III
—¿Es usted el médico? —lo saca alguien de sus cavilaciones.
—Así es, ¿para qué soy bueno?
—Venimos a pedirle su apoyo —dice uno de ellos y le tiende una carta.
A sus sesenta y cinco años Macho Viejo, de estatura media, de barba sal y pimienta —más blanca que negra—, de postura todavía erguida, cabello ondulado y mirada clara, coge el papel y lo lee de pie frente a los forasteros, pues todavía lee sin gafas. Él, que había instalado su modesto consultorio a un lado de su casa antes de quedarse viudo hacía ya más de quince años, y tal vez para no tener que recordar a su esposa a la que tanto amó, pasaba la mayor parte del tiempo en el consultorio y solo entraba a la casa para dormir, comer e ir al baño, pues la instalación de sanitarios en el pueblo había sido una de sus contribuciones a la población.
En principio a Macho Viejo le habían apodado simplemente «El Viejo», a pesar de que ni siquiera había cumplido treinta años cuando llegó a Puerto Marinero, a causa de sus canas prematuras en el cabello y la barba. Amigos y pescadores empezaron a llamarlo «El Viejo», luego simplemente «Viejo» y sin saber cuándo ni por qué, le fueron endilgando el sobrenombre de «Macho» hasta que logró hacerlo más suyo que su propio nombre. Aunque no se había recibido, Macho Viejo estudió la carrera de medicina en la Universidad de México y sus conocimientos e intuición le bastaron y sobraron para ejercer dignamente la profesión en esas tierras tan dejadas de la mano de Dios. Cuando llegó de joven al Puerto se instaló en la casa de un vecino al que le rentó un cuartito con vista al mar que le sirvió de casa, atalaya y consultorio.
Puerto Marinero era entonces una pequeña población de casitas de palma y piso de tierra, propiedad sobre todo de indios y negros, más cinco o seis casas de mampostería con techo de teja que pertenecían a «la gente de razón» —como les decían los lugareños a los de raza blanca—, además de la pequeña iglesia de la Soledad y de la cantinucha-restaurant La Conchita, con unas cuantas palapas frente a la playa, donde Macho Viejo se encuentra ahora.
Tus consultas te dieron fama y prestigio como médico atinado, Macho Viejo: esperabas a tus pacientes en tu escritorio leyendo, estudiando, admirando el mar.
Abandonas estas cavilaciones y lees el oficio de las autoridades del estado solicitándote que acompañes al agente rural hasta Charco Redondo para que cures a un herido de machete.
—El paciente está muy grave, doctor, y tenemos que salir ahora mismo si no queremos llegar demasiado tarde —comenta el agente.
—Esperen un momento, voy por mis cosas —dice Macho Viejo. Poniéndose de pie se dirige hacia el consultorio a recoger su botiquín y empacar una muda de ropa. En la vida cotidiana del puerto, el doctor se había acostumbrado a atender a todo tipo de víctimas de la violencia: heridos de bala, machete, gente severamente golpeada en el ámbito familiar, mujeres y niños incluidos, y también accidentes de trabajo.
Vuelve a caballo con su maletín y su sombrero y sigue a los agentes por senderos perdidos. Es septiembre. Ha llovido mucho. La brecha que recorren está completamente anegada y el río, a punto de reventar. Los caballos a veces tienen que chapotear, a veces hay que desmontar y, en ocasiones, hasta desensillarlos para que puedan cruzar los vados. En la región, brava y peleona, es común que en las fiestas, celebraciones y convivios se beba mezcal a raudales y se juegue a las cartas y a los dados y se baile hasta altas horas de la noche. Los hombres, intoxicados por el alcohol, muchas veces pelean a machetazo limpio por las acaloradas apuestas, por rencillas o por asuntos de faldas, ofreciendo un sanguinario y siniestro espectáculo. Cuando eso sucede nadie intenta separarlos, salvo que llegue la autoridad con suficientes hombres y armas de fuego, pues de otro modo quien interviene puede recibir un machetazo sin deberla ni temerla, dado que el pleito solo acaba cuando uno de los contendientes queda a merced del otro gravemente herido o simplemente muerto. La violencia era moneda corriente en la zona, y como no existía cárcel propiamente dicha, muchas veces las autoridades de Puerto Marinero inmovilizaban a los delincuentes mediante un cepo en el que les metían las manos y el cuello con una cadena y un candado, y otro más en los tobillos para que no pudieran moverse ni caminar. Solo así aquietaban y mantenían a la población a salvo. El borracho, asesino o violador inmovilizado, quedaba a merced de la gente enfurecida, que lo escupía y lo vejaba, y se dio el caso de que las familias de los difuntitos salieran de noche a degollar o a apuñalar al asesino, haciéndose justicia por propia mano.