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Estaba pensando en todo eso mientras cabalgaba por territorio de lobos. Durante los crudos inviernos del norte los lobos vagaban por el mundo helado en busca de ciervos, uapitíes, alces, o incluso cabras que estuviesen debilitados por el hambre o se hubiesen quedado atrapados en la nieve. Cuando llegaba la primavera los lobos buscaban animales muertos que hubieran sido enterrados por los aludes. El grizzly y otros osos, hambrientos tras un largo sueño, también buscaban por las inclinadas laderas barridas por las avalanchas de la nieve fundida, descubriendo los tiernos brotes de plantas tempranas y animales que habían muerto durante el otoño y el invierno. A veces los lobos y los osos se encontraban en aquellos terrenos de caza.

En las estribaciones meridionales de las Bighorn cuatro grandes lobos grises, madre, padre y dos crías, habían encontrado varios ciervos asfixiados por un alud. Habían comido y estaban ocultando los restos en la base de un saliente cuando, con un movimiento tan veloz como cualquier otro en el mundo animal, la loba se giró al tiempo que levantaba la cabeza, retirando los belfos para mostrar los colmillos. Un ronco gruñido de advertencia brotó de su garganta. El lobo padre, alertado, miró a su compañera. Los dos jóvenes también lanzaron un aviso. Luego los cuatro, con los lomos arqueados, las orejas hacia delante y chasqueando los dientes, miraron a la izquierda, donde un enorme oso grizzly macho se había levantado sobre sus cuartos traseros para poder ver mejor a su alrededor. Había olido la carne muerta. Allí estaba en pie, un monstruo de ojos pequeños con las dos peludas zarpas delanteras colgando indolentemente. De no haber sido por el movimiento de su sensible nariz, hubiera parecido estar en actitud de oración. Dado que los lobos se encontraban a cien metros de él, es posible que el oso no los viese, pues, como la del bisonte, su vista era pobre; pero olía la carne y creía saber dónde estaba. Cayendo silenciosamente sobre las cuatro patas se volvió hacia delante con un paso tranquilo que hacía moverse la grasa y el pelaje. Los lobos le observaban acercarse y le advirtieron con gruñidos y chasqueando los dientes mientras arqueaban aún más los lomos. Aunque el grizzly los hubiese visto no se habría detenido. Aquel macho pesaba quinientos kilos y no le tenía miedo a nada de lo que había visto en el mundo, aunque sí, sensatamente, intentaba mantenerse fuera de la vista cuando olía hombres y pólvora. Su único plan era encontrar la carne y comer y luego estirarse para echarse una siesta al calor del sol.

Cuando estaba a veinte metros de los lobos les oyó y su débil vista los captó. Entonces hizo lo que un oso grizzly suele hacer cuando se enfrenta a algo de cuya naturaleza y propósitos no está seguro. Se alzó sobre los cuartos traseros con las zarpas delanteras de nuevo en esa curiosa actitud de oración. Vio a los cuatro lobos que ahora estaban en línea delante de él, con los lomos arqueados, las bocas abiertas y chasqueando los dientes. Olía en ellos la furia animal, pero también olía la carne y estaba demasiado hambriento como para ser prudente. Cuando el oso volvió a posarse y quedó sobre sus cuatro enormes patas, pareció considerar su posición durante unos instantes y luego avanzó; y los cuatro lobos salieron disparados hacia él como relámpagos grises. Si un hombre hubiese estado mirando (y desde el saliente un hombre estaba mirando) no habría podido seguir la increíble velocidad, agilidad y elegancia de aquellos cuatro perros salvajes. En el momento en que el padre pasó como una exhalación por la derecha del oso, lanzó un salvaje mordisco al sensible hocico del animal; y desde el otro lado la madre loba le lanzó otro mordisco; y aunque el grizzly alzó la pata al instante haciendo un barrido, los lobos no sólo estaban ya fuera de su alcance, sino que habían pasado corriendo por detrás de él y, girando, se habían lanzado contra su espalda. La madre y el padre tenían colmillos de cinco centímetros y mandíbulas tan poderosas que podían partir los huesos de la pata de un uapití. Ambos hincaron el hocico en el espeso pelaje y clavaron los dientes en los flancos anteriores; y cuando el oso, asombrado e hirviendo de ira, lanzó unos gruñidos y se levantó torpemente sobre sus cuartos traseros, los dos lobos se quedaron colgando de él con los colmillos hundidos en su cuerpo. Los jóvenes, obedeciendo al conocimiento que se encontraba en lo más profundo de sus instintos, avanzaron en el momento en el que el oso se había levantado y trataron de morder y rasgar, a través del pelaje y la piel, los tendones de las patas traseras. El grizzly estaba cubierto por leonadas furias grises decididas a matarlo.

La mayoría de los osos son, por naturaleza, plácidos, afables y amistosos. Si aquel grizzly tenía alguna capacidad de pensamiento en su pequeño y oscuro cerebro, debía de estar preguntándose por qué lo estaban atacando tan sólo porque quisiera comer. Todos los primeros sonidos que emitió habían sido de asombro y pasmo; luego llegaron las exclamaciones de dolor y furia; y luego, cuando los padres lobo se soltaron de su espalda y se le tiraron hacia los muslos con la intención de partirle los tendones en dos, el grizzly explotó con un rugido de furia que sacudió la montaña y, cayendo de nuevo a cuatro patas, dio rápidamente vueltas y más vueltas, con las garras anteriores barriendo en grandes arcos pero sin llegar a tocar nunca a sus enemigos. Fue entonces cuando los lobos mostraron su portentosa agilidad y osadía. Ninguno de los cuatro, ni siquiera los cachorros, ignoraba que si los alcanzaba la poderosa garra del oso acabarían abiertos en canal. Aun así, se arriesgaban con superlativo coraje. Los cuatro eran maravillas de velocidad y luz; tras lanzarse y atacar, se retiraban velozmente, avanzaban en un instante relampagueante y volvían a atacar. Ni en una sola ocasión se estorbaron unos a otros. Una y otra vez las letales zarpas del oso se quedaban a dos centímetros o menos de rasgar carne de lobo, pero en ningún momento durante la pelea fueron alcanzados por colmillos o garras. El oso se sentía tan aguijoneado, tan enloquecido por la furia y la frustración que lanzó un rugido ensordecedor que fue creciendo hasta que las montañas de alrededor devolvieron el eco. La salvaje pelea continuó durante veinte minutos y ni por un solo instante detuvieron los lobos su centelleante ataque. El pelaje del grizzly era demasiado tupido y su piel demasiado gruesa y dura como para que los lobos pudiesen derribarlo. Además, no hacía más que girarse o ponerse en pie y posarse, sacudirse como un monstruo con un gran abrigo de pieles o de atacar con ambas zarpas delanteras. De vez en cuando los padres lobo se alternaban en su ataque a los flancos o al vientre; y el padre, en un acto de valor supremo, se enfrentó al monstruo y le golpeó y le arañó el sensible hocico. Aquello provocó en el oso un rugido que debió de oírse en kilómetros.

El hombre del saliente estaba deseando que sonase una pieza de gran música en medio de aquella pelea; la tempestad de la Sonata en fa menor o, ¡sí!, el Coro de la Novena.

Tan repentinamente como había empezado, se acabó. El oso había tenido suficiente. Se giró por donde había llegado y se marchó al trote, lloriqueando como un niño al que acaban de darle una zurra. Tras cincuenta metros miró hacia atrás por encima del hombro. Entonces hizo algo que hubiese conmovido cualquier corazón menos el corazón de un lobo: se detuvo, se alzó hasta alcanzar su máxima altura y miró, con sus pequeños ojos negros brillando de asombro mientras le caían gotas rojas del hocico, a sus enemigos que, agotados, seguían gruñendo. Tras unos momentos en que vio poco y no entendió nada, se posó silenciosamente y con su paso cansino subió por la montaña hasta perderse de vista.

En el saliente que había sobre los cuatro lobos, un hombre alto levantó un puño hacia el cielo. ¡Dios Todopoderoso, qué pelea había sido aquella! Cantó unas cuantas notas triunfales con la mayor potencia posible de su voz de barítono y luego interpeló a los cuatro lobos que lo miraban jadeando con las bocas abiertas. «¡Hola, amigos! ¡Está claro que la guerra no es cosa para pisaverdes! ¡Yo os saludo, lobos salvajes de las montañas! Servidor reconoce una buena pelea cuando la ve, y esta ha sido prácticamente la mejor que he visto». A los sofocados lobos que todavía seguían mirándole, les dijo: «¡Eh!», y agitó la mano en su dirección: «¡Adiós, valientes guerreros! ¡Conservad los colmillos afilados y buena suerte!»

Sam sentía una vívida admiración por el gran lobo gris. Lo consideraba el más inteligente de todos los animales salvajes; inteligente para rastrear, para evitar enemigos, incluyendo trampas, y por lealtad para con los suyos. Sabía que se contaban historias de lobos que se habían devorado entre sí cuando estaban medio muertos de hambre, pero ningún trampero tenía prueba alguna de aquello. El animal humano sí era capaz de comerse a los suyos, pero el lobo no. Al contrario, una familia de lobos lucharía hasta la muerte para protegerse unos a otros y eso era más de lo que harían la mayoría de las familias humanas. Ningún otro animal, y sólo algunas aves, lo haría. Le gustaba el modo limpio y letal en que luchaban. Alrededor de las fogatas los tramperos se hacían la pregunta, ¿cuál de los animales de las montañas rocosas era el rey? De vez en cuando alguno argumentaba que era el grizzly, y lo era, comparando ambas bestias; pero Sam ya había visto dos veces cómo unos lobos hacían huir a un grizzly.

Conocía todas las llamadas de los lobos. Algunos hombres decían que había cinco, otros que seis. Sam sólo identificaba cinco. Estaba el agudo y áspero gemido que hacían los padres cuando advertían u ordenaban algo a sus crías; la llamada de caza, un aullido alto y profundo seguido de rápidos ladridos; el estridente y ansioso gañido cuando perseguían a una presa; el anuncio de que la presa había caído, un profundo gruñido que explotaba en la victoriosa garganta y el grito de apareamiento en pleno invierno, que era el estremecedor aullido que se oía en las heladas noches blancas.

Por lo que Sam había entendido, el Todopoderoso había hecho el mundo sólo para los valientes y los fuertes, tanto machos como hembras; y aunque Bill Williams decía que el pecho de una mujer era una dura roca en la que no podía encontrar rastro alguno y aunque algunos de los tramperos estaban de acuerdo con él, Sam pensaba que la hembra, tanto la humana como la animal, tenía sus virtudes especiales. Sobre todo le gustaba el modo en que algunas de ellas eran capaces de luchar hasta la muerte por sus hijos; ¿y qué hembra, se preguntaba, había luchado de modo más magnífico que la madre del Musselshell? No todas las madres luchaban, o ni siquiera la mayoría de ellas. La hembra del bisonte, la torpe y fuerte bestia, se desgañitaría y abriría los ojos como platos, o quizá lanzaría cortos ataques contra los lobos decididos a matar a su cría. Se quedaría atrás con su ternero y luego tendría que decidirse entre abandonarlo o marcharse con la manada. Siempre se iba con la manada. También lo hacía el uapití hembra y, según le habían contado a Sam, la hembra del reno. Eran sólo las hembras de algunos de los devoradores de carne las que de verdad estaban dispuestas a luchar por sus jóvenes.

La loba lucharía hasta la muerte. O las hembras del glotón, el lince rojo, el tejón, la comadreja, el oso, el puma y muchas más.

Todas ellas eran luchadoras natas. Pero para Sam el valor más extraordinario lo mostraban algunas de las hembras de aves, que en realidad no tenían ningún arma con la que luchar. Había visto a una hembra de urogallo volar en la cara de un lobo y tratar de derribarlo con las alas; y al momento había visto a aquella madre hecha pedazos mientras sus emplumados pequeños se dispersaban por la maleza. Había visto a una avoceta extender las alas, abrir su pico absurdamente largo y lanzarse con sus flacuchas patitas contra el enemigo, sólo para morir tan repentinamente como la hembra del urogallo. Había visto a una alondra cornuda con una pata y un ala rotas alejar de su nido a un enemigo, medio andando, rodando y aleteando con la pata y el ala buena. Lo que aquella pobre, lisiada criatura, poco más que un puñado de plumas y aire, creía poder hacer contra un coyote, Sam no podía imaginárselo; ni por qué el Creador había dotado de tal coraje a criaturas que no tenían nada con lo que defenderse. Dios le había dado al águila pescadora el conocimiento de cómo llevar un pez en vuelo de modo que presentase la menor resistencia posible al aire; a la hembra del alcaudón, el conocimiento de cómo extender las alas para proteger a los polluelos de su nido cuando hacía calor; y al gavilán colirrojo la capacidad de ejecutar, en pleno vuelo, una hábil maniobra cuando descendía para atacar, presentando las garras, la cola roja repentinamente replegada sobre la espalda. Pero no le había dado al turpial, uno de sus músicos superlativos, la sensatez para no construir su nido en el suelo, donde cualquier coyote, lince rojo, comadreja o glotón podía encontrarlo con facilidad.

Leer la naturaleza era para Sam como leer la Biblia; en ambas la voluntad del Creador era patente. O al menos eso le había parecido a él desde que había llegado al Oeste; sus experiencias habían recorrido todo el abanico desde las emociones más tiernas a las más salvajes. Un día había visto, desde un saliente, a tres crías de gavilán colirrojo en un nido con una ardilla muerta: una de las crías, no mayor que sus hermanos, pero sí más agresiva, estaba tan decidida a comerse la ardilla entera que cuando los otros dos lucharon por conseguir un bocado, aquella los atacó con las garras y el pico y entonces, agarrando a uno por la cola, le dio la vuelta y lo empujó hacia el borde del nido hasta que se cayó. Una mañana, tumbado al amanecer en una especie de tienda que había montado, observó el maravilloso vuelo de dos golondrinas que pasaban una y otra vez por encima de él mientras miraban el interior para ver si era lugar adecuado para un nido; y otra vez había observado la fascinante danza de apareamiento del urogallo de las artemisas macho. Las aves habían regresado a sus zonas de cortejo, a las que volvían año tras año; y mientras las sencillas hembras buscaban insectos y parecían no interesarse en absoluto por los galanteos, los hermosos machos se pavoneaban dando pasos de baile. El macho daba seis u ocho pasos rápidos y se giraba, con las alas caídas, la cola en punta y abierta completamente, subiendo y bajando la orgullosa cabeza y el pecho inflado de arrogancia. Parecía estar presumiendo de la nívea blancura de las plumas que tenía alrededor del cuello. Mientras bailaba, repitiendo los pasos y el medio giro, las plumas se separaban y pequeñas zonas de su cuerpo, con aspecto de cuero gris, quedaban expuestas; y sus sacos aéreos, que ante el mundo entero eran como dos huevos anidados entre plumón blanco, se inflaban y desinflaban. Cuando se hinchaban los sacos aéreos lanzaba una especie de sonido gorgoteante o burbujeante y levantaba las alas, sosteniéndolas en alto un instante y dejándolas caer luego. Esa parte de su actuación la repetía habitualmente tres veces y luego volvía a comenzar el baile. Los sonidos guturales los lanzaba en series de tres y al final del tercero el macho emitía un sonido agudo semejante al de una flauta que llegaba hasta la hembra más alejada de la zona. Cuando veían bailar y pavonearse a treinta o cuarenta machos, los tramperos lo consideraban el espectáculo más descacharrante que habían visto nunca. Pero ya fuese el colimbo caminando por el agua con ambas patas y las puntas de las alas a toda velocidad mientras lanzaba su estrambótico grito, o el colibrí suspendido en el aire con esas alas que se movían demasiado deprisa para el ojo humano al tiempo que introducía su largo pico en el gaznate de su cría para llenarle el estómago de comida, o ya fuesen el turpial, el pinzón púrpura, el azulejo o el zorzal lanzando al aire dorado sus notas líquidas o el mirlo acuático sumergiéndose cinco metros en el agua para caminar por el fondo de un lago, o las plumas de la cola del zarapito haciendo una música fantástica al caer la tarde, o la cruda sinfonía de la caja de música de cien ranas y sapos, para Sam todo formaba parte de un plan divino y lo amaba. Lo que le hacía más infeliz eran las horas que tenía que dedicarle al sueño en una vida que, en el mejor de los casos, era breve. Creía que posiblemente el Creador les había dado el sueño a sus criaturas para que se despertasen con la mirada de la mañana y descubriesen el mundo de nuevo.

En esas cosas pensaba Sam mientras bajaba por el Musselshell y se acercaba a la cabaña de Kate. Estaba de un humor más sentimental del que era costumbre en él; cabizbajo y meditabundo, habría dicho Bill, de haber podido mirar en el alma de Sam; pues Sam estaba pensando en los huesos del túmulo y llevaba gran cantidad de flores entre los brazos. La primera vez que vio a la mujer estaba a medio camino subiendo por la colina con un cubo de agua; se quedó parado observándola entre sus plantas y sus flores, y sus pensamientos se dirigieron hacia todas las madres salvajes que conocía.

—Hola, Kate —dijo tras alcanzar el patio. Había confiado en que decir su nombre le habría hecho mirarle, pero ella no le prestó ninguna atención. Parecía más delgada, más vieja. Ahora tenía mucho blanco en el pelo y grandes surcos por todo el rostro. Pensó que no debía de tener aún los cuarenta, pero parecía tener ochenta. En lugar de mocasines (él y otros hombres le habían llevado una docena) seguía llevando sus viejos zapatos destrozados atados a los pies con cuerdas de cuero. Su ropa eran trapos de algodón cubiertos de parches. Pero la salvia tenía buen aspecto y las flores parecían sanas y fuertes.

Se preguntó si ella querría montar en su mulo de carga y bajar con él por el río para llegar hasta un barco de vapor, pero sabía que no lo haría. Cuando el cubo estuvo vacío, volvió a bajar por la colina y en el momento en que quedó fuera de la vista, Sam miró dentro de la cabaña. Nada había cambiado. La cama seguía junto a la puerta y cerca de la pared norte había unas pocas cosas incluyendo un puñado de pieles. No vio el rifle, el hacha ni el cuchillo. Ella parecía no saber que en el mundo había enemigos, quizá porque se había hundido tan profundamente en la soledad y la tristeza o había entrado tan completamente en el cielo. Llegaría el momento, supuso, en que se le olvidaría comer o protegerse del frío.

Junto al río se comió un almuerzo frío y lo pasó con agua. De camino había visto algunos bisontes y pensó que debería cazar uno y curar un pedazo de carne. Supuso que debería recoger unas cuantas bayas y secarlas para ella, pues ya era finales de agosto y los guillomos estaban maduros. Antes de llegar allí había recogido sus pieles de donde Bill y había ido a la posta de Bridger para comprar algunas cosas, principalmente a crédito. Hicieron falta muchas pieles, con el azúcar a un dólar la libra, el café a un dólar y cuarto, la tela azul a cuatro dólares el metro y el ron a doce dólares los cinco litros. Había encontrado junto al sendero un barril de veinte litros de ron, escondido por los mormones u otros inmigrantes; esperaba que lo hubiesen dejado los mormones, porque se suponía que no debían beber ron, café ni té. El jabón para lavar estaba a dólar y medio la libra y le había llevado una a Kate. Para su suegro tenía una tetera de latón y para su cuñada llevaba tela azul y roja y cuentas surtidas.

Al día siguiente recogió bayas y las extendió sobre una manta al sol para que se secaran. Mató a un joven bisonte y lo llevó hasta la orilla del río. Luego subió por la colina hasta el túmulo; había quitado una piedra y ahora, tras meter la mano dentro, cogió el cráneo de su esposa y miró a Kate. Ella estaba regando sus flores. «Mi madre planta flores», dijo, con el deseo de hacerla hablar. «Las de usted son igual de bonitas». Se refería a las castillejas, las penstemon y las aster. Tocando el cráneo y tras meter unas flores dentro, retiró el brazo y se dirigió hacia Kate. ¿Querría bajar al río y cenar con él? ¿Quería aprender a curar carne? ¿Le había escrito alguna carta a su gente para que él pudiese enviarla?

Ella tomó su cubo, se giró hacia el camino y Sam la siguió. La observó llenar el cubo en el río y volverse, y la siguió hasta medio camino por la colina. Luego él se volvió para continuar con la tarea de curar la carne. Del lomo apartó filetes para la cena y el desayuno y cortó la carne de los flancos y la paleta. Los trozos los colocó en montones y los cortó; la carne curada no debía tener más de cinco o siete centímetros de ancho y de diez a quince centímetros de largo. Cubrió los plantones verdes que había sobre el fuego con rodajas de carne y montó una segunda y una tercera parrilla. En una fogata más pequeña colocó una parte de sus filetes y los roció con grasa caliente. Pobre criatura, no era mucho más que piel y huesos. ¿Podría conseguir que se comiera un filete y un panecillo caliente? Hubiese dado un año de su vida con tal de llevarle una sonrisa a la cara; hubiese temblado de alegría por conseguir hacerle hablar. Se le hacía la boca agua, le picaban los ojos por el humo de las cuatro hogueras, la ropa de cuero hacía que le picase el cuerpo. ¡Pero tenía por delante un banquete y, oh, qué paradisíaco sería si Lotus estuviese allí!

La tarde se desvaneció, el sol se ocultó y llegó el anochecer, y de la colina le llegó un temible sonido. Al principio Sam pensó que había oído ladrar a un lobo; luego que se trataba del grito de la cría de un bisonte o un uapití bajo los dientes de un lobo. ¡Pero no, Dios no, era la mujer! No podía verla, pero oía su sobrenatural y sobrecogedor lamento, y tuvo una imagen de ella junto a las tumbas, inclinada, los mechones de pelo blanco cayendo sobre su rostro. Tras apagar las hogueras para que la carne no se quemase, Sam cogió su rifle y subió la colina corriendo. Sí, allí estaba, como él se la había imaginado, inclinándose e incorporándose, hundiéndose en lo que parecía ser un profundo estremecimiento e irguiéndose mientras emitía lloros ahogados. Nunca en toda su vida había oído sonidos de tan completa tristeza y pérdida. Hizo que se sintiese débil, furioso e impotente. Tras bajar corriendo de nuevo por la colina para ocuparse de la carne, se quedó entre las hogueras, miraba una y otra vez las parrillas que se apagaban y escuchó. No podía ignorar la idea de que era su presencia lo que había desencadenado aquel amargo lamento salido del dolor y el miedo. Dios mío, ¿creía ella que era un indio? Pensó en aquella tranquila y deliciosa noche en que había tocado para ella y habían cantado juntos, pero ahora su voz era salvaje, penetrante y tan llena de horrores como los que sólo una madre con el corazón destrozado podía sentir. Miró hacia el oeste, donde acechaban los Pies Negros y hacia el sur, donde los Crows lo estaban esperando.

Tras quitar los trozos de carne y cubrir las parrillas con carne cruda, colocó un filete sobre una astilla grande de chopo y subió la colina. La mujer seguía inclinándose e incorporándose. Arrodillándose ante ella, Sam dijo que le había llevado un buen filete caliente, sabiendo que no serviría de nada hablarle; colocó el filete de tal modo que el aroma llegase hasta su nariz. ¿Podía mirarlo, por favor? ¿Se comería al menos un bocado? Sintió el impulso de darle una buena sacudida, pero se le pasó en un instante. Se levantó, mirando a su alrededor y tratando de pensar en algo que hacer. Allí sólo parecía hallarse la presencia de la muerte; el silencioso túmulo estaba lleno de ella, la cabaña y la mujer. Se inclinó y le dijo al oído, suavemente: «Yo también sufro, señora Bowden. Los indios también mataron a mi esposa y a mi hijo; y aquí están, sus huesos, en este montón de rocas. Pero no importa cuánto nos duela, tenemos que seguir viviendo». Se incorporó y miró al cielo, preguntándose qué pensaría el Padre de una mujer como Kate. Sam se puso entonces delante de ella, le colocó el filete en el regazo y le recolocó los brazos. Fue como mover los brazos de un muerto que aún no se había vuelto rígido.

Volvió a las hogueras y trató de comer, pero no tenía apetito. Sobre la colina podía oír a la mujer llorando. El olor del filete caliente estaba subiendo hacia su nariz y estaba llorando, porque no sabía qué era un filete caliente y le tenía miedo a lo que desconocía. Un hombre tenía que oír un lamento como aquel, igual que tenía que escuchar cuando su madre hablaba, o cuando lo hacía el Todopoderoso. Era una de esas cosas profundas y eternas. Sam llenó su pipa y se sentó, con el rifle en el regazo, escuchando y pensando. Le había provocado un miedo terrible a ella; ella sabía que él estaba allí, pero a la vez lo ignoraba, y su lamento era una oración a Dios para que se fuera. ¡Pobrecilla solitaria!, pensó, fumando y cavilando.

Después de haber curado toda la carne, haberla metido en sacos de cuero y apagar los fuegos y atender a sus caballos, se volvió a sentar a fumar. Luego cogió su rifle y su armónica y subió a la colina, se colocó tras el morón donde se había tumbado y tocó. Comenzó, suavemente, con el Ave María; y siguió, tocó una y otra canción, pasando de una música tierna a otra, tratando de hacer que la música sonase como si estuviese en el cielo o llegase de allí; y se emocionó de alegría cuando la oyó cantar. ¡Qué hermoso era! Por él mismo y por los huesos del túmulo tocó algunas canciones que había tocado para Lotus, y cantó para ella; y tocó viejos himnos religiosos, y Corelli y Schubert, suavemente, de modo que la música llegase hasta ella y se desvaneciera, y volviera a ella de nuevo como si el Creador estuviese cerrando las ventanas y enviando a algunos de los músicos a dormir. Después de dos horas se imaginó que si la música se disipaba gradualmente, a ella le parecería bien.

A media noche Kate se calló. De día Sam estaba despierto y el primer ruido que oyó fueron sus pisadas en el sendero. La observó ir al río y volver. El pesado cubo le hacía encorvarse y parecía muy frágil, delgada y vieja. Llevar agua a las flores que crecían sobre las tumbas era, supuso, lo que la gente llamaba un ritual. Parecía ser algo simbólico. Parecía algo más profundo que la mente consciente. Cuando volvió, Sam se levantó y con su rifle y cincuenta kilos de carne curada sobre el hombro, subió la colina mientras ella estaba en el río; y lo primero que buscó fue el filete. Allí estaba, con el aspecto de haberse caído del regazo de la mujer cuando se había incorporado. Se giró y la vio subir por la colina, encorvada, con los hombros aparentemente desencajados. La cara era pálida y demacrada, como por el hambre, la fatiga y la falta de sueño.

Había puesto la carne dentro de la cabaña junto a la cama, donde era imposible que no la viera. Se quedó en aquella zona hasta octubre, cuando cayeron las primeras nieves. Puso estacas nuevas bajo los blancos cráneos que conservaban algunas guedejas de pelo, recogió más frutos silvestres y cazó ciervos en las colinas. Con carne de ciervo y bayas hizo pemmican para ella. Con su vieja pala puso diez centímetros de tierra en el tejado de la cabaña y colocó tierra alrededor de todo el chamizo, hasta la parte superior del primer tronco. Llevó lodo del río y lo usó como argamasa para rellenar las grietas. Cuando no se le ocurrieron más cosas que hacer cargó su caballo y ensilló al bayo, pero incluso entonces se quedó allí de pie, indeciso, mirando hacia la colina. Allí estaba, una vieja madre encorvada, con zapatos rotos y ropa hecha jirones llevando agua a unas flores marchitas por las heladas que ahora no la necesitaban. Inseguro de si volvería a ver a alguien que se había convertido en una parte valiosa de su vida, subió la colina, tirando de sus animales, para echar un vistazo de despedida a todas aquellas cosas familiares. Tomando el rostro de la mujer con sus dos enormes manos, la besó en la frente y en el pelo canoso.

—Adiós —dijo—, la veré pronto.

La volvería a ver mucho antes de lo que creía.