7

Sam nunca había pensado mucho en el amor. Había tenido buenos padres. De niño nunca se había sentido no deseado o poco querido. Su padre, un gigante bastante incapaz cuyas principales pasiones eran la música y la filosofía y que a veces se lo había encontrado leyendo a Descartes, Locke y Tom Paine cuando debería haber estado atendiendo su tiendecita, estaba mucho más interesado en el esfuerzo de Descartes por «hacerse con el conocimiento de todas las cosas» que en la despensa familiar. Sam heredó el amor por la música de su padre; su sentido pragmático en un mundo en el que un hombre tiene que adaptarse o perecer y su amor por la aventura y la libertad lo heredó de su madre inglesa. Su padre era de ascendencia francesa y escocesa con grandes aportaciones de otras nacionalidades; tenía, concluyó Sam, tantas sangres distintas que estaban constantemente en guerra unas con otras. Pero amaba aprender mientras que su madre amaba la vida. Daniel Minard tenía una biblioteca pequeña pero excelente y anhelaba escribir un libro algún día. Sam creía que podría escribir uno si alguna vez dejaba el Oeste y regresaba a casa. Algunos de los tramperos eran analfabetos hasta la médula, como Kit Carson o Jim Bridger, que ni siquiera, se decía, sabían leer o escribir. Algunos tenían educación. Algunos habían escrito libros sobre sus aventuras en el Oeste.

A los diecinueve años Sam les había dicho a sus padres que tenía la intención de ir más allá del Mississippi y echar un vistazo por allí. Su intención era quedarse sólo un año o dos, pero en la ciudad fronteriza de Independence se había sentido fascinado por los relatos de Kit Carson y otros tramperos. Entonces, un día lanzó a un matón por encima de sus hombros con tanta fuerza que le rompió los dos brazos a aquel hombre y huyó de la ley, como habían hecho muchos otros jóvenes antes que él. Mucho antes de ver por primera vez las Teton supo que los tramperos libres eran su gente y que aquellas montañas serían su hogar.

De camino hacia allá había escuchado cuantos relatos había podido de aquellos que habían ido antes que él. Estaba Edward Rose, que, si seguía vivo, sería ya un viejo. Negro, Cherokee y blanco, Rose (según decían aquellos que lo habían visto) tenía la expresión más demoníaca a este lado del infierno. Tenía la cara marcada por viejas heridas de cuchillo, un labio torcido que hacía que mostrase los dientes constantemente y unos ojos tan crueles y fríos como los de un halcón. Le habían devorado casi toda la nariz, tenía en la frente una marca horrible que un enemigo le había hecho con un hierro al rojo; tenía perdigones y balas en ambas piernas y, como Jim Bridger, durante un tiempo había llevado una punta de flecha clavada en la espalda. Había ido al Oeste hacía treinta y cinco años y se había unido a los Crows convirtiéndose en un poderoso jefe y, debido a su temerario valor en la batalla contra los enemigos pieles rojas de los Crows, habían cambiado su nombre de Nariz Cortada a Cinco Cabelleras. Jim Beckwourth, que también había llegado a ser jefe Crow, decía que a Rose lo mataron más o menos por la época en que Hugh Glass tuvo aquella temible pelea con el grizzly. Pero había quien decía que Beckwourth era el mentiroso más grande del Oeste junto a Bridger.

Fue Caleb Greenwood, casado con una india, trampero y guía, quien cambió la vida de Beckwourth y lo convirtió en el hermano del Diablo. Tal como le contaron la historia a Sam, Caleb y algunos compañeros habían matado involuntariamente a un par de Crows y todavía tenían las dos cabelleras cuando media nación Crow los rodeó. Para salvar las vidas de sus hombres, Caleb había convencido a un jefe Crow de que Beckwourth era Crow, que cuando una banda de Crows había sido capturada por los Shians, Jim era un muchacho Crow que se encontraba entre los capturados. Años después, cuando Beckwourth y Bridger huían para salvar la vida, Beckwourth fue capturado y llevado a una aldea Crow. Habiéndolo visto con Greenwood, varios Crows lo reconocieron como su hermano y reunieron a todos los hombres mayores y les dijeron que examinasen a aquel hombre para ver si alguno podía identificarlo como un hijo perdido. Un vejestorio que lo había examinado casi por todas partes dijo al fin que si tenía un lunar bajo el párpado izquierdo era su hijo; cuando le bajaron los párpados como si fuesen dos pequeños toldos de goma, tan evidente como la luz del día, estaba el lunar. Durante las siguientes horas Beckwourth casi murió durante la bienvenida; los apasionados abrazos y apretones que le dieron docenas de histéricas hermanas, tías y primas le habían hecho sentir, decía Jim, como si lo hubiesen hecho rodar una y otra vez por una tonelada de bois de vache fresca. Pero sobrevivió a ello, se convirtió en un famoso jefe Crow y durante años pudo escoger cuantas esposas y caballos quiso, la única forma de riqueza reconocida por los indios. Se dijo que se enamoró de una guerrera que había jurado no dejarse tomar nunca por un hombre pero, que daría su vida por exterminar a los enemigos de su pueblo. Jim se vanagloriaba de haberla tomado, pero nadie se creía su historia porque hasta Jim Bridger decía que era un mentiroso sin igual. Fue un día triste para él cuando, cansado de mujeres y caballos, se marchó; al regresar con los Crows lo envenenaron rápidamente para poder conservar su valiente corazón, el hogar de su fantástico valor.

Sam ni siquiera había visto a Rose o a Beckwourth ni a otra docena de tramperos libres canonizados por las leyendas, pero había conocido a Kit Carson, el más famoso de todos ellos. Kit había servido como guía para un explorador y se habían escrito tantas páginas sobre él en el Este que los pisaverdes lo habían convertido en un ídolo nacional. Sam había visto dos veces a aquel escocés de Kentucky y se había fijado mucho en él. En un grupo de tramperos Kit parecía más bien un muchacho; con los mocasines puestos medía sólo un metro setenta y dos y pesaba, suponía Sam, no más de sesenta y ocho kilos. Tenía el pelo rojizo, las piernas arqueadas, pecas y firmes ojos azul acero. Se decía que había matado a muchos hombres, yacido con muchas mujeres y estado en muchas peleas. Cuando sólo era un crío, su familia había tomado el sendero de Daniel Boone y cuando sólo tenía nueve años Kit Carson había visto morir a su padre machacado por un árbol. A los dieciséis se dirigió al Oeste. Cuando en un accidente un hombre se aplastó el brazo todos los hombres que estaban con él dijeron que no tenían el valor de serrárselo. Kit, que sólo era un muchacho, dijo que él se lo cortaría si le sujetaban, y con una vieja sierra desafilada cortó el hueso de la parte superior del brazo, cauterizó la herida con un tornillo al rojo y dijo que suponía que el hombre se curaría.

Ese tipo de historias habían hecho que Sam se fijase mucho en él. También se decía que Kit era un perro romántico que no creía que las mujeres, blancas o rojas, fuesen algo a lo que abrazar y luego tirar al río más cercano. El gusto de Kit se inclinaba por las muchachas españolas y mexicanas de ojos negros de la zona de Taos, para quienes besar a un hombre o apuñalarlo venía a ser lo mismo. Sam había visto a algunas de las señoritas y las había etiquetado de vanidosas y violentas. Prefería a su Lotus y para cuando pasó una semana habrían hecho falta un montón de palabras largas para expresar el alcance de sus sentimientos hacia ella. Era madre, esposa, hija, compañera de camino y ángel, y el alma de su bolsa de medicina. Le había estado enseñando cómo manejar el rifle y el revólver y a lanzar el cuchillo. Era una buena alumna con todas las armas, y también con el inglés. La había entronado en el vacío en el que durante siete años sólo había conocido comer, matar y evitar a sus enemigos, y ella empezó a llenarlo; y sus emociones la envolvían igual que ella lo envolvía a él, hasta que al despertarse ella era lo primero en lo que pensaba y lo último antes de dormirse. Que el cielo ayudase al hombre, blanco o rojo, que se atreviese siquiera a tocarla.

Posiblemente tenía miedo de que alguien lo hiciera, pues durante aquellas felices semanas doradas de otoño nunca apartó su vista de ella más que unos minutos. Para su asombro y felicidad descubrió que el acto sexual le había hecho ganar el aprecio de ella. Antes de aquello, ella había estado apartada, como si estuviese midiendo el alcance de su villanía; después, se acercaba a él, tímidamente, y le miraba a los ojos. Por las noches se acostaba desnudo en su manta y la abrazaba, desnuda, contra su cuerpo. La dejaba tumbarse de espaldas sobre su pecho, vientre y muslos, con la parte superior de la cabeza justo debajo de su barbilla y los dedos de sus pies apenas le llegaban a los tobillos. A veces se quedaban dormidos así, con una manta cubriéndolos. La llamaba su botón dorado, sus manzanas gemelas, la casa de su hijo y una docena de apelativos cariñosos tontos mientras sus grandes manos se movían tiernamente por su cuerpo. A veces se sentaba con Lotus en su regazo y le miraba durante todo un minuto aquellos maravillosos ojos y ella le miraba a sus ojos azul grisáceo, pasando la mirada de uno a otro, aquí y allá. Sam la miraba y no decía una palabra como si intentase mirar el cielo a través de una ventana opaca. A veces ella le hacía cosquillas en la barba o en el pecho; y aunque su expresión era seria él podía ver la risa en su mirada.

—¿Me quieres? —decía ella.

—Ya puedes estar condenadamente segura de que te quiero.

—¿Cena?

—Filetes de lomo y fresas.

Al mirarla a los ojos se acordaba de Loretto, que había ido al Oeste unos años antes que Sam; un impetuoso y apasionado español que tras pagar un rescate a los Crows, sus captores y enemigos, había tomado como esposa a una hermosa Pies Negros. Un año después él, su mujer y su hijo estaban con Jim Bridger y sus hombres cuando se toparon con una banda de Pies Negros; la chica, reconociendo a un hermano, le dio el bebé a Loretto y corrió a sus brazos. Entonces los indios se movieron rápidamente y se llevaron con ellos a la chica, que protestaba y lloraba. Y Loretto, con el bebé en sus brazos, fue llorando tras ellos, rogándole a su esposa que volviese con él. Un jefe Pies Negros se acercó entonces para enfrentarse con él y le dijo que no lo matarían si se callaba y se iba. Aquel era el precio por su vida, pero no el de su amor. Vivió y esperó el momento en que volvería a verla; y el relato de su duradero amor por ella se convirtió en una encantadora leyenda en todo el Oeste. A la mayoría de los hombres blancos les parecía extraño que otro hombre blanco pudiese amar a una muchacha india y razonaban sus prejuicios diciendo que un español, después de todo, no era blanco, sino un primo de los pieles rojas. ¿La volvió a ver Loretto? La leyenda decía que no. Sam no había pensado mucho en aquella historia antes de tener a Lotus a su lado y sentir la maravilla viva de su ser; después de aquello pensaba en la leyenda cada vez que miraba las luces y el fundido negro líquido de sus ojos.

En un prado de alta montaña encontraron fresas silvestres maduras y en la ladera de una colina a una joven y gorda hembra uapití estéril. La cena de aquella noche sería un banquete. No habría crema para las fresas ni pan de masa madre ni miel con grasa que hiciese de mantequilla, pero sería un banquete de todos modos. Tomándola en sus brazos, dijo:

—Bebe a mi salud sólo con tus ojos y yo prometeré con los míos.

«Sí», dijo ella, y entonces hizo algo que le sorprendió. Escogió una de las fresas más grandes y maduras y la aplastó contra los labios de Sam. Luego aplastó otra contra los suyos y, de puntillas, le miró y le dijo:

—¿Tú bebe?

—¡Que me aspen! —dijo él, y miró al cielo a través de su pelo. Luego la besó—. ¡Mmmm! —dijo, amando la fragancia de las fresas y el sabor del beso. La volvió a besar. Había tratado de enseñarle el significado de la palabra «qué» cogiendo un objeto, diciendo «¿Qué?», y nombrándolo. Ahora ella le miraba después del segundo beso y dijo:

—Lotus. ¿Qué?

Sam frunció la frente broncínea concentrado en sus pensamientos. Una fruta, le dijo. Era la fruta del loto la que la gente comía y los emborrachaba. Señaló las bayas.

—Lotus. ¿Qué? Esto.

—Ohhh —dijo ella, absorbiendo el significado. Creía que loto era la fresa silvestre. Se quedó mirando las frutas; él supuso que se estaba diciendo a sí misma que él le había puesto el nombre por aquella deliciosa fruta. Parecía muy complacida.

Sabiendo que él no siempre estaría presente para protegerla, se pasó muchas horas enseñándola a disparar y a lanzar el cuchillo. La mayoría de los indios no tenían rifles y los pocos que los tenían nunca dejaban a sus mujeres tocarlos. El retroceso y el ruido de la explosión la asustaron al principio, pero estaba decidida y era capaz; tras cincuenta disparos podía darle a un objeto del tamaño de la cabeza de un hombre a cincuenta metros. Nunca llegó a dominar el pesado revólver, pero practicaba a diario con el cuchillo. Fue James Black quien empezó a fabricar los cuchillos, que endurecía y templaba el acero con un método que nunca reveló a hombre alguno. Después de que James Bowie matase a tres asesinos contratados para matarlo con un cuchillo fabricado por Black, el arma empezó a ser conocida como un Bowie y se volvió tan famoso y tanto se extendió su uso que aparecieron escuelas en las que se enseñaba la lucha con el Bowie. De camino al Oeste, Sam había pasado un tiempo en una de esas escuelas. El auténtico Bowie tenía una guardia y además un filo por la parte opuesta de la cuchilla de unos seis centímetros desde la punta. Para lanzar, un cuchillo estaba fabricado y equilibrado para girar una, dos o tres veces desde cierta distancia. Sam había hecho que equilibrasen su cuchillo para que girase dos veces a nueve metros; a esa distancia era capaz de clavárselo a un hombre en el corazón. Le enseñó a su mujer a lanzarlo porque en su opinión era la mejor arma para una lucha a corta distancia; se podía lanzar más deprisa de lo que tardabas en apuntar con el rifle y podías cortar a tres hombres en el tiempo que se tardaba en dispararle a uno. Dijo que le compraría un Bowie en la posta de Bridger y un montón de cosas más. Quedarían endeudados, pero al invierno siguiente confiaba en conseguir cuatro, quizá cinco cargas de castor. ¿Sabía ella cuántas pieles había en una carga?

Una carga, le dijo, con palabras y señales, tenía diez pieles de bisonte, catorce de oso, sesenta de nutria, ochenta de castor, ciento veinte de zorro o seiscientas de rata almizclera. Cuatro cargas de castor serían trescientos veinte que se traducirían en setecientos dólares en una posta o en un rendezvous. Ella conocía la palabra rendezvous y preguntó si sería en seis lunas.

—Más —le cogió las manos y estiró todos los dedos y, empezando por el pulgar, dijo—: Este pulgar es octubre, índice, noviembre, el grande, diciembre… aunque no es muy grande —dijo, y lo besó—. Este es enero, el pequeño es febrero, y así debería ser. Este otro pulgar es marzo y el índice es abril. Alrededor de siete lunas y media —plegó los pulgares y enseñó ocho dedos.

De las Bitterroot se habían dirigido hacia el suroeste, hacia la divisoria continental, y la habían cruzado justo al norte del Lago Henry. Desde allí fueron a Pierre’s Hole y subieron por la columna de la cordillera Teton y se dirigieron hacia el este, hacia lo que se conocería como Jackson Hole. En las estribaciones este de la cordillera, arriba en las laderas, había más flores silvestres de las que Sam había visto juntas, hectáreas enteras, laderas enteras con tal riqueza de colores y aromas que sólo pudo quedarse pasmado mirándolas. Sólo conocía algunas de ellas, el áster, la castilleja, el penstemon, la gilia, las malvas; ninguna de ellas tan encantadora como la centella, que él llamaba lirio de montaña, con sus centros amarillos y seis pétalos blanco crema, y la colombina. Pero le fascinaban todas y se maravillaba ante la belleza de aquella ladera. Entre las flores, como para separarlas, había heléchos, las fuertes hojas del mirto, la kalmia y varias plantas de bayas, incluido el arándano negro. Y los arándanos estaban maduros.

Sam recogió algunas de las flores más bonitas y entretejió los tallos entre la melena negra de su esposa. Algún día, dijo, le haría un manto de azucenas blancas, lilas, amarillas y rojas. Mientras ella recogía bayas, él bajó por la montaña hasta un manantial para llenar la cafetera, porque iban a cenar en la cumbre, con las magníficas esculturas del Todopoderoso rodeándolos. Esta, dijo, era la mayor zona de uapitíes del mundo y, más allá, a sólo cien kilómetros, había tantos bisontes que las praderas eran de color negro. Estuvo en pie un instante mirando hacia el noreste; por allí a lo lejos había una mujer triste y sola y supuso que debería ir a verla.

Ya había oscurecido para cuando llegó con el lomo, el hígado y los cuartos traseros de un uapití. En un espacio natural, elevado y fragante, formado por densos ramajes de coníferas, hizo una hoguera y colocó el café y la carne. Lotus había reunido medio kilo de bayas. El arándano, decía Hank Cady, era el mejor del mundo; todos los otoños juntaba kilos y fabricaba su deliciosa mermelada usando miel silvestre y un poco de azúcar para espesar la fruta. Recordando cómo Hank usaba el zumo de las bayas y el tuétano caliente, Sam dio de comer a su mujer como si esta fuese un pajarito: abrió un panecillo caliente, puso tuétano fundido, lo mojó en el zumo del arándano y se lo dio de comer. Él cogió otro y, cerrando los ojos de modo que no tuviese más sentidos que el del paladar y el olfato, masculló sonidos de pura felicidad. El calor destacaba todo el maravilloso olor y sabor de la baya. Sam le preparó otros manjares en el cálido y oloroso espacio bajo los abetos. Sobre un pedazo de hígado crudo, bien calentado, espolvoreó una pizca de pimienta, luego extendió el tuétano caliente y se lo puso en la boca a su esposa. Imitándolo, ella cerró los ojos mientras masticaba. Él le besaba los labios húmedos por la grasa del tuétano o el zumo de las bayas.

Allí pasaron dos noches y un día dándose un festín de caza y frutos silvestres, luego bajaron a un hermoso lago y pasaron más allá de las majestuosas torres graníticas azul grisáceas de las Teton. Dos días más tarde se encontraban en el extremo sur de lo que se conocería como Parque Yellowstone. Aquella era la zona del agujero infernal y los géiseres calientes de John Colter, agujeros humeantes y fumarolas de barro. En la cuenca de un géiser estarían seguros todo el otoño y el invierno; los pieles rojas rara vez se aventuraban tan cerca de los grandes vómitos de agua caliente, o a aquella parte del lago donde había manantiales de aguas termales bullendo en las frías profundidades. El viaje hacia el norte para ver si la mujer seguía allí supondría mil trescientos kilómetros extra, pero un trampero no le prestaba mucha atención a eso. No había mucho que hacer antes de las nieves del invierno. Además, pensó que la mujer podría recuperar la cordura si viese a otra mujer. Al entrar en las tierras de los Crows, ambos cubrieron sus cuerpos y sus ropas con el humo de madera de fuerte olor, como el cedro, la salvia y la hierba de bisonte; y Sam dejó su música y sus canciones y no elevaba la voz más allá de un susurro. Cuando cambió su comportamiento también lo hizo ella; se volvió tan silenciosa como una comadreja.

Después de haber ido al norte más allá de las Bighorn y de acercarse a territorio Pies Negros, Sam se guardó la pipa y dejó de hacer hogueras. Ahora comían carne curada, raíces y bayas secas. El pueblo de Lotus, como los Shoshonis, había sido desde hacía mucho tiempo presa para los Pies Negros y vivían con un miedo crónico hacia ellos. Sam se había dicho a sí mismo infinidad de veces que nunca debía caer en sus manos. Los Crows, los Cheyennes, incluso los Sioux quizá lo liberasen a cambio de un rescate, pero las squaws Pies Negros bailarían a su alrededor como seres chillones salidos del infierno y le arrancarían la carne de los huesos pedazo a pedazo. Sabía con qué alegría infernal los guerreros Pies Negros abusarían de su mujer si alguna vez le ponían las manos encima. Así que se volvió tan alerta como el lobo y Lotus se volvió más animal perseguido que ser humano.

El olor de los indios Pies Negros le hacía pensar siempre a Sam en John Colter. ¿Había habido alguna vez alguna carrera con la muerte como la suya? Sorprendido junto a un compañero por quinientos guerreros en la zona de Three Forks mientras colocaba trampas, John no se había resistido. Al idiota de su compañero lo habían asaeteado. A John le dieron una oportunidad. Era una oportunidad muy remota, pero al menos era alguna, y Sam podía imaginarse con qué ansia la había aprovechado. Allí estaba, desnudo, indefenso, con quinientos salvajes aullando a su alrededor y su compañero muerto sobre un charco de su propia sangre. Le habían quitado hasta los mocasines. Le dijeron que podía correr para salvar la vida con los quinientos hombres tras él. Colter no sólo debía correr descalzo; tenía que cruzar una amplia zona densamente poblada por cactus, cuyas púas eran tan afiladas y duras como agujas. Sam había cruzado la zona por la que había corrido John y había examinado las espinas. Supuso que un hombre que corría no sólo por salvar la vida sino para huir de la tortura no le prestaría mucha atención a las espinas que se clavaban en sus pies desnudos. ¿Cómo tendría Colter las plantas de los pies después de trescientos metros?

Tras cinco kilómetros, Colter había mirado hacia atrás y había visto a un indio regodeándose a sólo cien metros de distancia. Invocando lo que a Colter le habían parecido sus últimas fuerzas, trató de correr más deprisa y pronto comenzó a sangrar. La sangre le brotaba de las fosas nasales y le caía por el cuerpo. Tras otro kilómetro y medio miró de refilón hacia atrás y lo que vio le aterró: ahora el guerrero piel roja estaba a sólo diez o quince metros detrás de él y estaba a punto de arrojarle una lanza. En ese instante Colter tomó una decisión. Se detuvo en seco y se giró. Posiblemente su cuerpo, rojo por la sangre, puso nervioso al indio, pues pareció hacer sólo un débil esfuerzo y luego tropezó y se cayó; y al instante siguiente Colter estaba sobre él y lo clavó en el suelo con la lanza. Al menos había todavía doscientos de esos salvajes aulladores avanzando rápidamente y sus lanzas brillaban al sol. La sangre todavía caía sobre él, pero Colter corría ahora con la energía de la desesperación y llegó al fin a un río. Se lanzó. Salvó la vida por el hecho de que había llegado al río a la altura de un gran remolino cubierto por restos de árboles. Buceó y nadó; subió a la superficie un instante para tomar aire y volvió a bucear y nadar; y siguió buceando y saliendo a la superficie hasta que estuvo a cien metros de la orilla. Encontró entonces sobre él un enorme tronco de chopo con una hendidura provocada por un rayo en la parte de abajo. Tumbándose, pudo poner la cara en el hueco que había hecho el rayo y respirar. Estuvo horas bajo aquel árbol, mientras en la superficie los confundidos y aulladores guerreros saltaban de tronco en tronco enloquecidos por haber perdido a su corredor más veloz y a su presa. Cuando Colter estuvo seguro de que se habían ido, salió cautelosamente de su escondite y miró a su alrededor. No salió del remolino hasta el momento más oscuro de la noche; entonces nadó silenciosamente río abajo varios kilómetros y se sentó en la orilla para considerar su situación. Tenía las plantas de los pies llenas de espinas. No tenía ropa ni armas y estaba al menos a una semana del hombre blanco más cercano, en el río Roche Jaune. Pero como era John Colter, trampero, lo consiguió, sin más comida durante siete días y siete noches de tortura que unas pocas raíces.

Sólo pensar en él hacía que un trampero se sintiese orgulloso. Le hacía sentirse orgulloso pensar en Hugh Glass que, herido en el pecho y la espalda por un grizzly y dado por muerto, se había arrastrado ciento cincuenta kilómetros a cuatro patas, con gusanos arracimados en las heridas. Había muchos por los que sentirse orgulloso. Estaba Jedediah Smith, un explorador tan intrépido como Meriwether Lewis; Jed, que llevaba la Biblia en una mano y el rifle en la otra; que tanto rezaba como le volaba la cabeza a un enemigo. En un encuentro con un grizzly, el monstruo le había agarrado la cabeza con la boca y los enormes dientes habían excavado surcos en la carne y el hueso y casi le había arrancado una oreja. A Jed le cosieron la oreja a la cabeza con una primitiva aguja e hilo de piel de ciervo.

Era un acertijo, pensó Sam, escuchando los sonidos de la noche y acariciando arriba y abajo los muslos de su esposa; era un acertijo cómo el grizzly conseguía meterse tantas cabezas en la boca. Estaba Lewis Dawson en el Río de las Ánimas Perdidas: en su pelea con un oso, el arma de su compañero había errado el tiro tres veces; tres veces había atacado al oso tan ferozmente una perra que el oso se había girado para perseguirla; y tres veces la bestia había regresado para machacar a Dawson. Tres veces distintas había tenido la cabeza entera de Dawson en la boca y sus heridas, como las de Jed, las cosieron con hilo de cuero. Pero un gran diente había atravesado el cráneo y después de tres días el cerebro comenzó a supurarle y Dawson murió entre delirios.

¿Cómo moriré?, se preguntaba Sam mientras buscaba en el aire de la noche el olor de los Pies Negros. ¿Cómo morirá Lotus? Estaba seguro de que ninguno de los dos moriría en la cama. Pocos hombres blancos en aquella tierra habían tenido el sentido común suficiente, cuando empezaban a fallarles la vista y el gatillo, de recoger sus pertenencias y marcharse. Puede que Tom Fitzpatrick muriese en la cama, pero ¿cuántas veces había estado a punto de morir? No se había vuelto canoso de la noche a la mañana porque sí. Alto, entrecano, musculoso, Fitz había sido uno de los más grandes y mejores hasta aquel día en 1831 en que el pelo se le volvió blanco, la mayor parte de la carne se le escapó de los huesos y, demasiado débil para mantenerse en pie, había sido encontrado por dos mestizos arrastrándose por el fondo de un arroyuelo. Un día, mientras estaba solo en el Big Sandy, se había visto cara a cara con una banda de Gros Ventres y había cabalgado para salvar la vida hasta que su caballo cayó muerto. Se metió entonces en una gruta en la ladera de una montaña, tapó la entrada con rocas y hojas y se quedó allí hasta casi morir de hambre y sed. Salió arrastrándose y se dirigió hacia Pierre’s Hole, pero al cruzar aguas bravas en una balsa perdió su rifle, la bolsa y el cuchillo. Indefenso, tuvo que subirse a un árbol y quedarse allí sentado toda la noche, cuando lo atacó una manada de lobos. No había palabras, suponía Sam, para expresar cuánto había sufrido un hombre a quien el pelo y la barba habían pasado de castaño a blanco en unos pocos días.

Cuando llegaron al gran meandro del Musselshell, Sam y Lotus juntaron una pila de ramas secas de cedro y se quitaron la ropa. Sam encendió la pila y se colocaron desnudos ante el denso humo, sujetando las ropas con las manos. Es posible que Sam sobrevalorase el sentido del olfato del piel roja, porque el suyo era muy agudo; pero sus años en territorio indio le habían convencido de que a menudo el piel roja podía oler a un enemigo cuando no podía verlo ni oírlo. Había sacado como conclusión que el hombre blanco tiene un fuerte olor corporal del que no es consciente. Después de todo, ¿era la cabra montesa consciente de su olor? ¿O lo eran el puma y el lobo? Cuando el viento soplaba desde donde se encontraban los animales, Sam podía oler a una manada de lobos a diez kilómetros de distancia. Había llegado a reconocer el olor corporal de todos los animales que comían humanos y el de aves como el búho cornudo y el ratonero de cola roja; pero eran los olores de los pieles rojas los que había estudiado especialmente hasta que ahora, sólo por el olor, podía distinguir entre Pies Negros y Crows y entre aquellos y los Cheyennes y Utes. Cuando vio a los cuatro guerreros que la mujer había matado, habría jurado por su olor corporal que eran Pies Negros, incluso aunque no lo hubiese sabido por la forma de sus mocasines o su forma de llevar el pelo.

Después de que Lotus y él hubiesen saturado sus poros y sus ropas con el humo del cedro, volvieron sus mocasines del revés y los ahumaron, pues no había parte del hombre con un olor más fuerte que sus pies. Si encontraban su rastro una docena de guerreros Pies Negros, lo seguirían a cuatro patas para olfatear las huellas de caballos y humanos.