9
La tormenta profetizada por las palomas y los búhos llegó con asombrosa furia cuando todavía estaban en las estribaciones de las montañas Bighorn. En el instante en que las primeras gotas besaron sus mejillas, Sam se detuvo, desmontó y se quitó toda la ropa. Sabía que aquella tormenta iba a ser de órdago. Viendo lo que hacía su hombre y conociendo el motivo, Lotus se bajó de su caballo e hizo lo propio. Sam metió la ropa de cuero de ambos dentro de un bolso impermeable. Los tramperos contaban historias de pisaverdes vestidos de cuero y atrapados en lluvias intensas que luego habían cabalgado bajo el sol caliente sólo para darse cuenta una hora o dos después de que el cuero de su ropa estaba más tieso que sus propias pieles y tenían que cortársela. Elevando la mirada para estudiar el cielo, Sam estaba seguro de que aquella sería una de las mejores tormentas-sinfonías del Todopoderoso.
Mientras cabalgaban, ambos completamente desnudos, con las primeras gotas gruesas acariciándoles la piel, Sam comenzó a cantar, aullando en la tormenta su admiración por el Creador, cuyo genio había compuesto tales maravillas. Sobre una tormenta en la Sinfonía Pastoral de Beethoven un músico había dicho que era más que una tormenta; era un cataclismo, una fantástica convulsión de todos los poderes; pero para Sam no era nada comparada con lo que había oído en aquellas montañas. Beethoven rara vez había hecho algo más que susurrar entre los álamos. En horas como aquella el espíritu de Sam necesitaba una música más fuerte que cualquiera que hubiesen podido soñar Beethoven, Bach o Vivaldi. Lanzó un enorme grito sabiendo que una vez que el director le hubiese cogido el tranquillo abriría con un preludio que sacudiría la tierra. Pensó en las palabras de Blake, que la música se regocija en pensamientos inmortales; pero a su mayor alcance, cuando los instrumentos celestiales lanzan la grandeza de sus truenos, la música era un lamento sobre lo que Thomas Browne había llamado la iniquidad del olvido, el solitario destino de la muerte y la eterna noche de la tumba. Pero hoy era joven y estaba enamorado, y su desnuda esposa estaba cerca de él. Se esforzó por improvisar su humor, voceando salvajes armonías de barítono que se disolvían en los vientos. Cuando la voz del relámpago rugió en su espantosa grandeza, como una gigantesca orquesta de timbales y percusión, las hojas de fuego envolvieron en llamas partes enteras del cielo y Sam se volvió tan decidido en intentar convertirse en parte de todo aquello que por un instante olvidó a la chica que cabalgaba tras él. Cuando se giró para mirarla supo que la tormenta resonaba en las profundidades de sus emociones primitivas, porque veía que estaba cantando. Lotus no podía oír sus palabras más que de vez en cuando, pero sí podía ver sus imperiosos gestos, como los de un hombre que usara un pino como batuta, y supo que se encontraba perdido en sus salvajes arrebatos. Al principio había estado dedicado a los halagos de las primeras gotas y a afinar su garganta, pero cuando las primeras notas cayeron con estrépito abrió su alma al cielo y la lanzó alada. Si Lotus hubiera tenido conocimientos sobre la música del hombre blanco, habría creído que su hombre estaba improvisando una modulación: estaba cantando ¡Regocíjate, oh corazón mío!, pasando de clave a clave hasta que se le rompió la voz y dobló el cuerpo, tosiendo. Componía una figura hermosa: un tipo grande y dorado sobre un garañón negro, mojado por la lluvia, con el pelo al viento que soplaba sobre él, haciendo gestos con los brazos para que sonaran los metales o las cuerdas, como si en su imaginación estuviese pastoreando las armonías hacia un abrumador crescendo. Por el camino, matorrales y árboles se movían en tales convulsiones de frenética alegría que de vez en cuando uno liberaba su raíz del suelo y salía volando entre el aire y los truenos como un enorme pájaro desaliñado. «¡Escucha! ¡Escucha!», gritaba Sam, ahora ya empapado, el pelo pegado y oscurecido, la lluvia moviéndose como una delgada y fría capa por todo su cuerpo y el brillante pelaje de su caballo. La lluvia también removía los innumerables olores de la dulce tierra de modo que todas las armonías de la música de lluvia estaban infundidas de fragancias. Se le ocurrió que un teatro de la ópera debería inundarse con dulces esencias en lugar de con el mal aliento y el olor corporal de mil criaturas demasiado vestidas. Recordando de nuevo que su esposa iba tras él, se giró para mirarla; y le pareció que su rostro y pelo mojados, los ojos brillantes como dos joyas negras y los labios entreabiertos sobre los blancos dientes componían tal retrato de la belleza femenina que se detuvo, desmontó y se dirigió a ella para besarla. «¡Es hermoso!», le gritó al oído, y besó el empapado oído. Luego le besó la pierna mojada que tenía a su lado y, levantándole el húmedo pie, lo besó.
La tormenta, pensó, estaba cerca del climax de la obertura. El relámpago ahora estaba incendiando grandes partes del cielo; el trueno caía con estrépito con tales notas que toda la tierra temblaba; pero para él todo aquello no era sino un popurrí de los temas que se movían de allegro a vivace. Esperaba que fuese así; no había tormenta que fuese demasiado violenta para él. Ahora tenía los brazos extendidos para acaparar todo el mojado mundo que lo rodeaba; volvió a besarle la pierna y el pie a su esposa; y, lanzándose de nuevo a sus tempestades de canto, regresó a su caballo. Su esposa-niña, fascinada, mojada y algo temblorosa, miraba su amplia espalda desnuda y azotada por la lluvia y se preguntaba, a su inocente manera india, si era en realidad un hombre o un espíritu. Él la asustaba, pero en su presencia se sentía a salvo de sus enemigos; pues era una gran fuente de energía y coraje que aullaba sus alabanzas al Gran Espíritu mientras seguía cabalgando en la más severa, oscura y salvaje tormenta que su esposa había conocido en su vida.
Siguieron avanzando y avanzando entre la celestial música de la lluvia y toda la atmósfera de la tierra se había oscurecido como si fuese de noche. Lotus sabía que no era de noche. En alguna parte, por delante, el sol estaría brillando, y ciertamente así era justo al otro lado del cinturón montañoso azul y púrpura. Tras cabalgar durante dos horas en un chaparrón que parecía deseoso de llevarse por delante todas las montañas hasta los ríos, llegaron a los límites exteriores de la tormenta. La luz del sol convertía en joyas las incontables gotas que colgaban de árboles y matorrales. En aquella tierra de las maravillas, que era medio bruma húmeda y medio brillo del sol, cabalgaron durante una hora más y terminaron de salir de la tormenta. Había quedado detrás de ellos, barriendo en una vasta y lúgubre oscuridad por todo el Paso Beartooth. Cuando Sam se detuvo, Lotus fue la primera en pisar el suelo. Él se retrasó y cogió el bolso con las ropas de la mula de carga; pero entonces miró a su esposa, y encontrándola tan sumamente adorable como un ranúnculo lavado por la lluvia y acariciado por el sol, apartó el bolso y la levantó, colocando un brazo bajo sus rodillas y el otro apoyado en la parte baja de la espalda y la abrazó contra su pecho, posando los labios sobre su hombro. Entonces la apartó, de modo que ella pudiese girar la cabeza para mirarlo y por unos momentos se miraron a los ojos sin sonreír.
—¿Sabes? —dijo él—, creo que deberíamos darnos un banquete.
Ella trató de mirar a su alrededor en busca de bayas y raíces.
Después de besarla por todo el cuerpo, la posó en el suelo y miró hacia el sol; estaba una hora y media alto. Tras ponerse la ropa de cuero, de un bolsillo sacó un trapo de algodón seco para limpiar las armas. Un motivo por el que le gustaban las tormentas como la que acababa de tener lugar era que entonces era seguro que un hombre cabalgase desarmado; ningún bravo acechó nunca en una tormenta como aquella, sino que se encogía en su miserable tienda con goteras mientras el diluvio lo aterraba mortalmente y cada explosión de un trueno hacía que temblase como un perrillo enfermo.
Vestidos, volvieron a cabalgar, ahora a la pálida luz dorada del sol, mientras Sam olfateaba. Tenía más hambre que un lobo en invierno y quería cenar giba y lomo de bisonte, aunque aquel no era el mejor territorio para los bisontes. Tendría que conformarse con filetes de uapití, o incluso berrendo o ciervo. Pero, al entrar a un bosquecillo de álamos, vio la clase de ganso que los tramperos llaman gallinas tontas, porque esas aves parecen no tener mucho instinto para sus enemigos. Desmontó y corrió entre ellas con un palo largo, golpeándolas en la cabeza. Estaban rollizas. Pensando que necesitaría al menos ocho para la cena y media docena para el desayuno, siguió persiguiéndolas entre los árboles y subiendo por la ladera; y cuando regresó a los caballos tenía once. Vio que Lotus había enganchado los animales a un árbol y se había ido. ¿Estaría buscando bayas? No, buscaba champiñones, y en unos minutos regresó con varios kilos. «¡Bien!», gritó Sam, mirando los gruesos botones blancos. ¡Qué banquete se darían! Los asarían en una fogata de álamo o de cerezo, y debajo, en una tetera, recogería los jugos para rociarlos y freír los champiñones. Mientras él recogía leña, Lotus, con el revólver y el cuchillo en la cintura, exploraba los matorrales; regresó con un kilo de bayas de saskatún grandes y maduras; volvió a desaparecer y regresó con una docena de ciruelas rojas maduras, cebollas silvestres y un puñado de hongos que había arrancado de un tocón.
—¿Y qué es eso? —preguntó Sam mirando los hongos. Sabía que los indios comían prácticamente todas las plantas, excepto las venenosas como la falsa oronja, la espuela y la berula. Era asombroso lo que hacían con la espadaña corriente; desde las puntas a la raíz, se la comían casi toda. Las puntas las hervían en agua salada, si tenían sal; con el polen hacían harina; con el centro del tallo hacían una especie de pudin y los bulbos del extremo inferior de las raíces los pelaban y los hacían a fuego lento.
Lotus le miraba para ver si estaba complacido. Para mostrarle lo complacido que estaba con una esposa de tantos recursos, se llevó la armónica a los labios, la rodeó por la cintura con un brazo y comenzó a bailar con ella. Los valses de Johann Strauss padre que habían barrido Europa como una epidemia durante años; la primavera pasada su padre le había escrito a Sam que Johann hijo era todavía mejor y que estaba muy de moda en las capitales. El ritmo de tres por cuatro a Sam le parecía perfecto para él cuando llevaba mocasines y sin más suelo que las hojas de un bosquecillo de álamos. Dio vueltas y más vueltas, controlando a su esposa con el brazo derecho y sosteniendo la armónica en sus labios con la mano izquierda.
—¡Bueno! —dijo, deteniéndose al fin; y levantándola como si fuese un niño hasta que su cara estuvo a la altura de la de él, la besó—. Qué cena tan estupenda vamos a tener.
Pero los hongos le inquietaban. Sabía que las mujeres indias hervían el hongo y el musgo de los árboles con la carne de bisonte como las mujeres blancas hervían patatas y repollo; pero le habían parecido correosos y sosos. Un bravo podía abrir la vesícula de un animal y usar la bilis para aliñar un pedazo de hígado crudo; y los guerreros que sentían un ansia abrumadora de ron se emborrachaban bebiéndose el contenido de tantas vesículas como pudiesen arrancarle a los animales muertos.
Lotus se fue una tercera vez y regresó con algunas de las suculentas raíces que le habían salvado la vida a John Colter. Sam las arrojó sobre las ascuas; más tarde las pelaría, las cortaría y las freiría en grasa de ganso. Colocó una cafetera. Cuando la cena estuvo lista, extendió una manta para que se sentaran con la espalda apoyada en una caída formada por la roca. Con el rifle a su lado, el revólver y el cuchillo en la cintura y la mirada puesta en la única dirección por la que un enemigo podría acercárseles, se enjuagó la boca con agua fría de montaña y comenzó a comer. ¿Qué más, le preguntó a Lotus, podía cualquier loco querer en este mundo? Ella le preguntó qué significaba «loco». «El Rey de Inglaterra», le dijo, «el presidente de los Estados Unidos. Todos locos, locos por el dinero o por el poder». Nunca habían probado un ganso como aquel. Nunca lo harían. El mundo, dijo, antes de hundir los dientes en media pechuga y tirar de ella, estaba lleno de vanidad y contrariedades del espíritu, como decía la Biblia; y también de personas que no tenían suficientes ánimos y agallas para buscarse su comida después de que sus madres se hubiesen pintado los pezones con aloes y les hubieran retirado el pecho. Metiéndose en la boca carne, jugos y champiñones calientes, le contó a su observadora mujer que en ningún restaurante del mundo se podían encontrar aves así, ni tales champiñones, ni aquellos olores celestiales ni pinturas como aquella magnífica puesta de sol atravesada por dos arcoíris. Mañana comerían lomo de bisonte rociado con sus jugos; champiñones fritos a fuego lento con tuétano y sebo; panecillos calientes cubiertos de grosellas silvestres aplastadas y a no tardar mucho comerían lengua de bisonte y cola de castor, y tortitas que brillaban con la grasa del tuétano como si fuesen platos dorados. ¡Aah! ¡Qué vida llevarían! Era un mundo hermoso y se abrirían paso por sus mejores parajes comiendo, cantando y amándose como campesinos de Breughel de camino al cielo.
Arrancando puñados de hierba para limpiarse la grasienta barba, se giró para ver cómo le iba a su mujer. Él se había comido tres pájaros y había cogido un cuarto; ella todavía estaba con el primero. «¿Bueno?», le preguntó. Su mirada le dijo que era bueno. ¿Qué sabían los pieles rojas, se preguntó mientras la miraba, sobre cocinar? Si tenían hambre, sencillamente abrían cualquier animal y metían la cabeza dentro, como los lobos; y, después de beberse el charco de sangre del cuenco de grasa que había bajo los riñones o enterrar su hambriento rostro en el hígado, era muy probable que el indio le arrancase las tripas y, mientras con una mano sacaba los contenidos de las tripas y los tiraba, con la otra se las metía en la boca como si fuese un tubo húmedo y gris, que así era en realidad, mientras los ojos se les salían ferozmente de las órbitas y lo tragaba con hambre devoradora. Como cocineras, las squaws, o al menos las pocas que él había visto, eran sucias según las costumbres de los blancos. Para el indio prácticamente cualquier ser vivo era comida, incluyendo las moscas, las arañas y los escarabajos que caían en el caldo de bisonte, o las polillas, mariposas y saltamontes, o incluso un pedazo de carne que hubiese estado masticando un perro. Sam habría dicho que no era remilgado, pero nunca tenía buen apetito al sentarse en un banquete indio. Después de haber pagado por su esposa, su suegro le había servido carne de perro hervida y asada y, aunque había oído que Meriwether Lewis prefería la carne de perro a un filete de uapití o a un lomo de bisonte, tuvo que tragársela entera, como si estuviese comiendo gato. Bueno, había tramperos blancos que creían que la del puma, un asesino duro y musculoso, era la mejor de todas las carnes.
De vez en cuando Sam era consciente de que su esposa lo estudiaba. No sabía por qué. No sabía que Lotus creía que debía de haber alguna carencia fatal en ella, o si no él le habría ordenado que cocinase y limpiase. Entre su pueblo el esposo era señor y amo; él cazaba, hacía la guerra y golpeaba a su mujer, y eso era básicamente todo lo que hacía. Sam la desconcertaba. Al principio desconfiaba de él y lo despreciaba un poco, pero su extraordinaria gentileza durante el acto íntimo, su consideración, el hecho de que todos los días recogía flores para ella, que le cosiera espectaculares mantos para que se cubriese los hombros, su modo de tocarla y de sobrevolar como un coloso por todas sus necesidades y su bienestar le habían llegado al interior de lo que habitaba dentro de todas las mujeres y allí habían encontrado calidez y acomodo. Le había fertilizado y alimentado un sentimiento que, si no era amor, era lo más parecido que había. Incluso había llegado a apreciar sus comidas y a gustarle su abrazo. Cuando la miraba ahora, con el cuarto pájaro en las manos, los ojos centelleantes, le dedicó una sonrisa que mostraba unos dientes perfectos húmedos por la grasa de la gallina tonta. Él se comió cinco de los pájaros y ella dos, y se comieron todos los champiñones, las raíces y las bayas, y se bebieron una cafetera de dos litros. Él se limpió la barba con hierba y dijo que suponía que algún día debería afeitarse la muy condenada barba, y luego llenó su pipa.
Cuando ella echó las manos atrás en busca de hierba, él la miró. Durante el viaje la había observado subrepticiamente para ver si comía bichos. Los indios de algunas tribus, por ejemplo los Diggers, se comían todos los insectos que tenían a su alcance; era extraordinario, decían los hombres blancos, que todavía quedase algún escarabajo, chinche o patas largas en todo el desierto del Humboldt. Los Diggers parecían capaces de subsistir semanas, meses, o incluso años comiendo nada más que hormigas secas y sus larvas. Sam había visto a los desgraciados desechos hambrientos con sus sucias pieles de coyote meterse en la boca hormigas vivas, polillas, grillos y orugas. Había visto a squaws encender un fuego alrededor de un hormiguero de hormigas rojas, meter dentro un palo que sostenía un saquito de piel en un extremo y cazar a todas las hormigas del hormiguero que en filas de dos o de tres trepaban por el palo para escapar de las llamas. Nunca había visto a un Flathead comerse un bicho; su comida consistía básicamente en pequeños corzos, pescado, raíces y frutas silvestres. También había observado a su mujer en busca de signos de enfermedad. Todos los tramperos habían oído el relato del misionero que les había contado a los indios que adorar al Gran Espíritu era un error. Los indios enviaron a cuatro jefes a San Luis para aprender el camino correcto y allí habían enfermado por la comida del hombre blanco y habían muerto. Lotus le parecía a Sam el vivo retrato de la salud, aunque una mañana después de beberse una taza de café se había retirado a los matorrales para vomitar y había vuelto pálida y avergonzada.
—Huele —dijo Sam, y aspiró profundamente. ¿Qué era? Además de los olores de la comida, el tabaco y el café, podía oler los álamos y los matorrales de bayas y la hierba; geranio en la roca que tenía sobre él; menta de gato en la palma de su mano izquierda y algo que no fue capaz de identificar. Levantándose con el rifle atravesado en el brazo, comenzó a caminar entre los árboles que lo rodeaban. Lotus le vio olfatear a través de los árboles, girando la cabeza en un sentido y en otro; inclinarse para mirar algo en el suelo y acabar por arrodillarse y ponerse a cuatro patas como un animal. Al regresar dijo—: Es curioso que no lo haya olido antes. Hank dice que cuando un hombre se casa pierde la mitad de sus sentidos y sus enemigos lo encuentran pronto —empezó a olerse un dedo—. Crows —dijo—, los Absaroka. Este es territorio Crow. Por allí han encendido una hoguera y han quemado pelo en ella. Para mí eso no tiene buena pinta.
—Crow —dijo Lotus.
—Una partida de guerra —dijo Sam. Acercó a su caballo y lo ató como centinela a sólo quince metros de su cama. Luego caminó hacia el este dos o tres kilómetros por el camino que habían tomado los Crows para explorar la zona. Él y su esposa llevaban varios días en territorio Crow; la mayoría de los tramperos confiaban en los Crows, pero Sam no confiaba en ningún piel roja. Estaba preocupado, pero trató de ocultárselo a Lotus.
Con las primeras luces de la mañana se dirigieron hacia el sur y, a eso del mediodía, al ver un lobo, supuso que los bisontes no podían andar lejos. Unos pocos minutos después se sentó sobre la cima de una colina, observando a un rebaño. Viendo entre las grandes bestias peludas algunos ciervos y berrendos, supo que manadas de lobos habían rodeado al rebaño para cazar a los jóvenes, los enfermos, los heridos, los viejos y los rezagados. Los ciervos y berrendos tenían el hábito de buscar protección entre los rebaños de bisontes. Aquel era un rebaño grande y, mientras Sam los estudiaba, le volvió a impresionar el orden con que se movía un rebaño grande, incluso de cien mil cabezas. Por otra parte, un rebaño podía romper en estampida sin más provocación que una sombra. Los veteranos como Bill Williams decían que los rebaños ponían centinelas, como los ejércitos, para que diesen la voz de alarma si se acercaba el enemigo; cuatro o cinco machos jóvenes que, al oler al oponente, corrían en tropel hacia el rebaño. Las hembras y las crías se movían entonces hacia el centro y los machos los rodeaban. En abril y mayo, durante la época de cría, los machos rodeaban constantemente a las hembras para protegerlas de los lobos. De viejos, los machos se volvían víctimas del terror; sólo en una vasta pradera un macho emitía un débil grito al ver aproximarse a los lobos y estos respondían en concierto.
Mientras se preguntaba si sería seguro disparar sin que le oyesen los guerreros Crow, se le ocurrió que posiblemente aquel era el primer rebaño de esos animales que Lotus había visto. Se volvió para mirarla a la cara. Lo que vio allí le llamó tanto la atención que se quedó mirándola fijamente. Estaba tan perdida contemplando las decenas de miles de animales que teñían la pradera de negro hasta donde llegaba la vista que no era consciente de la presencia de él. Bueno, Santo Dios, debería ver una de las grandes migraciones, cuando un rebaño ocupaba ciento cincuenta kilómetros de lado a lado y se extendían tanto que sólo podía adivinarse el número de animales. Williams y Bridger y otros tramperos decían que habían visto rebaños de al menos un millón de cabezas con diez mil lobos rodeándolos.
¿Le gustaba el bisonte más que el pescado o el conejo? ¿Se iba a atrever él a cenar solomillo? Era su carne favorita. A Mick Boone le encantaba el alce, si el animal estaba en plenitud. Garras de Oso Meek era hombre de cola de castor; juraba que una cola, adecuadamente aliñada y expertamente rociada de aceite de ganso salvaje, era la única comida que pensaba pedir cuando llegase al Cielo. Cady prefería el uapití.
Sam examinó su rifle y cabalgaron de frente hasta que estuvieron a unos trescientos metros de los animales más cercanos. Los volvió a estudiar. Quería uno gordo y tierno y una caza limpia y rápida. Un bisonte, a menos que le disparen en el corazón, en el cerebro o en la médula, tardaba mucho tiempo en morir. Mientras estaba allí observando le contó a Lotus su historia favorita sobre un pisaverde. Un novato, especialmente inmaduro y tierno, le había disparado ocho o nueve balas a un macho y se había quedado allí, desconcertado y perplejo, mientras la sangre manaba del hocico del animal. Un bromista le había dicho al pobre bobo que se colocase por detrás y lisiara al bicho. Entonces podría cortarle el cuello. Aceptando la sugerencia, el pietierno de ciudad se había arrastrado detrás del animal y le había clavado un cuchillo en una de las patas. En aquel momento el animal explotó de furia y expulsó por el hocico sangre y espuma a diez metros. Por algún inexplicable motivo el pietierno había agarrado el rabo corto y tieso del bisonte y este se puso a girar y girar a tal velocidad que el hombre aferrado a su cola perdió pie y salió volando por el aire, y dio vueltas y más vueltas con los ojos desorbitados como canicas vidriosas suplicando ayuda. Luego el bisonte cayó muerto. Lo que más le había aterrado, confesó luego el pisaverde, era el miedo de que la cola se le resbalase o se rompiese.
Diciéndole a Lotus que estuviese atenta, Sam la dejó y avanzó hasta que estuvo a sólo cuarenta metros de una joven hembra. Le disparó al corazón y le estaba cortando el cuello cuando se le acercó Lotus. Sam le dio la vuelta al animal y tiró de las cuatro patas hacia fuera como si fuesen tiradores rotos para colocarlo. Hizo una incisión desde el esternón hasta la cola y tiró del pesado pelaje hacia atrás por ambos extremos. Desde un lado, cortó el hígado y lo extrajo. Posándolo sobre el lomo del animal, cortó varios pedazos, le ofreció uno a Lotus con la punta del cuchillo y se metió uno en la boca. Lotus masticaba y sus ojos negros le sonreían. Mientras se dirigía a su alforja a por el hacha, Sam tuvo que patear a un coyote para quitárselo de en medio y amenazar a una docena más para que se alejasen. Los coyotes eran una molestia mayor que las moscas cuando uno estaba cortando a un animal. Los coyores se acercaban mientras los lobos, más alejados, corrían hacia atrás y adelante babeando. Si le lanzabas un pedazo de carne a un coyote, el muy idiota, en lugar de comérselo, lo cogía con la boca y escapaba con él, y entonces los lobos lo acosaban y le quitaban la carne de la boca. A veces parecía que el coyote fuese el lacayo medio tonto de su primo, más grande y más feroz. Ambos animales también eran una molestia para los campamentos. Se colaban a hurtadillas y mordisqueaban sillas de montar, bridas y ropa de cuero y hasta se había oído que algunos se habían comido los mocasines de un tipo que los llevaba puestos mientras dormía.
Deteniéndose a cada momento para mirar en busca de enemigos, Sam cortó las costillas en dos por ambos lados, también la columna de modo que pudo cortar la parte más sabrosa del solomillo. Esto les valdría como cena, dijo. Lotus había ido a buscar raíces comestibles y volvió con un puñado de altramuces y dos docenas de champiñones. Sam miró fijamente los altramuces. Había comido la raíz de quamash después de haber sido molida y mezclada con agua para hacer unas tortas planas que luego cocinaban sobre piedras calientes. El bulbo de la cebolla, o poh-poh, hecho una masa espesa, era aún más insípido que la quamash o que la hierba fétida mezclada con la corteza interior del pino o del tsuga. Prefería las tortas hechas de girasol o con las semillas de la hierba bisonte o la grama azul. Nunca había comido la raíz del altramuz.
Lotus volvió a marcharse y regresó con un kilo de cerezas de Virginia azules y moradas. Sam hizo un gesto al verlas, porque esas frutas eran amarguísimas. Sabiendo cómo preparaba él los champiñones, Lotus hizo incisiones en los gruesos tallos, metió dentro una bola de grasa de tuétano y colocó los botones sobre un dedo de sebo caliente. Cuando habían adquirido un bonito marrón dorado, los filetes estaban calientes y jugosos, las raíces de altramuz cortadas chisporroteaban en un plato de grasa y el café hervía, Sam miró al cielo, pues aquella era su manera de bendecir la mesa. Cada vez que comía le agradecía al Creador la exuberante abundancia de la tierra.
—Sin impuestos —dijo.
Había dicho esas palabras tantas veces que Lotus repitió:
—Sin impuestos.
—Sin cárceles.
—Sin cárceles.
Los filetes estaban tan tiernos como la carne de un joven ganso del Canadá. Los champiñones se deshacían en su boca. Hasta los altramuces sabían bien.
—¿Bueno? —preguntó.
—Bueno —asintió ella con seriedad.
Sam escogió un champiñón gordo y dorado y se lo ofreció a su esposa pinchado en la punta de un palo verde. Ella abrió la boca frunciendo los labios, tomó el champiñón y cerró los ojos. Él le daba de comer pedazos de carne escogidos, sabiendo en todo momento que a ella le avergonzaban esas galanterías. Era más probable que en lugar de darle de comer a sus mujeres deliciosos bocados los maridos pieles rojas las echasen a patadas de la lumbre y dejaran para ellas sólo las sobras del banquete. Aun así, la mayoría de las squaws estaban gordas y Lotus, le parecía a él, había engordado unos cuatro kilos desde el día de su boda.
Sam había cocinado todo el solomillo y medio hígado. Hígado crudo y escaramujos, según decían los tramperos más veteranos, bastaban para mantener sano a un hombre, si también tenía agua y aire puros y una cama dura. Algunos comían mucha aquilea, incluidas las blancas flores cuando florecían; también los bulbos de las cebollas, los espinos, los piñones, los berros de agua y otras vísceras además del hígado. En frías mañanas de septiembre Sam había visto a mujeres indias de la zona del río Snake coger saltamontes congelados de las plantas de salvia, meterlos en cestas, tostarlos al fuego y molerlos para hacer tortas. Y también grillos, ratones, serpientes, garrapatas y hormigas. Las había visto engordar la sopa con esas cosas y, aunque Bill Williams decía que todo eso estaba bien, Sam se había negado a probarlo. En cualquier caso, Bill podía andar más que cualquier otro en todo el territorio y pasarse dos o tres días con sus noches sin comida, sueño o descanso.
Después de comer y de que Sam se hubiese fumado una pipa, ambos se pusieron a trabajar con la piel del bisonte. Estirándola sobre el suelo, con la parte del pelo hacia abajo, cortaron hasta el último resto de carne y grasa con cuchillos y escoplos de piedra. Mientras Lotus hervía la carne y la grasa para hacer una sopa gelatinosa, Sam le abrió el cráneo al animal y extrajo el cerebro. Luego le pasó la tarea a su esposa porque ningún hombre parecía tener el talento intuitivo de una mujer para hacer buenos cueros y mantas con la piel de los animales. Sam se sentó con el rifle atravesado sobre el brazo y se fumó otra pipa mientras bebía una nueva taza de café.
¡Qué noche tan hermosa y qué vida tan maravillosa era aquella! Esperaba vivir hasta los cien años.