29
Era un viaje largo, frío y peligroso, pero Sam lo recorrió en diecisiete días, deteniéndose sólo una noche con Bill y otra con Dan. Equipado en la posta de Bridger y con una deuda de varios cientos de dólares, estaba preparado para montar trampas, pero las cosas que había acabado de comprar no sustituían a las que había perdido. Su rifle era nuevo y bueno, pero no era el que le había salvado la vida más de una vez. El revólver era nuevo, como el Bowie, los útiles de empacar, sus arreos de cuero, sus herramientas de cocina; pero no le gustaba nada. Bridger le había dicho que su montura, un macho alazán, era uno de los mejores caballos de toda la nación Crow, pero Sam sabía que haría falta entrenarlo mucho para que fuese tan listo como el bayo. Hasta que miró consternado sus nuevos aparejos no se había dado cuenta de que los Pies Negros le habían robado cosas casi tan valiosas para él como su propio nombre y su honor. Güeno, le había dicho Bill, Sam era ahora enemigo jurao de dos naciones; y no parecía probable, le dijo Jim Bridger, que fuese a vivir mucho. «Es muy arriesgao fiarte», le había dicho, y había animado a Sam a que fuese a poner trampas a la zona del Black Fork y sus afluentes, donde estaría seguro.
Sam pasó dos noches con Jim y se enteró de todas las noticias, y todas ellas eran malas. Brigham Young y su horda de mormones estaban ocupados construyendo un reino en el valle del Lago Salado; y al oeste de ellos, a través de las llanuras alcalinas y las sierras, un millón de condenados idiotas corrían gritando oro, y brotaban ciudades como la antigua Babé. Había existido una ciudad llamada Babé, ¿verdad?, había preguntado Jim, lanzándole a Sam una mirada inquieta. Todo el territorio del Oeste, dijo, pronto estaría dirigido por criminales, charlatanes religiosos, pisaverdes y toda clase de simplones; y no quedarían bisontes ni castores, ni tampoco un lugar limpio donde uno pudiera estirarse y oler la dulce tierra; no habría nada excepto agua y aire sucios, albañales, montones de basura, ruido y gente. Estaba pensando en irse a Canadá.
Sam le contó un resumen, como les había contado a Bill y a Dan, de su captura y su fuga. Jim había fijado sus extraños ojos con diminutas luces brillantes y había dicho que Sam no duraría mucho ya. ¿Cuernos de Uapití? Se lo había dicho Hank. Con los Bloods y los Crows detrás de él Sam debería entonar sus plegarias y escribirle a su madre una nota de despedida. «Intentaré ir a tu funeral», dijo Jim.
Mientras Sam cazaba en Black’s Fork, la noticia de su captura y humillación se extendió por la zona de trampero a trampero y de posta a posta; y ningún trampero que oía la historia dejaba de preguntar cuándo sería la reunión. Aquellos que tenían postas, como Bridger, no podían ir, o aquellos como Rattlesnake Pete, que, habiéndose caído de un caballo, tenía ambas piernas rotas, o Bill Williams, aquejado de reumatismo y escondido en alguna parte de las Uitanh. Para el primero de abril se sabía que la reunión tendría lugar en Three Forks, justo en el corazón del territorio Pies Negros. A mediados de abril Sam apareció con dos cargas de pieles y canceló casi toda su cuenta dirigiéndose después a la posta de Laramie. Bridger dijo que a menos que estuviese deseando morir sería mejor que se alejase del territorio Crow. En la posta de Laramie Tres Dedos McNees miró a Sam con un ojo negro mientras con el otro miraba en dirección al río Powder. Condenación, dijo, tenía la intención de estar allí, pero si Sam iba a dejar que lo capturasen una y otra vez no iba a pasarse la mitad de su tiempo vengándolo. Oyendo esas palabras, Mick Boone se acercó y dijo que sin duda Sam no iba a volver a internarse en territorio Crow.
Justo por el medio, dijo Sam. McNees se preguntó a cuántos de los veinte había matado Sam. Mick dijo que no sólo los Crows irían tras Sam, sino también toda la nación Pies Negros.
La humillación de los Crows y los Pies Negros era el tema principal de las conversaciones en la posta de Laramie. Los Sparrowhawks, decía Charley, se habían vuelto locos de furia al saber que habían capturado a su enemigo y le habían dejado escapar. Los Pies Negros no podían ocultar ni explicar que su prisionero, indefenso y medio desnudo, había matado a uno de sus más poderosos guerreros en su propio campamento y que los otros cincuenta y siete no habían podido capturar a un hombre que no tenía ni comida ni armas y que debía recorrer trescientos kilómetros. La historia de la fuga de Sam fue adornándose mientras se contaba, por parte de pieles rojas y blancos, hasta que su largo viaje a temperaturas bajo cero sin comida, rifle o mantas, se convirtió en la mayor demostración de valor y resistencia de la historia de la humanidad. A los tramperos que tenían talento para la charla y la invención les encantaba decorarla; les gustaba describir la ira asesina de los bravos Pies Negros cuando al despertarse de su borrachera con los ojos inyectados en sangre habían descubierto que un cautivo atado e indefenso, medio muerto de hambre y frío, había asfixiado con las manos desnudas a un guerrero que presumía de seis coups.
En la posta sus intentos por hacer cambiar a Sam de rumbo no sirvieron de nada.
Zeke Campbell, que había pasado el invierno en las montañas Medicine Bow, andaba por ahí con un pote de ron fuerte en la mano y estudiaba a Sam con los ojos más raros del territorio. Debajo de unas cejas grandes, pobladas e hirsutas del color de la arenisca dorada había unos ojos pequeños que parecían ser sólo dos luces centelleantes. Habría invitado a Sam a un trago, pero sabía que Sam no bebía. Así que después de mirar fijamente a Sam por encima de su taza se dirigió a Mick Boone, uno de los tramperos más altos, que tenía un cuello anormalmente largo delante del que sobresalía una enorme nuez. Mick era un hombre sombrío, vigilante, silencioso, que parecía lento y reflexivo, pero era rápido desenfundando. Su gran rostro feo, con una nariz grande y curvada y boca ancha, solía mostrar una sonrisa tímida incluso aunque le hiciesen una pregunta corriente.
La pregunta que le hizo Zeke no era corriente.
—Pa haber perdió tos sus aparejos tiene buen aspecto, ¿no?
—Perdió mi bayo —dijo Mick, levantando las cejas.
Cy Cregg se acercó. Había pasado el invierno en las aguas del Belle Fourche. Aquello era territorio Crow, pero hacía años que Cy había tomado una esposa Crow y había pagado, en opinión de casi todos, una cantidad escandalosa. Ahora era un hermano Crow; si los Crows no lo querían o no deseaban su cabellera al menos no lo molestaban. Como Bill y Charley, Cy hablaba su idioma y conocía sus costumbres y lo que decían y pensaban. Cuando se acercó a los dos hombres estos se callaron, pues no confiaban en él.
Un momento después Jeb Berger entró en el almacén. Jeb era el único trampero que no caía bien a ninguno de los otros. Era un tipo grande, de más de dos metros y ciento diez kilos, macizo, ancho de pecho; y era un buen tirador y buen cazador. Lo que hacía que los hombres estuviesen incómodos cerca de él eran sus gestos: siempre estaba fingiendo que estaba disparando a patos o gansos en vuelo o a las cabezas de los pollos; o, poniéndose en posición de pelea, que estaba preparado para derrotar al campeón del mundo. Pocos tramperos eran fanfarrones; tenían valor pero no pensaban en ello o se preguntaban si lo tenían. Había algo vergonzoso en un hombre que tenía que estar contándole constantemente al mundo que era un boxeador experto, un buen tirador y un hombre valiente. Jeb pertenecía a los jactanciosos y arrogantes entre los que posteriormente se contaría uno muy famoso que llegaría a ser conocido como Buffalo Bill. La verdad era que no pertenecía a la misma tribu que Kit Carson, Jim Bridger y Tom Fitzpatrick. Debía de saberlo, porque parecía pasarse la mañana, la tarde y la noche tratando de convencer a los demás de su talento y su valor.
Como su torso, su rostro era cuadrado; era una cara grande y fuerte sin rasgos de debilidad, excepto en los ojos, que eran los ojos de un mentiroso. Jeb tenía una espesa barba negra de tres centímetros que le cubría casi toda la cara, y tras su barba la sonrisa mostraba dos filas de dientes igualados que eran asombrosamente pequeños en una cara tan grande y oscura. Cuando sonreía simplemente retiraba sus bien alimentadas mejillas y excepto por dos arrugas en las comisuras y por la aparición de los dientes no se veía rastro de una sonrisa. Estaba orgulloso de su barba y del pelo que le cubría el cuerpo, porque creía que el vello era signo de virilidad. Era de la opinión de que todos los hombres lampiños eran cobardes.
Jeb se aproximó a Mick y a los que estaban con él y, cuando le pareció que estaba lo suficientemente cerca para ser cordial, sonrió y al instante siguiente dio un torpe saltito. Colocó los brazos en la posición en que estarían si sostuviese un arma, y con voz grave dijo: «¡Buum, buum!», con un gesto que indicaba que habían caído dos pájaros. Luego cerró las manos y le presentó a Cy la pose de un boxeador en guardia y dio algunos pasos de boxeo. Mick lo miraba adusto, con el cuello estirado y mirando desde arriba de su larga nariz. Que Jeb no le caía bien estaba claro en su expresión. Mick, Cy y Zeke no eran de la clase de personas que le bajan los humos a un bravucón. McNees sí. Se acercó y miró a Jeb.
—¿T’as enterao?
—De algo —dijo Jeb, y mostró su sonrisa mecánica.
—¿Crees que vas a ir a la reunión en Three Forks?
Jeb no era un hombre hablador y no era rápido para responder. Le encantaba representar el papel de una persona profunda y silenciosa, con un sentido del honor extremadamente sensible y una mano relampagueante a la hora de desenfundar.
—¿Cuándo? —dijo al fin.
—Pa primeros de agosto, ¿no? —preguntó McNees, con un ojo en Zeke y el otro en Mick.
—Por ahí —dijo Mick.
—¡Eh, Sam! —Sam, de pie junto a un montón de mantas y pieles curtidas, miró a los hombres. Entonces se acercó y su mirada pasó de un hombre a otro según avanzaba.
—Aquí Jeb —dijo McNees— se muere de ganas de matar a unos Bloods. Quiere saber cuándo va a ser la reunión.
—Creo que la mayoría de los hombres la quieren para el primero de agosto.
Jeb, dijo McNees, estaba resoplando como un bisonte con un tejón colgándole de las pelotas. Jeb estaba mirando a Sam.
—¿Dormías? —preguntó.
—Bien podría haber estado durmiendo —dijo Sam—. La cosa es que estaba tratando de separar a dos ciervos que tenían los cuernos enredados. Estaba a punto de cortar un cuerno cuando todo lo que vi a mi alrededor eran los cañones de unos rifles.
—¿Cinco o seis? —preguntó Jeb, indicando con su tono que cualquier hombre podría haberse encargado de cinco o seis.
Sam miró a Jeb a los ojos y dijo:
—Cincuenta y siete cuando los dejé.
—Jeb es un experto con los números —dijo McNees—, ¿cuánto es la tercera parte de cincuenta y siete?
Jeb se volvió a McNees con su amplia sonrisa inexpresiva.
—Unos diecinueve —dijo Mick.
—¿Sólo tres pa cada uno? —dijo McNees—. ¿No podemos conseguir alguno más pa Jeb?
Las mejillas de Jeb seguían estiradas en una sonrisa impersonal. El largo y feo rostro de Mick se había abierto en una sonrisa que se extendía hasta su frente. Él, como mucho, prefería enfrentarse a dos Pies Negros al mismo tiempo, dijo; Jeb podía quedarse con uno de los suyos y así tendría cuatro para él.
¿Dónde los iban a encontrar? Preguntó Zeke. En cualquier parte, dijo Sam. ¿Habían dejado que las squaws defecaran sobre él?
—No llegaron tan lejos.
McNees dijo: «Cuenta con que estemos allí, Sam. El primero de agosto». Fijó un ojo negro en Jeb, lo estudió unos instantes y dijo: «Allí te veremos».
Quedaba mucho hasta agosto. Mientras, Sam tenía cosas que hacer en territorio Crow y una deuda que pagarle a una mujer sin cuya comida y abrigo él hubiese muerto. Durante su segunda noche en la posta los hombres se sentaron alrededor de una gran hoguera, unos pocos de ellos bebiendo, todos fumando o mascando tabaco. La conversación se dirigió a Kate. Río Wind Bill había llegado y sobre Kate, como sobre la mayoría de las cosas, era una autoridad. Cuando alguien se preguntaba si la mujer estaba loca o sólo fingía estarlo, Bill dijo que él había estado allí seis o siete veces y ni una sola lo había mirado ni le había dirigido la palabra. Parecía no saber que estaba allí, así que seguro que no fingía.
—¿Sabía que tú estabas allí, Sam?
—No estoy seguro —dijo Sam—, nunca la vi mirarme.
—¿Cuánto tiempo lleva allí? —preguntó alguien.
—Güeno, n’el cuarenta y tres yo’staba en el Belle Fourche; n’el cuarenta y cuatro en las Teton; n’el cuarenta y cinco en el Little Powder; n’el cuarenta y seis estaba en Hoback; cuarenta y siete… —a los tramperos les gustaba el catálogo de lugares de Bill; les encantaban los nombres. Bill hurgó en su memoria y dijo que creía haber estao en el Snake pero bien que podría estar equivocao. ¿Cuándo estuvo con Abner Back? Güeno, la cosa era que la mujer llevaba mucho tiempo allí. Había envejecido cien años y había llorado lo bastante como pa que a un país entero le saliesen canas.
—¿Es verdá c’abla sola?
Sola no, dijo Bill; les hablaba a sus hijos. Aparecían y se arrodillaban en las matas de salvia, o a lo mejor se sentaban, nunca s’abía aclarao; y les leía la Biblia y hablaba con ellos.
—¿Tú crees que los ve?
Güeno, dijo Bill, y levantó la cara al cielo, como si la respuesta estuviese allí. Esta vida era una adivinanza, demontres, y nadie l’abía solucionao.
—Crees que morirá allí, ¿eh?
—Eso creo —un trampero que pasara se encontraría un día sus huesos y los enterraría junto a sus hijos. Luego los indios quemarían la cabaña y el viento se lo llevaría todo, y no quedaría ni rastro de que una madre había vivido allí durante años leyéndoles la palabra de Dios a sus ángeles.
Una voz dijo: «Nuestra madre nunca nos quiso así».
No muchas madres lo hacían, dijo Bill, porque también en ese tema era una autoridad. Nunca había conocido a una madre con una devoción como la de aquella mujer. ¿Se habían parao a pensar que de todas las cosas cabían existido, o que pudiesen existir algún día, aquella era la mejor? Sólo había habido una Eva y de todas las mujeres que el Todopoderoso había creao desde c’abía tomado la costilla de Adán, ella era la única a la que tos los sementales le relinchaban. ¡Agh! Sólo había habido una María, una Cleopatra, una Isabel, y sólo había una Kate. Pensaba que Dios la había puesto allí pa mostrarle al mundo lo que debía ser una madre. Quizá había puesto a Sam pa mostrar lo que debería ser un padre, porque había oído que Sam les había llevao a los huesos de su esposa e hijo las flores más bonitas que pudo encontrar. Las miradas de todos los hombres se volvieron hacia Sam, pero estaba fumando y mirando al fuego y fingió no ser consciente de que lo miraban.
—He oído que nunca enciende un fuego.
Nunca, dijo Bill. Sam l’abía llevado leña suficiente pa diez años y el montón no había crecido, pero tampoco había menguao. Jeb interrumpió la charla de Bill para decir que había pasado cerca de su cabaña el otoño anterior. ¡Buum, buum! Dos patos cayeron del cielo. Le había llevado los patos y un ciervo, pero ella parecía no quererlos. Era un buen ciervo, bien gordo. Le había roto el cuello en una carrera a toda velocidad de casi un kilómetro.
Algunos de los hombres se miraron entre sí. Todos sabían que nadie podía alcanzar a un ciervo en una carrera a toda velocidad de casi un kilómetro. Las palabras de Jeb tuvieron un efecto silenciador. Hasta Bill se calló. Los pisaverdes que venían del este se jactaban con grandes aspavientos sobre lo bien que disparaban a perdices y palomas; pero con un rifle Hawken eran incapaces de acertarle a un bisonte macho que estuviera de costado a cien metros.
McNees era el único que le había mirado directamente a la cara a Jeb. Cuando Tres Dedos miraba a un hombre, este normalmente se estremecía un poco y el humo del tabaco se le iba por el conducto equivocado. Mientras un pequeño ojo negro te miraba fijamente, el otro miraba al cielo o a las montañas; y, cuando después de unos instantes pasabas la mirada del ojo que te taladraba al otro que miraba al infinito, él movía la cabeza y el otro ojo se te quedaba mirando. Tres Dedos era uno de los pocos hombres que se afeitaba el pelo de la cara. Era un tipo alto de piernas largas que, como Bill Williams, siempre había vivido y cazado solo, un ermitaño en las profundidades de las montañas que iba a lo suyo y no aceptaba insultos de nadie. Su ojo derecho, fijo en Jeb, tenía al fanfarrón de barba negra muy inquieto; y después de unos segundos McNees dijo:
—M’an dicho que t’as hecho con cabelleras de Pies Negros. El agosto que viene va a ser un gran día pa ti.
Todos sabían que Jeb nunca había arrancado cabelleras de Pies Negros. Después de que la Compañía de Pieles de Missouri tuviese que abandonar su posta en Three Forks, aquel que se aventurase en territorio Pies Negros tenía que ser un trampero muy valiente, y muy pocos días había habido en que uno se llevase la cabellera de un Pies Negros.
Iba a ser todo un placer acabar con aquella banda de alimañas. El primero de agosto, se recordaron unos a otros al día siguiente, y desaparecieron en todas direcciones. Sam estaba de nuevo bien equipado, pero añoraba la sensación familiar del rifle que había perdido, de la silla, del caballo que montaba. Llevaba ropa de piel tan nueva que los olores del humo y el curtido eran más fuertes que los del sudor del caballo y el humo del tabaco. Era olor Crow. Después de haber cabalgado unas cuantas horas, los Oteros Rawhide quedaban a su derecha, el río North Platte a su izquierda; y hasta donde le alcanzaba la vista sólo estaba la pálida luz sobre la vasta zona entre el Platte, el Powder y el Belle Fourche. El Belle Fourche y el Powder eran el corazón del territorio Crow. Debido a lo que le había dicho Cy, Sam había decidido cruzar el territorio Sparrowhawk todo el camino hasta el Yellowstone.
Cy le había contado que los Crows estaban frenéticos por la frustración y la indignación. Hasta las muchachas estaban jurando tomar el sendero de la guerra contra él. El viejo jefe ignoraba a cuántos de los veinte había matado Sam, pero habían encontrado a una docena de guerreros con la marca de Sam. Como si aquello no fuese suficiente humillación, los traga-ron de los Pies Negros lo habían dejado escapar de su dogal y ahora iban diciendo que lo habían capturado sólo para dejarlo marchar de modo que pudieran capturarlo una segunda vez. Era una vergüenza indescriptible para los orgullosos Sparrowhawks. Todavía no habían sido capaces, con sus hombres más valientes, de clavarle siquiera una flecha a Sam, pero los Pies Negros lo habían capturado, le habían escupido a la cara, lo habían golpeado con sus tomahawks, le habían hecho pasar hambre y frío y lo habían dejado marchar. Cy le había contado que los Pies Negros decían que capturar a Sam había sido tan sencillo que tenían la intención de capturarlo una vez al año mientras fuese lo bastante necio para quedarse en aquellas tierras. Conseguirían enormes rescates, incluyendo ron, y les demostrarían a sus enemigos ancestrales, los Crows, que como luchadores no eran mejores que ancianas enfermas. El jefe Crow sabía que los tramperos llevarían a cabo su venganza y rogaba por tener la oportunidad de exterminar a la banda que había capturado a Sam. Si se la negaban, los Crows jurarían por sus bolsas de medicina y por todos sus ancestros que seguirían el rastro de Sam y no dormirían ni de día ni de noche hasta que lo hubiesen capturado.
—¿Les parece que veinte no eran bastantes? —dijo Sam sombríamente divertido—. ¿Dices que alrededor de una docena siguen detrás de mí?
—Eso calculan.
—¿Los mejores?
Oh, demonios, no, dijo Cy; Sam había matado a tres de los mejores, quizá a cuatro.
—¿Y las muchachas van a por mí?
—Algunas de ellas.
—Quizá capture a una para que sea mi esposa —dijo Sam.
No sabía cómo se sentiría si veía a una chica siguiéndolo. No sabía qué parte de los cotilleos de Cy creerse o si no creerse nada de ello. Al norte de Lighthing Creek, en una zona tan desierta que no vio rastro de ningún ser vivo, puso a prueba sus nuevas armas; cuando con el rifle fue capaz de alcanzarle a un objeto del tamaño de un sombrero de castor nueve veces de diez a doscientos metros, tomó el revólver. No era de la clase de revólver que les revienta la cabeza a los urogallos a quince metros, pero durante sus años en las montañas había aprendido que el hombre que salva la vida en un apuro necesita más una cabeza fría que buena puntería. Había habido pisaverdes del oeste que en un campo de tiro tenían mejor puntería que la mayoría de los tramperos, pero cuando salían a cazar y cargaba contra ellos un bisonte o un grizzly sus manos temblorosas soltaban las armas. ¡Buum, buum!, decían, cuando estaban a kilómetros del peligro. Habían cazado tigres en la India y leones en África (eso decían), pero al día siguiente les entraban los nervios al ver a su presa y temblaban cuando un viejo macho se daba la vuelta y los miraba con ojos medio ciegos.
Sam pensó que las armas le servirían. No estaba tan seguro del caballo.