XLIV

La sola mención de la muerte de Rosa lo hace recordar ese trago amargo: Macho Viejo, efectivamente, sospechó lo peor pero no hubo forma de convencerla de que se sometiera al tratamiento. ¡Maldito pudor, no quería que la desvistieran, que la tocaran! Llegó a tanto su insistencia que ella le dejó de hablar. Que nadie se muere en la víspera, que cuando te toca te toca, ni hablar, pero en el caso de Rosa, cuando se pierde el tiempo la muerte no es un acto de Dios sino el triunfo de la negligencia.

Pero a ver, Macho Viejo, dime: ¿fuiste feliz en tu matrimonio? ¿Amaste? ¿Fuiste amado? ¿Valió la pena todo lo que hiciste para casarte con Rosa? Macho Viejo lo piensa con la certeza de que en la vida nada es fácil, ni siquiera el amor, uno de sus más hermosos alicientes. Empieza como un placer, una atracción espontánea, involuntaria, un deseo irresistible, incontrolable, que no depende de nosotros y que casi siempre llega de improviso; es un juego simultáneamente delicioso y arriesgado. Hacer el amor es uno de los mejores regalos que recibe el ser humano durante la vida. Y no existe mejor prueba de que amas a una mujer que desear permanecer a su lado después de hacer el amor sin aburrirte ni querer huir, con el deseo de seguirte comunicando con ella para saber qué pasa por su mente en busca de la comunión interna. Pero, ¡ay!, con el tiempo y la costumbre todo se transforma y la pasión pierde intensidad. Y es que a una mujer nunca se le conoce lo suficiente sino hasta que uno se casa con ella y a veces ni así, pero lo mismo sucede con el hombre. El amor se transforma con el tiempo para convertirse en trabajo y hay que invertirle paciencia, tolerancia, entusiasmo, fe, constancia, todo lo cual funciona como antídoto, en dosis fuertes, para que la relación no se enferme de abulia a consecuencia de la rutina y víctima del fastidio y la indiferencia.

¿Pero dime, Macho Viejo: le fuiste fiel a Rosa? Mientras estuve casado con ella le fui fiel en cuerpo, pero no siempre mentalmente. Y mucho me temo que a ella le pasó igual. Los hombres nos dejamos guiar por el atractivo físico mientras las mujeres se inclinan hacia lo sentimental y lo afectivo. Los hombres nos enamoramos de las apariencias, las mujeres de las experiencias. Los hombres de rostros y cuerpos, las mujeres, de la seguridad, el carácter y la personalidad.

Tratándose de amistad, amor, hijos y matrimonio, quedamos siempre en manos de los otros sin posibilidades de controlar los sentimientos ajenos. Nos volvemos enemigos de quienes fueron nuestros mejores amigos; nuestros hijos nos olvidan, nos abandonan, incluso nos traicionan y a veces llegamos a odiar a quienes más amábamos. A los hijos hay que darles todo, sean buenos o malos. Uno los trae al mundo pensando que saldrán a imagen y semejanza nuestra y resulta que con el tiempo se convierten en completos extraños, como lo fuimos nosotros frente a nuestros padres. Los hijos son nuestros pero nosotros no somos de ellos. Los amamos y les deseamos lo mejor porque quisimos infundir la vida. Sin embargo, no podemos decidir su destino. Hay ocasiones en que los ves dirigirse a un abismo y tratas de advertirles: ¡Cuidado! Si caminas por ahí te puedes desbarrancar… ¿Y qué hacer si a pesar de todo insisten en continuar rumbo al vacío? ¿Te interpones en su camino? Te darán un empellón y proseguirán su marcha sin considerar que lo único que intentas es evitarles un mal. Y a pesar de ello, hay que prevenirlos para que algún día no te reclamen: ¿por qué no me lo dijiste? Las relaciones que asumimos de por vida acaban irremediablemente en la separación o la muerte, a veces hasta en la desgracia. Uno se niega a aceptar la ausencia del otro y nadie sabe quién partirá primero. Un ser humano no vive para sí mismo, sino encadenado a otros. Cuando los que amamos nos abandonan, se enferman o mueren, los contemplamos en su verdadera magnitud. A veces enaltecida, a veces degradada. Lo único que perdura en esta vida y nos justifica ante ella es la constancia, la entrega y la intensidad de nuestros afectos y de nuestras convicciones.

Pero dime, Macho Viejo: ¿no te sientes solo? Nunca estoy menos solo que cuando estoy solo porque es entonces cuando me permito volver al pasado y a los recuerdos, a los afectos que en nosotros se placían y que, de algún modo, se integraron a mi vida, y por lo mismo se convierten en un gran aliciente. Somos nuestro pasado, y por ello rememorar cómo se desplegó la intensidad de la existencia en diferentes momentos y circunstancias resulta no solo placentero, sino estimulante. No creo en los fantasmas, pero así como con un telescopio se alcanzan a ver los fantasmas de estrellas que ya están muertas, así nosotros, a veces, al recordar a las personas que amamos ellas logran reaparecer en nuestros corazones. Desde que Rosa murió, y aun antes, he sostenido un constante diálogo con ella y en algunas ocasiones ha logrado comunicarme algo. Se trata de un diálogo interno y personal en el que a través de los recuerdos me introduzco en su mente para elucidar qué hubiera opinado ella sobre tales o cuales temas. Ante algún problema, muchas veces me parece que la estoy oyendo hablar. Y cuando tengo dudas, me pregunto qué me hubiera dicho ella, qué hubiera opinado. Sin embargo, pocas veces voy al cementerio. La quise mientras vivió. La soledad, como decisión personal, puede ser agradable, pero la soledad obligada resulta dolorosa. A veces, cuando recordamos los momentos felices del pasado, descubrimos que no fueron necesariamente tales y aun los que antaño identificamos como momentos infelices, en perspectiva resultaron finalmente buenos. Nunca sabemos bien a bien el efecto final de nuestros actos. Pero acaso la soledad más terrible es la inmensa soledad de los viejos: «No me llores pobre», dice el dicho, «llórame solo».

¿Extrañas a Rosa? Sí, claro que la extraño, y pienso que fui feliz con ella, porque en el balance hubo más tiempos buenos que malos. Es mejor estar casado que no estarlo, es mejor amar que ser amado. Un hombre no acaba de serlo hasta que disfruta y sufre a la esposa, a los hijos y a la familia política. Algunos dicen que la mujer es necesaria, aunque sea para pelear.

Confiesa, Macho Viejo: ¿alguna vez sufriste el gatillazo? Claro que lo he padecido y no deja de ser algo tan sorpresivo como desconcertante y vergonzoso. Las veleidades del cuerpo humano son tan inesperadas que de pronto te excitas sin proponértelo y a veces simplemente no puedes responder. Lo más inexplicable es la gratuidad. Cuando eres joven e inexperto te levantas con el sexo erecto sin sentir necesariamente deseo, simplemente te sucede como ocurre a veces al vaivén de un autobús. En ocasiones una erección puede resultar sumamente embarazosa y comprometedora, al grado de que cuando eras adolescente para ir a los bailes te ponías traje de baño, entonces elásticos y pegados al cuerpo, para que no se sintiera ni se notara tu excitación cuando bailabas con una chica. Pobre de ti, si hubieras sabido entonces lo que sabes ahora… Pero el gatillazo es ignominioso y traicionero. Puedes desear física y mentalmente a una mujer y de repente tu miembro se niega a responder. ¿Por qué? Es obvio que no tiene que ver con la voluntad, pero el hombre se siente humillado y la mujer ofendida. Uno por creer que le falta virilidad y ella por no sentirse lo suficientemente femenina. Pero la verga, veleidosa y traicionera, posee también la capacidad de recuperarse y de pronto vuelve a estar viva y enhiesta. Por eso cuando se niega a reaccionar significa que de momento no le pega la gana levantarse, como si no fuera parte de nuestro cuerpo, y hay que asumirlo con gallardía y sin complejos. Cuando era joven y pensaba en la vejez yo creía que la falta de deseo sexual sería un alivio, un aliciente. Pero no, me equivoqué. Ahora que he llegado a esta edad sé que uno se acostumbra a lo bueno, a lo bello, a lo deseable, y cuando todo eso se va uno lo extraña y lo anhela. El deseo permanece a pesar de los embates del cuerpo. Me duele no ejercer debidamente mi virilidad y la pregunta que me hago cuando admiro a una mujer es: ¿y si me dijera que sí?, ¿qué haría con ella? ¿Será que como todo en la vida: nada es ni justo ni injusto sino que a veces las cosas simplemente suceden?