XXIV

—¿Se acuerdan del pargo aquel que se le peló a Jonás el pescador? —comentó en una ocasión Macho Viejo frente al grupo de amigos en el bar La Conchita.

—¿El que logró reventarle línea?

—El mismo…

—Pues ya di con él y me hice su cuate…

—¿Y cómo sabes que es el mismo?

—Porque tiene el anzuelo clavado en el cogote y arrastra casi dos metros de línea por la boca…

—¿Y cómo lo localizaste?

—Cuando vi cómo se le peló al Jonás allá por las aguas de Cerro del Marinero, supuse que el cáñamo se había cortado con una piedra filosa en alguna de las cuevas que abundan por ahí.

—Es un pez muy grande y muy fuerte, ¿no?

—Yo calculo que debe pesar entre quince y veinte kilos y mide más de un metro de largo…

—¿Y por qué dices que es tu amigo?

—Porque desde el día que lo localicé lo empecé a alimentar y ahora hasta me identifica y me permite que le dé de comer. Le puse el nombre de Isaías.

—¿Y por qué no lo arponeas y nos lo desayunamos un día aquí entre todos?

—No te hagas el chistoso —contestó molesto Macho Viejo—, ¿no te dije que ya lo conquisté y le doy de comer? Y además, él sabe que yo sería incapaz de hacerle daño.

Mucho festejaron los amigos la ocurrencia de que Macho Viejo se hubiera dado a la tarea de encontrar a Isaías. Siguieron conversando hasta que Macho Viejo abandonó el lugar para continuar con sus obligaciones cotidianas.