VI
Desde que se instaló en Puerto Marinero esa había sido su vida. Cada semana llegaban decenas de familias de todos los pueblos de alrededor para que fuera a atender a sus enfermos. La mayoría de los casos eran de paludismo, males intestinales, disentería, pulmonía, diabetes, problemas renales, apendicitis, partos, hipertensión y heridas graves resultado de pleitos y reyertas. A veces Macho Viejo salía a hacer un recorrido por los principales poblados en compañía de Papá David, un hombre rubio, de ojos azules y barba, un poco mayor que él, que se dedicaba a sacar muelas y a darle consejos a la gente con problemas familiares en las diversas poblaciones. Papá David y Macho Viejo se dirigían juntos a caballo a recorrer aquellos pueblos que estaban a dos o tres horas por caminos cerrados y peligrosos por la tupida selva donde había todo tipo de animales: guacamayas, monos, pavos de monte, venados, jabalíes, tigrillos, víboras y lagartos. Pero la gente de toda la región conocía a Papá David y cuando se cruzaban con él en alguna vereda le cedían el paso, no sin antes clavar su machete en el piso, quitarse el sombrero y colocarlo sobre el mango en señal de respeto. Papá David les tendía graciosamente la mano sin desmontar del caballo y la gente le besaba la argolla de casado que nunca se quitaba; antes de continuar su camino los bendecía como si fuera un sacerdote. Montaba Papá David un caballo de nombre Siete de oros; el de Macho Viejo se llamaba Trueno. Papá David llevaba un maletín con sus fórceps, amén de su anestésico y demás equipo médico. Había aprendido a hacer extracciones en la práctica, gracias a las enseñanzas de un tío dentista de la ciudad de Oaxaca. Cuando llegaban a las poblaciones, Macho Viejo atendía a enfermos y heridos y Papá David se dedicaba a sacar dientes y muelas, así como a dar consejos y reprimendas a quienes lo consultaban sobre conflictos familiares. Entre ambos enseñaban a la gente del monte a construir con varas y horcones su casa y hacerle paredes divisorias para que no durmieran todos juntos, a disponer de una mesa para que no comieran sobre el piso de tierra, a cavar letrinas a cierta distancia de la casa y en lugares cerrados para que no hicieran sus necesidades atrás del jacal. Entre Papá David y Macho Viejo instruyeron a la población sobre primeros auxilios, a los niños les dieron las nociones básicas de las letras y a las señoras les enseñaron a elevar sus fogones para que dejaran de cocinar agachadas.
En cierta ocasión cabalgaban por una brecha rumbo al Aguaje del Venado cuando escucharon pisadas de caballo a sus espaldas. Papá David y Macho Viejo se detuvieron a la vera del camino. Él la alcanzó a ver hasta que ella pasó a su lado montada en un bello alazán con un sombrero de ala ancha, blusa y pantalón de montar, relucientes botas. Se trataba de una bella jovencita que se volvió a mirarlo tan solo un instante, pero en esa fracción de segundo él se estremeció y adivinó algo en su rostro que no había percibido jamás: por su mente se desplegaron pasado, presente y futuro en una cinta rápida donde se amalgamaban una serie de imágenes inconexas reflejadas en esa cara y en esa mirada que a él le pareció extraordinaria no solo por su belleza sino por lo que lograba comunicarle. Lástima que no venía sola. La acompañaba un guardaespaldas grande, musculoso, muy moreno, malencarado y armado hasta los dientes. Ella se volvió a mirarlo de frente. A él, totalmente obnubilado, no se le ocurrió otra cosa que tocarse la punta del sombrero a manera de saludo y decir:
—Buenos días, señorita…
—Buenos —contestó ella y pasó de largo; el acompañante ni siquiera volteó a verlos.
Te hubiera gustado decirle algo más, Macho Viejo, preguntarle por el pueblo al que se dirigían, pero no te atreviste, seguramente por la sorpresa de ver en esos ignotos senderos a una bella jovencita de no más de diecinueve años, de cabello rubio y ojos azules. El relámpago de su mirada quedó grabado para siempre en lo más profundo de tu corazón.
Ella desapareció en la distancia a galope y Macho Viejo y Papá David prosiguieron su camino, tranquilos en apariencia.
—¿Quién es? —te atreviste a preguntar una vez que se perdió de vista.
—La hija de don Ernesto Wigge —contestó Papá David—, dueño del rancho San Joaquín, que tendrá unas dos mil quinientas hectáreas y más de mil cabezas de ganado. Un alemán que acapara todas las semillas de la región. Es muy poderoso. Esa jovencita se llama Rosa, es hija única y vive en la ciudad de México, pero como ahora su madre está un poco enferma se ha quedado acá para acompañar a su padre y cuidar a su madre.
¿Por qué te gustó, Macho Viejo? Ahora, cuando la recuerdas después de tantos años, sabes que no te equivocaste, que tal vez esa mujer estaba predestinada para ti y así estaba escrito en el libro de tu vida.