NOTA AL LECTOR
Lo que al autor de esta novela le gustaría decir al lector ya ha sido tan bien expresado por distintos escritores que voy a permitir que sean ellos quienes lo digan. George Frederick Ruxton fue uno de los cronistas más agudos y sensibles de las tierras de las Rocosas y de sus gentes en el momento en que fue escrita esta obra, o un poco antes; y esas crónicas nos las dejó en sus libros, principalmente en Life in the Far West, publicado en 1849.
Sobre la relación de la mujer india con hombres blancos, escribió lo siguiente: «Las mujeres indias que siguen los destinos de los cazadores blancos son extraordinarias por su afecto y fidelidad a sus maridos, virtudes por otro lado que tan sólo ellas poseen; porque, con muy pocas excepciones, los tramperos raras veces sienten escrúpulos al abandonar a sus mujeres indias en cuanto les apetece cambiar de harén y, en tales ocasiones, se sabe que las squaws, abandonadas, locas de celos y desesperación, no dudan en recurrir con frecuencia a contundentes venganzas tanto contra sus maridos infieles como contra las bellezas ganadoras que las han desplazado del corazón del amado. Sin embargo, hay algunas excepciones a tal crueldad merecedoras de mención, y bastantes tramperos permanecen con sus mujeres pieles rojas, en la prosperidad y en la adversidad, y con frecuencia deben sufrirlas por hacerse con el control de la economía doméstica de sus chozas, y quedan sometidos por sus medias naranjas en todos los asuntos relacionados con la familia, y se debe mencionar que, una vez que la dama logra llevar los pantalones, se transforma en la arpía más consumada que jamás amargó la vida a un desafortunado marido».
Sobre la naturaleza de los tramperos, una serie de escritores perspicaces han expresado sus puntos de vista. Un poco antes de la aparición de esta novela, W. A. Ferris escribió Life in the Rocky Mountains, donde afirmaba: «Es extraña la manera en que algunas personas se sienten tan fuertemente fascinadas por esta forma de vida azarosa, nómada y tosca, como para abandonar sus hogares, tierra, amistades, y todas las comodidades, lujos y privilegios de la civilización, pero así ocurre, el esfuerzo, el peligro, la soledad, la privación que se sufre en estas condiciones de vida, forjadas con todas sus dificultades, y repletas de peligro, están para estas personas sobradamente compensadas por la libertad sin ley y la inspiradora excitación que les produce esta situación y la caza. El propio peligro ejerce una fuerte atracción, y el coraje y la astucia, y la habilidad, y la vigilancia necesaria debido a las dificultades que deben superar, las privaciones con las que se ven obligados a luchar, y los peligros contra los que deben estar prevenidos, se convierte inmediatamente en su orgullo y vanidad. Llevan una vida extraña, salvaje, terrible, romántica, dura y excitante, en la que se alterna la abundancia y el hambre, la acción y el reposo, la seguridad y la cautela, y todas las demás circunstancias que conllevan unas condiciones tan precarias en una inhóspita, baldía, indómita y temible región de desierto, llanura y montaña. Sin embargo, llegan a hacerse tanto a esa vida que pocos la abandonan y, a pesar de todas las limitaciones que padecen, se consideran a sí mismos más felices —o, mejor dicho, realmente lo son— que los habitantes de pueblos y ciudades, subidos al tren del alegre y vertiginoso torbellino de los dementes espejismos de la moda…
»Sin embargo, casi nunca deseé cambiar tales horas de libertad por todos los lujos de la civilización y, a riesgo de que pueda sonar antinatural y extraordinario, creo que es tal la fascinación que produce la vida de trampero que no podría aportarse ni un solo ejemplo, incluso del más educado y civilizado de los hombres que, tras probar las mieles de la libertad que conlleva y la liberación de todas las ataduras terrenales, no se arrepienta en el mismo instante en que lo cambia por la vida monótona de los asentamientos, ni suspire, y vuelva a suspirar de nuevo al abandonar sus placeres y atractivos».
El difunto historiador Bernard DeVoto escribió: «… pero el mito más maravilloso de Norteamérica fue el del Lejano Oeste… una provincia perdida e imposible… donde los hombres no eran enanos y donde realmente encontraban la aventura. Piensen que durante un breve periodo el mito tan generosamente imaginado se hizo realidad. Durante unos cuantos años Odysseus Jed Smith y Siegfried Carson y el andariego Fitzpatrick realmente respiraron en esa provincia de leyenda. Entonces, de repente, volvió a ser de nuevo un mito. Las caravanas siguieron sus pasos y no quedó ni un solo rastro de los semidioses que habían pasado por allí».
Describe al trampero en los siguientes términos: «Pero era un hombre. Poseía la habilidad más extraordinaria jamás alcanzada en este continente. También poseía un valor difícil de comprender. Se aventuraba por cumbres vírgenes y salía airoso. Cientos de indios intentaban matarlo, y él a su vez intentaba matarlos con indiferencia y pasaba a otra cosa… Esta descripción de él [Beckwourth de Bonner[1]] y de sus habituales dificultades, asesinatos e indiscriminada violencia es totalmente fiel».
«Quizás no haya —escribió Washington Irving— ningún otro tipo de hombres sobre la faz de la tierra, dice el capitán Bonneville, que lleven una vida tan esforzada, tan peligrosa y excitante, y que estén tan enamorados de sus ocupaciones, como los tramperos libres del Oeste». «Estos —escribió Stanley Vestal— eran los tramperos, una estirpe de héroes… Estos tramperos, en mayor medida que los soldados y gobernantes, fueron los verdaderos responsables de conquistar, defender y expandir nuestro amplio Lejano Oeste. Fueron los hombres del destino, cuya habilidad y valentía permitieron a aquellos norteamericanos que siguieron sus pasos en la conquista de un continente… Esos tramperos tan sólo fueron unos cuantos cientos en número, sin duda no llegaron a los mil en total. De estos, los tramperos libres eran la élite, hombres cuyas trayectorias ilustraban perfectamente el principio de la supervivencia del más fuerte. Ser considerado uno de los mejores entre ellos es uno de los títulos de hombría más dignos que los Estados Unidos puedan ofrecer».
Justice William O. Douglas se aproximó a las «tierras salvajes» como botánico y como poeta: «Lo que experimenté fue una sinfonía de la tierra salvaje. Aquellos que nunca aprendieron a andar jamás conocerán su belleza. Sólo aquellos que deciden perderse en ella, cortando todos sus lazos con la civilización, pueden saber a lo que me refiero. Sólo aquellos que retornan al mundo elemental pueden conocer su belleza y su grandeza… y la unidad esencial del hombre con ella».
Lawrence Gilman, el distinguido crítico musical, afirma en Nature in Music: «… M. Pierre Janet, que sostiene que aquellos que, en diferentes periodos históricos de la civilización del mundo, han expresado una fuerte atracción hacia el mundo natural, siempre han sido personas de un tipo determinado y concreto: emocionales, sometidas a cambios de humor, deseosas de romper con las tradiciones, esencialmente anticonvencionales. Mr. Havelock Ellis, en su estudio sobre la psicología del amor por la Naturaleza, caracteriza a todas estas personas, en mayor o menor grado, “de un temperamento excepcional”. En las manifestaciones más rotundas y simples de este tipo, estos amantes de la naturaleza salvaje han sentido un rechazo instintivo hacia sus entornos habituales… Chateaubriand, que veía poca utilidad en las montañas más allá de ser “las fuentes de ríos, una barrera contra los horrores de la guerra”, es contrarrestado por Petrarca, el cual, tras escalar Mont Ventoux… observó que su alma “se elevaba a las más nobles contemplaciones en la cima”. (…) El mayor atractivo de la belleza natural siempre ha sido de suma importancia para aquellos individuos de hábitos emocionales, y especialmente para aquellos que poseen una imaginación libre y tendencia al inconformismo: en otras palabras, para los radicales de mentes poéticas de todos los tiempos y regiones. Es probable que el indagador curioso y lúcido que tenga en cuenta estos hechos, no se sorprenda al descubrir que, al estudiar las distintas manifestaciones de esta atracción según quedan plasmadas en las artes, el singularmente sensible y elocuente arte de la música ha acompañado desde hace mucho tiempo al amante de la naturaleza, y no debiera extrañarle averiguar que el propio amante de la naturaleza aparezca con frecuencia bajo la apariencia de ese ser inherentemente emotivo y frecuentemente heterodoxo, el creador musical».
Los lectores que estén interesados en ejemplos de la declaración concluyente de Mr. Gilman pueden encontrarlos en las sinfonías sobre el «bosque» y la «primavera» del siglo dieciocho: los intentos de Handel por traducir a la música los vientos, los gorjeos de las aves, el rumor de las aguas; el “Retrato musical de la naturaleza” de Knecht y “Las cuatro estaciones” de Vivaldi; y en el paisajismo tonal de tiempos más recientes, tales como “Après-midi d’un faune” de Debussy, “Jour d’eté à la montagne” de Indy, “Wandering Iceberg” de MacDowell, y muchos otros.
Los lectores familiarizados con la historia del Oeste americano sabrán que los personajes de Sam y Kate están inspirados hasta cierto punto en John Johnston, el «asesino de crows», y Jane Morgan, cuya familia fue asesinada junto al río Musselshell. Aunque estas dos personas en realidad vivieron, hoy en día sus vidas se han perdido casi por completo en leyendas.