16 LAS CARTAS FAMILIARES
En 1956, hace más de cuarenta años, publicaba yo una semblanza de Felipe II[1300] y dedicaba uno de sus capítulos a comentar las cartas familiares del Rey, tomando como base las que había publicado Gachard en 1884[1301], que recogía las que Felipe II había mandado a sus hijas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela desde Lisboa, entre 1581 y 1583. Allí había material suficiente para mostrar un Felipe II íntimo, amantísimo de sus hijas, de la naturaleza, de los jardines, de las flores, de los ruiseñores… Era como descubrir un buen padre de familia que, teniendo que abandonar el hogar, añora desde lejos lo que ha dejado en Castilla.
Después de la obra de Gachard otros estudiosos han vuelto sobre el tema. En 1975 lo hacía Spivakovsky[1302], y en 1988, por citar los trabajos más destacados, la que podemos considerar edición definitiva: la de Fernando J. Bouza Álvarez[1303]. Pese a la buena edición de Gachard, se comprende la labor de Spivakovsky y de Bouza, atentos al otro mazo de cartas del Rey, las que a partir de 1585 envía a su hija Catalina Micaela.
Son dos bloques distintos: en el primero, Felipe II escribe a sus dos hijas mayores, pero que todavía están por hacerse mujeres; son casi unas niñas, aunque el Rey ya les confíe el cuidado de sus otros hermanos más pequeños. Por otra parte, ellas —Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela— son las que guardan el hogar familiar y es el Rey el que se ha ausentado y añora constantemente el regreso. Y lo que abunda son las referencias personales: los hondos afectos familiares, las pequeñas historias del desarrollo corporal de aquella tropa menuda que había quedado en el alcázar madrileño, las originalidades de los locos (bufones) que habían acompañado a Felipe II.
Además, el Rey comenta las noticias que recibe de las hijas, de forma que hay como un reflejo del epistolario de las Infantas que, lamentablemente, fueron destruidas, al menos en parte, por orden del Rey, como él mismo lo declara en una ocasión a sus hijas:
A las demás cartas vuestras, por ser ya viejas, acuerdo de no responder, sino quemarlas, por no cargar más de papeles[1304]…
En sus cartas, el Rey les da cuenta por menudo de las cosas personales que le van pasando. Entre ellas, también de las políticas —las Cortes, la empresa naval contra don Antonio, la jura—, pero como de pasada, sin ninguna reflexión política, que sin duda no venía a cuento. Y una nota constante: lo religioso.
Las cartas escritas a Catalina Micaela ya marcan desde el principio la diferencia. En primer lugar, no es el Rey el que se va del hogar; es aquella hija tan querida. Y se va como un personaje independiente: es «la duquesa de Saboya». Aquí sí caben los comentarios políticos, como de hecho los hará Felipe II, pues con esa motivación se ha establecido tal boda con el duque de Saboya y se ha llegado a aquel durísimo sacrificio de enviar a su hija tan lejos, con tan pocas esperanzas de volver a verla.
Por lo tanto, insistimos, dos mazos de cartas de muy distinto significado que conviene comentar por separado. Pero, en todo caso, tanto uno como el otro deparando una riquísima información confidencial sobre Felipe II, tanto más interesante cuanto que el Rey jamás pensó en que podría llegar a nuestras manos; de hecho, como hemos visto, lo que él podía controlar, las cartas que recibía de sus hijas, las iba destruyendo.
Otro aspecto que hay que tener en cuenta es la periodicidad de las cartas. Lo más frecuente es una al mes, lo que estaba en función del tiempo que tardaba el correo entre Madrid y Lisboa, pues normalmente el Rey escribe contestando a las cartas que recibe de sus hijas.
Estamos, por tanto, ante un tema altamente sugestivo. Puede afirmarse que ésta es la vía para penetrar un poco en el carácter tan introvertido del monarca.
La primera carta que tenemos del Rey a las Infantas —aunque evidentemente hubo alguna anterior— está escrita desde la villa portuguesa de Thomar el 3 de abril de 1581. Por ella sabemos que Felipe II lo hacía como respuesta a la que le habían mandado sus hijas:
Siempre deseo responderos —así la comienza— y nunca puedo, y menos ahora que son las once y aún no he cenado…
Parece claro que era el Rey quien tenía que iniciar la correspondencia; él era el que había salido de la corte y quien tenía que informar sobre sus pasos. Pero es que en la misma carta Felipe II nos indica ya que existía otra suya anterior:
… sólo digo ahora —añade— que sería muy bien que escribáis y respondáis a mi hermana, como creo que os lo escribí ya[1305]…
Cuando Felipe II escribe su carta, hacía pocos días que había llegado a Thomar. Había entrado el 5 de diciembre en Portugal, pero el avance había sido muy lento, para congraciarse con las poblaciones que le abrían sus puertas: Elvas —donde pasó casi tres meses—, Crato, Abrantes… Podemos decir que en el ánimo del Rey campeaban entonces tres sentimientos: el primero, el de la alta misión que tenía ante sí para coronar el intento secular, desde los Reyes Católicos, de unir Castilla y Portugal (veremos esto más tarde: Castilla y Portugal en su retina, no Portugal y España); el segundo, la reciente muerte de su cuarta esposa, precisamente contagiada en su intento de cuidarle, y el tercero, la soledad que sentía por dejar atrás el hogar regio —entre Madrid y El Escorial—, su hogar, y en él a sus hijas bienamadas.
Eso es lo primero que hay que anotar: Felipe II escribe a sus hijas haciendo un hueco en sus gravísimas y trascendentales jornadas de Estado. Y lo hará por lo general extensamente, de forma que esta primera carta que conocemos —que ya hemos visto que no era la primera que escribía—, que es tan corta, le obliga a disculparse: sólo eran unas líneas. La respuesta más larga debía aplazarse:
Siempre deseo responderos y nunca puedo, y menos ahora que son las once y aún no he cenado…
Tenemos, pues, desde sus inicios, el tono confidencial del Rey, ofreciéndonos rasgos inesperados. El hermético Rey, el que parecía esculpido de piedra, el Rey tan riguroso en sus justicias y tan poderoso en sus acciones, lamentándose porque la fatiga le venza y porque los negocios de Estado —¿qué si no?— le impidan lo que entonces más anhelaba: escribir a sus hijas, tener con ellas un rato de expansión, unos momentos de distensión en que se limitara a pensar en los seres queridos y ese añorar lo que ha dejado atrás con ellos: las florestas de Aranjuez, la caza de El Pardo, las obras de El Escorial.
Pero como no es una carta en firme, tan larga como él querría, sólo apunta algunas cosas urgentes: en torno a su hermana María, cuyo viaje de regreso a España ya empezaba a tratarse; la novedad de un sello regio (donde, atención, ya se han puesto las armas de Portugal), y, por supuesto, lo que no podía faltar, las escuetas referencias a los sucesos políticos inmediatos: la reunión de las Cortes portuguesas para jurarle Rey, lo que le iba a obligar, contra su voluntad —sin duda, porque quería mantener el luto por la reciente muerte de su cuarta esposa, Ana de Austria—, a vestir de brocado:
… y ya sabréis cómo me quieren hacer vestir de brocado muy contra mi voluntad, mas dicen que es la costumbre de acá…
Y no había tiempo para más. La fecha y la firma: «Vuestro buen padre». Ésa era ya novedad, y significativa. No es el Rey el que firma; es el padre, pero, además, con esa carga afectiva: «Vuestro buen padre».
En el rico epistolario cruzado entre Carlos V y Felipe II, el Emperador siempre firma: «Yo, el Rey». Sólo en ocasiones en las que añade una posdata autógrafa, la concluye con «Vuestro padre»[1306].
De forma que Felipe II da, a intento, y desde esos primeros momentos, esa carga afectiva tan emotiva que mantiene ya a lo largo del epistolario y que lo hará tan humano: «Vuestro buen padre». Pues no cabe duda que como tal se sentía, y como tal lo tenían sus hijas. Podría argüirse que ése era un título que debiera esperar a que se lo diesen las hijas y no tomarlo él de antemano, pero eso sería entrar en bizantinismos. Felipe II se despoja del manto real, coge la pluma para escribir aquellos intrincados garabatos a sus hijas, y los termina como haría cualquier otro cabeza de familia en situaciones similares: «Vuestro buen padre». A un padre al que le llegan, al fin, las cartas de las hijas, y largas de contenido, en que le hablan de todas las novedades de la corte, del calor que se estaba echando ya en Madrid y de cómo uno de sus hermanos —acaso Diego— había dejado ya su vestimenta infantil. Pero, sobre todo, donde las hijas hablan al padre de las fresas de Aranjuez y de los ruiseñores: que corría el mes de abril y la primavera había estallado.
Y el Rey, melancólico, acusa el golpe:
Mucha envidia tiene Magdalena[1307] a las fresas y yo a los ruiseñores…
Porque, claro, también los oía en Thomar desde su ventana de palacio, pero no había comparación:
… aunque algunos pocos se oyen de una ventana mía…
Asistimos también al alborozo del padre, comentando las pequeñas noticias familiares: ¡al infante Felipe le había nacido un diente! Y el padre empieza a echar cuentas: ¿no tenía ya los tres años? Duda, y en las dudas ya se le va el santo al cielo con Diego, el mayor —entonces, el Príncipe—:
Acá han escrito que a vuestro hermano chico[1308] le había salido un diente…
Lo que, con razón, asombra al Rey-padre: ¿no era harto tarde?
… paréceme que tardaba mucho para tener ya 3 años, que hoy los cumple…
Pero ¿dos o tres? ¿Y el mayor? ¡Que las hijas le saquen de dudas!
… y estoy en dudas si son 2 ó 3 y creo que debe estar lindo, como decís. También estoy en duda cuánto cumple el mayor[1309] en julio, aunque creo que son seis. Avisadme lo cierto de ello…
Las cartas del Rey no son breves, aunque para ello tuviera que pagarlo su cuerpo:
No pude escribiros el lunes pasado y porque no sea hoy lo mismo lo comienzo antes que las otras cosas, que quizás me costará acabarlas muy tarde[1310].
Así empieza Felipe II su carta el 24 de junio y a continuación les detalla mil cosas, unas menudas y otras grandes, de lo que acontecía en Lisboa.
Y como el puerto era famoso, el Rey les describe su movimiento, tal como lo veía desde su ventana. De modo que nos podemos imaginar al Rey asomándose a ella y tomando nota para la carta de sus hijas:
Y de una pieza alta, donde yo escribo, se ve de una ventana todo lo más del largo de Lisboa, que por aquí no tiene el río de ancho sino poco más de media legua. Y de otra ventana se ve Belem y San Gian y mucho del río abajo y todos los navíos que entran y salen por él[1311].
Mas, como buen padre, acusa en seguida recibo de lo que le mandan las hijas, aunque sean presentes como frutas que el largo camino ha hecho incomestibles:
Los albérchigos vinieron de manera que si no lo escribierais, no se pudieran conocer, y así no los pude probar, de que me pesó mucho porque por ser del jardincillo de vuestra ventana me supieran muy bien[1312]…
Hasta el tiempo, bueno o malo, será siempre una noticia que mandar:
Y ninguna calor ha hecho estos días, sino hoy que ha hecho mucha[1313]…
O bien cuando corre el mes de enero del 82 y un temporal de aguas se abate sobre Lisboa, y (pese a que es pleno invierno) no hace frío, lo que asombra al Rey, acostumbrado al clima meseteño:
No hace frío, que todo es llover, y ahora ha gran rato que parece que se cae el cielo de agua[1314]…
Lo cual, cuando llega la emperatriz María, tan hecha a las nieves de Viena, el asombro crece: pues al año siguiente, casi día por día, en mes de enero de 1583, el Rey anota:
Por mucho que haya llovido —en Madrid, se entiende—, aquí mucho más, mas no ha nevado nada ni hace frío, que mi hermana se espanta dello[1315]…
Y las tormentas, algunas con gran aparato de truenos y relámpagos, le hace embromar a Isabel Clara Eugenia, que le producían pavor:
También es terrible el tiempo que hace aquí y lo que llueve y algunas veces con muy grandes truenos y relámpagos…
Después añade, bromista:
Y esto sería bueno para vos, la mayor, si no le habéis perdido ya el miedo[1316]…
En las cartas del Rey no deja de apuntar el hombre de Estado, con referencias concretas a las situaciones políticas por las que se estaba pasando en Portugal; también el hombre amante de la caza, de los pájaros y de los jardines (de la naturaleza, en suma), con la añoranza de lo que había dejado atrás, en El Pardo, en Aranjuez o en El Escorial; pero, sobre todo, el padre de familia amantísimo que recuerda las menores cosas de sus hijas, las muy amadas, y en menor grado de los tres pequeños, Diego (1575-1582), Felipe (1578-1621) y María (1580-1583).
Las notas del hombre de Estado son siempre muy breves, y sobre sucesos que se suponía que seguían atentamente las hijas mayores desde la corte madrileña. Tal la referencia a cuando había sido jurado Rey por las Cortes portuguesas de Thomar:
Creo que se comenzarán pronto las Cortes —escribe el 3 de abril de 1581— y primero el juramento porque ya viene mucha gente…
Y añade la nota personal citada, la confidencia a las hijas:
… y ya habréis sabido cómo me quieren hacer vestir de brocado, muy contra mi voluntad, mas dicen que es la costumbre de acá[1317].
Todavía estaba en pie la guerra contra el prior de Crato, don Antonio, y el Rey lo cita, pero sin ningún arrebato de ira, como algo natural que había que combatir, como se combatía el frío, pero sin poner pasión en ello:
Esta mañana salió de aquí una armada de 14 ó 15 galeones y naos y carabelas con mil españoles y mil alemanes por don Antonio…
¿Dirá algo más? ¿Mostrará algún signo de cólera contra quien había osado discutir sus derechos al trono portugués, armas en mano? Nada de eso; se limitará a dar la referencia exacta de dónde se estaba emplazando la armada:
… y están ahora delante de Belem, esperando tiempo para ir su viaje[1318]…
¡Cualquiera diría que se trataba de un viaje de placer! La única nota de acoso la encontramos en ése por don Antonio, que acaso nosotros diríamos a por don Antonio.
El Rey es observador: diríamos, es el padre que quiere contar cosas a las hijas y va anotando todo lo que le parece curioso. Su estancia en Lisboa de casi tres años le da ocasión, más de una vez, de visitar las galeras; galeras a cuyos remos estaban los galeotes, esos personajes tan desafortunados del mundo de la época, del Mediterráneo milenario, lo mismo en el área cristiana que en la musulmana. Unas galeras que ahora han llegado a Lisboa, con los tercios viejos, y con sus galeotes. ¿Pasará el Rey sin verlos? No. Pero su mirada se desliza, indiferente a su dolor, fijándose sólo en el aspecto externo. A poco de su llegada visita Felipe II las galeras y entra en la capitana:
Y luego se pusieron en cueros los que remaban, con unos zaragüellos de lienzo solamente; y son los de aquella galera, que es buena, cerca de trescientos, todos rapados la barba y la cabeza…
Una estampa a todo color, para contar como experiencia de viajero. Por lo demás, un viaje placentero:
… vinimos muy a placer, con buen tiempo[1319] y siempre al remo…
El placer, claro está, para el Rey y sus acompañantes, no para los míseros galeotes[1320].
Algo similar ocurre cuando el Rey asiste a un auto de fe. ¡Los terribles autos de fe! Porque un auto de fe suponía una ceremonia religiosa, con sermón incluido; pero, claro, especialmente unos condenados, con su sentencia también incluida, que, no hay que decirlo, era para no pocos la hoguera.
Pero para los que mandaban era como un espectáculo a todo color:
Ayer fuimos mi sobrino[1321] y yo al Auto y estuvimos en una ventana donde lo vimos todo muy bien y diéronnos sendos papeles de los que salían a él, y el suyo os envío aquí para que veáis los que fueron. Hubo primero sermón, como suele, y estuvimos hasta que se acabaron las sentencias y después nos fuimos, porque en la casa donde estábamos los había de sentenciar la justicia seglar…
¿A qué sentencia? El Rey la sabe y sin más se lo dice a las hijas:
… los había de sentenciar la justicia secular a quemar a los que relajaron los inquisidores.
Fue una mañana bien ocupada:
Fuimos a las ocho y volvimos a comer cerca de la una.
Esto es, el tremendo espectáculo, la horrenda suerte de los relajados por la Inquisición y entregados a la justicia seglar para que fueran quemados en la hoguera no altera el buen ánimo del Rey, que a la una, como era su costumbre, se retira a comer. Y todo se dice como una noticia más, una nota curiosa que se manda junto con el papel explicativo, para que las Infantas se hagan mejor idea.
Y el Rey termina su carta: «Y Dios os guarde, como deseo»[1322].
Ese Rey que se nos muestra tan indiferente al sufrimiento de los míseros de aquel mundo, fueran galeotes, fueran relajados por la Inquisición, muestra, sin embargo, sus sentimientos de amante de la Naturaleza en una medida y con unos matices que no dejan de asombrar. Lo anterior no era ninguna novedad. Encajaba con la idea que la misma época tenía del fundador de El Escorial; pero el tono poético que emplea en sus referencias a la Naturaleza, eso supone una novedad, y de primer orden. Ya hemos visto algo de ello, como cuando echaba en falta a los ruiseñores: «… aunque algunos pocos se oyen de una ventana mía…».
Es abril de 1582. El Rey lleva ya más de un año en Portugal. La primavera se siente en el aire, y el Rey lo acusa. Recibe cartas de sus hijas en las que le hablan de Aranjuez, ¡Aranjuez en marzo o abril! Aranjuez en la primavera. El Rey se queda nostálgico, coge la pluma y les escribe:
Mucho holgué con vuestras cartas y con las nuevas que me dais de Aranjuez.
Después agrega, melancólico:
Y de lo que más soledad he tenido es del cantar de los ruiseñores, que hogaño no les he oído, como esta casa es lejos del campo[1323]…
Del campo escurialense, que tanto le atraía, lo que mejor recordaba era La Herrería:
… que cuando está toda verde, ya sabéis que no hay mejor cosa en todo aquello[1324]…
Ahora bien, lo que más abundan son las noticias familiares, esa nota del padre que echa en falta a sus hijos y que les recuerda por mil motivos; no digamos cuando se acerca una fecha especial. Por ejemplo, cuando Clara Isabel Eugenia cumple los quince años. Y lo malo es que al Rey se le había pasado la fecha y se lo tuvo que recordar la hija:
Y sea enhorabuena haber cumplido vos, la mayor, quince años, que es gran vejez tener ya tantos años… Y hoy ha ocho días que os quise dar la enhorabuena y al escribir se me olvidó. Y vos, la menor, también cumpliréis presto catorce.
En efecto, Isabel Clara Eugenia había cumplido los quince el 12 de agosto, de forma que el Rey parece sincero (ocho días antes había querido felicitarla), pues escribe su carta a 21 de agosto; peor andaba su memoria en cuanto al aniversario de Catalina Micaela, para lo que faltaban casi dos meses[1325].
Sin embargo, como todo buen padre, también Felipe II desea saber más de sus hijas, principalmente de las mayores, que son, sin duda, las preferidas. Por ejemplo, y puesto que hacía tanto tiempo que faltaba del hogar, saber cuánto habían crecido. Es el 19 de marzo de 1582. A la corte de Lisboa llegan correos de Castilla que le llevan noticias de sus hijas, que crecían hermosas:
De vosotras me dan todos muy buenas noticias y de que estáis muy grandes. Según esto debéis de haber crecido mucho, a lo menos la menor…
Pero el Rey no se contenta con las noticias verbales, quiere pruebas tangibles, así que se le ocurre una idea:
Si tenéis medidas avisadme cuánto habéis crecido después que no os vi y enviadme vuestras medidas muy bien tomadas en cintas y también la de vuestro hermano[1326], que holgaré de verlas, aunque más holgaría de veros a todos[1327].
Ruego paterno que las hijas cumplen de inmediato, a vuelta de correo: quince días más tarde el Rey las tenía ante sí, lo que le llena de gozo. Y aunque cuando recibe las cartas de sus hijas es muy tarde para contestarles como quisiera, sin embargo les pone unas líneas para acusar su recibo:
Quisiera responder ahora a vuestras cartas, mas es tan tarde que no puedo y así lo dejaré para otro día.
Tarde, sí, pero al menos hace un esfuerzo, porque quiere añadir algo:
Solamente os diré que holgué mucho con ellas y con vuestras medidas[1328]…
Todas las novedades de los hijos las celebra, y no sin humor. Así, cuando las Infantas le escriben que a la pequeña María, que todavía no había cumplido los dos años, le salían ya los colmillos. ¿No era un poco pronto? Claro que a él le estaba ocurriendo todo lo contrario:
Muy buenas nuevas son para mí saber que todos lo estáis y paréceme que se da mucha prisa vuestra hermanica en salirse los colmillos…
En ese momento el Rey alza la pluma, para añadir con humor:
… deben ser en lugar de dos que se me andan por caer, y bien creo que los llevaré menos cuando vaya ahí. Y con que no sea más que con esto, se podrá pasar[1329].
Se interesa por los incipientes estudios del príncipe Diego, que a sus seis años corridos no leía tan bien como debiera y le promete una escribanía de la India si se aplicaba, para cuando él volviese[1330]. Es más, todos sus problemas de Estado no le hacen olvidar que el Príncipe es todavía un niño, y para él va guardando aquello que puede interesarle, y a las hijas les encarga que se lo digan:
… que tengo libros de pinturas que llevarle cuando vaya[1331]…
Como cualquier padre, y eso es lo emotivo. Pero claro estaba que Felipe II no era como cualquier padre y que de pronto su poderío podía mostrarse increíble.
¡Un elefante! El Rey anuncia a su hijo que le manda un elefante, que le enviaba como presente el virrey de la India. ¡Caramba! Eso eran palabras mayores:
Ayer vino nueva cómo ha llegado, cuarenta leguas de aquí, a un puerto, una nao de las que vienen de la India, que por ser vieja vino primero que las demás. Creo que vendrá aquí presto. No sé lo que traerán. Sólo he sabido que viene en esta nao un elefante que envía a vuestro hermano el Visorrey que envié a la India desde Tomar, que era llegado allá y llegó a buen tiempo… Decid a vuestro hermano esto del elefante[1332]…
Efectivamente, el elefante llegó a Lisboa y pasaría a Castilla, aunque don Diego poco lo disfrutaría, dada su temprana muerte en octubre de aquel mismo año. Pues el Rey alcanzaba, tanto era su poderío, a mandarle eso, un elefante; pero no tanto como para poder dar salud a aquellos enfermizos hijos suyos.
El conjunto de los afectos familiares que rezuman estas cartas del Rey se completa con los que manifiesta hacia su hermana María. Era la que le quedaba, puesto que Juana había muerto ya en 1577. Al Rey le llegan nuevas de que su hermana quería dejar Viena. Viuda desde 1576, después de veintiocho años de matrimonio con Maximiliano tuvo dieciséis hijos, aunque no todos sobrevivieron; de ésos, algunos educados en España (Ernesto y Alberto). En fin, su hija primogénita, Ana, había sido la cuarta esposa de Felipe II. Y la Emperatriz, que no dejaba de añorar España, muy unida a su hermano, decidió regresar a su lado, acompañada de su hija Margarita, que tenía entonces catorce años (había nacido en 1567). Ambas querían acogerse a las Descalzas Reales, la fundación religiosa de la princesa Juana.
Ese deseo de la Emperatriz viuda, su hermana, y sus preparativos de viaje los va conociendo Felipe II estando en Lisboa, y desde entonces apenas hay carta en que no se refiera al viaje de María.
La Emperatriz había salido de Praga, acompañada de su hija, en agosto de 1581. No llegaría a Madrid hasta marzo de 1582, en un viaje lentísimo de más de medio año de duración, con estas grandes etapas: Graz, Milán, Génova, Marsella, Colliure, Barcelona, Madrid. En Madrid descansaría unos días, festejada por sus sobrinas las Infantas, aunque no sin algún momento de tensión, por querer servirse la Emperatriz de la infanta Isabel Clara Eugenia más de lo que permitía el protocolo[1333]. A principios de mayo entraba en Portugal y se abrazaba con su hermano.
La ansiedad con que Felipe II esperaba aquel encuentro, tras tantos años sin ver a su hermana, se refleja fielmente en su epistolario. En octubre de 1581, cuando su hermana aún estaba viajando por el norte de Italia, se le ve preocupado:
No he sabido más de la venida de mi hermana, a lo menos, cosa cierta[1334].
Un mes más tarde ya sabe que ha llegado a Génova y confía en que aproveche el buen tiempo —ese veranillo de San Martín— para hacer la travesía a Barcelona, siempre, sin embargo, tan incierta y peligrosa, y no sólo por la mar[1335].
Naturalmente, hubo travesía y gran tormenta y peligro cierto. Al llegar a tierra, en Colliure, la Emperatriz escribe a su hermano, sabiéndole preocupado:
… diz que vino muy mareada, que tuvo gran tormenta la noche antes que llegó, de manera que tuvieron peligro algunas galeras[1336]…
Aun así, el tiempo se torna muy crudo y todavía el viaje por tierra es azaroso. Faltan noticias —se aprecia la enorme dificultad en la información— y el Rey se alarma[1337].
Mas, al fin, las buenas noticias van llegando. Se sabe ya que la Emperatriz, con su hija Margarita, camina a sus jornadas hacia Madrid. Las Infantas la esperan como uno de los grandes acontecimientos de sus vidas. A fin de cuentas, era la única tía paterna que tenían, y en la que confiaban encontrar afinidades ideológicas que reforzaran las afectivas. Y le preguntan al padre en qué se parecían y, claro, dónde la alojarían.
Y bien creo que holgaréis de ver a mi hermana lo que me decís y que nos solíamos parecer algo, y más que todo en el belfo; no sé ahora lo que será…
En cuanto a su estancia en Madrid, se sabía su deseo: posar en las Descalzas, aunque antes pasaría por El Escorial, y ya tenía Herrera orden de prepararle el aposento mismo del Rey:
… porque me parece que querrá más posar mi hermana donde yo suelo posar, por estar cerca de la iglesia[1338]…
Era la nota piadosa que no podía faltar y que tan presente estaba en esta época del Rey, el retratado por Anguissola con el rosario en la mano.
Cuando se acerca el momento del encuentro familiar de las Infantas con su tía, la Emperatriz, el ansia de Felipe II crece y se dispara en mil preguntas: ¿seguirían pareciéndose? ¿Se le notaban los años?:
… os tengo gran envidia de que creo que cuando llegue ésta, habéis ya visto a mi hermana.
Y, claro, pide que se le informe con todo detalle:
Escribidme muchas buenas nuevas della, que así espero que serán, y sí viene gorda o flaca, y si nos parecemos agora algo, como creo que solíamos y bien creo que no estará tan vieja como yo.
No se olvida de que con Margarita va la hija. Pero ¿hablaría ésta castellano? Según una tradición, la lengua íntima de la corte de Viena —la familiar de la casa imperial— era el castellano, lo que además les permitía comunicarse en familia sin temor a ser sorprendidos, como si se tratara de una lengua en clave; y en verdad que tenía que serlo para los vieneses o para los de Praga el habla castellana en el XVI. Es posible que así fuera en la corte de Fernando, el nacido en Alcalá de Henares, o, en ocasiones, entre Maximiliano II y María. Pero el testimonio que tenemos ahora, en cuanto a la archiduquesa Margarita, es que se había educado en la cultura alemana y que apenas conocía el castellano[1339]. De todas formas, el Rey empieza pronto a pensar en su sobrina y comienza a echar cuentas. ¿Era de la edad de la infanta Catalina Micaela?
Escribidme quién es mayor, ella o vos, la menor, y dadla entrambas un recado de mi parte, el que a vosotras os pareciere, que bien creo que puedo fiar de entrambas que se lo sabréis bien dar[1340]…
¿Era la natural atención familiar con la sobrina tan lejana que llegaba a España? ¿Pensaba ya Felipe II que ahí podía tener nueva esposa que desposar?
A finales de febrero el encuentro se produce y ya llegan las noticias. Y era de ver el ponerse las primas juntas para comprobar quién estaba más alta, algo en lo que Felipe II muestra su buen humor y el contento que le retozaba por todo el cuerpo; aunque, todo hay que decirlo, extrañamente diríase que para él las hijas carecían de nombre: serán siempre «la mayor» o «la menor». El Rey alude a una carta que le ha llegado de su hermana la Emperatriz:
… me dice que vos, la mayor, estabais mayor que ella con chapines y también vos, la menor, pues estáis mayor que vuestra prima, siendo de más edad que vos.
Y comenta, no sin gracia:
Mas no os envanezcáis con esto, que más creo que lo hace ser ella muy pequeña que no vos grandes.
Es una carta llena de noticias familiares. El Rey se acuerda de que hacía precisamente dos años y un día que había dejado la corte madrileña. Las hijas habían encontrado vieja a la Emperatriz, más que al padre. ¿No sería por el tiempo pasado?
Si me vieseis ahora no os parecería mi hermana más vieja que yo, sino yo mucho más que ella, como soy, pues le llevo trece meses[1341]…
Al fin, la Emperatriz deja la corte madrileña camino de Lisboa. Felipe II sale a su encuentro, que resultó conmovedor para ambos hermanos:
… salí del carro[1342] aprisa y la fui a besar las manos antes que pudiese salir del suyo…
¡Qué gran momento familiar! Hacía más de un cuarto de siglo que se habían visto en Bruselas, a poco de las jornadas de abdicación del Emperador, y más de treinta y cuatro años desde que habían convivido en la corte castellana, cuando todavía María, la Emperatriz, no se había casado. Desde aquellas fechas, en cortes tan distantes, entre Viena y Madrid, sólo las cartas familiares y políticas, con las varias noticias de tantos nacimientos —María tuvo dieciséis hijos—, tantas muertes, tantos sucesos de tan diverso signo —por ejemplo, el de la prisión y muerte de don Carlos—. Así que el encuentro fue memorable:
Y lo que ella y yo holgaríamos de vernos lo podéis pensar, habiendo veintiséis años que no nos habíamos visto, y aun, en treinta y cuatro años solas dos veces nos hemos visto y bien pocos días en ellos[1343]…
En efecto, esos dos encuentros habían sido, el primero, en Zaragoza, en 1551, cuando Felipe II regresaba a España para quedar como alter ego del Emperador, cruzándose allí con el cortejo de Maximiliano y María, que volvían a su corte de Viena; y el segundo, como hemos indicado, en 1556, en Bruselas, adonde acudieron los reyes de Bohemia para despedir a Carlos V.
A partir de aquel momento, los dos hermanos apenas si se separan, en aquellos diez meses que estuvieron juntos en Portugal; sólo en una ocasión, en que la Emperatriz no fue con su hijo, el archiduque Alberto, a conocer Belem. Catalina Micaela le dice que había estado muy triste los días en los que, por su enfermedad de viruelas, no había podido verse con su hermana Isabel Clara Eugenia, y el Rey le comenta:
Yo creo que habrá bajado vuestra hermana y juntándose con vos y que habéis estado bien sola estos días sin ella y también ella sin vos…
Y lo comprende muy bien, porque eso mismo le había pasado a él con su hermana:
… y tanto como yo lo estuve los días que estuve en Belem sin mi hermana y mi sobrino[1344]…
Por lo tanto, un Rey todopoderoso, cargado de responsabilidades, un Rey teniendo ante sí nada menos que todo un reino nuevo y un imperio nuevo —el de las Indias Orientales— que controlar, dirigir y gobernar, pero un Rey que encuentra tiempo para los recuerdos familiares.
Aunque, eso sí, de una manera extraña, a lo que había que buscar una explicación. Para él sus hijas muy amadas no serán Isabel y Catalina, sino «la mayor» y «la menor». Tampoco empleará expresiones como «María, mi hermana», o «mi hijo Felipe». Los nombres quedan olvidados, con toda la rotundidad que un nombre personal implica; lo que en ocasiones obligará a complicadas soluciones. La hija menor será para el Rey «la chiquita[1345]» o «la hermanica»[1346], pero jamás María. ¿En el fondo, indiferencia del Rey ante el familiar con el que dialoga? ¿Despojo de su personalidad? ¿Qué padre no menciona a cada hijo por su nombre, personificándolo, identificándolo, marcándolo de ese modo? Porque cada hijo tiene una gracia propia, un comportamiento distinto, un modo de ser singular; y todo eso cristaliza en su nombre, que al punto nos lo evoca. ¿Es que el Rey era incapaz de llegar a esos extremos en sus relaciones familiares? Parece asombroso. Habría que encontrar otra explicación, que acaso estuviera en el odioso protocolo.
Pero, sea como fuere, eso era mermar las posibilidades de las relaciones familiares, disminuir la carga afectiva, distanciar al Rey (y quizá se tratara de eso) de sus hijos.
Por el contrario, los bufones sí serán llamados por sus nombres.
Los bufones, los «locos», como los llamaba Carlos V, que ya había advertido a su hijo que debería frenar su tendencia a tratar con ellos[1347]. Es más, le advierte claramente que debía reformarse del todo en ese punto. Todos los reyes y grandes de aquella sociedad tenían sus bufones, pero lo del Príncipe era ya excesivo:
… y en cuanto no haréis tanto caso de locos, como mostráis tener condición a ello, ni permitiréis que no vayan a vos tantos locos como iban, no será sino muy bien hecho[1348]…
Pero en este punto, poco caso hizo el Rey a su padre. Desde el primer momento, su corte se llenó de aquellos locos. Los más famosos fueron Magdalena Ruiz y Luis Tristán, pero no los únicos. Consigo, en las jornadas de Lisboa, se llevó a los dos y, además, al Calabrés, Mariola —o Marifernández— y Sancho Morata. Los atrevimientos de aquellos locos con el Rey sólo se pueden creer por lo que el mismo Felipe II escribía a sus hijas. En ese sentido, los lances que cuenta de Magdalena Ruiz asombran. Nos podemos hacer una idea de aquella pobre idiota a través del cuadro de Sánchez Coello, en que Isabel Clara Eugenia la tiene a su lado; en el lienzo aparece la Princesa con la enana al lado, sobre cuya cabeza apoya la mano, y la enana, arrodillada, se acompaña de dos monos, marcando así más su carácter bufonesco y extravagante.
Eran los únicos que podían atreverse a recriminar al Rey:
Magdalena anda hoy con gran soledad de su yerno[1349] —informaba Felipe II a sus hijas desde Almada, el 26 de junio de 1581—, que partió hoy para ahí, aunque yo creo que lo hace por cumplimiento…
Y agrega el Rey:
… estuvo muy enojada conmigo porque le reñí algunas cosas que había hecho en Belem[1350]…
No sería la única vez:
Magdalena está muy enojada conmigo… —vuelve a informar el Rey a sus hijas tres meses después— porque no reñí a Luis Tristán por una cuestión que tuvieron delante de mi sobrino… Se ha ido muy enojada conmigo, diciendo que se quiere ir y que le ha de matar, mas creo que mañana se le habrá pasado[1351]…
Enfados que van y vienen y que siempre dan motivo para que el Rey los celebre con sus hijas, seguro de que reirían con aquellos atrevimientos:
Ya creo que Magdalena no está tan enojada conmigo —les dice el 15 de enero de 1582—, pero ha días que está mala, y se ha purgado y quedado de muy mal humor y ayer vino acá. Y está muy mal parada y flaca y vieja y sorda y medio caduca y creo que todo es del beber[1352]…
No es la única vez que el Rey alude al alcoholismo de la pobre bufona:
Magdalena me dijo hoy —la carta es de 29 de enero de 1582— que escribiría y hasta ahora aún no ha venido, que no sé qué trae estos días que parece muy poco.
Porque lo habitual, no cabe duda, es que aquellos locos entrasen a su aire en las habitaciones regias[1353]. Que Magdalena abandonase su costumbre, asombra al Rey:
No sé si el vino tiene alguna culpa desto, y bueno me pondría si supiese que yo escribo tal cosa[1354]…
Como entraban sin pedir permiso alguno, rompían el quehacer del Rey, aunque no, por supuesto, cuando despachaba asuntos de Estado, pero sí cuando estaba enfrascado en las cartas de sus hijas. En una ocasión el Rey lo estaba haciendo en Lisboa y a mitad de la carta cambia de tema porque entra la enana-bufona:
Magdalena —añade entonces— lo hace muy bien en escribiros y está aquí ahora y dice que os diga de su parte que quisiera más estar con vosotras que enviaros recado…
El Rey aprovecha ya para comentar sus cosas: Magdalena ya no era lo que había sido:
Y yo digo que, aunque se le levantan los pies cuando oye algún son, se cansa ya tanto que no puede bailar. Y el otro día tuvo un desmayo y ha quedado harto flaca[1355]…
¿Qué atrevimientos eran los de aquellos bufones que tanto divertían al Rey? De lo que podía hacer o decir, por ejemplo, Magdalena Ruiz, sabemos algo por ella misma, aparte de esas cabriolas a que se refiere Felipe II, o a sus juegos con los monos.
En efecto, se conoce una carta de Magdalena Ruiz al duque de Alba, cuando el Duque estaba en los Países Bajos entregado a la represión de los rebeldes flamencos, que muestra bien a las claras sus atrevimientos. Véanse algunos de sus fragmentos más significativos:
Duque mío de mi alma, Dios te me dexe ver como yo he soñado contigo, que te veía muy gordo y muy gentil hombre, y armado como me lo han dicho…
La despedida es gloriosa:
Y con esto acabo rogando a Dios se me cumpla mi deseo de daros quatro besos en la frente o en la mexilla, si está colorado, que vos no los queréis en la boca, porque hartas debéis besar allá, amarga de mí, según allá diz que se usa; que aunque yo no fuera flamenca, según vos sois, me besárades en la boca, por vida del pie negro…
Un final que aprovecha para pedir, conforme al tradicional derecho de los bufones, con insulto incluido, para mostrar su locura poderosa:
Y déos Dios salud, vida y contentamiento contra vuestros enemigos vitoria. Y no sería malo que me imbiásedes alguna cosa de allá, Don Majadero, en pago de cuatro cartas que os tengo escritas[1356]…
Y volviendo a Felipe II, algunas cosas más cabe añadir, de las muchas sugerencias que provoca la lectura de sus cartas. Y es la primera la nota de la piedad, del afán religioso. Es rara la carta en que no se aluda a una misa, a una procesión, a la asistencia de algún acto religioso; ya hemos hecho referencia al auto de fe. En otras ocasiones son las visitas a iglesias más o menos famosas, y a conventos, más o menos importantes.
De esa constante piadosa, que nos hace recordar al Felipe II rosario en mano, pintado un poco antes por Sofonisba Anguissola, recogemos algunos testimonios más significativos.
Por ejemplo, la asistencia a misa, aunque no fuera festivo:
… el otro día, martes, día de San Antonio, a 13 déste, fui a oir misa a un monasterio de Descalzas que se llama San Antonio, una legua de allí[1357]…
Por supuesto, las ceremonias religiosas fuera de lo corriente son referidas por menudo, como la salve cantada por los galeotes:
… y antes de salir de la galera dijeron allí la salve que suelen decir los sábados… Y lo más es con unos ministriles que son esclavos de la galera, que son muy buenos y tañen muy bien muchos instrumentos, y así con ellos dijeron muy bien la salve[1358]…
Otras veces es misa cantada, o bien misa con sermón[1359]. Por supuesto, si el predicador es famoso, el Rey lo cita por su nombre, como cuando se trata del célebre fray Luis de Granada, acaso el más elocuente de los oradores sagrados, que tanto predicamento había ganado en la corte de Lisboa:
… ayer predicó aquí en la capilla fray Luis de Granada y muy bien aunque es muy viejo y sin dientes[1360]…
Cierto, para entonces fray Luis de Granada había cumplido ya los setenta y ocho años, que era edad harto avanzada para la época. Sin duda, la falta de dientes debía hacerse notar en la dificultad para vocalizar debidamente, y por eso el Rey lo anota.
No se olvida el Rey de compartir con sus hijos los privilegios religiosos que obtiene durante su estancia en Portugal. A su entrada en Elvas recibe del legado pontificio, Alessandro Riario, un presente de perdones y agnusdéi. Pasa el tiempo y el Rey lo recuerda de pronto, porque el legado le había dicho que los repartiese con las Infantas, y el Rey al fin lo hace, explicando por menudo cómo se ganaban los perdones[1361]. En septiembre de 1582, el Rey tiene ocasión de ver una procesión curiosísima en Lisboa:
… y cierto me ha pesado mucho de que no la vieseis, ni vuestro hermano[1362], aunque hubo unos diablos que parecían a las pinturas de Jerónimo Bosco, de que creo que tuvierais miedo[1363].
La nota piadosa, pues, como podía esperarse del Rey del rosario en la mano, que sigue fielmente todas las prácticas religiosas, en las que había sido educado. En ese sentido, Felipe II no cabe duda de que era fiel a las normas paternas, ya señaladas en las Instrucciones de 1543:
Tener siempre a Dios delante de vuestros ojos y ofrecerle todos los trabajos y cuidados que habéis de pasar y sacrificaros y estar muy pronto a ellos[1364]…
Y por supuesto, tal como él mismo recomendaría a su hijo Felipe III:
Debéis tener cierto, hijo, que no habrá cosa que mal os venga si a nuestra Santa religión obedecéis, seguís y amáis y defendéis con todo vuestro corazón.
Y eso de tal forma, que nada importaba si se perdía incluso el mismo trono en aquel combate. Era el sentido providencialista a ultranza. Es por lo que añade el Rey:
Muchas coronas de gloria hallaréis si la terrena que os dejaré perdieseis en esta demanda…
Incluso, agrega, como si escribiera al dictado de su confesor:
… porque si campeón esforzado os presentáis a la batalla por defender nuestra religión sagrada, aunque perdáis el Reino os dará Dios la gloria, que es lo fixo[1365]…
A veces, hasta extremos que lo acusa su cuerpo, como cuando asiste el 24 de diciembre a la misa del gallo. Al día siguiente, Navidad, hace un esfuerzo para escribir a sus hijas, pero a duras penas puede con la pluma:
No pude escribiros el lunes pasado —les dice—, ni ahora podré responderos, porque es tarde y no se sufre trasnochar esta noche, porque la pasada me acosté a las tres, porque se acabó poco antes la misa del gallo que oí y los maitines, desde una ventana que tengo por acá dentro sobre la capilla[1366]…
Por lo demás, no cabe duda: Felipe II es el viajero que va a un país del que se hablan maravillas, como cabeza del Imperio de Ultramar más dilatado (África, Asia, Insulindia e incluso la zona americana del Brasil), y, por lo tanto, que sabe que tiene que contar cosas. Eso es lo que se espera de él y tratará de cumplirlo[1367].
Pero también es el padre que se preocupa de los suyos, de los que espera estar al tanto de cualquier novedad, grande o chica, y si algo se le oculta mostrará su enfado. En la primavera de 1582, las Infantas van a Aranjuez, donde Catalina Micaela tuvo una caída que debió asustar en la corte madrileña, pero de la que nada dijeron al Rey. A Felipe II le llega, sin embargo, la noticia, y se enfada:
Y bien os habéis callado la caída que vos, la menor, disteis en Aranjuez y aun creo que otras cosas[1368]…
En cambio, él no esconde a las hijas el aparatoso lance sufrido en una galera:
… metí una pierna por el agujero del mástil y casi caí, pero túveme bien, no caí en el agua, sino dentro de la barca. Y pudiéreme hacer harto mal en la pierna que metí en el agujero y todavía me di un golpe en la espinilla que me dolió harto por un rato y se me desolló un poco…
Eso sí, acaba tranquilizando a las hijas:
… pero no fue nada —concluye— y agora la tengo ya buena[1369].
Cualquier cosiquina sobre su salud o sobre la de su sobrino preferido, el cardenal Alberto —el futuro marido de Isabel Clara Eugenia—, la comunica al instante:
Estos días he andado un poco desconcertado —les escribe el 21 de agosto de 1581—; no sé si tiene la culpa de ello haber comido más melón algunos días antes, que los había muy buenos[1370]…
De su hermana, la emperatriz María, aunque la encuentra bien, le intranquiliza el menor tosido, y anota:
Mi hermana viene muy buena y me dice que mejor desde Guadalupe acá que antes de allí, aunque hoy la oí toser un poco…
No cabe duda: Felipe II, esclavo del protocolo, no menciona jamás a sus hijas por su nombre. Su propio padre aparece sólo como el Emperador. De modo que cuando la aspereza del camino, ya de regreso a Castilla, le obliga a dejar el carruaje y coger la litera, usa la que había sido de Carlos V, y lo indica de ese modo:
Y esta litera que traigo es una que fue del Emperador, mi señor, que haya gloria[1371]…
Nada, pues, de referirse al padre como tal padre, sino al personaje, y ése era, claro está, el de la historia, el de la gran historia: el Emperador.
Quizá por eso la única nota discordante con su hermana se deba a esa esclavitud del protocolo. Pues algo debió ocurrir, a poco que la emperatriz María se entrevista con sus sobrinas las Infantas en Madrid, que obliga a Felipe II a mostrarse ceñudo; aquello de:
Si mi hermana os tomó a vos, la mayor, para que la ayudaseis, está bien; y si no fue para esto, no tuvo razón, ni se lo consintáis[1372]…
Pero, curiosamente, María no aparecerá nunca como la Emperatriz. ¿Por qué? Posiblemente porque para Felipe II, muy pagado de su grandeza y de su papel de jefe de la dinastía, eso resultaba embarazoso. De esa forma siempre aludirá a ella como su hermana, sin otro tratamiento.
Lo que parece claro es que a la vista de su sobrina, la archiduquesa Margarita, que había acudido a Lisboa acompañando a su madre —y probablemente atraída también por la posibilidad de abrazar a su hermano, el cardenal Alberto—, a Felipe II, a la vista de aquella chiquilla de quince años, se le recrudecen sus viejos apetitos carnales. Por lo pronto, dejará su fastidioso luto para parecer más galano ante la joven. ¡Qué diablos! No pasaba de los cincuenta y cinco, y su enfoque de la vida a tal edad era muy distinto al que había tenido su padre, Carlos V. De sus sentimientos nada dice a sus hijas, pero sí de su cambio de atuendo. Al detallar el encuentro fraterno, añade:
… y yo estoy con el contentamiento que es razón. Mi sobrino anda de colorado[1373] y yo con raso y gorra, desde que llegamos a mi hermana[1374]…
«Y a mi sobrina», podía haber agregado. Pero en aquella ocasión, y por segunda vez en su vida, Felipe II sería rechazado en sus pretensiones matrimoniales.
En conjunto, las cartas portuguesas de Felipe II a sus hijas mantienen ese tono familiar de un padre que echa en falta a sus hijas, a las que procura contar con detalle todo lo notable que va viendo y que no cesa de preocuparse por ellas, aunque en su estilo epistolar jamás sean Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, sino simplemente la mayor y la menor.
Otro tono muy distinto tendrá la otra serie de cartas que el Rey envía desde España a su hija Catalina Micaela, cuando la ve partir para su nuevo y lejano destino de duquesa de Saboya.
Las cartas a Turín
El segundo bloque de cartas es realmente muy distinto, dentro del sentido unitario que les da el ser todas también autógrafas del Rey. Pero es que, en primer lugar, Felipe II no es ya el viajero, dispuesto a contar las maravillas que le salen al paso en Portugal, sino el que despide a su hija. Ahora, en efecto, es Catalina Micaela la viajera, la que deja el hogar, la que ha de contar sus impresiones a un padre que, en todo caso, nos las dará a conocer, en la medida que se haga eco de ellas.
Pero existen otras diferencias. Por ejemplo, que el viaje de Felipe II es de ida y vuelta, mientras que el de la Infanta sería definitivo; con lo cual, la carga emotiva de la ausencia es aún mayor. Y sobre todo, que la salida del hogar familiar de Catalina Micaela es con una misión política, como era el estrechar la alianza entre la Monarquía católica y la Casa de Saboya, de tan estratégico emplazamiento alpino, entre Francia y el ducado de Milán, y en el camino más seguro de los tercios viejos desde Italia a los Países Bajos (el camino español).
Por lo tanto, dos notas a destacar en esta parte de la correspondencia filipina a su hija Catalina Micaela: la familiar y la política. Y con esta intensidad: al principio la carga emotiva es fortísima, como hemos de ver; pero, paulatinamente, a partir sobre todo de 1589, lo emotivo decae, las cartas se abrevian notoriamente y lo político es lo que predomina.
La despedida en el año 1585 es tristísima. Queda como evidencia que la infanta Catalina Micaela es la gran sacrificada a la política de Estado. Podemos criticar a Felipe II por su decisión como errónea, dado que, de entrada, lo que marcaba era un desprestigio de la Corona de España, pues como tal se tomó en Europa: que la primera hija que desposaba —eso sí, la más pequeña— lo fuera con un simple duque de un Estado harto pequeño, y no para hacerla reina de algún gran reino. Cierto que eso se había convertido en muy difícil por la peculiar situación a que había llegado Europa a finales de la centuria: los países nórdicos se habían convertido al luteranismo, y por ello, vetados para una princesa de la Monarquía católica. Las islas Británicas estaban regidas por mujeres, Isabel y María Estuardo. Añádase que gran parte de la Europa occidental y meridional se hallaba ya en manos de la Monarquía hispana. En ese sentido, la misma grandeza de España hacía más difícil la tarea de casar a las Infantas. ¿Dónde encontrar para ellas un príncipe adecuado, en aquella Europa dividida por la Reforma? Hasta entonces, las posibilidades mayores se habían centrado en Inglaterra, en los Países Bajos, en el Imperio y en Portugal. De esos cuatro destinos, sólo quedaba viable el del Imperio, el de continuar los entronques con la Casa de Viena, que fue el camino intentado por el propio Felipe II con suerte varia (ya hemos comentado las calabazas que le dio su sobrina Margarita de Austria), y ése sería el que, al fin, seguiría para la infanta Isabel Clara Eugenia.
Pero no para Catalina Micaela, a quien Felipe II, preso otra vez de la razón de Estado, sacrificó casándola con el duque Carlos Manuel de Saboya, el hijo del vencedor de San Quintín.
La razón era clara: se trataba de afianzar la alianza con el Estado que aseguraba el camino español hacia los Países Bajos; un sacrificio que pronto se vería que era inútil.
Y Catalina Micaela lo acusaría amargamente desde el primer momento. ¿Qué otro sentido tiene, si no, aquel gesto suyo de rechazar la bandeja llena de perlas que le ofrecía el padre? Al escoger sólo tres y comentar que éstas eran suficientes para una duquesa, estaba reprochando, y bien dolida, la decisión paterna[1375].
Sin embargo, Felipe II, quizá con un cierto sentido de culpabilidad, veremos que no lo tiene en cuenta.
En todo caso, lo que campea al principio es la tristeza. Nada más embarcar Catalina Micaela en Barcelona, el Rey hará partir un correo a uña de caballo para que le lleve su primera carta llena de pena, a fin de que cogiera a la galera de la Infanta en Rosas, «… porque os alcance antes que os engolféis…». Esto es, mientras seguía costeando las tierras de España. Y ello para decir a la hija sólo unas líneas:
Por la mucha soledad con que me dejáis y mucho cuidado de saber cómo os ha ido después que os embarcasteis[1376]…
Pero, para desesperación del Rey, el correo salió tan apresurado que no supo cumplir la orden regia:
… [lo] hizo todo al revés[1377].
Felipe II se retira a la Torre de Llobregat, y comprueba con pena que desde allí no se veía el mar. Al día siguiente pasa al monasterio jerónimo de la Murta, sito en las afueras de Barcelona, desde el que se divisaba el Mediterráneo, pero ya era tarde, y lo anota con una pena que nos alcanza y nos golpea:
La Torre donde estuvimos no se podía ver desde la mar, ni de ella la mar, pero desde el monasterio de la Murta, donde estuvimos sábado a las vísperas, se veía mucho mar…
Sí, mucho mar, pero ya era tarde. Y añade el Rey, apenado:
… mas ya no estabais en el golfo[1378].
Aquí nos encontramos con el padre ansioso, que asciende a un mirador para echar una última mirada al mar por donde se ha ido aquella hija a la que tanto quería, y, desalentado, comprueba que ya nada se ve de las galeras regias que se la llevaban a Italia. Entonces ya no resta más que esperar a que lleguen cartas de la hija, que siempre tardan más de lo que se desearía, porque nunca falla aquello de que el que espera, desespera. Y el propio Rey se lamenta:
… que ha mil años que no sabemos de vos y del Duque, que es malo para quien desea saber cada hora de vosotros[1379]…
Claro que la Infanta, ya duquesa de Saboya, tenía la misma queja del padre; pues, ciertamente, tan agobiado andaba con las Cortes de Monzón, que no encontraba tiempo para la hija, cosa que él mismo reconocía:
Y bien creo que también os habrá parecido que acá tardamos en escribiros, mas ya sabéis que mis ocupaciones no me dan siempre lugar para todo lo que yo querría, y estos días no han faltado hartas[1380]…
Pronto le llegan al Rey noticias de que Catalina Micaela esperaba ya su primer hijo. A partir de ese momento, las bromas menudean. Sin duda, al Rey le ilusiona la idea del primer nieto:
Y no tenéis por qué correros de lo que ahí escriben de vos, pues por muchas mujeres ha pasado lo mismo, y si hacen porqué justo es que lo paguen, y ya no podréis negar que habéis hecho lo que ellas…
Y añade, festivo:
Y por carta bien se puede decir esto sin que os pongáis colorada[1381]…
Los partos en el horizonte, por tanto; un riesgo mortal en aquel Quinientos que ahora debía afrontar Catalina Micaela, que harán al Rey estar pendiente de todo y aun dar sus consejos, como quien había tenido ocho hijos.
De momento, preñado tras preñado. En abril de 1586, Felipe II tiene noticia del primer nieto[1382]; en mayo de 1587 conoce el segundo[1383], y cinco meses después ya Catalina Micaela da cuenta de un nuevo embarazo. Era su obligación con la dinastía saboyana, y la Infanta la cumple sin tregua[1384]. Es en ese tercer parto, que resultó muy trabajoso, cuando Felipe II se atreve a aconsejar:
… cuán buena habíades quedado del parto, y con razón, pues fue largo, y me dicen que trabajoso, aunque vos no me lo decís, y serálo siempre que os pusiéredes a parir en silla y no en camilla, que es cosa muy peligrosa ponerse … [ileg.] en la silla, y creo cierto que fue esta causa de la muerte de la Princesa, mi primera muger. Y a vuestras dos madres[1385] que parieron siempre en camilla, y veis cuán bien les sucedió, que cierto es lo mejor y más seguro[1386]…
Por cierto, que por esta carta, tan curiosa, nos enteramos de que Felipe II asistía personalmente a los partos de sus esposas, y así razona el porqué se atrevía a dar aquellos consejos:
… de las veces que sabéis que yo lo he visto, os puedo dar estos buenos consejos[1387].
El tiempo va pasando, inexorable, y la soledad crece, tanto más cuanto que pocas esperanzas había de volver a ver a aquella hija, traspasada a una corte tan lejana. El Rey anota los años que van cayendo, y la tristeza le invade:
Ayer hizo tres años que os embarcasteis y que no os veo, que no me ha dado ahora poca soledad…
Gran soledad, por el amor que sentía por aquella hija suya, y el Rey lo declara:
… y sé que con razón la puedo tener de vos por lo que me queréis y yo os quiero[1388]…
En una ocasión en que el Rey debe acudir al Escorial, para comprobar cómo iban las obras del monasterio, yendo sin sus hijos, lo acusa, y, claro, recuerda también a la hija ausente:
He estado muy solo sin ellos esos días, con que también se me ha renovado mucho la soledad que tengo de vos[1389]…
Y tanto la quería, que —ay, los prejuicios de la época— no le hubiera importado que en su primer parto hubiese tenido una niña, con tal de que la Infanta estuviese buena. Eso sí, era su primer nieto varón, y el Rey lo celebra:
… estoy alegrísimo de ello y también de que sea hijo y me hayáis dado el primer nieto que he tenido, aunque a trueque de que vos estéis muy buena, tomara muy en paciencia que fuera nieta…
Después de ese rasgo, generoso y acaso raro para el tiempo, añade:
… mas estando vos buena, como lo espero, muy bien está que sea nieto[1390]…
La nota afectuosa, por tanto, pero también la política, pues con aquella responsabilidad se enviaba a la Infanta y se la había hecho descender a duquesa de Saboya. Mas como las cosas no siempre iban bien, y como el comportamiento del duque saboyano dejaba mucho que desear, en particular a partir del desastre de 1588, las quejas del Rey menudean.
No cabe duda: Catalina Micaela había recibido una consigna de su padre, el Rey. La boda con el duque de Saboya, Carlos Manuel, celebrada el 11 de marzo de 1585, no zanjaba la cuestión. La Infanta estaba advertida por su padre de cuál era su papel en la corte de Turín: controlar siempre a su marido, el Duque, para que siguiera con fidelidad la política del Rey en Italia.
Eso lo sabemos por el propio Felipe II: a sus instrucciones orales, nunca tan completas como quisiera, el Rey le había mandado otras escritas:
… no pude despedirme como quisiera —le escribe el 18 de junio de 1585, cinco días después de su partida—, ni deciros algunas cosas que pensaba. Y así de ellas y de otras que se me han ofrecido después he hecho el papel que va aquí[1391]…
Pero eso no le basta al Rey. Para que constantemente se lo recuerde y para que le diga en cada momento lo que el Rey espera de su hija, Felipe II pone a su lado a un hombre de su extrema confianza, el barón Sfondrato, con la categoría de su mayordomo mayor. En principio, debía cuidar de su salud y del gasto de su casa —sin duda, porque el Rey ayudaba a su financiación—[1392], pero también de recordar a la Infanta las grandes líneas de la política filipina.
Una tarea de vigilancia, e incluso de espionaje, que no podía ser del agrado del Duque, con el consiguiente conflicto. También entonces debía intervenir la Infanta: avenir a su marido con el representante de su padre:
… vos procuradlo de componer —le ordena el Rey—, porque cualquiera cosa que hubiese de ésas sería de mucho inconveniente, y yo sé que sabréis vos hacer todo esto mejor que yo decirlo[1393].
Y por una vez, al menos, la Infanta acierta en aquella nada fácil tarea, con gran satisfacción de Felipe II[1394].
En cambio, nada consigue Catalina en cuanto a impedir la serie de aventuras bélicas en que se mete el Duque; empezando porque, en todo caso, y conforme a su visión de la guerra, Felipe II aconseja que si había de hacerla, al menos que no se pusiera al frente de su ejército:
… que el Duque no se halle presente —en la guerra—, ni aun cerca…
Ello no sólo por el peligro en que ponía su vida, sino también por la cuestión del prestigio, ese valor tan en alza en los estadistas del Quinientos.
Y las razones de Felipe II eran claras: porque si la campaña fracasaba, la derrota sería en gran daño del prestigio personal del Duque, mientras que no habría tal si mandaba a otro. Pero si la victoria le sonreía, el beneficio sería el mismo:
Creed que me mueve mucho más lo que toca a su reputación —escribe a su hija—, porque si se sale con el negocio se la dará tan grande hallarse él ausente como presente, y aun quizá mayor estando ausente. Y si no se saliese con lo que se pretende, como podía ser, pues estas cosas están en la mano de Dios y no de los hombres, sería mucho más desreputación suya, sin comparación, hallándose presente[1395]…
Es curioso anotar que la infanta Catalina Micaela no se libra del sistema general de propaganda de la Cancillería regia, por el cual se aireaban los buenos sucesos logrados en los campos de batalla y se silenciaban los adversos. La toma de Amberes en 1585, que fue uno de los grandes triunfos de Alejandro Farnesio, meses después de la partida de la Infanta, se le anuncia para que tenga el eco cortesano correspondiente:
Bien creo que habréis holgado con las nuevas de Amberes, y así espero en Dios que irán adelante, pues es por su servicio[1396]…
En cambio, las jornadas de la Armada Invencible sólo se comentan cuando se esperan los mayores éxitos:
La armada partió de Lisboa en fin de Mayo y desde que entró este mes [Junio] no sabemos más de ella; espero en Dios que le dará el buen suceso que tanto conviene a su servicio[1397]…
Dos meses después, de forma incomprensible, al Rey le llegan las mejores noticias, y al punto las dispara:
Creo que habréis tenido ya ahí las nuevas que tuvimos ayer de haber vencido mi armada a la de Inglaterra o parte della, que si es verdad es buena nueva, y así espero lo será, aunque no he tenido aún carta dello. Placerá a Dios de darnos buen suceso[1398]…
Después, nada: el silencio. Ni siquiera ante su hija tiene el Rey la confidencia de lo que había supuesto tamaña derrota; lo que no es poco para marcar su perfil, en contraste con su padre, que siempre se mostró más franco con él respecto a los avatares de la política y de la guerra.
¿Se observa algo de esta diferencia en el mismo tono de las cartas? Pese a las muestras de afecto del Rey a sus hijas, hay algo de más distante, como si el Rey nunca dejara de serlo. Cierto que eso lo encontramos también en Carlos V, pero en un tono más mitigado.
Veámoslo en el mismo protocolo de las cartas:
Carlos V a Felipe II
Inicio: Serenísimo Príncipe, nuestro muy caro y muy amado hijo:
Despedida: Serenísimo Príncipe, nuestro muy caro y muy amado, hijo, Nuestro Señor sea en vuestra guarda[1399].
Y en las posdatas autógrafas: Vuestro buen padre Carlos[1400].
Felipe II a Carlos V
Inicio: Sacra Católica y Cesárea Majestad:
Despedida: Guarde Nuestro Señor la imperial persona de V.M[d]. con acrecentamiento de más Reinos y señoríos, como desea y la Cristiandad ha menester.
Muy humilde hijo de V.Mt.
El Príncipe[1401]
Felipe II a Catalina Micaela
Inicio: A la Infanta Duquesa de Saboya, mi hija:
Despedida: Os guarde Dios como deseo. Vuestro buen padre[1402].
Catalina Micaela a Felipe II
Inicio:? [No consta]
Despedida: Nuestro Señor guarde a V.M. tantos años como yo deseo y ha menester.
Muy humilde y obediente hija de Vuestra Majestad.
La Infanta doña Catalina[1403]
¿Con qué nos encontramos? A bote pronto podría parecer que se trata de fórmulas estereotipadas, marcadas por el protocolo, y muy similares. Sin embargo, un examen más detenido permite apreciar algunas curiosas y significativas diferencias. En primer lugar, no son menos afectuosas las cartas del rey-soldado que era Carlos V que las de Felipe II. En ellas reitera el llamar al Príncipe: «Nuestro muy caro y muy amado hijo». En cuanto a la forma en que Felipe II cierra sus cartas con «Vuestro buen padre», lo encontramos también en Carlos V, que concluye con su nombre, cosa que no vemos en Felipe II, y que da una nota más personal a las cartas del Emperador.
Pero es en el tratamiento de los hijos a los padres donde vemos las mayores diferencias. Felipe II siempre cierra con un voto porque el Imperio de Carlos V se haga más y más grande: «… con acrecentamiento de más Reinos y señoríos…»; fórmula que desaparece en las cartas de Catalina Micaela, como si eso, tras la incorporación de Portugal, y de su Imperio de Ultramar, ya no fuera ni posible, ni deseable.
Por último, la despedida final, donde la Infanta introduce una variante muy significativa: no sólo es la humilde hija, sino «la obediente». ¿Esto indica algo? ¿Estamos ante la Infanta que ha sido mandada a cumplir una misión y que debe estar siempre atenta a la orden del padre-Rey? ¿Acaso también porque Felipe II ha mostrado cuán riguroso puede ser? Es decir, no sólo quiere ser amado, sino también temido y, por ende, obedecido.
Obedecido, pero no tanto como Felipe II quisiera, sobre todo a partir del desastre de 1588. Desde ese momento, el Duque juega su propia política, no sin reclamar de su suegro apoyos militares —los tercios viejos, siempre tan temibles—, lo que provoca el disgusto de Felipe II, que comprueba cada vez más la frágil alianza que había establecido; lo que nos hace pensar en el inútil sacrificio que había hecho con la boda de su hija. Cuando el Duque acomete la ocupación del marquesado de Saluzzo, el Rey reacciona reprochándoselo a su hija:
… nunca pensé que el Duque tomara una resolución tan grande sin darme parte della primero[1404]…
El Rey advierte a su hija que los españoles enviados por el gobernador de Milán —que lo era entonces el duque de Terranova— eran para su guarda personal. Y en cuanto al Duque, que se abstuviera de nuevas empresas; algo que Felipe II espera que su hija consiga:
… del Duque, que no se dé en ninguna manera lugar a que se empeñe en otra cosa[1405].
A partir de ese momento, la consigna reiterada del Rey sería que su hija procurase apaciguar a su belicoso marido:
… y pues os toca tanta parte, será bien que de la vuestra ayudéis a que el Duque se aquiete…
Tal le insta Felipe II a Catalina Micaela el 22 de febrero de 1589[1406].
Y tres meses después:
Tened la mano en esto muy de veras para que se reporte[1407]…
Pero no era fácil controlar al Duque, siempre tan belicoso, y con sus altibajos de fortuna, que, buscando el triunfo, no dudaba en hacer concesiones en materia religiosa, lo que provoca este muy significativo reproche de Felipe II:
… me pesó mucho de algunos puntos della[1408] que tocan a la Religión, que importara mucho que no se los hubiera concedido…
De nuevo recuerda el Rey a su hija la misión que tenía encomendada, como adelantada de la Monarquía en aquella parte de Europa, para que se siguiesen las líneas políticas marcadas por el Rey:
… y será muy bien que, pues vos habéis nacido y criado donde sabéis la cuenta que se tiene con estas cosas, que le acordéis siempre[1409] todo lo que a ella toca, y no dexéis hacer cosa que en poco ni en mucho sea contra ella[1410]…
A partir de esa fecha se aprecia un cambio en el epistolario regio. Las cartas de Felipe II, antes tan largas y tan efusivas, se van haciendo cada vez más breves y escuetas. Y los reproches menudean: por ejemplo, los españoles mandados por el gobernador de Milán para salvaguarda de la Infanta sufrían un mal trato en Turín. ¿Cómo podía consentirlo Catalina Micaela? Y lo más grave: que tanto el Duque como ella actuaban en Roma abusando de su confianza regia y en contra de las instrucciones que allí tenía dadas el Rey.
Es una queja que parecería increíble si no la leyésemos en la carta de Felipe II:
Me dicen que el Duque y vos usáis en las casas de Roma de mi autoridad sin mi orden y aun contra la que tienen mis ministros. No lo querría creer y menos de vos…
Y el padre-Rey tan encolerizado se muestra que termina con lo que es una orden terminante, preñada de amenazas:
Si algo ha habido, enmiéndese de manera que no lo oya yo más[1411]…
En otra ocasión el desacato del Duque llega al extremo de apresar un correo regio.
El 15 de octubre de 1591, el 26 del mismo mes y año, el 13 de febrero de 1592, el 6 de junio y el 28 de agosto del mismo 1592 y el 23 de agosto de 1593; en esas seis ocasiones, en cartas por otra parte muy breves, Felipe II no hace sino insistir a su hija que tenga de su mano al Duque, para que no siga en su política tan aventurada y tan agresiva, de la que esperaba el apoyo de su suegro, pero sin tener en cuenta su aprobación previa[1412].
Pasan los años, pero las quejas del Rey no cesan. En septiembre de 1595, Felipe II parece a remolque de la política de su yerno:
A todo lo que se me ha propuesto de parte del Duque he hecho responder por escrito…
Y a su hija le añade:
… creed que se hace lo que conviene y se puede.
Para ello, la Infanta también debía colaborar, vigilando a su marido y teniéndolo más sujeto:
… y tened allá la mano en que siempre se haga lo que es justo[1413].
Ahora bien, ¿cuáles eran los resultados? Cada vez estaba más claro que Catalina Micaela era incapaz de cumplir la misión que se le había asignado, y que su influencia sobre el Duque era nula. Y el Rey acaba por declararlo:
Del [cuidado] que vos habéis tenido de acordar al Duque lo que os he encomendado no dudo…
La intención de la hija quedaba salvada, pero ¿y los resultados? Eso el Rey ya lo cuestionaba. Y así, apenado, añade:
… mas quisiera que fuera de más fruto[1414].
Ésa sería una de sus cartas postreras. Sólo mandaría otras dos, y muy breves, a su hija, en aquel año de 1596. Y lo que no deja de ser significativo: siempre dejando constancia de que respondía a cuatro e incluso seis cartas de la Infanta.
Ninguna le escribe en 1597.
Mas, de pronto, la tragedia: la muerte de Catalina Micaela a causa de un mal parto.
Era el 7 de diciembre de 1597, cuando la Infanta contaba treinta años.
Golpe durísimo, que el Rey acusó y que amargó sus últimos meses de vida.
A decir de Cabrera de Córdoba, su cronista, nada afligió tanto al Rey como la muerte de aquella hija, de la que se había desprendido doce años antes por razones de Estado más aparentes que reales.
En su conjunto, ¿qué opinión nos merece este epistolario del Rey? Marañón lo tiene por pueril; Spivakovsky, por falta de estilo literario, algo de lo que considera que el Rey era incapaz. ¿Es así?
Desde luego, la primera impresión que se saca, cuando se leen detenidamente las cartas del Rey, sobre todo si se hace sobre los propios escritos originales, es que estamos ante un hombre autoritario, no demasiado culto, con una permanente obsesión religiosa, afectuoso con los suyos, reservado con los demás —y acaso por eso, con la necesidad de rodearse de pobres locos—. Amante de la Naturaleza, de lo que deja no pocas pruebas; en cambio, apenas si las da del mundo de la cultura. Sólo en dos ocasiones una especie de auto sacramental, con aparición de demonios, que ve en Portugal, le trae el recuerdo del Bosco[1415]. Otra vez se refiere a Cabezón, hijo del famoso organista[1416], lo que está en línea con la reconocida afición musical de los Austrias. Y, en fin, en este apartado cultural cabría también señalar que comenta con sus hijas un sermón que oye a fray Luis de Granada[1417], a todo lo cual ya hemos aludido. Por supuesto, también encontramos referencias a sus preocupaciones por las obras regias, en particular por el monasterio de El Escorial. Se interesa por las primeras letras de su hijo Diego, pero no encontramos nada especial respecto a sus hijas, con las que podría entablar temas de más enjundia.
¿Rezuman estas cartas bondad, inteligencia, cultura? No con exceso. Afectos familiares, sí —pero eso no es sinónimo de bondad—; amor a la Naturaleza, también, y, sobre todo, religiosidad. Las prácticas religiosas se cuentan una y otra vez a las hijas. Ya hemos visto cómo protesta porque su yerno hubiera hecho concesiones en esa materia en la paz que había firmado con Berna, lo que le lleva a esa loa, a su modo, a España:
… y será muy bien que, pues vos [Catalina Micaela] habéis nacido y criado donde sabéis la cuenta que se tiene con estas cosas…
De todo esto, podría llamar la atención lo que indicamos sobre la cultura. Si sólo nos basáramos en sus escasas referencias a personajes o sus nulas menciones a sus lecturas, sería un juicio aventurado. Pero es algo más. Un hombre culto se expresa por escrito de otro modo, con otra soltura. Y Felipe II no es capaz de hacerlo. En ese sentido, tiene razón Spivakovsky cuando señala: «… no tenía estilo literario…». Y un poco después: «… no sabía articular su pensamiento salvo mediante clisés».
Acaso porque había leído, sí, incontables despachos, pero muy pocos libros.
Tampoco sus rasgos grafológicos permiten un juicio más favorable, si bien es verdad que la gota no le ayudaba.
En suma, nos encontramos con un estadista cargado de responsabilidades que halla en su correspondencia familiar una evasión afectiva, y como algo tan íntimo, que destruye las cartas que recibe, quizá para que nadie penetre en el hombre y para que siempre esté en pie ante el mundo el Rey, y nada más que el Rey.
Un Rey que nos muestra, bien a su pesar, sus íntimos sentimientos: su añoranza de las florestas de Aranjuez, y de los cantos de los ruiseñores; pero, sobre todo, de sus hijos, en particular de las dos mayores, si bien, al paso de los años, sólo una encenderá sus recuerdos a la hora de redactar su Codicilo: Isabel Clara Eugenia, para la que, como veremos, guarda el mayor de los cariños; mientras para Catalina Micaela sólo restará lo que un padre siempre tiene, aun para los hijos que cree que se le tornan esquivos.
Una, lo veremos, será la entrañablemente amada; la otra, la que querrá como es razón, esto es, como lo pedía la obligación paterna.
En todo caso, un testimonio impresionante por su espontaneidad, una prueba preciosa que nos permite penetrar en el corazón del Rey, y de la que ningún historiador serio puede prescindir, a la hora de interpretar la personalidad de Felipe II.