18
Como era imposible bajar a las cuencas de los géiseres a caballo desde el río Yellowstone o por encima de las Montañas Yellowstone, Sam tuvo que ir hacia el sur, remontar el South Fork, pasar Hawk’s Rest y bajar el Yellowstone hasta el lago. Atravesando montañas cubiertas de árboles, negras y saludablemente hermosas, siguió el lado este del lago, dirigiéndose hacia el norte y luego por la orilla norte hasta que llegó a las fuentes de vapor. Era una maravilla para todos los que habían visto aquella orilla, pues en el frío lago había fuentes calientes, algunas de ellas a cien metros en el interior; y allí el agua fría y caliente se mezclaba y brotaba vapor de la superficie. En el borde del lago se podía encontrar agua a cualquier temperatura, de helada a casi hirviendo. Antes de ir a la zona del oeste donde estaban las pozas de lava que bullía y silbaba y los charcos de barro, Sam se quitó la ropa y se lanzó al agua. No había conocido una experiencia más tonificante que pasar por cambios extremos de temperatura mientras nadaba. Era una rendición de sus sentidos a las caricias tan deliciosa y emocionante que, flotando de espaldas y mirando al cielo, le dijo al Creador, en el idioma de Bill: «¡No hay naide en t’ol mundo que haya construido una bañera como esta!» ¿Qué era lo que había leído la mujer del libro sagrado? «El desierto y el lugar desolado se alegrarán por ellos». ¡Cuánto se alegraba él de estar allí, solitario, sin compañía y seguro en la naturaleza!
La noche la pasó entretenido junto a los charcos de barro, que imaginaba bocas de barro; le llevaban a recordar a la vecinita rubia llamada Nancy, que inflaba las mejillas delante de él y luego se las golpeaba con las palmas de las manos fingiendo que le había explotado la cara. Otro de sus pícaros trucos consistía en hinchar las mejillas tanto como podía y entonces meterse en la boca una pequeña caña. Era, le decía con toda seriedad, un pinchazo; y mientras expulsaba el aire a través de la caña las mejillas se desinflaban lentamente mientras sus ojos azules le miraban con solemnidad. Las bocas de barro caliente inflaban los labios hacia arriba; y de vez en cuando los labios se abrían y una columna de vapor-aliento caliente se elevaba; y a veces los labios crecían hasta alcanzar un grosor asombroso sin abrirse, como si fuese delgado caucho gris o la garganta de un sapo. Otros se fruncían hacia fuera y hacia dentro, igual que Nancy había fruncido los suyos.
Sentado en la tierra caliente entre los charcos de barro, trató de escribirles una carta a sus padres. Al contrario que los grandes exploradores, Lewis y Clark, que habían atravesado la tierra de las montañas rocosas antes de que Sam naciera, o famosos guías como Bridger, Carson y Greenwood, Sam había pasado doce años en buenos colegios. Con un cuaderno en las rodillas y las cejas levantadas, escribió el saludo; y entonces durante diez minutos se preguntó qué contar y qué no contar. ¿Debería contarles que había tomado las armas contra toda una nación india y a la primavera siguiente volvería al sendero de la guerra? No, no los preocuparía con eso. ¿Debería contarles que se había casado con una adorable y adorada muchacha india que hacía sólo unos pocos meses había sido brutalizada por un puñado de asesinos? ¿Debería contarles que existía la posibilidad de que estuviese muerto en un año? No, sólo les contaría cosas agradables. Recordó que una mañana su madre había dicho, mientras miraba un próspero manzano con más de cien kilos de manzanas maduras: «Esta es la primera vez que pienso en un manzano como en una madre». Se le hacía la boca agua al recordar la contundente fragancia y los zumos que le caían por los labios al hincarle los fuertes dientes a aquellas manzanas. ¡Ay, ojalá tuviese una ahora!
Bueno, les contaría que cuanto más miraba al mundo que lo rodeaba, más clara le resultaba la gloriosa certeza de que el Creador era un gran artista en todos los campos. Sus pinturas, que incluían puestas de sol y mañanas, lagos de montaña de puro resplandor enjoyado y el firmamento con dos arco iris atravesándolo tras una lluvia eran Rubens y Rembrandts sobre lienzos tan grandes como mundos. ¿Qué escultor osaría comparar sus raquíticas y lastimosas creaciones con las montañas Teton, las Colinas Negras o la cordillera del río Wind o las vastas hectáreas de arrugas en los ríos de lava cerca del Snake? El Creador tenía más pájaros músicos que interpretaban sus arias con flautas, piccolos, arpas y diminutas tubas de los que cualquier hombre pudiese imaginar; en cualquier momento de las veinticuatro horas cantaban millones de gargantas de aves. El Creador era capaz de abrumar a un hombre con Sus fantásticas orquestaciones y Su dominio del contrapunto en ríos, vientos y truenos o con las variaciones de Sus sonatas cósmicas. Sam podía contarle a su padre que debería estar allí, porque recordaba la profunda emoción de aquel hombre cuando escuchaba la conclusión del segundo movimiento de su Tercera sonata en fa menor. Si oyese la música de aquella tierra salvaje… ¡Las llamadas del colimbo, la focha, el somormujo, o la increíble música de las plumas de cola del zarapito al anochecer!
Les contaría que ahora la nieve caía como mantas invernales sobre los bosques, pero que él estaba sentado sobre tierra caliente y a su alrededor bullía el agua caliente. Si estuviesen allí verían pequeñas nubes de vapor en una cuenca de piedra y unos instantes después cómo millones de litros de agua hirviente lanzados a treinta metros de altura caían en forma de chorros y vapores de agua mientras millones de litros más explotaban desde las calientes entrañas del mundo. Una densa niebla caliente los envolvería entre temperaturas bajo cero. Trataría de hacerles entender el divino encanto de millones de copos de una intensa nevada, muchos de ellos tan grandes como hojas de roble, descendiendo sobre uno de los agujeros de vapor; cómo, mirando hacia arriba, podían verlos cayendo por millones y cómo los verían desaparecer, también por millones, como si en el transcurso de un guiño se fundiesen y se precipitasen en forma de gruesas gotas de agua; cómo se maravillarían ante aquella enorme cámara de calor dentro de una circunferencia de pura nieve blanca. A cien o doscientos pasos de la tierra caliente podrían encontrarse a dos o tres metros de nieve. En sólo unos segundos podían pasar de treinta bajo cero a un calor en el que se sentirían cómodos quitándose toda la ropa. Podían meterse en una poza natural caliente mientras veían árboles tan fríos que se estaban abriendo.
Pasaría el invierno allí, solo, pensando en su mujer y su hijo, sin que tuviera que tener los ojos pelaos, como diría Windy Bill, día y noche. La nieve que lo rodeaba podía tener tres o cuatro metros excepto en los lugares calientes; pero la hierba era alta y los caballos podían apartar la nieve para encontrarla. Cazaría dos o tres uapitíes antes de que llegasen las nieves más copiosas, curaría parte de la carne y dejaría colgados a secar algunos cuartos traseros; y quizá iría hacia el sur al Big Snake donde encontraría laderas enteras cubiertas de matorrales de bayas inclinados por el peso de la fruta. Haría como los pieles rojas y recogería bellotas, piñones, castañas, avellanas; y también guillomos, bayas del saúco, aronias y moras, así como grandes y jugosas ciruelas amarillas y sabrosas ciruelas silvestres. Lejos, al sur, más allá de la Sierra de San Juan, había una planta alta de salvia cuyas semillas los indios molían para hacer harina. Jim Bridger la llamaba chia; decía que el pan hecho con esta harina era tan fuerte que al lavarse las manos uno tenía que tener cuidado o se arrancaría los dedos. El Creador había puesto abundancia de comida en la tierra y no cobraba impuestos. ¿Alguna vez habían oído hablar del mijo silvestre o de la raíz del bálsamo? Si pudieran ir a visitarle, su hijo les serviría banquetes como nunca habían visto; y se podían llevar a casa una bolsa de pemmican hecha con solomillo de bisonte, sebo, arándanos y mermelada de maranta. Medio en broma, les diría que quizá querrían probar las tartas de hormigas rojas, hechas con los terribles insectos, mezclada con raíz de camas y bulbos de cebolletas. O para desayunar, con las tortitas, quizá querrían un sofrito de saltamontes o serpiente de cascabel a la parrilla hecha en brasas de cedro, o pasta de castoreum. Eso era la materia marrón anaranjada del castor que tenía un fuerte olor y que los tramperos utilizaban como cebo.
Sobre todo, les diría que se imaginasen la clase de invierno que estaba pasando entre los puros arroyos de montaña, la espesa nieve blanca, los millones de hectáreas de bosque que un hacha nunca había tocado; la abundancia de comida, el silencio catedralicio cuando los pájaros se callaban, sus baños calientes y sus aposentos, todo tan gratis como el amor de una madre por su hijo.
Después de escribir la carta la envolvió en cuero para conservarla seca y a salvo de ratones.
Se entretuvo unos días en los deliciosos manantiales calientes junto al lago y luego cruzó una pequeña cordillera hacia las cuencas de los géiseres. Ahora estaba en un denso bosque que se extendía ante él más de ciento cincuenta kilómetros en todas direcciones. Montó su campamento bajo un enorme pino al sur del géiser que un día acabaría conociéndose por el nombre de Old Faithful. Cuando hizo el frío suficiente como para curar la carne, sacó el uapití y el ciervo y las porciones más jugosas las colgó de las ramas de los árboles envueltas ligeramente en fundas de cuero. Tenía suficiente sal, azúcar, café y tabaco, un saco de veinte kilos de harina, mil cartuchos de munición, semillas, nueces y frutas secas, una salud perfecta y un apetito descomunal. ¿Qué más, les habría preguntado a los filósofos, podía desear un hombre? Y todo aquello era gratis.
Sintiéndose agradecido, empujado por las magníficas orquestaciones del trueno o la brujería de las nevadas de alta montaña, subió a la cresta de una montaña y caminó a lo largo de ella, elevando los brazos al cielo, cantando a plena voz. La maravilla de estar vivo y sano y libre le resultaba un milagro tal que sólo cantando podía expresar su gratitud. «¡Gracias, gracias!», gritaba, con el rostro enrojecido y la barba dorada vueltos hacia la tormenta. Continuó dando largos pasos, cantándole al trueno y a la nieve, tratando de que su pobre música fuese un instrumento de las armonías cósmicas. Un glissando empíreo en el acorde bramador del trueno podía desconcertarlo durante unos instantes; pero pronto lanzaba sus gritos con la intención de desarrollar su tema de alegría de vivir por encima del de la muerte lo iguala todo; y trataba de elevar su propio crescendo como si fuese un fagot o una trompa mientras movía los brazos para que entrasen otros instrumentos, los diez mil, para la celestial coda.
Una vez, por casualidad, Bill vio a ese gigante de barba pelirroja caminar, recortado en el paisaje, por la cresta de una montaña y le dijo más tarde a Hank Cady que se creía que Sam s’abía quedao tocao por la muerte de su mujer. Porque estaba allí, como un bisonte beodo, desgañitándose. ¿Había visto Hank cosa parecida? Hank dijo a su manera lenta y reflexiva que le parecía que Sam sólo estaba contento. Que nunca había conocido a hombre c’amara más la vida que Sam.
Sam estaba escribiendo una letra, o un himno de acción de gracias, de la única manera que sabía, pues creía que la vida era ciertamente un «vergel de dulzura» y sus fuertes emociones lo llevaban de vez en cuando a entonar canciones tan salvajes que la mayoría de la gente las hubiera creído una pura locura. Sam estaba embelesado, encantado, fascinado por el sencillo hecho de estar vivo y sano, sin reloj que marcase su tiempo, sin jefe que lo vigilase, sin impuestos que pagar, sin papeles que firmar, sin tener que darle cuentas a nadie, excepto al Creador, a quien le estaba felizmente agradecido mañana, tarde y noche. Hubiese dicho que en un mundo ideal todos los hombres tendrían al menos cuarenta kilómetros cuadrados por los que caminar, explotar y sentirse libre. Aquel era un punto diminuto, pero uno podía moverse. Había oído decir a McNees que al ritmo que estaban naciendo niños por todo el mundo llegaría un momento en que uno no iba a encontrar sitio para quedarse de pie y sonarse la nariz.
Fue Bill quien le habló a Kate de Sam Minard. Le contó que Sam caminaba arriba y abajo por las crestas de las montañas del oeste, cantándole a los cielos y alabando a Dios. A partir de entonces Kate siempre lo veía cuando lo buscaba. Miraba en la dirección del Big Belt o de las Montañas Bear Paw, aunque desde donde se encontraba no podía verlas, y allí en el cielo había una fantástica cordillera y Sam caminaba por las crestas, tan alto como los pinos, una figura gigantesca de pelo y barba en llamas con una voz que se podía oír en el otro extremo del mundo. Llegó a convertirse en un hábito en ella quedarse mirándolo en las lejanas neblinas azules y escuchar su canto.
Uno de los mejores cocineros entre los tramperos, la especialidad de Sam eran los filetes. Había descubierto que los filetes hechos sobre las ascuas absorbían el sabor de la madera, y así había utilizado todas las clases de madera que encontraba: el pino, el abeto blanco, la pícea y el cedro no le gustaban, pues eran demasiado fuertes; el álamo y el sauce eran mejores, el aliso no estaba mal. Los aromas de la madera también aparecían en el curtido. Aquellas squaws que hacían los mejores curtidos, tanto en olores como en texturas, eran las que tenían la mejor madera para ello. Sam olía un pedazo de cuero y sabía decir qué madera se había utilizado. No llevaba cuero que hubiesen curtido con álamo blanco, sauce, álamo temblón, abedul o ciruelo.
Le llevó cinco o seis horas asar cinco kilos de filetes de uapití y dos bandejas de panecillos. Eran los filetes lo que llevaba más tiempo; eso y sacar la grasa de los huesos con tuétano. Las ascuas tenían que estar en su punto y tenía que colocar la carne encima, no fuese que absorbiese demasiado olor de la madera. Allí en la cuenca del géiser tenía granos de pimienta, que molió en un mortero. Como mantequilla para los panecillos utilizó el tuétano. Tenía miel silvestre, que le había quitado a las abejas; cuando la comida estuvo preparada se dio un banquete de jugosos filetes, panecillos empapados con grasa de tuétano y miel, y café. Mientras comía observó cómo soplaba el géiser. No se hubiese sentido más a salvo de los pieles rojas ni aunque hubiese montado el campamento en las puertas del infierno. El problema principal era su apetito; tenía que tomar tres comidas fuertes al día, y si eran todas comidas calientes, se pasaba la mayor parte del tiempo cocinando. Los hígados se los comía crudos o calentados y sazonados; y todos los días se comía un puñado de escaramujos porque Bill Williams decía que todos los tramperos debían hacerlo. También se comía crudos los hígados de las truchas y del urogallo; eran extremadamente tiernos y sabrosos.
Una de sus principales alegrías durante el invierno era caminar en medio de una nevada cuando no había viento, sólo la belleza del movimiento y el diseño, de luz y sombra, cuando los incontables copos, como polillas acróbatas, caían en tal número con una elegancia esquiva, ondulante y giratoria que le parecía asombroso que dos copos nunca pareciesen chocar. Le recordaba a la impresionantemente intrincada danza de los mosquitos cuando miles de ellos, en un apretado enjambre, se movían durante horas con una pauta tan compleja pero tan perfecta que un hombre no lo creería posible de no haberlo visto. Se maravillaba ante el vuelo de las aves. Había visto bandadas de tordos sargento sobrevolar por la mañana, de camino a sus territorios de comida, y había calculado que serían cientos de miles, posiblemente millones, y aunque volaban a velocidades de cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, habían oscurecido el cielo que tenía sobre la cabeza durante treinta minutos. Todos revoloteaban, se balanceaban, bajaban y bailoteaban como pájaros enloquecidos por la alegría, pero nunca había visto que dos se tocasen. Se tumbaba en treinta centímetros de blanda nieve recién caída y observaba la miríada de copos hasta que los sentidos le daban vueltas y nunca vio un fallo en la pauta, siempre cambiante e infinitamente compleja. Era como si todos los copos tuviesen ojos. No fue capaz de adivinar dónde iba a caer uno, pues hasta el último instante en que tocaba nieve, tierra o agua, se balanceaba, bailaba y cambiaba su rumbo, pero caía como si hubiese encontrado el punto perfecto e inevitable para su blanda y pequeña carga de agua congelada. Se levantaba y volvía a caminar y en el amable y maravilloso mundo de la nieve blanca y el anochecer veía animales salvajes: sus vecinos los conejos, las aves, los ciervos, las comadrejas, los pumas, todos actuando como si estuviesen tan contentos y agradecidos como él. Un ciervo, que tenía las orejas apuntando en su dirección, se quedó mirándolo; sus colores se mezclaban tan perfectamente con el gris crepuscular de la tormenta que apenas parecía estar vivo; y entonces se alejó silenciosamente y desapareció, como una mancha de atardecer ligeramente más oscura que se disolviera en la tormenta. Los conejos eran más mansos, las aves más tranquilas, durante una tormenta fuerte; todos los animales salvajes parecían sentir la gracia de la bendición. Los copos que se fundían le caían por la cara como si fuesen diminutos dedos fríos; la nieve le empapaba y le rizaba el cabello dorado. Sintió la humedad en los mocasines, el frío recorriéndole la columna.
El géiser al que llegaba ahora era mayor y más activo que el que estaba junto a su campamento. Hacía explotar sus furias sólo de vez en cuando. Tuvo suerte, pues al acercarse al géiser oyó el siseo y el rugido que subía por su ardiente cuello y tras unos minutos vio, primero, una serie de carraspeos, como si se aclarase la garganta, y luego, una enorme cantidad de agua hirviente que se elevaba hacia el cielo y caía como una catarata rota. El géiser pareció entonces detenerse, como si estuviese reuniendo fuerzas en las profundidades de su vientre y vomitó aún más espectacularmente mientras el calor devoraba una amplia zona de la nevada. El agua caliente caía en volteretas de vapor y fluía hacia él en ríos humeantes. Aquella colosal erupción en las profundidades de una tormenta de nieve era, se dijo Sam, tan hermosa como cualquier otra cosa que hubiese visto u oído. Uno tenía que creer que Beethoven lo había visto. Arrodillándose, apartó la nieve y colocó la oreja en la corteza de piedra. Le pareció oír monstruosos bramidos y respiraciones de las aguas subterráneas, como si la misma tierra fuese a abrirse en un vómito que se consumiese a sí mismo. No era de extrañar que los pieles rojas huyesen de aquel lugar. Sam se apartó, se adentró en la tormenta y observó, hechizado, hasta que los últimos resoplidos y ronquidos habían explotado de la garganta y las furias subterráneas hubiesen regresado a los gorgoteos del estómago.
Formando un cuenco con las manos cogió agua caliente y se la bebió. A trescientos o cuatrocientos kilómetros al sur estaban los manantiales de agua carbonatada, de los que había bebido. Aquellas aguas y su pureza le gustaban, pero las de las cuencas de Colter sabían a álcali y sales amargas.
Después de haber limpiado a los caballos y comerse una buena cena, extendió su cama en el suelo que había calentado el fuego y se tumbó, cómodamente tapado, preguntándose por el futuro. Sospechaba, en aquellos profundos momentos de calma, que había sido algo necio al arrojar un desafío a los hermosos dientes blancos de toda una nación india; mientras durase la venganza tendría que estar vigilante las veinticuatro horas del día el año entero. No tenía deseo alguno de pasarse la vida en una contienda sangrienta, pero no se le ocurría un modo sensato y honorable de retirarse. A los pieles rojas les encantan los rencores, los senderos de guerra y los odios eternos. No querrían que pidiese la paz. Y estaban los Pies Negros y los Cheyennes, posiblemente quizá hasta los Sioux y los Arapahoes, todos decididos a capturarlo. Y cada cabellera que tomase elevaría la recompensa.
No es que tuviese miedo; el miedo le resultaba tan ajeno como le podía resultar a cualquier hombre. No era que sintiese lástima por sí mismo por si caía bajo las armas de los pieles rojas. Era que conocía una sencilla verdad: que los hombres que amaban la vida no eran hombres a los que les gustase matar. Nunca sería capaz de quitarse de la cabeza al asombrado y paralizado joven que lo había mirado o al desmañado y patético cuerpo que colgaba del árbol. Además, quería poner trampas y cazar, cocinar, comer y dormir, sin tener que estar vigilante cada minuto. No le importaría tanto seguir en el sendero de la guerra otro año, si aquellos impulsivos idiotas guardaban luego sus cuchillos y volvían a casa. Eso no lo harían nunca. Había empezado a creer que la mayoría de los hombres no querían más que un enemigo al que pudiesen odiar y contra el que hacer planes. No fingía saber por qué era así.
Esperaba que el siguiente verano pudiese cabalgar para ir a visitar a su suegro. Le llevaría como regalo veinte o treinta litros de ron; como todos los pieles rojas, Montaña Alta tenía debilidad por la bebida. Viviendo en una zona donde la caza y las pieles eran escasas, no tenía gran cosa con la que comerciar que pudiesen querer los blancos. Se vería transportado a un paraíso indio si Sam hiciese un largo viaje para verle. ¿Un blanco visita a su suegro indio y atraviesa trescientos kilómetros de territorio Pies Negros para hacerlo?
Durante aquel invierno de reflexión, con sus muchas y maravillosas tormentas, tenía tareas que lo mantenían ocupado. Tenía que hacerse ropa. Como tenía las manos tan grandes, no era ágil con la aguja y el hilo. Garras de Oso Meek, gordo, alegre y con manchas de tabaco, tenía las manos grandes pero las dominaba como un pianista. No había nada de delicado ni artístico en la costura de Sam; hacía un agujero en el cuero con un punzón de hueso, pasaba la aguja por él, tiraba del hilo de cuero y hacía pasar la aguja por un agujero tras otro para fabricarse sus mocasines, leotardos, pantalones y chaquetas. Mientras cosía se preguntaba qué clase de gente había en el Este y más allá, en Europa, que decían comprar cabelleras de indios. ¿Estarían igual de dispuestos a comprar testículos? Durante aquel invierno también cosió varios pares de mocasines para el bayo; esperaba que al siguiente verano lo persiguiesen no sólo los Crows, sino partidas de guerra formadas por Pies Negros y Cheyennes. En ciertas situaciones peligrosas dos o tres capas de cuero en los pétreos cascos de un caballo marcaban la diferencia entre la vida y la muerte. Si quería ser más listo que los guerreros que el viejo jefe había mandado contra él, tendría que dominar el arte de la guerra y la carpintería; a la altura de Kit Carson en lo primero y a la de Jim Bridger en lo segundo. Estaba bastante seguro de haber matado a Dientes de Lobo; dos años antes había visto a aquel bravo exhibiéndose sobre su caballo y se había maravillado de que un hombre pudiese cabalgar con tal gracia y talento. Se decía que algunos de los guerreros Crow eran capaces de acertarle a un pájaro en vuelo con un rifle; que algunos eran tan silenciosos que podían deslizarse hasta un lobo durmiendo y agarrarlo de la cola; y que algunos podían concebir extraordinarios engaños en una emboscada. Sam no estaba tan seguro de poder seguir vivo cuando llegasen las siguientes heladas, pero era fatalista; el hombre, como el bisonte o el uapití, sólo podía hacer cuanto estuviese a su alcance, y cuando llegase su hora, debía soltar su asidero a la vida y dejarse ir.
Según se acercaba la primavera, limpió sus armas hasta dejarlas en perfecto estado. Un cuchillo se había embotado y necesitaba un buen afilado. Tenía dos Bowies, de modo que, si estaba en un apuro, podía matar enemigos con ambas manos. En una bolsa de cuero llevaba pedazos de obsidiana y piedra porosa que había empapado con grasa caliente de ganso para hacer esmeriles y endurecer y ablandar pieles. Uno de los cuchillos, el mejor que tenía, lo conservaba envuelto en piel blanda aceitada; el otro era su cuchillo de caza y cocina. El rifle y los revólveres los conservaba inmaculados. No era tan buen tirador con revólver como lo sería Bill Hickock unos cuantos años después, ni con el rifle como lo sería un hombre llamado Carver; pero creía que estaba a la altura de los Crows por la sencilla razón de que sus nervios estarían más calmados. En una crisis, los pieles rojas eran espectacularmente malos tiradores. Bridger decía que era porque el piel roja consideraba el rifle como una medicina potente y toda medicina era magia. Si usabas magia no tenías que prestar mucha atención a cosas como la mira, el viento o el nervio. A la fiebre del cazador novato los tramperos la llamaban el nervio; se referían a los temblores y el miedo que podía sentir un hombre cuando se enfrentaba a un grizzly o cuando un alce macho cargaba contra él. Los pieles rojas, según Sam los había estudiado, eran muy buenos luchadores cuando corrían o cabalgaban con decisión en grupo, porque el calor de la batalla y la presencia de los suyos a su alrededor les proporcionaba valor hasta el paroxismo; pero solos, hombre contra hombre u hombre contra grizzly, sin gritos de guerra y escándalo, pocos de ellos tenían el valor necesario. De vez en cuando alguno prefería luchar solo para alcanzar la gloria. Eran aquellos, sabía Sam, a los que enviarían contra él.
Durante aquel invierno y mientras yacía cómodamente caliente en la oscuridad de otro día acabado, se planteaba la posibilidad de ser capturado y pensaba en las squaws. Tom Fitzpatrick había dicho que eran mujeres pieles rojas, no squaws, pero Sam sabía que squa era la palabra que los indios Massachussetts utilizaban para referirse a la mujer. La mayoría de los tramperos las consideraban demasiado crueles y feroces como para que las llamasen mujeres, y no dijéramos damas; sólo había que mirar el modo en que golpeaban a sus perros. Cuando las squaws de la mayoría de las tribus buscaban leña, utilizaban perros con trineos; los perros de los Crows le parecían a Sam un cruce entre lobos y chuchos escuálidos y greñudos. Tenían aspecto malhumorado y malvado y eran perezosos. Cuando los ataban a los trineos eran una visión que hacía reír a los blancos; hundían las ancas como mulas obstinadas y con la lengua colgando y mirada artera con los ojos medio cerrados se quedaban parados. Las squaws corrían gritándoles y los perros se escabullían hacia los bosques; pero después de que los trineos estuvieran cargados de madera, los perros no hundían las grupas, sino el vientre, y como la madre urogallo protegiendo a sus polluelos, fingían estar heridos. A Sam le había parecido que algunos de ellos fingían estar enfermos. Unas furias ingobernables dominaban entonces a las squaws; gritando y aullando, agarraban unos pesados garrotes y corriendo hacia los perros, casi les arrancaban la cabeza. Sam nunca había visto a su Lotus tan enfadada ni tan brutal con ninguna criatura.
Sam había excavado una bañera en el suelo a la que entraba y de la que salía agua caliente; y en el agujero se bañaba todos los días. ¡Qué tierra era aquella! Por todo su amplio pecho había manantiales calientes; Bridger decía que era posible recorrer mil quinientos kilómetros y tener un manantial caliente en todos los campamentos. Dado que Sam había aprendido, con los indios, a bañarse en agua fría, invierno y verano, era un lujo delicioso tumbarse medio dormido en una poza caliente; y aquello, junto con las opíparas comidas, la magnífica montaña invernal que lo rodeaba, la vigorizante pureza del aire y los animales salvajes entre el silencio y la soledad, hacía que no deseara abandonar la cuenca. Con Lotus y su hijo se habría contentado con vivir allí para siempre. Le parecía que en invierno la mayoría de la gente sufría una hibernación de las emociones. Y había aprendido otra cosa: que la gente en las ciudades nunca tenía la oportunidad de conocerse a sí misma o a los demás; en aquella tierra, donde los enemigos le obligan a uno a aguzar el ingenio y las fuerzas de la naturaleza hacen que se deshaga de su grasa física y emocional, una persona tenía que descubrir qué era y qué no era.
Era finales de abril cuando Sam, a regañadientes, puso las sillas y cargó a sus bestias, se colgó un revólver y un cuchillo de la cintura, montó sobre el bayo y allí se quedó sentado diez minutos mirando a su alrededor. Luego se dirigió hacia el lago bajando por el lado oeste del nacimiento del río Snake y lo siguió hasta el ancho valle de las Teton. En uno de los riachuelos que fluían más allá de aquellas magníficas esculturas esperaba encontrar a Río Wind Bill.