10

Sam nunca había sido tan feliz como en este largo viaje hacia el sur; nunca más volvería a serlo. Los amaba tanto que encontraba solaz en decirle a su esposa el nombre de todas las cordilleras, picos, ríos, calas, valles y referencias por los que pasaban o podían ver en la distancia: el río Yellowstone, el río Powder, el lago Meadowlark, la cala del río Sun, el río Tongue, la cala Rosebud, el pico Papoose, la cala Black Panther, la cumbre Absaroka, el paso Little Goose, el Paso del Sur… Los amaba todos, pues en su alma eran como la llamada de la trompa en un concierto de Mozart.

Mientras comían, dormían o cabalgaban uno al lado del otro, Sam le hablaba de los hombres que había conocido desde su llegada al Oeste: Tres Dedos McNees, un hombre alto y delgado tan tieso como un palo, de melena y barba negras y foscas, semblante grave y un ojo inclinado en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al otro. Era un tipo duro en una pelea, y también lo era Cabellera Perdida Dan, un gigante musculoso y malencarado que no hacía más que pasarse la mano por el despellejado cráneo, como si estuviese atusándose el pelo. ¡Dios, cómo odiaba a los pieles rojas! La ambición de Dan era arrancarle la cabellera a mil; y no se limitaba a arrancar la coronilla, sino to’l tinglao, como diría Bill, desde las orejas hasta las cejas. Pronto conocería a Jim Bridger; con la excepción de Kit Carson, debía de ser el más famoso de todos ellos, a menos que lo fuese el viejo Caleb Greenwood o Solomon Silver o Moses Harris o Jim Clyman. No todos eran tramperos libres. Los tramperos libres formaban su propio clan y hombre por hombre podían derrotar a cualquier banda de la tierra o de más allá del espacio.

Jim Bridger era probablemente el más mentiroso de toda la cuadrilla. Aunque se decía que no sabía ni leer ni escribir y hablaba como si hubiese aprendido inglés en un tipi indio, le encantaba darle a la húmeda y contar sus historias, especialmente si había pietiernos escuchando. Adoraba contarles a aquellos novatos del Este c’una vez había corrido para salvar la vida con trescientos cheyennes a sus espaldas; c’abía llegao hasta unos árboles, había trepao por ellos, se había caído y había trepao a otros; que s’abía asomao por una rama y c’abía tantos indios como abejas en un arbusto de arándanos maduros; que se había caído al suelo y había trepao por otros árboles hasta que tuvo las manos pegás en dos centímetros de la pringosa resina de los pinos. Pero siguió corriendo y llegó a un cañón que se estrechaba y se estrechaba tanto que llegaba a un punto por el que no podía pasar una araña; y allí estaba él, con trescientos diablos rojos acercándosele y cayendo sobre él tal cantidad de flechas que parecían agujas de pino en un huracán. En ese momento Jim se detenía. Los asombrados y boquiabiertos pisaverdes, nerviosos, lo miraban fijamente; y con un ronco susurro uno de ellos preguntaba: «¿Y qué ocurrió, señor Bridger?» Con voz vieja y cansada, Bridger decía: «Me mataron».

Otro de los cuentos para novatos favoritos de Jim trataba de un puma. Estaba cazando uapitíes en las estribaciones de la montaña Battle cuando zas, salió d’entre unos matorrales un puma que lo estudiaba con sus fríos ojos verdes mientras movía la cola d’atrás p’alante. Jim se había sentido muy inquieto; sólo mirar al animal le hacía temblar y agitarse porque le parecía que el puma estaba pensando en su cena. «Buen chico», le dijo Jim, y hacía como si estuviera deseando acariciarlo. Pero con un salto p’aquí, otro p’allá y dos piruetas, el puma se puso delante de él con la boca abierta lo menos metro y medio. Tenía unos colmillos tan largos como cuchillos Bowie. Lo único que podía hacer era meter la mano dentro de la boca hasta el rabo, agarrarlo, y a toda velocidad volverlo del revés. Entonces se quedó mirando p’al otro lao y, supusiendo que Jim s’había marchao, se largó.

—Cuando uno de los pisaverdes dijo: «Vamos, hombre», casi me pareció que creía que Jim no estaba contando precisamente la verdad.

Suponía que quizá ella nunca habría oído hablar del viejo Caleb Greenwood. Caleb decía que los más valientes de todos los pieles rojas eran los Crows, pero no era parcial, porque se había casado con una Crow llamada Batchicka. No era una simple squaw de invierno, como lo eran muchas pieles rojas para los hombres blancos, sino una auténtica y buena mujer para todo el año. La verdad era que Caleb había amado a su esposa y a sus cinco hijos y dos hijas.

Ellos tendrían un hijo y una hija, dijo Sam, dando palmadas en el vientre de su esposa.

La relación de Caleb y Batchicka le había tocado la fibra sentimental a Sam. Con setenta y muchos años, Caleb se había quedado prácticamente ciego, y cuando las medicinas indias fallaron le pidió a su esposa que lo llevase a San Luis. Durante semanas ella mató bisontes y curó la carne, secó frutas, recogió raíces e hizo ropa de cuero para todos ellos. Luego, con su esposo y todos sus hijos excepto el mayor, habían cogido una canoa para bajar por el río. En territorio Sioux fueron atacados por una horda de guerreros aulladores y la mayoría se lanzó al agua y nadó hacia ellos con la intención de saquearlos; pero cuando Batchicka le abrió el cráneo a uno de ellos con el remo de la canoa, los otros se retiraron gimoteando a la orilla. Tras averiguar de algún modo que su hombre estaba ciego e indefenso, los bravos admiraron tanto el valor de la mujer que le permitieron el paso por el río. En San Luis le extirparon a Caleb las cataratas de ambos ojos y volvió con su familia de nuevo por el río. Ahora, con sus ochenta y tantos años, seguía siendo tan duro como siempre.

Sam se preguntaba qué pensaría la gente del Este, con sus turbios y fétidos ríos y vertederos de basura, del amor de Caleb por una squaw, o el de Loretto, o el suyo propio, o el de Kit Carson por María Josefa Jaramillo. Después de contarle a Lotus la historia de Caleb y Batchicka, Sam se sintió algo emocionado. Desmontando, rodeó a su esposa con los brazos según estaba montada sobre su caballo; y ella le observó con sensaciones extrañas y maravillosas en la mirada. Él levantó la vista para mirarla a los ojos (esto se había convertido en una costumbre entre ellos), y se miraron fijamente el uno al otro, sin sonreír ni hablar.

Si se quedaba ciego, dijo Sam, con palabras y señas, ¿ella le llevaría por el río?

—Sí —dijo ella.

—¿Harías pemmican?

—Sí.

—¿Matarías a mis enemigos?

—Sí.

—¿Me amas? —ella conocía las palabras, pero no sabía qué significaba «amar».

—Sí —dijo.

Sam la abrazó, apretando el rostro contra su vientre.

—Te amo —dijo, y montó sobre su caballo.

Cuando encontraron a un animal muerto, Sam lo examinó mientras Lotus estaba a su lado. Dijo que normalmente podía saber quién o qué lo había matado. El lobo casi siempre atacaba a los bisontes, uapitíes, ciervos y berrendos en el costado o los cuartos traseros; el puma se tiraba a los cuellos de los animales más grandes y, haciéndoles girar la cabeza, les rompía el cuello; el grizzly dejaba las marcas de sus terribles garras. De todos ellos, el lobo, para su tamaño, tenía las mandíbulas y dientes más fuertes. Los hombres blancos, le contó a su esposa, tenían un perro pequeño llamado terrier; podía atacar a un lobo o a una manada entera. Había visto una vez unos lobos partir literalmente a un terrier en dos, como había visto hacer a un grizzly con un tejón. Los hombres blancos tenían un perro más grande, parte lebrel, parte bull, que podía matar a un lobo, o incluso dos o tres, en una pelea. El lobo era un animal tan poderoso que había habido algunos capaces de arrastrar un cepo de ocho kilos aferrado a una pata hasta cuarenta kilómetros en unas pocas horas, y después de aquello le había quedado suficiente energía como para superar corriendo a un hombre y desaparecer.

Con orgullo juvenil de todo lo que había aprendido en siete años, Sam se detuvo para mostrarle un árbol territorial y los surcos que habían dejado en la tierra las garras. Después de orinar contra el árbol, el lobo había rascado el suelo, a la necia manera de los cánidos. Aquel era su territorio, le dijo señalando; estaba siempre en campo moderadamente abierto, en los fondos de los cañones, las quebradas secas, los collados más hondos entre divisiones de terreno. El único cebo de olor indefectible para un lobo era el de las cortezas de un árbol territorial tomadas lejos del territorio del lobo para el que habían tendido la trampa. El orín de lobo conocido hacía que un lobo macho temblase de nervios y corriese por los alrededores, olisqueando y dando bocados, y cayendo al fin en el disco oculto del cepo. Sam le contó que mientras él estuviera lejos de ella aquel invierno, los lobos podrían rodearla por la noche y tratar de derribar a su caballo. Él le enseñaría cómo atraparlos. Debía matar a un conejo y mojarse las manos con su sangre; cortar el conejo en pedazos pequeños y esparcirlos en una zona tan grande como la aldea de su padre; y en el centro colocar la trampa justo por debajo de la nieve y tapar el disco ligeramente.

Sam le contaba aquellas cosas después de que se hubiesen acostado, tratando de prever todos los peligros posibles. Construiría un corral para su caballo, pero si no vigilaba los lobos se colarían para morder las correas de cuero o para tratar de morderle los tendones al animal y derribarlo. Por algún motivo desconocido al lobo le gustaba mucho la carne de caballo. Tomando una de sus pequeñas manos en sus grandes palmas y olisqueando el aire nocturno en busca del rastro de enemigos, le hablaba hasta que se quedaba dormida. Su sentido de la afinidad con todo lo salvaje de la naturaleza era tan fuerte que deseaba que su mujer lo compartiese; que supiera las costumbres del mirlo acuático, del zarapito, del chorlitejo y del pájaro carpintero; los cantos de las aves, como el chorlito, cuyas dos notas eran los dos sol de los registros de un órgano; o el turpial, pues le parecía que con la más baja de dos claves exponía el tema y lo volvía a expresar en clave más aguda. Con la armónica trataba de imitar los cantos de las aves y, al fin, creyéndose un hombre muy bendecido, se dormía.

No quería que Lotus supiese nunca sobre las ciudades y el modo de vida de los hombres blancos. Hasta una posta estaba tan abarrotada de gente y hedía tanto de los olores de los humanos que se alegraba cuando había hecho sus trueques y podía irse, solo y libre, hacia la naturaleza. Las grandes empresas cazadoras habían corrompido tanto a los pieles rojas con el alcohol que la embriaguez, que él detestaba, campaba rampante por las postas; había guerreros pieles rojas tirados por todas partes, con sus negras miradas desenfocadas y con sus mentes obnubiladas por el alcohol hirviendo de malos propósitos. Sam había oído que algunos de los compradores de las empresas metían narcóticos en el ron y que las drogas les provocaban a los pieles rojas tales locuras que en una ocasión asaron vivo a un comprador en su propia hoguera; le habían atravesado el cuerpo con una rama y lo habían suspendido sobre dos trípodes de modo que pudiesen girarlo sobre las llamas como un pedazo de carne de venado. Sam había visto cómo arrastraban por los talones fuera de las postas a bravos completamente borrachos y los lanzaban en un campo hasta que este estuvo literalmente cubierto de indios. Había visto a orgullosos guerreros sentados bajo parasoles que habían obligado a construir a sus viejas, cojas y repudiadas esposas, medio borrachos, acompañados de bellas jóvenes, mientras las viejas daban vueltas tratando de robar más ron para sus señores, o comprar más con sus cuerpos. Delante de cada arrogante príncipe piel roja había un trípode sobre el que colgaban su escudo, su arco, su carcaj, su bolsa de medicina y su pipa. El varón indio era tan inocente y crédulo que cuando le daban ron a cambio de pieles el comprador blanco podía deslizar tres o cuatro dedos en la copa para ahorrarse ese licor; o metía sebo fundido en la copa a una altura de un centímetro y dejaba que se endureciese antes de llenarla de ron. Según se iba emborrachando el piel roja, el blanco diluía el ron, hasta que como mucho había una parte de ron y diez de agua de río. Sam había visto a guerreros borrachos apostar al juego de Adivina la Mano hasta que uno se quedaba con todos los caballos, la ropa y las armas y el otro estaba sentado completamente desnudo preguntándose qué más podía encontrar para apostar.

Para impresionar a su esposa con el modo en que miles de emigrantes se dirigían a las tierras del Oeste y se llevaban por delante los hogares de los pieles rojas, Sam habría querido mostrarle algunos lugares como la Roca Independence en el hermoso valle de Sweetwater, un río que al principio no había sido Eau Douce sino Eau Sucrée debido a que en él se había perdido un cargamento de azúcar. La gran mesa de granito tenía seiscientos metros de largo y casi sesenta de alto y acabaría por tener, suponía Sam, al menos cien mil nombres mormones grabados en su parte superior, ochenta mil de los cuales serían de esposas de polígamos. Pero había decidido dirigirse muy al oeste de la Roca, porque iba de camino a la posta de Bridger. Habría querido mostrarle a su esposa el Barranco de Scott después de contarle la historia de otro hombre valeroso.

Una partida de tramperos que bajaba por el Piarte había volcado su canoa y perdido prácticamente todos sus suministros, incluyendo la pólvora. Indefensos en tierra enemiga, se habían entregado al pánico. Uno de ellos, un hombre llamado Scott, se había puesto demasiado enfermo como para caminar y los otros, fingiendo que sólo iban a mirar más allá de las colinas para buscar comida para él, lo habían abandonado en la orilla del río. ¿Qué se le había pasado por la cabeza tras darse cuenta de que aquellos cobardes lo habían abandonado? Ni siquiera después de que los huidos se encontrasen con un grupo armado de hombres blancos mencionaron al enfermo que habían abandonado para que muriese, sino que dijeron que Scott había muerto y que lo habían enterrado. Al año siguiente algunos de los hombres de aquel grupo armado que regresaba por el río encontraron su esqueleto. Estaba claro que Scott se había arrastrado sobre sus codos y rodillas más de sesenta kilómetros en un intento patético y desesperado por encontrar a los cobardes que lo habían abandonado. Hugh Glass se había arrastrado a más distancia, las heridas abarrotadas de gusanos, excavando en la tierra en busca de raíces y royendo huesos viejos todo el camino hasta Fort Kiowa en el Missouri, el alma ardiéndole con la sola idea de la venganza. ¿Podría Sam Minard alguna vez dedicar su vida a la venganza? No lo creía probable, pero no podía ver el futuro.

Cuando llegaron al Camino de Oregón, Sam se detuvo durante una hora y miró al este y al oeste. La mayoría de las tribus indias creían ahora que, a no tardar, enormes masas de hombres cubrirían aquella magnífica tierra y expulsarían a los pieles rojas de sus hogares. ¿También preveían que cientos de hermosos ríos y arroyuelos serían contaminados? Ahora un hombre podía tumbarse sobre su vientre y beber de las aguas puras de cualquiera de ellos, excepto de aquellos que se encontraban en eriales alcalinos, como el Humboldt; pero no había aguas puras allí donde el hombre construía sus ciudades y diseminaba su suciedad. ¡Qué paisaje tan horroroso sería todo aquello algún día! Con sus ciudades que crecían vertiginosamente sin planificar, la hedionda y repugnante oscuridad de miles de chimeneas, los venenos paralizantes de las alcantarillas y el amontonamiento de enormes vertederos. Supuso que los pocos hombres que necesitaban espacio y libertad tanto como necesitaban oxígeno se irían al norte, hacia Canadá; y de nuevo al norte, hasta que en toda la tierra no quedasen más tierras limpias a las que ir, sino tan sólo los desperdicios, el hedor y la fealdad en que miles de millones de enjambres humanos convertirían la tierra.

Cruzando el Camino, miró con curiosidad los surcos de ruedas. La semana anterior una caravana había chirriado y tironeado por esos surcos, con sucias mujeres polvorientas agarrando a sus niños llorosos bajo las carpas de lona con la mirada fija en las espaldas encorvadas de los conductores y en el terreno que tenían delante. Semana tras semana y kilómetro tras kilómetro seguían adelante. Al llegar a la posta de Bridger en Black Fork, Green River, Sam supo que los mormones no habían pasado y sintió alivio cuando Bridger dijo: «Calculan que la primavera próxima. Ahora están n’el Missouri, el viejo Brigham y sus mil esposas, refugiaos durante el invierno».

—¿Todos los mormones?

—T’ol campamento, miles y miles.

—¿Dónde van?

—Sólo Dios y Brigham lo saben.

—¿Y todos con más de una esposa?

«Espabila», le dijo Jim, «¿alguno que no fuese un jefe había tenido más de una, en la Biblia o en otro lao? Brigham tenía, se decía, cincuenta o así; el siguiente tenía cuarenta y cinco acaso, y el siguiente cuarenta, y así tos hasta’l cabo, que igual tenía dos».

Uno nunca sabía cuándo Jim Bridger hablaba en serio.

«Qué yegua tan maja tienes, Sam», dijo, mientras sus extraños ojos (parecían grises pero tenían diminutas motas de acero brillante) observaban a Lotus. En aquella posta Sam compró a crédito, a cambio de las cargas de castor de la primavera siguiente. Compró un caballo veloz para su mujer, un buen rifle y un Bowie y mucha pólvora y balas; además compró útiles de cocina, media docena de mantas grandes, punzones, agujas e hilo; porque estaría cazando y ella estaría haciendo ropa de cuero para los tres.

—¿Dices que vas a dejarla sola? —le preguntó Jim, mirando a Sam mientras entrecerraba los ojos.

—En la cabaña junto al Little Snake —dijo Sam.

—¿Tol invierno?

—Tendrá un caballo rápido —dijo Sam—, sabe disparar. Además, ninguna alimaña piel roja va nunca por allí.

¿Cómo sabía Sam que no l’abían vigilao en su viaje hacia el sur? «Por Dios, piénsatelo», dijo Jim; «nunca sabes cuándo van a aparecer las alimañas rojas, ni ande». Después de que Sam se hubo preparado para partir y Jim le dijo que vigilase su cabellera, este le repitió: «Mejor piénsatelo». Las palabras inquietaron a Sam, porque sabía que en todo el Oeste no había un hombre que conociese mejor a los indios que Jim Bridger. Pero miró a su esposa y se dijo que no le pasaría nada.

Con Lotus sobre su nuevo caballo, un alazán fuerte y animoso con una lista en la cara, y con dos mulos cargados, Sam se dirigió hacia el suroeste. Era un territorio desolado, con montañas a lo lejos. Era más allá de un afluente del Yampah donde Henry Fraeb y Jim Bridger habían construido una posta; y hacía sólo cinco o seis años que Henry y cuatro de sus hombres habían muerto luchando contra los Sioux. Posiblemente Jim tenía esa lucha en mente cuando le dijo a Sam que se lo pensara. Sam había ido dos veces a los Uintahs para cazar; por lo que él sabía, ningún indio había ido tan al sur como para llegar hasta el Little Snake en invierno.

Cuando se acercaron a las montañas, Sam y Lotus mataron cuatro ciervos, curaron la carne y siguieron cabalgando. Había visto a su mujer mirar hacia atras de vez en cuando hacia el neblinoso paisaje del que venían. ¿Añoraba a su pueblo? ¿Se preguntaba por qué su hombre iba tan lejos para cazar? Él había tratado de explicárselo; había buena caza en zonas al norte, pero las ocupaban los hombres mayores. Había una cabaña por allí abajo, en una zona repleta de gamos fáciles de matar y abundancia de comida para su caballo. En la cabaña estaría abrigada y protegida, y ocupada con sus agujas. El territorio del Little Snake era prácticamente tierra de nadie; al oeste en las montañas estaban los amistosos indios Utes; al noroeste estaban los Snakes, pero lejos. Los Pies Negros estaban lejísimos, a mil quinientos kilómetros al norte; y los Crows, Cheyennes, Comanches y Arapahoes todos muy lejos. Una partida de guerreros de cualquiera de esas tribus podría matarla por su caballo y sus armas, pero estaba seguro de que ninguno iría tan al sur después de que cayesen las grandes nevadas. Y estaba seguro de que ningún explorador los había visto al viajar al sur. La caza en las Uintah sería muy buena y rápida; podía regresar con cinco cargas, incluso seis. Allí no tendría que estar vigilando día y noche en busca de enemigos, y así podría trabajar mucho. Lotus había dicho que ella quería ir con él y ayudarlo, pero Sam creyó que debía mostrarse firme; como esposo no sería mejor que un Digger si se llevaba a su mujer embarazada a los altos prados de montaña a temperaturas bajo cero sin sitio para una cama excepto la tierra bajo un abeto. Ahora estaba muy endeudado; tenía una esposa y pronto tendría un hijo. Era hora de coger su bolsa de medicina y marcharse.

La cabaña a la que llevó a Lotus era más o menos como la que había construido en el Musselshell. En el lado por el que soplaba el viento construyó un pequeño corral y un refugio de tormenta para su caballo; con su ayuda reunió mucha hierba para el caballo y la apiló contra la cabaña en la pared en la que soplarían los vientos más fríos. Recogió mucha leña. Todos los días le daba lecciones sobre cómo disparar el arma, y en poco tiempo era capaz de cabalgar hacia las montañas y regresar dos horas después con un ciervo. Curaron suficiente carne como para que se alimentase hasta mayo. Le dijo, una y otra vez, que nunca se alejase de la cabaña después de que llegasen las grandes nevadas. Hizo un agujero en la pared con la forma necesaria para que ella pudiese destaparlo en un instante y sacar por él el cañón del rifle. Una y otra vez le señaló las montañas en el oeste y dijo que él estaría allí, trabajando duro todas las horas de luz y hasta después de que hubiese oscurecido. Estaría pensando en ella todo el día y soñando con ella toda la noche.

Tras una semana o dos en la cabaña, supo que estaba embarazada; ella puso la mejilla derecha sobre el corazón de él mientras la abrazaba. ¡Dios Todopoderoso, ahora iba a tener un hijo para que fuese el más rápido cabalgando y el más certero disparando en todas las montañas! ¿Cuándo nacería? Contó los meses: en mayo quizá, o en junio: en algún momento cercano. Aquella noche él la abrazó hasta el amanecer y al día siguiente miró a su alrededor en busca de otras cosas que hacer para que estuviese cómoda y protegida. Posiblemente, cuando hiciese sol a ella le gustaría sentarse junto a la puerta y mirar hacia el oeste donde él estaría; así que le llevó un grueso tronco para que pudiese sentarse. Estaban sentados en él una noche cuando, repentinamente, ella se levantó, escupió sobre el regazo de Sam y le miró fija y gravemente a los ojos. Su mirada era tal que Sam se inquietó. ¿Creía que tenía la intención de abandonarla? Entregándose a una gran sensación de ternura que se abatió sobre él y lo reconfortó, la abrazó y murmuró promesas y palabras de cariño en su oído: «Nunca te abandonaré», le dijo, «Nunca en todos los días de mi vida. Nunca, nunca. Volveré», dijo una y otra vez. Regresaría con muchas cargas de finas pieles de modo que el verano siguiente pudiesen pagar sus deudas y tener dinero para comprar cosas para el invierno siguiente y para su hijo. En todos los idiomas que conocía le dijo que antes de dudar de su regreso haría bien en dudar de que el sol salía o que la nieve caía. Le rodeó el rostro con ambas manos y la besó en la frente, en los párpados, en las mejillas, en los labios, y en la chaqueta de cuero sobre sus pechos. Mirándola a los ojos, le dijo: «Te quiero, te necesito, nunca te abandonaré». Con un movimiento rápido e impulsivo ella le tocó los labios y la punta de la nariz y dijo: «Te quiero». El corazón le dio un vuelco. ¿Entonces, después de todo, se había ganado a aquella extraña muchacha de un pueblo extraño? Le dijo que quería llevarse con él un mechón de su pelo, y de la parte de atrás, por encima de la nuca, le cortó el mechón, y lo besó y lo mantuvo en sus labios. Lo estiró y calculó que tendría cincuenta centímetros de largo; cuando ella tenía el pelo suelto le llegaba por debajo de la cintura. Enrolló el pelo alrededor de su índice y lo besó, lo apretó contra sus labios; luego se lo metió bajo su camisa de cuero. Ella le había observado algo atónita. ¿Algún marido indio en alguna parte del mundo se había llevado un mechón de pelo de su esposa para recordarla durante un largo y solitario invierno?

Se dijo a sí mismo mil veces que ella estaría bien mientras él estuviese fuera. Las mujeres indias, al contrario que las blancas, no necesitaban doctores, enfermeras y una rondada de medicinas. El niño no nacería antes de su regreso. Ella estaría bien. Él llegaría cabalgando desde las montañas con los dos mulos cargados con pieles desde las crines hasta la cola. La cabaña no tenía ventanas; él había arreglado la puerta de modo que ella pudiese cerrarla; y le repitió una y otra vez, una docena de veces, que llevase siempre el cuchillo en el cinturón, un revólver encima y que tuviese el rifle a mano. Le había contado lo que había hecho con un hacha la mujer del Musselshell. Lotus tenía una buena hacha y debía conservarla siempre justo al lado de la puerta. Le pareció que sería seguro que ella disparase su arma siempre que el viento soplase del norte; pero tenía mucha carne curada, harina, frutos secos, raíces, café, azúcar; tenía mucha madera, ropa de cama y más que suficientes pieles para mantenerse ocupada. El indio más cercano estaba a trescientos kilómetros de allí. Estaría bien.

Sin embargo, durante los últimos días y noches con ella no actuaba como un esposo que cree que su mujer va a estar bien. El valor de su esposa lo había conmovido profundamente; era poco más que una cría, estaba muy lejos de su pueblo y no le había mostrado señal alguna de que tuviese miedo. También se había conmovido cuando, viéndola al fin como la excepcional persona que era, comprendió qué prueba tan terrible había sido para ella marcharse con él. La puso sobre su regazo y la abrazó, y debatía consigo mismo si debía ir con él o quedarse allí. Pero entonces la veía embarazada de siete u ocho meses en las frías y altas montañas y cabalgando no mucho antes de que llegase su hijo; la veía sin techo sobre su cabeza, sola todo el día mientras él caminaba kilómetros y kilómetros recorriendo sus trampas; y volvía a convencerse de que lo mejor para ella sería quedarse allí. Tratando de seguirle de trampa a trampa se agotaría. Sería malo para el niño. Podría enfermar… Aún seguía debatiendo el asunto cuando llegó la mañana de noviembre que había fijado para su marcha. Nevaba, una tormenta silenciosa y profunda, en la que no se veía más que los millones de copos que caían tan grandes como monedas de dólar. Ensilló su caballo y los mulos y los llevó al corral. Luego se dirigió a su mujer, que estaba en pie junto a la puerta, mirándolos a él y a la tormenta en la que él iba a desaparecer. Ahora no había ni rastro de montañas ni de río.

Sam se sacudió la nieve de la chaqueta, del vientre y de los muslos y dijo que el Todopoderoso tenía más maneras de embellecer la tierra de las que los mortales podían pensar. Trataba de mostrarse animado, pero se sintió más solo de lo que se había sentido nunca desde que se despidió de su gente. Se quedó al lado de ella y juntos miraron el maravilloso atardecer de copos. Luego él la tomó en sus brazos y la besó en el pelo y en la cara; se inclinó para besar la piel que le cubría el vientre y la abrazó durante cinco minutos largos.

Entonces, de repente y en un instante se despidió, como había hecho con su gente, y se fue. Cabalgaba sobre su caballo, con la cuerda de los mulos en la mano, internándose en la nieve. Lotus se quedó mirándolo mientras estuvo al alcance de su vista y mucho tiempo después. Allí estuvo en pie más de una hora, mirando la desolación. ¿Estaba pensando que él la había abandonado, en aquella extraña y solitaria tierra a casi mil quinientos kilómetros de su pueblo, que debería subirse a su caballo y dirigirse al norte, hacia las Bitterroot y su hogar? Pensara lo que pensara, no había mucho rastro de ello en su adorable rostro. Una chica blanca de su edad podría haberse venido abajo y correr gritando tras su hombre; esta chica, tras observar durante una hora la desolación en la que había desaparecido su esposo, fue al corral a oír la respiración de su caballo. Miró el cuchillo que llevaba en el cinto, el revólver a su lado; y con un respingo se acordó del rifle y corrió hacia la cabaña a cogerlo. Examinó cuidadosamente el fulminante. Miró hacia el río, la dirección desde la que llegarían sus enemigos, si es que lo hacían. Entonces se arrastró entre dos postes, fue hacia su caballo y, apoyando el rifle con la culata entre sus pies, miró a los tranquilos ojos del caballo. Puso la mano derecha bajo el morro y la mejilla derecha del caballo y apoyó su propia mejilla derecha en la izquierda del caballo, y se quedó allí mientras la tormenta la volvía a ella, al caballo, a la cabaña y a todo lo demás de un invernal blanco puro de montaña.