24

Nevaba copiosamente. Durante las horas en que había estado esperando su oportunidad, Sam había sabido que necesitaría la ayuda del Todopoderoso si quería superar la persecución de cincuenta y siete diablos infernales y el amargo frío y las copiosas nevadas. Su instinto le decía que se dirigía hacia el este, pero no estaba seguro. Durante la marcha de aquel día había visto una cadena montañosa al oeste, otra al norte y otra al este, y había calculado que la cordillera del este era la Divisoria Continental. Si era así, el río Missouri estaba sólo a setenta u ochenta kilómetros al este de ella y desde allí hasta el páramo donde estaba Kate había ciento cincuenta o doscientos kilómetros.

Durante sus muchas horas de pensar y planear había llegado a la conclusión de que sería una locura dirigirse hacia el sur por el camino por el que había llegado o hacia el oeste donde estaban los Flatheads. Sus captores esperarían que tomase una de esas rutas. No esperarían que se dirigiese al norte a territorio Blood y Piegan, o que fuese lo bastante necio como para intentar cruzar la Divisoria después de las grandes nevadas que habían caído. Ese mismo día la partida de guerra había cruzado un río pero no sabía de cuál se trataba. Nunca había pasado por aquel territorio. Había oído que en la zona había varios ríos, todos provenientes de la Divisoria y que fluían hacia el este. Remontar uno de aquellos ríos le parecía la única vía posible hacia la libertad.

Después de haber estado trotando seis u ocho kilómetros, se detuvo para escuchar. No oía nada. Se llevó el pedazo de carne a la nariz, porque estaba hambriento como un lobo. Mientras estaba esperando sentado, se había preguntado si debía llevarse uno de los muslos de su guardián, pero era un hombre sentimental y creía que prefería morirse de hambre antes que comer carne humana. Había calculado todos los riesgos y había decidido que el mayor peligro que corría era el de morir de hambre. Pensaba que podría echarle mano a poco más que a las raíces que hubiese junto a los ríos, bayas que siguieran en los arbustos, quizá a una gallina tonta, a un pez de vez en cuando en un lago poco profundo, escaramujos, el tuétano de huesos viejos o, si tenía mucha suerte, un ciervo o un berrendo que se hubiese quedado atrapado en la nieve.

Se alegraba de que estuviese nevando tanto. Cantaba por dentro ante la expectativa de ser libre. Le dio las gracias a Dios por ambas cosas y se las dio por el ron. Esperaba que el ron y la furia volviesen tan borrachos a cincuenta y siete guerreros que se cayeran y muriesen congelados. Le pareció haber oído huesos romperse en el cuello del guardián. Si lo encontraban muerto se desataría un infierno; correrían dando vueltas y más vueltas con los perros aullando a sus talones. Pero Sam dudaba de que siguiesen su rastro antes de la mañana. Creerían que había regresado a Three Forks y que lo atraparían en un día o dos; o creerían que se había dirigido hacia su familia política y se quedaría atrapado en la nieve. Si nevaba toda la noche quizá no serían capaces de saber por la mañana qué camino había tomado. Pero los perros lo sabrían.

De las montañas soplaba un viento frío. Volvió a aguzar el oído y le pareció oír débiles chillidos y ladridos de perros, pero no podía estar seguro. Ahora se dirigía hacia el norte y dos horas ante de que se hiciese de día llegó a un río. Quitándose los mocasines y los leotardos de cuero se metió en la poco profunda corriente y se dirigió hacia el este caminando tan deprisa como podía, en agua que sólo le llegaba hasta los tobillos o, en ocasiones, hasta la ingle. Hacía frío, pero durante un rato no se lo pareció; tenía la sangre caliente por el ejercicio, su alma cantaba, estaba esperanzado. Le había quitado la bolsa de medicina y se sorprendió de encontrar en ella su armónica. Era como si un hermano se hubiese unido a él o el feo rostro de Beethoven le hubiese sonreído desde el cielo. Cuando le capturaron no habría dado una higa por su vida; pero ahora, con la ayuda de Dios, volvía a ser un hombre libre y permanecería libre y vivo aunque tuviese que alimentarse de corteza de árbol. Puede que los pieles rojas siguiesen su rastro hasta el río, pero allí lo perderían y dos o tres de ellos quizá se dirigirían río arriba, pero la mayoría iría en la dirección contraria. No haría como John Colter, no buscaría un pedazo de madera y se escondería debajo durante medio día y casi toda una noche; sólo podía reunir sus fuerzas y seguir adelante. Algunas de las piedras del río le herían los pies, pero recordaba que los de John habían estado aseteados por las púas de los cactus; estaba hambriento, pero se decía que Colter había vivido a base de escaramujos y raíces; Hugh Glass, con gusanos arracimándose en sus heridas había gateado ciento cincuenta kilómetros; y un hombre llamado Scott, hambriento y mortalmente enfermo, se había arrastrado cien kilómetros. Y más allá Kate estaba sentada en el frío y cantaba. Un hombre podía hacerlo si tenía que hacerlo. Recordó otros relatos de heroísmo y fortaleza para calentarse y animarse según avanzaba penosamente por el río.

Sam no sentía lástima de sí mismo. No era de esa clase. No se decía que iba a morir. Sólo se calentaba con las hazañas de valerosos hombres libres, la categoría de hombres a la que pertenecía. Temeroso de estar avanzando a sólo cinco kilómetros a la hora en su tortuoso viaje por el río, miró a su alrededor, pero no había otro modo. Hasta que amaneciese y quizá una hora después seguiría moviéndose, pues creía que a los pieles rojas les llevaría media mañana encontrar su rastro y seguirlo hasta el río. Encontraría un refugio bajo la orilla, una vieja guarida de castores o un derrubio bajo un saliente de tierra o un montón de madera flotante; y se escondería allí hasta que volviese a caer la noche. Podía recuperar unas horas de sueño si se tumbaba sobre su vientre, pues en esa posición, según le había dicho Lotus, sus ronquidos eran ligeros. Se comería la mitad de la carne de uapití y todos los escaramujos que pudiese encontrar; y cuando llegase la oscuridad se habría ido de nuevo.

Lo que encontró fue un derrubio provocado por un remolino bajo un bosque de grandes álamos; los torrentes de primavera habían elevado el nivel del agua como metro o metro y medio por encima del nivel que tenía ahora y las aguas que se habían arremolinado allí se habían llevado la tierra que había bajo los árboles. Sam gateó unos diez metros y, tras ponerse los leotardos y los mocasines y envolverse en la manta, cortó unos pedazos de carne y los masticó concienzudamente. Nunca un uapití le había sabido tan bien. Mirando en la dirección por la que había llegado sólo podía ver un rastro de luz del día. Si los indios fuesen a vadear el río como había hecho él, era posible que localizasen aquel escondite y se agachasen para mirar por debajo. Pero no subirían demasiado por el río. Creerían que había construido una balsa y se había marchado río abajo hacia su familia política y para cuando descubriesen su error estaría más allá de la Divisoria.

Descansó todo el día hasta el anochecer, durmió un poco y no oyó a ningún indio ni vio nada vivo excepto un halcón. La nieve cayó durante el día entero. Durante toda la noche continuó su lento avance río arriba. A medianoche había alcanzado las estribaciones; por la mañana se enfrentaba a aguas blancas. Una hora después de que amaneciese no había encontrado un escondite, pero en aguas poco profundas había atrapado unas pocas truchas pequeñas, varias de las cuales se desayunó con un puñado de escaramujos. Seguía avanzando trabajosamente con los pies magullados y ensangrentados cuando a eso del mediodía encontró una cueva en un saliente de piedra. La boca estaba cerca del río, con un ancho poyete de piedras caídas a la entrada. Saliendo del río trepó por la pedrera para mirar dentro. La cueva era mucho más profunda de lo que había creído, de hecho era tan profunda que en la oscuridad no pudo ver nada. Olía a animales salvajes, palomas, murciélagos, golondrinas. Después de entrar en la caverna se encontró bajo un techo de diez metros de alto y miró a su alrededor. A un lado vio una cueva más pequeña que también se perdía en la oscuridad; la exploró buscando un lugar donde poder tumbarse. Los olores a animal en la cueva más pequeña eran abrumadores. Eran tan presentes y tan saturados de humedad que casi podía mascarlos.

Regresando a la boca de la caverna, se detuvo junto a un muro de piedra marrón que le proporcionaba cierto mimetismo y miró hacia el río. La nevada era ya sólo una ligera neblina, la clase de nieve que deja paso a una helada; podía ver el serpenteante curso del río cruzando el valle. No veía humos de hogueras indias por ninguna parte. Bajó al río en busca de una piedra redondeada en la que poner su carne y su pescado. Entonces, sentado en la boca de la cueva, cortó alrededor de cien gramos de la carne y se la comió, junto con dos peces no más grandes que su dedo. Junto a las orillas del río había cogido casi un kilo de escaramujos. No podía imaginarse cómo un hombre podía vivir y caminar durante una semana sin nada más que eso, como se decía que habían hecho algunos.

Mientras miraba alrededor estornudó. Los ecos lo sobresaltaron, porque eran asombrosamente altos y claros. Impresionado por la acústica de la caverna, habló, diciendo: «Caramba», y cantó algunas notas de una vieja balada. El eco lo dejó pasmado y lo alarmó. Era un poco como una música que saliera de un gran órgano retumbando por las cámaras de techos altos y bajos. Se lanzó a tararear un tema de Mozart y los ecos que atronaron en los lejanos huecos oscuros le parecieron los de una orquesta. Se preguntó si estaría perdiendo la cabeza. Después de haber encontrado un sitio donde tumbarse y tratar de dormir, pensó en las cuevas de las Montañas Rocosas que había explorado y en las extrañas esculturas que el agua, el viento y el tiempo habían construido bajo tierra. «Dios Todopoderoso», dijo, y le gustó tanto el eco amplificado de tonos dorados que pronunció otras palabras: «Querida Lotus, querido hijo… ¡Lotus!», dijo en voz más alta y a su alrededor por todas partes la palabra rebotó en las montañas de piedra y regresó a él como una nota de órgano.

Sam no era un hombre al que habitualmente se le pusiera la carne de gallina en momentos de peligro, pero estaba debilitado por el hambre y la falta de sueño. Todo el vello se le erizó en el momento en que olió el peligro; incorporándose rápidamente, con el tomahawk en una mano y el cuchillo en la otra, vio avanzando pesadamente hacia él, a no más de quince metros, a un grizzly tan grande que parecía llenar toda la cueva. En un instante Sam supo que los ecos habían perturbado el sueño del monstruo, en alguna parte en las profundidades de la oscuridad, y había aparecido para presentarle batalla al enemigo. Que traía esa intención Sam lo supo en el momento en que lo vio. Al siguiente estaba en pie, avanzando, el hacha preparada para golpear y el cuchillo listo para clavarlo. Marchó directo hacia la bestia y le propinó en la punta del hocico un golpe demoledor con la cabeza del hacha. En un instante su brazo regresó y volvió a golpear, y esta vez el golpe cayó encima del sensible hocico. El gran bicho peludo dijo wuuf-wuuf y comenzó a retirarse, con Sam tras él, que ansiaba filetes de grizzly; pero casi al instante la bestia desapareció y sólo quedó el lloriqueo quejumbroso de un niño asustado mientras aquella bola de pelo se arrastraba apresuradamente a su lecho invernal.

Sam lo vio desaparecer, pálido por el miedo y la debilidad y respirando trabajosamente. Por un momento sintió que estaba siendo puesto a prueba con más de lo que podía soportar. Hambriento, agotado hasta la médula, y completamente entumecido por el frío, ahora tenía que marcharse de la cueva y seguir adelante. En la oscuridad podía haber toda una manada de grizzlies; e incluso aunque no fuese así, el que lloriqueaba se lamería las heridas y volvería por allí. Sam se quedó junto a la entrada unos instantes, mirando hacia fuera. Después de siete días de fuertes nevadas las temperaturas iban a bajar; a veces en aquella zona caían a treinta y cinco, cuarenta, incluso cuarenta y cinco bajo cero. A veces tenían lugar tormentas de nieve que ni siquiera los lobos y los halcones podían soportar. Hacía un frío que los árboles se partían con el ruido de un disparo; que congelaba ríos de orilla a orilla y casi hasta el fondo; y la nieve caía tan copiosa que ni siquiera el gigantesco alce con sus afiladas pezuñas podía andar sobre ella. Era un frío que fundía la mano de un hombre al acero de su pistola o de su cuchillo si era lo bastante necio como para tocarlos.

Tras buscar en el valle señales de indios y no ver ninguna, Sam observó el curso del río hasta la Divisoria Continental. Después de haberla cruzado los ríos correrían hacia el este en lugar del oeste y él estaría bajando en lugar de subiendo. Con la manta echada sobre el hombro izquierdo, la comida envuelta con un pedazo de la piel y colocada bajo una axila, el hacha en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha, bajó hasta el borde del agua; se sentó y se quitó los mocasines, los leotardos y los pantalones y metió los pies heridos en el agua helada. Entonces avanzó corriente arriba. Supuso que bien podía comerse lo que quedaba de uapití y los peces y seguir adelante. Después de haber recorrido dos o tres kilómetros peló la corteza exterior de una pícea y chupó los jugos del cámbium. Eran resinosos y amargos. Hank Cady había dicho c’a menos c’uno teniese algo mejor, podía vivir d’ello si hacía falta. El propio cámbium le pareció a Sam incomible y lo peló en tiras y chupó los jugos, tal como había chupado los jugos de las frutas de sus manos cuando era niño. Mientras lo chupaba miró a su alrededor, preguntándose si habría algo más en aquella montaña que fuese comestible. Durante los largos kilómetros subiendo río arriba no había visto pájaros, excepto un halcón o dos y un pato; ni rastro de urogallos u otras aves, ni rastro de ciervos o uapitíes. En las laderas de la montaña que se levantaba sobre él no veía rastros. La nieve sin pisar y sin marcas tenía casi un metro de altura a cada lado del río. Se preguntó si sería menos agotador atravesar por ahí que abrirse camino por rocas resbaladizas, pasar de treinta centímetros de agua a un metro de nieve. Vadear ríos subiendo por el cañón de una montaña era la tarea más fatigosa que había sufrido nunca; estaba seguro de no cubrir más de tres kilómetros a la hora pero continuó tozudamente el día entero, deteniéndose sólo cuando la noche se cerró sobre él.

Entonces buscó en ambas orillas con la esperanza de encontrar un refugio donde pudiese dormir. Pero sólo encontró una enramada bajo una densa maraña de ramas de bayas y kalmias, sobre la que la nieve había formado un techo; se arrastró bajo la enramada, ocultándose. Tras ponerse la ropa se envolvió con la manta y tumbado sobre el lado izquierdo mirando al río, puso dos pescados sobre unas hojas a pocos centímetros de su cara, el hacha y el cuchillo a su alcance y en unos minutos se quedó profundamente dormido. El primer sueño fue de su mujer; estaban en alguna parte en territorio de bisontes y, mientras ella recogía bayas y champiñones, él cocinaba filetes y hacía panecillos calientes. Era una noche fría y pasó frío, pero durante ocho horas no se despertó. Era la primera vez que descansaba desde hacía una semana.

Cuando se despertó de día tardó unos instantes en entender dónde estaba. Luego, como Jedediah Smith, le dio las gracias a Dios; pensó unos minutos en los huesos de su esposa e hijo, allá entre la nieve, y en una madre sentada sobre un montón de ropa de cama mirando un mundo blanco y vacío; y entonces se comió los dos pescados. Sí, hacía más frío. Al lado este de la Divisoria soplarían los salvajes vientos tormentosos de Canadá; allí necesitaría más que unos bocados de pescado helado para poder seguir adelante. Pero aquella mañana se sentía contento y se dijo que estaba fuerte como un alce macho. Pensó que ya estaba a salvo de los Pies Negros. Delante de él le esperaba una prueba que podría llegar a ser la más difícil que hubiese tenido que soportar nunca, pero se esforzaría por superarla día tras día, todo el camino por la blanca soledad invernal hasta que llegase a la puerta de Kate.

«Enciende una hoguera y una luz por mí», dijo, y se enfrentó a los cortantes vientos del norte.