27

Sam durmió toda la noche y hasta la tarde siguiente, y cuando se despertó estaba solo. Después de darse cuenta de dónde estaba, se preguntó si había acaparado toda la ropa de cama y luego como un animal se arrastró hasta la pared norte para buscar entre las cosas frías que había allí. Un paquete, duro como una piedra, le pareció que era cecina de venado; con el cuchillo peló parte de la bolsa de cuero y cortando un trocito, se lo metió en la boca. Un instante después de habérselo tragado se puso enfermo y le entraron arcadas, pero como un lobo hambriento en mitad del invierno atacando una presa muerta masticó y tragó otros pedacitos. Entonces, de repente, le entraron unas arcadas tan fuertes e incontrolables que le tembló todo el cuerpo y gimió. Se arrastró hasta la ropa de cama, llevando consigo el saquito de carne y abrigándose con algunas mantas se quedó sentado, tembloroso y preguntándose qué le pasaba. Se acercó la carne y con las manos trémulas intentó arrancar otro trozo; pero estaba tan completa e infinitamente agotado que su mayor deseo era rendirse al calor y volver a dormir. Y así, cayó hacia atrás y apilando mantas a su alrededor y por encima de él y con los brazos aferrando la bolsa de cecina volvió a quedarse dormido.

Había oscurecido cuando se despertó y se incorporó. Esta vez tardó varios minutos en despertarse por completo y darse cuenta de dónde estaba. Seguía medio consciente y prácticamente muerto. Al principio creyó que estaba otra vez en el agujero bajo la nieve y aguzó el oído para escuchar el viento. Luego tocó a su alrededor para examinar las cosas. Al ver la puerta abierta, la ropa de cama, la orilla del río colina abajo, supo dónde estaba y se preguntó dónde andaba Kate. Estuvo unos minutos sentado, sintiendo más que pensando, y tratando de creer que seguía vivo. Tras un rato notó la bolsa de carne y el cuchillo y las indescriptibles sensaciones de vacío y dolor en su estómago y sus entrañas. Comenzó a decirse, de un modo vago y débil, que buscaría cerillas, encendería una hoguera y se prepararía un festín; pero cuando trató de levantarse no parecía ser capaz de hacerlo. Y así se quedó sentado, tratando de pensar. La comprensión llegó lentamente, llenándolo de asombro y alegría; y al fin a gritos se dijo a sí mismo una y otra vez que había escapado, como Job había resistido y allí estaba vivo, entero, y preparado para desayunar o cenar. Lo importante era que parecía incapaz de mover las piernas, doblar los dedos, fijar la vista; pero estaba vivo y con un esfuerzo sobrehumano logró ponerse en pie. Allí se quedó, todo el cuerpo temblándole, y trató de imaginarse que era Don Giovanni a punto de cantarle, con brío y potencia magníficos, a una adorable sirvienta. Lo que hizo, mientras conjuraba imágenes de hermosas muchachas, fue caerse sobre la pila de ropa de cama. Con ambas manos cogió las mantas y se abrigó con ellas; y estaba a punto de volver a sumergirse en el sueño cuando comenzó a temblar furioso consigo mismo y de nuevo se obligó a ponerse en pie.

Se sintió muy débil y necio al apoyarse contra una pared y mirar el mundo. No veía ni oía rastro de Kate; esperaba no haber hecho que huyese. Por Dios, más le valía dejar de actuar como un viejo enfermo, más le valía ponerse a hacer el desayuno y ser el hombre de la casa. Además, ¿cuánto tiempo había estado durmiendo? No estaba seguro de no haber dormido durante una semana. ¿Dónde estaba Kate? «¡Kate!», dijo con voz débil. «¿Dónde está?» Sentía una debilidad y una náusea espantosas; lo que quería hacer era volver a acurrucarse y dormir, pero se obligó a apoyarse en el quicio de la puerta con ambas manos y asomarse.

No era por la mañana, era de noche, y allí estaba Kate, la pobrecilla canosa y vieja, sentada entre las tumbas tapada con mantas. Sam salió y moviéndose como un débil anciano, llegó hasta ella y se puso delante de la mujer; y con una voz que no se parecía en nada a su voz normal le contó que el Todopoderoso lo había acompañado todo el camino desde el campamento de los Pies Negros hasta el Musselshell; y durante más días de los que recordaba no había comido nada; pero ahora iba a preparar un desayuno, una cena o lo que fuese: filetes de venado, urogallo asado, panecillos calientes, miel silvestre, café… ¿Tenía algo de tabaco por ahí?

Kate parecía no prestarle atención ninguna. Incapaz de saber si era consciente de su presencia o le estaba ignorando, le dijo que no se quedaría mucho tiempo con ella; en cuanto descansara un poco, hubiese metido algo de comida en sus tripas y le hubiese llevado algo de carne, se iría. ¿Podía decirle dónde estaban las cerillas? Sólo veía una parte de su cara; una mano arrugada agarraba el borde de la manta bajo su barbilla. Sam miró al cielo y al solitario mundo blanco que lo rodeaba; y al túmulo con su grueso manto de nieve; y se preguntó si estaba vivo después de todo o si él y la mujer sólo eran fantasmas, allí en el invierno. Dándole la espalda, se sintió entumecido por el frío, medio muerto de agotamiento, mareado, con náuseas, y prácticamente sin cabeza y flotando; pero tan abundante era su salud y vitalidad que llegó a la cabaña y, sentado junto a la bolsa de carne de venado, comenzó a comer. Temeroso de vomitar, se metió en la boca sólo un pedacito delgado y lo masticó cuidadosamente antes de atreverse a tragarlo; entonces esperó unos momentos estudiando las sensaciones en su estómago antes de volver a comer. Los pedazos sabían más a hielo que a carne, pero después de haberse comido siete u ocho lonchas finas se sintió un poco mejor y creyó poder conservarlos dentro. Mirando a su alrededor en la oscuridad, se preguntó dónde estaban las cerillas, la harina, el café. Por supuesto que ella no tendría tabaco. Cuando pensó en el tabaco y el haber perdido el mechón de pelo, su buen rifle, sus revólveres y sus pipas, su amargura hacia los Pies Negros volvió a hervir en él con tal pasión que explotó y vació el estómago. ¡Qué necio había sido al actuar de aquella manera! ¡Pero le habían robado el estupendo caballo de Mick! ¡Oh, pagarían por ello, y cómo! Se puso en pie, en un infantil arrebato de ira de un hombre apenas en posesión de sus sentidos; y frunciendo el ceño salió para mirar con odio el gris e invernal territorio Pies Negros del que había venido. Miró al sur, pensando en la distancia entre él y su amigo más cercano. En unos días subiría por el Musselshell para buscar a Bill o a Hank o a Abner, pero ahora tenía trabajo que hacer.

Su estómago había vomitado las lonchas de carne y hielo y ahora aullaba de dolor. Pensó que sería mejor encender un fuego y hacer un puchero de café. Eso le asentaría el estómago. El calor y el aroma le inundarían el cuerpo. Del montón de leña del rincón sureste cortó trozos; hurgó en el montón que había junto a la pared norte y encontró cerillas, café y una vieja cafetera; y con un cubo de hojalata se dirigió al río. Allí se quedo sentado unos segundos, inspeccionando la escena y buscando algún rastro de patos, gansos o cualquier cosa que pudiese comerse. Mientras subía la colina con el agua, se decía que Kate debía de haber recorrido ese sendero dos o tres veces cada día desde las primeras nieves, pues estaba muy compacto. Mientras el café humeaba encontró la harina y metiendo una loncha de carne en la fría harina, se lo metió en la boca. Masticó un grano de café. Aquello pareció calmar sus náuseas; se comió media docena y empezó a buscar potes de hojalata; y cuando el café estuvo caliente y oloroso le llevó una taza a Kate y se arrodilló ofreciéndosela. Era café caliente, le dijo; debería bebérselo. Quería agarrarla por los hombros para ver lo delgada que estaba, porque no parecía más que piel y huesos. No sabía que él mismo pesaba quince kilos menos de lo que pesaba cuando estaba entre los dos uapitíes. La semana anterior le parecía sólo una pesadilla: ¿de verdad había matado a un hombre, había vadeado un río, había luchado con un grizzly y había cruzado trescientos kilómetros de un páramo helado entre vientos furiosos? ¿De verdad había yacido tumbado sobre su vientre en la noche mientras remaba entre las negras y frías aguas? Se sentía como un hombre que saliese de una anestesia; se movía más por instinto animal que por voluntad humana. Pero su estómago se estaba calmando con el café caliente y la cabeza se le estaba despejando. «Por favor, bébaselo», dijo. ¿Cuáles eran las palabras del Libro de Job que el dedo de su padre había señalado con tanta solemnidad? «He aquí que todas estas cosas hace Dios dos y tres veces con el hombre, para apartar su alma del sepulcro, y para iluminarlo con la luz de los vivos». La temperatura, calculó, era todavía de veinticinco bajo cero; el viento seguía aullando río arriba y Canadá se estaba preparando para lanzarle más ciclones a su vecino; pero Sam estaba caliente gracias al café y lleno de la luz de los vivos, y ni el viento ni el frío podían perturbarlo ahora.

«Muy bien, si usted no se lo bebe, me lo beberé yo».

Estaba asombrado, como lo había estado en visitas anteriores, de ver lo poco que comía aquella mujer. Parecía que viviese de harina y pasas. No había tocado el montón de leña. Quitando todas las mantas del umbral, Sam hizo allí una hoguera para calentar el suelo; pero en seguida, regañándose severamente, la apagó. ¡Qué estupidez sería calentar el suelo para que la cama de la mujer fuese acogedora y luego marcharse para dejar que muriese de congelación! No había mucho que se pudiese hacer con alguien así, excepto dejarla a la voluntad de Dios. Había descubierto en los últimos minutos que el fuego tampoco era bueno para él; se había habituado de tal modo al frío que el calor del fuego sobre su piel era como un linimento abrasador, como las quemaduras del sol en la frente y los párpados. El fuego no era bueno para los helados troncos de la cabaña; en el calor empezarían a partirse y quejarse, y la humedad saldría de los troncos y del aire y caería en grandes gotas. El humo y el calor entrarían en la cabaña y el humo saldría por las rendijas de las paredes y la puerta y el agujero del tejado.

Con el hacha cortó la carne de venado y la colocó junto al fuego. Como no había encontrado ni grasa ni sal, decidió no hacer panecillos hasta que no tuviese carne fresca. Mientras la carne se descongelaba le llevó a Kate una segunda taza de café con la esperanza de que se la bebiese y vio con sorpresa que se había cubierto la cabeza. Se volvió a arrodillar ante ella y le habló, brevemente, de su captura, su fuga y larga huida, pero dudaba de que ella le escuchase o le entendiese. Apartando la manta de su pelo canoso, vio que su cara era espectralmente delgada, demacrada, macilenta, inmóvil. Sus ojos parecían ver y no ver al mismo tiempo. ¿Qué había hecho Dios con esa mujer o por esa mujer? Durante sus largos inviernos no había encendido nunca una hoguera ni había ingerido comida caliente alguna, sino que había sido un animal que se había arrastrado a comer harina y pasas y luego había vuelto a su pila de ropa de cama a esperar a la mañana siguiente.

Lo que esperaba era la luna, pero los hombres que la conocían nunca lo sabrían.

Inclinándose, tocó con los labios el pelo cano diciendo: «Esto es por mi madre, por usted y por todas las madres». Había esperado que abriese los ojos y lo mirase cuando oliese el café, pero quizá el olfato ya no era uno de sus sentidos. Regresando a la choza, mezcló harina y agua, cocinó la mezcla y lo llamó pan. Hirvió pasas en agua caliente hasta que se hincharon y se ablandaron e hizo otra cafetera. ¡Qué banquete sería! ¡Ojalá después del festín pudiese sentarse con su pipa y pensar en la venganza!

En aquellos páramos helados los ojos de hombres o animales habrían podido ver el humo elevándose, y los lobos lo vieron y trataron de distinguir sus olores. Algunos llegaron a acercarse a doscientos metros de la cabaña y trotaron alrededor, oliendo los cálidos aromas; y Sam olió a los lobos y supo que estaban allí. Le llevó a Kate un plato de venado caliente, pasas, pan y café, pero ella se negó a mirarlo o a verlo. Arrodillándose, lo sostuvo bajo su rostro para que la fragancia entrase por su nariz; y le dijo, como se le dice a un niño: «Es comida caliente y debería comérsela». Le ordenó las mantas de modo que pudiese ponerle el plato en el regazo y la taza de café caliente a su lado y regresó a la cabaña. Había calentado un poco el suelo para su cama aquella noche y ahora se sentó allí y comió, pero muy lentamente, porque las náuseas le llenaban la garganta. El calor lo hacía sentirse mareado y enfermo; pensó que por la mañana iría a las montañas y mataría un ciervo. Hasta medianoche mantuvo el fuego encendido en la cabaña y Kate estuvo sentada junto a las tumbas. Salió para decirle que si no se movía le haría la cama, pero ella no mostró signos de haberle oído. «Dentro se está caliente», le dijo, «¿no querría entrar?» ¿Había olvidado lo que era una hoguera? Cogió los extremos de la manta alrededor de ella y dio un tirón. Casi hizo que se cayera, pero consiguió al fin quitarle las mantas. Tras sostener una junto al fuego para calentarla salió y la abrigó, diciendo: «Eso es, ahora se sentirá mejor». Tendría que haber sabido que se sentiría peor. Para su sorpresa, empezó a llorar. Tras mirarla fijamente unos segundos la cogió, con manta y todo, y la metió dentro de la cabaña. Le puso el plato junto al fuego para conservarlo caliente; y mientras se sentaba junto al fuego, sintiéndose enfermo y no lejos de las lágrimas, se le ocurrió que aquella mujer no comería nada mientras él estuviese con ella. Ya no dudaba de que lo creía un enemigo. Recogió madera hasta que hubo una gran pila en un rincón y entonces, con el rifle y el cuchillo a su alcance, se estiró en su manta sobre el pedazo de suelo calentado y se durmió pronto. Cuando despertó dos o tres horas después y miró las mantas de Kate, ella no estaba allí. Se acercó a la puerta y miró fuera. Estaba en el sendero entre las tumbas, con mantas debajo y encima; y estaba hablando, como si se dirigiese a sus hijos. Sam miró al cielo y vio una luna redonda y helada. Se dirigió hacia la mujer, se colocó detrás y vio que sostenía una Biblia. Tenía las manos en un pliegue de la manta que usaba como guante, pero Sam pensó que debía de tenerlas heladas, porque la noche era muy fría. Calentó con cuidado una manta dentro de la cabaña y luego cubrió a la mujer y al libro con ella. Kate no interrumpió ni una sola vez su conversación ni sus plegarias, o lo que fuese que estaba haciendo.

Dentro de la cabaña Sam echaba leña al fuego y se estiraba en su manta. Cuando volvió a despertarse miró y vio que Kate había entrado. Pero de día no estaba entre sus mantas. Mirando fuera la vio de camino al río con el cubo en la mano; y supo entonces que todo el invierno había estado llevando agua a la colina para unas plantas que no la necesitaban. Algún día pisaría hielo demasiado delgado, se caería en las frías y negras aguas y se ahogaría.

Tras un buen desayuno limpió el rifle, lo cargó y salió hacia la montaña en busca de ciervos, uapitíes o bisontes. Su primer animal fue un uapití, y en cuanto le abrió el vientre le arrancó el hígado y se comió gran parte. Eso consiguió lo que la comida rancia de la cabaña no pudo: despejó las náuseas y le infundió de vigor. Todavía se sentía extremadamente débil; necesitó cuatro viajes y seis horas para llevar el uapití hasta la cabaña, una tarea que habría hecho normalmente en dos. La piel la extendió, con el pelaje hacia arriba, bajo el montón de mantas que tenía Kate junto a la puerta. Al día siguiente mató dos ciervos y los llevó hasta allí, y los colgó de unas vigas del fondo este de la cabaña. También se comió los hígados y los corazones, pero aún se sentía tan desnutrido que se cocinó un asado tras otro y se lo comió todo.

Los vientos habían ido hacia el sur. El cielo estaba helado en un gris frío invernal. Tras llevar el uapití, Sam vio que durante su ausencia Kate había estado con la harina y las pasas; él le había preparado platos de comida caliente, pero ella no los había tocado. A una taza de oloroso café bajo la nariz no respondió de modo alguno. Mientras estaba tumbado con su manta después de la cena, con el fuego azotando con sus llamas el chopo, el cerezo y el cedro, pensaba que si quisiera, ella podría tener un fuego encendido día y noche y estar confortable. Le dijo que ahora tendría que ir al sur pero que volvería la primavera siguiente. Sólo Dios sabía cuántos lobos se acercarían hasta la puerta para olerla, o si una vez se hubiese ido Sam saltarían sobre ella para tener acceso al ciervo congelado que colgaba de las vigas. Mientras hacía mocasines con la piel que él y otros tramperos habían dejado allí quería hablar con ella, porque se sentía solo; y después de haber hecho los mocasines y cordones para el calzado de nieve, cocinó asados sobre dos hogueras en el exterior y miró a la carne y luego a Kate, una y otra vez, y luego al sur y al oeste. Había tenido la intención de marcharse antes de que pasara otra noche, pero cuando miró el frío y vacío mundo en dirección a las Bighorn y luego la cabaña, que olía a carne asada y a fuego, se rindió a la debilidad y decidió quedarse una noche más.

Al atardecer vio a Kate coger parte de sus mantas y llevarlas fuera, y un poco más tarde volvió a mirar y la vio fuera, hablando con sus ángeles. De vez en cuando inclinaba la cabeza, como si asintiese; o parecía escuchar antes de volver a hablar. En el río había un agujero que había practicado en el hielo, con la impresión de sus rodillas en la nieve helada de alrededor. Sabía que se había arrodillado allí para lavar su ropa interior, pues una pieza estaba colgando de la rama de un árbol, tan harapienta y parcheada que parecía como si al tocarla se fuese a hacer pedazos. Le compraría ropa interior y mucha harina y frutas secas.

Se preguntaba si la asustaría o la complacería que se tumbase en la cabaña y tocase música suave. Lo averiguaría. Tocó un himno religioso y luego otro, muy bajito y lejano, y entonces oyó su voz. Tenía tono de soprano y sonaba fría y quebrada, pero estaba cantando el segundo de los himnos que él había tocado; y Sam salió y se quedó tras ella y cantó con ella, en un tono más grave y suave que el suyo. A él todo le pareció natural y correcto. Después de cinco días de silencio y malentendidos, parecía adecuado y oportuno que estuviese sentada allí a temperaturas bajo cero cubierta con mantas, a más de mil kilómetros de su gente y que con una voz rota y fantasmal cantase viejos himnos de esperanza y fe; y que detrás de ella estuviese un hombre alto, solitario, que había perdido a su mujer y a su hijo y que ahora miraba su cabeza cana y cantaba suavemente con ella. Durante dos horas o más ella estuvo sentada y él de pie en el frío y cantaron juntos. Entonces él la recogió, con mantas y todo, y la metió dentro de la cabaña; dulcemente besó y acarició su pelo gris; y se estiró con su manta para dormir.

A la mañana siguiente se sintió como un ladrón cuando cogió su rifle y la mayoría de su munición, pero le dijo que le devolvería el arma lo antes posible y que le llevaría comida, ropas y todo lo que se le ocurriese que pudiera necesitar. Cuando al fin le dio la espalda con el cuchillo al cinto y quince kilos de uapití asado sobre el hombro, tapado con la manta y el rifle en la mano, no quería marcharse. Tenía la sensación de que no volvería a ver viva a la mujer. Dos veces antes de desaparecer de la vista se detuvo para mirar atrás. Allí estaba, la pequeña cabaña marrón sobre la colina en el blanco invierno; y allí estaba ella sentada, una mujer de la que no sabía casi nada, pero a quien por extrañas razones había llegado a querer. Dejarla allí, tan sola e indefensa, le llenó de tales remordimientos y piedad que cada kilómetro que recorría sólo podía pensar en ella. Quería volver, pero sabía que sería absurdo hacerlo.

Una semana después se asomó a un escondite natural en el río Greybull, a treinta kilómetros de su desagüe en el Bighorn y llegó a la desvencijada puerta de una cabaña aún más pequeña que la de Kate. Oyó movimiento y supo que el hombre que había dentro estaba cogiendo su arma.

—¡Soy yo, Sam! —llamó—. Abre la puerta y vamos a comernos unos panecillos calientes con sirope de arándanos.

La puerta se abrió un centímetro, asomaron unos ojos grises y unos labios enmarcados en una barba dijeron:

—Sam, ¿eres tú?