XXVI

Macho Viejo tuvo que ausentarse de urgencia para atender un parto en Barra de Colotepec, lejos de Puerto Marinero. Preparó sus cosas y salió, como de costumbre con premura, a donde lo conducían los familiares de la paciente, una mujer en dificultades tratando de dar a luz. Cuando llegó a la casa se encontró con que habían colocado a la futura madre sobre un petate extendido por el piso, con las piernas abiertas, sostenida de las axilas con una soga amarrada a los travesaños del techo, mientras su marido, detrás de ella, la cogía de los brazos para que apoyara la cabeza en su pecho; frente a ella la comadrona doña Mella, en posición de flor de loto, arengaba a la parturienta sentada en un petate:

—¡Pújale, mamacita, pújale!

—¿Cuánto tiempo lleva así? —le preguntó Macho Viejo a la partera.

—Desde la madrugada, pero la criatura no quiere salir.

Era común en los pueblos que a los maridos no les gustara que un hombre atendiera a su esposa, y por ello preferían los servicios de la comadrona. Solo cuando la situación se complicaba se veían en la necesidad de llamar al médico. Macho Viejo descolgó de las amarras a la mujer, la recostó sobre el petate, le colocó unos almohadones bajo las caderas y, auxiliado por la comadrona, trató de extraer a la criatura, que venía con el cordón umbilical enredado. A través de muchas maniobras que se llevaron buen tiempo, Macho Viejo fue liberando al bebé hasta desenredarlo y colocarlo en posición para ayudarlo a salir mediante suaves movimientos ondulantes, hasta que logró que emergiera la cabecita y poco a poco el resto del cuerpo. Macho Viejo tomó al bebé de los piececitos con la mano derecha y lo colocó sobre su brazo izquierdo, sosteniéndolo para que no se fuera a caer. Con el bebé bien acomodado contra su cuerpo pinzó el cordón umbilical y procedió a cortarlo. «Ah, cómo nacen resbalosos estos niños muertos», se acordó que se burlaba uno de sus profesores de la facultad, «sean responsables de una alegría y no de una tragedia impune, doctores», recomendaba. Cortado el cordón, se lo entregó a la comadrona.

—Es otra vieja, ¡qué lástima! —comentó la comadrona.

Y es que en los partos doña Mella ganaba más dependiendo de si nacía un varón o una hembrita. Por un niño la partera cobraba treinta pesos, mientras que por la mujercita tan solo pedía veinte.

—¿Por qué dice eso, doña Mella? ¿Qué no es usted mujer? —preguntó Macho Viejo, mientras seguía atendiendo a la señora.

—Pues sí, doctorcito, pero las mujeres siempre traemos más problemas que los hombres —dijo la partera, que limpiaba a la niña para ponerle merthiolate en el ombligo y fajarla con un pañuelo rojo para que no quedara panzona ni le hicieran ojo.

—No es cierto, doña Mella. Hombres y mujeres traemos problemas por igual. Todo depende de la personalidad, del carácter y de la educación.

Macho Viejo tomó a la niña entre sus brazos y mirándola le dijo:

—Suerte te dé Dios, niña bonita, que lo demás vendrá por añadidura.

Con lo cual tanto los padres como la comadrona se conformaron con la recién llegada.

—Los que llegamos antes te ayudamos a entrar en este mundo, los que te sigan te acompañarán cuando lo dejes —dijo Macho Viejo pensativo y se la turnó a la madre para que le limpiara el cuerpecito y le pusiera un pañal. La comadrona salió a enterrar la placenta en la parte trasera de la casa, cerca de donde había unas palmeritas que le permitirían ubicar el sitio para enterrar ahí mismo el ombligo cuando se le cayera.

Como ya era tarde, Macho Viejo se quedó a dormir en Barra de Colotepec. Muy temprano en la mañana emprendió su regreso a Puerto Marinero, pero en el poblado de Chila lo interceptaron, pues también solicitaban sus servicios. Regresó a Puerto Marinero tres días después, cerca del mediodía.