6
Resultó ser menos complicado de lo que Sam había esperado. Montaña Alta fingió que otros quince o veinte tramperos aparecerían en cualquier momento para hacer ofertas por su hija y cada uno de ellos llevaría diez percherones cargados de regalos. Sam sonrió al oírlo. El jefe fingió asombro de que su hermano Sam Minard, Jefe Garras Largas, hubiese podido pasar tantas lunas lejos de aquella niña, que era más adorable que las flores silvestres, el cielo, las nubes y los árboles con sus ropajes primaverales; ¿pues acaso el uapití macho deseoso de copular con la hembra se esconde en un matorral y se amohína? Sam le explicó por señas que había tenido que cazar muchos castores para cambiarlos por muchos regalos, incluyendo la bonita cazuela de cobre que había traído para Montaña Alta, el más bravo y noble de todos los guerreros, para que cocinase en ella su uapití. ¿Acaso se habría atrevido a acudir al más grande jefe sobre la tierra con un caballo vacío y ofrecerle un puñado de moras de los pantanos y un cuchillo roto a cambio de su más hermosa hija? El jefe admitió que aquello era razonable y probó por otro lado. Dijo, con palabras, signos e intérpretes, que había tenido más problemas que un conejo en la guarida de un lobo manteniendo virgen a su hija durante tanto tiempo, negándosela a otros rostros pálidos que habían llegado resoplando como sementales con montañas de regalos; rechazando inmensas fortunas que incluían a los más veloces caballos de la nación Crow, suficientes rifles como para exterminar a los Pies Negros, bastantes cazuelas como para cocinar a todos los bisontes de las praderas y todo porque amaba profundamente a su hermano Jefe Garras Largas. Su dolor había sido inconsolable. Se había puesto muy enfermo. Por tal devoción, paciencia y tolerancia, ¿no se merecía algunos regalos especiales? El hermano Garras Largas dijo que ciertamente así era, y de su equipaje sacó un barril de ron de diez litros. Cuando los ojos negros de Montaña Alta vieron lo que era, llegó hasta ellos la alegría que se ve en la mirada de los niños pequeños. Su cara bronceada sonrió. Estaba a punto de emborracharse.
Sam Minard no bebía nunca. En ciudades fronterizas como San Luis o Independence o en las postas había visto a hombres, llenos de ron y lentos a la hora de desenfundar, salir tambaleándose con la sangre brotando de sus heridas. Con todas las conversaciones y todos sus deberes cumplidos, intercambió munición por un caballo ligero y resistente y una brida de piel de ciervo, le entregó las riendas a su niña-esposa de ojos negros, le colgó un revólver y un cuchillo en su delgada cintura y cabalgaron hacia el sur. Ella no tenía silla, pero sí llevaba una manta. «Caballo de squaw», dijo él, dándole una palmada al animal cuando la chica se montó. Él le enseñaría su idioma, pues quería que sus hijos lo hablasen. «Nudo de squaw». Tocó un nudo de arriero del mulo de carga. «Fuste… estribos… cuerno… cincha». Había decidido que por las venas de ella corría sangre de un hombre de Lewis y Clark y esperaba que aquel hombre fuese John Colter. Mientras estudiaba sus rasgos ella le miraba con sobrio interés infantil. Como todas las niñas indias, había oído que los hombres pálidos eran crueles con sus mujeres; quizá se estaba preguntando lo lejos que estaría de su gente cuando él le pegase hasta dejarla sin sentido y la abandonase. Pero respondió a las palabras de Sam con la boca abierta y un centelleo de sus dientes.
—Lotus —dijo Sam, tocándola suavemente—, la señora Lotus Minard.
Su boca abierta dijo:
—Lo…
—… tus. Lo-tus. Mi galletita dorada.
—¿Ga’etita?
—Galletita. Mi yegua india. Mi esposa.
Los habían rodeado cientos de indios, con sus negros ojos fijos en ellos. Inclinando la cabeza hacia sus hermanas como haría un pájaro, había dicho, señalando a Sam, «Garras Largas».
—Jefe Garras Largas y Princesa Samson Minard. Sería un día estupendo para los dos si tú resultases ser Delilah. Delilah Lotus, esa eres tú.
«Sam», había dicho ella. Conocía su nombre blanco. «Alto». En la primera visita de Sam los Flatheads le habían preguntado qué era; él había levantado la mano alrededor de un metro y noventa y tres centímetros y había dicho «Alto».
Mientras cabalgaba hacia el sur alejándose de la aldea, con Lotus siguiéndolo, estaba pensando que durante unos días estaría a salvo en territorio Flathead. Aquellos indios no sólo no habían matado, robado o engañado nunca a un hombre blanco, por lo que sabían los hombres blancos, sino que eran conocidos por su valor, prudencia, sinceridad y piedad. A sus hijos les enseñaban a no pelear nunca excepto en defensa propia, o, como decían los indios, no ir nunca de caza en busca de sus propias tumbas. Un principio de su fe les prohibía buscar venganza.
¿Cómo, se preguntaba Sam, mientras cabalgaba por las estribaciones este de las Bitterroot, querría Lotus enseñar a sus hijos? La mayoría de los padres indios eran tipos sentimentales que mimaban a sus hijos, cantándoles y relatándoles historias valerosas; pero tenían poca paciencia con uno que mostrase cobardía o se rebelase contra la disciplina de la tribu. Sam había visto a un niño Crow de seis años con un gran berrinche en mitad del invierno y había sido testigo con asombro de cómo el padre le arrojaba cubo tras cubo de agua helada al muchacho tembloroso y chillón. Había visto a madres colocar sobre la nieve a bebés de unos pocos meses y dejarlos allí durante diez o quince minutos; cuando habían llevado a los niños al calor de las tiendas estos, movían los brazos y gritaban encantados. Hank Cady había contado una vez, en una de esas raras circunstancias en que pronunciaba más de diez palabras, que llegaría el día en que los niños blancos no valieran ni pa darles capirotazos. Bueno, los de Sam Minard serían maravillosos, un niño y una niña, y los querría con toda su alma.
Le dio a Lotus la primera de muchas sorpresas cuando desmontó, adquirió una postura de Don Giovanni y comenzó a cantar con su voz de barítono. Fingiendo que ella era la doncella de Doña Elvira y que el caballo sobre el que estaba era el alféizar de una ventana, le dio una serenata, cantando el aria con toda el alma. Si ella tenía voz le enseñaría a cantar. Volvió a asombrarla cuando se detuvieron para montar el campamento. Ella había supuesto que su señor se fumaría su pipa mientras ella recogía leña para la hoguera, traía agua y le preparaba la cena; pero Garras Largas la bajó de su caballo, se la acercó unos instantes manteniéndola con los pies en el aire y besando su melena negra; y luego hizo un fuego y organizó una cena de bisonte curado, galletas rancias y una cafetera… Un banquete de bodas muy triste, le dijo, pero mañana habría algo mejor. Abrió una lata de azúcar y chupándose un dedo, tocó el azúcar y se lo llevó a la boca. Entonces la tomó de la mano, le chupó el dedo, lo metió en el azúcar y se lo llevó a la boca. Cuando la miró a los ojos había tal asombro infantil en ellos que tuvo que sonreír. Mientras él estaba sacando la comida y ella se preguntaba qué clase de hombre era aquel que hacía el trabajo de las mujeres, miró a su alrededor y vio matorrales repletos de bayas. Cogió una taza, se fue hacia allá y regresó con la taza rebosante. Sam puso la mitad de las bayas en el plato de latón de ella y la mitad en el suyo y espolvoreó azúcar en ambos.
—Veo que serás una buena esposa —dijo; y la volvió a sorprender cuando, inclinándose, le tomó del rostro y le dio un beso en los labios manchados por las bayas.
Bendito Eros, qué bueno era tener a una esposa en los brazos y andar cabalgando por el mundo. Qué bueno era estar durante unos días en territorio amigo donde un hombre podía dormir. Estaba a más de trescientos kilómetros de los Pies Negros, a quinientos de los Crows, a setecientos de los Utes. Después de haber cenado ella le miró fijamente, fascinada, mientras él lavaba los platos en un frío riachuelo de montaña. Para la mayoría de los indios la única herramienta para lavar los platos era la lengua de un perro. Ató a los animales, apiló las mantas contra un árbol, se inclinó sobre ella, llenó y encendió su pipa y entonces, mirando a Lotus, le dijo suavemente:
—Ven con tu hombre.
Ella debió de entender su mirada, si bien no las palabras, pues se acercó hasta que él pudo tomarla por el brazo y acercarla a su lado. La acurrucó cómodamente entre las mantas, la abrazó con su fuerte brazo izquierdo y, mirando al cielo, dijo:
—Mira hacia abajo, Todopoderoso, y ve a tu Adán y a tu Eva aquí en el paraíso. Ella me dio bayas-manzanas pero no calculo que vayamos a pecar hasta que ella se acostumbre a mí —mirando su cara, dijo en voz baja—: Pobrecilla Lotus-Lilah, has dejado a todo tu pueblo para venir conmigo. Seré un buen esposo.
Aquello no era lo que quería decir; supuso que no era tan galante. Ella le miraba a los ojos pero él no podía leer nada en esas negras profundidades. Con el brazo izquierdo se la acercó un poco más y su mejilla izquierda se hundió en la lustrosa calidez de su melena. Bajó la sien hasta que con la suya tocó la de ella. Luego contuvo el aliento, porque notaba el pulso de Lotus acelerándose a cien latidos por minuto. Apartando su pipa, se incorporó y le tomó las manos colocándolas, con el dorso hacia abajo, sobre su gran mano izquierda. Luego estudió las líneas de sus manos. De joven sabía qué significaban algunas de las líneas. Le pareció que la línea de la vida había sido cortada por la mitad, pero en otra línea había dos hijos, y eso era bueno. Se acercó las manos de ella a su boca rodeada por la barba y le besó las dos palmas. Luego se volvió hacia ella y, sosteniendo su cara, trató de mirar más profundamente aquellos ojos negros como si estuviese mirando en un frasco de tinta negra colocando una luz por debajo. Le dio una palmada en las rodillas, volvió a rodearla con su brazo izquierdo y, tomando su pipa, la llenó con el tabaco de un bolso de piel de ciervo. Mientras él andaba ocupado con el tabaco, ella se separó rápidamente de él y regresó con una brasa encendida.
Unos minutos después él volvió a apartar su pipa y tomó su armónica. Tocaba y cantaba a intervalos. Au clair de la lune, una canción francesa del siglo XVIII; La canción del trovador, Verdes ramas de laurel, pero en mitad de esta se interrumpió para contarle que muy al sur, en la tierra de Kit Carson, las llamaban lilas. Tocaba una melodía, la cantaba y la volvía a tocar; y todo el rato ella lo miraba atentamente, como un niño decidido a comprender.
Moscas en la pemmican, saltad a mi Lotus.
Moscas en la pemmican, saltad a mi Lotus.
¡Moscas en la pemmican, saltad a mi Lou!
Ella le dedicó una maravillosa sonrisa: conocía la palabra pemmican[2].
—¿Sabes, señora Minard?, creo que voy a encargar un banjo.
—Ban-jo.
—Banjo —repitió Sam mientras fingía tocar un instrumento y hacía sonidos de banjo con la boca. Cuando se fue de casa el único banjo que había visto era aquel instrumento de largo mástil sin trastes que usaban en los espectáculos de cara pintada y para acompañar baladas inglesas y canciones irlandesas y escocesas populares en su día. Una carta de su hermano David le decía que ahora había un banjo con cinco cuerdas y trastes en el mástil y que el estilo de tocarlo estaba evolucionando de hacer funciones de acompañamiento a un solo desarrollado. Todo aquello le sonaba bien.
¡Eh, adelante, adelante Josey!
¡Eh, adelante, Jim con Joe!
Ella le sonrió. Él le tomó las manos, se las llevó a los labios y las besó, las palmas y el dorso, y luego los dedos. Le parecía que se estaban llevando bien. Cuando la luna se elevó por encima de los árboles, él la señaló y dijo:
—Luna.
—Luna.
—Una luna de Mozart —cuando la luna era redonda y madura, como la que había aquel día, quería hacer sonar su armónica como una trompa de modo que pudiese tocar un solo de trompa; quería expresar la música como vientos, las susurrantes nanas como agua que corría, las exquisitas arias de los pájaros, la gran vista de los amantes que formaban los árboles, pues le había dicho su padre que el Todopoderoso tenía las mejores orquestas y las más magníficas sinfonías del mundo. Era su padre quien le había dicho que el Retrato musical de la naturaleza había abonado el terreno para la Sinfonía Pastoral de Beethoven. Tocando el pianoforte su padre se había esforzado por describir tonos, evocar imágenes mentales con impresiones auditivas; con su armónica Sam podía imitar decentemente la flauta, el violonchelo y el oboe, pero fracasaba completamente al tratar de reproducir los dorados y llenos tonos de campana de la trompa.
—Cuánto nos vamos a divertir —dijo, abrazándola—. Sin impuestos, sin policía, sin gobierno, sin vecinos, sin predicadores… Sólo nosotros cuatro, comiendo y durmiendo, tocando y cantando —se giró y la besó con suavidad en la frente, las mejillas, los labios, pero ella no respondía. Él creía que Eva era igual en todas las mujeres. ¿Sabía ella que algunos de los mejores cantantes del mundo eran pájaros? Los oirían durante su largo viaje hacia el sur, al turpial, el zorzal ermitaño, el zorzal maculado, el picogordo, la oropéndola. Pensó en fumarse otra pipa y luego dormir. Poniéndose en pie, miró al acantilado que había sobre ellos y todos los alrededores para asegurarse de que la única manera de acercarse que pudiese tener un enemigo fuese por delante. Luego se sentó, y mientras se fumaba su pipa y miraba a su mujer, la mirada de ella se posó sobre su cara, como si la estuviese fijando en la memoria, o como si estuviese examinando las diferencias entre la cara de un piel roja y la de un blanco. El supuso que ella no entendía la música del hombre blanco, ni sus besos, pues los pieles rojas no besaban a sus mujeres. Quizá se preguntaba cuándo la iba a tomar con la pasión brutal y salvaje con que la mayoría de los machos mamíferos tomaban a sus hembras. ¡Pobrecilla Lotus! Tendría unos cuantos días más de paz.
Sí, era una luna de Mozart. Septiembre casi había llegado; en esa estación las noches en las altas tierras de montaña del norte parecen haber sido llevadas desde los glaciares. Pero tenía muchas mantas. Apartando su pipa, la abrigó con una piel de bisonte como si fuese una muñeca. Levantando la parte en la que apoyaba la cabeza, colocó agujas de pino y ramitas bajo la piel de modo que tuviese una especie de almohada, aunque no estaba seguro de que los pieles rojas usaran almohadas; y colocó el revólver y el cuchillo en un pliegue de la manta, para que tuviese rápido acceso a ellos. Si aparecían enemigos, le dijo, él se encargaría de cuatro y ella debía encargarse de dos. Luego se envolvió en una manta y se tumbó a su lado con el rifle entre ambos. Había mil estrellas en el cielo y la luna entre ellas parecía la redonda nota dorada de una trompa. Sam no era un hombre religioso en el sentido de seguir un credo o ir a la iglesia, pero sentía una potente afinidad con la tierra, los cielos y todos los seres vivos que lo rodeaban, excepto con los asesinos profesionales. Miró la luna y las estrellas y comenzó a hablar.
Le dijo a su silenciosa y atenta esposa que el Todopoderoso había creado un mundo hermoso y que las Montañas Rocosas, las cordilleras de la columna continental, o las Montañas Stony o Snowy, como algunos las llamaban, eran la médula, el corazón y el alma de ese mundo. No los había visto, pero el sentido común le decía que por comparación los Andes eran sólo colinas y los Alpes eran para que los niños trepasen. Esa vanidad le hizo sonreír entre su manta. Juntos explorarían el Gallatin y el Madison y cien valles más; las Teton, las Bighorn, el río Green, el Columbia, el Blue, las montañas Big Belt; y mil picos que cualquier hombre vivo y alegre querría subir; y los ríos, lagos y las altas cascadas blancas que se recortaban contra las nieves de altura. El porqué ningún hombre viviría voluntariamente en una ciudad, con esos ruidos y olores infernales, no podía entenderlo. Por qué un hombre querría vivir allí entre las colinillas que llamaban montañas al este del Mississippi cuando podía ir al Oeste a ver las mejores esculturas de Dios, tanto griegas como góticas, y ser su propio dueño, rey y conciencia, sin leyes excepto la de que los valientes sobrevivían y los cobardes perecían, y sin manicomios para locos que ya no podían volver a contemplar la vida en la ciudad sin chillar… Y sin iglesias excepto aquella en la que estaba, sin predicadores excepto las alondras, los reyezuelos y los zorzales, sin biblias excepto el lenguaje de la tierra para aquellos que supiesen leerlo. Esta era la vida que él adoraba. Allí era donde quería vivir hasta que una flecha o una bala lo encontrasen y cuando llegase esa hora le parecería bien dejar que los lobos limpiasen sus huesos y lo dejasen sobre ese gran mapa del magnífico…
La chica, que estaba tumbada a su lado, entendía sólo algunas de sus palabras, pero comprendía la emoción, pues en esencia el humor de él era el de ella. Estaba emocionada tanto por la felicidad como por el miedo cuando la mano de él se acercó para tocarla, para apretarle el brazo o (una vez) para posarla sobre la piel que le cubría el ombligo. Las emociones fuertes las entendía, pues su propio pueblo, de entre todos los pieles rojas, era altamente emotivo; pero no comprendía a un hombre, blanco o moreno, que durante horas no hiciese con su mujer más que hablar. Nunca sabría que, sencillamente por el sentimiento glorioso, un hombre romántico estaba enamorándose.
Al día siguiente continuarían creciendo su asombro y fascinación.
Se demoró en territorio amigo, apartándose de su ruta más directa para acampar junto a un lago de montaña. Miró la fría agua de alta montaña y se dijo que necesitaba un baño. A su astuta pero humana manera quería ver a su mujer sin ninguna ropa encima. Se olió las axilas pero el único olor que había ahí era el de los ahumados que habían usado para curtir la piel. Como todos los tramperos libres, cuyas vidas dependían exclusivamente de su viveza y su valor, había saturado muchas veces su ropa de cuero con el humo del cedro, la salvia y anís estrellado para enmascarar el olor humano. El olor del humo, las pieles curtidas y la piel de castor era prácticamente el único olor que tenía. Pero como era recién casado y le gustaba el olor del pelo y la piel humanos recién lavados, quería bañarse.
Después de atar sus caballos y colocar las armas donde pudiese acceder rápidamente a ellas, se quitó la ropa. Sabía que su mujer lo estaba observando; suponía que ella se estaría preguntando si tenía la intención de desvestirla. Pobre cervatilla asustada, ¿se creía que había llegado la hora de que la violase? Le hizo una señal de que se quitase la ropa y en unos momentos se quedó desnuda; pero él ya se había lanzado a las frías aguas y estaba nadando. Entonces se puso en pie, chapoteando, mirándola, con el agua cayendo por los mechones de su larga cabellera. Después de que ella entrase en el agua él nadó hasta la orilla y, usando arena como jabón, se la restregó. Luego volvió a tirarse al agua y nadó como un bisonte comparado con su esposa, que nadaba ágilmente como un berrendo. De pie con el agua hasta la cintura, Sam la observó. Como si le estuviese demostrando su talento, ella nadó treinta metros a su izquierda; se giró con tanta facilidad que parecía que la estaban remolcando y nadó hacia su derecha; y luego fue directa hacia él. No podría estar más hipnotizado si se hubiese tratado de una sirena. Estaba delante de él, con el agua casi por la barbilla y el pelo negro echado hacia atrás en una enredada melena mojada y su cara húmeda tenía una expresión tan seria como la de un niño que lo miraba con sus ojos negros.
—Nadas mucho mejor que tu hombre —le dijo—. Espero que dispares igual de bien.
Acercándose a ella y metiendo los brazos bajo el agua, colocó el brazo derecho bajo las rodillas de su esposa, el izquierdo alrededor de su espalda y la levantó. Chapoteó hacia la orilla y se quedó en pie sosteniendo su cuerpo empapado, admirando la belleza de su bronceada piel india; sus pechos, que le parecieron perfectos; su adorable cuello y sus hombros; y al fin sus ojos. Para lo que creyó ver en aquellos ojos no tenía palabras. Era como si hubiese vivido durante veintisiete años dentro de la prisión de sí mismo sin comunicarse una sola vez con otro ser vivo y descubriese ahora, en el milagro de aquel momento, que no estaba solo. Supuso que aquello era lo que significaba amar. Todavía sosteniéndola con un brazo bajo sus rodillas y el otro alrededor de la espalda, la levantó de modo que sus labios pudiesen tocarla, desde las rodillas hasta la boca. Besándola por todas partes, la movía adelante y atrás con tal facilidad que parecía no pesar nada. La lanzó hacia arriba y la volvió a coger en el aire, y esta vez sus dedos se extendieron por los muslos y contra su pecho justo debajo de los senos; y la besó en los muslos subiendo por la espalda hasta la nuca y el pelo. La volvió a lanzar y extendiendo las manos la agarró por la cintura y la posó en el suelo. Con un dedo tímido e indeciso ella le tocó suavemente el músculo superior de su poderoso brazo derecho. No sabía que hubiese hombres con esa fuerza. Ahora sólo le habría sorprendido un poco que Mick Bone le hubiese dicho que había visto a aquel hombre, a quien la habían vendido para bien o para mal, agarrar a dos indios de tamaño medio por el cuello y hacer chocar sus cabezas con tal fuerza que ambos cayeron muertos; que Sam podía colocar la mano estirada sobre su vientre y levantarla por encima de su cabeza con la facilidad con que la mayoría de los hombres hubieran levantado a un bebé y que podía ponerse bajo el vientre de cualquier animal de la manada de su padre y con las manos sujetando por detrás las rodillas podía levantar del suelo las cuatro patas del caballo. Sus ojos le decían que ella sabía que era fuerte. Le estaba mirando las manos.
Sacando de su bolsa de medicina la armónica, tocó unas cuantas tonadas, tratando de encontrar lo que quería; y tras haberlo encontrado, comenzó a bailar, solo, atrás y adelante en la arena de la orilla del lago y la niña broncínea, brillando con las gotas de diamantes fundidos y la espalda completamente cubierta por su melena negra, se quedó quieta mientras lo miraba. Él no sabía si la maravillosa melodía afectaría al humor de ella como la canción del zorzal ermitaño. Para él era como el olor de la miel silvestre derritiéndose; como la canción de primavera del azulejo; como un ramo de lirios. Entonces apartó la armónica, olió el aire y escuchó, y sólo oyó la dulce nota del zorzal de agua. Luego se acercó a su esposa.
Lo que hizo la asustó y la asombró. Inclinándose y colocando el brazo izquierdo tras sus rodillas, la levantó estirada; le dio un empujón hacia arriba con el brazo izquierdo y la mano derecha y enseguida estuvo sentaba sobre el hombro izquierdo de él, que se dirigió hacia sus ropas. Allí la dejó caer hasta su brazo izquierdo y, mientras estaba allí posada como un gran pájaro dorado, mirándolo, él la miró a los ojos y sonrió. Adán y Eva estaban midiendo el milagro del otro. Entonces él pronunció unas palabras que, una vez dichas, encontraría diez veces más difícil el repetirlas:
—Lotus-Lilah, creo que este trampero te quiere.
Ella era su esposa, su mujer, su compañera, su acompañante en el camino mientras quedasen caminos para los hombres libres; a través de los valles, hasta que estuviesen repletos de repollos y personas; y arriba en las montañas hasta los más altos picos, mientras los hombres sintiesen la necesidad de buscar a Dios.
La sentó y ambos comenzaron a vestirse. Él pensó que ella estaba rindiéndose a su hombría, pero no estaba preparado para tomarla, aún no. Dentro de él había un gigantesco vacío que llenar y muy poco de ese vacío podía llenarse con pasión sexual. Cuando ambos estuvieron vestidos se giró hacia ella, que estaba en pie mirándolo y poniendo sus brazos alrededor de sus hombros bajo su pelo, se la acercó, murmurando:
—Mía, toda mía.
Luego, colocando las manos bajo los hombros de su esposa, la apartó y la miró fijamente. Sus pies todavía no tocaban el suelo y sus maravillosos ojos negros y brillantes le devolvían la mirada. Acercó al suyo todo su cuerpo, de los pies a la cabeza, y apretó su barbuda boca contra su pelo.
—Bueno —dijo, soltándola—, creo que será mejor que nos pongamos en marcha. No vas a comer raíz amarga en mucho tiempo —la raíz amarga, que su pueblo llamaba spetlem y la hervía hasta que formaba una especie de crema, era demasiado amarga para el paladar del hombre blanco. Dado que ella y su pueblo no habían vivido lujosamente, al modo de los Crows, estaba deseoso de prepararle banquetes en el largo viaje al sur. Esperaba encontrar urogallo.
—¿Te gusta el urogallo? —le preguntó—. ¿El ganso? ¿La codorniz? —trató de imitar las llamadas de aquellas aves. La canción o lenguaje de los gallos de la pradera era tan inquietante y en ciertos aspectos tan humano que le provocaba a uno una sensación extraña; y la codorniz y la tórtola aliblanca podían hacer que se le erizase el vello de la nuca. Imitó los gritos tapándose las fosas nasales, graznando y silbando, ahuecándose el pelo para imitar las plumas y moviendo las manos para representar alas. Le hizo reír por primera vez. Aquello, para él, significaba que su matrimonio iba viento en popa.