XLV

Atender al Gavilán junto con el resto de sus pacientes, que no son pocos, mantiene tenso y ocupado a Macho Viejo durante los días previos a la Navidad. Debido a lo delicado del caso se ve en la necesidad de posponer la cita que había hecho con el doctor Espinosa para que lo diagnosticara hasta después de los festejos decembrinos. Macho Viejo sabe que debe hacerse sus análisis en la ciudad de Antequera para presentárselos lo antes posible a su colega. Tendría que ser antes de Navidad para empezar el tratamiento una vez que su paciente mutilado saliera de peligro.

Cuando por fin lo da de alta se siente satisfecho con su labor y el Gavilán se retira a casa más que agradecido y por lo pronto sin las tres mujeres que causaron su desgracia. Mientras lo ve alejarse, Macho Viejo recuerda la escena que presenció en un rancho de la comarca donde el pastor de un rebaño de cabras ataba al macho alfa a un poste para que los otros machos se cruzaran libremente con las cabras ante la furia y desesperación del alfa, que quería acabar con ellos para impedir que disfrutaran de sus hembras. Tal vez así será la convalecencia del Gavilán: a sentar cabeza mientras se recupera. Cuando desaparece de su vista, Macho Viejo experimenta un leve malestar que pasa por alto y vuelve a su consultorio a seguir atendiendo a sus múltiples pacientes.