26
Una hora más tarde estaba mirando hacia abajo al río Judith, que estaba al norte y se preguntaba si sería seguro bajar en balsa por el Missouri y luego, desde allí, hacia el Musselshell. Sabía que era una idea absurda y lo tomó como señal de que estaba fallándole la cabeza.
Tras su terrible experiencia y su fuga, Tom Fitzpatrick, a quien se le había encanecido el pelo en pocos días, había dicho: «Tras cierto tiempo el mayor peligro son las ideas de uno, porque le empieza a fallar la mente y se cree que todas las ideas son geniales; pero casi todas ellas lo llevarían a una muerte segura si las pusiera en práctica». Sí, eran lo que parecían soluciones fáciles las que engañaban a un hombre. De modo que Sam miró hacia el este y se dijo que siguiera avanzando, que quedaban menos de ciento cincuenta kilómetros hasta la puerta de Kate. Aquella mañana soplaba un viento gélido del norte. El territorio entre él y la cabaña de Kate eran los terrenos de caza invernales de las ventiscas que llegaban del Canadá. Aunque se sentía terriblemente débil, Sam pensó que podría cubrir la distancia en dos días y dos noches si los vientos no lo derribaban. Era la clase de tierra en la que el Creador ponía a prueba a Sus hijos más osados. A Job lo había puesto a prueba de un modo, a Sam Minard de otro. A los pisaverdes y otros debiluchos, de manos blandas e inútiles, vientres fláccidos y costumbres tímidas y medrosas, Él los ponía a prueba permitiéndoles caminar dos manzanas hasta el tranvía, o pescando en una poza de un río tranquilo. Sam aceptaba la prueba y decidió sobrevivir a ella, con el frío, el hambre y las ventiscas en las que cualquier trampero de la tierra podría perderse. En alguna parte más allá de la glacial bruma de madrugada estaba la Montaña Judith y en alguna parte más allá estaba el Lago Wild Horse. No lejos del lago había un gran arroyo que corría hacia el Musselshell. Si pudiese ver aquellos puntos de referencia encontraría el camino aunque el sol estuviese oculto día y noche.
El río que tenía delante estaba congelado en una cuarta parte por ambos lados. Sam tuvo que buscar y arrastrar por el hielo pedazos de madera para hacerse una balsa. Fue mientras se movía cuando supo, con una punzada de consternación, que no sólo le habían abandonado gran parte de sus fuerzas, sino que levantar treinta o cuarenta kilos de peso hacía que sintiese agudos dolores por todo el cuerpo. No se había dado cuenta de que estuviera tan débil. Se pasó dos horas moviendo hasta la orilla troncos suficientes como para que lo transportasen y era casi mediodía cuando llegó al otro lado. Aquella mañana hacía tanto frío que el acero del hacha y del cuchillo le quemaban la carne. Decidiendo que no necesitaría el hacha, la enterró junto a la raíz de un árbol, pero después de alejarse una cierta distancia se volvió para mirar atrás y comenzó a temblar como si se estuviese despidiendo de un ser vivo. Empezó a sentir un deseo consciente de volver a por ella y para quitárselo de la cabeza se quedó mirando a los cinco lobos al otro lado del río. Luego comenzó a caminar hacia el este.
Durante los primeros quince kilómetros resultó sencillo. Mientras avanzaba penosamente tratando de ignorar los dolores en sus nervios, músculos y huesos, sólo tenía a su alrededor el cegador páramo blanco, porque le cegaba, aunque el sol estuviese medio oculto por la bruma. A su izquierda soplaba un viento punzante y abrasador y tras unos instantes tenía la cara tan entumecida que apenas sentía nada. Sin guantes, tuvo que frotarse las manos constantemente o golpearlas contra el cuerpo. Pero eran los pies los que le daban más problemas. Ahora sólo tenía dos pares de mocasines y estaban gastados. Se preguntaba si debería envolverse los pies con un trozo de la manta; lo que hizo de vez en cuando fue doblar la manta, sentarse sobre ella y quitarse los mocasines. Entonces se frotaba los pies para que la sangre volviese a circular y estudiaba el sol, el cielo y el mundo que lo rodeaba. Desde que dejó el Judith no había visto ni lobos ni conejos ni pájaros. Allí reinaba el frío invernal. Calculó que la temperatura sería de unos veinticinco bajo cero y seguía bajando. ¿Si llegaba a cuarenta bajo cero podría seguir adelante?
Claro que seguiría adelante.
Cuando volvió a ponerse en marcha se colgó la manta sobre la cabeza hacia el lado izquierdo, pero el viento se esforzaba tan coléricamente por arrancársela que volvió a llevarla en los brazos, con las entumecidas manos por dentro. ¿Tendría Kate una hoguera? ¿O la encontraría muerta? Cuando la oscuridad cayera, ¡qué glorioso sería que en la lejanía, a través del frío, viese el pálido y frío amarillo de una ventana iluminada! Pero no había ventana y a menos que hubiese encendido un fuego no habría luz. Supuso que estaría sentada acercándose las rodillas al vientre con toda la ropa de cama apilada por debajo y por todas partes de su cuerpo. A uno le hacía enloquecer el pensar en una mujer viviendo así invierno tras invierno; pero su devoción hacia sus hijos era algo grande y noble, como la Novena de Beethoven, o una puesta de sol, o una violenta tempestad en el océano. Miró al gélido cielo y se preguntó qué pensaría el Todopoderoso de Kate. Ella era todo valor, y le sobraba. ¡Qué trampero hubiese sido!
Sam podía calcular la hora por la palidez del cielo tras el que se ocultaba el sol. La una, luego las tres, las cinco y volvió el atardecer y el frío era más glacial. No le parecía que caminase deprisa o que avanzase mucho; dudaba de que en seis horas hubiese recorrido treinta kilómetros. El viento se volvió más violento una vez que se puso el sol. Sólo las squaws, pensó, podían ser tan salvajes e incontrolables como el viento. Todo lo que le rodeaba era una locura absoluta, algo enviado por los ingleses desde Canadá para aterrorizar y desolar tierra americana. Llegaba chillando y aullando a través del Missouri y luego barría los páramos, creciendo en violencia y locura según avanzaba la noche; y con sus emociones más cerca del pánico que nunca, Sam se sentó, dando la espalda a los vientos, cubriéndose con la manta y preguntándose qué podía hacer. Job había sido puesto a prueba con desgracias que se hacían cada vez más difíciles de soportar hasta que el acosado y torturado hombre había gritado que no podía soportarlo más. Pero lo había hecho. Sam se dijo lúgubremente que estaba siendo puesto a prueba con uno de los vientos más fuertes de la reserva de vientos del Creador. Haría cuanto un hombre pudiese hacer, y luego más.
Allí se quedó sentado en mitad de la noche con el viento aullando contra él, su frío canadiense derramándose sobre él como una atmósfera de hielo. Todavía sabía hacia dónde quedaba el este. Se levantaría y volvería a andar; caminaría mientras supiese la dirección y pudiese levantar los pies; y entonces se haría guantes con la manta y se arrastraría. Si perdía la orientación se detendría y se protegería hasta que pasara la noche y por la mañana volvería a arrastrarse. El cielo era sólo un océano de veloces vientos en el que no se veía ni la luna ni las estrellas; el mundo que lo rodeaba estaba hendido por poderes que sólo los más fuertes podían resistir. Inclinándose hacia la izquierda, continuó adelante, con el cuchillo dentro de un pliegue de la manta, sujetando el mango con una mano y con los pies entumecidos; llevaba el rostro vuelto hacia la derecha, apartado de la insania huracanada de la ventisca; las piernas casi congeladas daban un paso adelante y luego otro. Hasta que el viento cambiase sabría hacia dónde quedaba el este, pero las ventiscas podían convertirse en rotaciones ciclónicas en las que se perdía la orientación.
De vez en cuando se detenía, se arrodillaba mirando hacia el sur y hacía un agujero en la nieve; y entonces se sentaba en el agujero para no salir volando mientras se quitaba los mocasines y se masajeaba los pies. Trató de conservar los sentidos alerta sobre su condición física, porque sabía que había personas a las que el frío entumecedor seducía y caían en un estado mental de tranquilidad pensando que todo iba bien. Sabía que estaba medio congelado, pero podía mover los dedos de los pies; tras un vigoroso frotamiento sentía un pálido calor en los pies; y, moviéndose de lado a lado, notaba una pequeña sensación en el trasero. Se retorció las orejas y la nariz.
Luego volvió a caminar, avanzando trabajosamente en mitad de la noche como el que tiene todo su ser concentrado en un solo objetivo; se sentía entumecido casi hasta la médula y las punzadas de hambre eran como masajes violentos en su estómago y entrañas; y su mente no estaba tan despejada como él quisiera, pero siguió avanzando. Los tramperos habían tratado de descubrir por qué en una ventisca un hombre se ponía a dar vueltas mientras estaba convencido de ir en línea recta. Uno decía que era porque se pesaba más de un lado que de otro, que si cortabas a un hombre por la mitad desde la cabeza hasta la ingle se vería que un lado era tres kilos más pesado que el otro por el mismo motivo por el que tenía una parte de la cara más llena y una oreja más grande. Ponte a doscientos metros de un árbol, cierra los ojos y camina hacia él y al abrirlos te encontrarás a quince metros a la derecha o a la izquierda. Se había hecho una mención obscena a las pelotas de un hombre, y algunos se habían reído, y Windy Bill había dicho que aquella podía ser la razón.
Con los ojos casi cerrados contra el viento, la cabeza inclinada, el cuchillo ahora atado a una esquina de la manta y las manos masajeándose una a otra, Sam siguió adelante hasta pasada la medianoche. Ahora sabía que los vientos aullarían toda la noche y todo el día siguiente. Aquel territorio del Missouri al este de las Colinas Negras y al sur del Yellowstone era el patio de juegos invernal de los vientos de Canadá; cargados de hielo y amenazas, aparecían como estrepitosos océanos de aliento gélido bajando desde las grandes montañas septentrionales; y tras aullar por aquellos amplios páramos barrían las cuencas entre las Bitterroot y las Bighorn, y entre las Bighorn y las Colinas Negras; y rugían todo el camino hasta el sur de las Montañas Sangre de Cristo, las grandes dunas de arena y las Montañas San Juan.
Supuso que así eran las cosas, porque estaba obligando a su cabeza a pensar y mantenía siempre en mente la historia de Job. Su padre se la había leído a sus hijos. Dios había dicho que Job era un buen hombre y Satanás había dicho: «Sí, pero has construido a su alrededor una valla de amor, ¿y qué adversidades sufre?» Dios entonces había entregado a Job a Satanás para poner a prueba de qué estaba hecho; y unos asesinos mataron a los sirvientes de Job, quemaron a sus ovejas y le robaron los camellos; y luego sopló un viento terrible del desierto que arrasó su casa y mató a sus hijos e hijas. Todo aquello fue sólo el principio. Yo, se dijo Sam, tengo un poquitín de hambre y un poquitín de frío, ¿tengo que afeitarme la cabeza y tirarme al suelo? A menudo había oído a su padre pronunciar las palabras de Satanás: «Piel por piel, todo lo que un hombre tiene lo entregará a cambio de su vida». Satanás era un político. Un hombre no entregaría a sus hijos, su esposa, sus amigos, su honor ni a los indefensos a los poderes del mal. Sam buscó la armónica dentro de su camisa y la calentó dándole vueltas y más vueltas entre las manos. Luego, mientras caminaba lentamente, trató de tocar con el viento, escogiendo en primer lugar la canción favorita de la madre de Mozart y de la suya. Quitándose la armónica de los labios, gritó a los cuatro vientos: «¡Regocíjate, oh, mi corazón!» Intentó tocar el final de una sonata y una tierna melodía de amor entre hombre y mujer mientras pensaba en Lotus. Job, el idiota, había maldecido a su Creador. Job había deseado haber muerto al nacer o quedar hundido en el sueño eterno, pues allí hasta los malvados dejan sus vicios y los atribulados y agotados descansan. Allí los prisioneros yacen en paz y no oyen la voz del tirano; los famosos y los olvidados mezclan sus cenizas; y el sirviente ya no acude presto a la llamada de su amo. ¡Cómo le había gustado a su padre declamar aquellas valientes palabras! Sam oyó en los vientos: «Porque la exasperación mata al insensato y la envidia asesina al necio». Pobre Job, estaba tan atormentado que sólo anhelaba la muerte: «¡Oh, si Dios soltase Su mano y me partiese en dos!» Por primera vez en su vida Sam entendía lo que significaban los gritos de Job; pues mientras avanzaba penosamente, enfermo de hambre, debilidad y helado hasta la médula, se encontraba pensando que el descanso era lo mejor de entre todas las cosas buenas de la vida.
Sintió la advertencia a tiempo. Su primer acto fue intentar mirar a su alrededor, pero sólo veía a los salvajes terrores grises barriendo a su alrededor. Podía estar a cinco metros o a cinco kilómetros de unos árboles; posiblemente ante él tenía una profunda cueva donde guarecerse, llena de blandas hojas arrastradas por el viento. Se acuclilló, apartó la nieve reciente y con el cuchillo hizo un corte redondo en la corteza de hielo. Lo levantó y metió el brazo y casi lloró de alegría al darse cuenta de que allí la nieve era profunda. Agachándose, la aplastó bajo la corteza o la sacó hasta que pudo entrar en el hueco con los pies por delante. Tiró de la manta tras él.
Luego pateó y golpeó la nieve blanda bajo la corteza para apartarla de modo que pudiese agacharse y quedar fuera del alcance del viento. Pensó que debía de estar en una quebrada, o en un ventisquero junto a los árboles, o en un risco. De rodillas siguió apartando la nieve echándola hacia atrás.
Le pareció que bajo la corteza se estaba asombrosamente cálido, pero estaba tan agotado que no sabía que su esfuerzo había hecho que se le acelerase el pulso. La tierra que tenía debajo no estaba helada; aquello significaba que había caído una buena capa de nieve y había quedado allí antes de la primera helada. Apartando la nieve de modo que pudiese extender la manta, se sentó sobre ella, se quitó los mocasines y se masajeó los tobillos y los pies. Estaba exhausto, pero no lo admitía. Más que nada, deseaba dormir, pero sabía que si se quedaba dormido no despertaría nunca. Mientras pensaba vagamente en ello, le pareció que mantenerse despierto requeriría algo más que un esfuerzo de voluntad. Por encima de él oía al viento soplar a ochenta o cien kilómetros por hora y cuando colocó el oído en el suelo todavía podía oírlo, como si fuese subterráneo. No llevaba mucha nieve, pero estaba llenando el agujero; tras un rato le parecía casi hasta cómodo el lugar donde estaba, pues no le alcanzaba ni un soplo de viento. ¡Si tuviese cuatro cálidas mantas más, dormiría un día y una noche y podría caminar hasta la cabaña de Kate en unos minutos!
Durante un rato había sentido más calor, pero en realidad el sitio donde se sentaba estaba a temperaturas bajo cero y lentamente sintió escalofríos. Sentía terribles calambres en el vientre; cuando trató de calmarlos con un masaje se hicieron tan agudos que casi soltó un grito. Se comió un puñado de nieve y le dio náuseas. Agachándose, trató de encontrar bajo la nieve hierba, insectos muertos o cualquier cosa que pudiese masticar y tragarse, pero sólo estaba la tierra. Cortó un trozo de su ropa y comenzó a masticarlo y en seguida se dobló, tratando de vomitar. Se dijo que debería pensar en los hombres de quienes se había contado que habían vivido durante semanas alimentándose de los tiesos y viejos pellejos de lobos muertos o que habían vivido durante días sin comer más que hierba.
Supuso que tendría que masajearse todas las partes del cuerpo que tenía entumecidas, pensar en Job, mantenerse despierto y esperar a que llegase el día. También pensaría en Kate; ya no estaba lejos de ella, no más de cincuenta, de treinta kilómetros. Permanecer despierto resultó lo más duro que había intentado hacer nunca. ¡Qué tirano era el cuerpo cuando quería descansar! Cuando por dos veces casi alcanzó el punto de no retorno, supo que tendría que encontrar un vigilante mejor. Mientras estaba allí, balanceándose un poco, había bajado imperceptiblemente la cabeza y, del mismo lento y traicionero modo, casi se le habían cerrado los ojos hasta que sólo se percató con un débil destello de consciencia. Trató de organizar un plan por el que si se dormía caería sobre la punta del cuchillo. Poniéndose a cuatro patas, se dijo que ningún hombre podía dormirse en esa postura, que si se cayese de bruces se despertaría. Pero aquello demostró no servir tampoco. El único modo que se le ocurría en el que podía tener cierta confianza era contar hasta veinte una y otra vez y registrar cada cuenta. Durante un rato se metía un pedazo de nieve en la boca cada vez que decía la palabra «veinte», y pensó que le estaba yendo bien hasta que, con un sobresalto, se despertó y se dio cuenta de que la última palabra que había dicho era diecisiete. Convencido de que estaba siendo blando consigo mismo, decidió tomar medidas más severas; comenzó a golpearse y pellizcarse y a tirarse de la nariz y las orejas. Todo eso tuvo que abandonarlo; los masajes y los pellizcos lo calentaban de un modo que era casi lo mismo que quedarse dormido.
«Maldita sea, Sam», dijo en voz alta, «¡si no puedes mantenerte despierto, levántate y vete!»
Atravesó la nieve que el viento había llevado dentro del agujero y se puso en pie, con la cabeza y los hombros al viento. No podía ver rastro de luz del día. El viento parecía soplar con aún más fuerza y dudó de que pudiese soportarlo. Para castigarse por ser un torpe dormilón, giró la cabeza de lado a lado de modo que el aire que transportaba cristales helados le golpease y le pinchase toda la cara. Luego volvió a hundirse en el refugio.
Nunca llegaría a saber cómo sobrevivió a aquella noche y a la mañana siguiente. Su mente ya no estaba despejada cuando al fin probó los vientos y decidió partir. Con la manta alrededor de la espalda y los bordes agarrados con las manos, enfiló con su demacrado rostro al este, se inclinó hacia delante y volvió a andar. Ahora se movía más como un robot que como un hombre. El viento había amainado un poco, una pálida aureola de luz estaba a medio camino en el cielo y a veces podía ver a cien metros, a veces a ochocientos. Caminó durante siete horas, deteniéndose sólo cuatro veces para masajearse los pies. Y al fin se detuvo, balanceándose en casi completo agotamiento y vio la línea de un río cubierta de nieve y supo que era el Musselshell.
Apenas le quedaba consciencia suficiente para saber que aquel viaje no había terminado. Tendría que cruzar el río. Tendría que determinar de algún modo si estaba al norte o al sur de la cabaña de Kate. Y sabía que lo principal que tenía que tener en mente era el crudo e implacable hecho de que, cuando una persona cree que una experiencia espantosa casi ha terminado, tiende a relajar sus esfuerzos, a dejarse ir con lo que le queda de fuerza. Trató de tararear el Ave María mientras buscaba a su alrededor pedazos de madera para hacerse una balsa; trató de pensar en una historia que lo animase y se acordó de una que le había contado Bill sobre los lobos. Una gran manada de lobos iba corriendo alrededor de hogueras de campamentos por la noche, chasqueando los dientes y acercándose medio metro cada vez que rodeaban el campamento. Al fin, profiriendo furiosas obscenidades, Cabellera Perdida Dan había corrido hacia ellos con sus cuchillos largos y vio que el lobo más cercano se ponía en pie sobre sus cuartos traseros, se quitaba la piel del lobo y desaparecía en la oscuridad. Antes de que Dan se recuperase del asombro, todos los lobos se habían puesto en pie y habían huido. Sam trató de reírse de aquel viejo truco indio, pero ahora no le parecía gracioso, ni tampoco se le ocurría nada gracioso mientras apretaba los dientes por el cansancio y el dolor y arrastraba trozos de madera hasta el borde del río helado. El Ave María ya no sonaba como una plegaria. Encontró ramas de arbustos para atar los leños y cruzó el río, pero nunca llegaría a saber cómo lo había hecho; y cruzó la ribera y miró al norte y al sur buscando un punto de referencia. Como no vio nada conocido, subió a una colina y miró el terreno arriba y abajo del río y hacia el oeste por donde había caminado penosamente en el implacable viento. Estaba bastante seguro de que Kate estaba al norte de él y después de haber caminado kilómetro y medio supo que así era. Después de tres kilómetros más, dos horas y la llegada de la noche vio en la colina la cabaña cubierta de nieve.
En aquel momento, cuando estuvo convencido de que lo estaba viendo, de que no se trataba de un espejismo o una aparición, se vio abrumado por una repentina y espantosa debilidad. De entre todo lo que podía hacer, cayó al suelo y empezó a llorar. El más fuerte de todos los tramperos había alcanzado el fin de sus fuerzas, pero no de su ánimo. Comenzó a arrastrarse a cuatro patas hacia su puerta. Su fuga de los Pies Negros y su largo viaje sin comida a través del frío glacial y las ventiscas se convertirían en una de las leyendas de los tramperos junto a la de Tom Fitzpatrick, Colter y Glass. «Pos claro que lo hizo», contaría Windy Bill cien veces alrededor de fogatas, «tiró pa donde estaba la loca y trepó las montañas y allí estaba…»
Para cuando Sam llegó a la puerta de Kate, tenía las manos casi tan congeladas que se pasó varios minutos soplándoselas, chupándose los dedos, lavándoselos con nieve, masajeándoselos y metiéndolos dentro de su ropa junto a las costillas. Estaba tan débil que se quedó allí y cuando vio el sendero hacia las tumbas y luego el túmulo que parecía una montañita de nieve, comenzó a llorar como un niño torturado. Golpeó las planchas de la puerta, que estaba cerrada, y dijo: «¡Soy yo! ¡Soy Sam!» Agarrando la puerta con ambas manos, tiró de ella y la abrió. Estaba aguzando la vista para ver en la oscuridad cuando con un grito ahogado vio que la mujer estaba casi delante de él. Estaba junto a la puerta y parecía estar sentada sobre su ropa de cama, pero sólo era visible su pelo gris y parte de su rostro. Sam extendió un dedo y le tocó la cara para ver si estaba viva.
«¡Soy yo!», susurró, «soy su amigo Sam». Se arrastró hasta la pila de ropa de cama, se volvió y cerró la puerta. Luego, como un animal, se metió entre las mantas y estirando un brazo y colocándolo alrededor de la mujer lloró en silencio hasta que se quedó dormido.