I
La vida, la vida, la vida… le parece oír a Macho Viejo mientras lo envuelve el rumor de las olas, contempla el mar y percibe lo salobre, mariscoso, yodatado de la brisa: ir y venir, flujo y reflujo, ola y resaca, pleamar y bajamar, eterno vaivén, duna móvil que aparece, crece, se acerca y rompe espumosa para deslizarse amable sobre la arena. Agua sobre agua, sobre agua, que se revuelve y gira como rueda de la fortuna también capaz de levantarse en gigantescas montañas furiosas que rugen y claman violencia, crueldad, destrucción y muerte: la vida, la vida, la vida… hágase la vida, hágase a partir del mar, del mar, del mar, bajo en el reino del océano que bulle, rebulle, estremece y se pierde bajo el esplendor del sol y aun así las olas siguen batiendo noche y día. Las mareas te llevan a pensar sobre el infinito, pues no cesan, como el infinito que te evocaba aquella frase sobre el infierno: «pierdan toda esperanza… para toda la eternidad», aunque ahora sabes que no haya más eternidad que la de la muerte ni más infierno que el que se puede padecer en vida.
El libro de la naturaleza: ineludible reflejo de lo visible y lo invisible. El mar: reloj palpitante que marca el paso del tiempo y con su cadencia arrulla sueños de espuma al acariciar la arena. El mar: vastedad que descifra el mundo, desierto húmedo, vivero subterráneo, fauna pródiga, palabra impregnada de sal con sabor a ostras y efluvios de sexo, evocación de la vida misma. ¿Por qué los mariscos son afrodisíacos? Porque saben a mar. Mundo de agua, esfera líquida, planeta azul, azul pintado de azul, azul lleno de luz, azul el cielo, azul el mar, azul el mundo pletórico de sol, zafiro descomunal que brilla modestísimo en la infinitud del universo, el alma suelta en azul.
Así como el inmenso mar se mueve y se renueva incesante, también tus experiencias, Macho Viejo, a veces buenas y otras no tanto. Sumergirse en el mar de la memoria, el mar del tiempo, el mar de los afectos, el mar de las palabras que reconstruyen recuerdos y vivencias y secretos. Y al contemplar el mar no puedes sustraerte del Ser de la creación, del Hacedor, quien quiera que sea y donde quiera que se encuentre, porque Dios está en el alma y el alma está en Dios, como el mar está en los peces y los peces en el mar. El mar: alma de la Tierra.
Parte de su vida la había trazado el mar aunque sus emociones cambiaron poco a poco hasta casi desaparecer, como el sol cuando desciende una tarde cualquiera o cuando el río trisca la montaña, se remansa, se aquieta y desemboca para integrarse en plena comunión con el océano. Felices los ojos que han visto lo que tú has visto en estos mares, Macho Viejo. ¿Triste vida? Tal vez para algunos, acaso para los más. ¿Y para ti, Macho Viejo? Tienes razón: no hay mal que por bien no venga ni bien que su mal no traiga, ni edificio que no se caiga ni cosa que fin no tenga; el universo acabará por derrumbarse, todas las bendiciones y todos los males son momentáneos, parciales, finitos.
Y hasta el alma fenece cuando la vida se acaba. Extrañas a Rosa, ¿no es cierto? Ah, cómo la extrañas. ¡Pero oye tú! ¡Macho Viejo! ¿Qué haces ahí tristeando, sumido en tus vanas esperanzas, en tus amoríos tan vividos como olvidados, en tus aventuras, tus miedos, tus anhelos, tus goces y sufrimientos? Cuando joven lo ignorabas, Macho Viejo, pero tu destino ya estaba marcado: la medicina, el mar y Rosa, tu mujer.
Ah el mar, Macho Viejo, el mar… siempre diferente, siempre cambiante, siempre el mismo… en movimiento… como la vida, la vida, la vida.