XXXVI
Sobre eso medita mientras escribe una receta para el paciente que está atendiendo, cuando irrumpe en el consultorio un hombre con el pantalón bañado en sangre y algo entre las manos que lleva como el más preciado de los objetos. Se abre paso sin tocar ni pedir permiso, gritando:
—¡Sálveme se lo suplico! ¡Mire nada más lo que me hicieron! —y mostró lo que traía en las manos: ni más ni menos que su propio pene.
Macho Viejo respondió, atónito:
—¿Pero qué le pasó? ¡Qué barbaridad! ¿Cómo es posible? Permítame un momento.
Le pidió al paciente que estaba atendiendo que lo esperara en la salita mientras atendía la emergencia. Ayudó al herido a recostarse en la mesa de exploración, lo descubrió y observó la herida, horrorizado: le habían cortado el pene de tajo; seguía sangrando en abundancia. Lo habían emasculado dejándole tan solo la base del pene.
—¡Péguemela, doctorcito, por lo que más quiera en la vida, se lo suplico! ¡No quiero quedar baldado!
—Lo que usted me pide es casi imposible se lo cortaron de cuajo…
—Pero si la vengo cuidando como oro molido, doctor. Mire, todavía está calientita y espero que no se haya muerto…
—¡Pero cómo le pasó eso, amigo, mire nada más! Nunca en mi vida había visto algo semejante.
—No importa cuánto me cueste, doctor, pero péguemela por favor…
—Voy a hacer lo que esté a mi alcance, pero no le garantizo nada…
—Sí, doctor, pero por favor apúrese, por lo que más quiera.
Macho Viejo pide que traigan a doña Lucha, la dueña de la farmacia, que a veces le ayuda como una especie de enfermera. Mientras llega, saca de su vitrina un recipiente en forma de riñón y lo coloca junto con otros instrumentos sobre una mesa de metal. Vierte un chorro de alcohol sobre encima y prende un cerillo. El fuego esteriliza los instrumentos. Entre tanto, se lava las manos con esmero. Se pone los guantes antisépticos y deposita el miembro cercenado en el riñón, donde vierte un desinfectante para limpiarlo. El corte había sido tan certero que el pene se había desprendido sin desgarrarse. También limpia y desinfecta la herida ante, los gritos despavoridos del paciente. Llega doña Lucha y Macho Viejo la instruye para que le ponga suero al paciente y lo sede con una ampolleta. Macho Viejo empieza a suturar el miembro con ayuda de doña Lucha en una operación sumamente complicada y laboriosa que requiere paciencia, atención y destreza, pues tiene que dar puntadas milimétricas en varios planos. Nunca se le había presentado un caso tan extraño. El proceso se lleva más de dos arduas horas. Doña Lucha le pone unas gasas siguiendo las indicaciones del doctor, quien, además, le inyecta la vacuna antitetánica, penicilina y un calmante. Cuando el paciente sale de su letargo, Macho Viejo le advierte:
—Mire, si en unos días su miembro no pega, mucho me temo que ya se lo llevó la chingada. Y tendré que volvérselo a cortar, porque si no puede contraer una infección que puede costarle hasta la vida.
—¡Ay, doctorcito, ni Dios lo quiera! La virgencita me va a hacer el milagro de que pegue.
—Ojalá que sí, pero usted no se puede ir así como así a su casa: tiene que seguir bajo estricta vigilancia y observación si quiere sanar. Puede quedarse en el cuartito que tengo aquí al lado para casos como este. Entre doña Lucha y yo lo vamos a apoyar. Tiene que guardar absoluto reposo por lo menos cinco días. Beba la menor cantidad de agua posible y para apagar la sed habrá que mojarle los labios con una esponja. Si quiere puede hacer unos buches, pero lo ideal es que al principio orine lo menos posible. Se va a pasar un par de días con suero y sin alimento ni bebida, y por favor no haga ningún movimiento brusco… Y ahora dígame, ¿cómo fue que le ocurrió tan terrible desgracia?