XXV

Pero a ver, dime, Macho Viejo, dime, ¿qué es lo que se lleva uno del ser amado a la tumba? ¿El placer sexual? ¿La belleza? ¿La estabilidad? ¿Los afectos? ¿La felicidad? ¿Los hijos? ¿Qué…? ¿Qué es lo que uno se coge cuando se coge a una mujer?

Muchas tardes reinaba un silencio monacal en la casa y solo la discreta luz de una lámpara en la mesita situada a un lado del sillón los iluminaba. Cuando la pareja se daba cuenta de que Mauro acababa de pasar por la ventana con su linterna y sus padres todavía se encontraban en sus habitaciones en el piso de arriba, ella seguía hablando para que nadie sospechara lo que ocurría. Ricardo acariciaba discretamente sus senos mientras la besaba. Rosa lo miraba con susto, pero sin decir palabra le correspondía. Se besaban y se acariciaban, enardecidos de deseo. En una ocasión él se hincó frente a ella, se cercioró de que no hubiera nadie cerca, le levantó la falda y, con un rápido movimiento, metió ambas manos por los flancos de sus piernas hasta llegar a la cintura y ágilmente deslizó sus calzones hacia abajo, sorteó las zapatillas, los hizo una bolita y se los metió en el bolsillo del pantalón y se volvió a sentar. Ella lo miró entre extrañada y divertida. Finalmente rieron juntos. Él la miró desafiante. «Pícaro», le dijo Rosa y lo besó y lo abrazó y se dejó acariciar por él, que se abrió la bragueta y extrajo su miembro erecto y ardiente. Ella miró alrededor y empezó a tocarlo. De súbito él le alzó la falda. En un santiamén la puso de pie y la acomodó para penetrarla, vestida y de espaldas a él, y así la sentó con mucho cuidado sobre su regazo, sosteniéndola con fuerza de modo que sus sexos pudieran unirse naturalmente y con suavidad hasta que los movimientos de ella le indicaran que aceptaba, que le gustaba, que disfrutaba del placer de sentirse llena de él, y así juntos cabalgaron durante unos deliciosos y evanescentes minutos hasta que alcanzaron al unísono un éxtasis que debieron interrumpir cuando oyeron en la escalera los carraspeos y los pasos de alguien que bajaba. Rosa se apartó, se sentó en su lugar, se alisó la falda y vio pasar a su padre, indicación que habían establecido entre ellos para señalar que había llegado el momento de que Ricardo se retirara. Lo vio, sonrió y se quedó imperturbable.

¿No es cierto que el placer sexual, acaso por ser el más intenso que podemos sentir los seres humanos, a la larga se pierde en los laberintos de la memoria y solo nos queda de él el eco de ese placer tan profundo como lejano del que tanto disfrutamos? Uno recuerda a la pareja que amó, recuerda la emoción que sintió, la atracción por esa persona tan querida como deseada, pero la experiencia en sí se pierde entre tantos otros momentos irrecuperables, salvo en la memoria. Así que lo que te queda cuando te coges a la mujer, Macho Viejo, si bien te va, es amor, tan solo el amor, la intensidad del amor, gustarse uno al otro, disfrutar de su compañía, pasarla bien juntos. Todo esto viene acompañado del vano anhelo de capturar lo inaprensible que en su momento pensaste que sería ¡la esencia del alma del objeto amado!, aunque en realidad se trató tan solo de un instante de placer que, de no estar atado a lo más profundo de tus afectos, se perderá en el olvido para dejarte simplemente con el resplandor del acto sexual.