8 EL PANORAMA ECONÓMICO: EL MEMORIAL DE LUIS DE ORTIZ
Cuando se piensa en el siglo XVI, al punto vienen a la memoria las imágenes del Renacimiento y de la Reforma. En seguida se recuerdan estos nombres: Rafael, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, que campean en Italia, o los de Berruguete, Juni y Siloé, que lo hacen en España. Y también se piensa en las guerras religiosas que sacuden Europa, fruto de aquella Reforma que protagonizaron Lutero y Calvino.
Renacimiento y Reforma, como señales diferenciadoras del Quinientos, en los ámbitos culturales y religiosos, marcando, por tanto, la línea ideológica; pero también capitalismo, en el económico.
Capitalismo inicial, por supuesto, en lid con otras formas socioeconómicas, lo que es también un signo muy marcado de la época, pues si los descubrimientos geográficos y los nuevos instrumentos crediticios, como la letra de cambio, dan ya la nota de una economía que desborda los ámbitos regionales y nacionales, ese capitalismo inicial —que apunta sobre todo en el comercio— no ha excluido en el campo a una economía de tipo feudal, marcada por los grandes señoríos. Y a los dos, al capitalismo y al feudalismo, hay que añadir precisamente en el XVI un esclavismo, que toma un auge fortísimo, a favor de los dominios coloniales. El aumento de la trata negrera, sobre todo en Portugal y Castilla, supone poco en el sector económico peninsular (donde se trata, casi exclusivamente, de una esclavitud limitada al ámbito doméstico), pero sí, y de forma decisiva, en el mundo colonial. Y no olvidemos que es bajo Felipe II cuando en el imperio de Ultramar se pasa de la fase de la conquista a la época colonial, y cuando la mano de obra esclava africana sustituye a la indígena en la región antillana, penetrando también en las costas atlánticas de Colombia y Venezuela.
Era algo ya iniciado en tiempos de la regencia de Fernando el Católico, con la curiosa contradicción de la defensa de la libertad del indio y la admisión, sin discusión, de la esclavitud del negro. De ello podría ser testimonio aquella carta del rey Fernando a Diego Colón, el hijo del almirante —escrita en 1510—, en la que le da instrucciones para el mejor trabajo en los yacimientos auríferos:
Vi vuestra letra —le escribe entonces el Rey— que enviastes con vuestro hermano Femando, y vi todo lo que él me dijo de vuestra parte. Ahora sólo respondo a lo que me decís de las minas, de do se saca mucho oro. Y pues el Señor lo da y yo no lo quiero sino para su servicio en esta guerra de África, no quede por descuido el sacar lo que se pudiera.
Hasta aquí, un texto repetido mil veces: el oro, el ansia de oro, y esa ansia se encubre con una justificación religiosa: la guerra santa, la cruzada rediviva, al calor de la guerra de Granada y de la explotación en África de aquella victoria.
Es el resto de la carta el que adquiere particular valor para nuestro tema: la economía esclavista, otra vez reanudada. Y así continúa el Rey:
Y porque los indios son floxos para romper piedras, métanse todos los esclavos en las minas, que ya mando a los oficiales de Sevilla que os envíen los cincuenta esclavos[191]…
Cincuenta esclavos negros, sacados de África para ir a trabajar en las explotaciones mineras americanas. Sólo cincuenta, pero no era más que el comienzo. Pronto serían enviados a centenares, a miles, año tras año.
En 1559, al comienzo del reinado de Felipe II, Pedro Menéndez de Avilés avisaría sobre el riesgo que suponía aquel trasplante humano, sobre todo en unas Antillas donde había desaparecido la población indígena, incapaz de superar la prueba del contacto con los invasores castellanos; unas Antillas donde la población era ya mayoritariamente de negros esclavos.
Pedro Menéndez de Avilés, el gran marino español de mediados de siglo, advertía a Felipe II en 1558:
… en la isla española de Santo Domingo hay pasados de cincuenta mil negros y negras y no hay cuatro mil españoles…
Y añadía en su información cómo aumentaba esa población esclava y no sólo por los nuevos cargamentos llegados desde África, sino también por lo mucho que se multiplicaban en aquellas tierras tropicales:
… porque como es tierra cálida, clima de su naturaleza, dellos multiplican mucho…
La amenaza negra, pues, provocada por una población esclava en aumento. Y tan cierta, a juicio del marino asturiano, que sólo encontraba un remedio: tenerla atemorizada con la crueldad:
Y a los negros, si estuvieren de mala suerte, se usará con ellos toda crueldad…
Y todavía, machacón, obsesionado con aquel peligro, insistirá ante el Rey:
Y para el temor de delante —el alzamiento de los esclavos negros— se use con ellos la crueldad que a Vuestra Magestad le parezca[192]…
Por lo tanto, coexistiendo en extraño ensamblaje, vemos a un capitalismo inicial, a un feudalismo reverdecido y un esclavismo —en la zona colonial— en auge. Y todo eso dando un colorido singular a la España de mediados del Quinientos, la España donde iniciaba su reinado Felipe II, en la que afloraba una grave crisis económica, provocada por una política Carolina en la que no se habían tenido debidamente en cuenta los intereses de España y donde afloraban una serie de fallos que era preciso remediar, para evitar una catástrofe.
Tal era el juicio de un hombre que había seguido, con ojo atento, la evolución económica de la Monarquía: Luis de Ortiz.
Veamos, pues, el Memorial que presentó Luis de Ortiz al Rey en 1558.
He aquí uno de los testimonios más lúcidos del Quinientos, sobre la situación de España a mediados del siglo. Luis de Ortiz era un contador de Burgos, un economista si se quiere, que con ojo atento había seguido el caos económico en que estaba cayendo el imperio de Carlos V, y en 1558 presenta su memorial a Felipe II, al nuevo soberano, que, como tal, se podía esperar que remediase las cosas. Por eso Luis de Ortiz marca los fallos de la Monarquía, ya veremos que no sólo los económicos, y propone las debidas soluciones; en algunos casos, ciertamente, evadiéndose de la realidad social y de su menosprecio del trabajo.
Pero lo que sí vio certeramente Luis de Ortiz fue que los males de España, en el terreno económico, no podían desligarse de sus relaciones con el imperio de Ultramar.
Algo que sabemos muy bien por los estudios de Carande y de Pierre Vilar: el oro y la plata llegados de las Indias, y siempre en línea ascendente, no bastaban para cubrir los gastos de las desorbitadas empresas exteriores de la Corona. En otras palabras: la supremacía imperial Carolina sobre Europa resultaba cada vez más cara, de forma que, al no bastar los caudales propios ni las remesas de Indias, el Emperador tuvo que acudir constantemente a los créditos de los banqueros —en particular, de los alemanes—, cada vez más exigentes; de forma que si en los primeros años de su reinado, en los años veinte, esos adelantos le cuestan en torno al 17 por 100, en los finales (los «años conflictivos», en la terminología de Carande) rondará ya el 49 por 100; dicho de otro modo, para obtener nueve mil ducados, ha de pagar catorce mil.
Ese pago, al no ser cubierto por las remesas indianas, caía sobre el pechero castellano.
Y la ruina amenazaba al país.
Felipe II, siendo príncipe y gobernando España en ausencia del padre, entre 1543 y 1554, es el primero en denunciarlo. En septiembre de 1544, pide a Carlos V que apresure la paz con Francia.
La paz. Era cuando las tropas imperiales acosaban a la Monarquía de Francisco I, llegando hasta las inmediaciones de París. Pero el país, particularmente Castilla, estaba al borde de sus fuerzas.
Oigamos al Príncipe:
V.M. mire que agora cumpliría más con Dios y con el mundo, pues no se podría decir que V.M. lo hacía forzado, sino teniendo las armas en la mano…
Era el prestigio imperial, algo que había que dejar a salvo. Pero si esto era así, la paz se imponía.
Y así continúa el Príncipe:
… y que le sería de mayor reputación hacerlo así, que esperar a que paresciera que la necesidad y falta del dinero le hacía venir en ella.
Por lo tanto, la paz:
La cual importa tanto para el bien y remedio de la Cristiandad, y aun destos Reinos, que están tan necesitados y exhaustos, que no sé con qué manera de palabras se lo pueda encarescer…
¿Era tan inminente la ruina? Así lo señalaba el príncipe Felipe:
Todos los medios, formas y expedientes, son acabados; los dineros del servicio, así ordinario como extraordinario, consignados; las otras consignaciones, del todo consumidas. Y de dónde se haya de proveer lo que no se pueda excusar, no se puede alcanzar…
Era, por tanto, preciso amainar. Era necesario, por todo punto, ceder, dejar a un lado la política de prepotencia. Es cuando el Príncipe —o sus consejeros, que así le hacen hablar— dice a su padre, el Emperador, aquellas palabras tan reveladoras, la ruina que amenazaba a Castilla, y que nunca comentaremos bastante:
V.M., que lo sabe y entiende mejor todo, lo puede considerar si fuere servido, que de acá no paresce que se pueda dexar de acordárselo, para que desengañado de lo de adelante, pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos[193]…
Está claro que no es el príncipe Felipe el que habla. Él no hace más que firmar lo que sus consejeros le ponen ante los ojos. Estamos en 1544, y sus diecisiete años no dan para más. Es, evidentemente, la voz de Castilla, no del heredero de la Corona. Pero la frase resulta impresionante, por lo certera:
… para que, desengañado de lo de adelante, pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos…
¡Y estamos en 1544! Todavía faltarían otros diez años de guerras en Alemania y en Flandes. Porque, en efecto, se hizo la paz con Francia —la paz de Crépy— y, al punto, en 1545, se inició el Concilio de Trento y con él la perspectiva de dominar el protestantismo alemán por la fuerza de las armas. Con lo cual nuevas imposiciones sobre el humilde pechero castellano. Pero ¿lo podría sufrir? Es cuando Felipe II informa a Carlos V y le dice toda la verdad: la situación en Castilla no podía ser más desesperada y no venía a cuento que se recordara lo que Francia había dado a su Rey para que afrontase su política exterior:
… porque demás que la fertilidad de aquel Reino es tan grande que lo puede sufrir y llevar, la esterilidad destos Reinos es la que V.M. sabe, y de un año contrario queda la gente pobre de manera que no pueden alzar cabeza en otros muchos.
El Príncipe defiende a Castilla, sus usos, sus costumbres y privilegios:
Cada reino tiene su uso y en aquél es la costumbre servir de aquella manera, y en éstos no se sufriría usar de la misma, porque también se ha de tener respeto a las naciones…
En todo caso, la miseria en que había caído Castilla era algo que encogía el ánimo, pues todo amenazaba perderse. El pueblo, la sufrida gente de Castilla, no podía más. Pocas veces unos consejeros —a través de su Príncipe— hablaron tan valientemente al Emperador:
… la gente común, a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos andan desnudos sin tener con qué se cubrir. Y es tan universal el daño que no sólo se extiende esta pobreza a los Vasallos de V.M., pero aún es mayor los de los señores, que ni les pueden pagar sus rentas, ni tienen con qué.
Una general miseria se extendía por el país. Los jueces no daban abasto a perseguir a los deudores, todo amenazaba ruina:
Y las cárceles están llenas y todos se van a perder[194].
Carlos V, en su ansia de conseguir dineros de donde fuese, había llegado incluso a la idea de hacerse con los que venían de Indias para particulares, lo cual era un abuso tan notorio que Felipe II protesta. Eso hubiera sido
… en grandísimo daño destos Reinos y [la] total destructión y perdición de los mercaderes y de muchos particulares pobres y viudas, cuyos dineros traen [los galeones]…[195]
¿No estamos ante la Castilla que alumbró al Lazarillo de Tormes? Es también la que se refleja en el Memorial de Luis de Ortiz.
¡Cuántas veces he estudiado su texto, desde que decidí publicarlo allá hacia 1956, hace por lo tanto más de cuarenta años! Porque lo cierto es que mucha gente hablaba ya de él, pero la mayoría —como ocurre con tanta frecuencia— sólo de oídas, pues aún permanecía inédito. Se sabía, eso sí, que había varias copias, dos de ellas en la Biblioteca Nacional (sección de manuscritos).
Y una mañana de enero yo trasladé mi máquina portátil a la Biblioteca Nacional, donde un buen amigo, don Ramón Paz, me ayudaría poniendo a mi disposición una mesa en un rincón aislado. Y asombroso: pese a que se publicó en 1957 en la revista Anales de Economía, pese a que seis años más tarde lo recogería en el Apéndice documental inserto en mi libro Economía, Sociedad y Corona, para muchos pasaría desapercibido[196].
Ahora bien, en algo fue útil mi trabajo, pues serviría de base para los estudios que entonces estaba haciendo Pierre Vilar sobre la España del Quinientos[197].
El Memorial, presentado al Rey por aquel contador de Burgos en 1558 —como si esperara del nuevo monarca la solución de los problemas que estaban dañando a la Monarquía—, parte de un hecho evidente: que los paños extranjeros podían competir con los nacionales, tanto en precio como en calidad, pese a que empleaban la lana de la oveja merina castellana. Es más, afanados por sacar un rendimiento inmediato a esa lana, el mercader castellano la vendía al mejor postor, que siempre era un extranjero, para comprar después los paños manufacturados; esto es, se vendía por uno y se compraba por diez, con un desequilibrio de la balanza de pagos que hacía que se fuera al extranjero buena parte del oro que llegaba de las Indias; un oro —nervio de la guerra— que así servía para que ese extranjero hiciese la guerra a España.
Luis de Ortiz es un testigo de la hora histórica de su patria. Conforme a una reflexión sacada de la tradicional historiografía, los imperios del mundo habían ido pasando empujados por la rueda del tiempo hacia Occidente: Persia, Grecia, Roma. Ahora —el ahora del hombre del Quinientos— le tocaba a España. Pero, en ese mismo sentirse imperiales, sentirse testigos y personajes con protagonismo activo de tal imperio, estaba por lo mismo ya la semilla de la duda, de que el girar de la rueda haría, acaso en poco tiempo, que ese imperio se escapase de España. Y ése sería el afán de Luis de Ortiz, encontrar la fórmula que pudiese bloquear la rueda del tiempo, manteniendo a España en la cima del poder:
… España es la que falta en el mundo por tener el supremo mando e ymperio, y que desde que començó a reinar la magestad del Emperador Carlos Quinto deste nombre, se començó. Y para que éste no sólo se conserve en estos Reinos, mas dure perpetuamente, he dado principio a ello[198]…
Luis de Ortiz es un patriota, es un gran enamorado de España. Y tanto, que le lleva a unas loas, acaso por encima de las conocidas Hispaniae laudes medievales. De entrada, juzga a su tierra más fértil que la de Francia, cosa tan lejos de la verdad, y tan en contra del sentir general, como ya hemos visto en las cartas de Felipe II a Carlos V de 1544. Y hasta tal punto, nos dice, que simientes que en otras alejadas tierras eran malignas y aun venenosas, en España se acomodaban y se convertían en benignas: así los duraznos. Sus aires eran «buenos y sanos por todas partes». Y si así era la tierra, ¿qué decir de los hombres? Es cierto que los más de ellos vivían ociosos.
… sin letras ni oficios mecánicos…
Pero ¡cuán sufridos y templados! ¡Cuán hechos para la guerra! ¡Cuán secretos!
… los ánimos aparejados para morir por su ley y por su Rey…
Y a partir de ese momento, Luis de Ortiz nos presenta su plan. Básicamente el largo memorial, cuya copia de 73 folios se conserva en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid, está centrado en tres grandes cuestiones: cómo mejorar la balanza de pagos, con una adecuada política aduanera; cómo desarrollar la economía —llevando pareja una reforma social, acaso el punto más interesante—, la mejora del comercio exterior, el impulso a la economía interior y la confirmación del predominio en la zona del mundo que, a juicio de Luis de Ortiz —y no era el único de su tiempo que así pensaba—, afectaba más a España: el Mediterráneo.
En cuanto a la balanza de pagos, el razonamiento de Luis de Ortiz era claro: había una fuerte descompensación porque se exportaban materias primas de gran valor —lana, seda, hierro— y se importaban después los productos manufacturados, que los artesanos de otras naciones hacían precisamente con esas mismas materias primas, y con tal desventaja, que lo que se vendía por uno, se compraba después por valor de diez, de veinte y hasta de ciento.
Entendido está —señalaba Luis de Ortiz— que de una arroba de lana que a los extranjeros les cuesta quince reales, hacen obraje y tapicerías y cosas labradas fuera de España, de que vuelven dello mismo a ella, valor de más de quince ducados…
Y tal ocurría lo mismo con la seda y con el hierro. Y así salía el dinero del reino, lo que llevaba a Luis de Ortiz al triste comentario:
… que, cierto, en esto y en otras cosas, nos tratan peor que a indios[199]…
¿Cómo remediarlo? El Rey lo tenía en la mano: con un estricto control aduanero:
Y el remedio para esto es vedar que no salgan del Reino mercaderías por labrar, ni entren en él mercaderías labradas[200]…
¿Tan sencillo como eso? No, porque ello obligaba a una profunda transformación social e incluso mental.
Desterrar el ocio, convertir al español, fuere cual fuere su condición social, en un laborioso artesano. Lo que a su vez obligaba a una reforma legislativa, ya que los oficios mecánicos estaban menospreciados por las leyes del reino.
Luis de Ortiz llega tan lejos, en sus afanes reformadores de la sociedad, que pretende que los oficios mecánicos fueran aprendidos y ejercitados por toda la juventud, por la España del mañana, sin excluir ni siquiera a la alta nobleza. ¡Pura quimera!
Se ha de mandar que todos los que al presente son nacidos en estos años, de 10 años abajo, y los otros que nacieren de aquí adelante para siempre jamás, aprendan letras, artes o oficios mecánicos, aunque sean hijos de Grandes y de caballeros y de todas suertes y estados de personas[201]…
Sin duda, Luis de Ortiz se dejaba llevar aquí de su afán por mejorar la riqueza nacional, sobre la base que el primer factor a tener en cuenta es el mismo hombre. Quiere trabajadores para la industria —en especial, la textil, que era con mucho la más importante de aquellos tiempos—. ¡Fuera la gente ociosa! Y tan fuera, que los que a los dieciocho años no hubieran aprendido un oficio deberían ser desnaturalizados:
… sean habidos por extraños destos Reinos y se executen en ellos otras graves penas[202].
Naturalmente, tan fuertes medidas no rezaban con los labradores ni pastores. Como si recordara los versos de Jorge Manrique, hablará de «los que trabajaren con sus manos». Pero se quejará de la multitud de sastres, jubeteros y calceteros, por mor de tanto afán de vestir suntuosamente, en contraste con la gente principal de Roma o de Génova, que andaba toda vestida honestamente; es decir, sin tales suntuosidades.
Y otra ventaja: al desterrar el ocio también se desterrarían los infinitos pleitos a que tan dados eran los españoles, sin olvidarse de los que se marginaban de la ley:
Lo otro, que estanto la gente toda ocupada en sus oficios, no habrá los ladrones, salteadores, vagabundos y perdidos que hay en el Reino[203]…
Había privilegios, ¿no es cierto? Tanto la nobleza como el clero estaban excusados de pagar los servicios. Pues bien, Luis de Ortiz quiere redondear su reforma social trastocando aquella base tan inconmovible del Antiguo Régimen: privilegios, sí; pero sólo para los que trabajaren por sus manos:
Para remedio desto se puede ordenar que todos los oficiales (de oficios mecánicos, se entiende) sean libres de servicios ordinarios y extraordinarios, y lo mesmo los labradores, pastores, traxineros y carreteros y los demás que vivieren del trabajo de sus manos[204]…
Lo que Luis de Ortiz pedía, por tanto, era una profunda reforma del sistema fiscal. ¿Cómo se entendía que ciudades como Toledo, Valladolid, Burgos y otras de Castilla estuviesen exentas del pago de impuestos? Aquellas exenciones tenían como consecuencia que pagaban más y más los labradores comarcanos. Igualmente ocurría con los privilegios de hidalgos y clérigos, tanto secular como regular, con grave daño de la república.
… y todo lo vienen a pagar los labradores, que son los más pobres y desventurados, en lo cual se recibe gran escrúpulo de conciencia[205]…
Esa actitud tan nueva, tan moderna —tan actual, si se quiere—, enlaza con la que mantiene en lo que se refiere al problema de la limpieza de sangre. Luis de Ortiz no pedirá que se quitaran los estatutos de limpieza de sangre, que había renovado a mediados del siglo XVI el cardenal Silíceo, con los implantados para el cabildo catedralicio toledano; pero sí que se moderasen.
Ésa sería su expresión, con referencia expresa al impuesto por Silíceo:
Que el estatuto que hixo el Cardenal de Toledo y otro de Alcaraz y otros que hay en el Reino, se moderen con limitación de limpieza de padres y abuelos, sin buscar limpieza de más ascendencia, pues es cosa justa[206]…
En cuanto a la producción, ya estaba en marcha un apunte de maquinismo, frente a la labor artesana tradicional. También en este caso vemos a Luis de Ortiz clamar porque el país se pusiera a la altura de los tiempos:
Que ninguna mujer pueda hilar al pulgar sino en carro de los que vienen de Flandes…
Y la razón era clara:
… porque se averigua hilar más una mujer en un día en carro y con menos trabajo que las que hilan al pulgar en cuatro[207].
No se olvida Luis de Ortiz del libro impreso que venía a España en tal cantidad que, aparte del riesgo de sus sospechosas doctrinas —no olvidemos que el Quinientos es también el siglo de Lutero y de Calvino; en suma, de la Reforma—, se escapaban por esa vía más de 200 000 ducados al año. Aún mayor era el gasto por la cera, que Luis de Ortiz lo calculaba en otros 500 000 ducados; el consumo de velas, tanto en la liturgia religiosa como en el alumbramiento nocturno de las viviendas, explica algo que en nuestros tiempos resulta difícil de comprender.
El aumento de los molinos de viento —otra novedad de la época—, la forestación del país y hacer los ríos navegables eran otras de las medidas planteadas por Luis de Ortiz para mejorar la economía nacional.
Esparcidos aquí y allá en el Memorial se encuentran no pocas referencias a los males de la Monarquía: la escalada de los precios, el poder abusivo del patriciado urbano, el temor al enemigo musulmán, el paso a las Indias de tantos maleantes, provocadores de alzamientos y sediciones…
La veda de exportación de la lana traería como compensación, además, que los artesanos extranjeros tuvieran que venir a España a seguir su oficio (ya hemos dicho que la lana merina castellana no tenía igual), con lo cual se lograba otro resultado: que se casaran no pocas doncellas pobres:
… de que hay multitud, y se pierden y son malas, por no tener con qué se casar[208]…
La denuncia contra los abusos del patriciado urbano, que se conoce por la documentación existente, tiene aquí una notoria referencia. Los regidores de las principales ciudades —los actuales concejales— tenían sus cargos vitalicios y se beneficiaban con el abastecimiento de sus ciudades, cada uno en un sector: carne, pescado, lana, aceite, etc., de forma que lo encarecían para aumentar su ganancia. De ahí otro motivo de la carestía de la vida:
… se tiene entendido que los más de los regidores de los pueblos grandes, por ser perpetuos, son interesados unos en las carnes, otros en las lanas, otros en los aceros, otros en sebo y otros en el pescado y aceite; y, finalmente, en todo lo necesario a la sustentación humana; los cuales, con sus industrias [con sus manejos], encarecen las cosas en los excesivos precios que al presente están[209]…
¿Remedio? Que fueran cadañeros y no vitalicios, y sujetos a estrechos juicios de residencia, a cargo de íntegros magistrados (los oidores de la época).
Es sorprendente la voz de alarma que da contra el peligro norteafricano, por su densidad de población; al leer esta parte del Memorial, uno piensa inevitablemente en el peligro chino de nuestros días:
Hase de considerar que, a causa de casarse el moro con siete mujeres…, es tan grande su multiplicación que se averigua que hay en Argel algunos moros, y en otros muchos pueblos de África, que tienen a sesenta y a setenta hijos varones y algunos más, sin las hijas, por lo cual fácilmente pueden conquistar el mundo, si Nuestro Señor no lo remedia…
¿Qué se podía hacer? Una guerra sin cuartel. Que las galeras del Rey piratearan, año tras año, arrasando la tierra. Con lo cual, aparte del botín, se despoblaría la tierra y sería más fácilmente presa de España:
… con estrozarles la tierra cada año se la asolarán y harán despoblar y dejar, y con tiempo Su Magestad será señor de todo[210]…
La crueldad otra vez, como había pedido también Pedro Menéndez de Avilés, al servicio de una política de dominio, ahora en el Mediterráneo.
Luis de Ortiz buscaba con su planteamiento el enriquecimiento del país —que no saliera dinero del reino— y el del propio Rey, pues no podía haber rey rico reinando sobre vasallos, más que pobres, hundidos en la miseria. Sería además la mejor forma de que se respetase la ley, la ley que protegía al humilde.
Otra cosa sería abocarse a la desesperación. En ese sentido, Luis de Ortiz no se hacía ilusiones: de un rey acosado por las deudas cualquier mal se podía temer:
Las necesidades de los Reyes… hacen quebrar y derogar las leyes buenas…
Para concluir, escéptico:
… pues a necesidad no hay ley y menos en los Príncipes[211]…
El Memorial de Luis de Ortiz nos interesa tanto por lo que propone como —o acaso más— por lo que refleja. Es muy dudoso que se pudiera tomar en serio por el Consejo Real su propuesta de que toda la juventud tuviese que aprender un oficio mecánico, incluidos los hijos de la alta nobleza, y que contra los que así no lo hiciesen se procediera marginándolos de la ley («sean habidos por extraños destos Reinos…»); pero nos deja la constancia del grave problema laboral, de ese absentismo del trabajo fomentado por una sociedad con mentalidad nobiliaria. De igual modo es dudoso que se admitiera por el Consejo Real la sugerencia de hacer a los regidores de los ayuntamientos cadañeros, dado el poder que tenía el patriciado urbano; pero podemos apreciar de qué modo se enriquecía ese patriciado explotando el abastecimiento de sus ciudades.
Estaba claro que de poco servía el gran caudal de oro y plata que llegaba de las Indias; la escasa capacidad competitiva de la industria castellana traía consigo el fuerte desnivel de la balanza de pagos en el comercio exterior, con la consiguiente fuga de dinero al extranjero. En ese sentido, la visión de Luis de Ortiz era clara: se vendía materia prima de gran estima por valor de uno y se compraban productos manufacturados —hechos precisamente con esa materia prima— por valor de diez, de veinte e incluso de más. El remedio podía parecer sencillo: un estricto control aduanero, prohibiendo a la vez la salida de esas materias primas —fueran lana, seda o hierro— y la entrada de los productos extranjeros. Pero, para lograrlo, era preciso producir más y más, cosa harto difícil, por no decir imposible, si antes no se cambiaba esa mentalidad nobiliaria, por la cual los oficios mecánicos estaban tan menospreciados.
Un escollo que no era fácil de salvar mediante una legislación, por bien ordenada que fuese, y faltaba además que existiese la voluntad del legislador para proclamarla.
El Memorial también nos señala otros graves problemas: la deforestación, la escasez de cera —ojo, algo mucho más importante de lo que ahora podría pensarse— y la pobre infraestructura de las rutas interiores, con la escasez de los ríos navegables. Aquí, el juicio de Luis de Ortiz es una denuncia de una actitud secular del pueblo español, que llega hasta nuestros mismos días:
… que todo se hace sin ingenio…, a poder de dinero y costes…
Advertimos también —y la reflexión es inquietante— que ya existía un problema vasco, en particular en Guipúzcoa, porque aquella tierra se proveía preferentemente de Francia, con lo cual quedaba a su merced:
Lo primero que proveyéndose de bastimentos la dicha tierra e comarca de los señoríos de Castilla o de otros de S.M., y teniendo entendido que no ha de estar aquella comarca a disposición y albedrío de los enemigos, cesarán las malicias dellos, los quales han descubierto que tienen platicado entre ellos que quando su Rey quisiere ser señor de la mayor parte de aquella tierra lo sería, pues está en su mano vedarles o darles el mantenimiento. Y que si lo deja de conquistar es porque la tierra no rendiría cosa ninguna[212]…
Luis de Ortiz, diríamos para terminar de enjuiciar su Memorial, era algo más que un modesto contador burgalés. Por su escrito se aprecia al viajero de ojo atento, que ha recorrido buena parte de Europa, en especial los Países Bajos y el norte de Italia, que ha visto, que ha anotado y que ha comparado lo de fuera con lo de dentro, sacando así las oportunas conclusiones.
Inquietante situación, sin duda, tal como la veía aquel súbdito de Felipe II; quien tan seguro estaba de haber hallado la fórmula salvadora que pediría al Rey una recompensa, no directamente, sino sobre la base de que se le diera el 3 por 100 de lo que aplicando su sistema se obtuviese.
Y, por último, una reflexión: ¿estamos ante una crítica del reinado de Carlos V? El panorama interior era desolador. De nada valía a la Monarquía hispánica su control de los tesoros indianos, si después de su llegada a España se producía esa masiva fuga a las arcas de los hombres de empresa del resto de Europa occidental. Se imponía un reajuste de la política laboral, lo que suponía una acusación: el abandono de la situación interna, obsesionado como estaba Carlos V por la política internacional (aquellos «altos pensamientos», según el texto filipino). Pero también cabría ver una censura a la política internacional Carolina, que a partir de 1543 se había centrado en la Europa del Norte: los Países Bajos, Francia —la campaña sobre París de 1544— y Alemania. A la contra, Luis de Ortiz planteará una política «para asegurar el mar Mediterráneo», que era de donde le venía el verdadero peligro a España.
Y en eso Luis de Ortiz coincidía con otras relevantes figuras hispanas, para las cuales hasta lo de Italia era aventurado. Hacia 1529, el arzobispo Fonseca ponía a disposición de Carlos V todos los tesoros de su mitra toledana, con tal de que acometiese la empresa de Argel. Y Tavera, entonces arzobispo de Santiago y posiblemente la mejor cabeza de España, escribía a Cobos, el prepotente ministro carolino, para instarle a que sacase a Carlos V de Italia y le volviese a España.
A España, donde Carlos V podía emplear mejor
… sus grandes pensamientos y la magnanimidad de su corazón real en conquistar eso de África, donde puede emplear mejor su juventud y poder y con mejor gloria, que en otras cosas de lo de allá.
Y añadía el buen prelado:
… y reniegue de toda la Italia y de Francia, que al cabo esto es lo que ha de durar y quedar a sus sucesores, y lo de allá es gloria transitoria y de aire[213]…