó suavemente unas pocas notas tristes y un himno religioso o dos, pues se sentía lleno de nostalgia por el hogar o por el anhelo que había sentido Schubert, que nunca había encontrado el amor que ansiaba.
Era la mujer de la colina. Se quitó la piel de encima, pues no quería tocar bajo todo ese pelaje. Quería levantarse y elevar el puño al malvado destino que llamaba a la puerta con los compases de apertura de la sinfonía de Beethoven en do menor y proclamarle al mundo su poder sobre el oído de Beethoven. Era el mismo destino implacable y despiadado el que había llevado a los salvajes a ese lugar, a matar a esos críos a hachazos y a llevarse a un padre para torturarlo. ¿Qué había allí, se preguntó mirando al hogar de las estrellas, una benevolencia divina o una maldad absurda? Se abrigó con una piel pero no pudo dormir; miraba hacia arriba a través de las copas de los árboles, hacia las constelaciones, y creía que sería sobre la medianoche. Percibiendo los olores en la brisa nocturna, escuchó; trató de dormir y volvió a escuchar; y al fin se levantó y se sentó junto a la hoguera apagada, encendió su pipa y pensó. Tenía que hacer algo. Quizá la mujer de allá arriba querría beber agua. Entre sus cosas encontró una cafetera, la enjuagó en el río y la llenó.
Cuando llegó a unos pocos metros de ella, se detuvo para mirar a su alrededor, pues la luna todavía brillaba. Los cuatro cráneos parecían bastante cómodos en sus estacas. Allá donde se ponía la luna en el noreste, un animal se movía sigilosamente, quizá fuese un lobo. Ella seguía allí, entre las tumbas, la piel cubriéndola, la carne en la rama verde clavada en el suelo a su lado. Por un momento pensó que podría estar muerta, sencilla, eternamente, de dolor. Quizá fuese mejor así. Acercándose cuidadosamente a ella, vio que las ratas o los ratones se habían estado comiendo la carne. No, no estaba muerta; los mismos largos temblores la atravesaban, en cada tercer o cuarto aliento que tomaba, y el mismo sonido sobrenatural de pérdida y dolor seguía a cada estremecimiento.
Se sentó silenciosamente en el suelo a su lado. En voz baja, dijo:
—Pensé que quizá querría beber algo.
No esperaba respuesta. Toda la vida había oído cosas sobre el acertijo llamado mujer, pero si era tal acertijo, lo sería en el amor entre hombre y mujer, no en el dolor. En el dolor era tan claro y evidente como el mismo rostro de la muerte. Quizá Windy Bill habría dicho que hacía que un hombre se sintiese como si hubiese muerto; como lo que una vez definió como una criatura nonata en un bosque «putrificado». Ella hacía que Sam sintiese añoranza de su casa, de su padre y su madre y de la Navidad alrededor de la chimenea.
Inclinándose al tiempo que se adelantaba, echó un vistazo para ver si tenía los ojos cerrados. Los tenía abiertos de par en par. Una segunda vez, en algún momento en el futuro, vería una mirada como aquella que alteraría el curso de su vida. Ahora sólo podía sentir una impotencia estúpida y exasperante. ¿Se iría con él y subiría a una gabarra o se uniría a una caravana que la llevase de vuelta con su gente? Sabía que no lo haría nunca a no ser que la atase. Lucharía como aquella loba cuando el grizzly se acercó a su guarida. Aunque la llevase a mil kilómetros de allí, encontraría el camino de regreso como un gato… Regresaría, moviéndose entre los árboles y las montañas aunque le llevase diez años. Se lo decían sus más profundos instintos. Le dijeron que todo lo que aquella mujer tenía en el mundo estaba allí, bajo su mano izquierda y bajo su mano derecha.
—¿Sabe? —dijo con amabilidad—, creo que va a necesitar una casita aquí —y regresó al campamento.