[14]

Su serenidad desconcertó a don Lorenzo.

—Apartaos de esa puerta —ordenó— si no queréis morir.

—Tened cuidado —repitió el piloto principal con la mirada fija sobre las almendras que subían y bajaban como las aguas de una fuente—. Don Álvaro ha proclamado el perdón general.

—¡No para estos bellacos! ¡Sólo san Pedro y el diablo podrían salvarlos de nuestra venganza!

Desenvainó la espada y avanzó amenazante.

La puerta se abrió de pronto y afuera se precipitaron tres mujeres, una armada de un cucharón, otra de una escoba y una tercera, medio desnuda, con un garrote en la mano, una especie de mortero que utilizan los nativos para triturar el ñame. Se lanzaron juntas contra la canalla e, insultándolos a voz en cuello, los dispersaron. La espada de don Lorenzo fue lanzada girando por el aire y don Luis ignominiosamente derribado de un hábil golpe aplicado con la mano del mortero. No obstante, tal es la naturaleza de las mujeres, que rompieron a llorar no bien tuvieron asegurada la victoria, retorciéndose las manos y mesándose los cabellos. Hacían duelo por el sargento Gallardo, como honesto caballero, pero también por el alférez, lamentándose amargamente de que el amor lo hubiera perdido: lo cual era la verdad, pues los Barreto compraron la amistad del capitán de artillería con la promesa de matar al amante de su mujer.

El capitán Corzo, en compañía de cuatro hombres, decapitó a los cadáveres y clavó las cabezas en estacas exhibidas a la entrada del cuartel de guardia, para lo cual tenía la venia del general. Don Diego se había refugiado bajo el estandarte real por ser esa la posición que mayor seguridad ofrecía; y ese otro cobarde, el mayor, ansioso por ganarse el crédito de haber asestado un golpe o dos por su rey, se dirigió a la tienda del coronel. Allí encontró a Pacito abrazado al Palmerín y llorando, y al negro, filosóficamente comiéndose el interrumpido desayuno. Desenvainó su espada y atacó con ella al negro, pero éste se defendió con la caldereta y escapó; de modo que fue hacia el paje y le abrió la cabeza de un tajo rebanándole el cuero cabelludo. Al joven hijo de Leona Benitel, que estaba ayudándola a disponer del cadáver del coronel, le hizo lo mismo y luego persiguió a los niños hasta el estandarte, entre cuyos pliegues hallaron santuario. Don Álvaro le agradeció su celo, pero le imploró que les perdonara la vida.

La chalupa se aproximaba ahora desde la nave capitana atestada de marineros, todos armados de un modo u otro. En la cámara del bote venía el vicario, tan belicoso como el que más, con una alabarda herrumbrada en la mano. Bajaron a tierra y el segundo contramaestre, que estaba al mando, exclamó con fervor:

—¡Hemos venido a morir al lado del general!

Don Álvaro les sonrió.

—Bienvenido, honrado Damián; bienvenido, reverendo padre —dijo—. Pero la llama de la rebelión ha sido ya apagada.

—Dios sea alabado por ello —respondió Damián—. No obstante, con la venia de vuestra excelencia, nos quedaremos hasta la vuelta de la partida que ha ido en busca de alimentos.

El capitán Corzo se dirigió remando a la nave capitana para anunciarle nuestra victoria a doña Ysabel. No sin antes conceder importancia heroica a la parte que él había desempeñado en el sometimiento del coronel, volvió con ella y doña Mariana y las escoltó hasta el cuartel de guardia. La aparición de las señoras tuvo un efecto tranquilizador sobre los hombres que, al reconocer la mano de doña Ysabel en los negocios del día, la saludaron con obsequiosas aclamaciones. Don Álvaro les ordenó que apilaran sus armas y se apresuró a recibir sus congratulaciones.

Federico, el más activo de los verdaderos rebeldes, consideró que ese era el momento oportuno para abandonar la espesura en que había estado escondido.

—¡Qué voces, camaradas! —observó como al descuido—. ¿Ha sucedido algo desde que fui a recolectar amarantos?

Como nadie le prestó atención, se filtró entre la multitud y evitó de ese modo el arresto.

Don Álvaro besó entonces la cruz del padre Juan y le pidió que celebrara una misa de acción de gracias en la iglesia, a lo cual él accedió de buen grado. Las tropas desfilaron marchando al son de una música vivaz y alegre. Los demás los seguimos sin orden establecido. Después de la bendición, el buen padre, ignorante de las viles circunstancias en que habían ocurrido las ejecuciones, subió al púlpito y nos rogó que no nos escandalizáramos por la acción de que habíamos sido testigos, pues contribuía a la seguridad y el bienestar de todos.

—Si tu pie derecho te ofende —entonó—, córtatelo; si te ofende tu ojo derecho, arráncatelo; nos lo aconsejó Nuestro Salvador.

Las tropas formaron nuevamente y rompieron filas delante del cuartel de guardia. Luego llevaron los bagajes de las víctimas a los Barreto que se dividieron su contenido con verdadero amor fraternal. Los trabajos no se reanudaron y se les permitió a los hombres que estaban de fagina que erraran ociosos por el campamento hasta la hora de la cena. Don Álvaro se quedó rezando en la iglesia y no se hizo presente para comer con nosotros. En cuanto a mí, no me fue posible tragar un bocado.

* * *

A las dos aproximadamente un vigía que estaba sobre la loma anunció que la vanguardia de la expedición del asistente se aproximaba embarcada en dos canoas. Se requirió la presencia de don Álvaro, que en seguida ordenó que las trompetas llamaran a las tropas a reunión para que los recién llegados no tuvieran noticia de lo ocurrido; también se quitaron de las estacas las tres cabezas y se escondió el estandarte.

Avanzó un sargento y saludó.

—¿Qué hay de nuevo, amigo? —preguntó don Álvaro.

Él respondió:

—Hemos traído tres cerdos de buena calidad, vuestra excelencia, y malas noticias de Malope.

—¿Tres cerdos? Eso no es mucho... Pero ¿qué es de Malope?

—Ha muerto.

—¡No, no! ¡No puede ser! Oh, padre Juan ¿habéis oído esas palabras? Y vos teníais tantas esperanzas de que se convirtiera. ¡Ay, pobre alma, tan pronto llamada a su Creador!

—Pronto, por cierto, vuestra excelencia —dijo el sargento con voz lúgubre—. Uno de los nuestros lo mató.

—¡Oh, Dios nos asista! ¿Quién fue el desdichado? ¿Quién se atrevió a cometer acto tan inmundo...?

La emoción le impidió continuar.

—Fue Sebastián Lejía. Llegamos a la aldea, donde Malope nos invitó a cenar en la casa de asambleas. Nos sentamos en fila y se nos sirvió la comida mientras el asistente y el hijo de Malope planeaban una incursión en el islote del Huerto. Estábamos riendo y conversando en perfecta armonía, cuando, sin previa advertencia, Sebastián se puso en pie, puso el cañón de su arma sobre la tetilla derecha de Malope y disparó. Cayó hacia atrás gorgoteando, y Salvador Alemán puso fin a su agonía hendiéndole el cráneo con un hacha.

—¡Ay, la culpa ha sido mía! —sollozó don Álvaro—. Debí haber hecho volver a la partida mientras tuve oportunidad de hacerlo. ¿Qué sucedió entonces?

—Los salvajes aullaron y se dieron a la huida. Juan de Buitrago desenvainó la espada y amenazó a Sebastián quien, desafiante, recargó su arcabuz.

»—¡Esa fue la obra de un demonio, no de un hombre! —le gritó el alférez, pero él respondió con audacia:

»—Hice bien en matar al infiel. No era digno de confianza; sólo ayer el piloto principal se vio obligado a amenazarlo con una daga. ¿Quién más tiene deseos de morir?

»No obstante, el capitán Diego de Vera lo hizo desarmar y atar, y lo puso en una canoa bajo custodia; mis hombres lo traen ahora aquí.

Don Álvaro se dejó caer sentado sobre un tambor.

—¡Ahora estamos totalmente perdidos! —musitó. Era una frase que con frecuencia tenía en los labios. Pero esta vez sepultó la cabeza en las manos y se meció de lado a lado.

Cuando Sebastián llegó, con aspecto de perro apaleado, fue enviado al cuartel de guardia y puesto en el cepo. El grueso de los miembros de la partida se dirigía ahora dispersado al arsenal a guardar sus armas, como de costumbre; pero el general les había dado orden a don Luis y a algunos marineros que se escondieran tras la puerta trasera; debían maniatarlos y amordazarlos de a uno a medida que fueran saliendo. Eso se hizo de modo expeditivo y en silencio. También el asistente y el sargento Andrada, que venían detrás, fueron desarmados, y don Álvaro los hizo poner en el cepo junto a Sebastián. Ellos miraron a su alrededor asombrados, sin saber qué pensar, hasta que vieron a Pacito, que se palpaba la cabeza herida en un rincón, maniatado a un poste. Cuando le preguntaron con la mirada qué había sucedido, él se pasó un dedo por la garganta y volvió a echarse a llorar; lo cual les produjo suma aprensión.

Luego volvió el sobrino del coronel en compañía del alférez real; pero a ninguno de los dos se les molestó. Doña Mariana había rogado por la vida de su amante y el padre Juan por la de don Toribio, que estaba emparentado con el obispo de Lima por parte de madre.

—He aquí por lo menos dos fieles servidores del rey —anunció don Álvaro levantándose débilmente de su asiento.

* * *

La retaguardia llegó al mando de Juan de Buitrago, y también ellos fueron dominados al salir del arsenal, pero don Lorenzo hizo maniatar al alférez y lo hizo avanzar entre cuatro arcabuceros hasta la garita del centinela, al otro lado del campamento.

—¿Por qué me tratáis de este modo? —preguntó indignado.

—El coronel ha muerto y el general ha concedido el perdón general a sus secuaces —replicó don Lorenzo.

—Entonces ¿por qué maniatarme?

—Vuestros enemigos han jurado mataros. De este modo estáis seguro bajo custodia.

La joven esposa del alférez, ya encinta, había estado llorando en silencio durante horas, y ahora corría profiriendo alaridos tras él entre las chozas y las malezas hasta caer desmayada.

—¿Era ésa doña Luisa? —preguntó el alférez con angustia—. Que alguien vaya a decirle que no me sucederá ningún mal.

—Esperad tras este árbol y yo mismo iré —respondió don Lorenzo—. Disparadle si se mueve —ordenó a la escolta.

Luego fue a casa del coronel donde se oía rezar al padre Antonio por las almas de los muertos; su voz era jadeante, como si estuviera luchando.

—Se os necesita —anunció con brusquedad don Lorenzo al entrar—. Y es mejor que vengáis sin vacilar.

El padre Antonio siguió de rodillas. Leyendo intenciones asesinas en la cara orgullosa y enrojecida del otro, respondió:

—¿Y si me niego a vadear este lodoso río, hijo mío?

—Pues entonces, os arrastraré en él por vuestra falda.

—¡Capitán Barreto, puesto que no me llamáis padre, no puedo llamaros hijo, recordad que soy un sacerdote! En nombre del único Dios, os suplico que no suméis el sacrilegio al asesinato...

—¡Venid conmigo, os digo!

Una cara negra atisbo por la ventana. Era Myn, que se había aprovechado de los disturbios para ir furtivo en busca de botín.

—¡Myn, hijo mío —gritó el padre Antonio—, si eres buen católico, ven en mi ayuda!

Don Lorenzo no llevó adelante su juego cruel. Antes que el negro entrara, dijo humildemente:

—No tenía intención de haceros violencia, padre. Pero, os lo ruego, venid conmigo a confesar a un hombre que está a punto de morir. Por mi honor, eso es todo lo que se os pide.

—¿Por Vuestro honor? —preguntó invistiendo las palabras con galas de desprecio. Luego se puso en pie, se lavó las manos apresuradamente, se vistió, tomó lo que necesitaba del baúl que le servía de sacristía, y siguió a don Lorenzo.

—Quédate a mi lado, Myn —dijo—, y protégeme.

Myn se echó al hombro el hacha obedientemente y los dos avanzaron juntos.

El capellán encontró a don Juan que reía y bromeaba con su guardián.

—Me alegro de encontraros, padre —dijo—. Ahora sabré lo que ha sucedido durante nuestra ausencia. Estos hombres parecen tener miedo de abrir la boca.

El padre Antonio replicó:

—Se han cometido asesinatos, hijo mío. El coronel fue cobardemente apuñalado... en presencia de don Álvaro.

El alférez se esforzó por persignarse, pero sus manillas se lo estorbaron. Dijo con profunda pena:

—¡Dios perdone sus errores, que fueron muchos, por final tan cruel, que fue inmerecido!

—Y la familia del general persiguió y asesinó a Tomás de Ampuero.

—Debieron de haberlo sorprendido solo y desarmado.

El buen padre no respondió.

—¿Y qué más, padre?

—Ahora, hijo mío, intentan mataros a vos.

—Sí, esa fue siempre su intención. Saben que los tengo en menos que a tres sabandijas en el muro del retrete de un burdel.

El padre Antonio lo reprobó:

—¡Chitón, hombre! Este es el fin de las querellas: he sido convocado para confesaros. Habréis de morir en seguida.

—¿A pesar del perdón del general?

—Eso de nada le sirvió a don Tomás. ¿Estáis preparado?

—A confesarme con vos, reverendo padre.

—Hijo querido, si deseáis la absolución y la vida eterna, os imploro que no calléis nada. ¡Repetid conmigo el Confíteor!

El alférez se arrodilló obediente y, cuando lo hubo hecho, musitó:

—Padre, me acuso de haber cometido pecados carnales...

—Capitán Barreto —dijo el capellán—, por favor haced que vuestros guardias se alejen a una distancia prudente... Ahora proseguid, hijo mío.

Cuando el alférez hubo terminado, se oyó que el padre Antonio dijo:

—¡Esos son pecados muy graves, hijo mío! ¿Tenéis aún otros que os remuerdan la conciencia?

—Sólo uno, padre —respondió alzando la voz—. Un pecado que, aunque pareció trivial en el momento, ha tenido una más grave secuencia de males que todos los otros juntos. En El Callao, dos días antes de hacernos a la mar, junto al palo mayor con don Andrés y el contramaestre...

—¡No digáis más! —dijo el capellán—. Oí de lejos vuestras palabras y fui testigo de su secuela. No fuisteis el primero involucrado en esa maligna historia: hace treinta años, cuando estaba al servicio del duque de Alba, la misma huérfana ciega se alojaba en Bruselas, sobre la tienda de un orfebre, y no me cabe duda que ya practicaba sus trucos desde mucho antes en la antigua Roma, y en Nínive y Sodoma. Venid ahora, hijo querido, haced acto de contrición...

Le dio la absolución y le administró el sacramento.

El alférez, con espíritu maravillosamente fortalecido, le pidió al sacerdote que consolara a su viuda. Sus últimas palabras fueron:

—Que el negro sea quien me ejecute. No quiero que este crimen pese sobre la conciencia de mis propios arcabuceros.

A una señal del capellán, Myn avanzó rápidamente y, antes que don Lorenzo pudiera intervenir, se abalanzó sobre don Juan y lo decapitó con dos seguros golpes de hacha.

* * *

En el cuartel de guardia el general esperaba impaciente; no sabía por qué se demoraba tanto don Lorenzo.

—Os ruego perdón por la tardanza, vuestra excelencia —dijo al llegar apresurado—. ¿Cuál de estos tres traidores ha de ser juzgado el primero? ¿Será el asistente?

—¿Y por qué no? —gritó el mayor—. Traeré al infame ante vos de todo corazón.

Se precipitó hacia el cuartel de guardia y sacó de allí arrastrado al capitán Diego de Vera como un matarife lo haría con un carnero.

Don Álvaro miró a su alrededor dubitativo.

—¿Qué decís, amigos? ¿Será la muerte o el perdón?

Después del coronel, el asistente había sido el oficial más querido del campamento, y las palabras «¡Perdón, que sea el perdón!» se murmuraron de manera tal entre las filas, que los Barreto no se atrevieron a exigir la pena extrema. Se le ordenó arrodillarse y que jurara fidelidad al general, después de lo cual se le devolvió la espada y fue puesto en libertad.

Fue llevado a juicio el sargento Andrada. Sabía que don Álvaro lo abominaba desde que se jactara de haber matado a más indios que nadie en Santa Cristina y, por tanto, no tenía esperanzas de clemencia.

—¡A vuestro servicio, mi general! —dijo—. Si esta cabeza ha de caer ¡que sea de prisa!

El mayor, cogiéndolo de un brazo, quiso llevarlo rápidamente al encuentro de los ejecutores, pero Pedro Fernández, que lo cogió del otro, lo impidió.

—¿Por qué esta prisa indecente? —protestó—. Por amor de la Virgen —protestó—. Por amor de la Virgen, ¡que el sargento sea juzgado con justicia!

Don Álvaro se alejó para evitar que se le pidiera clemencia, pero doña Ysabel, deseosa de ganarse la gratitud de Pedro Fernández, fue tras él y lo persuadió de que cediera.

El sargento cayó de rodillas y se le permitió prestar el juramento; pero, al ponerse en pie, vio a don Diego con el bastón cargado del coronel en una mano y una alabarda en la otra en la que estaba clavada la cabeza tajada y pálida del coronel. Se cubrió los ojos para esconder las lágrimas que le brotaron y exclamó:

—¡Ay, noble viejo! ¿Es este el fin de tu prolongado y fiel servicio a Su Majestad? ¡Dulce Jesús, qué real recompensa! ¡La muerte de un hombre vil y tus cabellos grises colgando desde lo alto de una estaca!

—¡Bien hablado, por Dios! —explotó el sobrino del coronel, incapaz de contenerse—. ¡Todo el que conserve una chispa de honor en el pecho o de piedad en las entrañas, no podrá sino llorar con vos!

—¡Silencio, caballero! —gritó don Álvaro—. ¿No tenéis consideración con los que intercedieron por vos?

—Se lo agradezco sinceramente —dijo—. ¡Pero también agradezco al hombre que se atrevió a dar voz a lo que está en todos los corazones!

Se volvió para abrazar al sargento que se deshacía en lágrimas, y las tropas les consagraron un acallado aplauso.

* * *

Sebastián Lejía, todavía en el cepo, convenció a uno de sus guardias de que fuera en busca del piloto principal; éste acudió de inmediato y le preguntó qué quería.

—Me dicen, su señoría, que salvasteis la vida del sargento Andrada. ¡Por amor de Dios, haced lo mismo por mí!

—¿Por qué habría de ponerme de vuestra parte? A sangre fría asesinasteis a nuestro noble benefactor, como a sangre fría asesinasteis al hombre que nadaba con su hijo en La Magdalena.

—En ambos casos no hice sino lo que se me mandaba, su señoría. Entonces fue el coronel quien me dio la orden; ahora, una persona que tenéis en la más alta estima; pero no me preguntéis su nombre. Y juro a vuestra señoría, por el dulce Jesús que a todos nos redimió, que mi inmerecida muerte acarreará en su estela una docena más... La señora del general os agradecerá vuestros buenos servicios —gimió—. Sólo ayer me dio permiso para desposar a su sirvienta Pancha.

Pedro Fernández estaba lejos de sospechar el demoníaco trato entre doña Ysabel y Sebastián: Pancha sería la recompensa por el asesinato de Malope. Yo mismo no sospeché en seguida la parte desempeñada por ella en este crimen infame, aunque tenía conocimiento de su arte para el engaño y la traición, pues parecía ir en contra de sus intereses.

Sebastián fue librado del cepo junto con Salvador Alemán y los dos fueron llevados ante don Álvaro. A Salvador se le concedió el perdón cuando declaró que el mismo golpe de gracia le habría asestado a un camarada para poner fin a su agonía. Sebastián se mantuvo en silencio. El mismo general luego lo asió por el cuello.

—He aquí al más vil asesino de nuestra era —dijo—. Un hombre que, sin advertencia alguna, instigado por el diablo, quebró el generoso pecho de nuestro aliado Malope. ¿Hay hombre tan desvergonzado que ose pedir clemencia para él? ¡Seréis ahorcado, villano!

El piloto principal se quitó el gorro.

—Vuestra excelencia —dijo—, os ruego no ofrecer ya otras víctimas al altar de la justicia. El coronel ya no existe y los que por él se han extraviado han vuelto a la obediencia. Este hombre ha actuado bajo órdenes; sería injusto colgar al perro y dejar escapar al amo.

Suponía que era don Lorenzo el que había instado el crimen, porque con frecuencia se lo había oído decir que deberíamos librar una guerra indiscriminada contra todos los nativos y arrebatarles la isla por la fuerza de las armas.

Don Álvaro debió de haber adivinado lo que tenía en mente. Soltó al prisionero y protestó malhumorado:

—Está muy bien mostrarse clemente, amigo. Pero ¿cómo he de vengar el asesinato de Malope, si le perdono la vida a este hombre?

—Ya se ha derramado bastante sangre —respondió Pedro Fernández— y vuestra excelencia debe recordar que ahora somos muy pocos. Enviad las cabezas del alférez y del sargento a la aldea de Malope, como si fueran las de los asesinos. Los salvajes no tendrán cómo averiguarlo.

El general miró a don Lorenzo, quien dijo sin vacilar:

—El piloto principal tiene razón. Este hombre debió de haber recibido órdenes de Juan de Buitrago, que ya ha pagado por el crimen.

Entonces, cedió, pero le pidió al piloto principal que se llevara a Sebastián de su vista, antes de que se arrepintiera de su clemencia; y, después de haber dicho esto, cayó desmayado sin más. Lo realizado por él aquel día me recordaba un cabo de vela, que resplandece de pronto luminosa como nunca, antes de la extinción definitiva.

Mientras doña Mariana y yo tratábamos de reanimarlo, Pedro Fernández llamó a cuatro marineros y envió a Sebastián a la nave capitana, donde lo hizo confinar en el castillo de proa, sometido a una dieta de pan y agua. La tripulación, que todavía se deleitaba con los alimentos que Malope nos había procurado, manifestó su indignación ante el crimen.

Esa noche echaron sal en el cántaro del agua que le estaba reservada y le dieron de comer cáscaras de almendras. Tampoco le permitieron dormir, sino que, atizándole de continuo, le gritaban:

—¿Por qué mataste a Malope, demonio? ¡Deberías ser ahorcado, arrastrado y descuartizado!

Era un nuevo placer para los marineros tener a un soldado en su poder, especialmente a uno que siempre los había mirado con desprecio.

A la mañana siguiente Sebastián mandó llamar a Pancha, que en seguida apareció a la puerta. El rostro de él se iluminó y le dijo:

—Querida, el mismo día en que quede en libertad te desposaré; tengo el consentimiento de doña Ysabel.

Pero cuando ella lo escupió y abrazó amorosamente por el cuello al carcelero que había sido su principal torturador, y le permitió que le acariciara los pechos, volvióse de cara a la pared y sollozó.