XVI

Macho Viejo se encontraba en su consultorio un día de agosto en espera de un paciente cuando le avisaron que había llegado una arribazón de tortugas a la playa de Escobillas y le preguntaron si quería ir a verla. Aceptó gustoso. La playa donde desovaban las tortugas se encontraba como a veinticinco kilómetros de Puerto Marinero, así que prepararon sus bastimentos y llegaron a Escobillas casi al anochecer. Al llegar a la playa pronto divisaron al enorme grupo de caguamas emergiendo de entre las olas hasta alcanzar la orilla como si se tratara de una flota militar lista para ocupar una plaza. Eran animales grandes, pesados, que gracias al impulso del oleaje iban hacia las dunas y los médanos a escarbar en la arena para desovar con gran esfuerzo y al parecer hasta con dolor, pues tenían los ojos húmedos como si el esfuerzo las hiciera llorar. Eran tantas que apenas podían abrirse paso y avanzar. No obstante, una vez que ponían sus huevos los cubrían de arena con las patas y, sin descanso, se volvían al océano de donde habían venido para perderse entre la inmensidad. Qué bello espectáculo el del surgimiento de la vida. Macho Viejo y sus compañeros estuvieron atentos toda la noche, presenciando la llegada de una y otra arribazón provenientes quién sabe de dónde, después de cuánto tiempo y con cuánto esfuerzo, para cumplir con el ciclo de reproducción de la vida. Al despuntar el sol apareció por los cielos una gran cantidad de aves que empezaron a cebarse con los huevos esparcidos por la arena. Pero así era la ley de la naturaleza, qué caray. Unos mueren para que otros sobrevivan e incluso algunos ni siquiera llegan a nacer. Ellos mismos recolectaron algunos huevos esparcidos por la arena y se los desayunaron con sal, limón y chile, pues además de ser sabrosos tenían fama de ser afrodisíacos. Ya entrada la mañana volvieron a Puerto Marinero, conmovidos por el espectáculo de la noche anterior.

Cerca de un mes después regresaron a las playas de la Escobilla para ver cómo nacían las crías: reinaba la más completa calma cuando de pronto la arena empezó a moverse y de los nidos emergían las cabecitas y los caparazoncitos de las tortugas, que se limpiaban los ojos con sus minúsculas patas, mirando a todos lados como deslumbradas frente el espectáculo del mundo. Una vez orientadas, avanzaban instintivamente rumbo al mar tan rápido y tan recto como su naturaleza se los permitía. Pero así como los depredadores se habían cebado con los huevos, ahora las aves atacaban a las tortuguitas en su anhelo de alcanzar el agua. Pero la naturaleza despliega su sabiduría, pues aunque muchas eran devoradas en el camino, más de la mitad lograba alcanzar el mar.