XXIII

Ricardo había pasado la prueba a la que lo sometió el padre de Rosa, y a partir de la fiesta de cumpleaños de la madre se le permitió frecuentar la finca en calidad de amigo una o, a lo más, dos veces por semana. Su visita era muy formal, pues la finca estaba a una hora de donde él vivía. Montado en Trueno llegaba cerca de las cinco de la tarde y se retiraba tan pronto los señores se aparecían por el comedor a la hora de la cena, poco antes de las ocho.

Ricardo y Rosa se sentaban en la sala, en un rinconcito en el que había un pequeño sofá y una mesa de centro, ligeramente oculto de la sala principal y de la servidumbre, que tenía la consigna de andar merodeando por ahí. A un lado del sofá donde se sentaban había un ventanal que daba al jardín de la casa. Mauro hacía sus rondines cotidianos tan pronto oscurecía y, linterna en mano, con un perro pastor alemán atado a una correa y un rifle a la espalda, vigilaba los alrededores del casco de la finca. Gracias a esas visitas Ricardo y Rosa tuvieron la oportunidad de conocerse mejor, de conversar, reírse y contarse sus cuitas. Poco a poco él se atrevió a cogerle la mano y le hablaba bonito; sus escarceos avanzaron hasta que después del primer beso vino otro y otro y muchos más, abrazados pero siempre cuidándose de que no los fuera a ver Mauro cuando pasaba cerca de la ventana en sus recorridos. La gran paradoja era que antes, cuando se veían en el campo, era casi un milagro quedarse a solas y no podían tocarse ni la mano, pues el ojo avizor de Mauro estaba siempre al acecho. En la casa, sin embargo, los dejaban solos un par de horas sin que nadie los interrumpiera, salvo cuando traían café y galletas o algún bocadillo. Pero eso sí, cuando se acercaba la gente del servicio siempre silbaba o hacía un discreto carraspeo para ponerlos sobre aviso. Así se hicieron novios sin que los padres de Rosa se enteraran.