18 TESTAMENTO Y MUERTE
El testamento
El 7 de marzo de 1594 firma Felipe II en Madrid su testamento, que sin duda meditó profundamente, aunque muchas de sus cláusulas no hacían sino repetir, y en ocasiones al pie de la letra, las insertas en el de su padre, Carlos V.
Porque, en efecto, otra vez salta el recuerdo paterno. Podría parecer que las circunstancias personales eran muy otras. Y, de hecho, se aprecian no pocas diferencias. En primer lugar, Carlos V había compuesto el suyo en Bruselas a los cincuenta y cuatro años, pero tan envejecido ya, que apenas si puede abrir las credenciales que le presentan los embajadores. A esa edad, cuando corría el año 1581, Felipe II se hallaba feliz en Lisboa, con el único lamento de tener lejos a sus hijas, sus florestas de Aranjuez, su caza de El Pardo y los muros de El Escorial; pero, por lo demás, venturoso por haber terminado con fortuna la empresa de Portugal. Tan radiante, que incluso decide quitarse el luto por su cuarta esposa, Ana de Austria, y mostrarse con sus mejores ropajes, galano y cortesano, para deslumbrar a su sobrina Margarita, a la que desea convertir en su quinta esposa.
Trece años después, ese panorama, tanto el personal e íntimo como el político, ha cambiado notoriamente. En 1594, el Rey tiene ya sesenta y siete años y su salud deja mucho que desear, cada vez con un cuerpo más dolorido, atenazado por la gota. Y en cuanto a la situación política, el país vive el clima de pesadumbre, fruto del desastre de la Armada Invencible y de la irreductible rebelión de los Países Bajos, junto con las malas nuevas que llegan de Francia, así como de las audaces incursiones de los corsarios ingleses en las Indias Occidentales. Todo ello tiene acongojado al Rey. Y ello sin olvidar que cada vez se está degradando más la situación interna, con un reino donde la miseria crece por momentos, donde las cargas fiscales se hacen insufribles y en donde el affaire de Antonio Pérez, con el fracaso de la justicia regia, ha dejado un profundo malestar.
De ese modo, y en ese ambiente, el Rey comprende que se acerca el relevo. En otras palabras: se impone hacer testamento.
Diríase que no es ajeno a ello su amado retiro de El Escorial, con las ya habituales jornadas en que se traslada al monasterio. Es, en verdad, un retiro propicio para las últimas reflexiones, para esa meditatio mortis, a que tanto se prestan los muros escurialenses, su basílica, su convento, sus recónditas habitaciones personales y hasta la propia severa e imponente Naturaleza que lo rodea y que hace más de diez años que el Rey disfruta a su sabor, desde que, el 13 de septiembre de 1584, y en su presencia, se ha colocado la última piedra.
Pues la devoción del Rey, esa condición de monarca devoto que tanto hemos destacado en el hombre de El Escorial, es también una de las primeras notas que afloran en el Testamento regio.
El Rey se nos presenta desde el principio con todos sus títulos y añade al punto un compendio de la más ortodoxa de las doctrinas cristianas. Diríase que no está ajeno a ello la mano de su confesor, fray Diego de Yepes, que conoce bien el sentir de su soberano y su gusto por las frases que más parecen de un teólogo que quiere defender su doctrina, en una época de tan fuertes debates religiosos, que de un creyente normal y corriente, que trata sin más de poner en orden sus cosas y de aparejarse para bien morir:
Conosciendo cómo, según doctrina del apostol San Pablo, después del pecado está estatuido por la Divina Providencia que todos los hombres mueran en su castigo…
Eso sí, como si se tratara de un presentimiento, el teólogo hará decir al Rey:
… cuando la esperamos [la muerte] con debido aparejo de vida y la sufrimos con paciencia…
Pues se trata, eso está claro, de un primer paso que prepare una buena muerte que asegure la vida eterna. Y eso se dirá en seguida:
… ayudado por el divino favor a que sea tal[1439] que consiga bien morir…
Al punto vendrá la inevitable referencia al demonio, ese tremendo personaje de nuestro barroco:
… sin que tentación alguna, ni ilusión del demonio, enemigo del género humano…
Pero ¿cómo defenderse del demonio? ¿Cómo hurtar su embestida, escapar a su acoso, librarse de sus trampas sutiles, contra las que tan poco puede la natural flaqueza humana? Acudiendo al amparo de toda la corte celestial. Sólo en ella confiará el Rey. De entrada, por supuesto, la Virgen María:
… suplico a la gloriosísima y purísima Virgen y Madre de Dios, adbogada de los pecadores y mía, que en la hora de mi muerte, no me desampare…
Es una redacción propia de un teólogo meticuloso, más que de un rey.
Y un teólogo deseoso de marcar las diferencias con los protestantes, en aquella época de la Contrarreforma. Nada de cristocentrismo. De forma que a continuación vendrá la referencia a los ángeles y arcángeles (el de la Guarda y san Miguel y san Gabriel) «… y todos los otros ángeles del Cielo…».
A lo que seguirá la larga relación de aquellos santos más venerados por el Rey, y uno al menos de su confesor: san Juan Bautista, san Pedro, san Pablo, Santiago, san Andrés, san Juan Evangelista, san Felipe, san Lorenzo, san Jorge, san Jerónimo, san Benito, san Bernardo, santo Domingo, san Francisco y san Diego, para terminar con las dos santas más destacadas: santa Ana (la madre de la Virgen) y la Magdalena.
Aquí se pueden observar varias categorías de santos, empezando por siete de los apóstoles (y entre ellos, naturalmente, san Felipe), para terminar con los fundadores de las grandes Ordenes, desde san Benito hasta san Francisco. No podía faltar, claro, san Lorenzo, olvido impensable en el fundador de El Escorial. Y hace pensar en que la inclusión de san Diego sea obra directa del confesor del Rey, que ya hemos indicado que lo era entonces fray Diego de Yepes, sin olvidar que lo había sido antes otro Diego, con una fuerte influencia sobre el Rey durante más de veinte años: fray Diego de Chaves.
Una larga nómina santoral. Pero todo parece poco para ese socorro que se pide, casi con angustia:
… para que mi ánima, por su intercesión y méritos de la pasión de Jesucristo, nuestro Señor, sea colocada en la gloria…
Por supuesto que en términos similares se expresan los testamentos de sus antecesores, como Isabel la Católica y el propio Carlos V. Pero se observan algunas diferencias reveladoras: en el de Isabel la Católica toda esa relación de santos está hecha con sin igual armonía y la inspiración personal de la Reina se manifiesta con claridad, como cuando se refiere a san Juan Evangelista («al cual yo tengo por mi abogado special en esta presente via, e así lo espero tener en la hora de mi muerte e en aquel muy terrible juicio e estrecha examinación e más terrible contra los poderosos, cuando mi ánima será presentada ante la silla e trono real del Juez soberano…»).
Y en cuanto a Carlos V, su alma de soldado pedía otra concisión, algo más escueto. De entrada, comienza implorando directamente a Dios, no a los santos («… encomendamos nuestra ánima a Dios todopoderoso…»). La referencia a la Virgen María y a los santos vendrá después, pero con otros límites: junto al arcángel san Miguel, sólo siete santos (entre ellos, claro, san Carlos) y tres santas. E inmediatamente, sin más circunloquios, sus disposiciones testamentarias. En suma, lo que en el Testamento de Carlos V supone veinte líneas, pasa a ser más del doble en el de Felipe II, con cuarenta y nueve renglones.
En el Testamento de Felipe II pronto se echa de ver el carácter del Rey, y si lo seguimos comparando con el de su padre, aparecen las notas de más reflexivo, más detallista, más burócrata incluso. Así, el Testamento se dividirá en una serie de cláusulas (49), ordenadamente enumeradas y agrupadas en cuatro cuerpos: el primero, el religioso, destinado a asegurar la salvación del alma: limosnas, pago de deudas, mandas pías; el segundo, tocante al magno problema de Estado de la sucesión, con las explícitas recomendaciones al Príncipe heredero para el buen gobierno de la Monarquía; el tercero, referido a la política exterior, y el cuarto, ceñido ya a varios aspectos tan propios de la personalidad de Felipe II, como todo lo que atañía a su fundación de El Escorial, o su particular devoción de las reliquias. Cuatro apartados distintos, pues, aunque evidentemente relacionados estrechamente entre sí, y que nos aportan otras cuatro pistas sobre la personalidad del Rey.
En relación al primero, el dedicado al aspecto religioso de su propia salvación, es con mucho el más amplio, con 19 cláusulas; las dedicadas al enterramiento, al pago de las deudas, a las misas, a las limosnas y al recuerdo a los criados regios, empezando por los capellanes de la real capilla. Con todo lo cual, el Rey buscaba asegurar «… la eterna felicidad…».
Cuando fija los términos precisos de su enterramiento, en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, recuerda a sus padres, y torna a indicar que llevar allí sus restos era uno de los fines principales que le habían movido a su fundación monástica:
… para poner en él los cuerpos del emperador don Carlos, mi señor y padre, y de la emperatriz doña Isabel, mi señora y madre…
Tras lo cual, viene ya el asegurar el pago de sus deudas, algo que tiene preocupado el ánimo regio, como si se tratara de un tema mal resuelto, de forma que ordena que se pagaren incluso aquellas deudas sobre las que hubiere dudas:
… yendo antes contra mi hazienda que contra mi conciencia…
Cuestión que nos parece novedosa, al menos si la confrontamos con lo que en esos casos se señala en el Testamento paterno. Por supuesto, esa ansia por dejar resuelta la cuestión de las deudas está vinculada al afán de la salvación. No se trata tanto de reparar injusticias o del temor al qué dirán, sino llana y simplemente del problema de la salvación, y así se razona por el Rey en el resto de la cláusula:
… yendo antes contra mi hazienda que contra mi conciencia, de manera que mi alma sea descargada y no pene, por no serles pagado con diligencia…
Por lo tanto, hay que asegurar por todos los medios la salvación del alma, no dejar ningún cabo suelto que arruine el gran negocio, que eche a perder la gran partida. Hay que echar mano de todos los recursos, sin olvidar ninguno, empezando porque toda la gente de la Iglesia, clérigos y religiosos, del lugar donde falleciere, digan misa por él, y en particular en el monasterio de San Lorenzo el día que le enterraren y durante los nueve días siguientes.
Y aun así, eso no parece suficiente. Hay que dejar ordenado que se digan más misas por su alma: ¿Cien? ¿Doscientas? ¿Mil? Nada de eso. El Rey es el rey. El Emperador había ordenado 30 000, y el hijo no querrá ser menos, copiando aquí, ce por be, el Testamento paterno. La reina Isabel había encargado 20 000 misas por la salvación de su alma[1440]; sin duda, los Austrias mayores querrán mostrar que también aquí era mayor su grandeza.
La oración, pues, la plegaria de los hombres de la Iglesia para la salvación del alma del Rey. Pero también la de la gente menesterosa, de la cual Felipe II recuerda tres géneros: los pobres, las doncellas humildes, que tuvieran necesidad de dote para casarse, y los cautivos en la guerra contra el infiel.
Aquí, la comparación con el Testamento de su padre, Carlos V, no deja de ser significativa. El Emperador había asignado 10 000 ducados de limosna «para pobres envergozantes»; esto es, no para los pordioseros, sino para los que finaban de hambre antes de pasar por la vergüenza de pedir. Felipe II, en cambio, no establecerá distingos, aludirá sólo a los pobres, sin más, y reducirá notoriamente la limosna. Sólo mandaría «… que se vistan çien pobres…».
Y aunque se dejaba a criterio de los testamentarios regios la forma de hacerlo («y el vestido sea qual a mis testamentarios paresciere»), de suyo se comprendía que la suma no podía pasar de los cincuenta o sesenta ducados, máxime que incluso podía hacerse con ropa vieja, como lo hizo Lázaro después de sus buenas ganancias como aguador, tal como nos indica el anónimo autor del Lazarillo de Tormes; lo cual se corresponde con los relatos y los grabados del tiempo, con tanta mísera gente vistiendo harapos, cuando no enseñando las carnes.
Mantiene el Rey aquellos 10 000 ducados de limosna dejados por Carlos V para dotes de doncellas pobres, en especial las huérfanas de buena fama, pero añadiendo:
… y aviéndolas desta calidad hijas de criados míos, quiero que se prefieran a las otras…
Aún resulta más asombroso que aumente tan notoriamente la cantidad asignada para los cautivos, pasando de los 10 000 ducados asignados por Carlos V a 30 000. Eso sí, cambiará el texto, pues si Carlos V podía referirse —y, de hecho, se refería— a sus compañeros de armas («prefiriendo los que ovieren sido captivos en armadas nuestras donde nos ayamos hallado presente…»), conforme a su ejecutoria de soldado, Felipe II sólo puede aludir al drama del cautivo; eso sí, con preferencia a los que padecieren cautiverio en la lejana Constantinopla, «… que suelen tener menos quien haga por ellos…»[1441].
En conjunto, los 30 000 ducados de lismosnas ordenados por el Emperador se convierten en 40 000, aparte la vestimenta de aquellos cien pobres ordenada por Felipe II. Por lo tanto, un aumento notorio, como si todo pareciera poco para los méritos que debían hacerse de cara al gran juicio divino. ¿Estamos ante una muestra de inseguridad? En todo caso, esa seguridad a la que aluden la mayoría de los biógrafos del Rey, a la hora de su muerte, no queda muy clara cuando le vemos firmar su Testamento en 1594. Acaso porque entonces, cuando tantas adversidades brotaban por todas partes, eso se tomara como otros tantos signos de la cólera divina, y todo parezca poco para calmar su ira. Y así, las peticiones de ayuda hechas por el Rey para ser perdonado y para que su alma quedara libre de pena siguen aumentando. No le bastan ni las 30 000 misas, ni los 40 000 ducados largos de limosnas para pobres, huérfanas y cautivos, ni el escrupuloso pago de sus deudas y de los salarios incumplidos con sus criados, «para que mi ánima quede descargada»[1442], ni remediar todos los daños cometidos por su pasión por la caza, en perjuicio de los campesinos comarcanos a sus cotos[1443]. Todavía tratará de conseguir más intersecciones, como al donar sendas lámparas de plata a la iglesia de Santiago de Compostela y al monasterio de Montserrat, «… para que ardan siempre por mi ánima…»[1444].
Aún quedaría el supremo recurso: alcanzar un jubileo e indulgencia plenaria, a impetrar por sus testamentarios en Roma, para que todo surtiera mayor efecto.
Por decirlo con sus propias palabras:
… para que las misas que se dixeren y limosnas que se dieren sean más aceptas a Dios y de mayor utilidad para la salvación de mi ánima[1445]…
Evidentemente, el Rey ya no es aquí tanto el rey como el pecador. No manda, ordena o dispone, sino que indica, sugiere, pide. Tiene a su lado, sin duda, a su confesor. El Testamento de su padre, Carlos V, le sirve de pauta, y posiblemente también el de Isabel la Católica, que se le aparecía como una soberana llena de virtudes, que aunaba el profundo sentido religioso y la moral más estricta con la clara visión de Estado.
Ahora bien, como todo aquello (el pago de sus deudas, las misas, las limosnas y ofrendas). suponía un fuerte desembolso, el Rey ordena la venta de sus bienes. Y como sabe de sobra que eso no bastaría, manda también que se librasen tantas rentas de la Corona como fuere preciso; eso sí, de las que disfrutaba en España, como si aquí también quisiera dejar señalado en dónde tiene depositada su mayor confianza. Y así ordena que aquello se librase:
… en rentas de mis Reinos y señoríos de España que basten para lo susodicho[1446]…
Unas rentas de España que se concretaban —siguiendo aquí Felipe II las huellas de su padre, Carlos V— en las obtenidas de las tres Ordenes Militares castellanas, Santiago, Alcántara y Calatrava. Con lo cual marcaba una vez más sus vinculaciones con la Corona de Castilla[1447].
En cambio, donde vemos una notoria singularidad filipina es en todo lo que hace referencia a uno de sus tesoros más apreciados por el Rey Prudente: las reliquias. Nada semejante encontramos en el Testamento carolino. Curiosamente, Felipe II empieza por recordar algunas heredadas de su padre: las contenidas en una flor de lis de oro donde había «muchas reliquias», y un lignurn crucis. Y ordena que se mantuvieran para siempre en el patrimonio regio:
… quiero y es mi voluntad que no se puedan vender ni enagenar por ninguna causa[1448]…
Es evidente que con esa veneración por las reliquias Felipe II se mostraba fiel a sus principios religiosos, propios del catolicismo tridentino, tan distante aquí del protestantismo. En todo caso, lo que asombra —y ya lo hemos comentado[1449]— es su obsesión por acumular más y más reliquias, hasta llegar a superar nada menos que las 7400.
Obsesión por las reliquias, sin duda excesiva, y más cuando a continuación parece poner en el mismo plano otras piezas muy ajenas a esa condición.
En efecto, en la cláusula siguiente declara el Rey que junto a las reliquias que había heredado de su padre, y en el mismo guardajoyas —lo cual es ya bien significativo—, guardaba varios cuernos de unicornio, pidiendo a sus herederos que los conservasen con igual celo.
Verdaderamente asombroso: el adorador de las reliquias sagradas creyendo a pies juntillas en las virtudes del unicornio, compartiendo aquí la leyenda en su eficacia para hacer más potente al hombre, y en este caso, al rey. Por ello, se sentía especialmente afortunado, por cuanto que poseía nada menos que seis supuestos cuernos del fabuloso animal. Y ordena, por tanto, su cuidadosa custodia:
Iten, es voluntad que también se conserven y anden juntos con la suçesión destos Reinos, seys cuernos de unicornio, que asimismo están en la dicha guardajoyas, para que tampoco se puedan enagenar ni empeñar[1450].
Pero ¿de qué animal se trata? ¿Qué es eso del unicornio? Según lo define el Diccionario de la Real Academia Española, se trata de un animal fabuloso con figura de caballo y con un cuerno recto en mitad de la frente.
Vemos aquí, tras esa posesión regia, un tráfico engañoso, acaso que vendría de más atrás, aunque nada aparezca recogido en el Testamento del Emperador. Posiblemente iniciado o mantenido tal tráfico fraudulento, tal superchería, en tiempos de Felipe II. Cabe imaginarse a los embaucadores llegando con los cuernos del unicornio a palacio, para vender su mercancía al crédulo monarca. Y la pregunta se desliza, inquietante: ¿cuántas de aquellas otras reliquias no tendrían un origen similar? ¿No están dándose aquí la mano lo religioso y lo mágico? En su momento lo hemos comentado.
Porque ¿dónde estaba la frontera entre magia y religión, entre la credulidad mágica y el fervor religioso en el siglo XVI? ¿Dónde la tenía fijada, si es que se daba cuenta de ello, el propio Rey?
Religión y magia; con ambos aspectos nos encontramos en el Testamento de Felipe II. Pero, afortunadamente, con algo más. Y entre otras cosas, con sus sentimientos paternos. Porque Felipe II no se puede olvidar que además de Rey es padre. Como Rey, debía fijar, y lo hizo, la orden sucesoria, en lo cual no haría sino atenerse a las leyes de la Corona. Y así, en primer lugar, vendría la designación de su único hijo varón, el príncipe Felipe (y futuro Felipe III), como heredero universal; si bien, consciente ya de lo que suponía la cuestión de Flandes y cuánto importaba buscar un remedio a tanta violencia y a tanto disparate desatados desde 1566, desgajaría —con ciertas restricciones— aquellos Estados de los Países Bajos, en favor de su hija Isabel Clara Eugenia, en atención a la paz general
… y para alivio destos Reinos[1451]…
Tal se consignaría en la cláusula segunda del Codicilo hecho en 1597, pensando ya de ese modo completar el anterior Testamento, si bien el hecho de que la Infanta no tuviera descendencia de su matrimonio con su primo hermano, el archiduque Alberto de Austria, acabaría por anular el deseo de Felipe II.
Pero eso sería algo que ya ocurriría en el siglo XVII y que escaparía al control del Rey. Aquí, como cuando Carlos V había ideado cuarenta años antes la fórmula de la alianza matrimonial con la Inglaterra de María Tudor, los hechos acabarían arruinando los proyectos regios.
En todo caso, tanto en lo que se refería a la Monarquía católica hispana como en los Países Bajos, una expresa orden de que quienes hubieran de heredarlos fueran siempre católicos. Y eso se dirá sin dejar lugar a dudas; que el heredero había de ser:
… la persona a quien perteneciere por razón y justicia, con que no sea hereje ni lo haya sido, ni sospechoso dello, sino verdadero católico[1452]…
Ése es un requisito nuevo, que no aparece en el Testamento de Carlos V. Está claro que nos encontramos en un momento de máxima tensión religiosa en la Europa occidental, con una Isabel de Inglaterra favoreciendo en todas partes a los enemigos de Roma, y con un Enrique IV de tan sospechoso proceder en Francia. Evidentemente, por nada del mundo quiere Felipe II que algo similar ocurra en España, teniéndola como la tenía por el baluarte más firme del catolicismo, como no hacía mucho que lo había expresado a su hija Catalina Micaela, al protestar por las condiciones religiosas pactadas por Carlos Manuel de Saboya con la ciudad suiza de Berna[1453].
Eso en cuanto a Rey. Pero también importa oír al padre, ver lo que personalmente deja a sus hijos (Felipe, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela) y oírle cómo se expresa a la hora de recordarlos por sus respectivos méritos.
El Principe estaba a punto de cumplir los dieciséis años cuando el Rey firma su Testamento el 7 de marzo de 1594; los cumpliría un mes después, el 14 de abril. Isabel Clara Eugenia ya tenía veintisiete años, y veintiséis, Catalina Micaela. Pero lo importante aquí es señalar la situación de cada uno frente al padre. Felipe era el único varón y el Príncipe heredero; Isabel Clara Eugenia, la fiel acompañante de su padre a lo largo de sus últimos años de vida, casi día a día, y Catalina Micaela era la gran ausente, tras su boda con el duque de Saboya, con fuertes consignas políticas que es incapaz de cumplir.
Y ahora veamos lo que el Rey deja a cada uno y en qué términos lo hace. Al Príncipe, lo habitual para sus ejercicios de caballero («lo del armería y caballos»), una valiosa joya («un diamante rico que yo había dado a su madre») y las pinturas, sin especificar cuáles; sin duda, la pinacoteca regia, incluyendo algún Bosco y los lienzos eróticos encargados a Tiziano, que seguían en el viejo alcázar madrileño, como Venus y Adonis y Dánae recibiendo la lluvia de oro. Lo demás, otras joyas y la tapicería, las obtendría el Príncipe pagándolas a los moderados precios que estimasen los testamentarios regios.
El Rey fijaría las dotes de sus dos hijas. Catalina Micaela ya había recibido la suya de 500 000 ducados, de los que recibía 40 000 ducados anuales de renta situados en el reino de Nápoles. Nueve años después, el Rey asigna una dote de 600 000 ducados a Isabel Clara Eugenia, de los que recibiría 60 000 ducados anuales de renta[1454].
En su Codicilo, Felipe II volvería a recordar a sus hijos, y es cuando tiene para cada uno de ellos una expresión de particular afecto: al dejar al Príncipe una cruz de reliquias, dos pinturas religiosas, un crucifijo de plata y unas tapicerías flamencas que habían pertenecido a Margarita de Saboya (la tía de Carlos V), añade el Rey que lo hacía:
… en señal de lo que le quiero y por memoria de lo que debe hacer por servicio de quien se puso en ella[1455] por nosotros[1456]…
Mucho más emotivo es el recuerdo que tiene para su hija Isabel Clara Eugenia, sin duda, la preferida del Rey. Felipe II no puede olvidar que a partir de 1580 se había convertido en su confidente, la que no se había apartado de su lado, a partir de su regreso de Portugal, la que había mitigado así la soledad a que se vio condenado desde la muerte de su cuarta esposa, Ana de Austria. Y de ello dejará constancia cierta:
A la infanta doña Isabel, mi hija mayor, a quien tan tiernamente quiero por lo mucho que mereçe y la gran compañía que me ha hecho…
Y entre los varios objetos preciosos que le deja, uno de particular valor, por sus connotaciones familiares: un tríptico con las imágenes de Jesús y la Virgen, al que Felipe II tenía especial devoción, por haberlo recibido de su madre, la Emperatriz, cuando apenas si tenía ocho años:
… la cual [imagen], por havérmela dado la Emperatriz, mi señora, y haver oydo dezir que fue de la Reina Católica, doña Isabel, mi visagüela, la he traído siempre conmigo desde el año de 35[1457]…
En cuanto a su otra hija, Catalina Micaela, el tono empleado por el Rey deja ver las últimas diferencias que habían existido. Es su hija, cierto, y tendrá también con ella atenciones y recuerdos, pero con otra carga afectiva:
Asimismo dexo a la infanta doña Catalina, mi hija, a quien tanta razón tengo de amar y estimar, como lo hago[1458]…
Por lo tanto, lo que para Isabel Clara Eugenia era tiernísimo amor paterno, se convierte en lo que mandaba la razón para Catalina Micaela.
Ahora bien, un testamento, cuando es el de un rey, contiene mucho más que sentimientos religiosos y familiares. Es un momento solemne, y el Rey ha de aprovecharlo para marcar las líneas principales de la política exterior y aun de la interior. Ya hemos visto que señala, como no podía menos, lo que se refería a la orden sucesoria, tanto más que Felipe II quería introducir la novedad de que los Países Bajos quedasen para Isabel Clara Eugenia, aunque, eso sí, con fuertes restricciones; como feudo de la Corona de Castilla —atención, no de España—, con especificación de liga perpetua entre los dos Estados («… y sean amigos de amigos y enemigos de enemigos…») y con la condición de que, en caso de que la Infanta no tuviera hijos, volvieran de nuevo a la Corona castellana. Es más: el Rey podría mantener guarniciones en diversas plazas, algunas de la importancia de Amberes[1459].
En cuanto a la política interior, se aprecia la defensa de la España de realengo, pero curiosamente desaparece la referencia a los abusos de la justicia señorial que tanto habían preocupado a Carlos V, como algo que no había sido capaz de remediar; acaso porque Felipe II, con su constante permanencia en la Península, a partir de 1559, y por el temor que provocaba su conocido rigor, tuviera mejor resuelto aquél no pequeño problema de la sociedad española.
Muy significativa es la consigna del Rey en cuanto a la religiosidad que debía campear en la expansión por Ultramar. Estamos ante una labor de apostolado que Felipe II encomendaría a los pueblos de Castilla y Portugal, como una empresa común que afianzara la reciente unión de las dos Coronas. Se trata de una de las cláusulas más relevantes del Testamento filipino:
Declaro expresamente —son los términos solemnes del Rey— que quiero y es mi voluntad que los dichos Reinos de la corona de Portugal hayan siempre de andar y anden juntos y unidos con los Reinos de la corona de Castilla, sin que jamás se puedan dividir ni apartar los unos de los otros, por ninguna causa que sea o ser pueda…
¿Por qué razón? Por la mayor pujanza de ambos y para mejor acometer la magna empresa de la evangelización por el mundo entero, cuya consigna quedaba aquí señalada:
… por ser esto lo que más conviene para la seguridad, augmento y buen gobierno de los unos y de los otros y para poder mejor ensanchar nuestra sancta de cathólica y acudir a la defensa de la Iglesia[1460]…
Propio del testamento de un rey es advertir al príncipe heredero sus obligaciones con sus súbditos; tan propio, que aquí Felipe II no hace sino copiar, casi al pie de la letra, el Testamento de su padre, Carlos V. Es con esa referencia como hay que tomar el consejo real al Príncipe:
… que sea muy humano y benigno a sus súbditos y naturales[1461]…
Algo a que también le había instado el padre, con la diferencia de invertir los términos:
… que sea muy beninno y humano a sus súbditos y naturales[1462]…
Donde se aprecian las diferencias es en la confianza que cada uno tiene en el heredero. En efecto, cuando en 1554 Carlos V hace su Testamento, Felipe II ya tiene veintisiete años y, sobre todo, ya ha dado pruebas de saber cumplir sus deberes como alter ego del Emperador; en cambio, en 1594 el futuro Felipe III aún no ha cumplido los dieciséis y, lo que era más preocupante, daba que pensar si no acabaría dejándose gobernar. De forma que Felipe II tiene que mostrarse precavido, poniendo a su lado quienes le ayudaran debidamente, al menos hasta que alcanzase la veintena:
… que en la gobernación dellos [sus súbditos] se guíe y gobierne con forme al paresçer de las personas que le dexo señaladas en un papel firmado de mi mano…
Y añade entonces el Rey Prudente:
… y esto se entiende hasta que llegue a la edad de veinte años[1463].
Así quería mantener Felipe II aquella Junta de Gobierno que había creado en los últimos años de su reinado, verdadera novedad en la Monarquía, integrada por Cristóbal de Moura, el conde de Chinchón, el marqués de Velada y el secretario Juan de Idiáquez, de vida tan efímera, como es notorio.
En resumen, después de este largo análisis del Testamento filipino, algunas notas podríamos destacar: religiosidad extrema, en primer lugar; una devoción no exenta de algunos rasgos de credulidad (¡aquellos cuernos de unicornio, tan celosamente custodiados en el guardajoyas!), y ya hemos visto que una religiosidad vinculada a una agobiante preocupación por la salvación eterna, cuya búsqueda es tan propia de toda religión, y hasta su misma base. La cuestión estaría en que hay un tipo de creyente al que la observancia de sus deberes religiosos le da ya una extrema confianza, tanto en la vida cotidiana como en la hora de su muerte. Evidentemente, ése no sería el caso del Rey. Incluso el recuerdo de haber vendido lugares de señorío eclesiástico le llena de agobio. Y eso a pesar de que no había hecho sino seguir las huellas de su padre, Carlos V, para afrontar así aquella descomunal batalla en pro del catolicismo, tanto ante musulmanes como ante herejes. El mismo hecho de que en tales ocasiones hubiera tenido la licencia de diversos papas —y entre ellos, nada menos que san Pío V[1464]—, no le bastaba para sosegar su alma. De forma que en su Codicilo tendría este lamento:
Y porque como el venderlos fue contra mi voluntad, forçado de neçesidades, assí deseo que aya efecto el volver los unos bienes y los otros a cuyos eran[1465]…
Devolución, pues, a la Iglesia de lo que era suyo, «… por el descargo de mi conçiençia…»[1466].
Hay que destacar también aquellas dos cuestiones de la gran política exterior: Flandes y Portugal. Flandes, porque era lo agobiante, lo que había que dejar solucionado, de cara a la sucesión, y porque el Rey era consciente de lo que estaba suponiendo para España, como un sacrificio insostenible. Aquello que resumiría, al pensar en la solución de desgajarlos del resto de la Monarquía y cederlos en dote a su hija Isabel Clara Eugenia, con aquella expresión: «… para alivio destos Reinos…».
Y en cuanto a Portugal, la nota opuesta: lo que suponía haber dado cima a un proyecto secular, ya planteado bajo los Reyes Católicos —aquel nieto suyo, Miguel, proclamado heredero de Portugal, Castilla y Aragón—, negociado por Carlos V y conseguido por él. De forma que lo que en este caso se plantearía sería encontrar la fórmula dando a los dos pueblos con vocación de Ultramar, Portugal y Castilla, la común tarea de hacer apostolado, instándoles a ello en términos solemnes:
… para poder mejor ensanchar nuestra sancta fe cathólica y acudir a la defensa de la Iglesia.
No es necesario insistir en que en su Testamento y Codicilo Felipe II tenía que buscar el aseguramiento de su magna fundación escurialense, que para él venía a ser como huella perenne de su reinado, en lo que andaría acertado, pues hoy en día resulta imposible evocar su figura sin que salte al punto la imagen del monasterio de San Lorenzo.
Pero yo quisiera terminar este largo recorrido sobre el Testamento de Felipe II recordando que también aquí tenemos ocasión de encontrarnos, al lado del Rey, con el padre, y con las referencias expresas hacia sus tres hijos: el príncipe Felipe, el heredero, y las dos infantas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Y a cada uno de ellos dedicándoles unos párrafos en los que dejaba testimonio del distinto grado de su afecto: al príncipe Felipe, recordándole sobre todo sus obligaciones, que no en vano era eso, el heredero, el que debía continuar su obra al frente de la Monarquía; de forma que al dejarle un crucifijo le indicará que eso le debía servir: «… por memoria de lo que debe hacer…».
Eso sí, añadiendo también, como no podía ser menos, la nota afectiva: «… en señal de lo que le quiero».
Con Catalina Micaela, tantos años ausente, que no había sabido cumplir aquella delicada misión con el duque de Saboya, se mostrará más distante, si bien no podrá menos de declarar que, al fin, era su padre, y que tenía con ella las naturales obligaciones, lo que le haría proclamar, más como un dictado de la conciencia que del corazón:
… a quien tanta razón tengo de amar y estimar, como lo hago…
Y sería, por último, con Isabel Clara Eugenia, con aquella hija que tanto le había dado, con la que Felipe II vuelca su corazón, y con tales términos que escapan con mucho de la redacción protocolaria de un testamento, para con vertirse en un auténtico testimonio de sus íntimos sentimientos:
A la infanta doña Isabel, mi hija mayor a quien tan tiernamente quiero, por lo mucho que merece y la gran compañía que me ha hecho…
Al comentar esta parte del Codicilo de Felipe II, en mi reciente edición crítica tan espléndidamente editada por Ediciones Grial, no podía menos de reflexionar:
Algo que en definitiva nos ayuda a comprender quién era Felipe II, quién era el padre y quién era el Rey[1467].
Y así lo sigo pensando.
Los últimos años y la muerte del rey
A diferencia de Carlos V, Felipe II se mantiene en el poder hasta los últimos momentos. En medio de su cruel y larga enfermedad, sigue despachando con Cristóbal de Moura los asuntos más relevantes de Estado hasta el último día de agosto de 1598. Es el 1 de septiembre cuando lo abandona todo, recibe la extremaunción y ya se entrega a la muerte, que todavía no llegaría hasta doce días después.
Su salud había decaído mucho desde 1592. Diríase que al salir de Madrid para cerrar la crisis aragonesa, abierta tras la fuga de Antonio Pérez y los tumultos de Zaragoza, con la convocatoria de las Cortes de Aragón, aquel esfuerzo, dejando por unos meses su corte de Madrid y su refugio de El Escorial, había minado sus fuerzas; y de tal modo que, a su regreso, tanto era su mal aspecto físico, que sus médicos, alarmados, le instaron a cambiar de género de vida. Se imponía ceder en el trabajo del reino y también adoptar una nueva dieta alimenticia.
Haciendo caso a tales consejos, el Rey soltó amarras en el poder, nombrando aquella Junta de Gobierno, a que ya se ha hecho referencia en otra parte de esta obra, y en la que la figura clave era aquel portugués, Cristóbal de Moura, que venía a ocupar su privanza en estos últimos años de su reinado, si es que de privanza se puede hablar cuando nos referimos al Rey Prudente. Es más, llamó a su sobrino preferido, el archiduque-cardenal Alberto, para que, dejando su puesto de virrey de Portugal, viniera a la corte y ayudara al príncipe Felipe en aquella incorporación a las tareas de Estado en que el Rey quería ya irle introduciendo. Por otra parte, la gota que padecía desde tantos años, se le había recrudecido de tal forma, afectando a sus manos, que ya le resultaba muy fatigoso incluso la firma de los documentos regios; dificultad que intentó suplir con una estampilla manejada por su secretario. Es entonces cuando tiene aquella advertencia a su hijo, inserta en su Codicilo, en la que le dice:
Assimismo, porque atento el impedimento de mi mano, y porque es tiempo que nos ayudemos, el Príncipe, mi hijo, y yo, y para más información y noticia suya y más breve y mejor expediente de los negocios, tengo resuelto que mi hijo firme por mí todas las cartas, cédulas y despachos que se hicieren[1468]…
Por otra parte, los más graves sucesos seguían sacudiendo a la Monarquía. En el interior, y a poco del regreso de Aragón, tuvo lugar la conjura del pastelero de Madrigal, urdida por el agustino fray Miguel de los Santos, un fraile portugués partidario del prior don Antonio de Crato, que por ello había sido desterrado a Castilla, y que llevaba ya unos años como vicario de la Orden en el convento de Madrigal. Una imprudencia, sin duda, que después se lamentaría, pues era el convento de las monjas de sangre real, que por lo tanto debería estar mejor vigilado y en manos más seguras. En el convento profesaba entonces una de esas monjas de linaje regio, doña Ana de Austria, nieta nada menos que de Carlos V, como hija que era de don Juan de Austria y de una dama de la corte de la princesa doña Juana, de nombre doña María de Mendoza.
Pasemos ahora por alto todo lo que nos sugiere ese hecho de la facilidad con que los príncipes conseguían sus amantes en el entorno femenino de las cortes de sus hermanas (tal había ocurrido en el mismo caso del Rey con Isabel de Osorio). Y volviendo a la conjura urdida por fray Miguel de los Santos, nos encontramos con que éste aprovechó la coincidencia de que entonces vivía en la villa un pastelero que le recordaba, por su extraño aspecto, al fallecido rey don Sebastián de Portugal. Se trataba de Gabriel de Espinosa, que ya se le había visto en el oficio de cocinero en Madrid.
Basándose en la creencia popular de que el rey don Sebastián no había muerto en Alcazarquivir, el fraile agustino planeó la boda del pastelero con doña Ana de Austria y trató de buscar apoyos entre los nobles portugueses descontentos y en las naciones vecinas rivales de España.
Una conjura de tal calibre no podía estar mucho tiempo oculta. Sin embargo, lo cierto es que se descubrió por pura casualidad.
Una noche de los primeros días de octubre de 1594, haciendo su ronda nocturna el alcalde de Valladolid, licenciado Rodrigo Santillán, tuvo noticia de las andanzas en la villa de un forastero de extraña traza que, sin duda medio ebrio, alardeaba de sus riquezas en mesones de dudosa fama, y lo que era más intrigante, dejándose llevar de la lengua, y con frases tan sospechosas, que, discutiendo sobre un retrato de Felipe II —posiblemente el de alguna moneda—, se le oyó decir que era «el de vuestro amo». ¿Cómo así? ¿Acaso no era también el suyo? A lo que había replicado, despectivo: «No; el mío, no. Yo seré el suyo y el vuestro».
Eso ya eran palabras mayores. Se comprende que al punto el licenciado Santillán iniciara una búsqueda frenética de tan extraño personaje, que por sus señas era fácil de reconocer: era «rojo» (esto es, de pelo azafranado), no muy alto, y con una nube en un ojo. Y, en efecto, pudo dar con él y detenerlo, cuando estaba a punto de darse a la fuga. Le somete a interrogatorio y, en seguida, salta el nombre de doña Ana de Austria, como su valedora. Pues el preso, Gabriel de Espinosa, citando a doña Ana creyó que podía parar el golpe de la justicia.
Y fue al contrario. Santillán intuyó que se había topado con un asunto de la máxima gravedad, un auténtico problema de Estado. Acostumbrado a combatir delincuentes de poca monta, aquello se salía de lo corriente. De forma que encarceló rigurosamente al sospechoso, aislándolo para que no pudiera comunicarse con nadie, y mandó un despacho a uña de caballo al Rey, dándole cuenta de todo lo sucedido. Y escribe en la cubierta: «Al Rey, nuestro señor, en sus reales manos». Sabe bien que de ese modo entrará en contacto directo con aquel Rey que hacía que todo, lo grande y lo chico, pasase por sus manos. Efectivamente, el mensaje llegó a su destino.
En la información del alcalde de Valladolid se hablaba también de una niña, al parecer hija de doña Ana de Austria. ¡Pero doña Ana era monja de un convento de clausura!, religiosa a la que el Rey había protegido, autorizándola a llevar el apellido regio y dándole las preeminencias de excelentísima. Y eso preocuparía a Felipe II, casi tanto como la propia conjura, porque posteriores informaciones aludían a que el padre de aquella niña podía ser uno de los archiduques, Ernesto o Alberto, a los que tanto había distinguido el Rey. ¡Precisamente en los que Felipe II pensaba para escoger el futuro marido de su hija predilecta, Isabel Clara Eugenia! ¡Y la niña se llamaba, además, Clara Eugenia! ¿Es que se estaba fraguando algo similar a lo ocurrido en los Países Bajos, con implicaciones de su propia familia? El Rey decide enviar a un juez de su máxima confianza para que apriete al preso:
Os daréis maña —le encarga— a apurarle, de manera que le hagáis confesar la verdad, sin pasar en lo del tormento más de amenazarle con él por esta primera vez[1469]…
De esa manera fue descubriéndose la conjura, aunque no toda, pues fray Miguel de los Santos tuvo tiempo de destruir no pocos documentos comprometedores, en relación, seguramente, con los contactos que había establecido.
Entonces entró en acción la justicia regia, empleándose con todo el rigor con los dos principales protagonistas. Aquello era un delito de alta traición, con la pena que marcaba la época: la horca, y que la cabeza fuese cortada y expuesta en lugar público, con el pregón consabido:
¡Ésta es la justicia que manda hacer el Rey, nuestro señor, a este hombre por traidor a Su Md., y haberse fingido persona real siendo hombre bajo y embustero!
Así fue al cadalso Gabriel de Espinosa, el 1 de agosto de 1595, siendo ajusticiado en la plaza de la villa de Madrigal, con un gran golpe de gente que acudió de toda la comarca. Y una suerte similar sufrió meses después en Madrid fray Miguel de los Santos, tras ser degradado de su condición de clérigo. En cuanto a doña Ana de Austria, no le valió de momento su alto linaje ni las cartas en que protestaba de su inocencia, que dirigió al Rey y a la infanta Isabel Clara Eugenia, su prima, siendo trasladada a un convento de Ávila con condena de sufrir prisión —la cárcel que existía en los conventos— por cuatro años, con la pena de tener que ayunar a pan y agua todos los viernes y pérdida de todos sus títulos y preeminencias[1470].
En cuanto a las otras tres o cuatro figuras secundarias, el peor librado fue un criado de doña Ana, acusado de conocer la conjura y no denunciarla, tan maltratado en el tormento, que había quedado manco de ambos brazos, hasta el punto de que el propio alcalde indicaba que no podía ser mandado a galeras a cumplir los cuatro años a que había sido condenado[1471].
Falta por comprobar cómo llevó todo aquello el Rey. Ya hemos visto cuánto le había preocupado el origen incierto de aquella niña, a la que primero se había dado por hija de doña Ana de Austria. En una de sus órdenes secretas a la justicia de Valladolid, en que advierte: «Véase lo que digo aquí dentro», señala:
… que se le encomiende mucho el averiguar lo de la hija, que es lo que importa[1472]…
Y ésa es la interrogante que sigue agobiándole, de forma que una y otra vez insiste en que aquello era necesario y urgente aclararlo. Todavía, cuando estaba por terminarse todo el proceso, escribe de su mano:
Paréceme bien todo esto, quanto a lo que toca a no ser Espinosa el rey don Sebastián, pero conviene averiguar quién es la madre de la hija, y el padre, y esto se les escriba que procuren averiguar, y si no pudiere ser de otra manera será menester apretarlos[1473].
En otra apostilla a los escritos que le había mandado, en este caso el juez Juan de Llano, el Rey descubre un poco más el porqué de su interés por aquella niña:
Todavía procurad traer mucho averiguado, más que hasta aquí, quién fue la madre de la niña, mejor que hasta aquí se ha hecho…
Y añade:
… porque conviene saberse lo cierto, por muchas causas[1474].
Esto es, su justicia ya tiene controlada la conjura, y bastaba con cumplir las rigurosas sentencias; pero el enigma de la niña sigue preocupando al Rey «por muchas causas». Claro era que, más que la culpa de doña Ana, si resultaba ser la madre (pues no podía haber culpa mayor que la de su participación en la conjura), estaba la cuestión de que el padre fuera uno de aquellos sobrinos regios —los archiduques Ernesto y Alberto—, entre los que Felipe II pensaba elegir el esposo de Isabel Clara Eugenia. De forma que recibe, con alivio, que fuera hija del pastelero y de una criada suya.
Por lo demás, tan inmensos dominios no podían menos de traer consigo sucesos de desigual fortuna. Por un lado, los virreyes de Nápoles y Sicilia saqueaban a su placer a los pueblos del Mediterráneo oriental, alentando aquella ola de «levantes» aventureros a que aluden las Memorias del capitán Contreras.
En cambio, en la lucha con Inglaterra la suerte era diversa; frente al éxito con que se había rechazado el ataque de Hawkins y Drake a las Indias Occidentales, con muerte de los dos capitanes ingleses, vino la noticia del audaz ataque de la flota inglesa a Cádiz, con el terrible saqueo de la ciudad por los hombres del almirante Howard, y demostrando una vez más cuán superior era la armada inglesa.
Eso ocurría por los tiempos en que la muerte del archiduque Ernesto, gobernador de los Países Bajos, había decidido a Felipe II a mandar allá al archiduque Alberto, quien en efecto entraría en Bruselas en febrero de 1596, tras una penosa marcha, cruzando los Alpes en pleno invierno.
Por lo tanto, no faltaban preocupaciones al Rey. Incluso atendió las peticiones del papa Clemente VIII, deseoso de otra Liga Santa para contener al Turco en la frontera húngara, ordenando que se le diera al menos a su legado, Camilo Borghese, la fuerte cantidad de 700 000 ducados. Y eso sin abandonar la guerra en el mar, tratando de replicar a las agresiones de Isabel de Inglaterra con un intento de desembarco en Irlanda, aunque ciertamente poco afortunado. Sin olvidar que una de las misiones del archiduque Alberto era reanudar la guerra con Enrique IV de Francia, sobre cuya frontera norte desencadenaría una fuerte ofensiva, con ocupación de diversas plazas.
Guerra abierta, por tanto, en tres frentes: en el mar, en el norte de Francia y en la frontera de Holanda. Eso suponía un continuado sacrificio económico, cuando las Cortes de Castilla hacían ver a su Rey que todos los recursos estaban agotados.
En ese ambiente tan cargado de graves problemas de Estado es cuando sobreviene, en el otoño de 1597, lo que podríamos llamar el signo de inflexión en el reinado de Felipe II. Ya a finales de agosto de aquel año, con la firma del Codicilo, trató Felipe II de buscar algunas soluciones, de cara al nuevo reinado, previendo su próximo fin, tomando la medida de legar los Países Bajos a Isabel Clara Eugenia, con aquella justificación que tanto hemos comentado: «… para alivio destos Reinos…».
A poco, le llegaba la triste nueva de la muerte de su hija Catalina Micaela, que tanto le afligió, y comprendiendo que ya era, más que necesaria, urgente la paz con Francia, ordenó a sus diplomáticos que la negociasen, lo que al fin se lograría el 2 de mayo de 1598. Sería la paz de Vervins. Era como poner en orden los asuntos de la Monarquía, antes de que llegase el relevo en la cumbre.
A partir de entonces, los achaques del Rey irían en aumento. La gota le había inmovilizado de tal manera, que no soportaba ni la cama ni los sillones regios, mientras que apenas si podía dar unos pasos. Por suerte para él —cierta suerte, en medio de aquella tan dura enfermedad—, tuvo la fortuna de que su fiel ayuda de cámara Jean L’Hermite le fabricase una ingeniosa silla articulable, que le permitía cambiar de postura su cuerpo y estirar sus doloridos miembros. Y no sin razón se muestra, como un testimonio de aquellos difíciles momentos, en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Y se entró en la fase final.
A finales de junio de 1598, el Rey, hasta entonces gobernando su inmensa Monarquía desde el alcázar madrileño, ordenó su traslado a su refugio escurialense. Ello en contra de la opinión de sus médicos, los doctores Juan Gómez de Sanabria y Cristóbal Pérez de Herrera, que argumentaban que los fuertes vientos de la sierra le serían perjudiciales.
Pero ¿qué importaba eso a tales alturas de la enfermedad? Lo que el Rey deseaba era encontrarse, y pronto, en su amado refugio. ¿Acaso no lo había hecho para que albergase su cuerpo? ¿Acaso no le esperaban allí sus padres tan reverenciados, el emperador Carlos V y la emperatriz Isabel? ¿Y no era allí donde había acumulado aquel increíble tesoro de reliquias, precisamente para que le ayudasen en la hora de su muerte, en aquel trance del juicio final ante el Todopoderoso? Las reliquias que podían ampararle, no para seguir viviendo, pero sí para bien morir.
Y así, el 30 de junio, en su silla de manos llevada por dos porteadores, constantemente relevados, lentamente (pues no de otra manera lo permitía su quebrantado cuerpo), Felipe II abandonó Madrid y se fue adentrando en la sierra, camino de El Escorial. Un viaje doloroso, que tardaría seis jornadas en concluir, que parecía interminable para todo su cortejo, pero que para él tenía un aliciente supremo: ver de nuevo su querida fundación. Por fin, el 5 de julio, así transportado, franqueó la última colina y tuvo ante sus ojos la masa imponente del monasterio, con sus airosas torres.
A partir de ese momento, el Rey viviría sus últimas emociones. Había dejado atrás el alcázar madrileño, sabiendo que ya no lo volvería a ver, como atrás habían quedado las florestas de Aranjuez y los bosques de El Pardo. Ahora tenía ante sí aquel golpe de vista, contemplando a lo lejos toda la masa del monasterio, en una perspectiva que tampoco se volvería a repetir. Y es con esa sensación de disfrutar las cosas por última vez como, tras descansar aquella noche en La Fresneda, decide al día siguiente recorrer amorosamente todas las dependencias del monasterio: la basílica, por supuesto, donde puede reverenciar, emocionado, sus reliquias tan veneradas; la sacristía, la biblioteca, los jardines, el convento. Al fin, extenuado y gozoso y melancólico, se retira a su cámara. El esfuerzo realizado le provoca un fuerte ataque de fiebre, pero había merecido la pena.
Aunque no sólo la fiebre. La gota se recrudece. El dolor es tan agudo, en pies y manos, que no soporta ni siquiera el roce de las finas sábanas.
Y así sufriría el Rey su pasión, con el ánimo de un asceta. Serían casi dos meses en los que ni la fiebre ni el dolor cederían.
Pero había más. Un tumor maligno le aflora en una pierna. Los médicos deciden actuar, sajando para sacar toda la zona supurante, aunque son incapaces de limpiar del todo aquel miembro enfermo. Y nuevos abscesos purulentos acometen al monarca. También los cirujanos continúan con su oficio, martirizando al enfermo con su técnica rudimentaria. ¡Y todo ello sin anestesia alguna!
Increíblemente, aquel cuerpo lo soporta todo. El Rey se resiste a dejar su tarea de gobierno, de forma que se ve acudir a su lecho de enfermo a Cristóbal de Moura, para consultar con él los asuntos más graves.
Así van pasando los días, en un tormento físico que no hace sino crecer; pero las noches son aún peores. Y como ya lleva tantos días sin abandonar el lecho, al Rey se le forman unas llagas terribles en el cuerpo. Por si fuera poco, y esto sí le agobiaría en exceso, su vientre empieza a funcionar mal, se le declara una incontinencia y es preciso hacer una abertura en el lecho para que pueda el monarca expulsar sus excrementos.
Es ya un cuerpo muerto, donde parecen anidar los gusanos. Y la cámara, como un sepulcro, con el aire fétido de un cadáver en descomposición. Todo como si se tratara de un cuadro barroco, como una pintura a lo vivo tal como lo hubiera podido pintar —y como lo acabaría haciendo años después— el más destacado representante del barroco, Valdés Leal.
El 1 de septiembre, Felipe II abandona ya las tareas de Estado, y recibe la extremaunción, sabiendo que su fin está cercano.
Pero no tanto. Aún pasarían doce días, en los que Felipe II se hace leer los escritos santos. Manda que le pongan bien cerca de su lecho algunas de sus reliquias más veneradas. Y pone en ello tanto cuidado, que aun en las horas de letargo, su hija Isabel Clara Eugenia, que sigue fielmente a su lado, soportándolo todo, no tiene más que decir, como frenando a un intruso inoportuno: «¡Que nadie toque las reliquias!», para que el Rey abra los ojos.
¿Serenidad del Rey ante la muerte? Nadie como él ha acumulado tantos recursos para lograr la salvación. ¿Qué ha de temer? Pero ¿quién puede asomarse a la conciencia de un moribundo? Lo cierto es que Felipe II ordena que se le lean continuamente los sagrados textos: la Pasión del Señor, según san Mateo, gustando también de oír los que le hablaban del Dios de la misericordia.
Sabemos que en un momento dado llamó a su confesor, fray Diego de Yepes, para ponerlo todo en sus manos (todo, esto es, nada menos que su salvación eterna), con esta grave advertencia: que a su cuidado quedaba, como su confesor que era, el que nada se omitiera para lograr aquel fin tan deseado, pues él estaba dispuesto a cumplir todo lo que le mandase:
… que hará cuanto le mande en nombre de Dios, y que así estará en sus manos y responsabilidad de confesor cuanto él deje de hacer por su alma, pues está dispuesto a todo[1475].
Una seguridad del Rey ante el más allá, por tanto, relativa, de modo que prefiere que sea otro, el confesor, el que afronte la responsabilidad de que todos los trámites sean cumplidos.
Una vez más, nos encontramos con el Rey ordenancista, el monarca minucioso en todo y para todo, incluso a la hora de su muerte.
Uno de los detalles, lo cual le honra, es llamar a su hijo, el Príncipe heredero, para que vea con sus propios ojos en qué paraban las glorias de la tierra. Esto es, para que asumiera, con aquella dramática clase práctica, que al fin los reyes hombres eran.
Y es cuando le dice:
… porque veáis en lo que paran las monarquías deste mundo…
Es como si Felipe II actuara como primer personaje dentro de un auto sacramental, tal como los escribiría medio siglo después Calderón de la Barca.
Cuando los médicos se dan cuenta de que su fin está próximo, se lo indican a Cristóbal de Moura para que se lo haga saber al Rey. Esto significa que es el propio Felipe II quien ha dado tal orden. Quiere ser consciente de su tránsito, para afrontarlo como tenía meditado. Entonces pide el crucifijo con el que había muerto su padre, Carlos V —que era también el que había tenido su madre, la Emperatriz—. Y mientras sonaban las oraciones de los presentes, expiró.
Sal, alma cristiana, de este mundo.
Eran las tres de la madrugada del 13 de septiembre de 1598.
Había transcurrido un largo reinado de cuarenta y dos años, incluso podría decirse de más de medio siglo, si tenemos en cuenta que a partir de 1543 es el que queda en nombre de su padre gobernando España.
Un dilatado reinado, polémico ayer y polémico hoy, porque grandes y dramáticos sucesos lo conmovieron. En algunos casos, el comportamiento del Rey fue admirable; en otros, en cambio, no puede menos de ser censurado, como lo fue en sus días por la opinión pública, por sus propios súbditos.
Por lo tanto, con unos notables altibajos debidos en gran parte a su profunda religiosidad. Algunos de sus mayores aciertos tuvieron, sin duda, esa base, como cuando volcó todo el peso de la Monarquía en la defensa de la Cristiandad, en aquellas jornadas de Lepanto. No de otra manera puede juzgarse su decisión de mantener el dominio de las Filipinas, pese a quienes le aconsejaban lo contrario, por el coste que ello suponía para la Real Hacienda. Pues no todo podía cifrarse en un recuento de dineros. De forma que, con toda justicia, aquel lejano archipiélago asiático lleva el nombre del que en este caso podríamos denominar uno de los grandes personajes de la historia.
En muchos aspectos, supo continuar la obra de su padre, como al esforzarse por la reanudación del Concilio de Trento, o como cuando culminó la tarea secular de la incorporación de Portugal. En otros casos fue, evidentemente, menos afortunado, e incluso responsable directo de lamentables traspiés de la Monarquía: la cuestión de Flandes, con su sangrienta represión, el envío de la Armada Invencible…
Con algo similar nos encontramos cuando meditamos sobre su gobierno interno de la Monarquía. Ahí está, por ejemplo, como un auténtico acierto, el haber creado la capital de la Monarquía, uno de los hechos de mayor trascendencia en nuestra historia. Pero claro está que no se puede silenciar su responsabilidad en la muerte de Escobedo y en haber escogido, como su secretario y hombre de confianza, a un político de tan pobre condición moral como lo fue Antonio Pérez. Curiosamente, hoy se le exculpa de uno de los sucesos que más le ensombrecieron: la prisión de su hijo don Carlos. Pero, en todo caso, un aire de sumo rigor acompaña su figura. Y en eso no caben engaños, a pesar de su amor a las artes, a la Naturaleza, a las florestas de Aranjuez, y pese sobre todo a lo que trasciende, como padre sumamente afectivo, de sus cartas a sus hijas. Cuando Felipe II se vestía el manto regio, la severidad con que imponía sus mandatos y el rigor con el que trataba a quienes osaban enfrentársele, era su nota más acusada. Y no tiene por qué asombrarnos, pues pueden coincidir perfectamente en una persona —y lo estamos viendo todos los días— los sentimientos más tiernos para los suyos, con el mayor de los rigores para los demás. Pues lo cierto es que, hasta los últimos años de su reinado, Felipe II castigó con una terrible severidad a quienes se atrevieron a discutir sus órdenes, como bien pudieron lamentar los vecinos de Ávila tras su protesta en 1593 contra el servicio de los millones.
Por eso ocurrió con el Rey lo contrario que con su padre, Carlos V. El Emperador fue pasando de ser un soberano discutido y protestado —ejemplo claro, las Comunidades de Castilla—, a un monarca querido y admirado; acaso porque supo abandonar el poder en su momento preciso, pasando de ser el gran Emperador al sencillo hombre de Yuste. Por el contrario, Felipe II fue recibido desde su nacimiento con sumo alborozo, como si hubiera nacido la gran esperanza de España, para ir perdiendo poco a poco aquella primera popularidad. Cuando estuvo gobernando España, como el alter ego de su padre, se le vio defender a Castilla, tratando de evitar su ruina; y curiosamente, una vez asumido todo el poder regio, se olvidó de tan buenos principios, para seguir sacrificando el reino en empresas religiosas ajenas a los intereses del país, hasta acabar provocando aquella reacción de las Cortes castellanas con la significativa frase: si los otros pueblos de Europa se querían perder, que se perdieran.
Refugiado en su monasterio de El Escorial, cada vez más alejado de sus súbditos, convirtiendo su vida en un enigma, en un misterio, siguiendo aquel querer verlo todo, pese a su evidente decadencia física, hasta el punto de ni siquiera poder firmar con su mano los despachos regios; convertido en una sombra, pero sin dejar el poder, cuando seguía encendida la guerra en los Países Bajos y frente a Francia, cuando la marina inglesa saqueaba a su placer la misma ciudad de Cádiz, y, sobre todo, cuando la mayor miseria estaba consumiendo al país entero, se comprende que el pueblo lo resumiese todo en una frase que no puede menos de hacemos meditar: «¡Si el Rey no muere, el reino muere!».
Y, con todo, estamos ante un personaje de la gran historia, con el que está claro que viene a cerrarse lo mejor del Imperio español.
Que no en vano, cuando lo evocamos, al punto se nos alza en el horizonte la colosal estampa del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la fundación que él tanto amaba y que es, a todas luces, una de sus obras más imperecederas y más logradas.
Ahora bien, dicho todo esto, alguna otra reflexión habría que añadir. Porque un rey, cuando es un rey de verdad, dentro del tipo de Monarquía autoritaria como la hispana del Quinientos, no muere del todo cuando muere. Tiene su legado. Quiere continuar su obra. Trata de hacerlo a través de su hijo, el príncipe heredero.
No podemos olvidar, en efecto, todos los esfuerzos de Felipe II por con seguir hacer del Príncipe, su hijo, un auténtico rey, incorporándolo a las tareas del gobierno, con aquella indicación tan expresa en su Codicilo:
… porque es tiempo que nos ayudemos el Príncipe, mi hijo, y yo[1476]…
O bien, apartando de su lado al duque de Lerma, que tan perniciosa in fluencia ejercía sobre él; cierto que limitándose a mandarlo como virrey a Valencia[1477].
Pero, sobre todo, lo que ahora importa recordar son los consejos postreros de Felipe II a su hijo, que le envía por su secretario Idiáquez.
Se trata del documento tantas veces estudiado por mí, cuya copia posee la Biblioteca Nacional de París[1478]. Está fechado en San Lorenzo de El Escorial, a 30 de julio de 1595. En él, Felipe II emplea con su hijo otra vez aquella expresión tan significativa: «… tiempo es que nos ayudemos…».
Le indica cómo tiene que comportarse en las audiencias regias que convocaría en su nombre, y cómo debía intervenir en los asuntos de Estado, durante las consultas de los distintos Consejos. Y para que no echara en saco roto sus advertencias, le insta a que las lea: «… las veces que fuere menester, para tenerlas en la memoria».
Y, apelando a sus sentimientos, le declara que todo lo hacía pensando en él:
De lo que sabéis que os quiero podéis inferir el ánimo y amor con que esto os digo…
Para terminar encomendándolo a la protección divina:
Dios os haga muy suyo[1479].
Pues bien, esto hay que recordarlo cuando se enjuicia toda la obra política de Felipe II. Porque en este caso es evidente que no tuvo la fortuna de su padre, el Emperador, a la hora de forjar un alter ego.
Algo que escapó a su voluntad. Con una frase del tiempo, podríamos concluir que el Rey lo deseó, lo buscó, lo tanteó con todas sus fuerzas. Que apuró todo lo que estaba en sus manos para hacer de Felipe III un auténtico rey, pero que algo que estaba por encima de él le impidió lograrlo.
Y en eso sí que el Rey Prudente fue desafortunado.
Pero yo quisiera terminar aludiendo al aspecto con el que posiblemente él, Felipe II, quisiera ser recordado: como rey de las Españas y fundador del monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Porque eso resulta innegable: con la imagen del Rey nos llega, al punto, la de su amada fundación escurialense. Como si dijéramos: algo de la grandeza de aquella imponente fábrica se vincula ya para siempre a su figura.
De ese modo, estaríamos tentados a titular por último a Felipe II como el hombre de El Escorial. Esa obra que es capaz de vencer las injurias del tiempo y que siempre nos hace evocar su reinado.