23
Su desayuno consistió en otro pote de sopa. Le pareció que los restos de carne eran de perro, búho o cuervo. Hoy, como el día anterior, los pieles rojas estaban todos montados, con el jefe sobre el bayo de Sam. De nuevo Sam tuvo que caminar. Aquel día y aquella noche fueron como el día y la noche anteriores. Sus astutos captores dieron dos vueltas a la cuerda que le ataba las muñecas y ataron ambos extremos al árbol mientras lo sostenían los guardianes. Su segunda noche consistió en diez miserables horas heladas bajo la tormenta y los guardianes.
El tercer día y noche fueron una repetición del primero y el segundo y Sam supo que tras dos o tres días más como aquellos estaría demasiado débil para fugarse o para querer hacerlo. Haría algo, aunque fuese desesperado e inútil. Después de que el campo estuviese levantado, el jefe se acercó a Sam, que estaba atado a un abeto, y le miró a los ojos. El piel roja tenía pintura de guerra nueva y más grasa rancia en el pelo; nada en él parecía humano, ni siquiera sus ojos, pues en su espantoso rostro sus ojos podrían haber sido los de un animal. En ellos no había trazas de humano o de ser civilizado; eran los ojos duros y relampagueantes de un animal observando a su presa. Sam pensó que el halcón debía de tener esa mirada cuando bajaba en picado y atacaba.
No esperaba que el indio lo golpease y, cuando el golpe cayó en su mejilla con sorprendente rapidez, Sam abrió los ojos pasmado. Luego miró fijamente a la criatura que tenía delante, diciéndose que si escapaba no descansaría nunca hasta encontrar a aquel cobarde. De nuevo tomó nota mental de su constitución, altura, peso, longitud del cabello, las cicatrices y del aspecto exacto de sus dientes cuando frunció sus labios para gruñirle. Sam no tenía ni idea de por qué aquel necio había decidido golpearlo; hacía años que había renunciado a comprender al indio. Alguna maldad infernal anidaba en la mente y el corazón de aquel hombre.
El jefe se volvió para dar una voz y apareció corriendo un bravo que, como su jefe, olía a grasa rancia y a pintura de guerra de arcilla roja. El jefe le habló al bravo según se acercaba, e inmediatamente aquel hombre se acercó tanto a Sam que su cara había quedado a sólo treinta y cinco centímetros de la de Sam. Miró a Sam a los ojos y emitió un sonido desagradable. Sam sabía que era una expresión de desprecio. El guerrero dijo entonces: «¡Bravo, ugh!», y de nuevo emitió el carraspeo de desprecio. Sam se sorprendió; no sabía que alguno de aquella partida hablase inglés. «¿Tú bravo?», preguntó el piel roja, y se giró para escupir parte de su desprecio. Sam miraba fijamente al tipo, preguntándose si sería mestizo. Con signos y un inglés macarrónico, el guerrero le dijo a Sam que el jefe lo consideraba un cobarde y un perro viejo y enfermo. Era un coyote viejo cubierto de costras y garrapatas. Cuando el jefe lo había abofeteado lo había desafiado a una pelea, pero el rostro pálido se había quedado acongojado y temblando. ¿Había algún hombre valiente entre los rostros pálidos?
Sam se quedó callado. Sabía que aquel era un truco indio, pero no conocía cuál era el motivo para ello. Era una mentira ridícula decir que el jefe lucharía con él con puños, cuchillos o pistolas, o con cualquier arma. Era un truco. ¿Era algún plan para lisiarlo de modo que no pudiese escapar? ¿Para cortarle los tendones o cegarlo? Sam miró hacia la tormenta y esperó lo que se le avecinaba.
En su inglés chapucero el guerrero le estaba diciendo a Sam que iban a entregarlo a los Crows a cambio de un rescate. Trató de sugerirle lo que le harían los Crows con agujas del abeto fingiendo que eran pedacitos de carne y con un dedo simulando cortarle la nariz, los labios, la lengua y los genitales hasta que no quedara nada. Le indicó que le romperían las articulaciones de los dedos de las manos y los pies una a una; con un trozo de cable en forma de gancho le sacarían los ojos de las cuencas y con una cuerda atada a cada ojo lo llevarían por la aldea mientras las squaws le cortaban pedazos del trasero y se lo daban de comer a los perros.
Sam ignoraba qué tenía en mente aquella criatura para contarle aquel catálogo de horrores. Mientras el piel roja hablaba y hacía gestos con los negros ojos relampagueantes y emitiendo gruñidos guturales de alegría, Sam estaba pensando. Sospechaba ahora que aquella banda de guerreros le habían estado suplicando al jefe que les entregase al prisionero y su ración de ron para que pudiesen torturarlo, beber y celebrar. El animal que tenía delante había alcanzado tal paroxismo de mutilaciones y derramamiento de sangre que Sam temía que pudiese ser contagioso. Decidió hablar. No hablaría como un hombre normal ni con una voz normal. Hablaría como el Terror, como el hombre al que más temían los pieles rojas de entre todos los tramperos, y como un gran líder y jefe.
Su primer sonido fue un atronador rugido que le salió del pecho y que se manifestó con tan asombrosa explosión que el sorprendido y aterrado piel roja casi se cayó de espaldas. El jefe se retiró con él y allí permanecieron, dos bravos con los ojos fuera de las órbitas, mientras Sam elevaba sus poderosos brazos hacia el cielo y gritaba su desprecio con su voz más grave y temible. «¡Dios Todopoderoso allá en Tu Reino, mira a Tu hijo, porque morirá antes de soportar tales insultos! ¡Estos cobardes han agotado mi paciencia! ¡No lo toleraré más!» Entonces, con un esfuerzo deliberado por asombrarlos y desconcertarlos, infló y desinfló sus mejillas rápidamente para hacer que su frondosa barba dorada bailase y temblase en casi todo su rostro; abrió los ojos y miró hacia arriba y brillaban y relucían como granito pulido; y lanzando los brazos hacia el cielo, gritó con una voz que podía oírse a tres kilómetros de distancia: «¡Padre Todopoderoso, no nací para que me abofeteasen y me escupiesen y lo primero que haré será abrir a este piel roja, arrancarle el hígado y asfixiarlo con él! ¡Mírame y dame la fuerza de Sansón!»
Entonces prorrumpió en chillidos y alaridos propios de un loco, lo que hizo que los dos indios y los guardias se retirasen aún más y todo el campamento se fijase en él.
El piel roja, borracho o sobrio, era capaz de provocar un escándalo infernal, pero nunca habían oído un ensordecedor bramido tan retumbante y atronador como aquel; y mientras todos miraban fijamente como hipnotizados al gigante de la barba dorada, al monstruo que se retorcía, su voz fue convirtiéndose en un berrido estridente que hizo que los perros se lanzaran a aullar y los caballos empezasen a relinchar. Su fuego estaba alimentado por una ira y un desprecio enormes hacia aquellas criaturas malolientes que lo tenían en su poder y Sam sencillamente se dejó llevar y expulsó con rugidos y aullidos fuera de sí las emociones que habían estado almacenándose en su interior hasta explotar. Todo el tiempo estaba pensando en cosas como las sonatas en do mayor y fa menor de Beethoven, y puso tal demoledor crescendo en su actuación que hasta él se sintió un poco desconcertado. Aquellas innombrables criaturas le habían quitado incluso el tabaco, la armónica y el mechón de cabello de su esposa; habían toqueteado sus revólveres y le habían apuntado con ellos, y le habían hecho gestos en el cuello con su propio cuchillo. Habían abierto sus alforjas delante de él y con chillidos de alegría habían mostrado en el aire varios objetos: sus mocasines, sus pieles, la harina, el café, la tela, hasta que acabó tan completamente lleno de ira ante su insolencia, desprecio y su apestosa sopa, que sólo podía desatar todo su ser ante el Todopoderoso en un cántico de guerra amenazador y desafiante, y sacarlo de su cuerpo para poder volver a respirar con naturalidad. Durante sus buenos cinco minutos continuó así, su atronadora sinfonía elevándose al infinito; y entonces, cubierto de sudor, dio un paso atrás y se apoyó contra el árbol, con los brazos cruzados sobre su pecho y las manos atadas bajo la barbilla mirando a los indios. Cincuenta y ocho pares de ojos negros lo miraban a él. Nunca habían oído tal tempestad de furia y desafío de ningún hombre o bestia y no volverían a oírlo.
Fue el jefe quien se acercó a Sam. Se quedó a tres metros de él y se detuvo como si creyese que aquel gigante barbudo iba a explotar, como explotaban las infernales regiones de espíritus del infierno de Colter. Tras estudiar a Sam un minuto entero, llamó al bravo que hablaba inglés. Pero Sam tenía la ofensiva y pensaba conservarla; se daba cuenta de que aquellos niños supersticiosos ya no estaban seguros de si era un hombre o alguna especie de dios. Así que con espectaculares gestos de amenaza y desafío y un gran rugido dirigido al cielo, Sam les hizo comprender que lucharía contra cinco cualquiera de ellos en una lucha a muerte, que los cinco podían atacarlo como un solo hombre, delante del pueblo Pies Negros y cien tramperos; y que después de haber matado a los cinco, los cien tramperos lucharían contra toda la nación Pies Negros, mil o diez mil, o tantos como hojas había en los árboles y bayas en los matorrales. Sabía que su desafío no iba a ser aceptado o siquiera considerado, pero tenía un plan en mente. Continuó diciendo que si no eran más valientes que unas squaws enfermas que se escondían tras matorrales o coyotes moribundos que metían la cabeza en el suelo, que si no eran más que conejos, que si eran una nación de urracas con las alas rotas, entonces deberían llevarlo con los Sparrowhawks y acabar con aquello. Pero si lo que querían era una gran recompensa, tabaco, ron, armas, cuentas, balas, café y azúcar, deberían vendérselo a los tramperos, que les pagarían mucho más; y después de que lo liberasen podrían volver a capturarlo y venderlo de nuevo. Pero hiciesen lo que hiciesen todos morirían como coyotes enfermos en sus vómitos si olvidaban por un momento que era un gran y poderoso jefe que llevaba en su tocado cincuenta plumas de águila; y que se le debía tratar con dignidad y honores; y que si no era así, todos los tramperos marcharían contra ellos y los exterminarían hasta el último perro lisiado.
Para confundir y azorar aún más sus mentes, comenzó a cantar a voz en cuello. Como antes, los pieles rojas parecían hipnotizados mientras Sam se golpeaba el pecho y levantando los brazos al cielo proyectaba con toda la fuerza de sus pulmones las furiosas grandezas de su impaciencia y su furia. Tan repentinamente como había empezado se detuvo, y entonces le rugió al guerrero intérprete, diciéndole que avanzase si es que no era un cobarde que se ocultaba tras un matorral. El hombre se adelantó lentamente y con absurdos reparos, como si esperase que Sam lo hiciese salir volando de allí. Sam le dijo que él, Samson John Minard, era un jefe, y un jefe más grande y más importante que el despreciable comegrillos que le había abofeteado. Sam le ordenó que le dijese que le tiraría de la melena y le arrancaría las pelotas si no lo trataban del modo en que debería tratarse a un jefe. «¡Ve, coyote cobarde, y díselo! Dile que al Jefe Samson se le debe montar una tienda, como corresponde a un gran jefe, y darle su pipa y su tabaco». Sam sabía que no le darían el tabaco; una vez que los fumadores de kinnikinic y cortezas de cedro y sauce se hacían con el tabaco de un hombre blanco, se lo fumaban día y noche hasta que se acababa. Pero vio que había provocado que algunos de los guerreros hiciesen vehementes propuestas y que el jefe las discutiese con ellos. Tras unos minutos el bravo le dijo a Sam que le prepararían una tienda y que tendría una manta sobre la que tumbarse.
Media hora después aparecieron varios bravos y, desatando la cuerda del árbol, guiaron a Sam hasta la tienda como si fuese un animal. Allí explotó en otra rabieta deliberada; moviendo alocadamente los brazos atados, dijo que le quitasen la cuerda de las muñecas, ¿o creían que era un caballo para que tirasen de él y lo atasen a una estaca? ¿No había entre los cincuenta y ocho uno que fuese un guerrero como para vigilar a un prisionero desarmado? Aquella pulla tuvo resultado. El jefe hizo que llevasen a Sam a uno de los teepees más grandes y le puso como guardia a uno que, le dijeron, había conseguido un coup siendo sólo niño y tenía más cabelleras Flathead y Crow que Sam dedos entre las manos y los pies. Sam repitió entonces su propuesta, con palabras y signos, de que debían venderle a los tramperos y luego, si eran lo bastante valientes como para capturarlo una segunda vez, pedir un segundo rescate.
Cuando la había hecho la primera vez, la propuesta había despertado la codicia de varios de los guerreros. Sus pasiones se habían prendido como la hierba de la pradera imaginando innumerables barriles de ron y montañas de tabaco. Igual que niños con poco sentido de la realidad, no tenían duda de que podrían capturarlo una segunda vez, o muchas; y si en su futuro iba a haber tanta agua de fuego, ¿por qué no beberse la que acababan de conseguir? Aquello era lo que Sam había esperado. Una vez poseídos sus sentidos por la sed, les resultaría imposible vencerlos. El jefe lo sabía, pero estaba tan deseoso como cualquiera de destapar el ron y hacer que el fuego líquido cayese por su gaznate. Dio órdenes y los hombres corrieron hacia el bosque para encontrar madera seca; otros bravos prepararon tres uapitíes que habían cazado aquella mañana. Mientras observaba los preparativos, Sam trató de parecer adormilado y desesperado. Quizá veinte litros no los dejarían inconscientes a todos, pero era un ron fuerte; entre cincuenta y ocho era más de un tercio de litro para cada uno. Eso debería ser suficiente.
Habían desatado la cuerda de la piel que ataba las muñecas de Sam y le habían dado una mantita fina que había perdido casi todo el pelo. De esa guisa se quedó sentado en la tienda, planeando y esperando. El bravo al que habían enviado para vigilarlo era más alto y corpulento que la mayoría de los indios: Sam calculaba que superaría en unos cinco centímetros los dos metros y que pesaría más de noventa kilos. Supuso que el jefe había escogido a uno de sus hombres más valientes y dignos de confianza, y también uno de los más salvajes, pues aquella criatura no llevaba ni un minuto sentado cuando le pasó por el cuello a Sam su propio Bowie. Cogió un tomahawk de su regazo y lo movió para mostrarle a Sam cómo le partiría el cráneo. Con el rostro inexpresivo, Sam observaba la lúgubre pantomima; por dentro estaba pensando: si mi plan funciona, comedor de perros, tú y yo tendremos un encontronazo antes de que termine esta noche.
Sam estaba calculando sus posibilidades desde todas las perspectivas que podía concebir. La tienda tenía unos tres metros de anchura y unos dos y medio de altura donde estaba atada al poste central. Si tuviese que moverse deprisa dentro de la tienda, se dijo Sam, tendría que hacerlo agazapado, pues si su cabeza golpeaba la tienda los indios de fuera podrían ver el movimiento. El guardián estaba sentado sobre una manta gruesa. Estaba a la izquierda del faldón de entrada, que estaba apartado y abierto. Había tres grandes fogatas ardiendo fuera; las voces eran estridentes. La luz del fuego lanzaba parpadeantes destellos en la cara del guardián dándole a su pintura de guerra un espantoso aspecto malévolo. Su mano derecha agarraba la empuñadura del cuchillo y la izquierda el mango del tomahawk. No tenía pistola. Estaba alerta pero nervioso; tenía que volver la cabeza de vez en cuando para mirar hacia afuera. Sam sabía que aquel hombre estaba ardiendo con una sed infernal y se preguntaba si le darían ron o se olvidarían de él. Oh, le llevarían un pedazo de uapití asado, pero ¿le llevarían también el agua que convierte a un hombre en fuego? Si hubiese sido el hombre que hablaba inglés, Sam podría haberle dicho algo y tratar de convertir su resentimiento e impaciencia en un frenesí. Siendo las cosas como eran, no hizo ni dijo nada; sería mejor aparentar estar adormilado y cansado. Sam estaba sentado justo delante del guardián; sus rostros estaban apenas a dos metros de distancia, y sus mocasines sólo a medio metro. La cara de Sam estaba en sombras; sabía que el guardián no podía verle con claridad, pero Sam podía ver cómo las emociones se retorcían en el rostro de su captor. El vientre de aquel indio deseaba ron. Si se habían olvidado de él se enfurecería lo suficiente como para engrasar el infierno con pinturas de guerra antes de que hubiese acabado la noche.
El guardián no hacía movimiento que los entornados ojos de Sam no vieran. Durante la primera hora se había girado para mirar fuera al menos una vez cada diez minutos; luego empezó a mirar cada cinco; y tras pasar hora y media volvía la vista cada minuto o menos, y tal como se movía se notaba que hervía de resentimiento y sospechas y que su sed era infernal. Sam se dijo que nada hacía que un guardián confiase en que su prisionero no iba a escapar como una pasión hirviente que se apoderaba de sus pensamientos, se los devolvía y se los volvía a arrebatar. El alcohol podía hacerlo; una mujer podía hacerlo. El alcohol, meditaba ahora Sam, era la maldición del piel roja, y las mujeres la del hombre blanco…
Sigue sufriendo, pensaba Sam, con las manos atadas a plena vista sobre el regazo y la cabeza caída como si estuviese medio muerto por la fatiga y el sueño. Sigue sufriendo, bastardo, y continúa mirando. Sam nunca se había sentido tan brillantemente alerta, como si todos sus sentidos, su mente y sus emociones brillasen con todo el fulgor de la luz de mediodía. Nunca su vista había sido más aguda. Ojalá te entre una sed como si estuvieras en el infierno, se decía Sam para sus adentros; y una y otra vez calculaba los riesgos y las probabilidades. Le pareció que llevaba como dos horas sentado con su guardián. Durante casi una hora había estado oliendo la carne asándose. Sabía que habían montado trípodes de ramas verdes y que colgando de ellos estaban los animales asándose lentamente entre las llamas y el humo. Cuando tenían hambre, los pieles rojas nunca esperaban a que la carne se hiciese del todo, sino que prácticamente al instante empezaban a cortar sangrientos pedazos; y para cuando hubiesen calmado el hambre no quedaría mucho más que huesos y cartílagos. Dentro de poco aquellos indios empezarían a beber. Sam había confiado en que hubiesen bebido antes de comer. Una vez que empezasen a beber conjurarían imágenes de tramperos llevándoles ríos y lagos de ron para pagar por el asesino de Crows, y cuando lo capturasen por segunda vez, más lagos y ríos. ¡Qué sueños tenían los niños!
A la puerta de la tienda llegó un rostro cuyas pinturas de guerra estaban embadurnadas de sangre fresca. En las manos de aquel bravo había un pedazo de corteza de pino sobre la que descansaba un kilo o así de carne de uapití caliente. El guardián colocó la carne a su lado y comenzó a gesticular y hablar con una voz chillona nada adecuada a un osado y valeroso guerrero; Sam sabía que estaba preguntando que por qué no le habían llevado una taza de agua de fuego. Los dos bravos hicieron gestos y se gritaron el uno al otro y el que había llevado la comida se fue. Sam no se movió ni levantó los párpados, porque sabía que su momento se acercaba. Muy tranquilamente trató de calmar sus calambres y relajar sus músculos.
En sólo unos instantes el indio regresó con un pote de hojalata en la mano. Sam supo que en la taza había ron. El guardián tomó con ansias la taza y olió, y estaba tan encantado que colocó el cuchillo sobre su regazo y, cogiendo la copa con ambas manos, se llevó el borde a los labios. La mirada de Sam estaba puesta en el otro indio; rezaba para que se fuese. Había esperado que el guardián hubiese estado sólo con él cuando empezase a beber y que el primer trago fuese tan largo que lo atragantase. Sam contaría después que sus dos plegarias fueron atendidas. El indio de la puerta del teepee, deseoso de volver a la bebida y el banquete, desapareció; y el tarugo con la taza de ron dio un trago tan grande que los abrasadores espíritus le hicieron atragantarse. De repente entró en tensión y estaba tratando torpemente de posar la taza cuando Sam se movió con la rapidez que se había hecho legendaria. En un instante sus poderosas manos estaban en el cuello del piel roja. Todo lo que hizo a continuación lo había pensado una y otra vez de modo que no hizo un movimiento en falso ni desperdició un instante. Según sus manos se agarraban al cuello, golpeó con la rodilla, con una fuerza terrible, el diafragma del hombre, paralizando todo su torso. Al instante siguiente Sam soltó el cuello y con la mano derecha cogió el cuchillo. Retorció la mano derecha hasta que pudo aplicar el filo al cuero y cortarlo, y en el momento en que lo hubo conseguido, la mano izquierda regresó al cuello para asegurarse de que no emitía sonidos y la derecha estaba recogiendo la manta, el tomahawk y el pedazo de carne de uapití. Se deslizó por debajo de la parte de atrás de la tienda y salió a la noche gris.
En un instante había cruzado la pálida nieve y había entrado en el bosque.