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Esperó escondida detrás de unos matorrales hasta el crepúsculo. Luego salió y se acercó a la nave.
En plena tarde, hubo un soplo de viento tibio y las olas, por un momento, llegaron hasta la blanca playa mucho más enardecidas. Luego las cabezas de las muchachas y de las ancianas se habían levantado y habían vislumbrado el vasto cascarón brillando al fuego del sol.
La condensación del aire detrás de la nave formaba como una nube blanca en forma de cinta.
Después de dos vueltas por encima del poblado, la nave se había posado al borde del agua, de tal manera que los orificios posteriores se mojaron cuando las olas subieron más altas.
El sol escarlata desaparecía en el horizonte marino, coloreando el océano y la playa de una forma casi pavorosa, dibujando sombras cerca de los grandes árboles de largas ramas y ante las primeras casas desiertas.
Súbitamente, sobre la sombría masa de la nave, aparecieron cuadrados de blanca luminaria. En la puntiaguda proa, el mástil, parecido a la antena de un gran insecto, proyectaba un haz de luz sobre la arena.
La nave reposaba ahora en su propia isla luminosa.
Cuando la muchacha estuvo a algunos pasos de la mole se detuvo. Sin duda los hombres que habían descendido no la habían visto todavía. Discutían mirando el océano, y a ella le gustaba el murmullo de sus voces, iguales a las de los hombres del poblado, tan poco numerosos ahora.
Levantó la mirada y vio, por encima de ella, una gran sombra parecida a un ala o a un diente. Primero se estremeció, luego esbozó una sonrisa: era un ala, un ala de metal de la nave. Era lo que ayudaba a transportar aquellos pesos de materia bruta y a los hombres a través del cielo.
Apretó el paso. Tenía conciencia en aquel momento, no de su coraje, sino del miedo de sus compañeras y de algunos hombres del poblado. (Estos últimos habían huido todos.)
Pero les disculpaba el hecho de acordarse demasiado bien de otras naves, unas naves gigantescas que, en lugar de hombres, transportaban horrores lejanos...
—¡Oh! Buenos días...
La muchacha se sobresaltó y buscó al hombre que había hablado entre la sombra, que se había vuelto más espesa. Le oyó respirar cerca de ella y después escuchó sus pasos sobre la arena...
—Buenos... ¡buenos días! —balbuceó temblorosa.
Se sentía muy conmocionada. Pero quería demostrar ante todo, no solamente a aquel hombre, sino también a todos los que le acompañaban, que era de su misma raza y que hablaba la misma lengua.
Hubiera deseado de pronto poder contarlo todo muy deprisa. Que sus antepasados habían llegado a este mundo hacía ya mucho tiempo, en una nave parecida a aquélla, quizás incluso mayor.
—Habláis... ¡habláis como nosotros!
Su felicidad no tenía límites cuando se dio cuenta de que él comenzaba a comprender. La muchacha cogió al hombre de una mano y retrocedió unos pasos, hasta la claridad. El hombre era muy alto y delgado, en nada parecido a los hombres del poblado. Sus cabellos eran muy largos y casi blancos de tan rubios. Le danzaban en bucles sobre la frente. Sin embargo, a ella no le gustaba el traje que llevaba, un vestido negro y ajustado que partía a ras del mentón y no terminaba hasta los talones, encima de unas sandalias metálicas.
Había un nombre escrito en blanco en la parte alta de su pecho.
—¿Te... te llamas Rey-Hiroun? —preguntó.
Él rompió a reír a carcajadas. Ella comprendió en seguida que se había equivocado. Se ruborizó. Un poco por vergüenza y otro poco por enfado.
—No... no. Es el nombre de la máquina, jovencita.
—De la astronave.
Él rió de nuevo.
—¡Oh!, perdón... Yo, yo... me llamo Sway.
—¿Qué es lo que te produce tanta hilaridad, Sway?
—Bueno, creo que todos los humanos se reconocen entre ellos precisamente por una particularidad: tienen siempre un miedo atroz a que se les tome por indígenas.
—Sí, es verdad.
Él rió entonces más fuerte. Pero su risa complació un poco más a la joven.
—Nosotros —dijo el hombre—, amigos venidos del cielo en la gran máquina. Nosotros traer la paz.
La risa de ella se unió a la de él.
—Vaya —dijo una nueva voz grave y fuerte—, observo que se está creando rápidamente un clima acogedor.
Sway se volvió.
—Comandante, ella es... se llama... En fin, ¿cuál es tu nombre?
—Criilje —dijo ella.
—Ella es Criilje. Descendiente de pioneros y ciudadana de Tiego II.
El comandante hizo una profunda reverencia que a ella se le antojó ridícula. Sin embargo, procuró aparentar seriedad por temor a resultar descortés.
—Criilje —dijo el comandante, sin apoyarse demasiado sobre las «íes»—, me complacería que fueras a poner al corriente a los demás respecto a nuestras intenciones. Luego, si los notables están presentes, les pides en nuestro nombre hospitalidad. Sólo por algún tiempo. Estamos de paso y partiremos muy pronto... Demasiado pronto... —añadió, mirando fijamente a Sway.
—Comandante —dijo este último—, ¿puedo proponerme a mí mismo para acompañar a Criilje en delegación?
La noche estaba avanzada, pero Criilje pudo contemplar cómo el comandante dirigía una amplia sonrisa al alto hombre rubio.
—¿Delegación? —dijo—. Estamos aquí de vacaciones, ¿no es verdad?
Sway y Criilje se alejaron de la nave una al lado del otro. Caminaron playa adentro, en dirección al poblado.