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El primero de los vengadores en llegar a la zona de Three Forks fue Garras de Oso George Meek, un rubio grande y sonriente a quien llamaban Garras de Oso por su costumbre de coleccionar las garras de los osos, principalmente de los grizzlies, que bañaba en orín y otros astringentes y pulía con arcillas, polvos y cueros hasta que quedaban tan limpias y relucientes como joyas. George era un tipo despreocupado, o parecía serlo; tenía cordiales ojos azules y palabras amables para todos excepto para los pieles rojas, a quienes despreciaba porque habían matado a su hermano. Bajo su alegre superficie había un hombre inteligente con muchos recursos. Siempre estaba sonriendo; Bill decía que George sonreía mientras dormía; y aquello parecía probable, porque sus sueños consistían habitualmente en engaños, estratagemas y agudas prácticas con las que superaba a aquellos que se enfrentaban a él. «Siempre intento ensillar al caballo adecuao», era como se definía a sí mismo. Se adaptaba a sus circunstancias; tomaba riesgos; y nunca vadeaba cuando no podía ver el fondo. Pero era un hombre agradable al que no le gustaba vivir y cazar solo durante cinco fríos meses, como hacían Zeke y Hank, y también Cabellera Perdida Dan, Bill Williams y Sam Minard. Pobre Bill, ahora estaba muerto, y Windy estaba escribiendo un poema sobre él:

Se comía la vida como permitían las leyes de Dios

al menos

hasta ahora.

Ya no hay rastro de que esté subiendo por la montaña.

Supongo que ya

se ha cansado.

Lo habían encontrado en las Uintah con una bala en el corazón y un viejo rifle Ute sobre el regazo. Lo cubría medio metro de nieve.

George había pasado a veces el invierno con Hob Niles (muerto ahora, como Bill), con el que alrededor de una hoguera había compartido su talento manual (ambos habían tallado objetos en madera), el amor de un artista por el detalle exquisito y embustes. Ambos preferían mascar tabaco a fumarlo y tenían barbas castañas en las que las zonas más oscuras denotaban las manchas del jugo del tabaco. George había llegado desde el río Henrys y a unas pocas horas tras él llegó Tomahawk Jack, una criatura cruel como él solo y uno de los mejores tiradores con revólver del Oeste. Jack, como Dave Black, otro experto con el revólver, no era mucho más alto que Kit Carson y tenía los impulsos felinos y el instinto letal de los hombres pequeños. Si Jack o Dave habían sonreído alguna vez había sido mirando el rostro muerto de un enemigo. De treinta y cinco años y treinta y ocho el año en que los tramperos se reunieron en Three Forks, ambos estaban afeitados y tenían aspecto juvenil, y no servían de gran cosa en una pelea excepto con armas. Jack era casi tan bueno montando como el mejor de los Crows, y su caballo Crow estaba considerado por algunos como el más veloz de todas las montañas. Eso, había dicho Mick Boone, con su gran rostro feo mostrando una sonrisa lenta, era sólo porque Jack era pequeño. Él cuando nació era más grande, dijo Mick. Eso, había dicho Bill, no significaba ná más que siempre había sido un blanco mayor.

El siguiente de los tramperos en llegar era, según los soldados, uno de los tres mejores exploradores del Oeste. Aquello, dijo el irrefrenable Bill, era porque McNees veía el doble que cualquier otro hombre; mientras un ojo miraba al noreste el otro se dirigía al noroeste. Que veía igual de bien con ambos, como los caballos, estaba demostrao, según Bill, por el hecho de que te miraba con cualquiera de los dos; y a veces, como un pájaro, te miraba con uno y si no le gustaba lo que veía aquel ojo te miraba con el otro. En Roger McNees, medio escocés y medio alemán, no había espacio para las payasadas; ningún sentido de la diversión ni para las historias exageradas. Desde que llegase al Oeste hacía quince años había corrido el rumor de que había matado a su padre y había huido, pero ningún hombre al oeste del Missouri sabía si era cierto y a ninguno le importaba. A Tres Dedos le encantaba rastrear y explorar; se decía que podía llenarse las fosas nasales con hojas de salvia y aun así oler un rastro indio más deprisa que un lobezno siguiendo a un conejo. Los otros habían supuesto que exploraría un poco de camino a la reunión, así que no se sorprendieron por la respuesta que dio a la pregunta de Meek: «¿Sabes por dónde andan las alimañas?»

Sabía dónde estaban y sabía cuántos venían. ¿Conocía Garras de Oso aquellos manantiales sulfurosos al este de las Big Belt? «Como la cara de mi madre», dijo George. «He estao allí, de hombre y de muchacho, mil veces». ¿Conocía aquel arroyo en el que Black Harris se había escondido de los Pies Negros durante dos días y una noche mientras ellos estaban sentaos tan cerca de él jugando a la ruleta que uno de ellos l’abía tocao? «¡Pos claro!», dijo George. Fue cuando a Black no le respondían las piernas al salir del escondite; durante kilómetros s’abía arrastrao usando los brazos. «Siempre había pensao que aquel era Mano Rota», dijo George. Un ojo negro estudió a George. ¿Sabía dónde estaba el arroyo Seven Mile? «Lo conozco tan bien como la verruga que tenía mi padre en la nariz. Tenía dos pelos». Pos a medio camino entre Seven Mile y los manantiales se toma el oeste hacia las Big Belt y en seguida tienes el campamento justo delante las narices, como el bigote d’un bisonte.

—Eso nostá mu lejos d’aquí —dijo George.

—¿Cuántos? —dijo Jack, frunciendo el ceño.

Si las alimañas estaban todas en el campamento, eran cincuenta y ocho.

Uno ha debido de tener un hijo, dijo George. Sam había matao a uno. Y cincuenta y ocho, condenación, saldrían a tres por barba. Como había dicho aquel, no eran más c’unos minutos de trabajo.

—¿Has visto a Cuernos de Uapití? —preguntó Dave.

Tres Dedos miró a Dave.

—¿Lo habría contao si no le hubiera visto?

—O sea —dijo Dave mordazmente—, que le viste las cicatrices.

—Él lo ve tó —dijo George rápidamente, porque los dos hombres se miraban el uno al otro.

Aquella noche llegaron Cabellera Perdida Dan y una docena más. Ninguno, ni siquiera el frío McNees o Tomahawk Jack, podía mirar a Dan sin sentir un ligero escalofrío. No porque fuese un tipo grande, de uno noventa y todo músculo y hueso, con un perímetro de cuarenta y cinco centímetros de cuello o de bíceps flexionados. No era su gran cabeza sin pelo ni piel por encima de las orejas. Eran sus ojos. Tenía cuarenta años y había sido trampero durante diecinueve. Cómo había perdido el cuero cabelludo no lo sabía nadie, porque ni siquiera la entrometida nariz de Río Wind Bill había podido husmearlo. Quien se hubiese llevado su cabellera era un tipo codicioso: el cuchillo había hecho la incisión donde la parte superior de la oreja se unía al cuero cabelludo pero, en lugar de tirar hacia abajo de la oreja, el indio había cortado a través, de modo que Dan estaba marcado y cortado como un caballo. Su gran cráneo brillante era todo de hueso lampiño excepto una fila de unos cinco centímetros a lo largo de la nuca. En lugar de cortar en la línea del pelo de la frente, el descabellador había llegado hasta casi los ojos; y ahora como a dos centímetros encima de las cejas tenía Dan una fea cicatriz recta casi a lo largo de toda la frente que era como un verdugón. Parecía llenarse de sangre cuando estaba furioso.

Río Powder Charley estaba conjeturando que, si los que le habían quitado la cabellera a Dan eran los Pies Negros, esta incursión supondría para él un placer especial. A Charley le gustaba burlarse un poco, aunque sabía que para Dan las burlas eran como linimento en una herida abierta. Dan, había dicho Bill, tenía el sentido del humor de un bisonte viejo y enfermo rodeado de una manada de lobos. Si les tocaban tres a cada uno, dijo Charley, tendrían que darle a Dan el más grande, porque así quizá lo podían curtir pa hacerle una peluca. En ese momento Dan estaba fumando su pipa. Miró a Charley, no rápidamente, sino como alguien que se tomase su tiempo para hacer sus cosas. Sus grandes ojos azul pálido parecían ligeramente hinchados y sobresalían de su cráneo, como los de un sapo. Miró a Charley, con su gran rostro fuerte y afeitado impasible, y George decidió en aquel momento que sería juicioso para él hacer algún chistecillo, como una jovencita ante un pretendiente; y así, volviendo a colocar su tabaco, dijo:

—El problema es que las alimañas rojas no dejaron demasiao pelo pa que podamos comparar, y el pelo de la tripa de uno nos nunca del mismo color que’l de la cabeza. Que me parta un rayo si sé cómo podríamos hacerlo —Garras de Oso miró a su alrededor discretamente para ver si la chanza estaba sentando bien.

Dan volvió ahora sus fríos ojos a George y siguió chupando de su pipa. Bueno, una cosa se podía decir de Dan, habría dicho Sam Minard si hubiese estado allí, y era que se había vengado de sus enemigos diez o veinte veces. Dan tenía una choza río Madison arriba cerca de su nacimiento, y la única vez que Sam había mirado dentro le había parecido que la mitad de las paredes estaban cubiertas de cabelleras indias. Dan peinaba el negro pelo y lo abrillantaba como hacía con las pieles de castor y, como decía George, lo dejaba tó mu bonito. Alguna que otra vez, cuando el cráneo entero le picaba por los picotazos de los mosquitos, Dan iba a conseguir otra cabellera. Siempre la cortaba junto a las orejas y la frente y por la parte baja de la nuca. Era un asesino solitario y letal. Si a Sam le hubiesen preguntado que cuál de los hombres le pondría nervioso si tuviese que enfrentarse a él en una pelea, el primero en el que hubiese pensado habría sido Dan.

A la mañana siguiente llegó hasta el campamento el hombre a quien todos los tramperos habrían escogido mediante voto privado como el más capaz de todos ellos. No porque Sam Minard fuese el mejor hombre del Oeste o el más poderoso físicamente. No era porque fuese el tirador más certero, había muchos que lo eran más; ni el más valeroso, había otros más imprudentes; ni porque fuese el más frío a la hora de enfrentarse a un desafío espantoso, quizá no había hombres sobre la tierra con nervios de un acero más frío al enfrentarse a un grizzly furioso o a un piel roja blandiendo el tomahawk que Hank Cady o Kit Carson, Cabellera Perdida Dan o Tres Dedos McNees. No era porque fuese el que mejor había luchado contra los indios; en eso Kit o Dan o Jim Bridger o una docena eran más que sus iguales. Era porque tenía en amplia medida todos los rasgos y habilidades que definían a un soberbio trampero. No tenía nada de Jeb Berger en él. Aunque Windy Bill era un hombre valiente y un fantástico luchador en un apuro, había un poco de Jeb en él. Aunque Mick Boone se hubiese enfrentado a cualquier hombre sobre la tierra, siempre sentía la carne de gallina cuando su vida dependía sólo de su coraje.

Los hombres reunidos allí (había veintitrés antes de que empezasen a cabalgar) probablemente formaban, considerando su número, un grupo de guerreros tan osado y capaz como cualquiera que se hubiese reunido alguna vez. Cualquiera de ellos podía derribar a dos indios, la mayoría de ellos a tres, y unos pocos a cuatro o a cinco. Estaban deseosos de pelear en distintos grados. Todos se sentían competitivos y algunos de ellos temían no poder conseguir su parte de cabelleras. Unos pocos, como Dan, McNees y Jack, tenían la ambición de ser reconocidos como el asesino destacado cuando todo hubiese acabado. Otros, George, por ejemplo, Hobe Isham, un tipo callado, también, creían que no tenían el talento asesino para ser los primeros y se contentarían con hacerlo lo mejor que pudieran. Unos pocos, como Sam, David Black y Zeke Campbell, eran estrategas de corazón y asesinos sólo después.

McNees dijo que Caracortada y su manada estaban acampados en un pequeño río contra la pared de un risco con un buen número de árboles en la cresta. Aquello era en el lado oeste. El viento predominante cuando estuvo allí soplaba desde aquella parte pero en aquella zona los vientos eran como la mente de una mujer y cambiaban sin motivo alguno. En la parte norte y por detrás había frondosos bosques de chopos y píceas. Un río corría hacia el lado sur. Cuando los hombres se reunieron a su alrededor, Tres Dedos dibujó en la tierra un mapa. Cuando había estado explorando su posición tenían dos centinelas; uno aquí, otro por allá, en los extremos noreste y sureste; y suponía que tendrían a un vigía en uno de los riscos de arriba, aunque no había visto señales de ninguno.

Era posible que se hubiesen ido de allí y tuvieran que volver a localizarlos. Mirando al cielo ennegrecido dijo que una tormenta de tres pares estaba llenándose las tripas de agua; si podían atacar bajo los truenos estaría bien.

George al fin había sido capaz de dividir cincuenta y ocho entre veintitrés y ahora decía que algunos de ellos se iban a quedar cortos. No habría tres para cada uno para todos. Habría tres para trece de ellos, dos para otros nueve y sólo uno para él. Alguien dijo que Sam tenía que tener alguno extra, pos era su fiesta; pero otro añadió que el jefe tenía que ser pa Sam. Un tercero sugirió c’abía que dividir por igual a la mayoría de las alimañas y que los demás serían extras p’al primero que llegase. Sam habló entonces y dijo que deberían permitir escapar a uno de ellos, para llevar las alegres noticias a la nación Pies Negros; y Dan dijo que eso estaría bien si antes l’arrancaban la cabellera y luego le daban al desgraciao un caballo rápido con un cactus bajo el trasero. «Güeno», dijo George, «aquí hay mucho matemátrico».

Algunos de los hombres hablaban de la inminente muerte de cincuenta y siete indios como si estuviesen a punto de irse a cazar bisontes. Algunos, como Hank Cady, no dijeron nada. Para casi todos el piel roja no era más humano que el negro. «Tos se paecen un poco a un hombre», había dicho George, «pero cuando llegas al fondo de la cuestión no lo son. Cuando el Todopoderoso hizo al indio se l’abía acabao tó menos los yierros. Ni un diablo de los que sisean en el infierno es más colorao que una alimaña roja».

Algunos de los hombres habían llegado desde lugares tan lejanos como el lago Bear y el río North Platte y creían que dos cochinos pieles rojas eran poca cosa para un viaje tan largo. Uno de ellos dijo que era como cabalgar cien kilómetros pa comerte dos palomas. De haber sabido, dijo Mark Hillers, qu’iba a ver un ejército aquí s’abría quedao en casa. A su padre l’abría dao vergüenza ver a su hijo cabalgar mil kilómetros pa dos cabelleras.

—Quizá será mejor que le demos tres —dijo George—, yo puedo quedarme y cuidar del campamento —a Windy Bill le pareció una buena sugerencia. Mark, dijo, estaba al otro lao del mundo, casi en Bent’s Fort, y había cruzao cincuenta ríos y mil montañas pa llegar allí. Pronto, dijo George, no iban a quedar extras. Tendrían que dejar que el primero que les clavase el cuchillo se los quedase.

Así era la cosa, dijo Zeke; no creía que ninguno pudiese ver ná. No habría luna y probablemente tampoco hogueras. La noche sería tan negra que sería como volver al vientre de tu madre. Tenía razón, dijo Bill, observando el cielo oscurecido; tendrían que saber si era rojo o blanco por el tacto de la piel. Por el olor, dijo Mick Boone. ¿Pero cómo iba a distinguir Sam entre cuernos de uapití, garras de lobo o cola de castor? Era David Black el que hablaba y, cuando él hablaba, el cerebro se le hinchaba como un vientre embarazado, según Bill.

—Olerá a jefe —dijo George.

Sam, dijo Bill, encontraría a Cuernos de Uapití como un ternero encuentra a su madre. ¿Pero y si no?, preguntó Dan. ¿El que lo encontrase primero tendría que agarrarlo del pescuezo y esperar a Sam?

El jefe, dijo Bill, había escupido a Sam en la cara. L’abía pegao en la cara con el tommyhawk. L’abía atao a un árbol y casi l’abía congelao el culo y había fanfarroneao y l’abía amenazao cosa mala. Tenían que dejar que Sam lo matase. Supuso que Sam agarraría al jefe por la cabellera en menos tiempo del que tarda un lobo en darse la vuelta.

Los hombres pasaron dos o tres horas con sus armas. Examinaban las piezas, las limpiaban y engrasaban y lustraban los cañones con tanta delicadeza como si tocasen el mecanismo de un reloj. Los cuchillos los afilaron con muelas de grano fino que habían empapado en aceite de ganso y luego los suavizaron con cuero blando. A sus caballos, y todos tenían monturas soberbias, les dedicaron un cuidado atento que nunca se daban a sí mismos, examinando los cascos, los dientes, los lomos y los músculos del cuello y los hombros, inspeccionando bajo los flancos y los escrotos en busca de garrapatas y otros chupasangres, dejando que bebiesen sólo en aguas libres de arcillas y cienos venenosos y llevándolos a pastar en los lugares más frondosos. Si cuatrocientos guerreros Pies Negros los hubiesen atacado, sus posibilidades de salir vivos habrían dependido casi por completo de los fuertes animales que montaban. Un trampero pensaba en su caballo, su rifle y su cuchillo como partes de sí mismo; una extensión de su alcance y una triplicación de su velocidad.

Cuando los veintitrés hombres de la comitiva creyeron que ya no aparecerían más tramperos, pasaron otra noche allí, esperando la tormenta, con centinelas en turnos de tres horas en los cuatro extremos. A la mañana siguiente ensillaron a sus animales, aseguraron sus camas y aparejos tras las sillas y se dirigieron al norte hacia el Missouri. Delante del grupo principal iban tres exploradores y Dave Black con su vista de lince cerraba la retaguardia a un kilómetro por detrás. Unos cuantos, con Dan como portavoz, habían propuesto que después de que hubiesen eliminado a aquella banda debían seguir hacia el norte y buscar a otra; pero los más serenos dijeron que no, porque sabían que la masacre iba a provocar un frenesí salvaje entre los indios. Las squaws se harían cortes y derramarían su propia sangre sobre sus cuerpos, y chillarían y gritarían con tal furia demente que los bravos, como avispas salidas de su avispero, saldrían en todas direcciones con la vista puesta en encontrar algo que matar. Después de todo, habría dicho Bill Williams, si hubiese estado vivo y presente, su deber era vengar los insultos proferidos contra un hermano de la montaña. Después de aquello se dispersarían en silencio por los valles y a través de los bosques en todas direcciones menos hacia el norte, dejando a los avispones rojos agotarse en sus berrinches. Lo importante, habían acordado todos, era dejar a un hombre vivo para que pudiese llevarle la noticia a su pueblo. ¡Cómo aullarían y se sacarían los ojos cuando el único superviviente, con el cráneo desnudo y rojo, les contase lo que había pasado!

La primera noche acamparon cerca de las estribaciones de las montañas Big Belt. McNees llegó a eso de la medianoche para informar de que la banda seguía allí contra el risco pero mostraba señales de estar preparándose para moverse. Sus centinelas estaban donde antes, una alimaña a un kilómetro del campamento al noreste y la otra al sureste, y posiblemente un tercero sobre el risco. El viento soplaba del noroeste. Calculaba que había unos quince kilómetros hasta el campamento indio.

Habría que eliminar a los tres centinelas. A Sam le dieron a elegir quiénes serían los verdugos. Sabía que sería absurdo pedir voluntarios; todos se presentarían. Sabiendo que Dan se moría de ganas de ser uno de ellos, le asignó a él la alimaña en el sureste. Como el del risco sería el más difícil de los tres de sorprender, se lo dio a Tres Dedos. Luego miró a su alrededor y le pareció ver en la oscuridad de la noche un deseo especial en los ojos de David Black.

—Muy bien, Dave, el del noreste es tuyo.

Era una noche oscura, los lobos aullaban y el ulular del búho anunciaba tormenta. Todos los hombres estaban acostados pero despiertos. Escuchando, los únicos sonidos que Sam oía eran los de un pájaro nocturno, un lobo y un búho. Dos horas después la partida recorrió dos tercios del camino y escondieron sus caballos en un bosque de chopos. El cielo estaba cubierto y oscuro y caían enormes gotas de lluvia cuando los hombres reemprendieron camino. «¡Qué maravilloso sería», pensó Sam, mirando el húmedo cielo oscuro, «si en el momento del ataque el Creador llenase el mundo con un atronador canto de venganza, con compases como los que abrían la Quinta!»

Avanzaron casi tan silenciosamente como el lobo hasta que se encontraron con los exploradores que volvían. McNees les había dicho que él y los otros dos sólo necesitarían media hora. Bueno, quizá, pensó Sam; Dan no era tan rápido como los otros dos. Seguían a tres kilómetros del campamento indio cuando Sam, que ahora iba en cabeza de los veinte, se quedó asombrado al ver una figura alta salir de entre las sombras de la noche. Era McNees, que llevaba una cabellera húmeda en la mano. Así no era como Sam lo había planeado y estaba preguntándose por Dave y Dan cuando McNees comenzó a susurrar por el grupo que todo estaba preparado para la pelea. Dan y Dave estaban como un kilómetro más adelante, esperando. Habían encontrado a los tres centinelas dormitando y tenían una mano sobre sus bocas y un cuchillo en sus cuellos antes de que pudiesen moverse. El campamento estaba dormido. Había perros, dijo McNees; sus caballos estaban al sureste alrededor de la base del risco y no había ningún guardia con ellos. Se acercarían por el sureste, porque de ese modo el viento les daría en las caras y los dormidos sólo oirían el huracán. ¡Caray!, pensaba Sam: no era extraño que aquel hombre fuese conocido como uno de los tres mejores exploradores del Oeste; los otros dos eran Kit Carson y Jim Bridger. Todavía susurrando, McNees dijo mientras se aproximaban que había cinco tiendas en fila delante de ellos; a unos cinco metros más allá había una tienda más grande dentro de la que el jefe estaría roncando y soñando con la gloria. Alrededor, al sur, en un semicírculo, había nueve teepees más pequeños. Algunas de las alimañas no estaban bajo techo y como la lluvia los despertaría sería mejor apresurarse. Para cuando McNees había dejado de susurrar, los hombres tenían en la cabeza un mapa de la situación y sabían que en las cinco tiendas de cuero que daban al este estaban los guerreros más poderosos del jefe. Todos los hombres excepto Sam, cuya mente estaba puesta en el jefe, esperaban ser los primeros en llegar a las cinco tiendas.

Avanzaron bajo la llovizna. Tras kilómetro y medio Dan apareció entre la oscuridad y se unió a ellos. Cuando estaban a unos trescientos metros del campamento, la partida se detuvo; los hombres avanzaban ahora arrastrándose tan sigilosamente como el lobo, pues cada uno de ellos llevaba tres pares de mocasines. Todos llevaban un revólver al cinto y un Bowie largo. Tras cincuenta metros Dave Black se levantó como si brotase de la tierra y avanzó con ellos. Cuando Sam y la docena de hombres que estaban a su altura estaban a unos cincuenta metros de las primeras tiendas, se detuvieron, apoyados sobre una rodilla y la palma de la mano; y Sam miró a los hombres que estaban detrás. No podría haberse oído ni la respiración de un solo hombre pero esperaban que los perros explotasen en ladridos furiosos en cualquier momento. Durante otros quince metros se deslizaron silenciosamente hacia delante y entonces Sam se levantó con un cuchillo relampagueando en su mano. Aquella era la señal. Al momento siguiente el campamento, las montañas de detrás y la tierra entera se vieron sacudidos por un grito de guerra que espantó a todos los indios dormidos. Casi al mismo instante los hombres corrieron a toda velocidad y los perros del campamento se despertaron. Durante unos instantes fatales los pieles rojas estaban drogados por el sueño y asombrados por el terror y durante esos momentos todo acabó para la mayoría de ellos. Ni un indio entre cinco supo qué les había atacado.

Cuernos de Uapití lo supo. Sam se encargó de ello. Mientras los gritos de horror seguían resonando en la noche de la montaña Sam corrió como un relámpago entre las dos tiendas de los centinelas y llegó ante la del jefe. El piel roja se puso en pie rápidamente y se topó con Sam en la puerta. Mientras corría, Sam había devuelto el cuchillo al cinturón porque en distancias cortas prefería luchar con sus manos. En la puerta de la tienda agarró al hombre por los dos brazos y le dio un tirón con tanta fuerza que el hacha se le cayó de la mano. En ese momento Sam le escupió en la cara y luego lo lanzó de cabeza hacia atrás por encima de su hombro. Giró entonces hacia un guardia que había salido apresuradamente de la tienda y lo atravesó con su cuchillo; y al instante siguiente agarró al jefe, lo puso en pie con una sacudida que casi le fracturó las piernas, volvió a escupirle en la cara y le abofeteó la roja mejilla con la mano abierta con tanta fuerza que el jefe casi se cae. «¡Soy yo!», rugió Sam en la cara del hombre indefenso y, volviendo a lanzar el temible grito de guerra, agarró al jefe con ambas manos justo por debajo de las costillas, lo levantó y lo lanzó por encima de su cabeza. Enseguida estuvo sobre él, con el ensangrentado cuchillo en la mano, y mientras el asombrado jefe yacía indefenso, Sam le arrancó la cabellera.

Con la cabellera en una mano y el cuchillo en otra, saltó hacia atrás y en la oscuridad de la madrugada examinó la escena. A su izquierda oía las pisadas de hombres persiguiendo a otros hombres. Oyó un grito ahogado en sangre. Mirando hacia el otro lado, vio a un hombre blanco tomando una cabellera y a un indio ensangrentado corriendo hacia él con el tomahawk en alto. Sam saltó, derribó al indio, y le salvó la vida a Hank Cady. Hank siempre era un poco descuidado en la pelea. Lo que Sam andaba buscando era a un indio vivo que enviar como mensajero y cuando vio a uno saltando entre media docena de cuerpos caídos y emprendiendo una carrera desesperada en busca de la libertad, Sam se lanzó tras él como un puma. Lo alcanzó como unos cien metros después y lo derribó. Cayó sobre él buscando armas, pero aquel bravo no tenía ninguna. Sam le dio la vuelta, apoyó la rodilla en su espalda y cortó unos flecos de cuero de la chaqueta de piel del indio. Con ellos le ató las manos por detrás y estaba asegurándolo a un árbol cuando oyó que lo llamaban por su nombre.

—¡Estoy aquí! —gritó Sam.

Para entonces todo había terminado. Unos cuantos indios heridos habían huido con tramperos pisándoles los talones, y uno a uno habían regresado con sus cabelleras. Nadie sabía aún si alguno había escapado. Nadie sabía si McNees los había contado bien. Sam, Bill y Mick caminaban entre los muertos intentando contarlos; y George apareció con su sonrisa habitual y dijo que había otro muerto más allá y otro por allí. ¿Alguna de las alimañas había escapado? No lo sabían, dijo Sam. Dan y McNees no aparecían, andarían persiguiendo a alguno. ¿Algún trampero había resultado herido? Bueno, por allá andaba Cy Gregg cojeando como si tuviese la pierna rota; y Tomahawk Jack, que en su entusiasmo por arrancar cabelleras se había cortado gran parte de la carne de dos dedos; y Abe Jackson, a quien le habían partido la clavícula en dos con un tomahawk. Por lo que sabía Sam, ningún hombre blanco había muerto. En cuanto a los perros, todos habían desaparecido y Bill creía que algunos de los diablos rojos podrían haber escapado también. No lo sabrían hasta que no los contasen.

A la luz del día Sam, Bill y algunos otros trataron de contar los cadáveres desperdigados por la zona pero no se ponían de acuerdo en el número. Sam fue entonces a ver a los heridos. Abe tenía un corte feo, sí, que atravesaba la clavícula y las dos costillas más cercanas, pero, como todos los tramperos, fingía que no era nada. Era todo por su condenada torpeza, dijo. Algunos de los hombres mascaron tabaco y le dieron las hebras y Abe se las puso en la herida. Jack había encendido una pequeña hoguera y con la punta de un cuchillo calentado trataba de cauterizar y cicatrizar sus heridas; y Abe, observándolo, dijo que le vendría bien algo de esa medicina. Hasta Tres Dedos tenía una herida, un corte de cuchillo en el hombro en la que metió tabaco humedecido. Zeke se había cortado él solo la palma de la mano; otro hombre mientras perseguía a un indio en la oscuridad se había chocado contra un árbol y había perdido cinco o seis dientes. Mick Boone se había arrancado la uña de uno de los pulgares. Sam dijo que examinaría el botín para ver si había cosas que quisieran alguno de ellos y luego doblarían los cañones de los rifles y quemarían las culatas. Le dijo a Hank que escogiese a cinco o seis hombres y llevasen a los ponis indios junto con sus caballos y luego fuesen a buscar uapití para desayunar.

No había gran cosa en el botín que quisieran los hombres. Algunos escogieron prendas de cuero, o un tomahawk o un tocado. Los rifles, proporcionados por los británicos para que los Pies Negros luchasen contra los americanos, los apilaron en una hoguera y cuando la madera se hubo quemado y los cañones estuvieron calientes los colocaron entre unas piedras y tiraron una roca enorme en el centro de cada uno para doblarlo. Fue mientras doblaba un cañón cuando Sam se quedó sobresaltado y luego asombrado. Cuernos de Uapití, a pesar del vapuleo que se había llevado, seguía vivo. Estaba consciente. De hecho, lenta y furtivamente se estaba arrastrando hacia Sam con un cuchillo en la mano. Sam avanzó hacia el indio y cuando estaba a quince metros se detuvo y lo miró. Fueron los ojos los que cautivaron su atención; sólo en los ojos del halcón, el lobo o el glotón, o en los del joven del río, había visto tanto odio mortal. «¡Que me cuelguen!», gritó, y otros hombres se acercaron a él para mirar.

George dijo:

—Sam, creía cabías matao a la alimaña.

Charley dijo:

—¿Este es al que vamos a mandar con los Bloods?

—Ese está atao a un árbol —dijo George.

—Pos no hay razón pa mandar dos —dijo Charley—. ¿A cuálo matamos?

Bill se había acercado. Miró al indio ensangrentado, ahora tirado en el suelo y mirando a los hombres. El piel roja tenía el aspecto de una bestia herida que sabía que el enemigo tenía toda la ventaja pero que estaba decidida a luchar por su vida. Miraba como si estuviese esperando y planeando. Los hombres vieron el cuchillo en su mano y esperaban que en cualquier momento saltase al ataque.

Bill dijo:

—Güeno, ahora sabe quién lo ha hecho. Me malicio que Sam quiere mandar a este jefe y cogió al otro por si acaso al jefe no l’apetecía. ¿Es eso, Sam?

—Podría ser —dijo Sam.

George dijo:

—¿No sería más insultante mandar al jefe?

—Diez veces más, pos claro —dijo Bill.

—¿Entonces quién se carga al otro?

—Es de Sam —dijo Bill.

Sam miraba fijamente al jefe. Se estaba acordando de cómo aquella alimaña lo había vejado y humillado y cómo durante días había estado cerca de la muerte en el páramo helado; pero había algo en aquella situación que le disgustaba. Quizá eran los ojos de todas las criaturas atrapadas e indefensas o heridas que le habían mirado durante sus años en el Oeste y le miraban ahora desde los ojos de aquel hombre. Estaba la garza ceniza. Una vez, practicando el tiro, le disparó a una garza en la orilla de un río, rompiéndole sólo un ala. El ave, alta y elegante, había llegado caminando por la orilla y había pasado de largo junto a él con lo que Sam había tomado por desprecio. Nunca había podido olvidar aquella experiencia. El pájaro, caminando con soberbia dignidad, lo había mirado fijamente con un ojo según se acercaba y pasó de largo y siguió caminando por la orilla con su ala azul colgando. Y estaba Kate Bowden.

Sam podría haber dicho, tras intentar meditar una respuesta, que en los ojos de todos los seres heridos o indefensos había algo que le tocaba el corazón. Seguía mirando a Cuernos de Uapití cuando Tomahawk Jack se acercó al jefe y apretando el cañón de un revólver contra el cráneo ensangrentado, se agachó y le quitó el cuchillo de la mano. Fue entonces cuando Sam vio, más conmovido, la mirada en los ojos que no quería ver y que estaba cansado de ver. Dan se había quedado retrasado, escuchando y observando. Se acercó ahora a Sam y dijo que si el jefe iba a ser el mensajero había que arrancarle la cabellera adecuadamente; a mitad de la frente y justo por mitad de las orejas. Dan estaba dispuesto a mostrar cómo debía hacerse, pero Sam dijo que no, que al jefe le había arrancado la cabellera y ya estaba hecho. Si Dan quería arrancársela a aquel otro y soltarlo le parecía bien. Una cabeza calva era mejor advertencia que un indio muerto. Podrían decirles que le contasen a su pueblo que habían enviado dos mensajeros porque se les había ocurrido que uno podría morir a manos de los Crows por el camino. Bueno, dijo Bill; eso acumularía el insulto en dos calvas.

Después de pensarlo Dan dijo que tenía sentido. ¿Podía arrancarle la cabellera al otro?

—Claro —dijo Sam—, y acaba pronto. Queremos desayunar.

Según se acercaba Dan, el indio atado al árbol comenzó el canto de la muerte. Luego la canción dejó de oírse y por lo que vieron los hombres que estaban mirando el piel roja ni parpadeó mientras le arrancaban la cabellera. La mitad de cada oreja colgaba del cuero cabelludo. Colocaron a los dos indios delante de Sam, con las puntas de unos cuchillos pegadas a la espalda. Sam estudió sus rostros. Luego Bill dijo:

—Sam, el jefe tiene el hombro dislocao, ya lo creo.

Todos vieron que era así cuando miraron la posición del brazo. Desde atrás, Bill palpó el torso del jefe y dijo que parecía tener varias costillas rotas. Sam había debido de darle una buena, dijo Bill. Los dos indios temblaban de odio e ira; a su alrededor veían los cadáveres de sus camaradas y la pila de rifles destrozados. El jefe estaba tan furioso, tan terriblemente humillado y conservaba tan poco control sobre sí mismo que de sus labios colgaba la sangre y la baba y se estaba orinando. George habría dicho que aquello era suficiente para hacer llorar a un lobo muerto; pero Dan, McNees, Jack y algunos otros lo miraban como si les hubiese gustado despellejarlo vivo. Estaban pensando en las innombrables torturas y agonías a las que se verían sometidos si estuviesen en poder de aquel salvaje. Dan le habría cortado la cabeza y la habría colgado de un árbol.

Alguien preguntó que por qué no llevaban a las alimañas al campamento y las ataban hasta después del desayuno. Que los pieles rojas piensen un rato. Sam dijo que bien, que lo harían y que luego los mandarían de camino; y se volvió a Cy y a Charley, que tenían nociones de las lenguas indias. Los hombres montaron los ponis indios y cabalgaron hasta su campamento; y detrás de ellos en caballos, con los pies atados con cuerdas de cuero bajo los vientres de los animales y las manos atadas, iban los dos prisioneros. Los cazadores volvieron de las montañas con las mejores porciones de uapití y bisonte; se encendieron hogueras; y colgaron de trípodes grandes asados y suspendieron en ramas de cerezo gruesos filetes sobre ascuas rojas. Sam, Hank y Bill hicieron panecillos calientes. Una docena de hombres andaban por los valles y las colinas recogiendo raíces y frutos silvestres.

Después de haber comido más de cincuenta kilos de carne con panecillos y bayas y de que cada uno se hubiese bebido un litro de café fuerte, se sentaron, mascando tabaco o fumando sus pipas. Bill se quitó la pipa de la boca y, como un indio, hizo una señal con la pipa a la tierra y al cielo. Era una maravilla impresionante, dijo, que Sam no hubiese partido al jefe por la mitad, aunque tal como estaba ya l’abía dao bastante. Dudaba de que l’alimaña pudiese llegar hasta su pueblo; podía ser c’algunas de sus entrañas estuviesen reventás. ¡Sangre de Cristo!, dijo Jack, y se volvió rojo de ira. ¿S’acariciaba a un lobo herido porque les daba pena? No sentía ninguna piedad por esas criaturas rojas y él se sentiría mu inquieto si se dejaba suelto a aquel jefe. Levantaría a toda la nación en su contra. ¿Las alimañas pensarían que lo habían soltao porque era un jefe más importante que cualquier jefe blanco? Y Sam tenía que saber que si soltaban a Cuernos de Uapití acabaría persiguiéndolo día y noche hasta que se secara el último río. ¿Por qué no se lo vendían a los Crows?

Esa propuesta les hizo gracia a algunos hombres: Cuernos de Uapití había capturao a Sam pa vendérselo a los Crows y Sam l’abía dao la vuelta a la tortilla. ¡Caray! Eso los aprendería a quedarse en su sitio.

Durante un minuto entero Sam fumó su pipa y consideró el asunto. No quería ofender a aquellos hombres que habían venido desde muy lejos y habían arriesgado sus vidas por él; pero no quería que los Crows sometiesen a un hombre herido a una tortura y muerte diabólicas. Ignoraba si el que soltase al jefe le granjearía alguna gratitud del indio. Podía ser que lo persiguiera día y noche mientras viviese pero Sam estaba pensando en los ojos del joven que había muerto en el río.

—No, creo que no —dijo al fin—. Lo mandaremos de vuelta y si quiere venir a por mí estaré preparado —miró a los dos hombres atados a un árbol—. Traedlos aquí.

En el momento en que los hombres se dirigieron hacia los dos indios, estos empezaron a entonar su canción de muerte. Dan estaba mirando los caballos de los indios; quería el caballo del jefe y todos los hombres lo sabían. La mayoría creía que Dan debía quedarse con él, y también con el jefe, porque durante años había recorrido montañas y praderas con su cabeza calva quemándose o congelándose con el sol y los vientos. El caballo del jefe era un precioso negro brioso. Sabiendo lo que pensaban los hombres, Sam dijo que Dan podía quedarse con el animal y en seguida Dan lo ensilló y lo montó y se mostró sobre él orgulloso, calvo y preparado para la guerra.

Cuando llevaron a los dos indios ante él, Sam llamó a Cy y a Charley. Les contó que les dijesen a los dos pieles rojas que los mandaban de regreso con su pueblo; y que les dijeran a los suyos que si alguna vez volvían a capturar o intentaban capturar a un trampero los otros emprenderían una guerra contra ellos hasta que no quedase en todas sus tierras ni una anciana enferma. «Aseguraos de que os entienden». Mientras Cy y Charley hablaban por turnos con signos y palabras indias, Sam estudió los rostros de los prisioneros. En la cara del joven sólo vio lo que le pareció asombro; en la cara del jefe sólo un desprecio y un odio enfermizos, hoscos y ardientes. Quizá debería habérselo dado a Dan después de todo. Sam había estado pensando que como gesto de buena voluntad le volvería a colocar el hombro en su sitio pero ahora se dijo que ni hablar. Una cara tan feroz y malvada como aquella no se merecía nada. Ahora debían decirle a aquel jefe que si quería pelear con Sam en cualquier parte y en cualquier momento no anduviese merodeando como un coyote cobarde; que apareciese como un guerrero y hombre valeroso, a la cara, para que pudiesen luchar. Aseguraos de que os entiende. «Decidle que puede venir cuando quiera y, cuanto antes, mejor». Sam volvió a estudiar el rostro ensangrentado del jefe. La expresión no era ahora de hosca animadversión; a Sam le pareció ver miedo y se dijo que nunca volvería a ver a aquel jefe. Había quebrantado la voluntad de lucha de aquel hombre. Qué cosa tan abyecta y lastimosa sería, soportando el resto de su vida las chanzas y el desprecio de su pueblo. Sam supuso que matarlo hubiese sido más compasivo.

Sin cuchillos, rifles ni comida los dos indios se dirigieron hacia el norte a pie y un grupo de veintitrés hombres blancos los observó marcharse mientras sus rojos cráneos estuvieron a la vista. Para mediodía los lobos y los buitres estarían alimentándose de los cadáveres. Para el día siguiente o el otro la mayor aldea de Pies Negros sería un avispero.

Los hombres cabalgaron juntos hasta la zona de Three Forks y desde allí, de uno en uno o en parejas o tríos se dirigieron hacia el suroeste, el sur, el sureste o el este, con un gesto de la mano y las palabras «¡Cuidao con la cabellera!», o «¡Nos vemos en el próximo encuentro!» Cuando llegase otra primavera no estarían todos vivos, pero así eran las cosas entre los tramperos, era su modo de vida y no habrían querido vivir de otra manera. Hank y Bill cabalgaron hacia el este con Sam. Bill dijo que a Mick Boone se le había roto el corazón porque su bayo no estaba entre los caballos. Sam dijo que lo sentía muchísimo. Quizá debería haberse quedado con el jefe y haberlo cambiado por el caballo y por sus pistolas, el cuchillo y el mechón de pelo de su mujer. Suponía que estaba volviéndose viejo y tonto.

Después de haber viajado durante un día hacia el este y haber pasado una noche en un bosque, Sam les dijo a Hank y a Bill que los dejaba. Creían que tenía intención de entrar en territorio Crow pero lo que Sam tenía en mente eran las cuencas de Colter y la paz y el descanso.

Cuando Sam desapareció de la vista, Bill le dijo a Hank:

—Estoy mu preocupao por Sam. No ha actuao con normalidad.

Los maravillosos ojos grises de Hank estaban mirando en la dirección que había tomado Sam y su mente recordaba que aquel hombretón le había salvado la vida. Lanzó un escupitajo de jugo marrón y no dijo nada.