4 INICIÁNDOSE EN EL PODER
La muerte de la Emperatriz, en mayo de 1539, no detuvo el continuo viajar de Carlos V y, con ello, las ausencias del hogar en que se formaba el Príncipe heredero. Carlos debe acudir a los Países Bajos, para remediar los males provocados por la rebelión de Gante, su ciudad natal, y lo hace atravesando Francia, pasando después por Alemania y organizando desde allí su malhadada empresa de Argel de 1541, no regresando a España hasta entrado el mes de noviembre.
El 1 de diciembre desembarca Carlos V en Cartagena. Para entonces, Felipe II contaba ya catorce años. Era hora de pensar en la formación del heredero. Ése sería, a partir del aquel momento, uno de los principales objetivos del Emperador.
Naturalmente, durante ese período Carlos V no dejó de la mano la educación de su hijo. Como soberano de su tiempo, tenía los mismos recelos de sus contemporáneos hacia el papel de la mujer en la política y, en consecuencia, centraba en su heredero todas sus esperanzas de una sucesión normal, de un alter ego que le ayudase en un momento dado en el gobierno de su vasto Imperio y que acabase por coger el relevo.
Y la primera nota a consignar: en el cuidadoso plan escogido para la formación del futuro rey, Carlos V sigue el modelo marcado por los Reyes Católicos con el príncipe don Juan: la castellanización de la dinastía. Carlos V pone su hogar en Castilla; tan sólo en una ocasión sale a su encuentro y le espera en Barcelona toda su familia, con la emperatriz Isabel y sus dos hijos, Felipe y María. Pero eso es un breve paréntesis. El hogar imperial, aquel presidido, en las ausencias del Emperador, por Isabel y donde se crían —y se educan— sus hijos, está siempre en Castilla, y preferentemente en la zona meseteña: en Valladolid, Toledo o Madrid. Los preceptores, el ayo y los consejeros que en su día educan, vigilan —incluso riñen— y asisten a Felipe, son todos castellanos: el clérigo Silíceo —más tarde arzobispo de Toledo, que así pagaría Carlos V a quienes bien le servían—, los humanistas Honorato Juan y Juan Ginés de Sepúlveda, el conde de Miranda, Juan de Zúñiga —que sería su severo ayo—. Igualmente, los consejeros que le deja en 1543, cuando le inicia en el gobierno de España, también son castellanos: Tavera, el cardenal; Cobos, el secretario de Estado, y el duque de Alba, el soldado.
Constato un hecho; no lo alabo. ¿Puede considerarse acertado tal planteamiento, cuando el Príncipe había de señorear tan distintos —y tan distantes— reinos? El propio Carlos V alcanzó ese peligro, como nos lo prueba su preocupación porque el Príncipe aprendiese correctamente el latín, y así, en sus célebres Instrucciones de 1543, le señala:
… porque veis quantas tierras habéis de señorear, en cuántas partes y cuán distantes están las unas de las otras y cuán diferentes de lenguas; por lo cual, si las habéis y queréis gozar, es forzoso ser dellos entendido y entenderlos, y para esto no hay cosa más necesaria ni general que la lengua latina. Por lo cual, yo os ruego mucho que trabajéis de tomarla, de suerte que después, de corrido, no os atreváis a hablarla. Ni sería malo también saber algo de la francesa, mas no querría que, por tomar la una, las dexárades entrambas[931].
De forma que el César tiene muy claro el problema: un rey debe entender y ser entendido por sus súbditos. ¿Acaso no era lo que ya le habían advertido los procuradores de las Cortes castellanas en 1518?
Otrosí, suplicamos a V.A. que nos haga merced de hablar castellano, porque haciéndolo ansí muy más presto lo sabrá, y V.A. podrá mejor entender a sus vasallos y ellos a V.A[932].
Tanto los vasallos como el Rey emplean el mismo razonamiento y hasta el mismo vocabulario. Se trata de «entender» y de «ser entendido», si es que se quiere gobernar bien. Es más, Carlos V es consciente de que a su hijo se le podía plantear idéntico problema, sólo que invertido, al que él había sufrido cuando llegó a Castilla: él, un soberano cuya lengua era la francesa, con vasallos molestos y alborotados porque ni siquiera hablaba el castellano. Y el amargo resultado había sido el estallido de las Comunidades, que tantos quebraderos de cabeza le habían traído. ¿No le ocurriría algo similar a su hijo, cuando apareciese, como nuevo príncipe soberano, por los Países Bajos? De ese modo, con un cierto aire profético, Carlos le recomienda a su hijo que aprenda el francés:
… ni sería malo también saber algo de la francesa…
Recomendación mediatizada, porque Carlos teme que el mucho trabajo desanime al discípulo, así que acaba echando fuera la sugerencia. ¿Latín y francés al tiempo? ¿No sería demasiado para el joven Príncipe? ¡Quedémonos, pues, sólo con el latín[933]!
… mas no querría que, por tomar la una, las dexárades entrambas…
En verdad que Carlos V no confiaba excesivamente en la afición a los estudios de su hijo. Ni tampoco había acertado con el preceptor, el futuro cardenal Silíceo, del que ya hemos visto que tenía un pobre concepto como profesor:
… todos le conocemos por muy buen hombre; cierto que no ha sido ni es el que más conviene para vuestro estudio. Ha deseado contentaros demasiadamente…
Silíceo tenía un currículum notable, como quien había estudiado en la Sorbonne parisina —acaso Carlos V pensó en él para que enseñara algo de francés al Príncipe— y como profesor del Estudio salmantino; su trato, afable, pudo engañar también al Emperador; en el fondo, era un clérigo de cerrada intransigencia, como lo probó con la citada implantación de los Estatutos de limpieza de sangre en la catedral de Toledo, cuando accedió al altísimo puesto de arzobispo de la mitra toledana[934].
En cuanto a los dos humanistas escogidos para enseñar al Príncipe, Honorato Juan y Juan Ginés de Sepúlveda, ambos eran de los cualificados de su tiempo; pues ya había muerto Alfonso de Valdés en 1532. Quizá se hubiera podido pensar en Luis Vives, que ya lo había sido de la princesa María, la futura María Tudor, y que en 1538 había dedicado precisamente sus Exercitatio linguae latinae:
A Felipe, hijo heredero del emperador Carlos…
No cabe duda de que Luis Vives soñó con aquella posibilidad. Eso es lo que le lleva a escribir sus 24 diálogos en latín, para ejercitar a la juventud en el empleo de aquella lengua —entonces todavía viva en los círculos cultos— en las cosas de la vida cotidiana, no como árida gramática. Precisamente, el diálogo 19 se titula: El príncipe niño (Princeps puer), en el que, claro, el príncipe se llama Felipe.
En su dedicatoria, Luis Vives deja traslucir sus deseos:
Escribí este primer ejercicio para la práctica de la lengua latina, la cual, como espero, será útil a los niños, y parecióme bien dedicároslo a vos, que sois un príncipe niño…
Y añade Luis Vives, donde apunta aún más su deseo de hacer méritos en la corte imperial y su añoranza de España:
… así por la suma benevolencia de vuestro padre para conmigo, como porque al formar vuestro ánimo para las buenas costumbres, mereceré bien de España, que es mi patria[935]…
El que compone esos ejercicios latinos, para que sirvan a la educación del Príncipe, y que espera de ese modo alcanzar «bien de España», es claro que está pidiendo a gritos ser llamado a la corte imperial, como maestro del heredero de la Monarquía católica.
Pero no fue así, como es bien sabido.
En vez de Luis Vives, fueron llamados Honorato Juan y Juan Ginés de Sepúlveda, el primero como profesor de matemáticas y el segundo como historiador, pues desde 1536 era cronista de Carlos V[936], que acaso fue el que inició al Príncipe en el conocimiento y en la afición a las bellas artes, y en particular la pintura[937]. Pero Sepúlveda se insertaba en la línea dura del pensamiento español. Conocido es su enfrentamiento con el padre Las Casas, preconizando la servidumbre del indio y, en consecuencia, justificando las opresiones de los conquistadores. Y no deja de ser asombroso que el Emperador, que aprueba la doctrina lascasiana, mantuviera a Sepúlveda como profesor de su hijo.
¿Llegó Felipe II a dominar el latín? Al menos, a entenderlo con cierta soltura, si hemos de creer a Silíceo, que en 1540, cuando el Príncipe contaba trece años de edad, le acompaña en su visita al Estudio de Alcalá de Henares; el Príncipe asiste a diversas clases de los profesores, y tan contento de entenderles, que se le fue el tiempo sin sentir:
… oyó lo que leían y puede creer V.M. —refiere Silíceo a Carlos V— que a todos los entendió, sino fue al que leía hebraico. Y holgó tanto en los oír y entender lo que decían que ningún trabajo le fue todo el tiempo que los oyó, que serían más de tres horas[938]…
Ahora bien, que el latín sirviera para entenderse con sus diversos pueblos a él sujetos, era dudoso. En latín podría el Príncipe entender a los humanistas y a los diplomáticos, en sus cartas credenciales, pero eso no le permitía comprender a los pueblos que regía. En esa línea sólo dominó sus dos lenguas maternas: la de su Castilla natal, la castellana, y la que hablaba su madre, la Emperatriz, el portugués. En este idioma oiría a su madre, sus mimos o sus advertencias; en portugués también a su ama, Leonor de Mascarenhas, y en lengua lusa jugó y riñó a las veces con su compañero de infancia Ruy Gómez de Silva. Asimismo en portugués, en fin, amó y fue amado por su primera mujer, aquella chiquilla de dieciséis años, la princesa María Manuela de Portugal, con la que se desposó en 1543. De ahí que, cuando años más tarde se entreviste en 1578 en Guadalupe con su sobrino, el joven rey don Sebastián de Portugal, Felipe II no precise de intérprete alguno.
Por lo tanto, enseñanza, entonces centrada básicamente en humanidades, y formación del carácter, mediante una disciplina en el horario de trabajo del Príncipe. Pero faltaba algo, y algo importante, en la vida de un futuro soberano: las tareas de Estado, el arte de conocer a los hombres; la política, en suma.
Ésa fue la tarea que asumió directamente Carlos V, en su afán de hacer de su hijo un futuro rey; para mí, una de las facetas más destacadas del Emperador, que nos da otra vez esa pauta suya de político honesto y responsable.
Pues durante su nueva estancia en España, la última como rey-emperador, Carlos V se preocupó de dirigir personalmente la preparación de su hijo, como el futuro soberano y como el que había de continuar su obra. Convocaría Cortes de los reinos de Aragón, Barcelona y Valencia para que fuera jurado como heredero, venciendo la resistencia que suponía el que su madre, doña Juana, que era la viuda Reina, todavía viviese.
Sin duda, le fue incorporando a las tareas de gobierno y adoctrinándole en el trato de los hombres, tan difícil en los reyes, que han de saber cuándo se deben poner el manto real y mantener en todo momento la compostura. Comenzando, sin duda, a dejarle entrever los arduos problemas de Estado. E incluso animándole a que se asomara a la vida de la milicia.
Porque Carlos V no comprendía la realeza sin esa faceta, al modo de los grandes caudillos de la Antigüedad. Era, por otra parte, la concepción propia de la sociedad renacentista. La imagen del rey-soldado no era sólo dada por Carlos V. Antes que él la había dado en España Fernando el Católico y en Francia Francisco I —que por esa causa había sido el gran prisionero, el gran derrotado de Pavía—, y sin olvidar a Solimán el Magnífico, el otro emperador, señor de Constantinopla y conquistador de Belgrado y de Buda.
Porque una de las reflexiones que nos hacemos, al comparar a Carlos V y a Felipe II, es el contraste entre el rey-soldado y el rey-papelero, entre el que amaba las armas y el que sólo parecía disfrutar entre papeles. Pero también debiéramos preguntarnos, porque parece de sentido común, si Carlos V, que tan a fondo tenía todo lo que suponía el mundo caballeresco, no hizo nada por conseguir que su hijo también entrara por la senda de las armas.
Pues bien, en 1542, a poco de su azaroso regreso tras el desastre de Argel, Carlos V dio prueba de ello. Dado que Francisco I de Francia había encendido la guerra por todos los frentes, atacando las fronteras de España tanto en el País Vasto como en Cataluña, Carlos V decidió que su hijo Felipe, entonces ya de quince años, se iniciara en las cosas de la guerra, y como había encargado al duque de Alba que frenara la ofensiva francesa en Cataluña, con él mandó a su hijo.
Era un riesgo, pero un riesgo que Carlos V juzgó que había que correr, confiando sin duda en la pericia de su capitán. Y, en efecto, los combates duraron poco, batiéndose en retirada los franceses.
De forma que la guerra apenas si mostró su faz al Príncipe. Los franceses optaron por la prudente retirada, al anuncio del acercamiento de los tercios viejos del duque de Alba; pero a su vez el Duque, con la grave responsabilidad de llevar consigo aquel muchacho, heredero de la Corona, no se lanzó a una ofensiva, que tantos peligros conllevaba.
Por lo demás, todos sabían que la suerte de las armas no iba a decidirse en la frontera catalana. Ése era un frente secundario. Quienquiera que pretenda doblegar a Francia, cosa siempre harto difícil, sabe que el único camino, la vía directa que puede llevar a la victoria, la ruta triunfal es la que apunta a París.
Y para ello hay que atacar desde Bruselas. Para Carlos V no había otra solución. De ahí su nueva marcha de España, como hemos de ver.
Pero, en general, puede decirse que Felipe II acompañó a su padre a lo largo de casi todo 1542 —menos los días pasados con las tropas de Alba y el invierno de 1543—.En febrero le acompaña en Valladolid, donde se celebran Cortes. En junio le sigue por tierras de La Rioja y de Navarra. En julio cae enfermo con tercianas en Monzón. El 9 de agosto se despide de su padre, para visitar el frente catalán, amenazado por los franceses; será la primera experiencia militar del Príncipe, en un frente muy poco activo. Por lo demás, pronto volverá al lado de su padre, para recorrer los reinos de la Corona de Aragón y ser jurado como Príncipe heredero. Ya hemos comentado las dificultades que Carlos V tuvo que vencer. Y está claro que en el ánimo imperial influía entonces la necesidad de dejar las cosas bien sentadas, pensando ya en su pronta ausencia.
Las Navidades le 1542 Felipe las pasaría con su padre y hermanas en Alcalá. Y, finalmente, el 3 de marzo vería la partida del Emperador.
Era en el verano de 1542. A poco, reunidas las Cortes aragonesas en Monzón, el Príncipe sería jurado heredero. Y aunque hubo que vencer resistencias, ayudó no poco al Emperador el mostrar a su hijo que volvía victorioso de la guerra fronteriza con Francia en la raya del Rosellón[939].
Pasada la tregua invernal, Carlos V tuvo que tomar una difícil decisión: dejar de nuevo España para hacer frente a tantos enemigos como se estaban conjurando contra él en el norte de Europa; al rey de Francia, por supuesto, pero también al duque de Clèves y a los príncipes protestantes alemanes de la Liga de Schmalkalden.
Dejar de nuevo España. Precisamente algo contra lo que se habían manifestado las últimas Cortes castellanas celebradas en Valladolid en 1542, a lo que Carlos V había contestado: que no lo haría, salvo en caso de necesidad extrema,
… porque su voluntad y su edad le invitaban más a reposar que a viajar[940]…
Promesa pronto incumplida, como es notorio. Ahora bien, cuando se decida a ello, en la primavera de 1543, ya su hijo está a punto de cumplir dieciséis años y se le puede dejar al frente de la Monarquía en su ausencia.
Ha llegado la hora de que el Príncipe ocupe, gradualmente, el puesto que antes había desempeñado tan eficazmente la Emperatriz; la hora de hacer de su hijo su alter ego.
Hay que hacerle madurar, y presto. ¡A saber si volverá a verle!
Me meto y hago este viaje, el cual es el más peligroso para mi honra y reputación, para mi vida y para mi hacienda que pueda ser…
Estamos acostumbrados a contemplar esa escena como la protagonizada por Carlos V, el sempiterno viajero y soldado que afrontaba su última aventura bélica. Pero ahora hay que pensar en el joven Príncipe, en aquel muchacho de dieciséis años no cumplidos que ve marcharse a su padre intuyendo que sobre sus hombros iba a caer el gobierno de la Monarquía.
Carlos V deja la corte castellana a principios de abril y hasta un mes después no manda a su hijo las famosas Instrucciones fechadas en Palamós los días 3 y 4 de mayo. Y de forma inesperada, puesto que esa parada no estaba programada por el séquito imperial.
En efecto, han sido las malas condiciones de la mar y los vientos adversos los que han obligado al César a recalar en Palamós. En la obligada inactividad es cuando medita sobre su hijo y cree necesario mandarle unas instrucciones confidenciales para su buen gobierno. Y no porque antes de su partida no le haya dicho lo esencial de palabra, sino porque siempre es bueno confirmarlo todo ello con unas instrucciones escritas que pueda tener a mano. ¿Qué es lo que le advierte?
En sus Instrucciones de 1543, las públicas y las secretas, deja Carlos V trazado el perfil del Príncipe cristiano, tal como él lo veía. Cinco años más tarde, en 1548, las completa con una amplia panorámica sobre la política internacional, que en algunos casos sirve para complementar y para refrendar esa visión de las normas a que debía sujetarse el Príncipe.
Las Instrucciones carolinas pronto tuvieron una amplia difusión, por la sencillez de su idearium, lejos de las dobleces que habían trascendido del Príncipe según Maquiavelo. Las de 1548 hay que achacarlas, en una primera redacción, a Nicolás Perrenot de Granvela, que era el consejero más cualificado de Carlos V en materia de política internacional, como parece suponerlo la existencia de una copia en el archivo de los Granvela, sito en Besançon; lo cual no prueba la ausencia de Carlos V, sino la sintonización del consejero con el idearium carolino. En cuanto a las de 1543, más importantes a estos efectos, habría que pensar en la influencia española. En algunos momentos hace recordar a Alfonso de Valdés y a su príncipe ideal, el buen rey Polidoro, de su Diálogo de Mercurio y Carón; pero Alfonso de Valdés había muerto hacía demasiado tiempo —en 1532—, de forma que habría que considerar que las similitudes se deben a aquella parte de formación erasmista que anidaba en Carlos V. Y por su misma índole, por su carácter reservado, cuando no secreto, hay que pensar en una obra directa del Emperador, bien manifiesta además en la forma espontánea, que la alejan de una redacción a cargo de un secretario, siempre con estilo más depurado.
En 1543. Ése es el año en que Carlos V considera que es necesario dejar a su hijo con esas advertencias y esos consejos. La razón se comprende. Habiéndose agravado la situación internacional, y ante la reanudada hostilidad de Francisco I de Francia, Carlos V debe acudir al norte de Europa, donde la amenaza es más fuerte, y debe dejar a su hijo al frente de España. No era la primera vez que esto sucedía, pues ya había tenido que hacerlo en 1539; pero entonces el Príncipe sólo tendría un gobierno simbólico —contaba doce años—, quedando como verdadero lugarteniente el cardenal Tavera. Además, la situación también era distinta. En 1539, Carlos V dejaba España sólo para castigar la rebelión de su ciudad natal, Gante, y partía estando en paz con Francia, hasta el punto de que sería huésped en París de Francisco I. En cambio, en 1543 esa paz se había esfumado. Las perspectivas eran malas, como si pareciera que la buena estrella de Carlos V, que hasta entonces había lucido en sus empresas, comenzara a debilitarse. El recuerdo del reciente desastre en la campaña de Argel podía hacer pensar que hasta Dios había dejado de la mano a Carlos V. Y todo ello se refleja en los acongojados términos del escrito carolino[941]. Al pedir el amparo divino para su viaje, añade el Emperador:
… el cual es el más peligroso para mi honra y reputación, para mi vida y para mi hacienda que pueda ser; plega a Él que no lo sea para el alma, como confío que no será, pues lo hago con buena intención para proveer los medios que pudiere para remediar lo que me tiene dado y no dexaros, hijo, pobre y desautorizado, por donde después temíais gran razón de quexaros de mí…
Después de lo cual, y como si fuera dictando su pensamiento a un fiel secretario —como probablemente ocurrió, y habría que pensar en Cobos—, Carlos V añade más esperanzado:
… aunque creo que siempre teméis consideración de pensar que lo que he hecho ha sido forçosamente para guardar mi honra, pues sin ella menos me pudiera sostener y menos os dexara[942].
Tres son las Instrucciones que Carlos V da a Felipe II en 1543. Las primeras están firmadas en Barcelona, el 1 de mayo de 1543, poco antes de salir el César de España. Son las públicas, según el obligado trámite de la política interna, cada vez que el Emperador dejaba España, similares por tanto a las dejadas en 1529 y 1535 para la Emperatriz y en 1539 para el cardenal Tavera[943]. En ellas se detallaba la forma en que se había de seguir para la buena marcha de la máquina administrativa, en los diversos Consejos por los que se gobernaba la Monarquía.
Pero algo inesperado iba a ocurrir. Habiendo partido la flota imperial de Barcelona, una fuerte tormenta la obligó a refugiarse en el pequeño puerto de Palamós, donde, ante la forzosa inactividad, Carlos V aprovechó para dictar el 4 de mayo sus segundas Instrucciones a su hijo, éstas ya personales, de tono moral, que posiblemente tenía ya pensado realizar, y que bien habrían podido ser el contenido de su primera carta, una vez finalizado su viaje, o al menos, tras su primera etapa, ya en Génova. Instrucciones personales, pero no secretas, pues quedaban a cargo del ayo del Príncipe, don Juan de Zúñiga, para que las leyera en su presencia, el cual tendría además el cuidado
… de acordaros las cosas en ella contenidas, todas las veces que él viere que fuere menester[944].
Así las cosas, y como la demora en Palamós se prolongara, dos días más tarde Carlos V dictaría sus terceras Instrucciones a Felipe II; serían las secretas y, sin duda, las más importantes, por la gravedad de su contenido, hasta el punto de que es posible que fueran escritas de su propia mano, sin intervención de secretario alguno. De forma que el César pedirá a su hijo la máxima reserva, que las tuviera bajo llave y que ni la propia María Manuela —recordemos que ya estaba concertado el primer matrimonio de Felipe II con la princesa de Portugal— las conociese:
… y así la teméis secreta y debaxo de llave, sin que vuestra mujer ni otra persona la vea.
Y todavía, machaconamente, Carlos V insiste al final, en posdata, sobre el extremo cuidado de que nadie las supiese. El Emperador era consciente de lo grave que sería su conocimiento por terceros:
Ya veis, hijo cuánto conviene que esta carta sea secreta y no vista de otro que de vos, por lo que va en ella y digo de mis criados por vuestra información. Por eso os encomiendo mucho que en esto vea yo vuestra cordura y secreto, y que de ninguno sea vista ni aun de vuestra mujer.
Incluso había un riesgo que, aunque remoto, había que tener en cuenta. ¿Qué ocurriría si el Príncipe enfermara de muerte? Tremenda perspectiva, que Carlos V, sin embargo, se ve obligado a considerar:
Y porque todos somos mortales, si Dios os llevase para sí, no os descuidéis de ponerla en tal recaudo que ella me sea vuelta cerrada, o quemadla en vuestra presencia.
Y en la cubierta se añade la recomendación, en este caso con notorio riesgo de abrir el apetito de los que así podían conocer esta última advertencia, posibilidad evidente y que daría lugar a que el secreto se rompiese pronto, como hemos de ver:
Hijo, ésta es una carta y instrucción que os envío para informaros en cosas que tocan a vuestro bien y servicio y de que os podéis aprovechar mucho durante esta mi ausencia, y principalmente si Dios dispusiese de mí en este viaje. Tenedla muy secreta y no la fiéis de otro que de vos sólo[945]…
Felipe II, el Príncipe, aún no había cumplido los dieciséis años. ¿No era demasiado muchacho para tan gran responsabilidad? Carlos V era consciente de ello:
… no embargante que vuestra edad es poca para tan gran cargo, todavía se han visto algunos de no mayor edad que por su ánimo, virtud y buena determinación se han mostrado tales, que sus obras han sobrepujado su poca edad y experiencia…
¿Pensaba Carlos V en sí mismo? A los seis años se había visto ya proclamar conde de Flandes, por la muerte de su padre Felipe el Hermoso; y a la propia edad de Felipe II, mes más, mes menos, heredero de la Monarquía católica, con participación decisiva ya en los problemas de Estado, como aquel tan particular de declararse rey junto a su madre, Juana la Loca. Y eso hacía hombrear, y tal le ocurriría a su hijo, tanto más cuanto que iba a tomar nuevas responsabilidades, puesto que también pronto se desposaría con la princesa de Portugal:
… habéis ya de pensar —reflexiona Carlos V— que os hacéis hombre y con casaros tan pronto y dexaros yo en el gobierno que os dexo, anticipáis mucho el tiempo de serlo, antes que por ventura vuestra corpulencia y edad lo requieren.
¿Cuál es el modelo de príncipe que Carlos V presenta a Felipe? ¿Cuáles las cualidades que deben adornarle? Ante todo, sentido de la responsabilidad. Atrás quedaba la etapa de los juegos:
También, hijo —le advierte—, habéis de mudar de vida y la comunicación de las personas.
Era hora de cambiar radicalmente de vida. Aquello que ya hemos señalado y que es el momento de recordar:
Hasta agora, todo vuestro acompañamiento han sido niños y vuestros placeres los que entre tales se toman. De aquí adelante no habéis de allegarlos a vos, sino para mandarles en lo que han de servir.
Los consejeros de edad madura, las personas discretas, los hombres formados debían ser sus nuevos acompañantes:
Vuestro acompañamiento principal ha de ser de hombres viejos y de otros de edad razonable, que tengan virtudes y buenas pláticas y exemplos, y los placeres que tomaréis sean con los tales y moderados…
Todo lo cual se resumía en la sentencia final, que quedaría grabada en el Príncipe para siempre:
… pues más os ha hecho Dios para gobernar que para holgar.
Y una orden precisa: ¡Fuera bufones!
… no haréis tanto caso de locos[946] como mostráis tener condición a ello, ni permitiréis que vayan a vos tantos como iban[947]…
Sentido de la responsabilidad, sentido del oficio de rey; su deber, gobernar, no holgar. Esa norma, que tan penosamente vulnerarían los reyes holgazanes del XVII —especialmente, Felipe III—, sería fielmente observada por Felipe II. Pero gobernar como un príncipe cristiano, con amor a la justicia y respeto a la religión. Y lo de la religión no quedaría en la mera observancia de los mandatos de la Iglesia —aunque también se recomienden—, sino, y sobre todo, en cuidar su unidad, persiguiendo la herejía, como perturbadora del orden social. Para ello, la fórmula perfecta para Carlos V era favorecer a la Inquisición, dicho incluso con esos términos:
Nunca permitáis que herejías entren en vuestros Reinos. Favoreced a la Santa Inquisición…
Se confunden, pues —como en más de una ocasión he tratado de aclarar desde hace años—, los que indican que fue el relevo de Carlos V por Felipe II el que trajo un recrudecimiento del espíritu inquisitorial. La consigna ya está dada por Carlos V, y reiterada más tarde, desde su retiro de Yuste, en dramáticos términos.
Algo que ya señaló hace medio siglo Marcel Bataillon en su magistral estudio Erasmo y España[948].
No cabe duda: en su nivel de religiosidad, Carlos V fue un hombre de su tiempo, tan intransigente como lo fue Ignacio de Loyola, o, en el área reformada, Calvino. Fue incapaz de superar aquella barrera de intolerancia, y eso lo transmitió a su hijo.
Más imperecederas son sus normas sobre la justicia:
Hijo, habéis de ser muy justiciero y mandad siempre a todos los oficiales della que la hagan recta y que no se muevan ni por afición ni por pasión, ni sean corruptibles por dádivas ni por ninguna otra cosa, ni permitáis que en ninguna manera del mundo ellos tomen nada, y al que otra cosa hiciese mandadle castigar…
Naturalmente, eso rezaba, en primer lugar, para el propio Príncipe:
Y nunca conozcan los ministros della que por amor, afición, enojo o pasión os movéis, ni mandáis cosa que sea contra ellos. Y si sentís algún enojo o afición en vos, nunca con ése mandéis executar justicia, principalmente que fuese criminal…
Justo, pues, pero no cayendo en el rigor. ¿Cómo evitarlo? Acomodando la justicia con la clemencia:
Y aunque esta virtud de Justicia es la que nos sostiene a todos, imitando a Nuestro Señor, que de tanta misericordia usa con nosotros, usad della y mezclad estas dos virtudes, de suerte que la una no borre la otra, pues de cualquiera dellas de que se usase demasiadamente, sería hacerla vicio y no virtud.
Algo sacado de su propia experiencia, cuando no oído a sus graves consejeros, como podía ser el caso del cardenal Tavera. Y, ciertamente, mejor expresado en su Testamento de 1554, tal vez porque se valió en ese caso de algún humanista de su entorno, como el secretario Idiáquez, del que sabemos que había sido muy valorado por el propio Luis Vives[949].
Que con todo corazón ame la Justicia.
Pero no una recomendación genérica, como podía hallarse en cualquier espejo de príncipes, sino con expresa referencia a los pobrecillos del reino, en términos más bien propios de los primeros libros de caballerías, los que —al menos, algunos de ellos— gustaba leer Carlos V. Y así, añade en el referido Testamento a su hijo:
Y señaladamente le encomiendo la protección y amparo de las viudas, huérfanos, pobres y miserables personas, para que no permitan que sean vexados o presos, ni en manera alguna maltratados de las personas ricas y poderosas, a lo cual los reyes tienen grande obligación.
Texto que yo comentaba, cuando realicé la edición crítica del Testamento de Carlos V: «Frente a frente el puñado de poderosos y la muchedumbre de las “miserables personas”, Carlos viene a reconocer los atropellos de los primeros y proclama el deber de la Corona de proteger a los segundos»[950],
… a lo cual los reyes tienen grande obligación.
Entonces dudaba de que el texto carolino representase algo más que una formulación de principios, reiterada de generación en generación. Lo cierto es que Felipe II la insertará en su propio Testamento, casi sin alterar su texto:
Y que de todo corazón ame la Justicia y haya en su protección y amparo las viudas, huérfanos, pobres y miserables personas, para no permitir que sean vexadas ni oppresos[951], ni en manera alguna maltratados de las personas ricas y poderosas, lo cual es propio oficio de reyes[952].
Sin duda, el final del texto filipino gana en belleza y expresión.
Aquello de que amparar a las miserables personas era «propio oficio de reyes».
Pero no bastaban los grandes principios, era preciso ponerlos en práctica, y para ello había una norma inmejorable: la cuidadosa elección de los ministros que habían de impartir justicia.
Habéis de tener muy gran cuidado en mirar que se nombren muy buenos corregidores…
Todavía faltaba algo: la cuidadosa elección debía completarse con la no menos estricta preocupación de cómo ejercían sus funciones. En este sentido, Carlos mantiene en todo su rigor la sabia decisión de sus abuelos maternos, los juicios de residencia; algo que competía al Consejo Real, como Tribunal Supremo de la justicia de Castilla:
… al Presidente y Consejo Real ordenaréis que se desvelen en tomar bien las residencias[953]…
Pero un buen gobernante, en la retina de los pensadores de la época, no es sólo el que administra buena justicia, escogiendo bien a sus ministros; es, sobre todo, aquél que no descansa en el gobierno, que reina y gobierna, que no cede la tarea a segundos, a los que el pueblo llamaría privados o favoritos.
Y eso lo tenía muy claro Carlos V, como se lo indica al Príncipe, tras advertirle sobre las ambiciones de los principales consejeros que había dejado a su lado; del propio cardenal Tavera había que desconfiar:
El Cardenal de Toledo —le dice— entrará con humildad y santidad…
Pero Felipe no debía fiarse. No por ello —porque le diera tan santa impresión— debía hacerle su privado:
… no os pongáis en sus manos solas ni agora ni en ningún tiempo, ni de ningún otro, antes tratad los negocios con muchos y no os atéis ni obliguéis a uno solo, porque aunque es más descansado, no os conviene, principalmente a estos vuestros principios…
¿Está pensando el Emperador en sus comienzos con la privanza de Chièvres, que tan impopular le había hecho en España? Posiblemente. En todo caso, le añade:
… porque luego dirían que sois gobernado y por ventura, que sería verdad, y que el a quien tal crédito cayese en las manos se ensoberbecería y se levantaría de arte que después haría mil hierros. Y, en fin, todos los otros quedarían quexosos[954].
Por eso precisamente le da un serio consejo: ¡nada de Grandes en el Consejo Real! Ni siquiera aquel duque de Alba, que parecía tan fiel a la Corona; las pinceladas con que el Emperador nos presenta al ambicioso —y gran soldado— son de mano maestra:
El duque de Alba quisiera entrar con ellos[955], y creo no fuera de bando sino del que le conviniera. Y por ser cosa del gobierno del Reino, donde no es bien que entren Grandes, no lo quise admitir, de que quedó no poco agraviado. Yo he conocido en él, después que le he allegado a mí, que él pretende grandes cosas y crecer todo lo que él pudiere, aunque entró santiguándose muy humilde y recogido…
Si así había intentado engañar al Emperador, ¿no lo pretendería también con el Príncipe? Tal temía —y con razón— Carlos V. Por eso le advierte a su hijo:
¡Mirad, hijo, qué hará cabe vos, que sois más mozo!
También le insiste una vez más: ¡cuidado con la Grandeza!:
De ponerle a él ni a otros Grandes muy adentro en la gobernación os habéis de guardar…
Igualmente, como si se tratara de una situación de escabrosa política de nuestros días —aunque tales cosas han ocurrido y ocurrirán siempre—, le pone sobre aviso de que intentarían seducirle por todos los medios, incluido, claro, el de las mujeres:
… porque por todas vías que él y ellos pudieren os ganarán la voluntad, que después os costará caro; y aunque sea por vía de mujeres creo que no lo dejará de tentar, de lo cual os ruego guardaros mucho[956].
¿Planteaba Carlos V tales acusaciones por propia experiencia? Todo hace pensarlo.
En cuanto al secretario Cobos, era fiel o, al menos, por tal lo tenía Carlos V, y gran trabajador, aunque ya iba notando el paso de los años. Se le acusaba de corrupto, pero el César más lo achacaba al ansia de medrar de su mujer:
Bien creo —le dice Carlos V a su hijo— que la mujer le fatiga y es causa de meterle en las pasiones, y aun no dexa de darle mala fama quanto al tomar, aunque creo que no toma él cosa de importancia; baste que unos presentes pequeños que hacen a su mujer, le infamen[957].
¡Luego había presentes, esto es, sobornos! Y en cuanto a pequeños…; bien, no era eso lo que se decía, corroborado por la imponente fortuna amasada por aquel hombre de origen oscuro, de que tantas pruebas dejó en Úbeda, su ciudad natal; díganlo, si no, los palacios alzados por él y los suyos, como el admirable de las Cadenas o la Capilla del Salvador. Los mejores arquitectos y artistas del tiempo, los Siloé, Vandelvira y Berruguete (Alonso), trabajaron para él y los suyos, como si se tratara de una familia principesca.
En Valladolid aún quedan muestras, en el patio renacentista del palacio que frente a la iglesia de San Pablo alzó Cobos hacia 1526. Y no se limitó a palacios; dio en coleccionar castillos, comprándolos a nobles medio arruinados, como otros coleccionan porcelanas o barcos, particularmente en su provincia de Jaén (castillos de Sabiote y Canena), como si quisiera hacer de aquella tierra su reino particular. Para ello no le bastaban sus ingresos declarados, aunque fuesen grandes. Su venalidad era del dominio público y la recogen los cronistas. Gómar lo proclama:
Era codicioso y escaso y tomaba presentes con ambas manos que lo enriquecieron demasiadamente.
Santa Cruz lo retrata con frase más lapidaria:
Fue muy absoluto en ejercer su autoridad y muy disoluto en robar[958].
No cabe duda: Francisco de los Cobos y su sobrino, auxiliar en las materias de Estado y de Hacienda, se dejaban sobornar.
Carlos V no lo ignoraba Nos lo dice el embajador veneciano Navagero, siempre tan bien informado:
El Emperador sabe esto y lo tolera[959].
Y, en verdad, es el propio Carlos quien lo confiesa, aunque minimizando el hecho:
Basta que unos presentes pequeños que hacen a su mujer le infamen.
¿Por qué entonces se cree obligado a llamarle la atención?
Yo le he avisado dello. Creo se remediará[960].
Pero el resultado no es otro sino el de que los grandes consejeros dejados por Carlos V alrededor de su hijo, clérigos como nobles o burócratas, no eran sino unos políticos ambiciosos y con pocos escrúpulos, a la hora de hacerse con el poder, con el mayor posible, con todo el poder.
Por cualquier medio, y no sólo Cobos, sino todos los demás. Carlos V lo sabe y se lo advierte al hijo:
Bien creo que trabajará de granjearos, como todos lo harán, y como ha sido amigo de mujeres, si viese voluntad en vos de andar con ellas, por ventura antes ayudará que estorbaría[961]…
Los otros clérigos, Silíceo y Valdés, no eran gran cosa; figuras mediocres, que por esos extraños caminos que recorren los ambiciosos, aunque sean incompetentes y necios, logran hacer fortuna en cualquier tiempo. Sólo se salvaba Loaysa, el cardenal de Sevilla, pero tan viejo ya, que más estaba para irse a su diócesis que para servir al lado del Príncipe:
No hablo en lo del Cardenal de Sevilla —le dice Carlos V—, por que él está ya tal, que estaría mejor en su iglesia que en la Corte; él solía ser muy excelente para cosas de Estado…
Una figura noble y digna, por tanto, pero ya una reliquia del pasado.
Alguien contaba, sí, y era Zúñiga, el ayo fiel, después mayordomo mayor. El único en el que, de verdad, confía el Emperador. Y así lo dejaba como «el reloj y despertador» cabe el Príncipe, para que le tuviera alerta en cuanto a sus obligaciones y su buen quehacer. Porque el propio Silíceo, aquel clérigo, ya obispo de Cartagena, a quien el Emperador había encomendado la misión de dirigir su enseñanza, ¿qué había hecho?
Y ésa es la imagen que de todos aquellos graves personajes queda ya grabada en la retina del Príncipe. ¿Dónde dirigir su mirada confiada? ¿Se comprende que a partir de ese momento el Príncipe sienta una invencible desconfianza hacia los hombres, que de verdad ya no confíe más que en sus amigos de la niñez, como Ruy Gómez de Silva o Luis de Requesens, o en sus propios familiares más probados?
Ahora bien, en esa formación del Príncipe hubo algo más que papeles (instrucciones o correspondencia); también se dieron conversaciones entre padre e hijo, exhortaciones sobre el comportamiento moral, prevenciones sobre los riesgos políticos. Esto, que podría suponerse por puro sentido común, lo sabemos por Carlos V y por el propio Felipe II, que en ocasiones recuerda los consejos que le había oído al Emperador.
En cuanto a Carlos V, él mismo alude a ellos en sus Instrucciones de 1543, como cuando quiere justificar su marcha de España:
… he determinado de executarla —su partida—, como en Madrid os dije…
Y de nuevo, recordándole sus pláticas hechas en la villa del Manzanares:
Como os dixe en Madrid, no habéis de creer que el estudio os hará alargar la niñez…
Por último:
Ya se os acordará de lo que os dixe de las pasiones, parcialidades y casi bandos que se hacían o están hechos entre mis criados…
Lo que ocurre es que en la obligada estancia que ha de padecer en Palamós al César le entra la inquietud de no bastar con lo que de palabra ha dicho a su hijo y que es necesario complementar aquellas instrucciones verbales con otras escritas, de forma que siempre las tuviera a mano, sobre todo si la muerte le asaltaba y el Príncipe, ya Rey, se veía reducido a su único parecer.
Tal le advierte en sus Instrucciones muy secretas y para él sólo, que le escribe el 6 de mayo, y donde así se lo advierte:
En lo que me queda que acordaros de lo que os dixe en Madrid, demás de lo que está contenido en mi otra carta…
Y en cuanto al Príncipe, así lo recordaría años más tarde en nota autógrafa puesta a un escrito de su secretario Eraso, sobre el cuidado que había que tener en prometer algo a los que le acosaban con peticiones:
Vos sabéis —le señalaba— cuán enemigo soy de prometer aun lo que puedo cumplir…
Y le añade, con la referencia expresa a su padre:
… porque es una lección que aprendí de S.M., muy muchos años ha que me lo dixo, y heme hallado muy bien cuando lo he cumplido y muy mal de lo contrario[962]…
Estamos, por tanto, ante el recuerdo de un consejo dicho de propia voz hacía tiempo («muy muchos años ha que me lo dixo»), ¿Cuándo? Posiblemente en 1542, o cuando Carlos V tiene cabe sí al Príncipe, en tierras del Imperio, tras su viaje de 1548.
Pero, por supuesto, lo más decisivo fue la paulatina incorporación del Príncipe al poder. Ello se inició en 1539, se formalizó en 1543, se redondeó en 1548 con el viaje al Imperio y se consagró ya cuando Carlos puso el gobierno de España en manos de Felipe II en 1551.
En 1539, el primer paso. Naturalmente, entonces sólo de forma simbólica. Felipe II tenía doce años y no podía ser de otro modo. Acababa de morir la Emperatriz y al Emperador le era forzoso ausentarse de España, porque le habían llegado correos de los Países Bajos con la mala noticia de la rebelión de su ciudad natal, Gante, y Carlos V no podía dejar pasar por alto tal ofensa. Forzoso le era, pues, abandonar España. Ya no tenía como alter ego a su esposa, y el hijo era todavía un muchacho; pero ¡qué remedio! En sus Memorias recordaría aquel difícil momento, y en tales términos que bien se comprende que los mejores especialistas carolinos las tengan por auténticas, aunque no poseamos el original:
… no obstante que veía al Príncipe, su hijo, ser aún muy mozo para quedar gobernando en su ausencia, lo que la Emperatriz acostumbraba hacer…, se determinó a partir de España dejando por primera vez al Príncipe, su hijo, aunque mozo, en el gobierno de los dichos Reinos[963]…
Se tiende a minimizar las Instrucciones carolinas a Felipe II de 1539 (yo mismo lo he hecho), deslumbrados los estudiosos con las impresionantes de 1543, y aun con las de 1548; sin embargo, en algo deben valorarse, por cuanto por primera vez el Príncipe recibe algunos consejos paternos dados de forma grave y solemne, que evidentemente debieron hacer mella en su ánimo. Así, cuando le encarga sus futuros deberes como gobernante, y no sólo de cara a sus reinos, sino frente a toda la Cristiandad.
Estamos ante el Emperador, ante el Carlos V que siempre se plantea el gobierno de Europa en términos de toda la colectividad cristiana y no de un mero país:
Y que tenga siempre, en cuanto en él será [posible], principal respeto al bien público y universal de la Cristiandad, gobernando y administrando los Reinos, tierras y vasallos en que sucederá, en justicia y policía[964].
Para entrar en detalles de crítica interna —está claro que el texto corresponde a una mala versión de un borrador francés, y que policía hay que entenderlo por buen gobierno[965]—, se aprecia el notable afán de Carlos V por el bien general de Europa que trata de inculcar a su hijo; máxime cuando le insta a que mantenga la paz con Francia, olvidándose de los agravios que había recibido de su rey, Francisco I:
Cuanto al rey de Francia, nuestro cuñado, Dios sabe que Nos no habemos sido promotor de las guerras pasadas entre nosotros y que dellas nos ha siempre en grand manera desplacido y de los males e inconvenientes que han sucedido, y que habemos buscado todos los medios para obviarlos y para volver en amistad con él. Y pues que por la divina voluntad y clemencia ella[966] se ha reintegrado, Nos amonestamos, requerimos y esortamos [sic] al dicho Príncipe, nuestro hijo, que haga todo lo que le será posible convenientemente para conservarla, confirmarla y stablecerla con el dicho señor Rey y sus hijos.
Con lo cual, se incorpora otra consigna: el respeto a las otras monarquías de Europa, y concretamente a la de Francia y al papel que en Europa le correspondía:
En esto señaladamente el dicho Príncipe, nuestro hijo, haya y tenga muy grande y continuo cuidado y respeto, así por la honra y servicio de Dios y bien público de la Cristiandad y respetando el lugar que el dicho señor Rey y sus hijos tienen en ella…
Y por ello, lo mejor era olvidar y no buscar culpables por las guerras y desventuras habidas. De esa forma expresa se lo pide Carlos V a Felipe:
Y por estas consideraciones señaladamente el dicho Príncipe olvide enteramente todas las cosas pasadas entre el dicho señor Rey y Nos, teniendo que Dios lo haya permitido, y imputándolo a la desgraría de los tiempos[967]…
No cabe duda: en la Europa soñada por Carlos V no había lugar a una sumisión de las demás naciones, sino a su respeto. Y habrá que sopesar en qué medida ese idearium, esa manera, en suma, de entender lo que debía ser la Europa cristiana influyó sobre el futuro rey de las Españas.
Por lo demás, la documentación de Simancas deja bien claro que el gobierno de Felipe en 1539 fue enteramente nominal. Sería el símbolo del poder, pero todo el aparato gubernativo, las consultas y las decisiones pasarían por otras manos. En 1539, Carlos V dejaría España bajo el gobierno del cardenal Tavera; directamente, el de la Corona de Castilla, pero también la supervisión de lo que ocurriera en la Corona de Aragón[968].
Otra cosa sería, por supuesto, en 1543.
Poco a poco el Príncipe fue haciéndose con el gobierno de España, como lo demuestra la documentación que custodia Simancas, convirtiéndose en el alter ego que tanto precisaba y tanto anhelaba Carlos V. De los informes que le llegan, acaso al que más crédito da es al del viejo cardenal de Sevilla, García de Loaysa; sus buenas noticias de cómo llevaba Felipe II las tareas de gobierno le confortan:
Holgamos mucho —le contesta el Emperador— que la gobernación desos Reinos vaya también como decís, y así esperamos que se continuará[969]…
Era la misma buena impresión que tenía Tavera:
El Príncipe —escribía el cardenal a Carlos V al mes de su partida— ha comenzado a usar de los poderes que V.M. le envió, y en lo que hasta agora se ha visto, tiene más cuidado y buena manera en los negocios de lo que su edad demanda; y tengo esperanza de que cada día ha de dar a V.M. mayor contentamiento[970].
También Silíceo, como podía suponerse, volcaría sus elogios:
Da muestras en su gobernación que será tan justo y provechoso a la República quanto V.M. desea[971]…
Con lo cual, algo a destacar: Felipe II entra muy pronto por la senda marcada por su padre, aquélla de entender en las cosas de gobierno. Carlos V le manda sus Instrucciones desde Barcelona y Palamós a principios de mayo. Llegarían a su poder a mediados de mes. Y ya, a principios de junio, Tavera empieza a dar cuenta al Emperador de que el Príncipe había comenzado «… a usar de los poderes que V.M. le envió…».
Tal era la situación cuando se preparaba su boda con la princesa María Manuela de Portugal.