13

Eran cuatro pieles rojas a los que veía sentados junto a una fogata de noche, tres días después de haber dejado a Charley. Sam había notado la presencia de indios una hora antes, había escondido a los animales en un matorral y había avanzado como un lobo… Entre los hombres blancos del Oeste el explorador era conocido como el lobo. En cada pie llevaba tres mocasines de distintos tamaños. Creía que junto al fuego habría una pequeña partida de guerra, de camino a robarle los caballos y hacerse con algunas cabelleras de otra tribu; o que volvían, con una cabellera o dos en el cinto. Los guerreros estarían fumándose sus pipas y creyéndose hombres muy valientes. Quizá habían comido lomo de bisonte. Si tenían la tripa llena quizá estuviesen algo adormilados…

Tan silencioso como el lobo, Sam siguió avanzando. Cuando estaba a medio kilómetro supo que la partida estaba acampada junto a una pequeña corriente que caía por la ladera de una colina a través de una alameda. A la izquierda había una altiplanicie desde la que esperaba tener una vista clara del campamento. Al llegar a ella se mostró complacido; los cuatro guerreros, sentados junto al fuego, estaban a plena vista en un pequeño claro junto a la orilla del río. Era un campamento pobremente montado para unos hombres que esperaban ver el amanecer del día siguiente, pero probablemente pensaron que no habría enemigos en esa zona tan pronto. Los tramperos estarían dirigiéndose hacia las postas con sus cargas; los pieles rojas sólo estarían medio vivos tras el largo y frío invierno.

Sam estaba en pie a plena vista, pero sabía que no podían verlo en la oscuridad. Deseó que de algún modo el Todopoderoso pudiese hacerle saber que aquellos eran los hombres que habían matado a su esposa e hijo. Preguntándose si Charley le habría dado el mensaje al jefe, estudió la situación abajo y a su alrededor hasta que supo la naturaleza del suelo y de las plantas. La primavera era temprana, las hierbas y plantas viejas junto al agua y sobre los parches de nieve estaban marchitas y susurraban como un millón de insectos. No sería fácil acercarse silenciosamente a través de una hierba así, pero el suelo estaba a su favor, porque estaba húmedo y blando. Las tres capas de piel de los mocasines se hundirían en él como si fuesen de algodón.

Para saber si eran más de cuatro, Sam se convirtió en algo que para un observador imparcial apenas habría parecido humano. Había extraído con sus cinco sentidos toda la información que podían proporcionarle y ahora parecía estar escuchando atentamente, aunque en realidad estaba consultando lo que él consideraba su sentido del peligro. Su postura física era exactamente la del lobo cuando se sentía en presencia de un enemigo y permanecía inmóvil tratando de evaluar el peligro.

Sam se retrasó un kilómetro y exploró la zona al este y al norte del campamento. Le pareció improbable que hubiese otros indios a kilómetros de aquel punto, pero los hombres que habían aceptado aquella improbabilidad estaban todos muertos. Recorrió dos kilómetros hacia el noreste, dando grandes y rápidas, aunque ligeras, zancadas por las crestas de las colinas cubiertas de álamos. Una y otra vez se detenía a escuchar y olfatear. Tras dos horas de reconocimiento supo la dirección por la que habían llegado los guerreros y la dirección hacia la que se encaminaban. Sabía que no tenían caballos ni perro ni cabelleras recientes y que eran la clase de partida que había matado a su esposa. ¡Ojalá el que había matado a Lotus estuviese allí!

Regresó bajando por las colinas y tomó una posición al sur del campamento. Los revólveres los tenía ocultos cerca de los caballos; el rifle estaba ahora apoyado en un árbol, y ajustó la funda del Bowie a la izquierda del cinturón, a cinco centímetros por delante de la cadera, de modo que pudiese cogerlo de inmediato. Luego avanzó. Durante doscientos cincuenta metros siguió una pista de bisontes junto al río. Una fuerte brisa soplaba en contra; el olor de la hoguera y de los cuatro hombres a su alrededor le llegaba ahora a la nariz. ¡Qué bien conocía el olor de los Crows! A cien metros de los hombres se detuvo y se quedó en pie unos instantes, ejercitando sus sentidos. Uno de ellos parecía estar tumbado sobre su manta. Los otros tres seguían sentados fumando y la luz de las llamas que se extinguían se reflejaba en el rostro del que estaba en el lado norte. Sam deseó que aquel fuese el que estuviera tumbado. El guerrero al que podía ver la cara no parecía tener ninguna sensación de peligro; no miraba hacia la oscuridad ni escuchaba o echaba vistazos a su alrededor. Sam sabía que no podría avanzar más mientras el hombre estuviese ahí sentado. Tendría que esperar.

Mientras esperaba volvió a repasar su plan. En el instante en que estuviese listo para asestar el primer golpe daría el temible grito de guerra de los Crows; con toda la potencia de sus pulmones se lo chillaría a los oídos. Había salido una uña de luna. Proyectaba algo de luz, pero no mucha. Había un poco de luz de la hoguera, pero ya no podía ver el rostro del indio. Una hora después se había tumbado el último de los cuatro indios. Sam volvió a repasar el plan: cuando estuviese a dos metros del hombre tumbado en el lado sur daría el grito con suficiente ira como para despertar a los muertos. En ese mismo momento paralizaría al hombre con el tacón derecho. Al instante siguiente golpearía con el puño cerrado al hombre que se encontraba en el lado este y enterraría su cuchillo en el cuerpo del indio del lado oeste. Quizá para entonces el hombre que dormía en el lado norte ya se habría levantado. El plan de Sam era agarrarlo del cuello y partírselo con un poderoso apretón. Pensó que todo aquello podría no durar más de siete segundos.

Comenzó a moverse hacia delante. Sus mocasines no hacían ruido alguno contra el suelo húmedo, pero tenía que moverse con un cuidado extremo al arrastrar el pie por la hierba muerta. Suponía que los cuatro hombres estaban ya dormidos. Soñarían con muertes, cabelleras ensangrentadas y jóvenes mujeres que los aclamaban apasionadamente. Cuando estaba a diez metros de ellos, Sam se detuvo para estudiar sus posiciones. Luego se arrastró hacia delante hasta que se puso en pie casi sobre el hombre que estaba en el lado sur. Se tomó un momento para que su gran cuerpo tenso se calmase. Luego inhaló aire silenciosamente hasta que tuvo los pulmones llenos y al momento siguiente gritó:

—¡Huuu-kii-hiiii!

El sonido destrozó la noche. El hombre que tenía al lado no tuvo tiempo de moverse antes de que un tremendo golpe lo paralizase. El hombre que se encontraba al este estaba debatiéndose para incorporarse cuando Sam le estampó el puño contra la tráquea. Un momento después el cuchillo de treinta centímetros se hundía en el pecho del hombre que estaba en el lado oeste, que en ese instante estaba de rodillas buscando algo a su alrededor. El hombre que estaba al norte estaba en pie, tal como Sam esperaba, y se preparaba para huir cuando las enormes manos de Sam se cerraron en torno a su garganta. Sam oyó cómo se rompía el cuello y lo soltó, pateándolo al mismo tiempo en el vientre, lo que le mandó tres metros por los aires.

Su siguiente movimiento fue sacar el cuchillo del pecho del indio y clavárselo en el corazón a los tres que había dejado inconscientes. Con el talento de alguien que ha estudiado el trabajo de los profesionales, arrancó las cuatro cabelleras y les cortó la oreja derecha. Miró a los muertos, pero ninguno de ellos parecía tener el Bowie de Lotus. Luego se apresuró a coger su rifle. Esperó allí. Si había otros guerreros en la zona que hubiesen oído su grito acudirían a hurtadillas, escondiéndose, con los ojos negros reluciendo como joyas a la luz de la luna. Pero no apareció ningún guerrero.

Tras colocar las cabelleras y las orejas en las ramas de un árbol, Sam cogió el rifle y se dirigió a los cuerpos para ver si llevaban encima o tenían entre sus efectos algo perteneciente a su esposa, su cabellera, un utensilio, un arma. No encontró nada. Agarrando a cada uno por los tobillos, arrastró los cuerpos hasta colocarlos juntos y lanzó sus armas sobre los muertos. Si otros guerreros encontraban aquellos cuerpos antes de que los lobos los devorasen, verían que les habían cortado la oreja derecha pegado al cráneo. Sabrían que Sam Minard había dejado su marca.

Volviendo a sus caballos, se envolvió en una manta para dormir tres o cuatro horas. Sus últimos pensamientos antes de sumirse en el sueño fueron para su esposa, cuyos huesos, dentro de la manta que llevaba tras la silla de montar, estaban al alcance de su mano.