PRESENTACIÓN
EL TRAMPERO
Aunque descatalogadas hace decenas de años y en ediciones con frecuencia «cuestionables», son bastantes las novelas y relatos del género western traducidas al castellano. Predominan las más cercanas a la faceta historicista de este género —Pasaje al Nororeste de Kenneth Roberts o Inconquistable de Neil Swanson— pero, incluso algunos clásicos de los más específicamente western, como Shane de Jack Shaefer, Río Bravo de Leigh Brackett o Paloma solitaria de Larry McMurtry, han visto, mal que bien, la luz entre nosotros. Sin embargo, un número inmenso de novelas auténticamente «básicas» en la historia de esta literatura permanecen tristemente inéditas en castellano. Sin duda una de las más obvias, una de las que más se echaban en falta es esta que ahora finalmente tienes en tus manos: Mountain Man, de Vardis Fisher.
Si decimos Mountain Man, o El hombre de las montañas, que fue un título posible para esta edición española, o El Trampero, que es el que finalmente lleva, un hipotético lector interesado en el libro se hará una idea muy genérica del asunto de esta novela. Sí, seguro que va de tramperos, cazadores de pieles, la Frontera, pioneros, casas de troncos y posiblemente habrá pieles rojas. Pero si mencionamos Las aventuras de Jeremiah Johnson, el título de la película, protagonizada por Robert Redford, que Sydney Pollack basó en Mountain Man, una de las más grandes películas de Aventuras y Western nunca filmadas, ese hipotético lector, al que suponemos interesado por la Aventura, tendrá una idea más cabal del contenido de este segundo título de la colección Valdemar/Frontera. Se dice que no tiene sentido comparar un libro con su adaptación cinematográfica, pero creo que no hay por qué suscribir esa tesis. Es pertinente hacerlo; para bien o para mal, del libro o del film. En el caso de El Trampero (Vardis Fisher, 1965) y Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack, 1972), estamos ante una novela y una película igualmente excepcionales. Ciertamente la película refleja en parte el libro… pero no en todos sus aspectos, ni arguméntales, ni históricos, ni intelectuales. El Jeremiah Johnson de Pollack coincide sobre todo en una faceta fundamental con el Samuel Johnson Minard de Vardish Fisher: su «amor por la Naturaleza», su exacerbada sensibilidad ante los grandes paisajes, ante la apoteosis para los sentidos que significa la Creación. Según Sam Minard: «cuanto más miraba el mundo que lo rodeaba más clara le resultaba la gloriosa certeza de que el Creador era un gran artista en todos los campos». Pero, en casi todo lo demás, poco hay del apolíneo Robert Redford en el gigante de dos metros y ciento veinticinco kilos que protagoniza El Trampero. Brillante, e intencionadamente, en Las aventuras de Jeremiah Johnson Sydney Pollack ha dado a luz una versión no excesivamente fiel, dulcificada y ennoblecida, de lo que cuenta Fisher en su novela.
Sí, el mundo en el que habita Sam Minard, el de los parajes semivírgenes de las Montañas Rocosas a mediados del siglo XIX, es de una belleza estremecedora, pero también de una dureza comparable a sus valores estéticos. Crueldad humana, crueldad animal, crueldad meteorológica… la lucha por la supervivencia en un sentido absolutamente darwinista. En ocasiones, en muchas ocasiones, planea el hálito de Jack London sobre las páginas de Vardis Fisher, que es capaz de mostrarse solemne, lírico, o coloquial, según convenga. Puede dedicar media docena de páginas a narrar la lucha entre unos lobos y un oso grizzly, o describir poéticamente una tormenta comparándola con los registros propios de la música de Bach o Mozart y, a continuación, embarcarse en contarnos con gracejo las negociaciones de Sam Minard con el jefe de los Flatheads, Montaña Alta, para comprar una esposa. Las aventuras de Minard, son toda una exposición de cómo se vivía a mediados del siglo XIX en la Frontera de los Estados Unidos. Bueno, a Fisher, autor centrado en plasmar la lucha del hombre contra la adversidad —es una constante en su obra—, le interesa muy concretamente ahora, más que cómo se vivía en la Frontera de los Estados Unidos, cómo vivían en ella los «mountain man», uno de los personajes más típicos de aquellos días. Y muy posiblemente porque, en su estudio del esfuerzo, ellos constituían una especie de «fuerza de choque» de la civilización que empujaba hacia adelante la frontera. Lo más parecido en castellano al término «mountain man» sería «trampero», pero nuestro término no es adecuadamente equivalente. Para los ingleses, para los norteamericanos en concreto, «mountain man» tiene unas connotaciones míticas e históricas que su equivalencia española «trampero» no tiene entre nosotros. «Mountain man», al igual que «outlaw», «saloon» «sheriff» o «tahúr» son términos que acarrean un determinado bagaje cultural anglosajón. Sí, un «mountain man» es un «trampero» que caza pieles con trampas, pero a la vez es un explorador, un nómada, un comerciante en tierra de indios, alguien apartado de la civilización que vive entre los pieles rojas o que combate contra ellos… De inicio «mountain man» implica, básicamente, un tipo de actividad económica, pero es también un modo de vida que llevaron en la Frontera durante el siglo XIX unos cuantos millares de personas. La actividad básica era el comercio de pieles, pero las motivaciones podían ser muy distintas. Hay quien lo ejercía como un negocio para ganarse la vida, quien lo ejercía para satisfacer sus ansias de explorar nuevos territorios, quienes huían de la forma de vivir en el Este o quienes, como fugitivos, se vieron forzados a ello… Si las motivaciones fueron muchas y distintas, también fueron variadas las maneras de ejercer la profesión. Unos trabajaban cazando y almacenando pieles durante meses, aislados, hasta reunir un gran lote, que luego vendían al mejor postor en los «Rendevouz» anuales de los tramperos; otros cazaban por cuenta de las compañías de pieles, recibiendo un salario y unas ventajas según los rendimientos de su actividad, a veces en grupos, a veces como receptores en puestos de intercambio, o comerciando con las tribus… En todo caso, toda esta forma de vivir vio llegar su final cuando, a mediados del XIX, las grandes migraciones de colonos norteamericanos en busca de tierras baratas en el Oeste, sumadas al éxodo de los mormones en busca de una patria y a la avalancha de buscadores de oro hacia California, invadieron todos estos territorios. Extensiones que habían permanecido semivírgenes, apenas pobladas por las tribus indias de la zona y los tramperos que vivían entre ellos, se vieron roturadas, atravesadas por el ferrocarril y densamente pobladas. Estos «mountain man» se vieron forzados a cambiar de actividad, o irse más al norte, hacía Canadá, donde tradicionalmente los colonos franceses habían practicado actividades comerciales parecidas bajo el nombre de «coureur de bois», término que sí es muy homologable al anglosajón de «mountain man». Los que se quedaron en las zonas donde ejercían antaño su profesión acabaron enrolándose como exploradores en el ejército, guiando caravanas de emigrantes por esas rutas que ellos conocían por haber sido los primeros blancos en recorrerlas, cazando para los hombres del ferrocarril o estableciéndose en puestos comerciales. En su periodo de esplendor, la primera mitad del siglo XIX, debieron de ejercer esta actividad unos cuantos millares de individuos, de procedencias, ideologías, nacionalidades y preparación cultural muy distintas. De hecho, no sólo anglosajones nutrieron sus filas, también franceses como Benjamín Bonneville; mestizos, como el medio cherokee James Beckwourth, o españoles como el gallego Benito Vázquez, o Manuel Lisa, gran explorador, que aparece citado en esta novela, y se casó con Mitain, la hija del jefe principal de los Omaha, fueron famosos «mountain man». De algunos de ellos se conservan memorias, noticia histórica o tradiciones orales; un poco a la manera de los bandoleros en España.
Vardis Fisher, nacido en Idaho en 1895, profesor universitario, periodista, ensayista, novelista, poeta, experto en la historia de su Idaho natal, recibió dos Spur Awards —los máximos galardones del mundo del western— en 1965 y 1968. En 1965 en la categoría de mejor novela histórica, precisamente por este Mountain Man y, en 1968, a la mejor obra de no-ficción por Gold Rushes and Mining Camps of the Early American West. Se ha dicho que es un escritor de western que no se propone escribir western, en el sentido de que a él le interesa más la época y la vida de sus gentes que reproducir los clichés del género (bien, quizá esa es, precisamente, la mejor forma de escribir buenos westerns…) En todo caso western no fue, ni mucho menos, lo único que escribió. Aunque más de una decena de sus novelas y muchos cuentos se inscriben en estos escenarios, al menos una veintena de sus escritos se engloban en el apartado de novelas, ensayos, relatos y otros escritos que nada tienen que ver con ello. Esa primera decena de obras inscribibles en nuestro género darían, y han dado, para varios estudios críticos, estudios que suelen incidir en la relación entre Historia y Mito en la narrativa de Fisher (The Past in the Present: Two Essays on History and Myth in Fisher’s Testament of Man de Lester Strong, por ejemplo), pero, centrándose en este Mountain Man, o El Trampero, como se titula en castellano, ¿qué hay de Historia en la novela de Fisher?
La historicidad de El Trampero tiene dos planos: el primero es el de la recreación ambiental y el modo de vida que se describen. Bien, no tiene sentido —por incapacidad confesada— que quien suscribe esta breve presentación se dedique a intentar descifrar con qué grado de verosimilitud —según los estudios antropológicos e históricos que sobre la vida de los pioneros de la Frontera americana puedan consultarse— ha reflejado Vardis Fisher la vida de los «mountain man». A Vardis Fisher, todo un experto en el tema, se le supone esa capacidad y se le adivina el empeño de hacerlo así. Sí se puede comentar, para lectores curiosos, que las tres cuartas partes de los tramperos libres, compañeros de profesión, que se relacionan en la novela con Sam Minard, existieron realmente: William Bent, Bill Williams, Kit Carson, Jim Bridger, Joe Meek, Mick Boone, James Beckwourth, Jedediah Smith, Milton Sublette, Loretto, William Henry Ashley o Dick Wooten existieron.
Muchos de ellos son personajes famosos para cualquier experto en la vida en la Frontera del Far-West. Sam Minard es, intencionadamente, un arquetipo mítico construido por Fisher para personalizarlos a todos. De hecho, hacia el final de la novela, Fisher dice: «A la mañana siguiente llegó hasta el campamento el hombre a quien todos los tramperos habrían escogido mediante voto secreto como el más capaz de todos ellos. No porque Sam Minard fuese el mejor hombre del Oeste o el más poderoso físicamente». Luego el autor elabora una lista de habilidades de los más famosos «mountain man» de la historia y concluye diciendo: «Era porque tenía en amplia medida todos los rasgos y habilidades que definían a un soberbio trampero».
Sam Minard es por tanto el paradigma del trampero, casi un arquetipo, rodeado de tramperos reales, pero, y aquí va el segundo plano de historicidad de la novela de Fisher, las peripecias de este arquetipo del trampero están basadas en las de un personaje real: John “Liver-Eating” Johnson (John “Comehígados” Johnson).
De todo este grupo de «mountain man» —o de «tramperos», que así los hemos llamado indistintamente— que conviven con Sam Minard en esa mitad del siglo XIX, falta uno de los más famosos, el más legendariamente siniestro de todos ellos: John “Liver-Eating” Johnson. Se dice de él que, desesperado por la muerte de su mujer india a manos de los crows, se embarcó en una venganza contra los integrantes de esta tribu que duró doce años. También dice la leyenda que, como muestra de desprecio, para sembrar el terror y dejar su firma, arrancaba y devoraba el hígado de los guerreros crow que mataba. Se cuenta también, sobre “Eating-Liver” Johnson, su enfrentamiento con los pies negros y su fuga de estos, recorriendo quinientas millas en condiciones casi imposibles y perseguido por la partida de guerra que le había capturado. Los varios libros que se han escrito sobre él, sostienen o rebaten episodios de esta biografía incierta, de su lucha contra crows y pies negros. Y no daremos ahora fecha de nacimiento y muerte de tal figura histórica por no «chafarle» al lector la intriga sobre su final. En Old Trail Town, una especie de parque temático sobre el western, situado en la pequeña ciudad de Cody (donde nació William F. Cody), puede verse una gran estatua ecuestre de Liver-Eating Johnson. Vardis Fisher parece haber escogido, premeditadamente, lo más extremo de la figura del «mountain man» para construir su novela. Un arquetipo mítico compuesto de una especie de media aritmética de los más famosos «mountain man» que haya habido; una ambientación exquisitamente rigurosa desde los puntos de vista antropológico e histórico; la sensibilidad de un músico y un poeta para hacer ese canto a la Naturaleza virgen teñido de nostalgia sobre un estilo de vida que comienza a desaparecer, y parte de la trayectoria vital de una de las más siniestras biografías que atribuirse pueden a un «mountain man», la de John Liver-Eating Johnson. Parece como si Fisher hubiera querido cargar la paleta con todos los colores posibles. Espero que disfruten del cuadro.
NOTA. Se hubiera podido escribir una presentación totalmente diferente sobre El Trampero y las costumbres e historia de los «crows», «pies negros», «flatheads», «cheyennes», «diggers»… y los grupos y subgrupos de las naciones indias que aparecen en la novela. Tanto que no tiene sentido hacerlo… Se han conservado las formas más conocidas por el lector hispanohablante con independencia del idioma: «crows» sin traducir por «cuervos», pero «pies negros» en vez de «blackfoots», por ejemplo. Y no se ha considerado útil entrar en explicaciones sobre si los «diggers» y los «snakes» son «cavadores» y «serpientes», y que son subgrupos de la tribu shoshoni, o por qué a los «pies negros» en algunas ocasiones el autor les llama «bloods». Son pueblos de parecida cultura material y costumbres. Eso sí, hay que dejar constancia de que, ciertamente, como indica la novela, los «crows» fueron siempre tenidos por los más hábiles jinetes de la pradera.