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Sam no se había sentido normal desde la muerte del joven en el río. Era un luchador y luchar había sido su modo de vida durante años pero ahora, mientras volvía sobre sus pasos hacia el suroeste y se dirigía al hermoso valle del Gallatin, se sentía condenadamente cansado. Bueno, por el momento se había hartado de ello; había tenido suficiente, como el viejo Bill. Apenas entrando en la treintena se preguntaba si se estaba haciendo viejo. Podría estirarse en el agua caliente unos cuantos días y sudar los venenos; y tocar y cantar algunas arias y las canciones que él y Lotus habían cantado, incluso hasta las canciones que habían cantado él y Kate. Sería agradable estar solo y a salvo durante un tiempo. Suponía que debería visitar a su suegro y ver si tenía una hija casadera, pues al convertirlo a la vida solitaria el Creador se había dejado algo. De vez en cuando en su mente aparecía una imagen de unos diablos rojos saliendo de las tierras del norte como enormes avispas furiosas con largos y afilados aguijones. Habían fanfarroneado con que los Crows eran demasiado cobardes como para atraparlo, pero que ellos sí podían y ahora dedicarían a ello todos sus infernales esfuerzos. De modo que durante un tiempo viviría con las aves y los animales, evaluaría sus recursos y reduciría su vida a la sencillez del canto del pájaro, el vuelo del halcón y la llamada del lobo. Tenía tres meses antes de la siguiente temporada de trampeo; quizá debería irse a casa a visitar a su gente. Podría ir en barco de vapor por el río pero si regresaba ese año tendría que hacerlo por tierra; pensar en un viaje de miles de kilómetros no le volvía loco de alegría. Quería ver a su familia pero no quería ver la clase de vida que llevaban. Él nunca podría vivir en lo que se llamaba la vida civilizada: «Aquí donde los hombres se sientan y se oyen gemir; donde el temblor sacude unas postreras y tristes canas y los jóvenes son pálidos, espectrales y mueren». Algo así había escrito el poeta. Los vecinos y sus hijos, todo energía y chillidos; hipotecas y deudas y policías y funerales y tasas; aquí fuera, gracias a Dios, no había funerales; un hombre moría, los lobos y los buitres limpiaban sus huesos y aquel era su fin.
Bill había llevado noticias de la posta de Bridger que habían deprimido a todos los tramperos. Aquel magnífico territorio salvaje estaba llenándose rápidamente de gente. Los trenes de inmigrantes llegaban ahora todo el verano en dirección a Oregón y California; los valles acabarían envenenados por ciudades que eructaban humos y uno no se atrevería a tumbarse a beber de un río. Al este del Gran Lago Salado había ahora miles de mormones; Bill contó que decían que sólo deseaban alejarse de sus perseguidores y tomar tantas esposas como pudieran, pero la cuenca se llenaría de ellos y hasta rebosaría, y donde hoy había castores, frutos silvestres y paz, mañana sólo habría esposas mormonas. Las polígamas señoras pisotearían todos los matorrales de bayas y cortarían todos los árboles; y al final todos los indios y todos los uapitíes y bisontes desaparecerían. Quedaría, dijo Bridger, sólo lo que llamaban civilización, y sólo pensarlo le daba ganas de vomitar. ¿Cuántas esposas tenía ya Brigham? Cincuenta al menos, y quinientos hijos, decía Jim.
La verdad era que Sam Minard había nacido demasiado tarde y que había ido al Oeste demasiado tarde. Llevaba allí sólo unos pocos años cuando Brigham llegó chirriando y arrastrándose a través de las praderas con sus hordas mormonas; y ahora, después de él, llegaba la gente a miles, deseosos de encontrar oro o de levantar todo el territorio con arados; y para construir cárceles, imponer tasas, votar a políticos y jugar como niños a ser elegantes y civilizados. Santo Dios, suponía que debería irse hacia el norte.
En el infierno de Colter, con sus olores penetrantes que salían de las calderas de azufre y los géiseres humeantes, o de los vastos bosques de píceas, pinos y abetos, Sam miró a su alrededor y se preguntó cómo sería después de que hombres con ollas de oro, hachas y arados hubiesen pasado por allí. Trató de imaginárselo cincuenta o cien años después. ¿Por qué estaba poniendo el Creador a tanta gente sobre la tierra? Maldita sea, ahora eran cientos de millones; Sam creía que unos pocos cientos de miles bastarían. Había demasiados pieles rojas, tantos que los sitios donde habían montado sus aldeas despedían durante años hedores infames y sobre la tierra quedaban manchas de muerte. Deja a los pieles rojas asentarse durante un año o dos en un sitio y todo lo que había debajo y alrededor empezaba a morir y a oler mal, como flores empapadas de orina de lobo, hasta que podías señalar, allí en el Rosebud, en el Bighorn, en el Belle Fourche, el Chugwater, el Teton, el Snake, el Colorado, el Green, aquí y allá, las manchas de muerte donde aquella gente había arruinado lo que había tocado hasta que la Naturaleza ya no podía limpiarlo y reemplazar el hedor con fragancia. La gente era otra cosa, decidió Sam, y se olió las manos. Había millones de bisontes; mares y océanos de ellos, y en veinticuatro horas apilaban montañas de heces; pero enseguida las heces se convertían en pedazos sin olor que parecían puñados de hierba seca. Pero un sitio donde personas, blancas o rojas, acampasen durante unas semanas, hacía que uno quisiera subirse a los picos más altos por culpa de la hediondez. El hombre era, de hecho, una criatura tan maloliente que todas las bestias y aves de la tierra lo temían por su mal olor. Esa broma provocó que Sam se riese. El Creador estaba fallando ahí. A Sam le parecía que llegaría un tiempo en el que por toda la tierra no hubiese un río sin contaminar ni un valle boscoso intacto; un soto donde uno no tuviese que mirar a su alrededor antes de sentarse; una cuenca que no estuviese sucia y azotada por la fealdad humana. Sam se hubiese sentido sombríamente divertido si le hubiesen dicho que dentro de cien años habría entusiasmo por las zonas naturales, que a esas mismas tierras que ahora lo rodeaban acudirían de los hervideros de masas arracimadas para pasar una hora o dos llenándose los pulmones de aire limpio, oír cantar a los pájaros o sentir el significado de la paz.
Allí, en los edenes y jardines primitivos donde los ciervos lo observaban con sus miradas suaves, donde los pájaros se asomaban a través del follaje de las píceas y le hablaban y los más altos picos llevaban sobre sus hombros capas blancas que el sol nunca podía apartar; o donde en las estribaciones del sur podía tumbarse entre matorrales de bayas y beber los deliciosos néctares; donde podía coger a puñados el resplandor anaranjado de las moras y alimentarse de ellas mientras las exquisitas esencias de los frutos de la montaña llenaban su olfato y todos sus sentidos; donde podía recolectar la resina dorada y broncínea de los grandes abetos y masticar sus sabores a madera y risco mientras se abrazaba al árbol para impregnar su ropa de cuero con ese olor a montañas y eternidad, traído de las profundidades de la tierra y de los cielos en las alturas; donde podía trepar con la ayuda de unas cuerdas de cuero los veinte metros de la muralla de oro de un pino amarillo, llevando sólo su rifle y su armónica y encontrar, en la copa, dos o tres ramas grandes sobre las que tenderse y mirar a través de la hermosa pasamanería los azules ríos y los montones de algodón, y tocar el vals de las viñas ante la maravillosa obra de Dios; donde en un bosque de cien mil o un millón de años podía excavar, como un oso o un tejón, a través de treinta o quizá sesenta centímetros de hojas y piñas y sentir el prodigio de la tierra limpia en sus manos, enterrarse en ella y respirar hasta el alma los olores y el tiempo infinito hasta que estuviese lleno de la magnífica antigüedad natural de la tierra que da la acumulación de siglos del moho del mantillo hecho de agujas, piñas y ramas, corteza vieja, nidos de pájaros, nieves y lluvias, dejando fuera sólo la cara y los brazos, su ser abrazado por la antigüedad y la paz hasta que al fin se adormilase y soñase; y donde con panecillos calientes, un asado de uapití guarnecido con ajos silvestres, una cafetera y un kilo de arándanos azules podía darse un banquete no sólo de comida gratis y divina, sino de la imagen de la eterna belleza en todo lo que le rodeaba, y después llenar su pipa y fumar y entonar unos compases del Mesías de Handel, y aguzar el oído para escuchar algunas notas débiles de las orquestas infinitas que creía que debían de estar tocando en la infinita cápsula azul que envolvía la tierra; y donde al fin, cuando se había acabado el día, podía tumbarse sobre el suave pelaje de una manta de bisonte bajo las joyas que los hombres llamaban estrellas con una colcha de piel de uapití encima de él subida hasta la barbilla de modo que su olor se mezclase con el del abeto, el cornejo sedoso, el laurel de montaña, las parras silvestres y el humo del enebro, y con las bocanadas que llegaban de las calderas minerales, el vapor del géiser y el cielo y la noche…
Se habría quedado en el refugio hasta octubre si no hubiese visto señales de un invierno anormalmente frío. Tras años en las montañas, los hombres blancos sabían casi tan bien como los pieles rojas o el lobo, el castor y la torcaza, los humores y augurios de la Naturaleza. La nieve empezó a caer en la cuenca de los géiseres a principios de septiembre. Aquello, para Sam, fue advertencia suficiente. Cuando en treinta y seis horas cayó medio metro de nieve, Sam se subió al pico más alto para mirar a su alrededor, buscando presagios en todo lo que había en el bosque mientras subía. No podía ver las Bighorn al este ni las montañas Gallatin al norte. ¿Dónde, se preguntaba, tendería trampas aquel invierno? Las Uintah eran buenas, pero estaban lejos y a Bill Williams lo habían matado allí. Había puntos en el río Bear, el Snake, el Teton, pero pronto habría ranchos por todas partes y hombres construyendo vallas para evitar que pasaran sus vecinos. Cuando no quedasen más espacios abiertos a los que ir, un hombre que amase la libertad más que a la vida tendría que asentarse, con un vecino a cinco metros a izquierda y derecha y toda una fila de ellos al otro lado de la calle. Más allá, en alguna parte, seguían arrastrándose rezagados trenes de inmigrantes.
A la mañana siguiente había recogido y estaba en marcha. Diez días después volvía a estar en una cumbre mirando a su alrededor; lo que veía no eran bosques de coníferas sino las llanuras del alto Sweetwater donde salía de las montañas. Estaba observando el Camino de Oregón a unos ciento treinta kilómetros de Independence Rock y una caravana que chirriaba y crujía en quince centímetros de nieve. Otra hornada de pisaverdes que se quedarían atrapados en las montañas, igual que se habían quedado la partida de Donner y otras; o así sería si el cielo se abriese de repente y dejase caer unos cuantos centímetros de invierno. ¿Eran también mormones aquellos de abajo? Se preguntó por qué un hombre podía ser tan necio como para querer más de una esposa. Aquella gente todavía estaba a trescientos o cuatrocientos kilómetros de los santos polígamos y a mil quinientos de los Dalles y Sacramento. Podrían tener que comerse sus gorras de cuero y los arneses antes de salir de allí.
Sintió el impulso de bajar y preguntarle a esa gente por qué no se habían quedado en el Este, donde pertenecían. ¿Creían, como otros muchos, que en el Oeste había pepitas de oro grandes como melones tiradas por los cañones y los ríos? ¿Y un terreno tan fértil que los repollos salían tan grandes como cocinas? ¡Qué embustes habían contado los bromistas que habían estado en el Oeste y habían regresado al Este! Dos años antes Sam se había acercado a una caravana y una mujer, sentada en un carromato cubierto, tras limpiarse los ojos con la muñeca sucia de polvo de arcilla, lo había mirado con los párpados enrojecidos y le había preguntado si era cierto que allí todos los hombres se vestían con ropa de cuero y se casaban con squaws. Ninguno de los inmigrantes parecía tener ni la más remota idea de qué clase de mundo era aquel. Lo que buscaban no eran los perfumados valles, el cielo límpido, la majestad y la grandeza, sino un lugar donde pudiesen juntarse como vecinos y envenenar la tierra. Le recordaban al ejército de hormigas en marcha y a las plagas periódicas de langostas. Allí estaban, los trescientos, con sus camas, sus mesas, sus niños llorones y su ganado chillón, con sus absurdas ideas de que pronto serían ricos y estarían de camino hacia el cielo.
Montado en su caballo, Sam observó la larga línea traqueteante, como trazos de lápiz sobre el blanco papel. De vez en cuando apartaba la mirada de los animales medio congelados, las frías ruedas de los carros, las lonas tiesas y llenas de polvo aleteando al viento y miraba hacia el norte y el oeste, al inmenso mundo de valles, montañas, ríos y cielo. Pronto no quedarían caminos ni bosques con huertos de bayas en sus frescas profundidades, ni mirlos acuáticos que bebiesen y se zambullesen a los pies de las cascadas, ni alondras que cantasen sus arias, ni movimientos en la pradera que desde la distancia pareciesen unas aguas oscuras que fluían pero que se trataban de manadas de bisontes, ni el canto del lobo, ni el rugido del puma, ni la llamada del colimbo. En el Big Snake, no muchos cientos de años atrás, había habido fantásticas erupciones de lava hirviente que fluía hacia el sur y el oeste por las llanuras durante más de cien kilómetros; un siseo al rojo vivo, un flujo humeante de muerte que mataba todo lo que tocaba y dejaba total desolación, negra, grotesca e inerte, en cientos de kilómetros cuadrados. Para Sam y hombres como él las caravanas de inmigrantes eran otra clase de flujo de muerte: mirando hacia el este, vio en su imaginación una columna de mil kilómetros, tan ancha como una migración de bisontes, gris por el polvo, pesada, exangüe e inexorable, que llegaba desde el Este para cubrir la tierra. Recordó lo que había dicho Bill: «Está mu claro que nos empujarán hasta las montañas y después al mar y cubrirán toda la tierra con sus letrinas».
Laramie se había convertido en una reunión creciente de chozas de madera y tiendas rodeadas de montones de pieles de bisonte tan grandes como almiares. Para el 5 de julio, en sólo una estación, habían pasado por aquel fuerte de camino al Oeste 37.171 hombres, 803 mujeres, 1.094 niños, 7.474 mulas, 30.615 bueyes, 22.742 caballos, 8.998 carretas y 5.720 vacas. En los dos años anteriores docenas o cientos de personas y animales se habían ahogado tratando de cruzar el North Platte usando como barcas los encogidos y chirriantes lechos de las carretas. Esperaba que el Todopoderoso supiese lo que estaba haciendo. No le correspondía a un simple hombre decir si algo era bueno o malo cuando la cuestión llegaba más allá de donde alcanzaba su vista; pero hombres como Sam habrían preferido unirse a una tribu india y marcharse hacia el norte que vivir donde los vecinos convertían la vida a su alrededor en un infierno.
Guiando a dos mulos de carga, cruzó el sendero y cabalgó hacia el sur, pero se giraba una y otra vez para mirar con curiosidad las carretas chirriantes, con aspecto de monstruos espantosos desde el tiro hasta la trasera. Se las imaginó con bocas succionantes, como las de las langostas; las patas como espinas de cactus que atrapan y sujetan; ojos redondos opacos sin pestañear que buscan en la vida sólo lo que la boca pueda devorar; y largas antenas de lija que se retuercen, coletean y se sacuden con impaciencia cuando la criatura nota que ha tocado un objeto que puede ser comido. Durante la hora anterior se había formado una imagen tan odiosa de los inmigrantes y de todo lo que parecían ansiar que sintió una punzada de vergüenza y se alegró cuando las nubes bajaron y abrieron su vientre para derramar los grandes copos blancos. Comenzó a tararear una melodía de Haydn.
Doscientos kilómetros y tres días después seguía cayendo la nieve cuando Sam, sentado en la maravillosa penumbra, vio la cabaña. Le parecía que habían pasado muchos años desde que había ido y había descubierto lo que quedaba de su esposa y su hijo. Las suyas no eran de la clase de heridas que se curan con el tiempo. Desmontando, se acercó y se quedó junto a la puerta; y cuando miró al sitio donde había sido asesinada sintió, sin haber perdido apenas intensidad, el profundo dolor, la ira, la injusticia, la estupidez del plan divino y la soledad del pesar que había sentido cuando cogió su cráneo en la palma de la mano. Había visto el descarnado blanco de los dientes, recordando los suaves y los carnosos labios que los habían cubierto; los agujeros vacíos, pensando en los maravillosos ojos que habían tenido su hogar allí. Recordaba ahora todas las luces y los seres vivos que habían estado en aquellos ojos; la preciosa cabellera; el rostro completo y todo el delicioso cuerpo; y toda la maravilla viva de su ser que de algún modo, por una voluntad más fuerte que la de él, se había quedado en nada más que unos cuantos huesos y el recuerdo que él conservaba. Era de esa clase de cosas que desgarraban el corazón de un hombre y le secaban el alma: ¡Si hubiese sobrevivido algo que fuese más que una mínima parte de lo que había sido! Si, de una flor, pudiesen quedar más que pétalos secos y muertos; de un hombre, más que huesos blanqueados después de que los lobos hubiesen acabado con ellos; de su hijo, algo en alguna parte del valeroso trampero que podía haber sido. Muy al norte, a mil kilómetros o más, tres veces había quitado unas piedras para poder dejar un ramo de flores. Tres veces su mano había tocado delicadamente los lastimosos y absurdos restos y había apretado los pétalos y había frotado el perfume sobre los dos cráneos. ¡Cuán completamente la muerte separaba al amante de aquello a lo que amaba! Allí, junto a la puerta de la cabaña, apartó la nieve y sentándose donde ella había caído, tocó algunas de las melodías que había tocado aquellas inmortales semanas cuando eran marido y mujer.