3
Desató el extremo de una larga cuerda de cuero del tronco de un álamo y desde cinco metros de altura bajó del árbol el resto del venado. Pensaba comerse un desayuno fuerte porque sabía que iba a trabajar duro durante todo el día. Frió el lomo entero con magro y grasa de riñón además de dos gruesos filetes de un jamón; y se lo comió casi todo y se bebió medio litro de café. Luego, dándose un gusto con una pipa, miró los árboles que lo rodeaban. El álamo temblón o el chopo valdrían. La madera de ambos era blanda y se pudría fácilmente, pero una cabaña construida con ella duraría tanto como durase la mujer. Si la construía de tres por tres debería servirle de refugio perfectamente. No era albañil y por lo tanto no construiría una chimenea, pero podía reunir piedras y formar unos cimientos de modo que los troncos no se pudriesen enseguida; y dejaría un agujero en el tejado, como hacían los indios, para permitir salir el humo. No tenía cristal ni papel encerado para una ventana ni planchas para una puerta a menos que arrancase el suelo de la carreta. Supuso que moriría congelada de frío cuando los fuertes vientos de Canadá bajasen aullando de los cielos y el río se congelase de orilla a orilla. Pero quizá no, porque él y otros tramperos le llevarían mantas y pieles. La cuidarían a su manera.
Subiendo por la colina, miró a su alrededor. ¿Dónde había dejado el hacha? ¿Tenía ella entre sus cosas un martillo, un serrucho, clavos, un par de zapatos viejos que pudiese utilizar como bisagras para la puerta? Poniéndose a su lado, le dijo que iba a construirle una casa: ¿La quería allí junto a las tumbas o al lado del río, donde tendría más cerca el agua y la leña y estaría protegida de los vientos? ¿Le entendía?, le preguntó, arrodillándose junto a ella. ¿Le importaba si miraba entre su material? No había tocado el agua; los insectos estaban correteando por la carne asada.
Encontró el hacha y volvió a notar que era una buena hacha, aunque él hubiese preferido una de tres kilos con un filo de sus buenos doce centímetros de ancho. Con el rifle sobre el brazo izquierdo y sujetando el hacha, bajó hasta el campamento y lo registró meticulosamente. Encontró unas cuantas herramientas dentro de un cubo grande; unos cuantos clavos, tornillos y tuercas en una caja pequeña de madera; algo de harina, sal, azúcar, frutas secas, café, té y un trozo de carne sin cocinar que olía. Lo tiró. No encontró tabaco: el marido, supuso, no era fumador. Bueno, en cualquier caso, ¿qué clase de hombre era para adentrarse con su mujer y sus hijos mil kilómetros en territorio indio sin más armas que un hacha, un rifle viejo y un cuchillo de carnicero con el mango de madera roto? Hurgando, encontró un par de zapatos de niño que servirían de bisagras. La inspección de la carreta le dijo que habría suficientes tablas baqueteadas y agrietadas para hacer una puerta si podía quitarlas de los tornillos sin hacerlas astillas. Parecía que tendría suficiente ropa de cama por un tiempo, pero no la bastante cuando el frío del invierno abriese los árboles y congelase tanto a los lobos como al río. En ese frío no había suficiente ropa de cama en el mundo como para mantener caliente a una persona. Se la imaginaba arrastrándose, tras la llegada del frío, dentro de su montón de colchas y mantas, llevando con ella el rifle, el hacha, frutas del bosque, un pedazo de carne y quizá algunas galletas. Parecía fuerte y capaz. Ahí fuera, bajo las moscas y las hormigas, había cuatro salvajes sin cabeza, y al norte había toda una horda de ellos que tenían una nueva idea de lo que era capaz de hacer una mujer blanca. No parecía tener más que unos cuantos harapos como ropa; él le traería rollos de tela, agujas e hilo y piel curtida. El Todopoderoso allá arriba sin duda observaría y protegería a la pobrecilla hasta que hubiese aprendido las costumbres de los tramperos y de la montaña y se hubiese convertido en parte de aquella vasta y hermosa tierra, a la que conocerla era amarla, en la que tenías que abrirte tu propio camino, como hacían el tejón y el perro de la pradera, a la que había que cantar con toda el alma, como hacían millones de pájaros por todos los valles y colinas, y hacían los lobos con su canto de apareamiento, los uapitíes machos con su bramido o los alces machos con su berrea. Aprendería y adoraría todas las maravillosas llamadas salvajes de gansos, gavias y somormujos, de los playeros aliblancos, halcones y gallos de las praderas. Y un día vería a Sam Minard sobre la cumbre de una montaña, sacudiendo sus alegres y poderosos puños hacia el cielo, llamando al Señor Jehová para que se asomase desde una ventana celestial y viese el fantástico mundo que había creado. El hombre que quisiera irse de esa región, una vez la hubiese encontrado, era un necio. Una mujer podía aprender a amarla. Como las pieles rojas, podía aprender a cazar castores (él le llevaría dos o tres trampas) y a romperle el cuello a un ciervo (él se aseguraría de que siempre tuviese suficiente pólvora y balas); y podría cultivar un pequeño jardín, incluso tener flores silvestres alrededor de la casa y sobre las tumbas, aunque tendría que llevar el agua desde muy lejos. Maldita sea, quizá hasta podía convertirse en la mujer de algún trampero, tener otro par de hijos y aprender a hacer ropa de piel tan elaborada como una baqueta de nogal o los mejores abalorios de los Crow. O sea, si su marido no regresaba. Pero no iba a regresar. Para entonces su sufrimiento había terminado y sólo quedaban sus huesos mondos.
Así discurrieron sus pensamientos durante tres días, desde el amanecer a la noche, trabajando en el bosque y en la colina construyendo una cabaña de troncos para una mujer que en aquellas setenta y dos horas nunca, al menos que él supiera, ni dio un trago de agua ni un bocado a la comida, aunque él le ponía siempre a su lado ambas cosas. Ni siquiera una vez se levantó de donde estaba, con la mano derecha sobre sus hijos, la izquierda sobre su hija. Él ignoraba que el dolor pudiera paralizar la mente y la voluntad humanas de tal modo. Tras derribar los árboles y cortarlos en trozos, los arrastraba hasta el lugar de la construcción con su robusto caballo, con un extremo de la cuerda de cuero atado alrededor de un tronco y el otro alrededor del cuerno de la silla de montar. Los troncos eran de unos veinte centímetros de grosor en el extremo mayor. Hizo una pared de diez troncos de altura, con una puerta en el lado oeste, delante del río. La puerta era una cosa fea y pesada hecha de planchas de la carreta dobladas y agrietadas sujetas con tres tablillas clavadas a través. Clavó las suelas de un par de zapatos de niño en la puerta y entre dos troncos para que sirviesen de bisagra. Era, se dijo a sí mismo, la puerta más chapucera que se pusiera nunca en una casa en territorio indio, pero si lo hacías con cuidado se podía cerrar. En el lado opuesto de las bisagras clavó una tira de cuero de modo que se pudiese tirar desde dentro de la cabaña y atarla a un clavo para asegurarla. A través de una grieta a la derecha de la puerta que había dejado sin cubrir podía mirar si alguien llamaba o, si se trataba de un enemigo, meter por ella el cañón del rifle y pegarle un tiro al bastardo piel roja. El viento, la lluvia y la nieve se colarían por ahí y por otras rendijas, a pesar de sus esfuerzos, pero esperaba que ella las tapase con trapos cuando él se hubiese ido. No tenía una paleta, nada para revocarla con barro del río. Era una choza, sí, y sería una choza fría, incluso con un fuego en el centro, pero hasta que pudiese comprar materiales y volver tendría que bastar. El tejado consistía en postes puestos unos junto a otros a través de las vigas del techo, con una inclinación de unos treinta grados a cada lado. Sobre los postes había echado tierra hasta una altura de quince centímetros. En el centro justo del tejado había dejado una abertura de treinta y cinco centímetros en diagonal enmarcada con pedazos de tabla de la carreta para que el humo pudiese salir. No era una mansión, pero no había cinco tramperos en toda la región que tuviesen una casa mejor. Él tenía una choza de invierno a mil quinientos kilómetros al sur de ese lugar, junto al Little Snake, y no era mejor, y la puerta tampoco lo era. Pero su novia Flathead probablemente la creería algo maravilloso. Durante las estaciones cálidas ningún trampero que valiese algo se metía bajo techo, excepto bajo las ramas generosas de un abeto, bajo la pérgola de un enebro o debajo de una piel de bisonte estirada sobre un par de postes. Si te gustaba el mundo que el Creador había hecho para ti, no tapabas el cielo azul y sus luces ni te tumbabas en medio del aire viciado de una habitación mal ventilada cuando en una cama al aire libre podías oler la mañana y observar su luz madreperla acariciar suavemente las colinas.
Esperando sacar a la mujer de su dolor, cantaba canciones de Robert Burns cuando estaba cerca de ella, o silbaba arias de pájaros o de ópera, y en su profunda voz de barítono entonaba melodías de Bach o Beethoven mientras la observaba para ver si llegaba a ella; o le hablaba de esto y aquello, diciendo una vez: «Si toca algún instrumento pequeño lo encargaré y cuando vuelva podremos sentarnos y tocar a dúo», o diciendo en otro momento: «Cuando consiga a mi mujer allá en las Bitterroot vendremos a visitarla y quizá quiera venir a cazar con nosotros». Pero ella nunca dio muestras de haberle oído.
Cuando la choza estuvo terminada subió a la colina todas sus posesiones excepto la carreta. Sin el remolque era un cacharro torcido con ruedas quemadas por el sol y curtidas por el viento, los rayos sueltos y los aros medio salidos de las pinas. Pensando que quizá pudiese querer tenerla junto a su casa, amarró una cuerda al final del tiro y con su caballo arrastró el chirriante y escandaloso cacharro hacia la colina. Levantando primero un extremo y luego el otro, empujó hacia aquí y hacia allá hasta que lo encajó contra la pared norte, con el tiro hacia arriba apoyado contra el travesaño. Ahora estaban allí todas sus cosas, incluyendo el hacha y el rifle. Le dio harina, sal, azúcar y café de sus propias provisiones; dos pieles de uapití tan suaves como el terciopelo; pólvora y balas; un par de agujas grandes y un rollo de hilo de ante; un bolsito de cuero medio lleno de bayas silvestres y ciruelas secas; un par de anzuelos y un sedal y una piedra plana de obsidiana de cuarto de kilo que podía utilizar como afiladora. Le afiló el cuchillo de carnicero. Luego se fue hacia las montañas y regresó con dos ciervos gordos.
¿Sabía cómo curar carne? Bueno, él le enseñaría cómo hacerlo. Encendió una hoguera a unos cinco metros delante de ella y montó encima un tendedero; y juraría que durante las horas que le llevó curar casi toda la carne ella no le miró una sola vez ni a él ni al fuego. Hubiese creído que estaba muerta ahí sentada de no ser por el movimiento de su respiración. Pensando que posiblemente oía y entendía, aunque se negase a ver, le contó cómo colocar el tendedero, cómo cortar la carne en tiras delgadas, como colocar la carne, cómo cuidarla y conservarla. Le dijo que le iba a dejar todo aquello y también algunos cuartos traseros y delanteros hervidos o asados. Si asentía una sola vez le haría un puñado de panecillos. Lo creyese o no, era el que hacía mejores panecillos en todo el Oeste, exceptuando a Hank Cady… Pero Hank, si seguía vivo, estaba lejísimos, más allá del Yellowstone.
De vez en cuando, mientras trabajaba y hablaba con ella, Sam se incorporaba y con su aguda visión exploraba las montañas que le rodeaban. No dudaba de que habían estado espiándolo exploradores Pies Negros y posiblemente Crows preguntándose qué estaba haciendo. ¡Qué hombres tan valientes eran! Diez, cincuenta o cien podrían haber llegado allí y llevárselo, pues no tenía amigos ni ayuda a menos de tres o cuatrocientos kilómetros; y hubieran ido a por él no uno, ni dos ni seis, sino posiblemente diez, veinte o cuarenta, de no ser por el hecho de que no querrían pagar el precio. Los tramperos les habían enseñado que al menos dos de ellos morirían, o quizá tres, en el ataque, y hacía falta mucho ron, el olor de un gran botín, incluyendo buenos rifles y mucha munición, para animarlos a correr el riesgo.
Tras observar el horizonte, le habló a la mujer de los desayunos de Hank, pues pensar en ellos había hecho que se le hiciese la boca agua. Si Hank esperaba a algún visitante que se quedase a pasar la noche, se aseguraba de tener a mano medio litro o así de la maravillosa miel de abeja, un cuarto de grasa refinada de cadera o, mejor, de grasa de tuétano, para utilizar como mantequilla; una docena de huevos de ganso, pato o urogallo, si estaban en temporada; y el mejor uapití en mil kilómetros a la redonda. Ningún trampero podría olvidar sus desayunos con filetes de uapití chorreando con sus chisporroteantes jugos, una cafetera de cinco litros, galletas tostadas empapadas de grasa de tuétano, miel dorada, mermelada de arándano o una macedonia de frutos silvestres. Algún día quizá ella iría con él y desayunarían con Hank. Hank no se iría de la lengua, como haría Windy Bill o Rio Powder Charley; si decía diez palabras en veinticuatro horas se sentiría agotado.
De repente Sam dejó de despellejar al animal y, poniéndose en pie, miró a la mujer con una expresión digna de verse. Era como si de repente hubiesen llegado a su mente las palabras de varios hombres sabios para quienes había en la hembra humana una superioridad natural; su mayor compasión, para empezar, que se esforzaba por socorrer a los indefensos y desvalidos; para continuar, su mayor devoción que obligaba a su corazón de madre a sentarse durante días y noches junto a las tumbas de sus hijos sin comida ni bebida y probablemente (hubiese jurado Sam) sin dormir. ¿Tenía la intención de quedarse ahí sentada todo el otoño, el invierno y la primavera?, le preguntó. ¿Se iría con él a buscar una gabarra o una caravana? ¿No creía que allí arriba el Todopoderoso, mirándola, querría que despertase de todo aquello, comiese, durmiese y siguiese viviendo?
—Le propongo una cosa —le dijo—, voy a hervir esta grasa de ciervo y le traeré una taza de caldo.
En unos minutos tenía cinco kilos de carne de venado cociéndose en un fuego y un lomo entero tostándose lentamente en las ascuas de otro. Cuando la carne hervida estuvo tierna, le llevó un tazón de caldo y una rodaja de lomo caliente en un plato de latón; y, arrodillándose, se lo ofreció diciendo:
—Tiene que comer. Estos jugos de venado le calentarán las entrañas y harán que el mundo tenga mejor pinta.
Sam bebió caldo y comió hígado crudo y unos tres cuartos de lomo. Llenó luego su pipa y miró a su alrededor. Era una necedad pensar que aquella mujer podría soportar mucho tiempo allí si los pieles rojas decidían llevarse su cabellera y sus armas; sería mejor correr la voz entre todos los tramperos libres de que estaba allí, que a su vez la harían correr entre las tribus indias con la advertencia de que, si un piel roja le arrancaba la cabellera, la venganza de los tramperos exigiría diez cabelleras por cada pelo de su cabeza. Los cráneos de las estacas eran el único idioma que los pieles rojas entendían.
Mientras Sam se fumaba la pipa y miraba el paisaje, su desprecio por los pieles rojas y algunas de sus costumbres alimentaron sus emociones hasta que se encontró en un estado de furia incandescente. El desprecio, por ambas partes, había empezado en los primeros encuentros entre pieles rojas y blancos y se había convertido en una ley en sus vidas tan fija como el canto de muerte del piel roja o el fatalismo del hombre blanco. Los pieles rojas no podían entender por qué los hombres blancos daban auténticos tesoros por las pieles de castor y nutria que para ellos tenían poco valor en una tierra donde había tantos castores como árboles. Los hombres blancos no podían entender por qué los pieles rojas estaban dispuestos a cambiar un puñado de pieles por bagatelas sin valor como un puñado de cuentas azules o un pedazo de metal brillante. «Es como el negro», decía Windy Bill, «si brilla, tiene que ponerle la zarpa encima». Cada cual pensaba que el otro era espectacularmente estúpido y su baja estima de la inteligencia y valores del otro le daba acicate al asesinato y el descabello. Si los pieles rojas hubiesen puesto cuatro cráneos blancos sobre estacas, los tramperos se habrían partido de risa. Si Río Wind Bill hubiese estado allí para ver la obra de Sam habría dicho: «M’imagino queso los mandará echando virutas hacia sus tipis». Sam les dijo a los pinos y a las montañas cubiertas de enebro que probablemente así era y quedó satisfecho de su trabajo.
Era la hora de marcharse, pero se mostraba reacio. En un momento de absurda galantería masculina se había planteado excavar un pozo junto a la choza, pero sabía que tendría que excavarlo hasta el nivel del río en una profundidad de treinta metros. Debería pedirle que se fuese con él, no como compañera nocturna (no era un hombre libidinoso ni de los que se aprovechan de la indefensión femenina), sino para distraerla del dolor. Pero por lo que sabía, ella no le habría aceptado como amigo. No estaba seguro de que ella fuese consciente de su presencia, de la de los lobos que aullaban por la noche ni del sonido de las aguas del río que atravesaban las montañas. Estaba enfadado consigo mismo porque no acababa de marcharse: era problema del Todopoderoso, no suyo. La noche de su octavo día allí se obligó a mirarla y, después de observar durante varios minutos su cabeza inclinada, se arrodilló y le besó el sucio pelo castaño y le dijo al oído:
—Hay mucha carne para usted en la casa. Me voy a buscar una esposa, pero volveré pronto.
Montó sobre su caballo y se dirigió hacia el sur siguiendo el río, pero se detuvo cuatro veces para mirar hacia atrás. En aquella situación un hombre sencillamente no sabía qué hacer. Si estaba decidida a quedarse sentada junto a las tumbas y morir, supuso que tenía el derecho a morir sola. Ningún animal, ningún hombre la molestaría. Su viaje no le llevaba por las Bighorn, los ríos Powder, Tongue y Wind, sino hacia el Valle Gallatin, la montaña Beaverhead y el Jefe Montaña Alta, cuya hija mayor, que estaba convirtiéndose en una mujer tan adorable como el canto primaveral del azulejo o como el lirio de montaña al borde de un banco de nieve que se derrite. Sabía que una esposa era una responsabilidad enorme y la responsabilidad era una enfermedad en el hombre. Pero se sentía solo y se sintió el doble de solo después de dejar a la mujer junto a las tumbas.
La cuarta vez que miró hacia atrás la vio salir por la puerta de la cabaña y quedarse ahí. Parecía estar mirando a su alrededor. No podría haberse alegrado más aunque la alondra junto a la puerta del cielo hubiese cantado sólo para él. ¡Ella estaría bien! ¡Sólo había estado esperando a que él se fuera! ¡Santo Dios, sé bueno con ella! La vio ir y sentarse en el suelo junto a las tumbas. ¡Santo Dios, sé bueno con ella! Sintiendo que todo estaba bien, la saludó con la mano sabiendo que no le veía y luego cabalgó hasta la medianoche, a cincuenta kilómetros de ella y sus espantosos centinelas cuando encontró un matorral en el que ocultarse y dormir. Santo Dios, pensó, besándose la mano mientras fingía que era la mejilla de su madre, Santo Dios, sé bueno con ella.