XXII

No mucho después, Macho Viejo volvió a las grutas marinas de Cerro Marinero. Llevaba unos ojotones en una pequeña red para obsequiárselos a su amigo el pargo. Llegó hasta la cueva en su pequeña lancha, se zambulló y penetró en la gran cavidad iluminada. Después de algunos intentos dio con el pez, tranquilo, como si estuviera a la espera del buzo que le llevaba algo en las manos y que, sin embargo, prefirió permanecer quieto y a distancia. Intercambiaron miradas. Macho Viejo soltó uno de los ojotones, pero el pargo, cauto, ni se acercó, dejando que el pececillo rondara por la cueva. Le soltó otro sin que reaccionara, así que decidió liberar a los otros dos y retirarse para ver si así se animaba a comérselos. Tan pronto se dirigió a la salida, el pargo se abalanzó sobre los cuatro ojotones que, confiados, nadaban por la cueva, y los fue devorando, uno por uno.

A partir de entonces, cada vez que Macho Viejo tenía tiempo se metía a la gruta con comida. Aprendió a satisfacer los gustos definidos y el apetito voraz de su amigo, que se deleitaba con peces y moluscos. Decidió llamarlo «Isaías». Hombre y pez se fueron acercando más y más hasta que Isaías empezó a comer de la propia mano de Macho Viejo, que se esforzaba por surtirlo de langostinos, jaibas, langostas y todo tipo de pequeños peces. La mirada del pargo había cambiado y Macho Viejo creyó descubrir en sus ojos un tenue reflejo de gratitud. Así transcurrieron varios meses en los que Macho Viejo se entretenía, durante las tardes en las que le era posible, llevándole de comer, salvo cuando tenía alguna emergencia médica, había norte o el mar estaba muy picado. Pero hombre y pez habían desarrollado un raro y mutuo entendimiento gracias a la admiración que había despertado en Macho Viejo el increíble combate que se libró durante muchos minutos con Jonás hasta que Isaías logró reventarle la línea, quedándose con el anzuelo clavado en el cogote.